sábado, 26 de julio de 2014

“Gold”, Thomas Arslan y una versión aceptable de la fiebre del oro en las películas del Oeste.
































































En las películas del Oeste, uno de los tantos temas es la fiebre del oro, que a su vez tiene una fuerte presencia en la cultura popular yankee y latina si tocamos otros géneros. En el imaginario colectivo descansa ese retrato pasional donde un grupo de hombres con pico y pala en mano buscan pedruscos dorados en la orilla de un río, sumergiendo una batea, y agitándola con la esperanza de encontrar las añoradas pepitas. La fiebre del oro fue un período migratorio masivo impulsado por los hallazgos de yacimientos del metal precioso en zonas rurales. Se produjo a lo largo del siglo XIX, en un contexto de insatisfacción social, donde la angustia y la fe llevaron a miles de personas a abandonar sus empleos y hogares en pos de una vida más afable. La mejora en las vías de comunicación, el sistema internacional basado en el patrón oro y la codicia de hacerse ricos fueron los principales motores de este fenómeno. Los buscadores de oro cruzaron mares, ríos y montañas. Desde Zacatecas hasta Yukón, pasando por California. En la Berlinale de 2013 se proyectó un Western germano-canadiense cuyo marco contextual versa sobre este prodigio migratorio. El cine ha retratado muchas veces esta obsesión por la riqueza y la miseria adyacente. Chaplin lo hizo con fuertes dosis de humor en su obra maestra The Gold Rush, el cine yankee de los años cuarenta y cincuenta contó con películas como California de John Farrow o The Far Country de Anthony Mann, que explotaban el fenómeno. Demás está mencionar que nuestro admirado John Wayne, el vaquero por excelencia, dejó su sello temático en el film The Cowboys, ya entrados los setenta. Pues bien, Gold, la última película del alemán Thomas Arslan lo hace a través de una forma novedosa de maniatar al convencionalismo del Western como un género exclusivamente norteamericano. Su premisa, nos plantea precisamente esa ambición por el oro a la que se adhieren un grupo de colonos alemanes a los que sumerge en el infierno de unas tierras indómitas por un puñado de pepitas situadas en el oeste yankee. El año pasado en la Berlinale, con motivo de la exhibición del film Barbara, la actriz alemana Nina Hoss, siempre secreta e imperturbable, ya estaba planeando hacer maletas para viajar hacia esos lugares y lo hizo. Este año en el film Gold, realiza la travesía de la forma más calmada posible, dirigiéndose al otro lado del Atlántico, a lomo de caballo, a fines del siglo XIX, de un extremo al otro del Canadá, a través de una aparente naturaleza virgen y calurosa, acompañada de otros codiciosos sujetos con el mismo plan. Arslan, premiado en la Berlinale de 1999 por Dealer, y seleccionado en esta ocasión, por primera vez en la carrera por el Oso de Oro, hace gala de una narrativa clásica y elegante con un imaginario similar del Western : trenes de vapor, paisajes inmensos, inmigrantes europeos en diligencias, con sus ropajes de lana y sus maletas de mano, que poco a poco se vuelven andrajosos como los patanes que pueblan los salones de esos polvorientos pueblos de pioneros donde uno se detiene para dar respiro a los caballos, y encuentra las ansiadas pepitas más en los dientes de villanos y estafadores en bares, que en los lejanos ríos que esperan explorar. Aunque no tiene motivo alguno para probar un nuevo estilo dentro del género, el cineasta se reconcilia con su predilección por las reuniones de individuos alejados y desconfiados que deben habitar la misma tierra, y por ello, no se prestan más que a los diálogos estrictamente imprescindibles. Concretamente, lo que sucede en Gold es la conjunción de un grupo de germanos con distintas razones, cada quien para jugarse sus ahorros y sus vidas en la posibilidad de hallar pepas de oro. El misterio corre por la vena de la filmación que impone Arslan, quien coloca como la protagonista más comprometida con la búsqueda, a la bella Nina Hoss, con sus hermosos labios finos, que parecen salvaguardar el secreto de un pasado sufrido, y unos ojos azules que divisan un horizonte posible para ella, pero que a nosotros nos resulta improbable de descifrar, aunque los viajeros se crean lo suficientemente preparados para afrontar lo que el destino les tiene preparado. Este sueño personal y ambicioso es lo que les da fuerzas para seguir a pesar de las desgracias que van a ir sufriendo cada uno de los valientes viajeros -incluidos sus caballos- en tan arriesgada aventura. Una vez que se superan los percances imaginables, la perspectiva cambia, y es la mismísima muerte la que se asoma serena sobre ellos. Llevados al extremo de sí mismos -apenas podemos soportar el ruido de una pierna gangrenada cortada con una sierra mecánica- no existe más remedio que avanzar sin detenerse porque dar marcha atrás ya no es una opción viable. La escena de la amputación apuntada anteriormente refleja los sufrimientos del grupo -que ya piensan como un solo ser- y que poco a poco pierden pertenencias y sus propias vidas.  Solo saldrán adelante los más fuertes, aquellos que le pierdan el miedo al devenir de lo que sea, ya que de alguna u otra manera quienes queden en esta batalla no declarada tendrán más oportunidad de éxito. A fuerza de profanar la ruta hacia Dawson -la ciudad de las minas de oro-  estos coloridos personajes se ven desposeídos de todo. El film, a imagen de sus protagonistas y pautada por las notas largas y agoreras de una guitarra eléctrica muy entonada, toma el cariz de un viaje existencial que evoca a la cinta Dead Man, de Jim Jarmusch. Al cabo de miles de kilómetros, cuando todo parece perdido, sale a la luz algo que estaba enterrado en nuestros olvidos más cercanos, el personaje de la bella dama es quien finalmente queda con vida y mayor temperamento para lograr llegar a Dawson. La sombra de la muerte se rinde ante tanta determinación de una mujer dispuesta a lograr lo que otros no pudieron. El realizador alemán y su equipo ejecutan un trabajo minucioso con el cuidado en los detalles con que intenta escapar de los personajes estereotipados -con sentidas excepciones como el líder del grupo- y del tratamiento ligero de los conflictos que se plantean, tan común en los films de aventuras. Hay una labor ardua en la búsqueda de matices, se rechazan los blancos o negros. No hay polaridad en la escala de personajes, no existen un villano y un héroe. El protagonismo principal recae en una Nina Hoss, algo poco frecuente -salvo una inigualable excepción como en Johnny Guitar-. Además la supremacía del bien sobre el mal es tan relativa como en la vida real. Todos los protagonistas esconden sus cartas. Gold está concebida como una partida de ajedrez donde nadie gana y puede que todos pierdan. Apenas hay cinco disparos en toda la película. Por ende, la emoción se mueve en otras direcciones. Arslan no le interesa  hacer un Western convencional. Él quiere escapar del espíritu triunfalista de este tipo de producciones. Desde el primer momento su objeto de interés fue contar la historia de un viaje cansino y cómo reacciona un grupo de diferentes personas, pero con objetivos similares en determinadas condiciones. Por ello no extraña que no haya ni rastro de la lírica de los espacios abiertos, los caballos y el riesgo. El acabado final es rico en detalles. La ambientación histórica -con las licencias imprescindibles porque la ficción necesita su propio espacio- el vestuario y las pautas de comportamiento responden a un exhaustivo estudio de pre-producción, que se vio favorecido por el hecho que la mayoría del film transcurre en exteriores. La severidad, la inclemencia, el naturalismo del fracaso entendido como muerte son constantes descarnadas de aquellos tiempos. Su reflejo es elogiable, pero le falta algo. Suena a tópico harto repetitivo, pero a Gold le falta alma. Todo es correcto, por momentos casi perfecto y al mismo tiempo carece de empaque sentimental, es decir, ese tipo de matices que se entroncan con las fibras sensibles. La pasión brilla por su ausencia. Por supuesto, que cuesta mucho meternos en los personajes, rudos y ásperos como pocos. La eficiencia germana –como en el mundial Brasil 2014- eclipsa todo lo demás. Desde un punto de vista holístico, analizando la película en su conjunto y al revés, el resultado es tan bueno como difícil de retener en la memoria. Uno entiende que Gold funciona con la misma precisión de un Mercedes Benz, y con la pasión de un electrodoméstico Bosch. Disfrutable, correcta y olvidable a partes iguales. Independientemente de su trascendencia tenemos garantizado pasar un buen rato sin ninguna clase de aburrimiento y una porción de tensión garantizada. Felices fiestas patrias a todos los peruanos de buen corazón, el Perú no es de los políticos, es del pueblo y como tal debemos cuidarlo y estar alertas a los que pretenden dañarlo.