sábado, 19 de abril de 2014

“Aynehaye rooberoo”, Azarbayjani utiliza la transexualidad para rivalizarla contra el escrúpulo, el aprecio y la liberación.





























































Irán ha sido sinónimo de muchos eventos la mayoría de ellos peyorativos, ninguno de los cuales tiene vinculación directa con el cine. La cantidad de films y directores que han producido películas en los últimos años, son parte del nuevo enfoque del cine iraní que está floreciendo y ofreciendo críticas sociales muy sutiles, a pesar de ser creada a la sombra del fundamentalismo religioso. Sin embargo, la reputación del cine iraní ha alcanzado prestigio logrado con películas que se vinculan con lo dramático, y que han ganado numerosos Festivales, entre ellos, el Premio del Público en el Festival de Sundance e incluso la mejor película de habla no inglesa en los Oscars de la Academia. Esta vez me encontré con un film de casualidad, realizado por una mujer iraní de nombre Negar Azarbayjani quien hace su debut con la cinta Aynehaye rooberoo o Facing Mirrors, que vendría a significar algo así como espejos enfrentados. En la superstición popular los espejos siempre han sido puertas de entrada y salida a otros mundos. Incluso existe la tradición de taparlos en caso del fallecimiento de alguien para que no absorban su alma. Sabemos que un espejo es una superficie pulida en la que al incidir la luz, ésta se dispersa o refleja siguiendo la ley de Snell o de refracción, y así lo aceptamos sin cuestionarlo. Sin embargo, estos objetos se han usado además como medio de adivinación, y con sorprendentes resultados. Existe también la creencia en la que los espejos no muestran el reflejo de lo que en ellos se ve, sino que muestran lo peor de las personas que se observan en ellos. La relación entre las dos formas del corazón de los espejos enfrentados resume el plot del largometraje de la cineasta iraní. Una de las muchas paradojas inesperadas sobre la vida en esta República islámica, es que la transexualidad es legal desde una fatwa -decreto religioso- que fue emitida en 1987 por el difunto Ayatolá Jomeini. De hecho, Irán permite más operaciones de cambio de sexo que cualquier otro país, excepto Tailandia, y ha subvencionado a lo largo de décadas cirugías de este tipo. Pero, a pesar que los trans pueden tener el apoyo del gobierno, las cifras no son del todo creíbles para el público. Irónicamente, a diferencia de la transexualidad, la homosexualidad se castiga con la muerte en Irán, aunque existe la creencia que ser trans es aún más complejo que ser gay o lesbiana. El decreto religioso fue emitido gracias a las actividades en la década de 1980 de Maryam Khatoon Molkara, activista por los derechos de los transexuales en Irán, que convenció a Jomeini rogándole determinar sus destinos. Molkara misma había sido previamente un hombre, y trabajó para la televisión estatal antes de la revolución islámica en 1979. A mediados de los años 70, comenzó a escribirle cartas a Jomeini, que estaba en el exilio, solicitando la autorización religiosa para una operación de cambio de sexo. En 1987, tras una década de campaña, fue en persona a la casa de Jomeini, por entonces líder del país, y regresó con una fatwa en la mano que permitió a los transexuales la posibilidad de elegir su sexo. A pesar de la fatwa, la transexualidad rara vez se discute en público. La liberación de espejos enfrentados, que ha atraído a una gran cantidad de personas, ha creado una oportunidad para que los medios de comunicación iraníes puedan abordar la cuestión con total libertad. Pues bien, la Azarbayjani nos cuenta la historia visceral e inquietante de dos personas con temperamentos opuestos, y cada cual con acentuados conflictos familiares, y también existenciales. En primera instancia conocemos a Adineh, un transexual que vive junto a su padre ricachón y déspota, quien entiende perfectamente la situación dramática por la que pasa su hijo, aunque le propina varios momentos desagradables. Uno de ellos es pretender casarlo -como mujer- con un primo suyo. Adineh huye despavorido. Sin embargo, en la misma casa, Adineh tiene un hermano mayor que sí es complaciente y lo apoya en la parte moral y espiritual. El problema radica en que es un sujeto poseído por obligaciones familiares, e inquieto por su gran afinidad hacia su hermano menor. Adineh, dentro de su mundo trans prefiere ser llamado Eddie, y está desesperado por viajar a Alemania para cumplir con el proceso de reasignación sexual que comenzó antes de su regreso a casa. En segundo lugar, está Rana, el paradigma de una buena ama de casa. Es una madre soltera cuyo marido pasará en la cárcel un largo tiempo, después que su socio lo estafo, y lo dejó sumido en deudas. Ella tiene que sustentar ahora a su pequeño hijo conduciendo un taxi -que sólo recoge clientas- un trabajo no prohibido, pero que requiere de cierto arrojo para llevarlo a cabo entre las mujeres iraníes. Cuando el destino los reúne, sus desventuras sufren graves contradicciones. Si bien Eddie se muestra como una persona afable, es Rana a quien le cuesta aceptar la posición que toma Eddie, pero que logra comprender parte de la idea de una manera más religiosa, y no la esencia de la decisión que toma Eddie. Azarbayjani construye el conflicto en base a lamentos y problemas de ambos. Los hace presa del consuelo, pero los vuelve a posar en situaciones opuestas. Mientras la confusión se apodera de Rana acerca de la naturaleza sexual de Eddie, la vida de éste se va convirtiendo poco a poco en una urdimbre intrincada que arrastra los valores de Rana, quien en el fondo siente algún resquicio de negatividad hacia los trans. Para Rana, la aceptación de esta realidad es virtualmente improbable, y lo que importa para ella es la creencia en las tradiciones que le brindaron de pequeña. La cineasta establece perfectamente la evolución o involución de la mujer en la sociedad iraní. La hace partícipe de cuestiones temáticas complejas que afectan a la persona. El marido preso pasa a un segundo plano y es Eddie el que aborda su atención. Eddie es recogido en el taxi por Rana al escapar de su casa por una pelea con su padre. Conversan, cambian impresiones, se cuentan sus preocupaciones. Eddie necesita dinero para que Rana lo lleve a una ciudad de la frontera fuera de Teherán, donde debe esperar a que su nuevo pasaporte sea tramitado. Tiene que regresar a Alemania, donde vivió por un tiempo aunque fue regresado nuevamente a Irán de manera fraudulenta maniobrada por el padre. Eddie no puede quedarse sin hacer nada, y le roba joyas y dinero a la que fue su madre. Rana es una mujer rebelde a su manera, pertenece a una clase social distinta a la de Eddie, probablemente menos educada y más conservadora, Eddie es todo lo contrario. La primera mitad de la película tiene elementos de desmesura, pero a veces la cineasta matiza con escenas divertidas, como si fuera una película tipo road movie, con Rana y Eddie filmados con soltura como seres opuestos cada quien, parias de la sociedad, y que de alguna manera se juntan como para aprender el uno del otro. En la segunda mitad, Eddie sigue con la idea que lo van a volver a capturar. Ahora vive con Rana y su pequeño hijo, quien le toma mucho cariño, incluso lo llama “tía”. Eddie tiene que tolerar a la suegra de Rana. A pesar que entre los dos protagonistas surge una gran amistad, Rana seguirá creyendo en que Eddie está por el camino equivocado y su accionar vulnera sus creencias. Eddie no retrocederá  en sus deseos de continuar como transexual porque ha nacido para ser mujer. Claramente, la Azarbayjani, pone la condición de Eddie en manos del prejuicio, la amistad y la redención. Aunque Rana y Eddie parecen minimizar sus problemas en gran parte gracias a la brillante interpretación de ambos, los dos personajes son metáfora de la percepción de este Irán contemporáneo, de clases sociales muy marcadas, la fe, la sexualidad y la identidad de género. Rana es la mujer costumbrista, consciente de sus deberes, y que de alguna manera representa el status quo del país. Eddie representa el nuevo Irán, un muchacho insurrecto, decidido, pero aún en busca de su verdadera identidad. La abyección que por momentos se observa en el film sugiere esa postura reaccionaria que está destinada a reflejar la misma actitud de Irán hacia la alternativa trans de hoy en día, la filiación de la influencia occidental encarnada por Eddie, y que de alguna forma percibimos en la película a través de una atmósfera dubitativa o insegura de lo que representa la transexualidad. Con destreza, Azarbayjani es capaz de tejer hábilmente este mensaje político sobre la relación de aceptación y rechazo de dos posturas contrarias representadas tanto por Rana como por Eddie, y que se constituye como el corazón de la propuesta. Al igual que en la mayoría de films hechos en Irán, la tensión y el conflicto de la historia es insidiosa, elaborada poco a poco según un clímax volátil que luce incorporada en la escritura aguda de los diálogos. A veces, la película  puede llegar a ser algo mojigata en su narrativa de mano dura, pero teniendo en cuenta el contexto insular del público objetivo, esto no llega a pesar demasiado. En su núcleo, la película es un estudio desgarrador de la amistad inmersa dentro de la discriminación. Negar Azarbayjani, ha logrado crear  una historia dinámica, de mucha fuerza, a veces algo humorística que, como la reciente obra maestra iraní, A Separation, se ocupa de cuestiones complejas de como vincular los roles de la mujer en la sociedad, los lazos familiares, la estructura de clases etc., aplastando a la burocracia, la virilidad y la religión. Aynehaye rooberoo o Facing Mirrors es un film que tiene que ver más con la comprensión de costumbres adquiridas que con las libertades sexuales individuales. Excelente oportunidad que no desaprovecha la cineasta iraní. Traten de conseguirla.