sábado, 13 de septiembre de 2014

“Clean”, Olivier Assayas y una dramática historia de culpabilidades y sueños rotos. Cartagena, ciudad execrable.













































































Antes de empezar a opinar sobre la excepcional y olvidada película Clean del galo Olivier Assayas, quiero contarles algo que considero importante. Estuve en la ciudad de Pereira en Colombia trabajando en lo mío. Al margen de esto, puedo asegurarles que es una ciudad pequeña, pero maravillosa por muchas razones. Por la amabilidad de su gente, por el trato cuando uno va a comprar alguna chuchería, probarse un par de zapatillas tenis, entrar a cualquier comercio a preguntar etc. La cortesía se percibe de manera espontánea. El lugar es bonito, no es caro, se come rico, y uno transita con la absoluta seguridad que no va a caer en las garras de nadie que pretenda hacerle daño. Hermoso lugar, con bellas mujeres (belleza física e interior) con todo lo que necesitas a mano, salvo la pobre cartelera cinematográfica, y algún imprudente, mujer u hombre, que molesta, pero no determina lo bueno del conjunto y su afiatada personalidad como ciudad del interior. El hotel es pequeño, se llama Luxor Condina, y queda en el lugar perfecto, en una calle peatonal donde se encuentra de todo, casi alrededor del centro de la ciudad, o de la Plaza o Parque del Bolívar desnudo, una leyenda admirable. La administradora del Luxor Condina es una de esas mujeres lindas y sobre todo simpáticas, siendo todos los trabajadores cariñosos y siempre a la orden de lo que uno estime. El desayuno es buenísimo, y te preparan lo que tú solicites. No existen los caras de culo o caracúlicos, todo es una sonrisa placentera. 100% recomendable. Por otro lado, hoy me siento todo lo contrario en estos momentos que estoy en Cartagena de Indias. Carísimo, la gente es buena y con disposición -no percibes esa bondad de los pereiranos- viven contra el reloj, los vendedores callejeros te acosan, los de los centros comerciales no son como los hay en Pereira, y hay algunos hechos que han marcado mi estadía en esta repulsiva ciudad. Primero, los taxis te cobran el doble de lo que marcan los tacheros pereiranos, son sinverguenzas y no gentiles. En esta ciudad del desorden, de la suciedad extrema y de la trampa, los taxistas y los tombos poseen una modalidad repugnante, ellos son juez y parte de todo lo que les pueda convenir en el tema motorizado. Existen las motos normales, no las que hay en Lima (mototaxis) que te están esperando a la salida de todos los centros comerciales y lugares de circulación masiva de gente. Ellos, tipos cochambrosos y atrevidos, provistos de motos viejas y de visión estropeada, también hacen el servicio de taxi o traslado. Son mensajeros de una desgracia segura, y la gente (de atrofiante estupidez y falta de cultura) acepta la posibilidad de matarse por 2,000 pesos menos (un dólar y pico). Es la ciudad más cara de Colombia sin duda, con una temperatura de 38 a 40 grados a la sombra, donde no te da gana ni de salir del hotel, con edificios a medio construir o librados a su suerte, y su mar que no es como las agencias de viajes sugieren. Son como nuestras playas de hace 30 o 40 años, con sombrillas y camarines de lona alquilados, las personas almuerzan en una arena mugrienta y malioliente. Un sujeto con un caballo me quería hacer un paseo en carreta de 30 minutos por 70,000 pesos. Estaba mal de la cabeza, así que preferí preguntarle al viejo percherón de cuatro patas. El alcalde de la ciudad es un tal Dionisio Velez, de quien todos hablan con menoscabo y rabia contenida, y tienen toda la razón. Las calles están todas descuidadas, piqueteadas y con el desague inundándolas. Es un tema deprimente, una verdad que se cae de madura, salvo para esos truhanes que te venden la ciudad como si fuera un paraíso. Estoy hospedado en el Hampton by Hilton Cartagena, muy buen hotel, pero muy caro en sus servicios comunes, el Lobby queda en el piso 16, algo extraño, pero nada incómodo. Te atienden sólo cuando tú lo solicitas, y de manera eficaz (no lo hacen de cuenta propia porque no les nace hacerlo, como sí sucede en el Luxor Condina de Pereira). No hay un interés por lo que te suceda. Uno tiene que decirles las cosas. Las chicas del counter son hermosas y atentas. El desayuno es discreto, pero parece que está bueno. No tiene la variedad en frutas, jamones-quesos, panes, fruta seca y jugos, y es algo que tendrá que corregir el encargado aunque lo veo inviable. La misma cadena tiene los mismos defectos en muchos países o lugares donde opera. Las habitaciones cómodas, pero sin frigobar y un aire acondicionado débil. El Wi-Fi es lento y se corta cada 24 horas. Creo que es un hospedaje aceptable, no sé si recomendable, pero según muchas personas y vecinos está situado en un barrio de foragidos. Hay otro temita. Anteayer, me asaltaron a 50 metros del hotel, dos bandoleros, quienes con arma blanca y cogida de cuello me bolsiquearon sacándome la billetera, más uno de mis paquetes de compras. Las 18.00 PM, fue la hora, y no me sorprendió del todo. Era como si algo malo tenía que pasar. Te lo dicta la experiencia. Lo olfateas sin remedio. Lo que sí, les pedí a los cacos que se llevaran solamente la plata, algo de 350 dólares mas 175,000 pesos, pero que me dejaran mis documentos y mis tarjetas de crédito. No lo hicieron, se rieron y se largaron raudamente. Hoy, estoy mascando chicle desde anteanoche y me quedé sin plata para comer. En ese sentido, el hotel no me dio una mano, y eso es un tema de tamaña irresponsabilidad. Hasta hoy me dejaron más sólo que Kung Fu. No voy a contar detalles porque creo que pertenecen a mi intimidad, y esta gente no se lo merece ¿¿ Ustedes creen que el gerente del hotel se acercó o me llamó para saber cómo se encontraba uno de sus huéspedes ?? No lo hizo, y ahí está el gran detalle de quien dirije este Hilton. Me escribió un correo que lo agradesco, me ayudó, porque yo se lo planteé, aunque el daño ya estaba flotando en mi cuerpo. Pero, hay algo mucho más trascendente que todo el rollo del robo de estos honorables ciudadanos cartaginenses. Puse cuatro (04) mensajes a mi banco (Interbank) para que me envíen algo de dinero y poder sortear en algo el mal trago. No me contestaron hasta ahora. Llamé al 3119000 y me atendieron mal, ya que la muchacha que me contestó era muy inexperta para un problema que la desbordó. Su nombre Edith Palomino, y deberían prepararla bien o sacarla por ser una representante de la imbecilidad intelectual que abunda en ese, mi banco. Volví a llamar, me atendió Walter Angeles, y me dijo que el banco no me podía enviar el dinero que solicitaba porque no estaba dentro de su normativa bancaria. Tamaña estupidez. Insistí y el jovencito me dijo que iba a consultar con su jefa adjunta para averiguar alguna salida. Me tomaron los datos, intervino la supuesta dama inteligente, superior de Walter, y me dijo (no voy a dar el nombre porque se esforzó lo suficiente para darme una solución, pero se la tragó la maldición del sistema, y un teléfono que no contestaba en la República Argentina) que la única manera era que American Express Argentina (Imagínense ustedes que la OEA y el Banco Mundial no reciben los datos estadísticos económicos y financieros del gobierno de ese país porque son falsos) me iba a mandar una nueva tarjeta de crédito de emergencia por US$ 300.00.- y que me llegaba el día miércoles de la próxima semana. Yo regreso el domingo temprano a Perú. Otra bala en el medio del corazón. Lo que quiero decirles a mis lectores, es que es fantasiosamente increíble que uno deposite su confianza en un banco para que no sólo guarde mi dinero y lo trabaje sino para que pueda solucionar problemas inherentes a lo financiero del cliente que invierte en ellos -tal como me lo prometieron hace tres años- y no puedan solucionar un problema tan simple. Voy a pensar en enjuiciar al banco, pero preferiría entrevistarme con ese hijo de un tren con 400 vagones de putas del Gerente General, para gritarle en su cara la brutalidad de la frustración y el detrimento moralque me ha ocasionado con su intelecto de un mono en estado de coma, y la jungla de antinormas donde habita. No tiene nombre ni apellido esta acción de un empleado (el banco) con uno de sus miles de jefes (en este caso yo). El Perú aparenta estar bien, todo sigue putrefacto y oliendo a mierda revuelta. Volviendo a mi querida Colombia, recomiendo con ojos cerrados a Pereira, y si quieren pasarla mal y tengan un 75% de posibilidades que los asalten y la pasen amargados, vengan a Cartagena, que es una estafa segura como lo es Varadero en Cuba. Acá la gente, como en la isla, se cagan echados del hambre, la indigencia es terrorífica, Cartagena es la ciudad de la corrupción asolapada, y de turismo solo aquella publicidad mentirosa. La ciudad de Panamá o Sao Paulo o Medellín o Santa Cruz de la Sierra boliviana o Cuenca en el Ecuador, o San José de Mayo en el Uruguay, o la misma Montevideo, son joyas de incalculable valor al lado de este embuste turístico de los promotores de viajes del placer. Ojo, yo pienso, y bastante, antes de escribir. Ustedes me conocen y no digo lo que digo porque estoy caliente dado el choreo del cual fuí objeto. Al contrario, eso me da pie para conocer a más profundidad el monstruo por adentro y ver de qué clase de deyección está hecho. Ahhhh…. y para los metrosexuales, las chicas lindas y voluptuosas están en Pereira, Medellín, Caldas, Cali, Barranquilla, Manizales, Bogotá, Cúcuta, Quindio etc., no en Cartagena de Indias precisamente. Un saludo para los muchachos de la UTP de Pereira, y también para los de la Etic y la U. de Cartagena. Un beso para mi hermana Sonia, que se recupere, y mil gracias por su bondad. Un gesto que no olvidaré mientras siga en esta vida patosa y deprimente, donde el peruano jode al peruano sin importarle nada. Lo del asalto es una anécdota. Lo del Interbank una ignominia.


Remy Assayas fue un guionista francés de origen turco. Su nombre artístico era mucho más francés que turco, Jacques Remy, y con él escribió unas cuarenta obras entre 1947 y 1981, poco antes de su muerte. Castigado por la crueldad del destino, sus últimos años fueron complicados. Su delicado estado de salud apenas le permitía escribir un par de líneas seguidas, y eso no era suficiente para llevar un salario decente a casa. Su hijo, un joven intelectual con aspiraciones cinematográficas, se encargó de redactar alguno de los últimos guiones firmados por aquel viejo turco antes de morir. Ese muchacho era un francés oleado y sacramentado. Lo pensó, y tomó la decisión de recuperar el apellido oculto de su padre. Por su inclinación a las películas se convirtió en un buen crítico de cine, publicando sus primeros trabajos en Cahiers du cinéma en 1979, con el nombre de Olivier Assayas. Retomando las enseñanzas de los viejos críticos de Cahiers que defendieron a capa y espada a los grandes directores yankees, Assayas participó en el cambio de actitud de la crítica hacia otro cineasta norteamericano que hoy es uno de esos indiscutibles, Clint Eastwood. Pero, quizás su labor fue más propicia y activa en pos del nuevo cine que llegaba de Hong Kong y Taiwán. Al igual que sucedió con aquellos antiguos críticos, Assayas dio el salto a la dirección con gran resolución y algo de fortuna, viendo como cada uno de sus films era tomado en cuenta con mayor entusiasmo e interés que la cinta inmediatamente anterior. Uno de sus primeros galardones fue el prestigioso Prix Jean Vigo, obtenido en 1992 por el drama Paris s’eveille o París se despierta, donde contaba la historia de una aspirante a actriz y un joven que intenta rehacer su relación con su padre, a quien había dejado de ver hacía cuatro años.  También en 1992, la actriz hongkonesa Maggie Cheung ganaba el premio a la mejor actriz en la Berlinale por el drama biográfico Center Stage del chino Stanley Kwan. La Cheung ya era una estrella en toda Asia, pero no quería viajar a filmar en el cine occidental, porque seguramente los personajes que le ofrecían eran de poca presencia y diálogos. Sin embargo, Assayas, un gran conocedor del cine asiático, escribió expresamente para ella el papel protagonista de una película que cambió la carrera de la Cheung, y que sigue siendo hoy en día un título de culto para gran parte de la cinefilia cinematográfica más exigente, la notable Irma Vep. La actriz china y Assayas comenzaron a acercar sus vidas personales mientras cada uno de ellos desarrollaba con éxito sus respectivas carreras. La Cheung fue llamada por Wayne Wang, Wong Kar Wai o Zhang Yimou, y Assayas continuó escribiendo en Cahiers, ocupación que abandonó temporalmente para iniciar en 1998 su siguiente película, Fin août, début septembre, año en el que Assayas y la Cheung contraen matrimonio. A la hora de diseñar el casting de aquella historia de relaciones cruzadas entre hombres y mujeres de distintas generaciones, el francés le entregó un trabajo secundario a una joven de apenas 17 años que comenzaba a dar sus primeros pasos en la redacción de Cahiers. El ojo de Assayas era privilegiado. Aquella chica, llamada Mia Hansen-Løve, es hoy una de las mayores promesas de realización del cine europeo con apenas cuatro películas, en donde se encuentra Un amour de jeunesse, un muy estilizado drama romántico que comentamos en su oportunidad en el blog. La unión entre Assayas y Cheung duró apenas tres años. Se dice que la separación no fue para nada traumática del matrimonio. Lo cierto es que en 2004, la Cheung aceptó otro papel protagónico a las órdenes de su ex-marido. Clean, es el título, y su estreno en Cannes fue muy bien recibido, obteniendo un premio especial por sus méritos técnicos, y el de mejor actriz para Maggie Cheung, quien así se convertía en la primera actriz asiática en triunfar en Berlín y Cannes. Roto el vínculo con la actriz china, Assayas no perdió tiempo y se vinculó sentimentalmente con Mia Hansen-Løve. Pues bien, Olivier Assayas es de aquellos cineastas que a pesar que pueda tener errores groseros en su filmografía, quizás por los riesgos que toma, siempre pone el dedo en la llaga más profunda. En Clean, basa su relato en una súper cantante de rock en decadencia, adicta a la heroína, que tras quedar viuda y perder la custodia de su hijo, es apresada, y lo único que la salvará es intentar hacer un cambio radical en su pesadilla existencial, empezando por desintoxicarse y curarse del todo, para así reparar los distintos fragmentos quebrados de una vida peliaguda, y cuyo objetivo por cumplir consiste en la recuperación del vástago que está en manos de sus suegros. A menudo nos hacemos la siguiente pregunta : ¿¿ Existe la probabilidad que la gente logre cambiar o estamos condenados a cometer los mismos errores una y otra vez sin vislumbrar la capacidad de enmienda ?? Quien ha de cambiar en este caso es Emily -la actuación de la china Cheung es controversial aunque con matices estupendos- la cual mantiene una relación con el cantante Lee Hauser, quien muere una noche de sobredosis, mientras ella ha dejado horas antes la habitación para largarse del lugar. Al ser Emily también adicta a las drogas, y cazarla en posesión de las mismas, es condenada a la cárcel por seis meses. El hijo que la pareja tiene en común, Jay, se tiene que ir a vivir con los padres del occiso Lee, Albretch y Rosemary. Emily debe lidiar con todo tipo de desmanes y críticas negativas, esas que la acusan de la muerte de su marido, debido a que ella fue una pésima influencia en el colapso musical de su marido. Assayas retrata con precisión el dolor no solamente de una mujer que pierde la libertad sino la posesión de su hijo. La Cheung logra una interpretación que divide las aguas aunque me deja un agradable sabor de boca. Tras pasar por la cárcel, deja las drogas a través de la metadona y comienza a buscar un trabajo digno a fin de cumplir con el objetivo trazado. Buscará apoyo en una mujer de nombre Elena que le dará asilo temporal en su casa para que pueda organizarse, y recibirá ayuda de otra mujer, Irene, para quien trabajó hacía algunos años presentando un programa de música en televisión. Irene le conseguirá un empleo como encargada de una tienda. Assayas va trasladando el drama hacia los abuelos del hijo de Emily, quienes presentan posiciones enfrentadas. Rosemary sufre una enfermedad, y consciente de su final no desea saber nada de su nuera, como si el perdón no tuviera cabida una vez que el camino que le queda es mínimo y la naturaleza humana debería ser bondadosa y no egoísta. Por el contrario, Albretch es de esos hombres que cree en La redención y el cambio, en función de las circunstancias vitales. Assayas toma el toro por las astas, bifurca los sentimientos de los abuelos de Jay, y se aliará con Emily para que ésta pueda ver a su hijo, a pesar que el chico está influenciado por su abuela, en términos que en su pensamiento aún se posiciona el hecho que fue su madre la que mató a su padre, al proveerlo de las drogas. Sabedor que en breve estará solo con su nieto sobre la faz de la tierra y dada su avanzada edad, percibe que lo mejor para Jay es la presencia de su madre en su vida, la cual a su manera está tratando de recomponerse, sin renunciar a sus sueños de seguir en la música, su pasión, algo que Albretch reconoce como un acto meritorio. “Es muy fácil ser valiente cuando las cosas van bien, pero cuando la vida toma la ruta de la dificultad y el dolor se vuelve inusual, y hay que aprender a escabullirse de los temporales“, le dice Albretch a Emily en un momento dado, cuando ella le habla de una prueba que puede hacer en la ciudad de San Francisco, una oportunidad única, que bien podría hacerle pisar tierra firma en un mundo en el que quiere vivir, plagado de escenarios, músicos, micrófonos etc. Assayas desde que arranca la película la vincula a una fotografía que luce apagada, gris, aséptica, como el filo de la navaja o el reflejo de una luna deshidratada. Priman los interiores, las luces de neón, salvo alguna escapada de Emily y Jay al parque, donde entonces sí trabaja con la luz natural. Hay música de por medio que calza justo con el desarrollo de la trama, un mundo devorador de estrellas, que como todo negocio busca obtener los mayores beneficios, y verá como una nueva posibilidad el fallecimiento de su marido para reeditar sus anteriores discos, y aprovechar ese marketing de la muerte que crece desmesuradamente cuando un artista pierde la vida. Incluso, los padres del artista muerto verán con buenos ojos, como si en cierto modo la memoria de su hijo siguiera flotando en el ambiente o en las ondas de la radio al pasar sus canciones. Assayas hace que la acción discurra por distintas ciudades, a caballo entre Vancouver, Londres y París. Emily habla chino, inglés y francés, así que la podemos apreciar hablando en estas tres lenguas con una inusual desenvoltura. A pesar de la desesperanza que parece insuflar la historia, poco a poco esta dejará pasó a la esperanza -no envuelta en papel de regalo- dentro de un contexto en donde cada escalón hacia el éxito se logra conseguir con sangre, sudor y lágrimas pesadas. El cineasta francés expone con una lograda escena el reencuentro familiar, que tiene como meta la consecución de una nueva vida luminosa con la que todos alguna vez soñamos, y que a menudo es tan solo el alimento natural de nuestros sueños, esa arcadia onírica con la que solemos alentar nuestras acciones en pos no de la felicidad sino de la minimización del dolor y de la soledad en un mundo de distracciones y deseos frustrados. Cabe citar la fortaleza de las interpretaciones de Maggie Cheung y del gran Nick Nolte, quienes con una potencia estentórea y mucha gestualidad, no tanto por lo que dicen sino por aquello que dejan decir logran una empatía seductora entre ambos. Bien por Assayas que resuelve los conflictos con mano limpia, virtuosa y decidido coraje. Finalmente algunas consideraciones ¿¿ Cómo se entiende que este largometraje cosmopolita que fotografía la vida de una cantante de rock asiática venida a menos no se estrenase en nuestros cines ?? ¿¿ Por qué no se reivindica a Clean como la producción más equilibrada y sugerente de Olivier Assayas ?? Todo un misterio. Assayas, uno de los cineastas más relevantes de la nueva ola francesa de los 90, y que ha sabido canalizar sus ansias cinéfilas, ofreció tal vez una de las mejores “películas de personajes” de principio del nuevo milenio. Se podría hermanar formalmente con el film Flores Rotas del talentoso Jim Jarmusch si no fuese porque la cámara de Assayas mantiene su objetivo fijo en la figura de Maggie Cheung -aunque también es cierto que Jarmusch lo hacía con Bill Murray, otro personaje fracasado que recorría kilómetros y kilómetros en su propia búsqueda-. No por casualidad y a pesar de los años, la Cheung sigue siendo uno de los rostros más carismáticos del cine de Hong Kong, con una mirada penetrante que atravesaría a cualquier desalmado, y así lo consiguió con Assayas. El francés sólo debió permanecer atento a las miradas oblicuas de Cheung y al movimiento de caderas de una actriz que no lo ha tenido fácil para traspasar la barrera del cine autóctono de su país. Formidable película.