viernes, 17 de abril de 2015

“Ballada o soldate”, Chukhrai nos explica cómo la destrucción bélica incide brutalmente en lo sentimental.






















































Ballda o soldate o La balada del soldado del cineasta ruso Grigori Chukhrai representa a lo más selecto de la cinematografía soviética durante el periodo del deshielo de la Guerra Fría. Esta etapa, que comenzó en 1953 con la muerte de Stalin, y se sostuvo en la posibilidad de una coexistencia pacífica entre el capitalismo y el comunismo. El famoso discurso de Jruschov en 1956, donde el nuevo líder del Partido Comunista denunciara el culto a la personalidad y las purgas estalinistas, tuvo un efecto directo en el manejo de las empresas culturales soviéticas, generando mejores condiciones para la creación artística. Para 1962, con la crisis de los misiles en Cuba, el deshielo había concluido, y con él la burocracia se impuso de nuevo sobre la espontaneidad de los artistas. Debemos recordar que en esa década, el cine soviético era objeto de burla entre los espectadores occidentales, a causa de las limitaciones impuestas por el “realismo socialista” de Stalin. Se decía que la diferencia entre el cine Hollywoodense y el que se hacía en la URSS era que el norteamericano contaba una historia de amor entre un hombre y una mujer, mientras los soviéticos preferían narrar el romance entre un agricultor y su tractor. No les faltaba razón a los detractores de las películas rusas, aunque el prestigio del comunismo también llevara a los espectadores a someterse a las componendas de propaganda colectivista con tal de sentir que estaban colaborando a la derrota del capitalismo, y al fin de la explotación del hombre por el hombre. De ahí el éxito de La Balada del Soldado, premiada en Cannes, EEUU, Inglaterra, Italia y la propia URSS. Representaba una alternativa, más intimista, frente a otras cintas cuyo principal objetivo era convencer al resto del mundo de las bondades del comunismo con argumentos desmedidos. Fue una lírica historia de amor entre el desconcierto y los dramas de la última guerra, dibujados con una verdad sin maquillajes. Chukhrai, hace un recuento de las trabas burocráticas que enfrentó La balada del soldado desde que presentó el guión. Sus superiores en Mosfilm se negaron en un principio a apoyar una historia que la consideraban intrascendente, y únicamente accedieron a realizar la cinta debido a la aceptación por el espectador soviético que tuviera el trabajo anterior de Chukhrai, Sorok pervyy, un film cuya temática se asemejaba a La balada del Soldado. El  director tenía que trabajar con actores reconocidos, pero que no eran los mejores para los papeles protagónicos, hasta que un accidente en los primeros días de filmación lo obligó a permanecer en el hospital. Ahí decidió que no podía seguir adelante con el rodaje a menos que los actores principales fueran reemplazados, por lo que nuevamente tuvo que enfrentar a sus productores así como a su equipo técnico hasta convencerlos que los protagónicos debían ser Vladimir Ivashov y Zhanna Prokhorenko, actores muy jóvenes y sin experiencia previa en cine. El resto de la filmación presentó problemas similares. Chukhrai tuvo que cambiar a la fotógrafa Era Savelyeva por el veterano Vladimir Nikolayev. Una vez terminada la cinta, Mosfilm se negó a distribuirla en las principales ciudades soviéticas, argumentando la muy baja calidad de la cinta terminada. Todo esto cambió tras los reconocimientos internacionales, lo cual establece que La balada del Soldado es un ejemplo de como un artista puede sobreponerse a la adversidad y a un ambiente tan opresivo como el de la URSS de los años 50, si no fuera porque a pesar de las alabanzas y los premios la película de Chukhrai no pudo escapar del todo de aquellos lineamientos del Partido Comunista. Vayamos a la película, Chukhrai abre con una escena cotidiana en un pueblito ruso. Una mujer de mediana edad recorre el camino principal ante la mirada de una pareja joven. Se detiene en los linderos del pueblo, como esperando la llegada de alguien, y es entonces cuando el narrador -que no volverá a aparecer- nos señala que la mujer espera a su hijo, que marchó al frente para pelear contra los nazis. La voz del narrador menciona que el joven no regresará jamás, y que ahora yace en otro pueblo muy lejano, de nombre extranjero, como otros soldados desconocidos que murieron para proteger a su patria. Lo que veremos a lo largo de la cinta es un largo flashback donde se relata la vida de este soldado que servirá para ejemplificar el sacrificio de los veinte millones de rusos que se enfrentaron al ejército alemán. A su vez, el prólogo le impone al relato un sentido trágico que de otra forma lo reduciría simplemente a una anécdota. Desde el momento en que sabemos que Alyosha -la interpretación que realiza Vladimir Ivashov es correcta- el protagonista, no volverá a ver a su madre, su viaje de regreso a casa, lleno de contratiempos, adquiere la misma relevancia que tendría la resolución de una batalla. Comprender cómo los funcionarios de Mosfilm pudieron pasar por alto el simbolismo de la historia, aunque es necesario recordar que por esos años los comunistas criticaban al cine neorrealista italiano por no ofrecer soluciones, descartando obras tan valiosas como las de De Sica o Rossellini. Alyosha obtiene el permiso para regresar durante unos días a su casa tras haber destruido -más bien por accidente- un par de tanques alemanes. Durante la travesía de Alyosha, éste se encuentra con varios personajes que simbolizan a la población rusa que derrotó al ejército de Hitler -aunque los EEUU creían que lo habían hecho ellos-. Si bien Chukhrai se preocupa por mencionar algunos aspectos negativos, predomina el optimismo y se insiste en la integridad del pueblo soviético. Los soldados del Ejército Rojo pueden reaccionar con incredulidad ante las hazañas de Alyosha, pero los oficiales siempre están dispuestos a ayudarlo. Todos los personajes que Alyosha encuentra al recorrer Rusia en sentido inverso al de los miles de hombres que se aprestan a defender su patria son esquemáticos y por lo tanto poco creíbles. Desde una amable bábushka que acepta transportar al muchacho en un viejo camión a pesar de llevar dos días sin dormir hasta el soldado lisiado que teme regresar con su esposa temiendo ser rechazado y que es regañado por la empleada de una oficina de telégrafos. La única excepción a la regla es Shura, una jovencita que viaja de incógnito en el mismo vagón de carga de Alyosha, y que muestra una gama de emociones mayor incluso que la del protagonista. Liberada de la carga de representar el sacrificio de un pueblo, Shura es sólo una muchacha que representa para Alyosha la posibilidad de encontrar el amor en medio del caos de la guerra. Al mismo tiempo el personaje significa la irrupción de una trama secundaria que, como suele suceder en el cine clásico, es en apariencia menos importante que la trama principal pero que es en realidad lo que hace posible la transformación del héroe. El trayecto que emprende el ingenuo soldado de 19 años con la única intención de reparar el techo de la casa de su madre lo pone en contacto con un mundo más amplio que el de su pueblo natal, llevándolo incluso a pensar por un momento en abandonarlo todo para seguir a Shura. El cineasta soviético hizo bien en seleccionar a estos dos jóvenes para interpretar a sus personajes. Decía antes que el realizador no pudo librarse del todo de la retórica del realismo socialista y esto es evidente, entre otras cosas, en el estilo de actuación empleado por la mayoría del elenco, llenos de afectación. Esta ampulosidad afecta a la fotografía, que busca siempre el plano contundente, cuando le hubiera venido mejor al relato un lenguaje visual más sobrio. Complementan el cuadro un montaje que todavía entonces le debía a las teorías de Eisenstein, y una BSO que siempre sobrepasa en dramatismo a las imágenes que debería acompañar. Sólo hay algunos momentos en los que el manejo de la cámara anuncia la llegada inminente de la nouvelle vague y su libertad formal. Uno es al principio, cuando Alyosha huye de un tanque alemán que le pisa los talones y el top shot que los retrata se empeña en seguirlos hasta que la imagen se invierte, sugiriendo de manera eficaz el pánico del muchacho. Otro, es el uso de la profundidad de campo en la escena que nos muestra al soldado lisiado alejándose por un andén, con el golpe de las muletas sobre el piso como manifestación de una confianza recuperada. Chukhrai hace uso relativo del erotismo, cuando Alyosha espía a una desprevenida Shura mientras ésta se quita las medias. En esos momentos, se vivía en URSS bajo un gobierno que abominaba de todo componente artístico que no estuviera cuidadosamente planeado para presentar la mejor imagen de cara al extranjero. La balada del Soldado puede verse hoy con agrado por las mismas razones que estuvieron a punto de impedir su realización dentro del rígido burocratismo de la Mosfilm. Al concentrarse en hechos en apariencia intrascendentes, Grigori Chukhrai y sus colaboradores lograron una película que no ha envejecido al mismo ritmo que otras que en su momento enloquecieron a los espectadores “progresistas” de aquella época. La ideología marxista, que reclamaba para sí el rango de conocimiento científico y por lo tanto histórico, no podía sino menospreciar una película que “sólo” trataba del fugaz encuentro de dos personas en medio de un conflicto de una escala mucho mayor. La balada del soldado se estrenó ayer en Lima  -Cine Arte del UVK Larcomar- y es una buena oportunidad para cinéfilos o no, apreciar una pequeña joya de temple pacifista del cine soviético.