viernes, 23 de enero de 2015

“El francotirador”, Eastwood parece dar en el blanco y nos cuenta la vida del invasor yankee más admirado de su país en el conflicto con Irak.




















































































































El pasado Jueves 15 llegó a nuestra cartelera limeña American Sniper o El francotirador, el último largometraje de Clint Eastwood, la verdadera “leyenda” viva del cine norteamericano, en alusión a “The Legend”, Chris Kyle, el francotirador más letal de la milicia invasora de los EEUU en el conflicto armado contra los iraquíes, y que está interpretado brillantemente por el galán de moda yankee Bradley Cooper, quien ha ganado una inesperada nominación para los premios de la Academia el próximo 22 de Febrero -no tan sorpresiva como la nominación de la cinta- despachando a Jake Gyllenhaal, desestimado a pesar de su extraordinaria interpretación de un camarógrafo psicópata en la película Nightcrawler. En ambos casos sucede lo mismo, no son buenas cintas, y son los actores quienes cargan en sus espaldas todo lo hecho por aquellos que las produjeron. Es obvio que la Academia prefiera un impostado héroe nacional que un simple cazador nocturno de desgracias. Veremos el 22, si sólo fue un cambio de nombres, o hay algún tipo de pericia escondida. Luego de la deliciosa Jersey Boys, el maestro del clasicismo cinematográfico se encarga de darle sentimientos y alma caritativa a uno de los hombres que mató más contrincantes en la historia militar de su país. Chris Kyle era un sujeto hecho de hielo, sin un miligramo de compasión ni de humanidad, de otra manera no podría haber hecho las salvajadas que hizo. Un cobarde a carta cabal, un tipo que tenía un odio descontrolado hacia cualquier enemigo que le pusieran a distancia, un psicópata encubierto por la milicia, y que American Sniper se encarga de limpiarlo de la cabeza a los pies, y penetrarlo emocionalmente para el goce  y la equivocada satisfacción de la incursión yankee en Irak. Quizás me calificarán de “no darme cuenta que la cosa era legal y el tipo hacía lo único que sabía”, pero lo que hicieron los EEUU con Irak -con una cantidad de muertos que supera los 460 mil iraquíes entre el 2003 y el 2010- fue una invasión interesada, mercantilista y abusiva de un retardado de apellido Bush, y no una guerra declarada. No voy a explayarme al respecto, pero creo que las historias tras las películas a veces son más interesantes que las propias cintas. Kyle fue asesinado en 2012, a sus 39 años, de la misma forma que él lo hacía -el que a hierro mata a hierro muere- por un ex-combatiente o veterano de guerra en Irak, pocos días después de haberse reunido en varias oportunidades con Bradley Cooper -el guionista Jason Hall se guarda muchos aspectos negativos de Kyle en un guión típicamente norteamericanista- y tal como sucedió con el deportista olímpico Louis Zamperini, el personaje del film de Angelina Jolie, Unbroken -una verdadera historia de supervivencia, valor y resistencia durante la Segunda Guerra Mundial- quien falleció en 2014, a los 97 años, bajo otras circunstancias; ambos antes que pudieran observar sus vidas estrenadas. Pues bien, en la ciudad iraquí de Ramadi una sombra yankee sembró el terror durante largos meses. En la grotesca invasión a Irak, un francotirador de los Navy Seal -la unidad élite de la Marina de los EEUU- era conocido con el sobrenombre del Demonio de Ramadi. Sus disparos eran milimétricamente efectivos, y por lo tanto, sus enemigos ofertaron una recompensa de 180,000 dólares para quien o quienes lograsen liquidarlo. El infalible francotirador logró mandar a redactar su autobiografía en 2012. Kyle era apodado tontamente entre sus compañeros de los Navy Seals como “La Leyenda”, tras haberse acreditado 160 objetivos abatidos solamente durante la irrupción a Irak. Pero, la contabilidad de sus disparos no terminó con matar solamente iraquíes. La milicia yankee tiene comprobados otros 255 individuos muertos -en diferentes faenas- y ello lo convierte en el tirador más mortífero de la historia militar de los EEUU, desde 1776 hasta la fecha. Un récord que no es reconocido ni por asomo por los organismos serios en este tipo de temas. En su libro, Kyle comenta con ciego orgullo que su primer disparo de larga distancia tuvo como objetivo una mujer que llevaba una granada en la mano mientras se acercaba a un grupo de Marines. Le destrozó la cabeza. Pero su tiro más famoso con diferencia, tuvo lugar cerca del distrito chiita de la Ciudad Sadr en Bagdad en 2008. En aquella ocasión, Kyle alcanzó a un contrario que apuntaba un lanzacohetes contra una caravana norteamericana, desde aprox. 2,4 kilómetros de distancia. Una bestialidad que solamente un desequilibrado y fanático ejecutante de la muerte podría lucir en su hoja de vida. Kyle nació en Odessa, Texas, y fue jinete de rodeo junto a su hermano menor antes de unirse a la Marina yankee. Fue su padre, un tipo rudo y de valores inflexibles quien le enseñó el oficio de la caza. En sus diez años -desde 1999 a 2009- en los Seal, Kyle fue enviado cuatro veces a Irak, y condecorado con dos estrellas de plata y cinco estrellas de bronce al valor. No hubo ninguna de oro, lo que parecería un demérito o contradicción que se llevaría al basurero la historia del Seal en un futuro. El hombre apodado “The Legend” también fue herido en dos ocasiones por disparos de los insurgentes iraquíes, y sufrió 06 atentados con explosivos improvisados IED, cuando viajaba en vehículos militares. A causa de los IED, recibió múltiples lesiones a través de ráfagas de ametralladoras. Kyle participó activamente en las batallas de Ramadi, Anwar Provence y Bagdad. Sólo en la segunda batalla de Fallujah, en 2003, se acreditaron 40 muertes por disparos. Decidió retirarse para salvar su matrimonio con su esposa Taya, pero ésta ya se había dado cuenta de las preferencias de Kyle por su trabajo y no a favor de su familia, y rompió relaciones antes que lo mataran. Kyle dejó dos hijos, un niño y una niña.

Eastwood toca ya por tercera vez el tema de la guerra. No es un improvisado, sabe lo que tiene que hacer -y lo hace con la corrección fílmica de siempre, con algunos yerros, pero con sus formas bien delineadas-  y más aún con un personaje tan complejo como Kyle, que por cierto no es uno de esos héroes universales que tengamos que admirar, sino uno de simple características locales. Sigo pensando que Bradley Cooper es un apolíneo de la moda del metrosexual yankee, y no un artista de proporciones. Tiene todo para triunfar en la meca hollywoodense aunque ya posea fama y fortuna. Ha tenido actuaciones relevantes, y El francotirador -que él mismo produce- ha sido una prueba dura, que sorteó en gran forma y mejor estilo, pero eso no lo convierte en un extraordinario actor ni tampoco en el favorito para llevarse la estatuilla de la Academia del año pasado a mejor protagonista hombre. Lo que sucede con Eastwood -ya la Academia lo ha detectado, y por eso no lo nomina como mejor director- es que a pesar que el veterano cineasta desarrolla con fidelidad un guión que resulta muy a tono con lo que usualmente le gusta a los mandamases de la Academia, lo que le falta o no llega a dar cuenta es tomar partido por lo que filma, es decir, que tenga una opinión objetiva de lo que produce, y que la ponga en consideración por sobre cualquier hecho particular del film. Hoy, eso es determinante para nominar a mejor director. Su estilo es innegable y nadie lo va a discutir, pero no nos dice en imágenes que es lo que le pasa por la cabeza cuando lleva a cabo una película donde todos estamos a la espera ya no de la maestría en los planos y diálogos, sino en el mensaje que pueda elevar o degradar la propuesta. La película tiene diversas líneas de desarrollo entrecruzado y poderosas simetrías. Habla de la invasión norteamericana a Irak, desde el prisma nada sustancial de sus protagonistas, y también refiere la incorporación de un hombre que representa la conciencia yankee, como motivos de sufrimiento y espanto. De algún modo, Eastwood pretende transmitir la caza del hombre por el hombre y el horror de una guerra donde hay un país que predomina y manda, y unos cuantos insurrectos que no admiten la derrota, pero que defienden con propiedad y lealtad sus aspiraciones a gobernar su país. Hay una secreta relación entre el soldado y el padre de familia Kyle. Este vínculo que lo lleva al francotirador a abandonar a su familia por su trabajo, el mismo Kyle no lo logra dominar a pesar de tener la intención de hacerlo. Nunca se ha visto en un film de corte bélico, que en pleno fuego cruzado, Kyle saque el teléfono celular para llamar y hablar con su mujer, y arriesgar en tirar por la borda una incursión enemiga. Eso es inaceptable para un hombre de un comando de aniquilamiento militar, y es ahí -y en otras escenas, como la del bebe muñeco y demás- donde el disparate envuelto en la antítesis se postula como una ridícula picardía. Cooper debe haber subido unos 18 a 20 kilos para el papel, y haberse esforzado en realizar trabajo de pesas, sin embargo, sus colegas parecen pandilleros desnutridos. Lo señalo porque en la escena donde los entrenan en la playa, la gran mayoría son de la talla y peso del macizo actor. Así como estos detalles se le escaparon al editor –aunque el montaje de las incursiones y todo lo referente al cruce de disparos es notable- también hay temas técnicos como el sonido y su edición que son verdaderamente llamativos. Uno cierra los ojos y los ruidos tienen intensidad melódica. Es decir, estamos ante una película intensa, de buena factura, con una memorable interpretación de Bradley Cooper, el estilo del Eastwood que todos conocemos, cuatro o cinco apartados técnicos muy bien dispuestos, y algunos fallos conceptuales -la intervención de Sienna Miller es indistinta y no está bien interpretada- o excesos no controlados. El francotirador es una película construida sobre la base de una radical sensación de pérdida. Pérdida de la familia, pérdida de un amigo, pérdida de la inocencia, pérdida de la confianza, pérdida de la vitalidad, pérdida de un conjunto de ilusiones individuales y colectivas. A estas sensaciones ninguna de las películas de Eastwood le ha sido ajena, pero es muy posible que también en ninguna de ellas alcancen la tremenda intensidad que tiene aquí. Eastwood no pretende que su cinta sea un análisis de la intervención yankee en Irak -en su etapa definitiva- ni mucho menos una crónica documental sobre esta guerra absurda, cruel, demencial y autodegradada en sus orígenes, en su desarrollo, en su desenlace y secuelas. Eastwood trabaja sobre un guión adaptado libremente -a Kyle lo mataron cuando empezaba a conversar con Jason Hall- en donde el material narrativo es ajustado claramente a heroizar a un norteamericano común -que como Gyllenhaal en Nightcrawler, quería una oportunidad para hacer de su vida algo que lo elevara y lo diferenciara- que al margen de ser un francotirador extraordinariamente efectivo se va a encargar de operaciones de espionaje e incursiones en las viviendas iraquíes. Es claro, que a Eastwood no le alcanza con que Bradley se dedique a disparar toda la película y le crea una labor de liderazgo que no es precisamente lo que hacía Kyle. La escena donde cenan con los supuestos informantes, y La leyenda nota el codo del padre de familia para luego descubrir el armamento bajo las alfombras así lo denotan. Quizás un personaje como Kyle sea la apoteosis o sueño imperativo de todo realizador, o más que un personaje, sea una idea fija intemporal, absoluta, universal e inconmovible. Eastwood parece seguir creyendo -su carrera como actor lo justifica- creer que estas ideas son el insumo básico para un cine de genuino linaje artístico. Es por eso que American Sniper es una de esas cintas atiborrada de pensamientos estáticos y gélidos movimientos de un buen actor que está completamente solo para hacer lo suyo, y lo que supuestamente implica el dolor de no tener a su familia, sintiéndose mal por preferir su pasión. Estos momentos donde Kyle asume su bipolaridad y la siente son demasiados, y sobran para regalos y donaciones. La pedantería y la falta de solemnidad no se borran con una sonrisa, y eso sí lo va a tener la Academia a la hora de elegir un ganador, y no un nominado, porque sobre las imágenes impactantes que filma el maestro flotan, tal como los restos de un naufragio sobre el océano, la diversidad de resguardos y conceptos con los cuales Eastwood comulga con su personaje, desde un pedestal de un artista consagrado y megalómano, y que aparenta mirar por sobre encima del hombre nuestra precavida inteligencia o la de los yankees. En El francotirador se pregona que en la guerra no hay héroes, que hay que ir siempre para adelante por encima de cualquier estrategia y que toda instrucción es una preparación para el asesinato. Pero, si uno es acucioso se tiene que dar cuenta que sucede lo contrario. El cine bélico ha hecho de la guerra un espectáculo irreverente, y por eso hay que reflexionar en esta película con alguna lucidez al respecto. Posiblemente, no lo sé, desde el brutal personaje del sargento Hartman de Full Metal Jacket, del gran Stanley Kubrick, no me topaba con un sujeto tan monolítico. El hecho de concebir una figura tan polémica, de creer que haya podido existir, revela que el maestro Eastwood es bastante más crédulo y menos escéptico de los que sus incondicionales sospechan, y yo soy uno de ellos. A estas alturas del partido, y a pesar de sus 84 años, el cineasta sigue pensando que los personajes de una sola pieza puedan seguir siendo viables, y lo que me resulta mucho más molesto, que puedan seguir siendo interesantes, y Clint Eastwood así lo demuestra con ese final decididamente patriótico y manoseador. El francotirador es una historia atrapante, plagada de acción y de mucho fuego artificial, pero si se analiza con algún tipo de criterio, no es más que una crónica individualista, tensa, y tristona de un tipo que pasó de cazar patos y cuervos a destrozar seres humanos, una pieza de colección para aquellos que se quedan en la forma y no en el fondo. La Academia ya premió a The Hurt Locker hace algunos años, y éste, es el mismo trago de licor aunque en un vaso diferente.