miércoles, 17 de diciembre de 2014

“Inherent Vice”, Paul Thomas Anderson se acomoda, experimenta, sabe adaptar, muta y nos sorprende.































































































































Si tenemos que referirnos a un realizador que no nos va a fallar jamás, sea por su detallada técnica para la dirección artística o por el manejo de una narrativa que incluye lo mejor de la dirección de sus personajes y la capacidad de adaptar una novela compleja a un film que logra asemejarlo bajo su propio instinto, Paul Thomas Anderson, se lleva nuestra admiración. No porque sea el mejor, sino por su prolijidad para hacer las cosas como se deben de hacer. Esta vez nos divierte con una comedia que pasa por el cine negro de los años sesenta en los EEUU. Adapta la novela de Thomas Pynchon del mismo nombre, novelista discípulo díscolo y nuclear de Nabokov, y que hoy por hoy es considerado como unos de los más grandes novelistas vivos yankees. El reto de Anderson era equiparar la narrativa visual de su film con la literaria de Pynchon, cuya posibilidad de semejanza nos llevaría a pensar en subirse en la más altas de las montañas rusas en la que el tiempo, el espacio y la percepción del universo que se recrea están en continua tensión y experimentación estética. Anderson es un realizador de una densidad de ideas y cultura popular apabullante, densísima hasta la protuberancia lisérgica, una especie de sobredosis de horror vacui o miedo al vacío. Inherent Vice parece ser su film más lineal, lo que no quita que uno mantenga los adjetivos que le hemos definido al cineasta. El esquema argumental es el típico de la novela negra yankee a lo Chandler. Pero, bajo ese esqueleto noir con sus vértebras bien diferenciadas -entre  viajes de LSD con alcohol y música de guitarras surferas- que dirigen el mil veces manoseado argumento del detective –Joaquin Phoenix está muy bien y divertido- que busca a un tipo adinerado que misteriosamente ha desaparecido, Anderson nos sumerge en el ambiente, cultura, música, vestuario y ambientaciones de Los Ángeles de los años sesenta. En este sentido, de la Norteamérica que nos intenta narrar, no se vincula a la recreación fidedigna de un pasado, sino más bien a una imaginación delirante y barroca hasta la extenuación, de una época que visualiza desde un bizarro cristal óptico que -en éste caso Pynchon la vivió y la sufrió- en un ejercicio dotado tanto de nostalgia como de un detallismo salvaje y desenfrenado en referencias artísticas y culturales, disparadas como balas de una ametralladora, masivamente y a toda velocidad hacia nuestros ojos y cerebros. Anderson tiene la intencionalidad latente que los que observamos su propuesta nos perdamos en los cientos de detalles y de personajes que van minando la trama, personajes esperpénticos y a la vez inspirados en un L.A. en el que la mezcla de colores chillones, estilos y modos de vida caricaturizados de lo chabacano a lo imposible, diálogos rocambolescos y experiencias de lo más grotescas y divertidas, que puedan darnos la sensación que nuestra mente  se está fumando una palmera de marihuana junto con el protagonista. Hablando de éste, Doc Sportello o Joaquin Phoenix es un atípico Marlowe, un detective que malvive de casos, consume porros, viste con sandalias y camisas hawaianas. A través de sus ojos, y de sus hilarantes e improvisados disfraces, nos van presentando a otros personajes como su ex-mujer Shasta, una femme fatale buscavidas que acude a él rogando ayuda, para luego desaparecer junto a su amante potentado, que a su vez está metido hasta el cuello en un asunto de especulación inmobiliaria. También está el típico policía corrupto y meloso, Bigofoot -Josh Brolin es un buen actor y nada más que eso- quien le sigue los pasos a Sportello, y que mantiene un interés sospechoso en todo el barullo que Anderson arma a vista y paciencia de lo que se trate o venga. Anderson se las ingenia para ir -como Dante a través de los círculos del infierno, pero no de llamas sino de cócteles, motos,  tablas de surf y mucha droga- describiendo esa ciudad de Los Angeles plagada de gente tan estrafalaria como peligrosa, desde moteros del infierno hasta masajistas sexuales, drogadictos, músicos de garaje idiotizados por el éxito, soldados del Vietnam reconvertidos en traficantes de droga, y de fondo, un barco misterioso y mítico, el Colmillo Dorado, en el que Doc cree que estará la solución del caso. Entre las cientos de referencias históricas y pseudo históricas, cabe destacar a Charles Manson, que es mencionado en varias ocasiones, aunque el cineasta juega con el pasado y el presente en un continuo reportaje de ficción a través de un trasfondo en el que no parece distinguirse del todo entre lo real y lo inventado, mérito eficaz de Anderson. Otra de las posturas que emerge supongo de la adaptación literaria es toda una entrañable parodia del hipismo que logra Anderson, de una Norteamérica vista hoy día como un adolescente que no conoce límites y que puede hacer todo lo permitido o lo que no lo está, y en ese diminuto universo como lo eran las playas de California, un lugar que para cualquier cinéfilo adepto se convertirá en ajeno, salvo por el cine que despliega Anderson, y que nos dará una sensación no habitual de extrañeza y lejanía como las montañas de Venus, sabiéndose que es parte de la cultura norteamericana. Anderson vuela por todo lo alto de su carrera y esta vez se sale de su propio libreto narrativo, y lo que resulta es un cineasta que experimenta, prueba, se equivoca, acierta, pero que en el fondo da un paso seguro hacia esa modernidad cinematográfica ineludible del cambio de géneros o la mezcla de los mismos. Digamos solo que Anderson suele ser tan entretenido como extenuante. Sin embargo, Anderson presenta los ingredientes de nunca jamás, es decir, el humor paradójicamente brillante y pueril, los diálogos delirantes, las digresiones elefantiásicas, la cultura popular como orografía infinita -qué buenas canciones y películas se citan aquí, de la serie A hasta la Z- la contracultura que toma un lugar como si fuera un hogar desestructurado pero febrilmente divertido, sumado a un protagonista desorientado, noble y conspiranoico. Pero, al mismo tiempo, Anderson descubre elementos nuevos e importantes: toma de la mano un género concreto, el negro, en las primeras escenas, y no lo suelta nunca. Y encima, estructura su película sobre la base de algo que, repetimos, no es su costumbre, una trama lineal. Anderson acierta al escoger a Phoenix porque éste se convertirá en un personaje fabuloso, sorprendente. Un  porrista que no baila sino que aspira hasta más no poder, e investigador privado, inclusive advertido por Shasta, que le zumba el dato del secuestro que se cierne sobre el creador de monumentales riquezas, un tal Mickey Wolfmann, un fulano que construye urbanizaciones como quien estornuda y se pasa el PH por la nariz. Otra criatura memorable, el corrupto de Bigofoot, le da la réplica a Sportello, facilitándonos un panorama completo de ese movimiento contracultural en Los Angeles, o lo que es lo mismo, los que le daban color, y los que le daban palo duro. Añadamos a esto que Anderson hace aparecer a uno de los más jugosos personajes de la ficción norteamericana, el siempre agradecido Richard Nixon, y golpes de efecto humorísticos que nos recuerdan que Matt Groening es el discípulo, no el maestro. Particularmente, esta metamorfosis en el cine de Anderson me cae como anillo al dedo, secándome una lagrimita con mi inmaculado pañuelo azul, cuando de puro fijón, me doy cuenta que algunos de esos promotores me hacen pensar que Godzilla parezca un ser conservacionista. Pero, aún quedaría un tema por analizar, es decir, tenemos obligadamente que hacernos la siguiente pregunta: ¿¿ Que bicho le picó a Paul Thomas Anderson para –no sólo basarse en un desenfrenado como Pynchon- quedarse parado sin inmolarse en tan estricto tratamiento cinematográfico tan convencional ?? Podría entenderse que Petróleo sangriento lo marcó para siempre o quizás intentó buscarle su lado antagónico, o que el film noir le haya despertado cierta pasión que si bien no había demostrado en un film completo, sí se atrevió en alguna de sus escenas de sus películas, y su sentimiento hacia esta posibilidad podría, tanto por su naturaleza de investigación como por su fragmentaria iconografía. Anderson ya había probado con Adam Sandler una especie de comedia negra pero matizada por un romanticismo placentero en Punch-Drunk Love, pero nunca, hasta ahora, se había ceñido tanto a un solo género base, o a una sola parodia de género. Puede ser una de esas decisiones sentimentaloide,  rondando otro tipo de romanticismo más acosador. En Inherent Vice, Anderson disfruta bajo la apariencia de un tebeo desfasado, a ratos incluso grotesco, y donde late una fuerte melancolía provocada, creo yo, por las ilusiones perdidas. Unos EEUU diferentes. Una cultura popular disímil y ajena. Unas leyes de la física diferentes. Además, Internet -que es un tema presente en este film- le ha tomado la delantera en lo que respecta a las posibilidades de la narrativa entrópica, caótica, ramificada. Enfrentado a la niebla del presente, como su protagonista en el desenlace, Anderson hace un gesto inédito en él: tener fe en una estructura ajena, como un acto de amor. Policías corruptos,  Trickie Nixon y Charles Manson. Ahí pueden estar las manecillas del mal marcando los tiempos del país mientras, en la playa, los surfistas van y vuelven, vuelven y se caen. Y siempre, al fondo, la conspiración, susurrándonos al oído que desconfiemos de la realidad aparente. Anderson experimenta y muta, hecho inesperado, pero que ha llegado para la felicidad de todos lo que admiramos su enorme talento y su estilo de nuevo visionario. Gran película, maravilloso director.