martes, 3 de marzo de 2015

“The Searchers”, John Ford logra el Western más hermoso de la historia del cine.
























































































Estuvimos en Buenos Aires, tratando de concretar algunos negocios, y un poco nervioso porque se acerca la premiación de FIPRESCI. Hace mucho calor -32 grados- y si uno toma dos taxis a diferentes horas, los choferes tienen dos apreciaciones distintas del día a día de su país. Pero en ninguno de los casos es tremendista. Se nota no un Buenos Aires quizás diferente estructuralmente –aunque Macri está arreglando el microcentro y el transporte- sino una actitud más alegre en los rostros con quienes uno conversa sin temática en especial. Y a pesar que la Presidenta parece que zafa de la carátula judicial de asesinato o suicidio del fiscal de la causa AMIA, nadie duda que éste haya sido el mejor gobierno desde 1983 con Alfonsín. Los caracúlicos han desaparecido, la gente quiere recuperar las Islas Malvinas, y están molestísimos con Chile –la realidad dice que si Chile no se metía en la guerra, Inglaterra perdía ante Argentina- y la gente común está más contenta, con mayor libertades de acciones -la venta del dólar paralelo a $ 12.40- por las calles de Florida es una constante-. De los peruanos se habla de la droga, que son muchos los que habitan las villas miseria de la capital- pero, se le respeta. Acá siempre se comió bien así que en ese aspecto no hay inconveniente. Ahora estamos en Rosario, Provincia de Santa Fe, una ciudad ordenada limpia y con las mujeres más lindas y coquetas de Latinoamérica. Regresamos el 05 a Buenos Aires y nos volvemos a ir a Córdoba y Ushuaia….. Pues bien, vayamos a lo nuestro. Hablar de John Ford sería irrelevante, todos los amantes del género lo conocemos es nuestro ícono cinematográfico, fue quien hizo lo mejor del Western, uno de los tres hombres que más películas filmó -pasando las 130- enamorado hasta la médula de Katharine Hepburn -ella nunca lo quiso- y el único que se llevó cuatro Oscares a mejor director, ninguno por un film del Oeste. Hay muchos críticos y directores reputados de cine que consideran a esta película como una de las mejores películas de la historia del Séptimo Arte. The Searchers o Centauros del desierto o Más allá del odio es, por derecho propio, una de esas piezas donde se agotan los elogios y acaparan el interés de los estudiosos, y que permanece en nuestra memoria colectiva con su espléndida atemporalidad. Como se ha reiterado en muchas ocasiones The Searchers es el Western por definición, el género norteamericano que incluye en sus fastos obras imborrables. La cinta de John Ford puede ser considerada hoy como "el Western que se sitúa por encima de todos los demás". Es una obra determinante, de complejísima y consumada construcción, de la cual pocas cosas se pueden decir ya, debido a los análisis que se han podido hacer, interpretando cada secuencia y giro hasta el delirio. Diría que representa la afirmación del arte, la emoción y el espectáculo como jamás nadie ha sabido exhibir en una pantalla de cine. Por eso, la constante revisión de la obra del cineasta es una nueva oportunidad de engrandecer la más descriptiva tesis fordiana. En algún momento de la historia, Ford reflexionaba sobre esta película comentando que era simplemente “la tragedia de un hombre solitario. De un hombre que regresó de la Guerra de Secesión, probablemente se fue a México y volvió a casa convertido en un bandido que luchó para Juárez o Maximiliano, sabiendo que nunca hubiera podido ser realmente el miembro de la familia que hubiera querido.” Este es el arranque, el prólogo, la sinopsis de la historia, el comienzo del rumbo que sigue una trama de dimensiones ciclópeas para perpetuarse dentro de un sentido narrativo inusual y arriesgadamente envolvente. La historia de Ethan -uno de los mejores trabajos de John Wayne- un solitario obsesionado durante años con rescatar a su sobrina Debbie -Natalie Wood siempre fue una mujer hermosa- raptada por los indios cuando éstos asesinaron a toda su familia. Ford se refiere con agresiva paciencia  acerca de la búsqueda de los vínculos familiares que quedaron rotos en el mismo instante en que el Jefe Cicatriz los asesinó, y se llevó a Debbie. Pero lo hermoso de este clásico es todo el armazón de relaciones, analogías, parentescos, traiciones y simbología que alcanza un nivel de acopio excepcional en la larga carrera de Ford, destruyendo y redescubriendo a la vez, con imponente soberbia, todos los fundamentos de la narrativa clásica. Desde el apoteósico comienzo con la llegada del hijo pródigo, del héroe atormentado a casa de su hermana Laura -notable Vera Miles- observamos hasta dónde puede llegar la amargura y el desencanto de un buen hombre, víctima de un existencialismo que marca uno de los personajes más logrados de la época dorada del emporio hollywoodense que más extrañamos, tal vez resultado del contraste revisionista con respecto a la película desde una óptica escéptica, de madurez en la perspectiva intelectual de Ford. Un aspecto excepcional es con respecto al personaje de John Wayne que marcará una disposición elegíaca en la posterior tradición de los antihéroes. Acumulando la línea narrativa de falsos aforismos, fugaces, efímeros, y a veces incompletos, para que quienes observamos saquemos nuestra propia conclusión, pero en forma de interpelación. Cómo olvidarnos del eximio plano que arranca y concluye la película para que entremos como asistentes privilegiados en una narrativa que tiene y logra captar el sentido absoluto y real de los personajes, para luego, al final, devolvernos a la realidad. Todo el viaje que realiza Ethan no se limita a ese rastreo en busca de su sobrina por el vasto Oeste, que bien podía ser la metáfora de la búsqueda homérica de su propia identidad, de autoexploración interior sumido en la soledad del territorio que lo rodea y lo cerca cada vez más. También lo es para evidenciar la insociabilidad de un personaje sin motivaciones, privado de un hogar, con dificultades para amar etc. En este ámbito, la lectura que se extrae en su relación con su acompañante de viaje, su no tan querido sobrino Martin -Jeffrey Hunter hace una estupenda actuación- otro ser herido debido a su mestizaje y al rechazo que sufre por parte de Ethan, es una de las claves de la cinta. Martin es el sustento de una familia,  quiere cerrar el círculo para sentirse integrado a una comunidad a la que ya no pertenece nadie, a una parentela que no tendría la oportunidad de sobrevivir como tal. En el aspecto narrativo es uno de los poquísimos ejemplos de excelencia, un modelo de majestuosidad, de casi la perfección. El uso reiterado de elipsis caracteriza a The Searchers como la consecuencia que el relato trote accesible hacia la magnificencia de un argumento épico, de naturaleza trágica y búsqueda moral, encontrando un origen estructural de películas poseedoras de personajes inquietos en búsqueda obsesiva y catártica, forzados a un destino donde  siempre predominan la soledad y la marginación. A todo esto contribuye, conjuntamente, la espléndida utilización del tiempo, un tremolante tratamiento del paso de los seis años transcurridos en la búsqueda de la pequeña Debbie, marcando con diminutos matices las personalidades de ambos protagonistas. Y también lo es el hecho de la nueva disposición con la que Ford incorpora la leyenda del sueño americano, nunca enjuiciado con una conducta tan distinta a la expuesta hasta aquel momento. Un personaje, Ethan, que alude a la idea de un itinerario hacia una esperanza que se torna en la pesadilla de sus propios temores, un desasosiego del que no puede salir, y en la que una América idiosincrásica del Western luce engañada por ella misma. Remarcada a través de una percepción estética maravillosa, un concepto de la luz revolucionario, y una precisión en los encuadres usados en torno a un uso dramático en el que las sombras y la captación del espacio son tan rotundas, encontramos un contenido emocional que revive uno de los más hermosos ejemplos del expresionismo. Siendo un clásico que mantiene su frescura y contundencia, The Searchers es una obra imprescindible por definición y por calidad, necesaria para entender la evolución del cine, de la imagen y de este arte que engloba sueños y realidades. Por eso, cada vez que observamos esta cinta de culto cinéfilo se desentierran nuevos matices, nuevos motivos de reflexión que se hacen inagotables en la esencia de la perfección del factor épico, pero a la vez sencillo y perentorio. Vayan a verla al cine porque es una experiencia extraordinaria, mucho mejor, por ejemplo que Birdman o cualquier gran película de estos tiempos. Ford y su película son la aproximación más definitoria de lo sublime, de lo inalcanzable. Es una de las obras más carismáticas e inolvidables del cine que, con una narrativa sin igual, y a pesar del paso de los años, sigue respondiendo de forma sutil y también directa a preguntas y necesidades concretas. Indiscutiblemente, una obra de arte purista que marcó con letras de oro su propia leyenda dentro de un proceso artístico que pocas veces se encontró tan de cerca a la compostura. Hoy la dan en Lima en varios cines y traten de no perdérsela porque no sólo disfrutaran sino aprenderán de cine.