sábado, 26 de enero de 2008

“American Gangster”, una propuesta abortada o el perfeccionamiento del género.













Cuando para la realización de un proyecto cinematográfico, se convoca gente del prestigio y capacidad indiscutible de un director como Ridley Scott, un guionista reconocido como Steven Zaillian, y un productor prolífico llamado Brian Grazer tendríamos que apoyar nuestro comentario bajo dos argumentos sumamente puntuales. O se intenta construir una producción inédita en donde se pueda revelar el perfeccionamiento más audaz del género Neo noir agregando como su principal objetivo este proyecto de cambio, sacrificando el éxito de la taquilla, o sencillamente se integran un grupo de cineastas respetados, célebres y teóricamente bien escogidos, convocando un reparto inigualable para la construcción de una propuesta viable y atractiva, cuya finalidad no sea el perfeccionamiento del género, apuntando su artillería, sin escatimar restricción alguna, a la consecución de dos objetivos claros y complementarios; el primero, el logro del superávit comercial, es decir, tanto se invirtió y tanto se ganó, y segundo, el buscar conseguir el reconocimiento de los premios que la industria del cine provee en diferentes niveles y festivales. American Gángster no logra desarrollar el perfeccionamiento del género, por tanto es claramente una propuesta abortada que a pesar de no dejar de ser una entretenida película de policías y traficantes, no le aporta nada nuevo ni especial a su género materno, porque su propia historia tiene a lo largo de la misma un trasfondo vulnerable y predecible que ya han sido tratadas en exposiciones anteriores, inclusive con presupuestos menores, guiones menos ingeniosos e interpretaciones más conmovedoras, además de una dirección más especializada. Ridley Scott parecería tener la misma necesidad que tuvo Scorcese en su momento, esa ciega pasión por el reconocimiento máximo en vida a un cineasta de la industria; el irresistible y seductor premio de la Academia, al mejor director del año. El magnífico actor norteamericano Paul Newman dijo cierta vez, “La Academia no sabe premiar en el momento justo pero tarde o temprano te llega el reconocimiento”. Será esta vez la gran oportunidad del magistral Scott de llevarse el honor. Sinceramente, no lo creemos. No olvidemos que la Academia no nominó dos de sus películas que son consideradas por todos como obras de culto, nos referimos a Alien en 1979 y Blade Runner en 1982. Incluso la suerte le fue adversa hasta en tres oportunidades cuando si fue nominado; Thelma and Louise en el año 1991, donde ganó Jonathan Demme por El silencio de los inocentes, Gladiador en el 2000, donde triunfó Steven Soderbergh con Traffic, y finalmente al año siguiente con La caída del halcón negro donde se llevó los honores Ron Howard por Una mente brillante. Sin embargo sus compañeros de labor en American Gángster, Denzel Washington, Rusell Crowe, Cuba Gooding Jr., el guionista Steven Zaillian por La lista de Schindler, así como el productor Brian Grazer por Una mente brillante sí han sido premiados por la Academia, lo que en un supuesto negado apuntaría a que esta vez Ridley Scott pueda finalmente ser honrado para la posteridad. Particularmente creo que lo señalado por el veterano Paul Newman se volverá a repetir en esta oportunidad ya que hemos podido apreciar en el 2007 otras propuestas más elaboradas, mejor relatadas y argumentalmente superiores a la del maestro Scott. Aunque uno nunca sabe si los votantes acreditados por la Academia representan cabalmente las verdaderas inquietudes de la mayoría de observadores y fanáticos del séptimo arte. Creo absolutamente que Sir Ridley Scott no necesita el premio de la Academia, porque su espectacular obra y su aporte a la historia del cine, de la creación de géneros, y del entretenimiento ya trascendieron profusamente como lo hizo la jamás premiada obra del mismísimo maestro Jorge Luís Borges en la literatura contemporánea. Volviendo al film, Ridley Scott hace una aceptable realización contándonos la genuina historia del éxito individual de un personaje callejero del Harlem de los setenta, haciendo del tráfico de heroína un negocio sólo para afro-americanos, de descomunal envergadura para doblegar y sepultar a la mismísima mafia italo-judía. Hemos detallado algunos días atrás en éste mismo blog un artículo relacionado con la película, por lo que la historia oficial de Frank Lucas y Richie Roberts es conocida, incluso se habla del verdadero mentor de Lucas, el implacable “Bumpy” Johnson quien es tratado sin pena ni gloria en el film en una de las mayores imprudencias que puede cometer un genio del detalle como Scott. Pero ahí no está el problema. Donde podría situarse el talón de Aquiles de la cinta Scott, es que tuvo en sus manos todos los componentes para construir una verdadera obra maestra y colocarse al lado de F.F. Coppola y su histórico film El Padrino. Hagamos un breve recuento. Tenía una gran historia, auténtica e inusualmente atractiva, fue asesorado permanente por Frank Lucas y Richie Roberts -verdaderos gestores de la historia en la vida real- contó con un formidable actor como Denzel Washington, quien es considerado junto a Daniel Day-Lewis por muchos críticos como los mejores y más completos interpretes de su generación, un Rusell Crowe que es un actor consagrado. Hubieron correctas interpretaciones secundarias que apoyaban a ambos protagonistas, ambientaciones de la época logradas, un vestuario inmejorable, una excelente dirección artística, una fotografía y una edición bien trabajadas, un presupuesto millonario, y el más motivador de los componentes, la atenta e impaciente mirada tanto del ojo crítico como de todos los seguidores propios y ajenos. Por lo tanto, el lamentable descuido se sitúa en la construcción del guión que realiza Zaillian y que no fue todo lo consistente que se esperaba para este tipo de película, por lo que va mutando con demasiados cortes y alteraciones notándose claramente a un desconcertado director verse en la obligación de acomodarlo, de ajustarlo, de literalmente rearmarlo intentando ordenarlo en forma secuencial y paralela, sin pensar que este tipo de vicisitudes trastoca todo el ensamblaje previo de la trama. Lamentablemente Scott se enreda seguramente sin desearlo, y no logra entender su propia argumentación observándola no como una historia real de gángsteres se debe enfrentar, es decir, terriblemente brutal, violentísima, plagada de tragedias unipersonales, encubrimientos a todo nivel, desalmados desenlaces, la aterradora dependencia de la droga, y sus inhumanas consecuencias, lo perverso de ganar dinero sucio a costa de mentes atrofiadas e indefensas, etc. Por lo tanto, Scott no nos muestra ese esperado contenido real sino su elegante e inigualable envoltura, no va a lo profundo, a la raíz sino se queda en lo anecdótico, en lo superfluo, maquillándolo con gran destreza pero discreta elegancia. Lo hace casi todo demasiado predecible, y no nos guarda nada trascendente ni nos confiere un lugar privilegiado donde podamos ubicarnos emocionalmente, apasionarnos y deslumbrarnos con elementos desconocidos, propios de lo indescriptible y nauseabundo que oculta ése infame mundillo. Si Ridley Scott jamás nos introduce al meollo de la verdadera miseria humana como solo el podría hacerlo, nos lo retrata de afuera, sin dejarnos oler el excremento que se mezcla con el dolor, cómo es posible que el brillante cineasta nos muestre un guión tan chato, efectista e inmejorable si con uno mediocre como el de Gladiador logró introducirnos sutilmente en un cine de altísima calidad visual, y hacer que Rusell Crowe le deba hasta hoy la mitad de su “Oscar”. Que es lo que hace entonces el gran Scott; nos relata la historia de un tipo bueno y uno malo pero nos lo conceptúa y narra de acuerdo a una estructura mental simplista y muy refulgente. El malo, es todo un caballero, respetable, brillante y elegantemente vestido, un empresario de la delincuencia sin escrúpulo alguno, pero muy humano y correctísimo en formas y maneras, dueño de valores morales, y hasta cristianos no propios de los mafiosos que lo rodean y que le hacen ganar dinero, fama y posición. Nos enseña como un gangster puede ser civilizado y poder tratar con suma pulcritud y particular tacto a una mujer casi inalcanzable que luego la convierte en su esposa -una pésima actriz- y a una familia llena de disfuncionalidades, pero con principios básicos heredados de una madre sacrificada e intachable. La interpretación de Denzel Washington es sumamente generosa, pero a veces sobreactuada y muy avisada, apegada a la búsqueda de la perfección de un personaje totalmente híbrido como Lucas. Nunca se ve al Washington frívolo, inhumano, tramposo, inclemente, déspota y miserable, ni siquiera al acorralado, derrotado y sin salida. Lucas no resulta ser un gangster de fuste, solo logra representar su propio sueño americano, y a un magnífico gerente forjado en un libro de biblioteca, dueño de un respetable negocio nunca sucio y jamás manchado con sangre, enfermedad y muerte. Mientras tanto el otro, el bueno, es un policía sencillo, mal vestido salvo cuando va ante un juez a claudicar sobre la custodia de su hijo derrotado por el imponente carácter de una mujer celosa y enamorada, pero firme e intransigente, incapaz de comportarse como un padre ejemplar, odiado por sus propios compañeros de trabajo por tonto y sobre todo por correcto, pero a la misma vez incorruptible, con los mismos códigos morales exhibidos por su rival, dedicado en cuerpo y alma a la previsible persecución que le encargan, mentalmente fuerte y de ideas ordenadas, muy astuto, arriesgado y conocedor sin igual del negociado callejero de las drogas. Un cazador sin miedos ni imposibles, negociando todo tipo de información que lo lleve a una posible pista. Rusell Crowe nos brinda una correctísima actuación, muy similar a la de Washington, pero que por momentos es desaprovechada. Ahí acierta Scott en el tratamiento de la trama al enfocar con lujo de detalles las historias paralelas pero superficiales y nos va preparando con demasiada anticipación para un inevitable y brutal encuentro final entre los dos pilares del film, pero que nunca sucede ya que Roberts atrapa a Lucas saliendo de una misa de domingo al lado de su madre y esposa. Un tramo final que simplemente parece una noche de tertulia entre viejos amigos. Es como ver a dos gigantes boxeadores ensangrentados que comenzando el último y definitivo round de la última pelea de sus vidas se vayan abrazados y sonrientes a los vestuarios. Es desconcertante como Scott desaprovecha la única posibilidad de hacer un diálogo para el recuerdo. Es el implacable cazador mimetizándose con su astuta presa. Eso es tratar superficialmente y no profundamente la historia. Hay secundarios que apoyan en algunos casos a los dos roles principales, por ejemplo, la muy sencilla pero soberbia actuación de la anciana que interpreta a la madre de Lucas, y la implacable esposa de Roberts, quien le da una paliza actoral cada vez que se encuentran. En otros casos, muy concretos, como el buen Cuba Gooding Jr, queda demostrado que ha empeñado su nivel actoral y le costará mucho esfuerzo ser el actor que vuelva a los mejores films. Por lo tanto, si el nivel de los artistas era más que correcto y todo lo demás también, en donde se enquista el contrasentido de Scott. Obviamente en el tratamiento que le da al fondo de la historia. Ojo que no es una mala dirección del maestro. Si nos concentramos en Scott que utiliza su innegable talento para proponernos un relato sensorialmente correcto, es decir, la conjunción y simetría de lo narrativo, con lo sonoro, con la ambientación, con la iluminación, la BSO, y de su magistral técnica para el manejo de cámaras, el sincronismo que logra en el film es casi perfecto. Pero eso siempre lo ha hecho Ridley Scott. Es una marca patentada de sus anteriores realizaciones. Incluso hasta el montaje paralelo que realiza es sobresaliente. Repito, ¿¿entonces porque la película no llega a calar dentro de nuestras mentes?? Porqué cuando uno observa el largometraje por primera vez queda conforme, pero cuando la vuelve a ver se le hace confusa y tediosa siendo la tercera casi un pequeño ejercicio auto-destructivo. La respuesta es sencilla y seguirá siendo la misma. Scott no le puede imprimir a la trama una verdadera microcirugía de fondo, empieza con una agudeza y realismo extraordinarios, pero termina con escenas torpes y de poquísimo fuste. Scott cae en su propia trampa desde la escena inicial de la cinta. En el inicio de la película en un lugar oscuro Lucas está junto a su mentor, “Bumpy” Johnson, observando la captura de un inmigrante latino quien vocifera insultando y amenazando de muerte a Lucas, ahí se produce un hecho sintomático con un ritmo vertiginoso que debería haber marcado la trama del largometraje. “Bumpy” Johnson, veterano actor de la estupenda La leyenda del 1900, está fumando un habano y el plano de Scott lo muestra, pero no lo hace protagonista. Lucas está prendiendo también un puro con un encendedor de cigarrillos y al mismo tiempo los matones de “Bumpy” rosean gasolina sobre el violador de las normas impuestas por “Bumpy”. Washington termina de encender el pucho, y le arroja el encendedor prendido al torturado quemándolo vivo. Sin embargo, y a pesar de una violencia insana y salvaje, saca intempestivamente su arma, y descarga cuatro balazos sobre al sujeto con una tranquilidad inmutable. Ahí, Scott nos convence de lo que supuestamente nos espera. Nos pide que nos involucremos y predispone ese momento para una película dotada de un ritmo beligerante y de una historia sin tapujos. Cuando concluye esa primera escena, se cambia el cuadro, retratándonos una mañana apacible en Harlem, en el día de acción de gracias y a un “Bumpy” Johnson subido a un camión regalando pavos para la celebración del “Thanksgiving”. En ese mismo momento surge un plano corto del rostro casi inexpresivo y contradictorio de Denzel Washington. Y es aquí donde Scott nos relata el otro extremo de la trama que contrasta con la escena de apertura, pero que es absorbida por un espectador ya impresionado por el efecto inicial. Luego prosigue con la escena del dialogo de “Bumpy” con Lucas quejándose de la llegada de las multinacionales y en donde le sobreviene un sorpresivo ataque al corazón que lo mata. Una escena que pudo ser de otra dimensión, de un calibre más integrado. Inmediatamente después se sucede el velatorio de “Bumpy” en donde asisten el gobernador, el alcalde, el jefe de policía, dos de los mafiosos más importantes de Nueva York, uno es el abominable Nicky Barnes, el otro parece ser su rival Dominic Cahano. Acá Scott ya empieza a desconcertarnos con una escena innecesaria. Incluso hay otra inmediatamente después que sí está bien trabajada. En el mismo velatorio Lucas luce un rostro totalmente desencajado y apesadumbrado. Sin embargo, observa que uno de los mafiosos concurrentes esta manchando con agua un fino mueble con un vaso con Whisky. Lucas se acerca y seca el residual de agua colocando un porta vasos.  El mafioso se sorprende y aprovecha el gesto para pedirle un encendedor a Lucas como si se tratase de un mayordomo o gente del servicio. Scott vuelve a caer en aquella escena de Roberts, que también es patético en los primeros minutos. Lo retrata como un policía desordenado, incorruptible pero un gran negociador. Atrapa a un soplón amigo suyo y en vez de detenerlo le canjea información sobre el supuesto administrador contable de un narco importante. No detiene ni al contable ni al narco pero obtiene una bolsa con 850,000 dólares en billetes que le sustraen al contable de su automóvil que bien pudo ser su jubilación anticipada. Pero Roberts lleva el dinero a la Jefatura de policía en donde lo registra y entrega a los almacenes de la dependencia. Todo esto que les he relatado acontece en los 10 primeros minutos del film. Y que sucede en los otros 138 minutos. Simplemente escenas buenas, regulares y malas, que guardan armonía con lo superfluo, pero no con lo trascendente y profundo, propias de una película de Gángsteres con seres abyectos, sórdidos y miserables y su imaginable contraparte, policías honestos, incorruptibles, del otro lado del charco y tratándolos de atrapar. Scott fracasó en brindarnos una obra de arte. Quizás debió imponerse, y ser él la estrella de la película y no dejar que tanto Crowe como Washington se llevaran el protagonismo. Allí se hundió el proyecto, consagró un intento fallido y no se llegó a perfeccionar el género aunque pueda que exista superávit comercial. Resultado final. Una entretenida película con dos enormes actores, pero que aún así me dejan un insalubre desencanto y congeladas expectativas. Improbable pensar en Oscars y demás. Será para la próxima.

PEPE DERTEANO

domingo, 20 de enero de 2008

“La Vida en Rosa”, lo insuperable de una desconocida Marion Cotillard.























De la miseria más truculenta e inhumana de los barrios oprimidos del gran París al triunfo más apoteósico en la historia musical de la Nueva York más certera que se recuerde; de una vida tan físicamente corta pero brutalmente transgresora, a un gratificante repaso de su deliciosa vida; de la menuda niña que no pudo crecer con normalidad ni ser bien amada a la mujer que amó con dolor y pasión sin calculo ni razones; una incansable lucha por sobrevivir sin saber que era una de las más hermosas creaciones musicales del todopoderoso; un sentimiento de temor atrapado pero expresado con desparpajo desde un corazón repleto de amor a través de un tono de voz sobrenatural como la de un diminuto gorrión, un animalito insignificante escogido por ese mismo creador para comunicarnos su tristeza y su vergüenza celestial por sentirse impotente ante su propia obra que se consume amargamente en cada nota de esas prodigiosas cuerdas vocales; una historia que jamás fue rosa porque su compromiso con el destino fue tan negro como el majestuoso color de su vestuario lucido ante un entregado auditorio en cada una de sus canciones. Una simple puesta en escena, una infinitamente inconmensurable interpretación y el merecido recuerdo a la cantante más extrovertida y maravillosa que se escuchó con reverencia y admiración en el más miserable y olvidado rincón de la tierra, así como en el más reputado coloso musical que existió. Esa cantante se llamó Edith Gassion pero en nuestro imperfecto mundo se le llamó Edith Piaf. Un dicho popular nos señala que su inconfundible voz siempre nos recordará a esa eterna ciudad llamada París; La Piaf es París y París es la Piaf. Una frase inmejorable, casi inmaculada originada en un lugar que reúne al mundo entero, a ese mundo al que la pequeña gorrión le declamó con una inmensa humildad y sin pedirle nada a cambio. La Piaf le pertenece a la humanidad, a esa misma que la destrozó sin piedad y que ella supo entenderla, y domarla con la suavidad y naturalidad con que una lágrima recorre sin detenerse el más fruncido gesto emocionado pero rendido ante su incomparable canto.

Que nombre se le tendría que poner a un evento cuya una sola de sus partes es mucho más que su todo. Habría alguna palabra para definirlo o solamente se estaría expresando un sentimiento exagerado y momentáneo de conceptuar la grandeza de ese acontecimiento. Supongamos que este servidor les recomienda un largometraje francés, que es una biografía de una cantante también originaria de Francia y que la interpretación así como la caracterización de la artista protagónica es una de las mejores que se ha podido apreciar en muchos años de observar cine -inclusive con un atrevimiento mayúsculo de darla como nominada a la Academia, y que ésta tendría que otorgarle el Oscar- que no se van a arrepentir bajo ningún punto de vista y que si no fuera tal como se describe, mi deuda sería saldada con lo que el cruelmente engañado quisiera solicitarme. Me harían ustedes caso o simplemente desecharían esta posibilidad acudiendo a disfrutar la más que segura y divertida “Ratatouille” de Walt Disney y los estudios Pixar, una obra animada sin parangón. Pues bien, esto es exactamente lo que me sucedió hace algunos días. O veía ésa película biográfica francesa que me recomendaron con tanta autoridad o escogía a la simpática ratita que traicionando a su despreciada especie se convierte en una prominente Chef del mejor restaurante, curiosamente de París. Pensé y casi sin pestañear escogí esa notable biografía de quizás la cantante más importante que ha recorrido nuestro planeta. “La Vida en Rosa” contiene esa maravillosa y dudosa contradicción con la cual empecé mi comentario; una de las partes es mucho más que su todo. No voy a criticar ni menospreciar la realización de un muy reconocido director que quizás pudo haber sumado algún pequeñísimo logro más tangible que el expuesto, siendo lo exhibido aceptable. Tampoco es de caballeros el criticar por criticar una obra que a uno lo estremeció hasta humedecerle  la visión por momentos. Pero tengo que respetar mis principios señalándoles algunos yerros que son parte de las formas que se utilizan en este blog, más aún si sabemos que hoy la técnica cinematográfica es casi perfecta, pero las ideas para confeccionar un excelente guión no abundan. Por lo tanto, presiento que faltó enderezar el rumbo de la trama levemente porque esta no se pudo mantener del todo equilibrada a lo largo del film, y fue alterada por un guión difícil, fastidioso e impreciso, provisto quizás de situaciones inmejorables, escenas inconexas e innecesarias, pausas discretas dentro de un dialogo acelerado, un orden no cronológico de los hechos que confunden, y seguramente el abusar exageradamente de esos movimientos de cámara tan forzados, constantes y agotadores primeros planos además de una historia fabricada exclusivamente de flashbacks. Olivier Dahan, el director del film, estaba rodeado de un grupo humano competente, y a la vez consistente para hacer una más intensa película y no un inclemente pero merecido homenaje. Tenía como diseñadora de producción a la talentosa y puntual Marit Allen, un vestuario y maquillaje excelentemente tratados, la música del genial Christopher Gunning, un sonido garantizado por la eternidad, una fotografía muy lograda etc., pero algo quedo inconcluso, como un pequeño vacío que le restó algún mérito a la realización. Aún así debo de rescatar una dirección que logra hacernos sentir el más que complejo estilo narrativo para una película que nos propone sin miramientos retratar la grandilocuente tragedia humana de una mujer con marcadas imperfecciones y a la vez extraordinariamente perfecta llena de exquisitas anécdotas e inagotables rumores pero que inexorablemente está delineada por hechos marcadamente terribles como el abandono, la pobreza, el desamor, el sufrimiento a perpetuidad, la muerte, la drogadicción, la enfermedad, la desolación, la mentira etc. Absolutamente todas estas míseras se transmiten con mucho acierto en escenas bien elaboradas aunque visceralmente conmovedoras y dramáticas. Ahí es donde Olivier Dahan va manejando lento pero seguro, no viola sus propios límites, no hace trampa ni disimula, no nos maquilla la realidad, nos dice con valentía que no puede darnos más porque es imposible hacerlo. Se encerró en su propio laberinto. Por eso creo que nos ofrece un encomiable trabajo pero no una extraordinaria dirección, porque el encargo que le pusieron sobre su ya recargada espalda era demasiado pesado, cinematográficamente inhumano de cumplir a la perfección. No existirá nadie que pueda demostrar la grandeza de la Piaf en 140 minutos de rodaje. Imposible. No debe ser sencillo relatarnos un personaje extremadamente peligroso tanto en lo bueno como en lo discreto. De todos modos, Olivier Dahan puede llevar con inteligencia y dignamente una traicionera y despiadada trama, con una generosa recreación visual y sin utilizar aquellos morbos tan tentadores cuando se rueda un género tan exacto como el biográfico. Por momentos la película nos suele parecer lenta, aburrida y hasta oscura. Pero es una sensación natural y realista. Se puede soportar con tranquilidad porque se nos está contando la vida de una divinidad. Entonces me preguntaría, cómo hacer para narrarnos que tal vez el único gran y profundo sufrimiento de Edith Piaf fue no encontrarle un autentico sentido a su agitada vida, no darse cuenta a tiempo que poseía un talento natural y nada común que si no se está rodeado por gentes adecuadas suele ser aprovechado por los promotores y explotadores del talento ajeno, de amar apasionadamente lo que hacía, pero no como cualquier humano podría hacerlo sino de una forma diferente porque ella lo era. Menudo trabajo. Olivier Dahan lo hizo y su mérito lo exculpa de comentarios y opiniones adversas. A veces la imaginación, la técnica y el dinero no lo puede todo. Este es uno de esos casos. Pero aunque parecería que el guión no es el que la calidad del personaje requiere, justamente acá es donde surge la mano del creador o ese As salvador debajo de la manga que nos devuelve la pasión a todos los que apostamos el total de nuestro cerebro, nervio y corazón a la casi invencible ruleta de esta complicada apuesta. Su nombre es Marion Cotillard y nos regala esa interpretación y caracterización que solo una vez en la vida se brinda en cuerpo y alma en este tipo de largometrajes. Ya ganó hace pocos días un Golden Globe Award. Todavía parece haber una distinción que la espera para brindarle la posteridad. Por eso mi argumentación inicial que una de las partes es inmensamente mayor a su todo se va consolidando en mi comentario. Quisiera hacer un breve paréntesis antes de entrar de lleno a la interpretación de Marion Cotillard como Edith Piaf. He logrado observar últimamente caracterizaciones e interpretaciones biográficas excelentemente logradas de personajes populares, trascendentes y otras inverosímiles. No hace mucho, Martín Scorcese realizó una película que se tituló “El Aviador” en donde el correcto actor Leonardo Di Caprio intentaba retratar nada menos que al excéntrico multimillonario norteamericano Howard Hughes. Fue un buen largometraje, recomendable, contaba con una dirección inmejorable, con actuaciones secundarias más que aceptables. Pero, increíblemente falló algo que jamás debió fallar. Di Caprio no representaba ni retrataba mínimamente a Howard Hugues. No hubo piel ni con su director, ni con su guión y mucho menos con el espectador. Di Caprio retrató excelentemente a Di Caprio. Se esforzó por creer ser un desconocido Hughes pero se veía el mismísimo Di Caprio de “Titanic”, “La Playa”, “Gangsters de Nueva York”, “Atrápame si puedes” etc. Howard Hugues, la leyenda, no aparecía. No estuvo nunca. ¿¿Alguien caracterizaba o interpretaba al personaje principal ??, al eje del film, al distinto; pues no, nadie lo hizo, no estuvo allí, no se sintió, por eso es que la pregunta del porqué, sigue aún sin respuesta. Scorcese tuvo que volver a insistir con películas no biográficas para lograr el Oscar al mejor director de cine y así lo hizo. Lo recuerdan, fue con “Los Infiltrados”. Una superproducción y gran película que barrió a “Babel”. Ahí también estuvo DiCaprio, pero le “colocaron” a Jack Nicholson; uno de los 10 más grandes actores de la historia del celuloide, y a Matt Damon, justamente al costado, rodeándolo, protegiéndolo para que el plato de fondo estuviera servido. Pero aún así DiCaprio no pudo superar a Forrest Whitaker quien casualmente había interpretado magistralmente al dictador ugandés Idi Amin Dada en “El último rey de escocia” llevándose el premio a mejor rol protagónico de la Academia. Esto me da pie para explicar que también pasó lo contrario con la película “Ray” donde el buen actor y mejor músico Jaime Foxx retrató con lujo de detalles y mañas al músico afroamericano Ray Charles. Jaime Foxx y Ray Charles eran amigos, tocaban el piano y seguramente fumaban juntos. Pero ahí estaba el pequeño detalle. Foxx llegó a reemplazarlo en algunas canciones durante uno de sus últimos concurridos conciertos, porque Charles estaba muy enfermo. No se sintió. La gente estaba con Foxx y seguía eufórica. ¿¿Es necesario argumentar el porqué ??. Es decir, hubo un sacrificado trabajo como antesala y una mimetización del personaje real, del diferente, del ídolo. Seguramente no sea el ejemplo más acertado, pero mi único sustento es que Jamie Foxx se llevó el Oscar a mejor actor principal ese año y no contaba con las facilidades que tenía Scorcese. Aquí no existe ni asoma la palabra casualidad. Lo mismo pasó con Phillip Seymour Hoffman cuando interpretó a Truman Capote, y se llevó todos los honores. Mi conclusión supone que en una película biográfica tiene que existir un triple esfuerzo y dedicación, utilizando meses y hasta años de entrenamiento para poder convencernos en pantalla y sin un mayor esfuerzo visual que no estamos observando al gran intérprete sino al personaje en todo su esplendor y miseria.

Volvamos a “La vida en rosa”, donde descubrimos a Marion Cotillard, jamás secundaria, siempre principalísima, ni por un segundo improvisada, enormemente preparada y comprometida en cuerpo y alma con la Piaf, única y absoluta, dándolo todo sin escatimar esfuerzo y sufrimiento, dueña del momento más ansioso como del más deprimente, de las escenas más crudas como de las más emotivas, de las múltiples transformaciones y mutaciones de la figura de la Piaf con el transcurrir de los años, de toda circunstancia habida a su alrededor, de los silencios duros y que castigan; hay una escena bellísima con ella en el escenario gestualizando y dónde tan sólo suena la música de un piano que nos conmueve; imponiéndole a su actuación un ritmo endemoniado en donde la obligación de seguirla se hacía cada vez casi inalcanzable, sobre todo para los actores secundarios que se notaban rezagados y sin muchas posibilidades de crecer ni de acomodarse, pero que finalmente se contagian de su grandeza y pueden acompañar con criterio. Hasta el gran actor Depardieu, que protagoniza al descubridor y mentor de la Piaf, se ve aturdido, pero tiene experiencia, recorrido y muchos largometrajes encima como para quedarse sorprendido. Entonces que se tendría que hacer para detener a esta enorme multitud concentrada en una minúscula y escuálida figura que retrataba extraordinariamente la Cotillard, cómo destruir esa arma mortal rociada y envuelta de puro talento e inspiración, un mimetismo enfermizo pero metódico para estudiar desde su propio corazón tierno pero blindado, el inmenso corazón adolorido de la Piaf, y así poder transmitirnos sin desperdicio alguno su risa tonta, su llanto despavorido, su brutal e incontenible desesperación, su desprecio tan genuino, su inclinación por lo banal y lo absurdo, sus insoportables gritos de desesperación por no poder vencer a su propio dolor de alma y cuerpo, su extremado sufrimiento al darse cuenta que su humilde pero desgraciada infancia la condicionó para poder ascender socialmente en su etapa más sublime, su inmensa energía para poder transmitir lo imposible como solo la Piaf podía hacer arriba de un escenario siempre mudo y entregado, como impedir que su excelencia en la caracterización fuera tan contagiosa para meternos en la piel de la propia Piaf sin saber que era la Cotillard la que lo hacía, como poder distinguir quien era quien, en que momento descubriríamos a la genuina o a la impostora intentando contrastar algún gesto inadecuado, como decir basta cuando un ademán de placer nos colmaba de alegría, y una mueca de sufrimiento nos hacía doler el alma, cómo decirle a esa mujer que estaba enorme en la pantalla que no parase de sufrir porque nosotros también necesitábamos hacerlo junto a ella, cómo no sentir que lo imposible existe y que lo posible puede llegar a ser solo un momento plagado de mediocridad y estupidez, cómo conseguir ese lenguaje gestual que solo ella poseía, cómo no deleitarnos con esos enormes ojos y desproporcionados gestos. En fin, que extraña sensación la mía de haber vuelto a ver, al cerrar los ojos por un instante, un color negro tan hermosamente blanco, y al volver a abrirlos, un color negro muy intenso y tan profundamente placentero. No bastarían millones de aplausos ni de halagos sinceros para hacerle sentir lo grandiosa que estuvo en su propuesta a Marion Cotillard. La pregunta sería, ¿¿quién se apoderó de quién?? Creo que Edith Piaf se apoderó de Marion Cotillard y ésta de nosotros, sus cautivados espectadores, cada cual de una manera sutil pero a la vez invasiva, sin oponer resistencia alguna. No sólo nos logra deslumbrar, sino sorprendernos cuando por ejemplo logra incorporar su propia voz increíblemente entrenada e integrada a los Play Backs que ella misma conduce con suma prolijidad. Reencarna con soltura, aplomo, sin titubear y a la perfección a la Piaf divertida, a la chabacana, a la patética, a la enamorada, a la borracha, a la tierna, a la vulgar, a la elegante, a la desgarrada, a la morfinómana, a la seductora, a la decrépita, a la irónica, a la moribunda, a la madre que no pudo ser, a la excéntrica, a la desvalida, a la sofisticada, a la desesperada etc. Una actuación memorable para jamás siquiera intentar olvidar, para recordarla cuando se premia lo intrascendente y lo patético, para hablar una y mil veces que fue la mejor actuación femenina en muchísimos años de cine y que nadie tendrá la infeliz osadía de catalogarla como una actuación correcta y nada más. La belleza no tiene dos significados, la excelencia tampoco. Marion Cotillard es la belleza y la excelencia. Ojala que en lo que le resta de carrera Marion Cotillard pueda brindarnos otra actuación como esta pero lo dudo. Esta fue única e insuperable. El Oscar la espera con los brazos abiertos, sería una incuestionable ganadora. Alguien lo podría siquiera dudar. Por eso me atreví a empezar este largo relato contándoles que una de las partes era mayor que su todo. La actuación de Marion Cotillard es inmensamente mayor a la película misma. Finalmente, quisiera reconocer lo impostergable de tres momentos inolvidables de éste film; el primero que lo mencioné líneas arriba y se resume en una escena en que la Cotillard sale al escenario del Music Hall por primera vez y empieza a cantar pero su voz no se escucha y una conmovedora melodía a piano interpretada por el músico Christopher Gunning empieza a inundar el escenario con una limpieza de tonos extraordinarios lo que nos obliga a centrar nuestra atención en la profusa gestualidad de la artista que con su sola imagen se devora al público que está  anonadado en el auditorio, y obviamente al espectador. El segundo es observar a la Cotillard moribunda y delirante recordando claramente a su hija Marcelle, a quien no pudo ver crecer, a quien no pudo gozar, a quien no pudo amar, con quien no pudo compartir su extraordinario éxito como cantante, y a quien no pudo darle lo que ella nunca pudo tener. Es una escena límite, escalofriante, perversa pero real. Solamente imaginar el despiadado sufrimiento de la Piaf por ese terrible acontecimiento es de por sí desgarrador. Pero, es una escena para recordar, para imaginarse si la vida de la Piaf hubiese dado un giro de tuerca total ya que su hija hubiera sido su escudo protector, su pararrayos, el calor y el amor que hubieran equilibrado la balanza. Pero no pudo ser así. Hasta en esta penosa parte, no desarrollada con propiedad en el film, existe la coincidencia. Marcelle se llamaba su hija y Marcel su gran amor, el boxeador que murió en un accidente de aviación tan solo por ir a verla. La tercera escena es inigualable, presenciar a Edith Piaf entonar con su mejor voz la canción “Non, je ne regrette rien” casi al final de la película, es de aquellas emociones que a uno lo hacen recordar con suma claridad los 140 minutos de rodaje en lo que dura esta corta melodía.

PEPE DERTEANO

jueves, 17 de enero de 2008

Una pequeña con una gran voz, Edith Piaf, el pequeño Gorrión.






Antes de comentar en este Blog el biopic o película “La Móme” o “La Vida en Rosa” de Olivier Dahan quisiera compartir con ustedes parte de la biografía encontrada de la mejor cantante de todos los tiempos, la inigualable francesa Edith Piaf.


Edith Piaf, cuyo verdadero nombre era Edith Giovanna Gassion, es la más célebre cantante que le ha dado Francia a nuestro universo musical. “Piaf” traducido al castellano significa “gorrión”. Éste nombre artístico le fue atribuido por su descubridor y posterior manejador, el empresario de cabaret, Louis Leplée quien quedo pasmado cuando escuchó su prodigiosa e increíble agudeza de su voz, similar al sonido hipnotizante del gorrión, en las calles de París así como de su diminuta estatura y contextura. La Piaf tenía entonces 19 años. Leplée confiaría poco antes de su muerte que la voz de Edith Piaf era la inconfundible voz de sufrimiento del supremo creador. En las memorias de Edith Piaf titulada “Au bal du chance” se comenta que la Piaf nace el 19 de diciembre de 1915 debajo de una farola en el patio de la comisaría del barrio Belleville, de París, un lugar miserable y desolado. Su madre estaba borracha y drogada cuando sintió los dolores de parto. Salió a la calle y la encontraron sus vecinos, tirada y balbuceante. De padre acróbata de circo llamado Louis Gassion, de origen normando y madre cantante de calles y de pequeños cafés parisinos, Line Annetta Margrant, de origen italo-argelino. El deceso de “La Móme Piaf”, el pequeño gorrión, se produce en la localidad de Grasse, Alpes Marítimos el 10 de Octubre de 1963 pero es anunciada oficialmente recién al día siguiente cuando ya se habían trasladado sus restos a París en forma ilegal y clandestina. Aún así, su sepelio fue multitudinario, asistieron más de 75,000 personas y tuvo que postergarse hasta por dos días más de lo planeado. Siendo muy niña, su madre, demasiado pobre como para criarla con normalidad, la confía a su abuela materna, Aïcha Mohammed (1876-1930) originaria de Cabilia, región de Argelia, quien la alimentaba con vino rojo en lugar de agua, pues decía que ésta era 'desgraciada y mala' para el cuerpo. En poco tiempo la entrega a su padre, a punto éste de ir al frente en la Primera Guerra Mundial. Él la lleva donde su abuela paterna, quién nunca la quiso y cuyo negocio era administrar una casa de prostitución en Bernay, Normandía, donde Edith es criada con mucho amor y dedicación por tres de las prostitutas de la casa. Estas comentaban que la pequeña Edith no hablaba, no se reía, no caminaba y encima tuvo una meningitis que la dejó totalmente ciega a los cuatro años. El único gesto amoroso de su abuela paterna fue llevarla a la Parroquia de Santa Teresita de Lisieux y encomendársela a la virgen de la localidad. Se dice con mucha devoción y nostalgia que un milagro le devolvió la vista casi 14 meses después.
Al finalizar la guerra de las cabras, su padre vuelve del frente y la lleva consigo a vivir la vida de los artistas de los pequeños circos itinerantes, y luego la del artista ambulante, independiente y miserable que vivía de la buena voluntad de los peatones de turno. Edith revela su talento y su excepcional timbre de voz en las canciones populares que canta en las calles junto a las acrobacias de su padre y tal como su madre lo hacía. A los 17 años, Edith tiene una hija llamada Marcelle con su amante Louis Dupont, que desgraciadamente muere de meningitis cuando tenía tan solo dos años de edad.

Como se señala líneas arriba, es descubierta en la calle en 1934 por Louis Leplée, propietario de un cabaret de moda, el Gerny's, situado en la avenida de los Campos elíseos. La invita sutilmente a presentarse con el nombre artístico de la niña “La Móme Piaf” o “El Pequeño Gorrión” debido a que era muy menuda y cantaba con una voz espléndida. Sus presentaciones fueron todo un éxito, y su talento así como su incomparable voz son destacados, entre otros, por el compositor Raymond Asso y su futura fiel amiga Margarita Monnot, compositora y pianista virtuosa, que la acompañará durante toda su carrera y compondrá para ella la música de “Mon légionnaire”, “Hymne à l'amour”, “Milord y Amants d'un jour”. Firma un contrato con la compañía disquera Polydor y graba su primer disco en 1936 “Les Mômes de la cloche”, "los niños de la campana"; cloche, en argot, es el nombre genérico de los mendigos parisinos. Ello la convierte en un éxito mediático de forma inmediata. Pero, curiosamente en abril de ese año, su mentor, Louis Leplée es encontrado asesinado en su domicilio. Esto revela que él formaba parte de los bajos fondos del barrio parisino de Pigalle, lo que precipita irremediablemente a Edith al centro del escándalo y el linchamiento mediático enviándola nuevamente al lugar de donde provenía; la calle y los pequeños y miserables cabaret parisinos. A pesar de este contratiempo, vuelve a tomar contacto siendo buscada esta vez por el compositor Raymond Asso, autor de “Mon légionnaire” y “Le Fanion de la Legión”, creadas por Marie Dubas en el año 1935. Asso se convierte en su Pigmalion y amante, y la prepara consistentemente para ser una cantante profesional del Music-Hall.

En marzo de 1937, Edith debuta en el Music-Hall en el teatro ABC de París. Se convierte más que inmediatamente en una estrella de la canción francesa adorada por el público y difundida exclusivamente por la radio. En 1940 se presenta con éxito en la obra teatral “Le Bel Indifférent” que Jean Cocteau escribió para ella. También comienza una muy corta carrera cinematográfica con la película “Montmartre sur Seine” de Georges Lacombe. Habría que señalar que la Piaf filmó ocho largometrajes y tuvo catorce notables éxitos musicales al margen de otras decenas de canciones ejecutadas. En la primavera de 1944 se presenta en el prestigioso Moulin Rouge, donde el joven cantante de Music-Hall Yves Montand formaba parte importante del espectáculo. Se produce una química muy particular entre ambos artistas. Edith Piaf ya era conocida como una célebre y adulada devoradora de hombres y se propone iniciar a su nuevo amante en los trucos del oficio y de la vida de artista. Lo presenta a las personas más importantes de la época en el mundo del espectáculo: Joseph Kosma, Henri Crolla, Loulou Gasté, Jean Guigo, Henri Contet, Louiguy, Marguerite Monnot, Bob Castella y Francis Lemarque. Durante la guerra, Edith Piaf cantaba en los clubes y music-halls parisinos, en donde conoció a su contemporánea alemana Ilona Hesse, y ayudaba a los prisioneros a escapar. Tras la guerra, en 1945, escribe nada menos que “La Vie en rose”, su composición musical más célebre, que interpreta con un sentimiento escalofriante en la Comédie-Française. Yves Montand, por su parte, se convierte en una estrella del music-hall. Montand debuta en el cine junto a Edith Piaf en “Étoile sans lumière”, para luego obtener su primer papel protagonista en “Les Portes de la nuit” de Marcel Carné. Ambos parten en gira el año 1946. Muy poco tiempo después y durante la misma gira se separan dados los propios celos artísticos y desplantes amorosos de ambos.

En 1948, mientras está en una gira triunfal por Nueva York, vive la historia de amor más grande de su vida con un boxeador francés de origen argelino, Marcel Cerdan, que fue campeón del mundo de peso medio el 21 de septiembre de 1948 y que muere trágicamente en un accidente de avión el 28 de octubre de 1949 en el vuelo de París a Nueva York en el que viajaba a encontrarse con ella. Abatida por el sufrimiento y el dolor de alma, Edith Piaf se vuelve adicta a la morfina. Cantó su gran éxito “Hymne à l'amour” en memoria de Cerdan. Interpretación memorable quizás una de las más recordadas por biógrafos y fanáticos de la cantante. Son varios los romances públicos de Edith Piaf. Los más conocidos fueron con el joven actor Marlon Brando, la diva del cine Marlene Dietrich, Yves Montand, Charles Aznavour, Théo Sarapo, Georges Moustaki y Marcel Cerdan (este noviazgo originó la película Edith et Marcel). En 1951, el joven cantautor Charles Aznavour se convierte en su secretario, asistente, chofer y confidente. Aznavour con el paso del tiempo lograría convertirse en el mejor cantante francés de todos los tiempos. El 29 de julio de 1952 se casa con el célebre cantante francés Jacques Pills, según el testimonio de la actriz Marlene Dietrich. Se divorcian en 1956. Comienza una historia de amor con Georges Moustaki a quien lanza a la canción. A su lado tuvo un grave accidente automovilístico el año 1958, lo que empeora su ya deteriorado estado de salud y su absoluta dependencia de la morfina. Se convierte también en una especie de icono parisino y en la musa de los existencialistas. En los años 50, Piaf era famosa en muchos países. Hizo giras hasta por América del Sur. En Brasil tiene quizás el público más adepto de ésa parte del continente. El público norteamericano la consagró en 1956 en el Carnegie Hall de Nueva York, al que regresó con mucha frecuencia, tras iniciar ese mismo año una cura de desintoxicación que le brindó una mejoría parcial. Fue una de las artistas más queridas e idolatradas en los Estados Unidos, hecho poco común debido a lo cerrado del mercado norteamericano. Es quizás más reconocida que en la misma Francia.

En 1958 graba la canción “Milord” que se convertirá en uno de sus enormes éxitos mundiales. En 1959, Edith se desploma en escena durante una gira en Nueva York. Tuvo que soportar numerosas operaciones quirúrgicas. Volvió a París en un penoso estado de salud y sin su marido Georges Moustaki, que la había abandonado. Sin embargo, en 1961, Edith Piaf, a petición de su amigo Bruno Coquatrix, ofrece una serie de conciertos, tal vez los más memorables y emotivos de su carrera, en el Olympia de París, local que estaba bajo amenaza de desaparecer por problemas financieros. Es en ese, su salón de espectáculos favorito, en el que interpreta la canción “Non, je ne regrette rien” que se adapta perfectamente a su personalidad y que Charles Dumont compuso para ella. Con ello salva al Olympia y Bruno Coquatrix le queda eternamente agradecido. A esas alturas, estaba muy enferma para tenerse en pie y se mueve y canta sólo con importantes dosis de morfina. Se sabía en aquel entonces que ésta droga aliviaba los dolores pero destruía las entrañas de su pequeño cuerpo. El 9 de octubre de 1962, a los 47 años de edad, hastiada, enferma y drogada, se enlaza matrimonialmente con Théo Sarapo, un cantante joven y apuesto de 26 años, quien declara que tiene la impresión de ser un hijo que cuida a su anciana y enferma madre. Cantan a dúo “À quoi ça sert l’amour”. A principios del año 1963, Edith graba su última canción Le homme de Berlín”.

El 10 de octubre de 1963, Edith Piaf fallece en Plascassier, Grasse a los 47 años de edad, desgastada por los abusos de la vida, la morfina y demasiados sufrimientos. La tumba de Edith Piaf está situada en el cementerio de Père Lachaise de París. Su fallecimiento fue anunciado oficialmente el 11 de octubre, el mismo día en que muere su amigo, el cineasta Jean Cocteau. Su entierro tiene lugar en el cementerio Père Lachaise, en París, con el homenaje de una inmensa multitud de admiradores. Se comenta que su querido confidente Jean Cocteau, con el cual Edith mantenía en ese entonces una asidua correspondencia, fallece de un ataque cardiaco al enterarse de su muerte. Su último marido, Théo Sarapo, muerto en un accidente automovilístico en 1970, es enterrado junto a ella. De extraordinaria personalidad, sigue siendo la cantante francesa más conocida en el mundo. Además, dio a conocer con éxito a algunos cantantes que luego pudieron disfrutar del firmamento artístico internacional. De su buena estrella pueden dar fe algunos de los artistas franceses más prestigiosos quienes la adoraron y la consideraron siempre como un referente obligadísimo. Muchos de ellos traicionaron a la Piaf pero luego, sorprendentemente, pagaron con creces la factura que les pasó la diva estando muerta. El Museo Edith Piaf, dedicado a su memoria, se encuentra en la calle Crespin du Gast, en el XI arrondisement de París. Finalmente, la admiración de Steven Spielberg por la musa francesa hizo que la canción "Tu es partout" sacada del film de 1941 "Montmartre sur Seine", aparezca en su magnífica película acerca de la guerra "Salvando al Soldado Ryan".

La intensa vida de este insuperable fenómeno de la canción francesa está fielmente retratada en el largometraje La Môme de Olivier Dahan estrenada oficialmente como la película de apertura del Festival de Berlín 2007 causando extraordinarias críticas la interpretación de la actriz francesa Marion Cotillard como Edith Piaf. La traducción al español es “La Vida en Rosa” que fue la canción más internacionalizada compuesta y cantada por la misma Piaf. Se ha comentado últimamente y a raíz de habérsele concedido a la Cotillard, el Golden Globe Award a la mejor interprete del año 2007, que la imitación de la voz de la Piaf que logró consolidar la Cotillard es un trabajo nada casual de casi 14 años que se desarrolló más profesionalmente en los últimos dos años cuando Dahan le propone el papel principal de su film. Dahan comenta que la voz desarrollada por la Cotillard es casi perfecta y que solamente la cantante brasilera Bibi Ferreira ha podido imitar al pequeño gorrión. En “You Tube” podrán encontrar videos memorables de la Piaf, tanto de sus presentaciones como de su risueña personalidad. Queda pendiente el comentario sobre la película “La Vida en Rosa”.
PEPE DERTEANO

domingo, 13 de enero de 2008

Denzel Washington: "Hay enorme fascinación en el mundo por los films de gangsters".















Pongo a disposicion de Uds. una buena parte de aquella recreación casi biográfica de una historia de la vida real que inspiró finalmente a Brian Grazer, Steven Zaillian y Ridley Scott, a poder llevar a cabo el film American Gangster que ha sido considerado por la crítica norteamericana como una de las cinco mejores producciones cinematográficas del 2007, aunque en honor a la verdad tiene deficiencias de guión, continuidad narrativa y puesta en escena. En la película, Frank Lucas es interpretado por formidable actor afro-americano Denzel Washington, Richie Roberts por el notable actor australiano Rusell Crowe, y Ellsworth “Bumpy” Johnson por el veterano y talentoso Clarence Williams III. Tanto Lucas como Roberts, asesoraron durante el guión y luego en el rodaje a Scott, Steven Zaillian, y a los actores principales y secundarios. American Gangster nos retrata la setentera historia del traficante de drogas de origen afro-americano Frank Lucas, uno de los mafiosos más ingeniosos y sagaces de esos tiempos en el estado de Nueva York; y del nada común Richie Roberts, un policía que remaba contracorriente, sumamente astuto y conocedor a ultranza del movimiento delincuencial que ofrecía la calle. Ambos comparten un estricto código ético que los diferencia notoriamente del resto de sus compañeros, transformándose en la simbología de dos iconos antagónicos a la ley. Al cruzarse sus destinos, no tardará en estallar una confrontación en la que canjean sufrimiento, violencia y muerte. Frank Lucas nació el 9 de septiembre de 1930 en Lenoi County, Carolina del Norte. Creció no totalmente marginado pero sí integrado a una numerosa familia disfuncional más por el padre y los tíos paternos, pero en donde su madre -una mujer recta y protectora- fue su mayor influencia, sobre todo en el inculcarle valores morales como el respeto por la familia, la integridad y la palabra. Esta escala de beneficios, y otros más, fueron reforzados posteriormente por su mentor y padre putativo, Ellsworth “Bumpy” Johnson, líder auténtico de la mafia afro-americana del barrio de Harlem, pero quien curiosamente siempre trabajó gerenciando actividades fraudulentas para los poderosos de la camorra italiana, y del hampa judía, ambas instaladas en la gran manzana, obviamente dedicadas al tráfico de drogas y otros negocios. A “Bumpy”, le decían así por un abultado chichón en la parte posterior de su cabeza, nunca fue dueño de su propio negocio. Siempre administro lo ajeno con eficiencia y honestidad dentro de un contexto anómalo como el sub-mundo de lo prohibido. Lucas trabajó a tiempo completo para Johnson cerca de 22 años, desde que llegó a la ciudad de Nueva York en 1946, hasta la inesperada muerte de “Bumpy” de un ataque al corazón en una tienda minorista de artefactos a mediados de 1968. Se inicia como chofer, luego como un exclusivo guardaespaldas, y posteriormente como un asistente personal muy apegado a los negocios manejados por Johnson. Curiosamente, Francis Ford Coppola menciona y recrea a “Bumpy” a través del actor también afro-americano, Lawrence Fishburne, en su película de 1984, “The Cotton Club”. Bill Duke, años después, le hizo un largometraje que llamó “Houdblum” en 1997, en donde también lo personificó el mismo Fishburne. Cuando muere Johnson, Lucas, que había sido designado como su sucesor por el mismo “Bumpy”, tomó el control del negocio, y le imprime un giro total. Desechó la dependencia de terceros y formó su propia empresa siempre basada en el tráfico de estupefacientes, hasta que un día se enteró por la TV, de la adicción que poseían los soldados combatientes en Vietnam hacia la heroína, y la copiosa producción del alcaloide en tierras supuestamente enemigas. En ese momento, decidió con la ayuda de un primo suyo en Bangkok contactarse personalmente con los productores de la droga. A Lucas se le consideró como un emprendedor traficante de heroína, y jefe del crimen organizado de Harlem entre 1968 y 1975. Su particularidad radicaba en que eliminaba los intermediarios a la hora de comprar la heroína, comprando ésta directamente de su fuente, el Sudeste Asiático. Organizo el contrabando de heroína desde Vietnam hacia los EEUU usando primero a los miembros de la milicia yankee como “burriers” o “agentes pasadores”, luego a la fuerza aérea, y con posterioridad a la supuesta mafia sud-vietnamita-estadounidense siendo su mayor logro el de hacer pasar la droga compactada dentro de los ataúdes de soldados yankees muertos en servicio. Lucas presumía de haber conseguido alrededor de 01 millón de dólares al día vendiendo droga en todo Manhattan. El juez federal Sterling Johnson, que era el fiscal acusador de Nueva York en la época de los crímenes y negocios de Frank Lucas, definió las operaciones de éste como "uno de los contrabandos de drogas internacionales más vergonzosos para las fuerzas del orden, un gangster innovador plagado de inteligencia y sagacidad que hizo conexiones personalísimas fuera de USA, en Tailandia y Vietnam, y que empezó vendiendo las drogas en la calle, el mismo." Hizo conexiones con bandas mexicanas y sicilianas, manteniendo el monopolio del mercado de heroína en Manhattan. En una entrevista con Lucas -que en la actualidad cuenta con 77 años- dijo, "Yo quería ser rico. Siempre quise ser como Donald Trump, Dios me ayudó. Tenía el mejor producto, lo vendía a la mitad de precio de mi competencia, y el mercado vino hacia mi.” Habría que recordar que Lucas revolucionó el mercado de la droga al menudeo comprando el kilo de heroína a 4,000 dólares, diez veces más barato que lo que pagaba la competencia. Se hizo con el mercado de la ciudad en muy poco tiempo, tenía dinero para comprar y sobornar a quien estuviera de turno, y la sangre fría para eliminar a los que lo incomodaban. Según un reportaje exclusivo realizado el 27 de agosto de 2001 en el New York Magazine, Lucas señaló que confió su éxito en un equipo fuertemente controlado al que llamó "The Country Boys" en donde prefirió utilizar a parientes cercanos y amigos de su ciudad natal en Carolina del Norte, porque lo admiraban, eran menos dados a robarle, y no estaban acostumbrados a la agitada vida de la metrópoli. Sin embargo, es precisamente uno de sus hermanos quien lo traiciona presionado por un eficiente plan de seguimiento diseñado por el detective de narcóticos Richie Roberts, llamado tonto e inútil policía por sus propios compañeros de servicio, y que luego se recibiría como flamante abogado. Roberts quien era insobornable no podía manejar con corrección y madurez su función como padre de familia, pero fue finalmente el atento cazador y verdugo de Lucas. Roberts nació en el Bronx, el 23 de junio de 1941, pero creció y se educó en Nueva Jersey. Fue marine del ejército de los EEUU antes de ingresar en la Policía de Nueva York. En 1963, entró a trabajar como detective y ayudante del fiscal del condado de Essex. Su labor estaba circunscrita a trabajar en la calle desarticulando o armando contactos entre narcotraficantes y consumidores. En 1975 logró meter entre rejas a Frank Lucas. Posteriormente, Lucas y él entablaron una estrecha amistad, llegando Roberts a ejercer de abogado defensor del propio Lucas. El primer caso de su carrera como abogado fue precisamente defender a Lucas contra el departamento de policía de New York. En la actualidad, Roberts es padrino de uno de los hijos de Frank Lucas. Volviendo a Lucas, éste afirmaba que su heroína "Blue Magic", vendida en bolsitas de dos gramos, era 100% pura, no era partida ni combinada y era más potente que cualquier otro tipo de droga ofertada en las calles de New York. Lucas tenia por lo menos "65 millones de dólares", la mayor parte depositadas en las Islas Gran Caimán. Además, "unos mil pequeños intermediarios de venta de su producto" con un beneficio potencial, de al menos 300.000 dólares por día. También tenía en su poder, edificios de oficinas en Detroit, apartamentos en Los Ángeles y Miami. Poseía el "Frank Lucas's Paradise Valley", una propiedad de varios miles de acres, distribuidos por Carolina del norte en el que tenia 5,000 cabezas de ganado vacuno, incluyendo crías de toros de raza por valor de 125.000 dólares de aquella época. Lucas se codeó con la élite del entretenimiento, la política, y el crimen organizado, conociendo a personajes como Sinatra, Hughes y Davis, en uno de los clubes más famosos de Harlem. Tanto Lucas como su esposa, una reina de belleza de origen puertorriqueño se vistieron con las prendas y joyas más caras, cobertizos, abrigos y pieles de visón y chinchilla. Justamente él relata que fue por un abrigo regalado por su bella mujer que Roberts lo descubrió. Cuando fue arrestado todas las propiedades de Lucas fueron confiscadas por el gobierno, pero dentro de la cárcel vivió sin sobresaltos y se le consideraba con respeto por sus dotes intelectuales. Esto lo aprendió e imitó de “Bumpy” Johnson quien fue arrestado en más de 35 oportunidades, y durante su estancia en la cárcel no perdió su tiempo, dedicándose a estudiar historia y filosofía, e incluso a la composición de poemas. Cuando Johnson salió la última vez en libertad fue considerado como un filántropo y líder indiscutido de la comunidad afro-americana de Harlem. Lucas lo adoraba pero fundamentalmente lo admiraba y respetaba por su don de gente y porque le confió su destino. Lucas fue arrestado en Nueva Jersey por Roberts en una misa de domingo por la mañana, y fue condenado a nivel federal por delitos de tráfico de drogas y asesinatos en contra del estado de Nueva Jersey. En 1976, fue condenado a 70 años de prisión. Una vez recluido, Lucas, usando la sabiduría aprendida y heredada de “Bumpy” Johnson logra negociar un ventajoso acuerdo con Roberts, proporcionándole todo tipo de pruebas que condujeron a las detenciones de más de 135 personajes entre políticos, artistas, jueces, fiscales y policías relacionados con el tráfico y consumo de droga. Su reclusión fue reducida, y salió en libertad en 1981. Luego de tres años fue nuevamente arrestado por delitos relacionados también con la venta de droga. Fue sentenciado a siete años de cárcel y puesto en libertad en 1991. Aunque parezca mentira, Lucas jamás probó droga alguna en toda su vida. Hoy a los casi 80 años, Frank Lucas nos relata su turbio pasado en el film “American Gangster” y resurge, aunque solo sea mediaticamente y por algún poco tiempo, como una atractiva figura para el Séptimo Arte.

viernes, 11 de enero de 2008

Crítica invitada sobre "Atonement"





Parte de la política de éste servidor es compartir con ustedes aquellas críticas o comentarios especializados que sean sumamente explicativos y contribuyan a resaltar aquellos largometrajes escogidos por este Blogspot. Esta vez estoy colocando la sobria y magnifica crítica hecha por el colega El Fauno quien escribe en el blogspot de Cinempatía.


¿Pasión?, ¿Pasión?, ¿Cómo es posible que alguien diga tan tajantemente que en este pasional trabajo de Wright no hay pasión? ¿Cómo definimos la pasión en una película? ¿Música más melodramática, interpretaciones más exageradas, más lágrimas, más gritos, más tele noveleo al fin y al cabo? Llevaba días escuchando la misma cantinela acerca de que el último film de Joe Wright carecía de la pasión necesaria para la historia que contaba a pesar de su intachable aspecto técnico y formal. Cada cosa que leía se remitía siempre a lo mismo, a pesar de lo cual yo seguía manteniendo mis esperanzas en que el último trabajo de Joe me sorprendería tanto o más que cómo me había sorprendido en su fantástico debut protagonizado también por la bucanera Knightley.
La última obra del director ingles no hace más que acentuar lo que ya se intuía en la última adaptación de Orgullo y Prejuicio. Éste director tiene visión, tiene talento, tiene mano firme y segura dirigiendo y sin duda sabe explotar el talento de sus actores. Toda la primera parte de metraje, la cual se desarrolla en el idílico entorno de una hermosa mansión victoriana en medio de la campiña inglesa, supone una arrolladora demostración de lo que significa derrochar pasión en cada fotograma de celuloide. Dudo que muchos directores sean capaces de conseguir tal cantidad de calidad derrochada tan sutil y magníficamente en tan poco tiempo.
Con una puesta en escena detallista y cuidada Wright comienza su historia (en este caso también adaptación) de manera impecable y hermosa, haciendo un uso excelente de cada apartado técnico para intensificar la tan dichosa pasión que parece pocos ven. Es capaz de definir una relación entera simplemente con el plano de una mano que gira la cucharilla en una taza de café, de hacer un plano secuencia en una playa repleta de soldados como muchos directores reputados ya querrían, de filmar una escena erótica de manera sutil e íntima mediante primeros planos y ligeros desenfoques, de introducir un marcadísimo simbolismo en determinados momentos muy bien plasmados, de ponerte el corazón en un puño mediante el monologo de una Vanesa Redgrave soberbia pese a su escasa participación, de hacer que una niña marque el tempo y la actitud de un personaje y salga airosa de la labor cuando pocos directores serian capaces de hacer recaer semejante responsabilidad en un infante.

Joe Wright posee la pasión y el talento que muchos ya quisieran para sí. ¿Cuál es el problema entonces?, que todavía no se ha forjado un nombre. Un servidor pone la mano en el fuego acerca de que si este trabajo estuviera firmado por un Ivory en sus mejores tiempos los recibimientos habrían sido muy diferentes.
Por supuesto no niego que el film posea defectos, y probablemente eso es lo que hace que reconozcamos que Joe aún es un joven en esta industria que en un futuro hará peliculones de gran calidad. El bajón de ritmo y calidad que sufre la película en el momento en que la Guerra hace su aparición es notable a pesar de que el aspecto técnico sigue manteniéndose por todo lo alto. Ello tampoco quiere decir que la pasión no siga estando presente; El problema es que Wright no sabe bien como encauzarla y se pierde un poco sembrando ligeras confusiones a su paso. Aún así tampoco es una excusa para restarle valoración a una obra que, en su conjunto completo, muchos directores querrían haber firmado bajo su nombre.

Expiación ofrece un espectáculo visual, no en una secuencia o un solo fotograma, sino en cada uno de sus segundos, y eso no es algo fácil de conseguir para cualquier cineasta. En el apartado interpretativo el director sabe sacarle todo el jugo posible a una actriz tan poco respetada aún como es la joven Keira Knightley. Sin duda, sus papeles como dama pirata en la entretenida saga del productor Bruckheimer le han pasado factura cara a su credibilidad ante los espectadores, siendo tachada por muchos como mediocre sin haber comprobado aún el talento que esta interprete es capaz de ofrecer en pantalla. No sería descabellado afirmar que el papel de Cecilia Tallis lo borda incluso de manera más asombrosa y acertada que la Lizzie de Orgullo y Prejuicio. De cualquier forma no está sola en esta empresa. A su lado el trío de Brionys interpretadas por Saoirse Ronan, Romola Garai y Vanessa Redgrave (en orden de edad de menor a mayor), merece también sus debidos reconocimientos. Las tres actrices están compenetradas de tal forma que solo mediante sus ademanes y su mirada uno ya sabe que las tres intérpretes son el mismo personaje. Romola Garai esta muy notable ejerciendo su Briony con la mayor dignidad posible pero sin duda la pequeña Saoirse es la que merece el sobresaliente total por su encarnación. La chiquilla consigue aguantar unos primeros planos de varios segundos, con una mirada que te encoge el pecho. Un servidor la situaría sin ninguna duda a la misma altura que sus compañeros, entre los que también destaca un correctísimo James McAvoy desprendiéndose de toda aura de “fauno narniano” que pudiera quedar.

Por otro lado el afán creador del personaje de Briony se hace presente principalmente debido a la gran labor del compositor Darío Marianelli en la banda sonora. Mediante la conjunción de una serie de tics basados en dedos que mecanografían, el músico consigue que identifiquemos la canción irremediablemente con la desatada imaginación del personaje de Saoirse. Gran labor técnica refrendada por la fotografía, de la que, a falta de espacio y tiempo, solo diré que es sencillamente APABULLANTE.

En definitiva a un servidor la pasión le ha parecido mucha en esta obra, incluso desbordante en algunos casos. Poniendo como único aspecto negativo el bajón sufrido a mitad de metraje, eso no me ha impedido apreciar la ingente labor de dirección del inglés Joe Wright del que no me cabe ninguna duda que tarde o temprano le veremos acarrear una estatuilla al mejor director en sus manos. ¡Enhorabuena Joe!

"Atonement", Joe Wright confirmando un pulcro estilo de dirección
























El muy instruido director británico Joe Wright nos ofrece una obra fina y magistralmente dirigida, orquestada a la perfección a través de una banda sonora intensa, de una pulcritud sin antecedentes, un guión copiosamente estructurado de acuerdo a la novela -incluso parece haberla superado- un diseño de producción y vestuarios correctos y una fotografía a la altura de la excelencia. La trama, como en la mayoría de las historias de amor dramáticas, siempre luce lenta pero sostenida, y supone una confirmación del estilo de Wright predominante en su primer film, el remake “Orgullo y Prejuicio”, en donde los encuentros y desencuentros entrelazados con búsquedas de notoriedad entre los miembros de clases sociales opuestas tratan de imponer -consciente y/o inconscientemente- sus aspiraciones de quebrar las barreras propias de las discriminaciones de la época basados en el verdadero romanticismo, el más puro y delicioso, ese que aparece dotado de los más grandes ideales, pero que finalmente no llegan a establecer el común denominador a los esfuerzos y sobre-dimensionados sueños de grandeza. Esto nos lleva a plantear que justamente es éste género el que siempre logra remover esa tesis contradictoria que señala: ¿Es el sufrimiento aquel suculento y poderoso ingrediente de uno y mil sabores que necesita esa palabra casi indescifrable llamada "amor" para que esta exista, podamos sentirla y que perdure por y para siempre? Joe Wright nos grafica con inteligencia y prolijidad que el amor no existe por cuestiones del azar sino que hay un riesgo que afrontar para siquiera empezar a sentir su fragancia, y que no siempre ésta suele ser agradable. También nos plantea que de una situación ínfima y transgresora como la mentira piadosa de una procaz escritora de apenas doce años, se puede lograr un melodrama capaz de entregarnos una historia de amor exquisita, llena de sobresaltos, situaciones extremas y hasta de moralejas jamás imaginadas. Pero el verdadero esfuerzo y logro del sensible Wright se debería apreciar más detenidamente en el incansable trabajo que logra con la dirección de sus intérpretes. Es complicado enlazar el crecimiento de tres interpretaciones femeninas en 110 minutos de película sin trastocar el fondo del personaje y Wright lo logra con acierto, lo maneja con criterio, no las expone a ninguna de las tres, prefiere sacrificar escenas que actuaciones y a pesar de esto nos transmite posturas desconcertantes pero a la vez vitales y sorprendentes. La empatía que denotan juntos James McAvoy y Keira Knightley son notables a pesar que en las escenas finales no aparecen juntos como en las escenas iniciales del film. El recuerdo los une mentalmente. Los constantes cambios radicales de ambos personajes, la injusticia, el dolor, el amor, el sufrimiento, la esperanza, la frustración, la guerra, la amistad, el perdón etc., son atribuibles a la mano del joven director británico quien moldea esta conjugación de interpretaciones como solo un artesano lo puede hacer. McAvoy tiene todas las cualidades para lograr ser un gran actor, es asombrosamente creíble por la firmeza de sus diálogos y su mirada fija, transmite emotividad en el momento justo en que interviene. Pero Wright lo instruye para sacar, no lo mejor del actor, sino lo que mejor le aporta al film. Y lo hace con todo el reparto, es decir, acomoda la capacidad de sus artistas a la trama y nunca al revés. Por otro lado, Keira Knightley es bellísima, imponente a pesar de su peculiar delgadez, también histriónica, logrando superar su anterior interpretación hecha en el film “Orgullo y Prejuicio”. Saoirse Ronan, la niña adulta de la historia, se adueña prontamente del eje de la narrativa y nos brinda una actuación convincente que predomina en un trabajo gestual adecuado bien monitoreado por Wrigth. Romola Garai se desenvuelve con prolijidad y Vanessa Redgrave es una estrella ya veterana que no solo aporta su capacidad sino invade la pantalla con una notabilísima presencia al final de la trama explicándonos la expiación de una manera simple pero sin dejar duda alguna. Aprovecho aquí para que puedan observar a Vanessa Redgrave, como protagónica, en la película “Evening” también estrenada el 2007 y principalmente en el fantástico diálogo final con Meryl Streep. La presencia tanto de la Knigthley, de la Garai así como de la Redgrave quizás pueda dar la impresión que se pierden mínimamente en la segunda mitad de la obra pero no por ellas sino por un ligero declive de la argumentación en los últimos 45minutos. Esto no afecta ni opaca para nada la armonía y calidad del largometraje aunque le puede restar posibilidades a la hora de los Oscars.
Atonement se auto divide irremediablemente en dos mitades quizás opuestas pero finalmente complementarias. La primera, emotiva y conmovedora, estructurada visualmente con una categoría fílmica muy acorde y una grandeza sin límites. La segunda parte, buena pero algo inconsistente, no tan expresiva en lo sentimental, con escenas particularmente innecesarias aunque cinematográficamente estupendas, como la escena de guerra cuando cae Dunkirk, pero que determinan que la historia inicial se desvanezca lentamente pero que no se logre desvirtuar por lo fino y delicado construido en la primera parte de la película. Un melodrama tiene y tendrá por siempre este tipo de contrariedades mientras más real se trate de representar y es lo que hace a éste género muy particular. Seguramente Atonement va a despertar enfoques y críticas de todo calibre. Es una excelente puesta en escena, muy compleja pero bastante completa. Lo mejor de la película ese excepcional plano-secuencia y la música de Darío Marianelli.