martes, 2 de septiembre de 2014

“The Congress”, Ari Folman y un híbrido ingenioso entre animación y realidad que funciona y seduce.






















































































Para empezar, israelís y palestinos junto a la intermediación de los egipcios han dado un paso inicial para el cese al fuego en esa burda guerra tan desigual y abrupta donde los conceptos de respeto y humanidad se han dinamitado de manera poco inteligente. Hay que criticar a los EEUU, ya que el presidente Obama -que ha hecho una administración total muy venida a menos- se ha hecho el de la vista gorda, y no ha sido un ejemplar protagonista del conflicto, ni ahora ni antes. Es una falla que traerá cola, más aún cuando sus prestamistas chinos ya están con la manía de probar bombas nucleares. Ya todos sabemos el porqué del romance entre los EEUU y los valerosos de cartón de los judíos -supongo que le piden cuentas a los alemanes porque estos no aguantan pulgas ni pulgosos, y los hacen papilla o quizás nuevamente jaboncillo o cenizas-. Israel tiene mucho en común con las políticas interventoras de los norteamericanos, además de ser un socio comercial estratégico en la actualidad y obviamente que en el futuro. Obama no le llega ni a los calzones a un presidente yankee, por ejemplo, de la talla monumental de Roosevelt, cuando éste se propuso sacar adelante el Canal de Panamá como sea, ya hace más de 100 años. Como le sucedió al Clown sexy de Clinton, a Obama la historia no le rendirá homenaje por lo que hizo, y solamente lo reconocerá por el color de su piel. Una pena porque ya el mundo se dio cuenta que el color serio es en realidad poco confiable, y negados para dirigir. Vamos con nuestro tema, esperando que les haya gustado la entrada de La naranja mecánica. Ari Folman se sitúa en una encrucijada de múltiples caminos con The Congress -basada en la novela “El Congreso de futurología”, de Stanislav Lem- tras su película animada Waltz with Bashir, donde el cineasta judío hace una exposición de motivos sumamente interesante, sobre todo, por sus novedosas formas. Folman, antiguo combatiente en el Líbano, busca un recuerdo perdido. Tiene una imagen confusa sobre la guerra grabada en su mente, pero no recuerda casi nada, sólo aquel día en que descubrieron una masacre en los campamentos palestinos de Sabra y Shatila. Así que entrevista a sus amigos y conocidos sobre ese conflicto. Cada uno rememora sus vivencias. Esas historias van acercando al israelí hacia sus objetivos, y logra un resultado impactante. La narrativa de esta historia por medio de la animación resulta espectacular. Una historia que, quizás, solamente con entrevistas y material de archivo, no hubiera tenido fuerza, se transforma en una especie de documental de referencia animada. Esto no da solo pie a un estilo singular y nunca visto, si no a recreaciones más veraces, y la oportunidad de insertar breves pasajes de ficción, sueños, imaginaciones etc., que nos resultan seductoras. Nos gusta la animación cuando esta es sencilla, sin alardes, centrada en sus aspiraciones, y con el uso de colores vibrantes. También llama la atención cómo se introduce la BSO en la búsqueda del director. Es muy lograda la escena del aeropuerto, así como la del Vals con Bashir. También acierta Folman en el arranque con la escena de los perros, o la recurrente que sucede en el mar. Quizás lo que no termina de cuajar son las escenas extremadamente fantasiosas como la de aquella mujer del agua aunque no son para nada desagradables. En la parte de animación, debo confesar que me parece formidable punto por punto; los efectos, la fluidez, la atmósfera, los diálogos etc., a un nivel que uno puede darse cuenta y observar un concepto integral de una creatividad repentina. Los nombres son reales, no se inventa ninguno, y en muchos aspectos parecería producto de técnicas de rotoscopia, aunque se nota que hay mucho de 3D detrás, así como animación vectorial. Con aciertos y con excesos menores, Waltz with Bashir  es una propuesta de alcances notables. Una joya que perdurará en nuestra memoria. En The Congress, Folman coloca su historia entre lo real y lo animado, entre la ciencia ficción y la fantasía, entre la denuncia y el portento, entre el realismo y el expresionismo, entre lo fascinante y lo desastroso. El film es un cruce en planos sesgados de todos estos elementos y algunos otros más. Con una primera hora soberbia y acentuada, en la que predomina la ciencia ficción, Folman es determinante a través de un claro mensaje sobre la desorientación que está tomando el cine en los últimos tiempos. Apoyado en una imaginación desbordante -muy cercana a su film antes descrito- y rendido a una Robin Wright cautivadora y valiente a la hora de asumir su papel, el israelí completa la denuncia sobre la parasitación que sufre la protagonista a través de unos tonos ocres de humor. Esta primera parte, encerrada entre dos monólogos con bastante carga emotiva -en ambos, Robin Wright acompaña las emociones con los punzantes pliegues de su rostro- es magnífica y supone un gran homenaje al cine clásico y también al contemporáneo. La actriz edifica una transcripción de sí misma que decide ser escaneada digitalmente, y ceder toda la propiedad de su imagen a una empresa. Desde ese momento, ya no será actriz nunca más, pero percibirá un porcentaje importante de los beneficios generados por su “alter ego”.  “Es el nuevo cine”, asegura su agente. Pese a las buenas sensaciones iniciales, la exuberante ciencia ficción que propone Folman se convierte en un pastoso cóctel de pura fantasía. Un flash-forward de 20 años hace que Folman se encierre en una historia nueva. De lo que parecía una denuncia-homenaje sobre el cine y sus mutaciones, la obra pasa a un todo mucho más ambicioso. El resto del metraje -hecho completamente en animación- resulta una parábola del ser humano, del clasismo, del egoísmo y de todas sus ironías morales, que precisa de una mejor definición en lo conceptual aunque la imagen se deja querer con aguda correspondencia. La estupenda BSO acompaña siempre los pasos de una Robin Wright  envejecida en la vida real, pero por la que no pasa el tiempo en su versión digital, quién asistirá atónita a la metamorfosis del mundo en un congreso de futurología. Allí se topará con un personaje que tratará de ayudarla, una figura estelar que no es otra cosa que un recordatorio nostálgico del mundo anterior. Un superviviente que ha conseguido desenvolverse en el nuevo mundo. Jon Hamm le regala su maravillosa voz grave y drástica. Quizás este sea el punto en el que la película no convence del todo y se torna evidente, es decir, la relación que se establece entre los dos personajes es, cuanto menos, precipitada y convulsa. Para terminar, The Congress es un fascinante ejercicio de estilo en el que Ari Folman reflexiona sobre la prevalencia de la juventud en un mundo cada vez más despótico y ególatra, y sobre cómo la imaginación transformada en una vía de escape que se usa por defecto, puede llegar a convertirse en un mecanismo contraproducente. El cineasta israelí es propenso a llenar su cine de advertencias; ya lo hizo en Waltz with Bashir sobre el genocidio -anterior, presente y posterior- y lo vuelve a hacer ahora con una metáfora de la sociedad que hipnotiza y enamora, que compromete y genera confusión, a partes iguales. Un buen aporte del israelita a la cinefilia con una película que supera largamente sus propias expectativas. Recomendable 100%.