jueves, 29 de mayo de 2008

“Reyes de la Calle”, una sobria expresión del cine negro.












Hoy a la noche que fui a ver este largometraje, me llevé una pequeña sorpresa ya que me encontré con una propuesta que repasa inusualmente la totalidad de variables o clichés presentes en cualquier película de cine negro, aunque esta vez mezclada en forma homogénea con una dosis de acción rítmica más constante que otros films, lo que da por resultado un visionado entretenido y llevadero, más allá de una trama algo irregular, de algunas escenas bien compuestas y de una buena historia, aunque el guión no aporte originalidad en su conjunto. No creo que exista alguien que pueda hacer un guión negro original o novedoso. La corrupción policial que llega adonde la ley no puede hacerlo, porque entre delincuentes uniformados y aquellos que no lo están, se aspira a lo mismo, se lucha por lo mismo y se muere por lo mismo, el poder, el dinero y su disfrute. Es una puesta en escena donde no interesa el cadáver frío, ni caliente y menos tibio, sino el detective enfermo pero apasionado, el policía encubierto e intruso, todos alucinando sin aferrarse a circunstancia sólida, quedando la corrupción, el engaño y la traición campeando entre ellos.

La dirección de un acucioso David Ayer es muy aceptable, no se hace problemas y supera largamente su ópera prima del 2005, “Harsh Times”, en donde también escribe el guión. En este film, actúa y produce Christian Bale, quien realiza una interpretación aceptable pero algo excedida – tal como en “Psicópata Americano -, de un ex-ranger que busca un lugar en la policía de Los Ángeles. David Ayer, como guionista si es una persona reconocida, por haber escrito y co-escrito guiones, siempre bajo un parecido perfil temático, de films conocidos como, “U-571” con Matthew McConaughey, Bill Paxton y Harvey Keitel, “Training Day”, con Denzel Washington, quien con este film ganó un Oscar a mejor actor protagónico por su perfecta interpretación de Alonso, un policía corrupto de narcóticos. Un dato, muchos grandes actores hicieron el papel de un policía corrupto, pero nadie como Washington. Inigualable. Hay algo de Denzel Washington y Ethan Hawke, en el personaje Tom Ludlow, que interpreta Keanu Reeves. Otros títulos de David Ayer son, “Rápidos y Furiosos”, con Paul Walker y Vin Diesel, autos, robo y violencia, una cóctel perfecto de adrenalina pura, “Dark Blue”, con Kurt Russell y Ving Rhames, un film genuinamente puro, de incontenible violencia e inteligentemente diseñado, ya que se posiciona durante las revueltas populares que se sucedieron tras el juicio de Rodney King, el afroamericano apaleado sin motivo por un puñado de policías salvajes. Por lo tanto, un director novato, con muchísima experiencia escribiendo y que se muestra con un talento alentador en el cine negro de hoy en día, claramente alejado de un thriller convencional. Hace un muy buen trabajo, una narración consistente y se aprecia cristalinamente que sabe lo que hace.

Pero quizás el dato curioso en la pre-producción de éste film, es que se trata de un trabajo en conjunto entre David Ayer y el renombrado escritor norteamericano James Ellroy, - los yanquis le dicen “The Demon Dog of American Crime Fiction”- quién es responsable del respetable y conciso guión. Nacido en Los Ángeles, ciudad símbolo de algunas de sus novelas negras llevada a la pantalla, llamada “Hard Boiled”, también por los gringos, como “L.A. Confidential”, “Dark Blue”, ésta, “Street Kings”, “The Black Dahlia” etc. Los largometrajes del “Perro demoníaco de la literatura criminal norteamericana”, siempre desbordados de personajes fascistas, pesimistas y desesperanzados, de tramas oscurísimas; inmersas en el corazón explícito de lo corrupto, lo prohibido, lo inmoral; bañadas de una desenfrenada violencia policíaca, cuya naturaleza criminal asfixia e incomoda. Casi como un amuleto, esta vez cuestionada, su natal ciudad de Los Ángeles, una parte de esa norteamérica autoritaria, racista, envuelta y amarrada en una narración seca, dura, sin maniqueísmos, sin fisuras, fría como el hielo y condimentada con frases apocalípticas, cortantes y ambiguas. Una ciudad del pecado mortal, del basural más inmundo e imposible de limpiar. Como dato adicional y para quienes les guste la lectura negra, James Ellroy forma parte de la última constelación de la novela negra norteamericana, formada por Elmore Leonard – “Un tipo implacable” y “Persecución Mortal” - , Walter Mosley – “El Demonio vestido de Azul”, “Muerte Escarlata” y “Mariposa blanca”, James Crunley – “The Last Good Kiss”, “The Final country” y “Bordersnakes” – y Evan Hunter – “Distrito 87”, “Money, Money, Money” y “Mischiel”.

Los demás apartados técnicos de la película están correctos, buenas locaciones, buena fotografía, buena edición, buen sonido, buen vestuario, buena mezcla y edición de sonidos, buena música etc. Creo que en este tipo de género, sobretodo en los largometrajes de finales del siglo XX y del actual, siempre hay una especie de equilibrio en los tópicos que asisten y complementan. Es como un molde que se va repitiendo y cuya base estructural está religiosamente aplicada, sin temer a que pueda producirse una hecatombe por ese lado.


CINE NEGRO

Habíamos señalado en otras publicaciones que uno de los géneros que contiene mayores matices artísticos y polémicos y el que quizás más literatura contraproducente ha generado a lo largo de los años, es el denominado cine negro. Muchos autores lo asocian con una variedad de géneros, sea el policial, el criminal, el gángsteril, el detectivesco etc. y otros prefieren reservar la denominación de cine negro para acondicionar un movimiento estilístico o un metagénero capaz de multiplicarse en el tiempo y que engloba, en diferentes etapas de su desarrollo, los varios géneros anteriormente citados. En cualquier caso, el cine negro o “film noir”, concepto francés, es una gran paradoja nacida del encuentro de un género comercial norteamericano y un acercamiento de la crítica francesa. Para otros autores más restrictivos, el cine negro tuvo su origen en el encuentro del cine sonoro con la novela negra, denominación acuñada por Marcel Duhamel y los jóvenes de “Black Mask”, Raymond Moffatt, Raymond Chandler, Herbert Stinson, Dwight Babcock, Eric Taylor, Dashiell Hammett, Arthur Barnes, John Butler, W. T. Ballard, Horace McCoy y Norbert Davis, quienes publicaron oscuros relatos policíacos para la editorial Gallimard, en pequeños volúmenes cuyas tapas eran casualmente negras. Sin embargo, si aceptamos catalogar aquí el cine policiaco, criminal, detectivesco o de gángsteres, deberíamos recordar a los mismos comienzos del cine, pues en el periodo mudo ya habían aparecido muchas seriales con temática criminal y detectivesca como Nick Carter, Fantomas, etc. Por lo tanto, el cine policiaco es un género fílmico que se inició con la película francesa “Histoire d'un crime”, de Ferdinand Zecca en 1901. Como anécdota, Zecca dirigió 02 años después, con Lucien Nonguet, la película “La Passion de Notre-Seigneur Jésus Christ”,- Vida y Pasión de Jesucristo” -. Coincidencia de género o creación artística. Una buena posibilidad para ponerse a investigar.

También es indudable que son los EEUU, a través del cine negro norteamericano, que nos muestran al desnudo un país en crisis; lo que permite realizar la denuncia de la falta de ética reinante en el momento en que se dan los hechos. Sus filmes representan con nitidez el núcleo fundamental del cine negro, es decir, el carácter problemático de sus personajes, de psicología siempre ambigua, así como una visión pesimista del contexto social, que ofrece un diagnóstico moral ambivalente y alicaído. Otras características específicas del cine negro norteamericano se da en los comienzos del cine sonoro con reminiscencias estilísticas del expresionismo alemán, al que se le añade un fuerte sentido crítico de denuncia social y una vinculación realista con la sociedad de la época, por lo tanto, el cine negro resulta ser un cine urbano, pesimista, muy subjetivo, oscuro no sólo en los temas, sino también en sus planteamientos estéticos, y que aporta una visión del mundo sumamente onírica, barroca, poética y realista, llena al mismo tiempo de erotismo y crueldad.

Para la crítica francesa posterior a la segunda guerra mundial, la denominación de film noir, en sentido más estricto, se refiere en exclusiva a la etapa entre 1940 y 1950, en la que se dan precisamente todas esas características. Sin embargo, no podemos olvidar -como antes hemos señalado-, el cine criminal anterior al sonoro, ni tampoco otras propuestas que amplían la consideración de la negritud a periodos más amplios en el tiempo y las temáticas. En este sentido habría que establecer una categorización del género, proponiendo cuatro grandes bloques divididos a su vez en diversas etapas históricas. Podríamos señalar el cine de gángsteres, con un pequeño ciclo fundacional entre 1930 y 1933, que acoge filmes como “Scarface” en 1932, de Howard Haws; un ciclo de filmes penitenciarios entre 1932 y 1934, 1950 y 1956, con películas como “I’m a fugitive from a Chain Gang” en 1932, con Paul Muni y del director Mervin LeRoy; otra etapa de denuncia social entre 1933 y 1939, en la que se en marcarían filmes como “Fury” en 1936, con Spencer Tracy, y “You only live once” en 1937, con Henry Fonda, ambas del gran Fritz Lang; un tercer periodo en el que impera el análisis de la sociología del gangsterismo entre 1935 y 1941, cuyo máximo exponente fue el filme “High Sierra” en 1941, con Humphrey Bogart, de Raoul Walsh; otra etapa de gangsterismo más negro se impone entre 1945 y 1950, en el que destacarían “The Maltese Falcon” en 1941, con Humphrey Bogart, de John Huston, “The Killers” en 1946, con Burt Lancaster y Ava Gardner, de Robert Siodmak, así como “Key Largo” en 1948, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall, de John Huston; y un último ciclo de manierismo más barroco entre 1953 y 1960, con filmes como “The Killing” en 1956, de Stanley Kubrick, o “The Rise ande Fall of Legs Diamond” en 1960, de Budd Boetticher. También estableceremos un cine policial, en tres ciclos; una etapa optimista de exaltación de los cuerpos policíacos, con filmes como “'G Men” en 1935, con la actuación de James Cagney, del director William Keighley; un periodo más documental, en el que se describen los procedimientos policiales, como en “T-Men” en 1947, de Anthony Mann; y un ciclo de películas más pesimistas y críticas como “The Big Heat” en 1953, de Fritz Lang y “Touch of Evil” en 1958, de Orson Welles.

Por último, aparece el llamado cine criminal, con una fase clásica entre 1944 y 1948 y con películas tan representativas como “Double Indemnity” en 1944, de Billy Wilder, “Laura”, también en 1944, de Otto Preminger y “The Postman always rings twice” en 1946, de Tay Garnett. Este periodo, probablemente el más rico del género, por su complejidad narrativa y por su capacidad de introspección psicológica da paso a otra etapa de depuración y eclecticismo, ya en los años cincuenta, en el que se contaminan los estilos y las temáticas preludiando el thriller de las décadas posteriores, “Ángel Face” en 1952, de Preminger y “Human Desire” en 1954 de Lang, representan apropiadamente esta época del cine negro de más acción y mayor denuncia política. Aunque hemos dicho que el cine negro es un fenómeno fundamentalmente norteamericano, no debemos olvidar la existencia de un género muy similar, el cine polar francés, que se desarrolla durante los años cincuenta y sesenta con directores como Henri-Georges Clouzot, -“Les diaboliques”- Jules Dassin, -“Up Tight!”- Jean Pierre Melville, -“Le Deuxième souffle”- y Jacques Becker, -“Le trou”-.

Ya en los años setenta se produce una etapa de nostalgia del género, que había mermado notablemente en la década anterior, con grandes películas como la trilogía de “The Godfather”. 1972, 1974 y 1990, de Francis Ford Coppola, “The French Connection” en 1971, de William Friedkin, “The Sting” en 1973, de George Roy Hill, “Serpico” en 1973 de Sydney Lumet, “Chinatown” en 1974, de Roman Polanski, “The Conversation” también en 1974, de Coppola, “Dog Day Afternoon” en 1975, de Sydney Lumet, “The Enforcer” en 1976, de James Fargo y Robert Daley. En los 80, filmes como “Enigma” en 1981, de Jeannot Szwarc, “The Holcroft Covenant” en 1985, de John Frankenheimer, “Prizzi's Honor” en 1986, de John Huston etc., mantuvieron el género casi en silencio, mientras que en los 90, se apuesta más al género negro con excelentes filmes como, “Goodfellas” en 1990, de Martín Scorcese, “Bugsy” en 1991, de Barry Levinson, “Pulp Fiction” en 1994, de Quentin Tarantino, “The Usual Suspects” en 1995, de Bryan Singer, “Fargo” en 1996, de los Coen, “ y “L.A. Confidential” en 1997, de Curtis Hanson. En el nuevo siglo películas como “Traffic” en el 2000, de Steven Soderbergh, “Gangs of New York” en el 2002, de Martín Scorcese, “Road to Perdition” en el mismo año, de Sam Mendes, “The Departed” en el 2006, de Martín Scorcese y “No Country for Old Men”, en el 2007, de los hermanos Coen, ambas, últimas ganadoras del mayor premio de la academia, son también espléndidos ejemplos de estas dos décadas de reivindicación sustanciosa del género negro norteamericano. El cine negro está más vivo que nunca y gracias a las formas y estilización de una ficción más acorde y elegante de que se nutre este género. He tratado de hacer un resumen corto y representativo, en cuanto a filmes negros de reconocida calidad porque realmente son cientos los que deberían de nombrarse.

Habíamos conceptuado en el prólogo a la película como entretenida y llevadera, en donde se ventilan todas aquellas improntas que normalmente conforman el género negro, con algunos tópicos más explotados que otros, con buenos diálogos, pero que por su propia naturaleza no nos ofrece algo notoriamente novedoso u original. Es más de lo mismo, que no es ningún pecado ni desmérito, con un estilo de conducción que trata de revestir la historia de un grado de profundidad, que a veces logra incorporar, pero que otras queda expuesta en la superficialidad de todo film del género. Hay que reconocer la capacidad de síntesis que demuestra David Ayer y lo bien articuladas que están las diferentes escenas. No comete excesos argumentales y eso es meritorio. No voy a cometer la torpeza de comparar ésta película con otras recientes o pasadas del género porque caer en ese facilismo es demostrar incoherencia. Lo que me llamó la atención es que en esta propuesta, un retrato absolutista sobre la interna policíaca, las secuencias de acción cobran un papel provocativo y bastante bien matizados con el tronco de la trama que es netamente la de un thriller negro dramático. Es decir, se prioriza una acción fílmica sugerente que recae segmentada entre los mismos detectives policíacos que se culpan, se persiguen y se ajustician entre ellos, haciendo de una cofradía corrupta y miserable, una aparente versión policial sumamente eficiente, pero vulnerable por cualquiera de sus oscuros miembros, donde subsisten, putrefactos y sinvergüenzas, para todos los gustos y disgustos, y que mezclan sin inmutarse, sus propios códigos como se licua la fruta con el vinagre.

No quedé muy satisfecho con la interpretación de Forest Whitaker. Quizás el personaje, quizás se contuvo poco, de repente estuvo algo exagerado gestualmente, un poco grandilocuente y ampuloso, sinceramente no lo podría explicar. Su actuación tuvo momentos de previsibilidad. No estuvo fino, preciso y contundente como en papeles anteriores. No hay forma de compararlo con sus actuaciones memorables realizadas en películas como “Platoon”, “Good morning Vietnam”, “Bird”, “Crying games”, “The last King of Scotland” o “The great debaters”, por nombrar algunas de las que recuerdo. Ojo que no desentona en lo guionístico ni hace una mala actuación, simplemente no explota ni construye un personaje de acuerdo a lo requerido por su pareja protagónica, Keanu Reeves, quien si hace una actuación madura, sin excesos, sobria, muy por encima de lo que se esperaba de él. A Reeves lo he visto en algunos films, y no me parece un gran intérprete. Es un actor con convocatoria, que hace correctamente su trabajo, pero que nunca logró destacar por su capacidad histriónica, fue una gran promesa que nunca llegó a descollar. Me alegra que haya madurado, que no abuse de su físico, de su gran registro vocal ni de su nula capacidad expresiva. Tiene 45 años y aún puede lograr cosas importantes en la industria. Algunos de los largometrajes que logré ver de Keanu Reeves son, “Dangerous Liaisons”, con Glenn Close “Point Break”, con Patrick Swayze, buen film, “Bram Stoker's Drácula”, con Gary Oldman, “Speed”, con Sandra Bullock, “A walk in the clouds”, con Aitana Sánchez-Gijón, “Feeling Minnesota”, con Cameron Díaz “Chain reaction”, con Morgan Freeman, “Devil's Advocate”, excepcional película al lado de Al Pacino y Charlize Theron, “The replacements”, con Gene Hackman, “Sweet November”, una bella historia de amor, con Charlize Theron, la estupenda “Matrix”, “Matrix Revolutions”, “Matrix reloaded”, y “The lake house”, confusa, con Sandra Bullock. Finalmente, los secundarios apoyan bien, pero no destacan, incluso hay una actriz que hace de la novia de Reeves, que parece mexicana o de Puerto Rico, que no ata ni desata, solamente cura heridas. Llama la atención la participación del famoso Doctor House, Hugh Laurie, quien hace un papel que daba para más diálogos y enfrentamientos verbales, pero su encasillamiento como actor de TV, lo sepulta sin piedad, aunque su sola presencia es imponente.

Keanu Reeves interpreta a un honesto pero durísimo y violento policía de la ciudad de Los Ángeles, que debido a la repentina accidental y absurda muerte de su mujer, se queda prisionero del alcohol, la desesperación, el desinterés por su vida futura y el trauma impregnado. Forma parte de un selecto grupo de facinerosos y dominantes policías que gobiernan la unidad de antinarcóticos, con un estilo corrupto y manipulador. A Reeves no le queda otro camino que seguir cumpliendo con su trabajo, que realiza siempre bebiendo entre dos y tres botellitas de vodka tipo muestra, antes de cualesquier evento. Se automotiva a seguir hundiéndose en la miseria moral más absoluta y que lo induce a exacerbar los nervios y perder la calma, sobrepasándose en algunos interrogatorios, inclusive violando normas elementales. A uno de los sospechosos lo aniquila a golpes en la cabeza con una guía telefónica, tema poco acostumbrado a observar, pero al parecer un efectismo bien pensado por Ellroy y Ayer. Luego, queda involucrado en el asesinato de su ex-compañero de funciones, que estaba soplando información a la unidad de asuntos internos de la policía estadual. Aquí empieza realmente una trama provista de laberínticos argumentos y emotivos enfrentamientos. No hay medias tintas, ni policías buenos o malos, todos están revolcándose en el mismo lodo de la corrupción, la traición y la venganza. Es una trama previsible e imprevisible a la vez, cosa infrecuente y que de alguna manera logran imponer tanto David Ayer como Ellroy, expertos en hacer y deshacer lo común y hasta lo improbable. Antes habían jerarquías que se respetaban, hoy parece que también la hubieran, pero los individuos imponen su incompetente criterio y deciden para quién trabajar y a quien o quienes serles honestos o desleales. Es una cuestión de poder, de dinero, de lograr lo prohibido eliminando lo que estorbe, volviendo la norma en un recurso ilícito y justificable.

Una buena película con un desenlace nada común y una historia que se enreda y desenreda porque está prefabricada para introducirnos en una aventura negra más, con implicancias personales, de grupo, muy digna y eficaz, bien presentada y que cumple con el objetivo de todo largometraje, entretener y poder comentarla con los buenos amigos.

PEPE DERTEANO

lunes, 19 de mayo de 2008

“Serpico”, si todos los policías fueran así……














































Si en el Perú hay algún problema sin solución, es el de la seguridad ciudadana. Todos los gobiernos presidenciales y municipales han prometido solucionarlo -Andrade estuvo cerca, pero tenía una gente de mierda al costado- y no pudieron porque no son lo suficientemente inteligentes y porque la nefasta policía de nuestro país es una de las más corruptas del planeta. No hay que hacer leña del árbol caído, pero no veo solución en los próximos años, gobierne quien gobierne, porque el peruano no tiene autoestima, es estúpido, y le da igual que lo asalten o que no lo hagan. Los delincuentes gobiernan la ciudad y seguirán haciéndolo mientras no encuentren a la milicia en las calles que reviente a los corruptos a punta de metralleta. Esto no es nada nuevo, pero ya es hora que los que gobiernan este país de mediocres y de ladrones, se den cuenta que ya apesta demasiado, y no quieren limpiar el país porque el olor a mierda les atrae…… Frank Serpico, fue uno de esos policías íntegros, de principios incorruptibles que, a diferencia de sus colegas, nunca se dejó sobornar, y precisamente por ello, siempre tuvo problemas con sus compañeros de oficio, y se vio expuesto a situaciones peligrosas. El gran director norteamericano Sydney Lumet arranca uno de sus mejores largometrajes mostrándonos al detective de la policía de Nueva York, Frank Serpico, herido gravemente de un tiro en la cabeza, haciéndonos partícipes a partir de ese instante y a modo de flashbacks, los acontecimientos que nos conducen a esta situación. Veremos la graduación de un jovencísimo e ilusionado agente de policía que sueña con combatir la criminalidad neoyorkina, recién salido de la academia policial. Sin embargo, desde sus primeros días de patrullero, y hasta varios años después de su andar por las calles, deberá observar cómo sus compañeros dan pie a pequeños vicios, actuaciones irregulares, ojos que no ven a cambio de comidas gratis y hasta una compleja red organizada de recaudadores de coimas entre los corredores de apuestas de la ciudad. Frente a este contexto, que romperá su visión idealizada y romántica de la vida policial, Serpico intentará aislarse, en un principio, haciendo las cosas a su manera, no aceptando ningún sobre con dinero sospechoso, optando por un uniforme de calle, sandalias, un hondo sombrero calado en su cabeza y una enorme barba desaliñada. Intenta trasladar una forma de actuación policial moderna, más cercana al ciudadano, pero chocará en cada ocasión contra los intereses de sus compañeros sumados a los de aquellos de directores y comisionados de las altas esferas. En su intento de hacer las cosas mejor que sus compañeros, tendrá un papel esencial una colega de clase que le enseñará el placer de la cultura, y una vecina de la que se enamorará perdidamente. A este respecto, creo que se refleja a la perfección el desprecio que varios sectores culturales sentían hacia la policía, entendiendo que todos eran una pandilla de corruptos. Serpico no es otro de esos tantos policías cuyos valores podrían servir para barrer el suelo. El barbado detective es un hombre cuyo código ético, cuya moral, queda por encima de cualquier otra cosa. Es un sujeto que no solo honra su uniforme sino los valores que le enseñaron sus padres. Y no hay nada que le venga mejor a Lumet que un personaje tan bien estructurado como este implacable servidor de la ley, pues ya demostró que sabe cómo retratar personajes complejos y fieles a sí mismos, que sólo actuarían en consideración según lo que su conciencia les dictase. Y Pacino agarra el personaje con inusitada fuerza y le otorga un sosiego natural impecable, así como un marcado carácter cuando éste debe aparecer en toda su dimensión. Muchos tildan la propuesta de monótona, en cambio, a mí me parece una gran historia, donde cada punto está donde debe estar y todo es tratado con una meticulosidad como lo hace un viejo zorro del cine. Desde la relación del protagonista con la muchacha que lo acompaña, hasta la que también tiene con sus compañeros, a los cuales les demuestra desde un principio que sus valores inamovibles están ahí. Lumet hace que respiremos una atmósfera de  aspereza y tensión, logrando que su ambientación poco pulcra encaje a la perfección con todos los recovecos que conforman el film, otorgando un buen espacio en el qué moverse a sus personajes y en el cual puede hacer confluir la historia de modo correcto. Mención aparte para el excelente desenlace que, lejos de intentar aleccionar y anteponer la moralina al personaje, logra todo lo contrario dejando el film por sobre encima de cualquier duda de lo que significa el bien. Muy posiblemente Serpico sea la mejor película de Sidney Lumet –también habría que agregar El príncipe de las tinieblas- porque pretende abordar la frustración de un policía real que no imaginaba que los valores que juró defender estaban interiormente corrompidos sistemáticamente. El cuerpo de la Policía mostrado en la cinta apenas deja títere con cabeza, desde los policías más insignificantes, pasando por los altos mandos y terminando con los políticos, más preocupados por los resultados electorales que un escándalo derivado de un conflicto interno y tan serio, así como el desinterés por acceder a una investigación y posterior limpieza. La película anticipa en su comienzo la tragedia que supone la experiencia para su protagonista, un brillante comienzo, confuso pero contundente a la vez que avisa de las consecuencias. Frank Serpico, en ningún momento pretende ser un héroe, simplemente quiere realizar su trabajo con profesionalismo y disciplina, algo que no tardará en descubrir que es una tarea poco menos que imposible. Pacino en plena forma evidencia la capacidad del policía para actuar con corrección, a la vez que lo fusiona con su mundo personal, al que termina afectando de manera inevitable. Lumet retrata la sociedad del momento con buen criterio, la época del amor libre en el que las relaciones comenzaban con tanta rapidez como terminaban, en función muchas veces de intereses personales y sociales. Poco a poco la sombra del inicio se hace más patente, a medida que los acontecimientos se van transformando en una cruzada interminable que no augura un final feliz. El film promueve el cambio a través del valor de un sólo individuo, que con su predisposición puede sorprender lo que llega a conseguir. Lumet se encarga de homenajear a Serpico –y obviamente a los buenos policías, que los hay- a través de un guión que no es truculento en el que hasta el más mínimo detalle ha de tener una finalidad. Es una película a la antigua, con un cierto tono de documental, en el que la cámara se pone al servicio de una historia, ni más ni menos. No hacen falta giros ingeniosos ni diálogos ocurrentes cuando se narra con corrección una buena historia que en este caso además resulta ser parte de la vida real. Serpico es uno solo, sin ataduras, leal y tozudo. Es un perro que abandona sus dueños por una razón clara, cuando tiene hambre no le dan de comer, y cuando ocurre esto ladra, y vaya si ladra. No sé si es sucio, al menos lo parece. Lo definiría como un policía bohemio, con sus barbas, sus pelos y su jardín hecho basura a su gusto. Y un día recibe un sobre, lo suficiente para comprarse un buen automóvil de la época, pero no lo recibe. Un film para aquellos paladares que sepan disfrutar el cine con parsimonia. Lumet ya ha dado suficientes pruebas que viste despacio cuando hay prisa. La acción tiene lugar en NYC, a partir de febrero de 1971, con un largo "flashback" que recuerda la graduación en 1960 del protagonista y su incorporación al cuerpo de policía. La película desarrolla un relato policiaco con elementos dramáticos y de crimen. Frank Serpico, de 35 años, es un policía de NY íntegro e insobornable. La obra forma parte de la serie de films policiacos que Lumet ambienta en NY en los primeros meses de los años 70, como Supergolpe en Manhattan de 1971 y Tarde de perros de 1975 y otros. La denuncia de la corrupción, en particular la de la policía, es un tema recurrente en la filmografía del realizador, que en esta ocasión trata de manera extensa y prolija. La caracterización del protagonista se establece con precisión y detalle. Lumet había demostrado en obras anteriores su capacidad para el retrato de personajes complejos. Serpico trabaja con celo, aprecia la vida bohemia, lleva pelo largo, barba poblada y un gran bigote, es hijo de un zapatero napolitano, es inconformista, no quiere ser un héroe, viste de modo informal y desaliñado, y es sincero, recto y honesto. El guión aborda el tema del amor libre que rompió moldes y escandalizó a muchos en los años 70. Las relaciones de pareja se establecen y se rompen con rapidez y facilidad, en contraposición a las relaciones estables y codificadas de la pareja convencional. Lumet desarrolla un relato sobrio y austero, dotado de buen ritmo, que luce una notable eficacia narrativa. Apunta, sugiere y esboza situaciones y acontecimientos, sin detenerse en ellos más de lo estrictamente necesario. Se sirve de elipsis, sobrentendidos y de una loable economía de medios. Película que muestra que cuando el viejo Lumet no se excede en sus películas es capaz de mantener el equilibrio del relato y lo que es mejor, hacer disfrutar al espectador. También muestra que cuando Pacino se contiene y no sobreactúa está mucho mejor que cuando lo hace. Como lo señalé al comienzo, el tema no es otro que el de la “Corrupción policial”. Sabemos que la historia de Frank Serpico es real, y que como toda adaptación de hecho real a libro y posteriormente a película, ciertos detalles de veracidad se van perdiendo y entremezclando con anexos del autor, pero lo importante, lo más importante, es lo que queda y lo que nadie puede negar: la esencia, la idea que nos quiere transmitir la película. Notable Lumet, mejor Al Pacino.