









Una película como “Duelo de Asesinos” es un claro ejemplo de una fórmula poco explotada en el western convencional, porque fundamenta su historia en la falta de violencia constante, en la ausencia y negación de un odio desmedido, de ese funesto apasionamiento por la invasión y la destrucción que motiva el desagravio y la represalia, del infausto fanatismo por el robo y la delincuencia, y la luctuosa afán del asesinato por la espalda y a quemarropa. Y en este tipo de composición, el realizador David Von Ancken acierta con idoneidad e inteligencia, dejando adormitados los aspectos convencionales del género - el dolor, el disparo, la sangre, la venganza, la muerte etc. -, para solamente revivirlos en determinados momentos en donde tienen que quedar necesariamente instalados. Cuando vi la película me llamó a reflexión y quedé sorprendido gratamente del tino, la lucidez y la capacidad de discernimiento que logra Von Ancken tanto en la elaboración del guión como en su prolija realización, comprometiéndose desde un inicio en un western de formato liviano, sencillo, espontáneo, casi sin afectaciones innecesarias, melindres ni aspavientos, pero muy sustancioso en contenido, con un claro mensaje de fondo resaltando aquellos valores poco usuales rescatados en la mala y la buena época del género mismo, como la redención, la indulgencia, el remordimiento, la humanidad y la complacencia. Se parece en mucho a esa capacidad de estilizar o modernizar el género que tanto les hablé de Andrew Dominik. Hay un parentesco por lo menos en la intención.
“Duelo de Asesinos” es un western atractivo, seductor, fascinante, cautivador, emocionante, enternecedor, trágico, dramático y estridente, que vuelve a reafirmar el concepto que el género no tiene aún partida de defunción, aunque muchos lo quieran enterrar a la fuerza. Muy pocos géneros tan dúctiles y válidos para ejemplificar conflictos emocionales y al mismo tiempo entretener con suma sabiduría, erudición y cultura. Una estructura narrativa simple que parte de una concepción humana muy primaria, rudimentaria como la cacería y la conservación, motivadas por una leve especulación de revancha o una frívola sospecha de alguna deuda no honrada. Ese es todo el argumento principalísimo de esta historia rodeada de una admirable dirección y una interpretación extraordinaria de dos actores irlandeses, que descorchan y desbordan un talento dramático misterioso y secreto. Pierce Brosnan y Liam Neeson, dos fascinadores y dignos representantes de un género cinematográfico de aventuras y héroes, se juntan para hacer ambos y al mismo tiempo, de buenos o malos, de íntegros o despreciables, de justicieros o pecadores, de inocentes o culpables, partiendo de un escabroso convencimiento que el hombre es una criatura capaz de perseguir salvajemente hasta encontrar la presa imposible e imponer la obsecuencia y la docilidad, o hasta replegarse para defenderse brutalmente con las armas que la circunstancia o la casualidad le brinde. Pero en el fondo lo que gobierna la trama, lo que sacude el tejemaneje es lo embrionario, lo primitivo y lo elemental de su naturaleza, la caza, la supervivencia y la venganza.
La ópera prima de David Von Ancken trata precisamente de un ejercicio de contención narrativa y de una prodigiosa estética visual que ilumina enérgicamente un argumento que suele ser rebajado a lo manido, trillado, manoseado y vulgar, por quienes no entienden que una misma historia puede ser contada de mil maneras bajo distintas premisas y usando técnicas más aferradas a determinadas pautas específicas que a la generalidad recurrente. Es muy interesante cómo un realizador puede jugar tan ampliamente contrariando y confundiendo los rasgos morales de sus personajes principales haciendo una rotación de roles que parece intrascendente pero va construyendo la historia en común de dos tipos tan antagónicos pero tan parecidos, tan distantes pero tan cercanos, ambos justicieros solo confundidos por defender intereses opuestos por una guerra de secesión mutilante y descarnada, siendo la fatalidad quien los junta en el momento más inoportuno para empezar a destruir sus vidas que estaban curiosamente depositadas en un mismo ministerio del servicio, en un mismo punto del destino. El guión de Von Ancken tiene características muy llamativas y sugerentes. No requiere los consabidos obstáculos ni serpentines narrativos que enreden, compliquen y revuelvan lo que surge por su simplicidad y limpieza literaria. Para que hacernos la vida imposible si encontré el camino más abreviado y seguro para alcanzar mis objetivos cinematográficos. Si ustedes analizan bien la trama no encontrarán giros argumentales impostergables o descabellados nudos de acción para causar el impacto que cada secuencia y hasta cada escena nos llega a transmitir límpidamente o nítidamente.
Lo que nos ofrece Von Ancken a través de su hermoso largometraje es una fastuosa leyenda o alegoría acerca de la liberación, la emancipación y la redención más absoluta y apropiada. Un perfecto ejercicio ensayístico sobre los frutos o consecuencias que pueden llegar a acarrear la barbarie, el salvajismo y la crueldad más absurda. Muchos dirán, pero Pepe, el tipo quemó la casa donde estaban su mujer, su hijo y un recién nacido, como vas a perdonar o redimir a un sujeto que te despedazó la vida, las ilusiones de seguir adelante, que urdió hasta en la búsqueda de cinco caza recompensas para vengarse sin matarlo. Justamente es ahí, en el final, donde todos caen en el facilismo del desenlace lógico y previsible, creyendo que se quiebra la película y ésta no llega a ser un film estimable. Muy por el contrario, este desenlace es la instancia perfecta para afirmar el mensaje, para entender la misión, ese valor del hombre de bien que el cazador tenía en el alma, ese entendimiento enigmático, ininteligible y arcano de la naturaleza humana habiendo sido la víctima de tamaña desdicha, de una tristeza inigualable y de la adversidad más monstruosa. El ensueño, lo onírico, lo borroso, lo nublado se combina con la realidad, la entelequia, y la esencia para brindarnos un valor agregado altísimo, impagable a la historia. Estoy seguro que al mismísimo John Ford le hubiese llamado la atención y hubiera reflexionado al respecto.
Para finalizar, no quiero advertirles la trama, caer en el facilismo de contar lo que se debe observar, analizar si lo planteado en esta ocasión es un sentimiento de arraigo o desarraigo para con el género. Solo les puedo decir que es una película extraordinaria, porque nos brinda algunos desenlaces extras que no la hacen común y corriente, trillada ni manoseada, ni antes vista. Liam Neeson - “Kinsey”, “Gangs of New York”, “K-19: The Widowmaker”, “Michael Collins”, “Rob Roy” y “Schindler's List” -, y Pierce Brosnan - “Laws of Attraction”, “Evelyn”, “The Tailor of Panamá”, “The Thomas Crown Affair” y “Mrs. Doubtfire” - nunca habían estado tan convincentes, tan camaleónicos, son ellos dos quienes soportan estoicamente el peso de la película. No se pierdan tampoco la increíble aparición de una bellísima Angélica Huston, en la parte final y su incalculable significado en la componenda de las conciencias. Si les hablé maravillosamente de la fotografía del laureado Roger Deakins en el film de Andrew Dominik, Brad Pitt y Casey Affleck, “El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, tienen que ver esta dirección de fotografía, que siendo más simple es mucho más llamativa. El aprovechamiento de la luz natural y los contrastes con las fogatas, vistas panorámicamente, que realiza John Toll son estéticamente deliciosos. Les doy un buen dato. John Toll es el fotógrafo preferido de Terrence Malick. Saquen sus propias conclusiones. Para resumir, una excelente y entretenida película, con mucha forma, con mucho contenido, un guión simple y extrañamente conciso, unas interpretaciones dramáticas de primer orden, una realización llamativa por el ritmo y la cantidad de escenas magistralmente retratadas. Ojo, no es muy prolífico el duelo, algo lejano, sino los duelistas en sus interpretaciones individuales y gestos cuando están juntos. Lo mejor de la película, el final, una atmósfera de condiciones desérticas con un clímax cinematográficamente hermosísimo y magistral. Cada uno toma su camino por un destino diferente, la guerra no conduce a ningún lado y al final lo único que queda regado es lo que vemos en la última imagen, las armas. Hasta la próxima.
PEPE DERTEANO

































