




Confieso que cuando era niño y luego adolescente, las películas, en general, y no solo de terror, me causaban cierta indiferencia. En mi familia no existía una sólida vocación por el cine. Eran otros tiempos, mi madre nos llevaba siempre a espectáculos que venían de fuera, sean circos, conciertos, patinaje sobre hielo etc., pero no era primordial ir al cine. Mis tías, si tenían la costumbre de ir con mis primos y siempre me invitaban a ver películas, mayormente comedias, musicales y del género religioso, que eran muy comunes en esos tiempos. Como homenaje a mi querida tía María Muente, ya que la ocasión se hace propicia, la primera vez que pisé una sala de cine, fue el Metro, en el mismo centro de Lima, haciendo mi debut cinematográfico, con la película italiana “Fratello Sole, sorella Luna”, 1972 de Franco Zefirelli. Trataba sobre la vida de Francisco de Asís, quien a pesar de pertenecer a una familia de comerciantes muy prospera, renuncia a su acomodada vida y a la totalidad de sus posesiones para dedicarla a Dios y a los más pobres. Fue todo un suceso que me hacía ilusionar en la gran pantalla. Fue un domingo de tarde, inolvidable. Me gustó el cine, su ambiente, su solemnidad, el comer un dulce simultáneamente al visionado y me quedó una sensación muy grata grabada en la memoria. Pero a medida que los años fueron pasando, viendo musicales, comedias y filmes religiosos, las películas de acción, de suspenso y de terror, iban despertando en mí, un reiterado amago de interés por descubrirlas. Ya la caja boba, era la moda de aquel momento y me quedaba aún la duda de poder ir al cine en solitario, para volver a disfrutar de aquella extasiada sensación anterior, pero esta vez, acompañado de mí mismo y poder sentir, la majestuosidad de la pantalla gigante. Como en cualquiera de los casos, existían marchas y contramarchas, nunca terminaba por concretar. Escuchaba las conversaciones de los primos o tíos mayores, incluso de los amigos del barrio, quienes hablaban casi con desprecio del cine de terror. Como era muy crédulo, simplemente, optaba por hacerles caso. Por lo tanto el género de terror ha pasado por mi vida adolescente, casi inadvertido, ya que me preguntaba, con cierta lógica de timidez casi púber, cual era la razón para verlas, sea en casa o yendo al cine, si no me atraían, justamente porque no le agradaban a mis referentes inmediatos y confiables, además que al no preguntarles, no había dialogo posible, y me sacudía el temor de llegar por voluntad propia al límite, produciéndome un mal rato a mi mismo. Que ventaja podría sacarle a una disforzada visita al cine, cuando, desde que estaba observando la cola de la boletería, de pasadita, no me encontraba mínimamente convencido de lo que estaba aconteciendo, tratando de canalizar mis dudas y hasta temores, con las adustas miradas de aquellos pseudo-masoquistas, que impacientes y esperanzados, destilaban ganas y babas por entrar a la sala de barrio, para que empiece a rodar el género, que yo no podía comprender. Es decir, tener que pagar para autoflajelarme visualmente, observando películas, que supuestamente me producirían rechazo, temor o hasta estupor, era un sacrificio demasiado riesgoso. Además, todo era una simple ilusión porque el dinero no alcanzaba, y si me alcanzaba, prefería irme a disfrutar de un buen plato de Lomo saltado al recordado Tambo. Pero los meses fueron pasando hasta que fue mi hermana mayor, Mariela y su actual esposo, quienes me convocaron un sábado por la tarde, matinée, al cine Roma, en ese entonces moderno y concurrido, - cine donde logré colarme con arte y estilo para ver “2001, Odisea en el espacio” en 1974, año en que llegó a Perú -, ingresando y sentándome cómodamente en butaca para ver la película del momento, “Tiburón” en 1975, que sí venía catalogada como una cinta de terror. Todo estaba desarrollándose tranquilamente, una trama pausada y sin sobresaltos, hasta que con astucia y quizás con una dosis de humor gris, el joven Steven Spielberg, nos había adormecido a todos, cuando de pronto, nos pegamos el gran susto de nuestras adolescencias, apareciendo intempestivamente, y emergiendo del fondo del mar, la cabeza del tiburón asesino, un muñeco que para los tiempos, era una cabal proeza técnica. Fue una sensación contradictoria, poco agradable y ahí empezaron mis malas vibras con el género. Luego pasaron los años y entendí al cine de terror, como una posibilidad de superar mis temores y sin pensarlo dos veces me enfrenté a ese gran fantasma que pululaba por mi mente y que me tenía atrapado, lográndolo entender, domarlo y dejarlo en el recuerdo de una juventud difícil, como creo que todas. .Pues bien, he visto algunas películas del género y no es mi favorito ni mucho menos, No me gusta divertirme sufriendo o estando incómodo, y menos pagar por ello. De las que recuerdo en este momento, logré ver, “Pesadilla en Elm street”, “Poltergeist”, “El Exorcista”, “Viernes 13”, “Halloween”, “El resplandor”, “Los otros”, “El Sexto sentido”, “Psicosis”, “El aro”, “El Bebe de Rosemery”, “La mano que mece la cuna”, “El Silencio de los inocentes”, “La Semilla del diablo”, “Estigma”, “Los Pájaros”, “Al final de la escalera”, “Darkness”, “Nosferatu”, “Carrie”, “Funny Games”, “El Proyecto de las Brujas de Blair” y algunas pocas más que se me escapan de la mente. Si por casualidad, algunos de los metrajes nombrados no pertenecen al género, espero que comprendan mi supina ignorancia. Si ustedes me preguntaran, si he sentido pánico, terror o miedo, cuando he visto éstas películas, la respuesta sería que no, que jamás, porque gran parte de ellas, las he visto a partir de los 30 años, ya sea en VHS o DVD, cuando ya mi personalidad estaba definida. Creaba el ambiente propicio, oscuridad total, de madrugada, pero no me lograba conmover. Entiendo perfectamente, que muchos de ustedes, son aficionados de verdad, que sienten una verdadera inclinación hacia este género y que lo disfrutan al verlos, y la verdad, me da mucho gusto que así sea y los felicito. Cada quien es amo y señor de su propio destino, hasta en el subjetivo laberinto de la cinematografía. Pues bien, voy a tratar de compartir con ustedes, una resumida información básica, de la historia de éste importante género, que se ha convertido en el líder de las taquillas, en casi todo el mundo.
Éste género hace referencia a todas aquellas películas que producen una sensación de temor, pánico y angustia en el espectador. Para conseguirlo, el realizador no duda en utilizar cualquier truco barato o sofisticado que esté a su alcance, ya sea visual, o sonoro, con el fin de convertir la producción en un escenario donde el misterio, la inquietud y, en ocasiones, la truculencia, caminan de la mano. Decir, cine de terror, es decir, cine fantástico, pero también, goza de una estrecha vinculación con el género de ciencia ficción. Siguiendo la tradición de la novela gótica, fuente en la cual el terror cinematográfico, ha saciado su sed de manera reiterada, el horror comprende toda una serie de sensaciones entre las cuales se incluye también, aunque no parezca, al amor. Los malvados protagonistas del género, aman y sufren cuando no son amados a causa de su esperpéntico aspecto. Por eso, el dolor los conduce directamente a la desesperación y la muerte, como sucede con “El fantasma de la Ópera”, en 1925, de Rupert Julian, personaje terrorífico de larga tradición. Cuando ese amor se transforma en un sentimiento enfermizo, deforman la realidad y entonces nace el psicópata, elemento clave desde “El fotógrafo del pánico” en 1959, de Michael Poseí, y sobretodo, a partir del atormentado Norman Bates de” Psicosis” en 1961, del maestro Alfred Hitchcock. Un tercer grupo comprende, a aquellos asesinos despiadados que no necesitan motivación alguna para matar. Este es el caso de la pavorosa “Los pájaros” en 1963, también del maestro Alfred Hitchcock y del voraz “Tiburón” en 1975, creado por la mente superlativa de Steven Spielberg. Pero esta temática, no sólo incluye al reino animal. También algunos humanos matan sin razón aparente, y si no, que se lo pregunten a Hannibal Lecter de “El silencio de los Inocentes”, en 1990, de Jonathan Demme. En la evolución del género, la estética del cine de terror, siempre estará en deuda con el expresionismo alemán y obras como “El Golem” en 1920, de Paul Wegener y Henrick Galeen, y la inolvidable “Nosferatu”, en 1922, de F.W. Murnau. Su influencia, se siente de manera temprana en el cine americano mudo, con producciones de enorme interés como “El hombre y la bestia” en 1920, de John Roberston, en la que John Barrymore que recurre tan sólo a algunos trucos de cámara, y su gesticulación para dar vida a Mr. Hyde, el lado tenebroso del Doctor Jeckyll. Uno de los actores emblemáticos del género, Lon Chaney, protagoniza “El Jorobado de Nostradame” en 1923, de Wallace Worsley, y una vez más, un ser monstruoso muere por amor. Pero la etapa de verdadero esplendor del cine de terror en Hollywood es, sin duda, la de los años 30. En esta década, los estudios Universal, dirigido por Carl Laemmle, pone de pie, a los que van a ser los grandes mitos del terror clásico. “Drácula” en 1930, de Tod Browning, “Frankenstein” en 1931, de James Whale, “La Novia de Frankenstein” en 1935, del mismo James Whale, “El hombre y el monstruo” en 1931, de Rouben Mamoulian, “La Momia”, en 1932, de Karl Freund, “La máscara de Fu manchú” en 1932, de Charles Brabin, y “El Hombre Lobo” en 1935, de Stuart Walker, Estos largometrajes, sientan las bases del posterior devenir y afianzamiento del terror cinematográfico, en el que el cine de la Hammer británica, será, por muchas razones, la alumna aventajada. Dos rostros, Boris Karloff y Bela Lugosi, se convierten en alter ego de Frankenstein y Drácula, y cualquier caracterización posterior que difiera de la suya, suscita en el espectador un sentimiento de rechazo. La perfección en la estética de ambos personajes fueron íconos que hasta hoy se reconocen. Un capítulo aparte merece el film “La parada de los monstruos” en 1932, de Tod Browning, en donde éste reúne a verdaderos seres horripilantes y deformes, dejando, el horror, un sano divertimento para convertirse en un espejo atroz de la sociedad. Pero no sólo de mitos clásicos vive el terror y por eso se configuran títulos como,”La mujer pantera” en 1942 y “Yo anduve con un zombie” en 1943, ambas realizaciones de Jacques Tourneur, que cortan el aliento e invaden el horror más traumante en la sala de exhibición. Este genial cineasta también aborda el tema del rey de las tinieblas en “La noche del demonio” en 1957, cuyo título es sugerente. Luego de estos largometrajes, se suceden películas extremadamente sobrecogedoras como “La semilla del diablo” en 1968, del genial Román Polanski, “El exorcista” en 1973, de William Friedkin, y la película española “El día de la bestia” en 1995, de Alex de la Iglesia, han empujado a un sector mayoritario y aterrorizado de público, a profesar una ferviente devoción por la fe. Los 50 son los años de la Hammer y de la Serie B, que en Roger Corman, encuentra su máximo exponente, para posteriores décadas. También en los 60, la siniestra “Canción de cuna para un Cadáver” en 1964, de Robert Aldrich, insinúa de manera temprana lo que puede llegar a mostrar el cine conceptualizado como GORE, - término inglés que significa literalmente, sangre derramada, es decir, el intento macabro de graficar el terror más sádico y directo, a través del asesinato brutal, el descuartizamientos y la muerte sangrienta, en películas como, la pionera “Blood Feast” en 1963, de Hershell Lewis, “La Noche de los muertos vivientes” en 1968, de George Romero, “La matanza de Texas” en 1974, de Tobe Hooper, “ Mal gusto” en 1987, de Peter Jackson“, “Reanimador” en 1985, de Stuart Gordon, “La última casa a la izquierda” en 1972, “Pesadilla en Elm Street” en 1984, ambas de Wes Craven, “Posesión Infernal” en 1982, “Terroríficamente muertos” en 1986 y “El Ejército de las Tinieblas” en 1992, trilogía de Sam Raimi, “Halloween” en 1978, de John Carpenter, “Viernes 13” en 1980, de Sam Cunningham, “ Scream” en 1996, de Wes Craven; han constituido los largometrajes más representativos de éste sub-género -. Igualmente es digno de resaltar el definitivo asentamiento de la figura del psicópata en films como “El estrangulador de Boston” en 1968, de Richard Fleischer, “Seven” en 1995, de David Fincher, y “Tesis” en 1996, de Alejandro Amenábar, que siempre se debaten entre el thriller suspenso y el horror. Asimismo, el terror psicológico, alejado de efectistas trucos de maquillaje, se afianza como un sub-género en continuo desarrollo, al igual que todas las producciones que hacen referencia al fantasmagórico mundo de los espíritus. La inquietante “El otro”, en 1972, de Robert Mulligan, “Al final de la escalera” en 1979, de Peter Medak, explican muy bien este porqué. Aunque todavía hay que esperar unos años para que M. Night Shyamalan y Alejandro Amenábar sorprendan a un público que cree saberlo todo acerca de los espectros terroríficos de la pantalla grande con “El sexto sentido” en 1999 y “Los otros” en 2001, respectivamente. Aún así, títulos como “Un hombre lobo americano en Londres” en 1981, de John Landis, “En compañía de lobos” en 1984, de Neil Jordan, “Drácula de Bram Stoker” en 1992, de Francis Ford Coppola, “Cronos” en 1993, del mexicano Guillermo del Toro, y “Frankenstein de Mary Shelley” en 1994, de Kenneth Branagh, confirman que los viejos mitos no pasan de moda. Hoy en día, mientras el terror americano subsiste con sagas de adolescentes mutilados, el cine de terror oriental se empieza a imponer contundentemente entre el público mundial con films como el japonés “The Ring” en 1998, de Hideo Nakata, y muchísimos más, que naturalmente, la gran industria de Hollywood se apresura en copiar, y mejorar para ambientarlo al público norteamericano y del resto del planeta. Son muchos los remakes que se han instalado en nuestro país en los últimos 08 o 10 años, como una suerte de remembranza de los films de terror originales. Solamente quisiera agregar, que el cine es ficción, diversión y subjetivismo, pero que la elección es siempre la que emana de la voluntad del espectador.
Es la primera vez que voy a comentar una película de terror, aunque no la haya sentido como tal, pero les aseguro que es una buena oportunidad para que asistan y se diviertan porque “El Orfanato” no es ningún experimento ni algo semejante, es una historia mil veces vista y rebuscada, pero tiene esa esencia, que brota de la inteligencia y capacidad imaginativa del extraordinario Guillermo del Toro, aquél gordo barbudo encantador, que dirigió la mejor película en idioma castellano de todos los tiempos, “El Laberinto del Fauno”, quien inmerecidamente, perdió el Óscar a manos de la también espectacular cinta alemana “La Vida de los Otros”, pero que se ganó el corazón de millones de personas. “El Laberinto del Fauno”, es la película en idioma castellano, - co-producción mexicana y española -, más taquillera de todos los tiempos, superando largamente a la espectacular “Como Agua para Chocolate”, ese melodrama surrealista y gastronómico mexicano, basado en la novela de Laura Esquivel, un verdadero “boom” a principios de los noventa. Pues bien, Guillermo del Toro, es el productor de la película “El Orfanato”, y se nota que su ingenio y capacidad están en la piel de éste largometraje, en donde realiza su primer largometraje el joven director catalán, Juan Antonio Bayona, quien hace un destacadísimo debut en la pantalla grande, con una ópera prima, hiper-publicitada por tierras españolas y continentales. Este Señor posee una convincente trayectoria dirigiendo video clips para grupos musicales como “Fangoria”, “Ellos” “OBK”, “Camela”, o “Ella Baila Sola” y también, para conocidos y seductores anuncios publicitarios, hecho que no tardarán en darse cuenta nítidamente, durante el visionado del film. Finalmente, y antes de entrar de lleno al comentario, decía que la mente prodigiosa del maestro Del Toro, influye en la dirección de Bayona, pero no la condiciona, ya que, Del Toro, se ha caracterizado por dotar a sus films, de una estética higiénicamente reluciente y ambientaciones tratadas con suma espectacularidad, creando ambientes tétricos y agobiantes o situaciones mágicas y de terror compasivo. Su estilo está marcado por su inclinación hacia los simbolismos, hecho que Bayona sabe, adapta con mano templada y cambia de ritmo. En fin, un reto para ustedes y sobretodo para mí. Espero que les vaya a gustar.
Debe de ser complicado, estresante y a la vez muy reconfortante, el poner en boca y ojos de todos, una ópera prima, más aún tratándose de un género bastante disperso, manoseado, redundante, pero a la vez, necesitado e idolatrado, por una masa consistente y cada vez más creciente de cinéfilos, que busca encontrar emociones al límite o sencillamente una forma de diversión no convencional. Mucha gente justifica largamente, el pagar un boleto de entrada, para sentir pánico, miedo, angustia e intimar visualmente con fantasmas, médiums, puertas que se abren o se cierran por arte de magia, objetos que se mueven o trasladan de lugar, luces que se prenden y apagan, sombras, ruidos no acostumbrados, una oscuridad silenciosa y vacilante etc., situándose, crédulos y emergentes, por varios minutos, dentro de todo aquello que, el más allá les proponga, como novedoso y alternativo, sea con o sin sangre, extremado morbo o quemando neuronas, para que así se les renueve el inventario mental del terror o les relaten una historia capaz de satisfacer aquel particular gusto por lo subrepticio o la sublimación de lo maniqueo, paroxístico y delirante. Pues bien, “El Orfanato”, es una especie de farmacia del terror, aunque a mi me resulte más apropiada la frase, farmacia del suspenso, porque tiene casi todos aquellos remedios o respuestas para esos hipocondríacos y hasta afrodisíacos males, que insumen aquellos mortales que se deleitan y disfrutan con lo macabro, lo cruel, y lo inescrupuloso, como así lo representan las almas desposeídas y deudoras, que en vez de mudarse a mejor vida, se quedan entre nosotros, para hacernos una vida hostil, pero a la vez suculenta, agradable y seductora. Y no hay que ser muy acucioso, informado o memorioso, para darse cuenta que el género de terror, producido en la madre patria, no es ninguna novedad, y menos un apoteósico acontecimiento fílmico. Los también largometrajes, “The Others” en 2001, del director, guionista y músico español Alejandro Amenábar, “Darkness” en 2002 y “Fragile” en 2005, ambas del director y guionista español Jaume Balagueró, y la sensacional “El Laberinto del Fauno” en 2006, del director y guionista mexicano Guillermo del Toro, pero producida por capitales mayoritariamente españoles, son una legítima muestra del pasado inmediato, de cómo ha evolucionado la antología fílmica española, con respecto al mencionado género. Muchos harán comparaciones o argumentarán con torpeza, que el film “El Orfanato” es una burda copia o un gemelo fílmico, de alguna de las películas antes nombradas o de otras, aquellas norteamericanas, francesas o hasta de los invasivos films provenientes del lejano oriente. Para mí, que no tengo predilección por el género, ni me interesa en lo sustancial su perfeccionamiento, la tengo obligadamente que conceptuar, como una curiosa imbecilidad más, de aquellos que no logran distinguir el talento y la genialidad creativa del acomplejamiento y la estupidez. Un remake no es una copia, ni pretende serlo; simplemente es una posibilidad, en el intento de superar al original. Algunos lo logran, otros mueren en el intento. Pero aún así, “El Orfanato” no es ningún remake, menos una postal antigua y mucho menos una burda copia, es una buena película, si bien limitada en algunos aspectos, bastante original y competente. Otros dirán, ya fundamentados en el retardo y la ineptitud mental, además de lucir unas hermosas anteojeras que usan los caballos pura sangre, que es un rompecabezas reciclado y rearmado, con infinitos títulos importantes, que ha brindado el género, en el transcurso del tiempo, un refrito de imágenes y diálogos ya antes vistos. Entonces, siguiendo esa absurda y patética teoría, el fútbol no existiría y Woody Allen, Quentin Tarantino, Martín Scorcese, Michael Mann y una centena más de cineastas, deberían estar purgando condena perpetua, recluidos en la cárcel de lo inverosímil, por el celestial delito de indebida apropiación intelectual. Con Tarantino, la cosa cambia, lo deberían meter bien adentro, por unos cuantos meses, no por esto, sino por una inusual conducta, que refresca con su inacabable sentido de la locura humorística y con una que otra sustancia no proteica ni vitamínica. Pero, fuera de toda broma, vayamos a la película. Sinceramente, pase un momento agradable, divertido y sobretodo muy concentrado, en algo que supuestamente me desconcentraría sin dudarlo. No voy a hacer referencia literal ni profunda de los actores, porque simplemente no los conozco, aunque a la actriz protagónica, una bella y fotogénica cuarentona, que está para relamerse los dedos, y que me parece haberla visto, en un papel menor, en la película ganadora de un Oscar, “Mar Adentro”, junto al ahora genial, Javier Bardem. En “El Orfanato”, su novel director, Juan Antonio Bayona, me sorprendió gratamente, por su versatilidad y su capacidad de realizar las cosas bien hechas, como realmente corresponde hacerlas, es decir, en forma ortodoxa, apegada a las normas básicas del buen cine, casi académicamente. Esto suele venir con un pequeño inconveniente, pero que no le resta mérito alguno, la falta de una personalidad propia, concepto que se diluye por ser un debut auspicioso y creíble. Aún es muy prematuro llamarlo maestro, aunque se está construyendo este adjetivo, pero se comporta como tal y eso ya es un gran mérito. Como diría el Coppola de 1992, con tres tragos bien puestos; un hombre con oficio y con un presente digno, como el mío. Ojo que me estoy refiriendo a la película y no al género. Bayona consigue un manejo visual consistente, sin altibajos, con prestancia y demostrando una confianza absoluta en su capacidad de dirección, seguramente monitoreada por Guillermo del Toro y el conocido guionista Sergio Sánchez; quien también se luce en lo suyo, exponiendo su talento sin lugar a dudas; durante la planificación del film y algunas charlas de estilo, preparatorias. Esto lo menciono porque es notorio y fácil de percibir. Técnicamente, la película es irreprochable, planos externos e internos de todo tipo, generales; cortos, medios y largos, primeros planos, planos detalle, todos con angulaciones sugerentes y correctamente realizados, también los famosos picado y contrapicado, hechos con justeza, sin ser excesivos ni glotones; Ej., la mansión, la playa, la cueva, el bosque, los rostros, los personajes, los pasadizos, las habitaciones, los recovecos, los sótanos etc., vale decir, un formato de rodaje muy prolijo y sin fallas. Esto ayuda enormemente en metrajes donde casi un 90% se rueda en el interior de una determinada locación, ya que el corazón del mensaje, queda encerrado y no deja sospechas de cortes, ni de nudos en el transcurso del guión. Es decir, el espectador, no se distrae ni se pierde si se cambia a una toma externa, porque su mente ya está situada dentro de la locación principal. Y esto suele suceder en éste tipo de films, en donde uno de los personajes principales es la propia mansión, en este caso el orfanato o posterior vivienda de los protagonistas. El diseño de producción, obviamente en estricta coordinación con la dirección artística, es muy bueno, realmente adecuado, porque no falta nada importante y todo está en su sitio, desde los cuadros, los garabatos de Simón, las fichas de los juegos, las fotografías de los difuntos, los muñecos de los niños, los monitores de la médium, los muñecos de porcelana, el piano, en donde los esposos tocan un hermoso contrapunto entre agudo y grave, que genera automáticamente la correcta musicalización de la propuesta, pero que pareciera fallar minimamente en algunos instantes claves del relato. También es muy digno de destacar, el aspecto sonoro del film. La diversidad de sonidos que se emiten, así como su sugerente mezcla, cumplen su cometido con creces, porque su menor o mayor intensidad, está relacionada, con esa misma proporción que demanda con suma precisión, una determinada secuencia o escena. Hay pequeñísimos excesos, que golpean levemente, casi como ruidos disonantes, pero son mínimos y soportables. Lo que sí tengo que puntualizar, es que la dicción de los personajes es bastante irregular. Si se colocaban subtítulos en castellano, hubiera sido de gran ayuda, porque a nuestros hermanos españoles, cuando pisan el acelerador, se les entiende menos que a un periódico mojado. Hablan correctamente el español, más no el castellano. Los mismos espectadores españoles han de haber tenido algunos problemas. Si tendríamos que hablar de excelencia, a parte de Bayona y Sánchez, no me queda duda que la dirección artística se lleva un soberano aplauso, realmente me quedé boquiabierto. No es un trabajo sencillo el decidir sobre la apariencia estética de la película a partir del guión. Como el guión es muy bueno, el trabajo del director artístico y del director fotográfico, excelente trabajo, se fusionan con una capacidad asombrosa. Eso es lo que realmente sucede en “El Orfanato”, La fotografía, la escenografía, los decorados, la utilería, el maquillaje y los efectos especiales, - ambos muy destacables -, los paisajes y principalmente, dos características, darles una personalidad sorprendentemente creíble a los personajes de ficción así como la creación de un clima, una atmósfera, que ayude a expresar, con verdadero dramatismo una determinada acción, ambas son fundamentales en la continuidad de la película. Esta especie de coordinación general, es fácilmente el 50% de la calidad y el éxito de “El Orfanato”. Yo comentaba anteriormente, que para mí no era una película de terror, sino un thriller de suspenso, y lo digo, porque no llega a crear momentos de tensión demasiado fuertes, impresionantes y extremos. Hay algunas pocas escenas, dotadas con una dosis de verdadero suspenso, pero que no llegan a asustar ni a causar que sudemos la gota fría, ni te baje la presión arterial. Acá tengo que hacer la salvedad que alguien me pueda enmendar la plana y decir que estoy equivocado y seguramente así sea. Pero cuando fui al cine, me percaté de lo que estoy afirmando y quizás las mayores sensaciones de temor u horror, que observé, eran algunas risas nerviosas de las espectadoras mujeres. Y acá juega el papel de los intérpretes. Sin conocer la trayectoria de los mismos, me atrevería a conceptuar lo siguiente; qué es mejor para una película, que existan una o dos estrellas, que hagan una gran diferencia, robándose el show y la cámara o que los actores sean buenos, de un mismo nivel, nuevos o reconocidos, pero que destaquen en lo general y no en lo individual. Para mí, se impone una labor en conjunto, basada en el sacrificio y talento individual. Ya lo vi, hace muy pocos días, en ese excelente film, “Luz Silenciosa”, todos amateurs, sin preparación alguna, nativos de un pueblo menonita en México y sin embargo hicieron una pequeña joya, Y eso es lo que también sucede en “El Orfanato”, todos destacan de acuerdo a lo que les demande su papel, sea protagónico o secundario. Hacen un equipo de trabajo cohesionado y muy profesional, desde los niños, pasando por el pequeñín Roger Príncep, Edgar Vivar o el señor Barriga, Geraldine Chaplin, Montserrat Carulla, Fernando Cayo y todos los demás. Esta amalgama de interpretaciones se logra con meses de ensayo. No hay otra formula. Alguien dirá, pero la actriz principal se carga la película y seguramente no deja de tener razón, pero encaja en la historia como un engranaje más de la maquinaria que fabrican Bayona y Sánchez. De lo que si me atrevería a hablar es de la extraordinaria expresividad dramática que demuestra la actriz Belén Rueda, en el papel de Laura, sobretodo cuando trabaja con el niño adoptado. Una auténtica madre coraje. Hay que estar metido en esa esbelta y bella figura para poder llevarlo a cabo en forma tan extraordinariamente real. Así como, estoy alabando su capacidad histriónica, debo criticar su limitada capacidad de movimiento corporal y gestual, propias de una actriz de televisión o de teatro, pero no de cine. Incluso, si ustedes son observadores, van a ver a una actriz empezar el film con un peso corporal determinado y terminarlo con 08 o 10 kilos menos. Por lo tanto, si hay cohesión, perfeccionismo y talento, el resultado es una buena película como “El Orfanato”. No he hablado de una película excepcional, nunca vista y que rompe los esquemas de la cinematografía internacional. Me he referido a un largometraje prolijamente concebido, excelentemente estructurado y de una muy buena factura.
Quisiera detenerme en el guión de la película. Es una historia perfecta, bien hecha, muy virtuosa y sin baches. Es una trama que sorprende por su integridad y por su credibilidad. Que nadie se asuste, pero estamos ante un escritor de escuela, que con pulcritud, criterio y un ensamblaje espectacular de micro historias, hacen que el soporte narrativo se extienda brillante y silencioso durante el transcurrir del film. Obviamente, Sánchez hace trucos de gran calibre, sin caer en lo morboso ni en lo repulsivo. Todo lo contrario, te brinda una pista, te confunde placenteramente y luego te sirve la solución como en un restaurante francés, con arte y amabilidad. Todo un mérito. En el cine transparente o también denominado, cine puro, hay cuestiones que son integralmente cinematográficas. Este guión, muy americano por cierto, aunque vuelva a llorar sangre la virgen, es el mejor guión de género que he podido apreciar en años. Ojo, un guión literario americano clásico, de los años 30 y 40. Nada complicado, sutil, sobrio, entendible y escrito como se escribía antes y se dejó de escribir ahora. Esa es una percepción que no será fácil de rebatir. Además en el género de terror ya se ha escrito, publicado y llevado al cine todo lo habido y por haber. Sin embargo, Bayona y Sánchez, logran, con todo ese peso en las espaldas, y esas críticas inescrupulosas y tontas, hacer una propuesta novedosa y magistral, sin una escena grotesca ni exagerada. Si eso no es un logro, que alguien más versado en el tema me lo explique con convicción.
Finalmente quisiera, detallar algunas escenas que aún permanecen en mis retinas y que quisiera transmitirlas al grueso del blog.
A) El preciosismo de la escena final donde Laura se suicida y vuelve a ser la niña de El Orfanato, rodeado por sus amigos de antaño y su hijo adoptado Simón, contándoles el cuento de Peter Pan, tiene una subliminal forma de endulzar la película. Un final extraño, pero extraordinario. La conjugación narrativa, visual y musical es un retrato inolvidable.
B) El efecto especial del accidente de la Señora Benigna, madre de Tomás, el niño amorfo, es muy recomendable. Luego se ve con pulcritud y estética, aunque suene feo, una mandíbula inferior despedazada.
C) La escena de la médium, con una Geraldine Chaplin en su justa medida es muy bien lograda, tanto en el recorrido de las cámaras como en la parte estrictamente visual. Esa visita termina con una palabra reflexiva y verdadera, “Ver para creer” no es lo mismo que “Creer para ver”. Simplemente apoteósica.
D) La secuencia, ya Laura mayor, del un, dos, tres, toca la pared, no solo causa tensión sino está situada en un pequeño nudo de guión, del que sale estupendamente el director.
E) La argumentación de Simón sobre sus juegos y conversaciones con sus amiguitos invisibles es una secuencia, dentro de la interpretación infantil, perfectamente estructurada. Muy buenos Coachs de los niños.
F) El tratamiento de los créditos en el comienzo de la película, desgarrando papeles, muy ingenioso y provocador.
Bueno, para finalizar, como en toda película hay yerros, pero que son menores por tratarse de una ópera prima. No es mi intención comentarlos con especificidad, pero si leen entre líneas se darán cuenta a lo que me refiero. Mi objetivo y el de ustedes es construir y no destruir. No puedo criticar una película que me gustó y me pareció una bella forma de invertir mi tiempo. Sería muy poco afecto a mis principios criticar duramente algo que no tiene porque serlo. Solo quiero mencionarles que vayan al cine, vean la película, elaboren mentalmente sus propias conclusiones y luego construyamos una hermosa polémica, como hasta ahora lo venimos haciendo. Ahora les toca el turno a las mujeres.
Saludos para todos y luego de esta publicación les explico el sorteo.
Pepe Derteano