viernes, 24 de octubre de 2014

“Breakfast at Tiffany's”, Blake Edwards define con brillantez una comedia variopinta y sofisticada.












































































En estos momentos me encuentro en Bolivia, Santa Cruz de la Sierra, en el Apart Hotel Premium Suites Santa Cruz, un lugar muy propicio, con personal muy educado y propenso al servicio. Aunque parezca mentira es mejor que el Apart Hotel que me hospedé en Sao Paulo. Un tema que aún no le doy crédito es el tema de la aduana y migraciones. El segundo porque un tombo feo te habla con voz de sargento y te pone frente a una cámara. El sujeto te hace pregunta cosas y le debes responder. Como el pata era medio lenteja, le sacaba la lengua a la cámara, le hacía ojitos, hasta que me descubrió, y me dijo : ya está usted muy viejo para hacer payasadas. Le respondí, y usted está muy joven para ser caracúlico. Me dejó ir porque no entendió la palabraja. En aduanas, la cosa es realmente increible. No existen los túneles revisores por donde pasan las maletas, y te hacen tocar un botón verde. Si suena te revisan todo el equipaje, sino emite ruido, pasas piola. Pues bien, anoche acudí al C.C. Ventura, uno de los centros de ventas más elegantes de la ciudad, y donde los precios son de medio bolsillo para arriba. Un par de zapatillas Nike -que la consigues en 45 dolarucos en Panamá, acá vale 136-. La moneda es el boliviano, y el tipo de cambio es de 6.90 bob por dólar. La gente es cordial, receptiva y no se meten con uno. Eso sí, rebajarles el precio es casi una hazaña. Somos iguales, de pinta y tamaño, la misma leche pero de diferente vaca. No están muy conformes con Evo, porque dicen que parece una llama, porque en ve de hablar escupe. Hay una hora más con respecto al horario de Lima, y hoy tengo que dar mi primera conferencia. Pues bien, cuando estuve paseando por el C.C. Ventura, la sorpresa mayúscula me envolvió cuando en el tercer piso me topé con dos multisalas de Cinemark, pero diferentes, la primera, normal, la que se da en casi toda Latinoamérica, y la segunda, Cinemark Prime, donde las salas son lujosas incluyendo la presentación del lobby del cine, con formidables letras en color plateado que adornan la entrada del mismo. Así que por enésima vez repito que nuestro país está a la vanguardia en todo, pero empezando desde abajo. He traído 100 películas de cine hecho por peruanos, y las voy a donar a la videoteca de la ciudad. Esto, no lo hace cualquiera así no más, así que hay que jalarle las orejas a la Ministra de Cultura, y a los realizadores que aprendan a respetarse a sí mismos, sino tienen el debido respeto para con su propia patria y películas. Otro hecho, es que hay una enorme piratería donde tendré que ir luego de la charla para buscar títulos de films que no se encuentran ni por casualidad en Lima. En el cine, compré entradas para ver la película de Blake Edwards, Breakfast at Tiffany's o Desayuno con diamantes. Había otros films de culto como La naranja mecánica, Pulp Fiction, Grease, Taxi Driver y Back to the Future, exactamente igual que en Lima, pero no me equivoqué en la elección. Lo que me sorprendió es el hecho que las pasaban en este novedoso Cinemark Prime. Las demás películas yankees del momento son las mismas que están en la cartelera de Lima, salvo una de Brad Pitt, de título Fury -un drama acerca del Nacismo- que la estrenarán el próximo jueves. Es de David Ayer, y todo parecería que Brad Pitt iría por una nominación para la Academia junto al director y al film. Las entradas cuestan entre 30 y 65 bob la más cara. Saquen pluma. No he visto mujeres bonitas, deslumbrantes, que te pares y puedas abordarlas con un piropo estimulante. La ciudad está dividida en siete anillos que la verdad es una boludez que no tiene razón de ser. Los taxis son baratos, te cobran el equivalente a cinco dólares la hora, y si te vas al centro 2o bolivianos. La plaza de armas es hermosa, está frente a un parque muy bonito, bien cuidado y rodeada de palmeras. Si ustedes vienen para Santa Cruz, tienen que ir obligadamente al bazar Los Pozos, La Recova (artesanía), el Fair Store (las zapatillas están 35% menos que en el C.C. Ventura, y son las mismas), al bazar Siete calles, todo estos lugares alrededor de la Catedral. Santa Cruz no es La Paz, me parece más moderna que la capital andina, y con cuatro días lo conoces todo. La comida es buena, tienen como plato tíco el locro, pero diferente al que comemos en Lima. Como toda ciudad tiene sus bemoles y sus cualidades. De las seis películas, me pico el bichito de ir a ver a la encantadora Audrey Hepburn -cuyo guión está basado en la novela de Truman Capote- una de las actrices más bellas que ha dado el cine. Esta diva yankee -el film es de 1961- nos presenta a una enigmática y dulce Holly Golightly, quien a no dudarlo traspasa los extremos de la pantalla para encumbrar a Audrey Hepburn como un icono del estilo y la elegancia. Holly es una mujer desenfadada que pulula alegremente de fiesta en fiesta. Su ritmo de vida será puesto en tela de juicio por su nuevo vecino, el escritor Paul Varjak, de quien terminará en lo que todos obviamente suponemos. Gracias a una de las mejores introducciones que se hayan visto, Blake Edwards arranca esta formidable cinta, sin mediar palabra de por medio, y con tan solo el tema Moon River compuesto por Henry Mancini -canción ganadora del Oscar- como acompañamiento a nuestra fantasiosa Holly. Tras una de muchas agitadas fiestas nocturnas, Holly emerge de un taxi con el inmortal vestido negro de Givenchy y los míticos lentes Wayfarer de Ray-Ban, para instantes después beber un croissant en la Quinta Avenida, para luego ponerse a contemplar seducida las hermosísimas alhajas del escaparate de Tiffany’s, la famosa joyería neoyorquina, ansiando no sólo poseer alguna de las joyas allí expuestas, si no para disfrutar del modo de vida que todo ese lujo desmesurado supone para la lo que la chica piensa que representa. Y es que nos damos cuenta de inmediato que Holly no piensa detenerse hasta conseguir su objetivo, ya sea trabajando como dama de compañía de los hombres importantes de la zona más exquisita de la gran manzana, o cazando a alguno de los diez solteros más ricos y codiciados, de menos de cincuenta años. Se cruza en escena un actor de polendas, George Peppard -el coronel de la recordada serie de TV, Los Magníficos o The A Team- personificando a Paul Varjak, un escritor en momentos difíciles, y que vive gracias a las donaciones que le otorga su amante, una mujer bastante mayor, pero que el muchacho le tiene mucho cariño. En el encomiable retrato de los dos principales personajes es donde reside la mayor fuerza y dramatismo de la misma. La melancolía que están impregnando sus vidas, choca contra la colorida fotografía, y el ambiente “chic” que los rodea. Mientras Holly sufre añorando a un hermano que está en la guerra, y trata de obtener estabilidad económica, Paul intenta levantar su carrera redactando en su máquina de escribir un Best Seller para salvarse, pero que  ni siquiera ha comprado el rollo de tinta para empezar a tipear. Toda esa mezcla de tristeza y alegría, de instantes que desconciertan, quedan reflejadas magníficamente en la interpretación de la Hepburn y de su compañero de reparto, que la sostiene con una calidad excepcional. La naturalidad de su actuar llena su personaje, la capacidad para expresar sensualidad y ternura con una misma mirada, y sin necesidad de enseñar más de lo absolutamente necesario, además del refinamiento que irradia con tan solo un simple jersey, hacen que sea improbable imaginar otra actriz en su papel, por mucho que Capote insistiera en que la actriz fuese Marilyn Monroe. Durante todo el metraje Audrey nos regala una gran cantidad de momentos imborrables; la ya mencionada llegada a Tiffany’s, el recibimiento a Paul mientras nos cuenta con su inolvidable y acentuada voz lo que para ella significa la joyería, su aparición en la alocada fiesta, el robo de las máscaras, cuando aparece aprendiendo portugués, el emotivo abrazo a su gato -quizás su alma gemela, y un largo etc. Pero aún hay otro elemento en la película que la hace más atractiva aún: su música. Henry Mancini consigue crear una BSO –volvió a ganar un Oscar por mejor BSO- al mismísimo estilo de la Hepburn, que merece ser escuchada una y mil veces. Siempre nos quedara en el recuerdo el tema principal Moon River, sobretodo la versión interpretada por la propia Audrey Hepburn sentada en el declive  de su ventana, con una toalla en la cabeza y una vieja guitarra, sin perder ni un milímetro de glamour. La película muestra una historia de amor poco convencional que atraviesa etapas novedosas como interesantes. Ambos protagonistas son refugio del otro -la escena en que se acurrucan en la cama es tan acogedora que se envuelve en ternura- cada quien necesita del otro, pero ella, ocupada en atraer a ricachones, no se da cuenta de lo que tiene al lado. Sólo alguien tan atractivo como Peppard podría dar vida a un dúo del todo creíble. Una pareja perfecta. Juntos, recrean el amor como nadie, a la vez que algunas de las escenas más cómicas de la historia del cine -me atrevería a decir que es una comedia sofisticada o quizás secular- como cuando ambos exigen algo por valor de sólo diez dólares en Tiffany´s o cuando, tras ser expulsados de la biblioteca, Hepburn afirma con su gracia habitual que la joyería es un sitio mucho más agradable y divertido que un lugar silente amontonado de libros. En ocasiones la historia puede resultar inestable, pero eso forma parte de su encanto; es pura poesía, algo claramente reflejado por la música de Mancini que posee una melodía fabulosa muy relacionada con el temperamento de ambos. Quizás lo más importante del film, además de su acerva mirada a la alta sociedad neoyorquina, es la configuración del personaje de la festiva Holly, superficial en su existencia frívola, y amarga en su búsqueda incesante de la felicidad Desayuno con diamantes se ha hecho de un espacio preponderante en la historia del cine norteamericano. Pero, creo que lo que más trasciende, es la pasión que despertó en los años sesenta y que lleno los corazones de esa generación, y por supuesto también los nuestros, y seguramente de los muchachos de hoy en día si se sacan los audífonos y optan por ver la cinta. En definitiva, un drama romántico disfrazado de una comedia sofisticada, con una Audrey Hepburn, una estrella deslumbrante, unos secundarios de lujo, George Peppard, Patricia Neal y Buddy Ebsen, además de una BSO inolvidable que es motivo suficiente para ir a verla, y luego recordarla.