sábado, 18 de octubre de 2014

“El juez”, Dobkin y un film acogedor en el nombre del padre, del hijo y del espíritu de la admiración mutua.

















































































































































No soy un cinéfilo que me apasionen las películas acerca de juicios o jueces porque muchas veces el guión termina oscureciéndose a través del significado que se le quiere imponer a la justicia, cuando ésta no tiene en sí misma una definición específica, salvo para los abogados y los jueces que suelen confundirse cuando lo que ejercen es un enfrentamiento jurídico en base a leyes que lo más probable es que se inclinen hacia lo ilógico. Cuando parece existir la justicia, surge de inmediato la injusticia. No hay empate en estas lides. O uno sale más beneficiado que el otro, bajo cualquier circunstancia, o los criterios para aplicar una legalidad imperante, resulta solamente la interpretación adecuada o no de las normas establecidas en el tiempo. Cada gobierno que se alicata de poder, genera en el Perú un promedio de 200 leyes nuevas o que modifican las anteriores ¿¿ Por qué o para qué ??  Cuando uno ha visitado el Poder Judicial peruano, sin ser un experto en el tema, se da cuenta rápidamente que la justicia no es como se pinta y dibuja, no existe, y todo alrededor de esa palabra es indeterminado, borroso, y solamente se juega a los límites o extremos de una rivalidad que tiene que producirse por obligación, para luego acabar en una sentencia que siempre está envuelta en el titubeo y la suspicacia. No lo digo yo, lo decía Camus, y el  filósofo franco-argelino tenía la razón al afirmar su opinión con respecto a la justicia. Cómo va a existir la justicia si no existe un respeto mínimo entre las partes, si los fiscales y jueces son prepotentes y torpes, si lo que predomina es la coima y el acomodo, el amiguismo, la tarjeta de recomendación de un individuo acaudalado y poderoso sea de la actividad privada o pública, o la nauseabunda influencia política. Todos sin excepción, comprendemos en nuestro inconsciente colectivo en que consiste la justicia, pero es imposible conceptuarla, porque el subjetivismo que encierra la palabra es de una dimensionalidad infinita abarcando una larga cantidad de terminologías, y si se quisiera intentar adjetivarla o calificarla, sería presa fácil de un ideal contrario seguramente mezquino. “La justicia tarda pero llega”, “Se hizo justicia”, “Mucho palacio para tan poca justicia”, “Esto es lo justo”, “Tengamos esperanza en la justicia de nuestro país” etc., son términos abstractos, que en nuestras mentes podemos dilucidar a qué se refieren, pero nada más que eso. Mi principal experiencia con la justicia peruana no ha sido como la sucesión Derteano Muente pensaba, ha existido desidia de fiscales, coimas de la parte contraria a los policías que investigaban, contradicciones en los niveles de procesamiento del denunciado, nada menos que un notario público, un hombre que debería defender los derechos de las personas que cumplen con la legalidad, y dar fe de aquellos documentos para poder tramitar diferentes asuntos en los que se amparan sus clientes quienes le pagan, y mucho por este servicio. En el Consejo de Notarios, lo denunciamos, expusimos los motivos, y sus amigos de profesión le dieron solo un mes de suspensión. Tuvimos que apelar sin trampas ni artimañas, luchar contra una tormenta con aires mafiosos, y  luego de dos años de idas y venidas nos dieron la razón. Le clausuramos la notaría un año, hecho que aún sigue vigente. Este delincuente de buenos ternos, finas corbatas, y contactos de todo tipo, pero con una moral de cloaca sin destapar, tiene más de sesenta casos de denuncias por una serie de delitos punibles, y en la actualidad forma parte de la red de corrupción más grande y nombrada de nuestro país. Confío en que el juez nos dé la razón en la última instancia, y el miserable vaya a la cárcel y se pudra de la cabeza a los pies. Que nos pague lo que nos debe, y que el destino lo haga mierda en polvo como él se atrevió a hacerlo con mi padre, una sucesión sistemática de mentiras, y una estafa comprobada, que poco a poco fue agravando su estado de salud hasta fallecer. Esto último, una irreparable consecuencia de su doble identidad, para trabajar y hacer negocios de sucia reputación que la más ineficiente de las autoridades del Perú, se daría cuenta de inmediato. Pero, así es la vida, y el destino nos golpeó, pero resistimos. Esperamos que el malhechor y hediondo caco Walter Pinedo Orrillo no resista la sentencia del Poder Judicial peruano.

Pues bien, luego de una entrada que consideré necesaria -acepto que puedo estar equivocado o que me haya sobrepasado, pero he averiguado todo, y he quedado sorprendido con lo leído y observado- trataré de darles un concepto firme del largometraje del joven y experimentado David Dobkin, productor, director y guionista estadounidense de cine y TV. Su filmografía está llena de alteraciones repentinas de géneros, y aunque parezca mentira, esto le ha servido para construir una película como The Judge o El juez, una propuesta ingeniosa y divertida, que se fundamenta en una lucha inclemente de valores entre un padre, que es un honorable juez del estado de Indiana, y su hijo, un formidable abogado que ejerce en L.A., aunque relacionado con la defensa de tipos corruptos y sagaces. Como mencionaba en una entrada anterior -Het Vonnis de Verheyen- y ahora con El juez, no soy un veedor incondicional del subgénero judicial, pero si reconozco que han existido excelentes films acerca del tema y que he observado con admiración : Twelve Angry Men y The Verdict de Lumet, To Kill a Mockingbird -una maravillosa interpretación de Gregory Peck- de Mulligan, Witness for the Prosecution de Wilder, On the Waterfront de Kazan, Anatomy of a Murder de Preminger, Judgment at Nuremberg  y Inherit the Wind de Kramer, In the Name of the Father del irlandés Sheridan, The Life of Emile Zola de Dieterle -que ganó un Oscar- Never Take Sweets from a Stranger del británico Frankel, The Insider de Mann, entre otros. Coloco referencialmente los títulos para que ustedes puedan buscarlas por Internet, y ser observadas por quienes gustan del buen cine de género. La diferencia entre estas excelentes películas con lo que propone Dobkin, es que el yankee nos introduce en una historia que sustenta a la dureza del honor, el artilugio como defensa, y al perdón como sus valores más referenciales. Dobkin consigue un duelo sensacional entre dos actores de fuste, el veterano Robert Duvall y el cincuentón Robert Downey Jr. Las interpretaciones de ambos, sumada a una empatía encubierta por los actores, bajo un guión elaborado criteriosamente aunque con uno que otro aquelarre, son realmente magistrales. No sé quién gana la confrontación, pero estoy seguro que quien sale airoso de este choque de trenes es el espectador. La experiencia de Duvall queda mejor parada sobre la que posee Downey Jr., pero el actor de Ironman, Sherlock Holmes y Chaplin, realiza una combinación de matices del disentimiento, por personalidad y formación, que redondea con una interpretación de clase. Este film tiene aquellos elementos que uno jamás podría olvidar : un argumento sólido, con un trasfondo de melancolía, y el peso de una narrativa bien llevada por Dobkin. Éste logra hacer de una familia disfuncional cuyo odio era palpable entre padre y hermanos, e inclusive entre hermanos, una prole que se atreve a ceder para que todos intenten estar unidos en momentos de gran dolor. La película se adentra en el mundo de los tribunales de justicia. Downey Jr.  es un brillante abogado de Los Ángeles con una reputación temible, que tiene que volver a su pueblo natal, para asistir al entierro de su madre. La noticia la recibe en plena resolución de un juicio donde estaba ganándolo, pero que aun así, solicita se postergue. Una vez en Indiana, y renegando por tener que volver a una localidad de la que se marchó desencantado, descubre que su padre, con 42 años de servicio como juez local, ha de sentarse en el banquillo de los acusados por primera vez en su vida debido a un caso de homicidio por atropello a un forajido, que el mismo magistrado había juzgado sin la severidad que el caso requería. El encuentro saca a relucir el cariño enterrado entre ambos, después de años de resentimiento y de no dirigirse la palabra. Downey Jr. y Duvall ya habían filmado juntos Gingerbread Man, en 1998, una extraña aunque sugerente película de intriga bajo las órdenes de Robert Altman, donde Downey Jr. era un joven intérprete que estaba haciendo camino –ya había sido nominado a un Oscar por Chaplin en 1992-  y que se desenvuelve junto a actores como Kenneth Branagh, Daryl Hannah, Embeth Davidtz, y Tom Berenger; aunque solo intercambiaron un par de escenas. David Dobkin se dedica, con una puesta en escena ordenada, donde la fotografía está bien direccionada, el diseño de arte prolijo, con hermosos paisajes, ambientaciones internas bien escogidas, y una mezcla de sonidos de muy buen talante. Quizás le reclamaría al cineasta yankee dos cosas : una, la escena donde falla en el montaje a mitad del film -inadmisible en una película de nivel- y la otra, el desenlace muy bien planteado donde luego de todo lo acontecido entre padre e hijo -luego que el juez saliera de la cárcel cumplida su condena- se dicen lo que sentían uno por el otro, pescando sobre un bote en medio de un lago. Ahí, es donde Dobkin debió cerrar el telón, pero -la ambición lo traiciona- y necesita dejar en claro algo que ya lo estaba, por lo tanto comete un yerro grosero. Era el momento para terminar el film y quedarnos todos con esa maravillosa imagen de la reconciliación y el perdón. Sin embargo, el cineasta tiene escenas de un realismo fortísimo, donde en una ocasión el juez es acusado por su propia justicia e interrogado en su mismo tribunal; o cuando ambos asisten al velatorio de la señora Palmer y se dan la mano como dos completos desconocidos, Downey Jr. con la mirada firme y Duvall viendo hacia un costado sin importarle su presencia. Otra escena memorable nos muestra a un Duvall que necesita y acepta la ayuda de su hijo para poder tranquilizarlo -el juez tenía cáncer al colon y no controlaba los esfínteres- y llevarlo hacia la ducha del baño y limpiarlo por completo, escena de una ternura incomparable, pese a la lejanía que existía entre ambos; o la escena donde es la terquedad de ambos la que queda de manifiesto a través de una discusión donde la honorabilidad de Duvall, luego de un falso testimonio, se impone con rigor. No obstante, en el desarrollo del film hay una fémina cuya participación se utiliza -es un acierto del director-para hacerlo todo más sencillo y coherente, donde una bella y experimentada actriz como Vera Farmiga se convierte en uno de los motivos más notorios del pasado para que Hank Palmer recuerde y vuelva a sentirse cómodo en el medio de donde emigró para estudiar. Es obvio cinematográficamente que Downey Jr. y Vera Farmiga se conecten de una manera especial, ya que se establece una dependencia que queda instalada como una cuota adicional de talento que se brinda en el film para acentuar los nudos que logra el director. Ambos tienen momentos cortos aunque llenos de palabras hirientes que son ciertas, que sucedieron cuando estudiaban juntos, y que se trasladan con la misma firmeza 20 años después. Dobkin lo que desea es que el público acepte y comparta el concepto general de la cinta por tratarse el tema de la ruptura de relaciones de una forma afable y considerada, es decir, a través de un potente envite con lo que todos nosotros nos sentimos identificados. Si lo consigue o no es una cuestión para cada quien lo analice, pero el esfuerzo principal está dirigido hacia esa entidad vinculada a lo estrictamente deontológico. El resultado que nos queda en la retina son vivencias emotivas de todos los personajes inmersos, pero partiendo de dos pesos pesados de la industria hollywoodense, cada uno con su gran momento en particular, construyendo un ejercicio incesante de antagonismo interpretativo. Quería precisar el sufrimiento en la vida real de Robert Downey Jr., quien perdió a su madre uno de esos días en que se estaba promocionando el film. Duro revés para el actor, que en un extraño giro del destino, había asumido en el arranque de la película la pérdida justamente de su madre, hecho que promueve la reunión de la familia Palmer. Los secundarios, Vincent D’Onofrio -el mayor de los Palmer- contribuye con su historia de un beisbolista frustrado de joven por un accidente ocasionado por Hank -por eso lo trata mal en el film- pero que cumple con la misión de mantener la consistencia de la familia. Es un muy buen actor y tiene escenas que lo definen con congruencia. El menor de los hermanos Palmer -una actuación relevante y sin fallas de Jeremy Strong- es estigmatizado como un muchacho retrasado mental con una filmadora en mano, que recibe el cariño comprensible de sus hermanos y padre, y que tiene una escena donde él es el que manda, y es preponderante en la imaginativa defensa que haría Downey Jr. de su padre en el juicio. En esta escena, Joseph Palmer, el juez, va a terminar destruyendo la película que había hecho su hijo, porque determinaba una posible culpabilidad. El juez era un hombre de principios y no quería exponer a que sus hijos lo vieran haciendo algo espeluznante. También actúa Melissa Leo quien caracteriza a la madre del hombre atropellado por el juez, y está desperdiciada por Dobkin. La Leo es una gran actriz que no está para papeles que no le aportan al film. Quien está correcto es el juez que juzga al juez, Ken Howard, quien con su sobriedad es quien representa a la autoridad principal del film. Otro muy buen actor es Billy Bob Thornton -el primero en la vida amorosa de una joven Angelina Jolie- quien desempeña con rostro seco y poco expresivo, tanto a la fiscalía, como al abogado de la familia del fallecido, en una interpretación normal, sin mucha participación, pero que sabe sostener a la parte contraria en el juicio final. Otros actores que desperdicia Dobkin son a la hija de la Farmiga, la joven Leighton Meester, quien es muy linda y sabe actuar, pero que tiene sólo dos momentos interesantes, y nos quedamos con la duda si es hija de Downey Jr. o de D’Onofrio. David Krumholtz y Balthazar Getty, también se pierden en papeles que bien podrían hacerlo actores principiantes. Pero lo que es imprudente y Dobkin lo utiliza para algunos gags es la actuación de Dax Shepard, quien funge del primer abogado del juez, antes que su hijo tome el caso. Quizás sea la parte menos rescatable del guión, en lo referente a la diversidad de personajes. Los flashbacks del film, con la madre de los Palmer joven junto a sus hijos pequeños revoloteando en la casa de ese entonces a través de filmaciones antiguas son memorables, de una emoción indescriptible y que el cineasta norteamericano se da el lujo de manipular nuestros sentimientos a sus anchas. The Judge es un buen largometraje, entretenido, consistente y que va a gustar a los espectadores limeños. Rescata el concepto de los valores morales de un hombre viejo, que ha tenido una conducta intachable, pero que comete un error voluntario, justo en el momento más difícil de su vida, la pérdida de la compañera de 50 años, situación que destruye al más valiente de los hombres. Dobkin hace una dirección prolija, muy cuidada en la forma de filmar, y un nuevo estilo de editar el subgénero, un guión que aunque tiene fallas es estable e interesante, y una puesta en escena riguroso. Como toda cinta, la propuesta del yankee tiene fallas que no debieron estar allí -realmente no influyen demasiado en el ritmo ni en la trama- pero que le van a traer  problemas a la hora de las premiaciones más importantes. Si quieren tristeza, algunas sonrisas y comprender en toda su magnitud lo que es la moralidad antagónica para dos hombres de la misma sangre, no se la pierdan, porque se van a encontrar con momentos que les harán pasar más de dos horas complacientes. Es casi el mismo efecto que causa el film El justiciero con Denzel Washington, que ya lleva dos semanas en cartelera, y sigue con tres o cuatro funciones diarias. Si el gran Denzel puede darnos una clase de actuación imperdible, por qué no Bob Duvall y Bob Downey Jr. Los tres parecen tener un olorcito a Oscar todavía muy fugaz. Recomendable 100%.