viernes, 29 de agosto de 2008

“Novia por compromiso”, otra lección francesa de comedia inteligente.


















Hola a todos, esta vez quiero enfocar mi comentario hacia la comedia, uno de los más importantes y populares géneros, cuya misión imprescindible consiste en hacer reír, sonreír o deleitar, mediante la visualización y comprensión del humor en general, provocado por remedos, sarcasmos, chistes, bromas, picardías y jocosas situaciones comprometidas, que generen una sensación caricaturesca, ridícula y divertida de los personajes que intervienen y de la historia que se exponga. La película que hoy nos convoca es una comedia de origen francés, se titula “Novia por compromiso” – “La doublure”, en su idioma original -, y la dirige un conocido nuestro, Francis Veber, quien es considerado como una de las eminencias francesas del género. En Lima hemos tenido la oportunidad de apreciar dos de sus películas, “Le dîner de cons” en 1998, con el genial Jacques Villeret, recientemente fallecido, y “Le Placard” en el 2001 con Daniel Auteuil y Gérard Depardieu. Por mi parte he logrado ver otros 02 filmes, como “Tais-toi” con Gérard Depardieu y Jean Reno, y “Les Fugitifs” con el inigualable Pierre Richard. Francis Veber es un comediante por naturaleza genética, tiene la fabulosa costumbre de reírse de sus propias obras, siendo sus ideas y sus guiones comedidos, simplistas y sumamente pulcros. El cree fundamentalmente en la sonrisa inteligente y no en la carcajada fácil, por eso es que sus películas son argumentadas dentro de historias bastante serias con atmósferas muy reales. Veber es un obsesionado del ritmo y del tiempo cinematográfico, básicamente porque ha sido y es un escritor - muy estricto en la construcción de sus guiones -, antes que un realizador fílmico. Señala sin dudar, que es imposible que una buena comedia pueda durar más de 90 minutos y cuyo primer montaje debe de ser de 92 minutos como máximo, lo cual obliga tener 02 minutos de margen para acelerar el ritmo sin que haya despilfarro de película. No soporta a aquellos que filman 160 minutos, para luego editar 118 o 120 minutos. Laberintos de directores. Si bien es cierto que “La doublure” es una buena comedia, es quizás de aquellas demasiado correcta y algo enredada, pero sumamente entretenida y que está permanentemente robándonos una sonrisa en cada cruce de escena. No hay inclinación alguna a la vulgaridad, predomina la sencillez y el respeto por el espectador.

Hay que recordar algo importante. Francis Veber ha creado un personaje universal dentro de sus films, una especie de fetiche o amuleto, se trata de Francois Pignon y con ésta es la séptima vez que usa el mismo nombre para denominar al personaje principal de sus comedias. Pignon, suele ser un tipo de buen corazón, no tan dotado estéticamente, algo deslucido, y que le suele complicar con regularidad la vida a las personas que tiene a su alrededor, lógicamente sin desearlo. Han dado vida a Francois Pignon actores tan ilustres como Jacques Brel, Jacques Villeret y Danieul Auteuil, éste último en “El Closet”. Esta vez Pignon recae en el buen actor de origen marroquí, Gad Elmaleh, desconocido para nosotros, pero que emana mucha dulzura y gestualidad, hasta llegarse a convertir en lo mejor del filme. Francis Veber señala sonriente, que Pignon es un tipo delicado y distinguido, en cualquier faceta que le toque desempeñar, que no causa los entredichos ni los problemas, sino más bien parece emular a aquellos boxeadores que en cada pelea encajan el mayor número de golpes, pero que al final ganan las peleas.

Antes de entrar en un comentario muy escueto, pongo a consideración los antecedentes históricos de la comedia y sus variantes o desviaciones.

La comedia merece un lugar de honor en la historia del séptimo arte. Basta recordar la aparición de ese nuevo invento llamado cinematógrafo, para ofrecer distracción como cualquier otro espectáculo de feria. Y nada mejor que una sucesión de bromas y situaciones jocosas para conseguirlo. Louis Lumiere sienta las bases en 1895 con el primer chiste visual de la historia, “El regador regado”, pero apenas es consciente de lo que acaba de conseguir. Es el actor francés Max Linder quien intuye las posibilidades que el nuevo medio le ofrece con la creación de un tipo hierático y expresivo, que no pierde la compostura ni aun en las situaciones más extremas. Él es el primer gran cómico de la pantalla. Pero el cine americano enseguida asimila sus enseñanzas y la estrella de Linder languidece. A partir de 1912, y hasta 1930, la comedia vive su edad de oro de la mano del “slapstick” - locución inglesa compuesta por las palabras «torta» y «bastón» -, o lo que es lo mismo, la comedia burlesca edificada con la suma de gags visuales, persecuciones y pantomimas. El canadiense Mack Sennett, mucho ojito con esto, el desconocido descubridor de Charles Chaplin, es el lúcido artífice del ingenio con su guerra de tortas, vertiginosas carreras sobre tejados, y una burla constante de la figura del policía. Chaplin, a través de ese entrañable vagabundo llamado Charlot, incorpora la ternura en películas como “La quimera del oro” de 1925. Junto a él, Buster Keaton, «el actor de la cara de palo», se erige en el otro gran gigante del cine cómico mudo en “The General” de 1926. Pero con el cine sonoro, llega el fin del “slapstick” y muchos especialistas en el género desaparecen. El visionario Chaplin, que ya había marcado el camino a seguir en su película “A Woman of Paris” de 1923, se encuentra entre los supervivientes. Es la época de la «alta comedia» o «comedia sofisticada», ligera, mundana, elegante y satírica. Ernst Lubitsch es el rey, y su arte para las elipsis incrementa el erotismo de lo narrado - el llamado «toque Lubitsch» -. Los filmes “Trouble in Paradise” de 1932 y “Ninotchka” de 1939, son dos de sus obras maestras. George Cukor y Gregory La Cava siguen su estela en títulos como “Holiday” de 1938 y “My Man Godfrey” de 1936.

Paralelamente, se afianza la comedia musical como un género con personalidad propia y Howard Hawks se decanta por un estilo diferente, con personajes más cotidianos y un ritmo endiablado que lleva a los actores a pisarse los diálogos. Es la llamada comedia “screwball” - término inglés que significa «excéntrico» - que, tras “It Happened One Night” de 1934, realizada por Frank Capra y “Nothing Sacred” en 1937, de William A. Wellman, alcanza su máxima expresión en “His Girl Friday” de 1940. Por su parte, Preston Sturges mezcla realismo y “slapstick” en “Sullivan's Travels” de 1941 y los alocados hermanos Marx consolidan un estilo propio. También es la gran época de la comedia sentimental en la que Cary Grant, con realizadores como los ya citados Hawks y Cukor, impone la pauta. En Francia, tras esa joya llamada “La kermesse héroique” de Jacques Fevder, en 1935; la mudez de Jacques Tati en “Les vacances de Monsieur Hulot” en 1953, despierta carcajadas a rabiar. Inglaterra asiste al triunfo del humor descabellado de la Productora Ealing con títulos como “The Ladykillers” en 1955, de Alexander Mackendrick. En España nace la inolvidable “Bienvenido Mr. Marshall” en 1952, de Luís Berlanga, quien 09 años más tarde vuelve a la carga con “Plácido” y “El verdugo” en 1963, ambas guionadas por Rafael Azcona. Y la «comedia a la italiana» se burla de la situación de su propio país en “Rufufú” de Mario Monicelli, en 1958. En Hollywood otro descarrilado, esta vez Jerry Lewis, recupera el espíritu de Mack Sennett parodiando las frustraciones del americano medio. También Blake Edwards, a través de Peter Sellers, rememora la etapa dorada del cine mudo con “La Pantera Rosa” en 1964 y “La Fiesta Inolvidable” en 1968. Billy Wilder une a Jack Lemmon y Walter Matthau en el filme “The Fortune Cookie” en 1966, y se consolidan como pareja cómica - tradición inaugurada por «El gordo y el flaco» -. A partir de los 70 comienza la decadencia del género clásico y sólo algunos realizadores, como Peter Bogdanovich, responden a las expectativas despertadas por sus predecesores, con títulos como “The Last Picture Show”, “Paper Moon” o “Saint Jack”. Es de agradecer la aparición en escena de Woody Allen, un portentoso y prolífico talento que impone su propio estilo con la excepcional “Annie Hall” en 1979. Los 80 son la década de la comedia descerebrada juvenil, recuperada posteriormente por “American pie” en 1999, de los hermanos Weitz. También resurge el toque sentimental con “Cuando Harry encontró a Sally, de Rob Reiner, en 1989 y “Sleepless in Seattle” de Nora Ephron, en 1993. El panorama actual no es demasiado alentador aunque algunos, como los hermanos Farrelly, saben sacar lo mejor del histrionismo inherente a muchos cómicos como Ben Stiller en “The Heartbreak Kid”. También Frank Coraci aporta lo suyo con “Click” donde destaca Adam Sandler En Europa, la fina ironía de Nanni Moretti, la comedia social británica representada por “Full Monty” de Peter Cattaneo, en 1997, el deslumbrante ingenio francés personificado por “Amélie” de Jean-Pierre Jeunet, en 2001, y el toque español, necio, grosero e inculto de Pedro Almodóvar, todavía son argumentos valorados.

Antes de entrar de lleno a comentar brevemente esta comedia, quería mostrar mi estupor por conocer una mujer bellísima, desde la uña más pequeñita de sus dedos del pie hasta el pelo más largo de su hermosa cabellera. Su nombre es Alice Taglioni, tiene 31 años, irradia excelsitud física, contagiosa simpatía, naturalidad y una capacidad interpretativa que me dejó boquiabierto. Es alta, piernas muy largas, sensual hasta los huesos, pasando por su sonrisa hasta cuando la histeria la seduce, carilinda y rubia - el día que se tiña el cabello de color oscuro, va a ser la mejor y la más sexy de todas -. Interpreta a Elena, una famosa y envidiada top model enamorada. Pues bien, Pierre Levasseur es el personaje que interpreta el genial Daniel Auteuil. Un tipo hábil, no demasiado inteligente, ambicioso, de sentimientos fríos, indiferente e insatisfecho a pesar de amasar una fortuna muy considerable, pero que en un 60% le pertenece a su mujer Christine – por eso destaco lo de poco inteligente -, representada por la exótica beldad norteamericana Kristin Scott Thomas, una mujer calcada exactamente igual a su marido, codiciosa, muy inteligente, avispada y penetrante. Pierre, que anda con dos guardaespaldas, es un hombre de negocios y solo toma decisiones empresarias, no está en el día a día de la empresa que dirige, por lo tanto, como todo gerente exitoso de París o de Lima, pasa más tiempo fuera que dentro de la oficina. Veber le incrusta un problema laboral como en alguna de sus versiones anteriores. Tiene una relación amorosa con Elena que lo obsesiona y lo convierte en un celoso indigno. Hasta acá, una descripción simple de tres de los personajes de la historia.

Por el otro lado, Gad Elmaleh – lo mejor del filme -, que representa al séptimo Francois Pignon de Francis Veber. Trabaja como valet parking de un lujoso restaurante frente a la monumental torre Eiffel. Creo que más que un personaje es una especie de símbolo o código del bonachón anónimo, una especie de antihéroe urbano o citadino. Con un aire mezclado entre el torero español Manolete y al actor Buster Keaton. Tiene ojos salidos, mirada tierna y a la vez perdida. Es un tipo que destila nobleza y corrección, repudia los problemas pero tiene un cierto magnetismo para atraerlos. Vive con su compañero de trabajo, en un modesto departamento. Ambos son solteros y están a la caza. Pignon tiene padres encantadores, carismáticos, muy bien definidos, personas de clase media baja, muy sociables, de cultura intermedia y una enorme preocupación por el futuro de su hijo. El Padre de Pignon es un tipo insólito, colecciona nada menos que sacacorchos y lo han invitado a una conferencia para hablar de estos, sencillamente genial. Otros dos secundarios de lujo son el doctor del padre de Pignon. Un médico hipocondríaco, que cada vez que atiende a un paciente le sucede una enfermedad inesperada y pasajera. Su hija, es la chica que Pignon pretende, que ama desde la niñez y que aspira a convertirla en su esposa. Ella ha puesto un local donde vende de todo un poco, desde revistas a lapiceros. Tiene una empleada que más hace las veces de amiga cómplice. También actua, un secundario que hace de puente o cortina, y que vende celulares. Enamora de una forma poca habitual y tiene sus momentos de lucimiento. Finalmente, el abogado de Pierre Levasseur, un tipo que hace una interpretación de apoyo extraordinaria. Es el que le arregla todos los problemas al Jefe, desde los laborales hasta los sentimentales, tiene un tacto felino para predecir situaciones de conflicto y también de las otras. Después de Pignon, lo más auténtico del film.

Pues bien, hecha la presentación de los ingredientes, intentemos hacer la mezcla del pastel, para que ustedes lo observen y digan si está bien hecha o no. Pierre está ilusionado con Elena, porque es su juguete de ocasión. Elena está enamorada de Pierre y de su cuenta bancaria, ambos han consentido en que pronto estarán juntos para siempre, cuando nuestro hombre de negocios multimillonarios se divorcie de Christine. Se ven a escondidas, tienen un lugar específico para hacerlo, muy reservado, como todo ejecutivo – repito -, de París o de Lima. En uno de sus encuentros, coinciden en un mismo punto, Elena, Pierre, Pignon y un tipo que pasaba por ahí – sale 02 veces en la película y en momentos estelares, sobretodo al final del film -, que resultó ser un fotógrafo de revistas para famosos, uno de esos paparazzi. Inmediatamente, toma una placa y la publica en la revista. Ahí es donde realmente comienza a desarrollarse la trama. Pierre busca la forma de negarlo y su mujer de pescarlo. El bendito abogado arma un romance ficticio, pagado entre Pignon y Elena - a la diva le depositan 20’000,000 de Euros y a Pignon 32,000 y centavos - , que tendrán que fingir estar enamorados para impedir que los ayudantes de Christine puedan descubrir el bochorno.

Si algo me llamó la atención de esta película es lo bien estructurada que está. Francis Veber, es un autor cómico serio, aunque la frase parezca impertinente. Su cinematografía es bastante fácil, sin nudos, ni sorpresas que hagan del asombro una constante, no tiene segundas lecturas y se dirige eficientemente al entretenimiento. Lo señalé al principio, busca la sonrisa inteligente y no la carcajada fácil o estruendosa. Una táctica comercial infalible. Además no te sirve el plato en exceso y rebosante, te brinda 85 minutos de filmación parejos, sin mayores subidas o bajadas. Ahora, si bien es cierto que la película es buena y nos roba muchas sonrisas, me parece que no le logra sacar todo el provecho que podría haber explotado a su historia. Hay aspectos que quedan algo inconclusos, sobretodo con los actores secundarios, que cuando aparecen realzan el guión en forma prodigiosa. Ese es un acierto y se vislumbra prolijo. Usa mucho a sus secundarios y protege a los protagónicos con los argumentos planteados por los de apoyo. Si hay algo para criticar sería esto y que no logra compenetración entre Daniel Auteuil y Kristin Scott Thomas, cosa rara, porque ambos son muy buenos profesionales y sumamente versátiles. En cuanto a las escenas, estas se van sucediendo mediante un torrente de enfrentamientos muy cómicos y entretenidos. Historias que van y vienen, que se confunden y entrelazan por algún motivo o casualidad. Diálogos bien pensados y expuestos. Les dejo el resto para que puedan observarlo y divertirse.

En resumen, Francis Veber nos entrega una comedia divertida, de su propia cosecha o patente fílmica, muy agradable sin llegar a ser una maravilla narrativa ni visual. Nos trata de enredar con situaciones bien elaboradas, sumamente comedidas y se mofa decididamente de los hombres de negocios, de las hermosas modelos y de muchas cosas más, luciendo orgulloso su trofeo llamado Pignon, quien finalmente nos va llevando por esta nueva comedia francesa con delicadeza y corrección. Un film recomendable para reposar sonriendo y entretenerse de una manera especial. Espero sus comentarios. Hasta la próxima.


PEPE DERTEANO

jueves, 21 de agosto de 2008

Buscando el mejor film de todos los tiempos en nuestro blog.




Tal como lo habíamos señalado en anteriores oportunidades, me seducía hacer una entrada con el propósito que todos los integrantes del blog, sumadas las personas que nos leen, pero no escriben, podamos encontrar en conjunto “la mejor película de la cinematografía mundial de todos los tiempos”. Si bien es cierto que pareciera una tarea arriesgada por la diversidad de variables que componen el universo demográfico de nuestros bloggistas, demostrado en los 02 concursos que hemos realizado, sería todo un reto poder encontrar aquella película que nos cautivó en alguna etapa de nuestra vida. En esta publicación no tiene porqué haber límites en lo referente a las preferencias o gustos cinematográficos de cada uno de ustedes. Cada uno podrá poner, sin temor a la extravagancia o lo irrisorio, la película que considere la mejor, de acuerdo a la traza mental de subjetivismo que siempre está presente en estos eventos. No se olviden que absolutamente todo en materia cinematográfica es subjetivo, abstracto, nadie pontifica sobre el tema y menos impone un criterio de selección. Lo que deseo es que cada quien exprese de acuerdo al título que quiera, un sentimiento, aquel que se justifica en el interior de cada uno de nuestro sub-consciente cinematográfico. No hay explicaciones ni porqués. Sólo apostemos a satisfacer una curiosidad general emitiendo el título de la película. Ejemplo; “La Vida es Bella”. Nada más, sin comentario alguno... Quizás al final de la votación exista una tendencia y alguna explicación que cada uno interpretará a su manera. Es todo un desafío el coincidir o discrepar, pero una hermosa forma de comunicarnos y lograr establecer, juntos y revueltos, la mejor película de toda la historia del cine, aquella que será la bandera del blog de todos ustedes, pese a quien le pese y a pesar de cualesquier crítica posterior. El único requisito es animarse a colocar su preferencia. Un abrazo a los caballeros y un beso para las damas. Les pongo algunos carteles de películas simplemente porque no se me ocurre que colocarles. Finalmente a los bloggistas que tengo registrados con sus e-mails, les he enviado un correo de recordación y de paso para que animen a sus amigos a participar.

jueves, 14 de agosto de 2008

“3:10 Misión Peligrosa”. Un merecido y excepcional homenaje al western clásico.



















Hoy nos toca comentar otra excelente película del género western, “3:10 Misión Peligrosa” - absurdo título en castellano - , del realizador norteamericano James Mangold - “3:10 to Yuma” -, título original del film realizado en Nuevo Mexico el año pasado y que se basa en un filme del mismo título en inglés, dirigido en 1957 por Delmer Daves y nada menos que con las actuaciones del gran actor Glenn Ford y el notable secundario Van Heflin. Este 2008 en nuestra cartelera hemos podido apreciar tres films del género western. Dos de ellas, se comentaron ampliamente en nuestro blog, “El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” y “Duelo de Asesinos”. En el primero de los casos, una lúcida estilización psicológica de una propuesta no convencional de películas del viejo oeste y en el segundo, un apasionante y conmovedor relato de una persecución donde el salvajismo y la redención constituyen sus pilares fundamentales. En la publicación que hicimos de la estilizada propuesta de Andrew Dominik, se hace una copiosa explicación del género y su desarrollo a lo largo del tiempo y de su época de esplendor. Inclusive contábamos como anécdota, que la primera película que se rodó de este género - genuinamente norteamericano -, fue “'El gran asalto del tren” o “The Great Train Robbery”, hecha en 1903, por el padre del cine western, Edwin Stanton Porter. La Película duraba 08 minutos, constaba de 08 secuencias de 01 minuto cada una, y utilizó solamente 10 planos fijos durante su filmación. Su última escena, un primer plano de un pistolero disparando sus armas hacia el espectador, causó una impresión de sorpresa y admiración nunca antes vista. Este cortometraje influyó notoriamente en el espectacular desarrollo de la cinematografía norteamericana, y contribuyó a que el Western, se convirtiera en un pasatiempo de aceptación masiva, al margen que reflejaba una forma de vida que se forjaba prácticamente de la nada. Las pequeñas salas de cine, conocidas como los nickelodeons - teatros hechos con banquetas volantes de madera, que se aumentaban y acomodaban según el número de espectadores asistentes, y que costaba 05 centavos de dólar, se extendieron por todos los estados federativos surgiendo el cine como una poderosa industria del entretenimiento popular. También dimos una lista de algunas películas de vaqueros que considerábamos imprescindibles de ver para conocer los pormenores de éste peculiar género, que a lo largo de los años ha sufrido las inclemencias de críticos y espectadores hasta quedar casi en el olvido de productores y directores cinematográficos. Sin embargo, como contradiciéndose a si mismo, en el año 2005, el prestigioso director chino Ang Lee realizó un magnífico experimento de actualización del género colgándole una inusitada y verosímil historia de amor de dos vaqueros norteamericanos en su notable película “Brokeback Mountain” – Ang Lee ya lo había intentado con “Ride With the Devil” en 1999, sin suerte, aunque es un buen film -, llevando su propuesta a lugares estelares e insospechados de los festivales internacionales más prestigiosos y de la crítica en general. Muchos se dieron cuenta que la violencia no era necesariamente una simbología a perpetuidad de los “cowboys”, sino que se podían contar historias con orientaciones diferentes. En ese sentido quisiera recordar que el enfoque de los productores del film “El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, se ajusta a este criterio y le sugieren al guionista y director, Andrew Dominik, un tratamiento no convencional con el género Western, y que la mejor estrategia para lograrlo, se fundamente en la estilización del ofrecimiento fílmico, buscando agregarle una serie de matices, calibrando con artesanal delicadeza los sonidos, imágenes y diálogos renovados, pero que no se alejen del verdadero corazón de las películas de vaqueros tradicionales, priorizando los personajes sobre la historia. El director neozelandés acierta realizando una película especialmente cuidada, protegida, con los objetivos claros, definidos y logrando una estilización del género que sorprendió y a la vez agradó. Dominik nos hizo olvidar el estigma, que aquellas películas del oeste de antaño, habían posicionado en sus seguidores y que perjudicó, con el transcurrir del tiempo, al género original, porque perdió comunicación y sentido para con el gran público, y estaba condenado a lo inmemorial. Dominik, disparó un intento arriesgado, pero matemáticamente calculado, sin minimalismos y evaluando con rigor y objetividad, toda posible conceptualización, por más inútil que pueda parecer. Lo mismo tendría que decir del film “Duelo de Asesinos”, que me agradó e impactó de mejor manera que el largometraje de Dominik, por darle una diversidad de sensaciones a través de una persecución incesante, con la dosis de acción y negrura que tienen que estar siempre presentes en un Western además de proponernos un final inaudito, matizado con toda la gama de posibilidades que la cinematografía le brinda a un realizador. Cuando comenté esta película decía lo siguiente; “es un western atractivo, seductor, fascinante, cautivador, emocionante, enternecedor, trágico, dramático y estridente, que vuelve a reafirmar el concepto que el género no tiene aún partida de defunción, aunque muchos lo quieran enterrar a la fuerza. Muy pocos géneros tan dúctiles y válidos para ejemplificar conflictos emocionales y al mismo tiempo entretener con suma sabiduría, erudición y cultura. Una estructura narrativa simple que parte de una concepción humana muy primaria, casi rudimentaria como la cacería y la conservación, motivadas por una leve especulación de revancha o una frívola sospecha de alguna deuda no honrada. Ese es todo el argumento principalísimo de esta historia rodeada de una admirable dirección y una interpretación extraordinaria de dos actores irlandeses, que descorchan y desbordan un talento dramático, misterioso y secreto. Pierce Brosnan y Liam Neeson, dos fascinadores y dignos representantes de un género cinematográfico de aventuras y héroes, se juntan para hacer ambos y al mismo tiempo, de buenos o malos, de íntegros o despreciables, de justicieros o pecadores, de inocentes o culpables, partiendo de un escabroso convencimiento que el hombre es una criatura capaz de perseguir salvajemente hasta encontrar la presa imposible e imponer la obsecuencia y la docilidad, o hasta replegarse para defenderse brutalmente con las armas que la circunstancia o la casualidad le brinde. Pero en el fondo lo que gobierna la trama, lo que sacude el tejemaneje es lo embrionario, lo primitivo y lo elemental de su naturaleza, la caza, la supervivencia y la venganza”.

Por lo tanto, dos generosos y esforzados intentos para que la sangre del Western siga siendo color tierra, olor pólvora y se mantenga con vida, agregandole genialidad e imaginación como lo hacía el inolvidable John Ford, el más grande de todos los creadores de películas de vaqueros. Orson Welles siempre repetía, con o sin alcohol en el cuerpo, que para él los tres más didácticos y fabulosos directores de cine eran, John Ford, John Ford y John Ford. Hoy nos convoca otro estilo, un tratamiento más cercano al western clásico, al embrión del género, con una trama casi similar al film original de 1957, pero dotado de otras coyunturas modernas que han mejorado notablemente los eventos técnicos como el color – elemental pero esencial -, el sonido y la banda sonora principalmente, aunque la versión original creo que no ha podido ser superada en lo argumental ni en lo interpretativo. Apuesto por una beneficiosa paridad en lo integral, general y entero.

En 1957, Delmer Daves, un director de cine no tan prolífico ni famoso, pero de un reconocido talento, lleva a la pantalla del blanco y negro una de las películas del oeste más importantes de los años 50, período en el cual, sin perder los parámetros tradicionales que delimitaban el género - especialmente tras el final de la segunda guerra mundial -, algunos enfoques del western alcanzaron una proyección esencialmente psicológica por su profundidad y complejidad que ayudaban a madurar las clásicas propuestas e inundar la mitología del género con lirismos acompañando la exaltación y la introspección sobre personajes solitarios, de difícil integración, generalmente antihéroes, abrumados por la amargura, la melancolía y las permanentes contradicciones emocionales que los situaban en difíciles conflictos interpersonales y grupales. Daves lo sabía, y entendía que ya no solamente se trataba del simple arrebato varonil tan característico del género, sino de la incorporación del enfrentamiento entre el drama y la tensión en su grado máximo, mantenido con un pulso narrativo brioso y diálogos secos, cortantes, amenazadores, imbuidos en muchas ocasiones de cinismo e ironía, que remueven las debilidades y fortalezas de un completo muestrario de personajes, en sus deseos, en sus desencantos, en sus odios, en sus desencuentros, en sus celos, en sus pasiones. Delmer Daves en “3:10 to Yuma”, se acerca con sutileza y hasta admiración al primer western psicológico realizado en 1939 por John Ford, “Stagecoach” o “La Diligencia”, que aunque parezca mentira, ya en ese año, encontraba al género venido a menos. Gracias a esta película, John Ford consiguió resucitarlo y ponerlo de nuevo en las más altas esferas de la calidad artística y la aceptación popular. Así, en "Stagecoach" no sólo comienza un épico viaje de un grupo de personajes a través del Monument Valley o Desierto Norteamericano, sino que ventila las disímiles personalidades de los ocupantes de una pequeña diligencia. Daves también nutre su composición de películas notables y referenciales del western psicológico como “High Noon” de 1952 y “Shane” al año siguiente. "3:10 to Yuma" se lanza en el año 1957 con la participación de Glenn Ford y Van Heflin, dos actores de mucho renombre y vagaje en el género. La compenetración que logran tanto Glenn Ford como Van Heflin son de un nivel llamativo, brillante y conmovedor. Cazador y presa frente a frente, haciendo de la convivencia un deleite visual de notables proporciones. Por eso llamó la atención en esa época la película de Daves, porque el magistral juego de caracteres entre ambos protagonistas, la sensación de dependencia, casi de amistad, de admiración del uno por el otro, que se logra crear entre ambos, es el motor y hasta la carrocería de todo el film, las constantes y atractivas ofertas de liberación de un maniático encantador como Ford y las dudas existenciales y financieras del honrado Van Heflin, tentado por el mismo demonio que tiene en frente, pero en forma de desvergonzado y carismático manipulador, nos hacen observar un soberbio duelo interpretativo. Como señalaba John Ford, el western es el género donde se estrechan la mano el mito y la realidad.

Pues bien, “3:10 Misión Peligrosa” no difiere mucho de lo ya comentado. 50 años después, el ecléctico neoyorkino James Mangold, nos brinda desde una perspectiva recapituladora y reflexiva del género, una prodigiosa y memorable amalgama de las diferentes épocas por las que ha transitado la imaginación de los grandes propulsores de las películas de vaqueros, desde Edwin Stanton Porter, pasando por Frank Lloyd, John Ford, Fred Zinnemann, Sergio Leone, Sam Peckinpah, Clint Eastwood, Kevin Costner, Ang Lee y porqué no, hasta Andrew Dominik y David Von Ancken. Mangold busca y consigue retomar el estilo clásico del género, permitiéndose licencias comprensibles del cine moderno – sin sacar funesto provecho, sellos ni lucimientos personales -, y anteponiendo al semblante estético y visual, la contundencia de la narración, sin mayor aspiración o pretexto que el de ordenarnos el género, recrearlo como realmente fue, y que se mecía atormentado entre lo aleatorio y lo irrebatible, lo subrepticio y lo manifiesto, para devolvernos las sensaciones de siempre, lo mágico de sus historias de conquista y violencia, de aquella lucha entre el bien contra el mal, de resolver las cosas como los códigos del viejo oeste lo señalaban. Un homenaje cautivador al cine de los viejos maestros que hicieron con algunos caballos, carretas, hombres buenos, malos y pueblos que parecían de cartón corrugado, una tradición, un elemento infaltable en el entretenimiento de los adeptos al más puro y emotivo cine de todos los tiempos; sin exhibicionismos, poniendo sobre el tapete el viejo lema de contar historias simples con emociones complejas o viceversa. James Mangold logra algo que hay que destacar, es recónditamente respetuoso de la versión original que dirigió Delmer Daves, y eso hoy por hoy, donde el remake modificado aparece como el argumento perfecto de los críticos y opinantes sin ideas, es una actitud de desprendimiento plena y admirable.

James Mangold no comienza su película como lo hiciera Delmer Daves, quien empieza la suya, con una gran toma fija panorámica desde donde se extiende la lejanía de una diligencia que se acercaba a paso certero surcando las arenas de un camino previamente marcado dentro del inmenso y desolado Monument Valley, transportando el dinero - celosamente custodiado por los llamados Pinkertos o guardias de seguridad -, recaudado para la construcción del ferrocarril. Una escena memorable, plena de sabiduría fílmica, diría que imposible de borrarla de nuestra memoria. Mangold prefiere empezar directamente con una secuencia psicológica imponiendo primeros planos que se conjugan en la serena apacibilidad de la madrugada en el hogar de unos humildes rancheros, enfocando a la esposa y a los dos hijos de uno de los protagonistas principales, Dan Evans – representado por Christian Bale -. James Mangold con astucia, conocimiento y percepción, nos lleva hacia el hijo mayor de Evans, William, un adolescente de carácter fuerte y decidido, quien enciende un fósforo porque la quietud y el sosiego del entorno lo hace cómplice de un presentimiento. Entre sus pertenencias se divisa una revista de fines de 1800, titulada “The Deadly Outlaw”, un comic de aventuras entre pistoleros y fugitivos donde solía predominar el espectáculo de la vida y la muerte, de lo injusto y de lo ecuánime, una clara alerta referencial de cómo se había formado la leyenda del viejo oeste. El joven Evans va tomando conciencia o imaginando lo que significaba la violencia, el coraje y la deshonra, y de que forma éstas se podrían presentar en el futuro, además de ir haciéndose las preguntas de rigor con respecto a su disminuido padre, quizás comparándolo con el héroe que su mente proyectaba. Pero la trama da un giro de tuerca brutal, pasando de la calma a la violencia tan solo en instantes, cuando los matones de un acreedor bancario de Evans incendian su granero advirtiéndosele que en el próximo incumplimiento quemarían la casa donde vivía la familia Evans, por su hijo menor, que al sufrir de tuberculosis muy pequeño, decidieron un lugar alejado. Dan Evans tiene un pie ortopédico por un accidente fortuito causado por un compañero de armas en la guerra de secesión. Sus limitaciones físicas son evidentes – hecho que no tiene la película de Delmer Daves -, aunque su autoestima y valentía la convierte en ridícula. William, el ávido lector de aventuras, sale presuroso a salvar los caballos y sus monturas con riesgo evidente. Su madre y su hermano menor son testigos del arrojo y bravura del muchacho, quien en pocos minutos ha pasado de lector a protagonista de una circunstancia apremiante de la vida real. Se nota el orgullo del padre y también la desilusión contenida de un hijo, que sin embargo, con el transcurrir del film, le va teniendo mucha admiración y respeto. También hay una conversación muy atinada entre Evans y su mujer, porque el sarcasmo y la reprimenda se enfrentan con gran tino. Bale, con sumo talento se va acercando a la naturalidad de Van Heflin, pero es de lejos mejor actor. Un gran comienzo de Mangold, que se aleja notoriamente de lo crepuscular para adentrarnos en el infierno psicológico de una familia disfuncional donde sobra el honor, la probidad y la entereza pero faltan los medios económicos para poder forjar un destino mejor. Dan Evans está dispuesto a todo y así se lo hace saber al menor de sus hijos. La sensación de peligro y de violencia queda instalada desde el principio en el film, casi estampada como un sello humeante de continuidad.

De pronto un retrato que impacta pero que no sorprende. El rostro imperturbable de Russell Crowe, quien personifica al jefe de la pandilla, un tal Ben Wades, leyenda viviente de los legendarios ladrones de diligencias. Crowe tiene un papel y un lápiz y se encuentra dibujando a la perfección un águila posada sobre unas ramas secas. No parece un delincuente, menos el imaginario asesino despiadado del viejo oeste. Todo lo contrario, su gesto es inquebrantable, amagando con esbozar una sonrisa que nunca llega. Poseedor de una personalidad muy singular y una imagen de tranquilidad que asombra. Llega uno de sus secuaces, Charlie Prince, el más sanguinario y desconfiado, aunque dejando la impresión de un comportamiento amanerado cuando de usar las palabras se trata. Lo interpreta Ben Foster y está realmente portentoso. Le comunica al jefe que se acerca la diligencia, que está fuertemente armada, el águila toma vuelo como repudiando lo que viene, Crowe sin inmutarse agita su caballo y se dirige a tomar la posición que le corresponde en lo alto de una colina. Su rostro sigue como cuando dibujaba, concentrado, firme e impasible.

En este momento el film entra en una secuencia puramente de acción al producirse el asalto a la diligencia. Sin duda una escena tan emocionante como cualquiera de las mejores que se hayan elaborado en las grandes películas de acción. La emboscada que la pandilla de Ben Wade le impone a la diligencia comandada por un viejo cazarecompensas, Peter Fonda no llega a resultar del todo efectiva, porque la misma venía armada hasta los dientes, con ametralladora incluida, y estaban al tanto que Wade los iba a asaltar por veintidoceava oportunidad. Se producen disparos, hay bajas de ambos lados, pero el deseado botín se defendía con honor y decisión. En un determinado momento de la trifulca, Peter Fonda le dispara a un vaquero usurpador, justo en un bolso donde este guardaba varios cartuchos de dinamita, lo que genera un efecto visual muy atractivo y novedoso al explotar y volar por los aires tanto el pillo como su caballo. Pero Mangold le pone suspenso a la acción, la va llevando hasta los límites en donde impone la sensación que la diligencia pueda salvarse, cuando aparece Ben Wade bajando de la colina junto a una manada de vacas que la interpone en el trayecto de la diligencia y la hace volcar aparatosamente. Luego, Charlie Prince acaba matando a mansalva a los Pinkertons que aún estaban con vida e hiriendo al personaje de Peter Fonda. Al momento en que Wade dispone sacar el dinero de la diligencia, se produce una escaramuza en la que Wade con una rapidez insólita dispara contra uno de sus hombres, al que llama traidor, y uno de los Pinkertons. Dan Evans y sus hijos estaban en una colina mirando la escena, siendo justamente sus vacas las que causaron el desastre de la diligencia. William Evans, al ver disparar a Wade exclama con admiración ¡es muy rápido!, como repasando mentalmente las aventuras de sus comics favoritos.

Es en este momento del film donde se produce el primer encuentro entre Dan Evans y Ben Wade, siendo el origen del contenido principal de la propuesta de Mangold, la relación que se logra desarrollar entre Wade y Evans, que comentaremos al final. Ambos con firmeza y respeto se brindan las explicaciones del caso, aunque Wade le pide prestado los 03 caballos a Evans, le dice que no le interesa su ganado y que los caballos los encontrará en determinado lugar. Posteriormente se van produciendo escenas propias del film, de engaño, de romance en una taberna, donde Wade vuelve a repetir su habilidad de dibujante, hasta que Evans sin quererlo, va en búsqueda del acreedor y se encuentra con Wade que terminaba de tener una sesión de placer circunstancial. Ahí es donde se produce la captura de Wade por parte del Alguacil del pueblo y sus hombres, y toda la posterior argumentación en donde Evans, para resolver sus problemas financieros, acepta participar en la escolta del peligroso ladrón y asesino al pueblo de Contention, donde deberá ser puesto en el tren de las 3:10 con destino a la prisión de Yuma, en donde Wade ya había estado en dos oportunidades y en ambas logró escaparse. A medida que transcurre la historia se producen muchas escenas emocionantes, con grandes diálogos entre Evans y Wade, locaciones adecuadas etc, que obviaré comentarlas porque forman parte del entorno en que cada personaje va gestando con suma corrección la trama de un guión plagado de aciertos y acciones perfectamente hilvanadas. Además es importante que ustedes vayan siguiéndole el ritmo y la calidad de la realización en que nos envuelve Mangold y logren disfrutar de una excelente propuesta.

Quería referirme a lo que sin duda alguna es lo más atractivo de la película. Me refiero a las interpretaciones tanto de Russell Crowe como de Christian Bale – ambos notables actores -, y a la muy interesante empatía artística que se nota en pantalla cuando están actuando juntos y nada menos que en roles contrapuestos, necesitando uno del talento del otro para haber logrado tamaña complementariedad. Se producen varias escenas en que las van desarrollando exclusivamente entre ambos y logran destilar una sensación de ser un todo y no dos actores en pugna. Yo diría que el amarre interpretativo de ambos es un personaje más del film. Esta correspondencia o articulación entre protagonista-antagonista no suele ser una tarea fácil y viable de ejecutar. Acá normalmente, tiene que existir desprendimiento por parte de los actores, compatibilidad de caracteres y un esfuerzo compartido para intentar lograr el convencimiento, la certeza y la admiración del espectador. También tiene incidencia directa en plasmar este objetivo cinematográfico, tanto la dirección de actores y fundamentalmente un guión que logre establecer los momentos claves en donde se van a intercambiar miradas, gestos, diálogos y el contenido de los mismos. Estoy seguro que ambos actores han debido de observar y estudiar la versión original para poder lograr lo que también se puede apreciar entre Glenn Ford y Van Heflin, es decir un acoplamiento muy particular. En “3:10 Misión Peligrosa” la compenetración de Crowe y Bale es sin temor a equivocarnos certidumbre absoluta, una lección para disfrutar y elogiar. Ahora, simplemente una observación totalmente subjetiva, pero que la podemos conversar en los posts, individualmente lo percibo más convincente a Bale que a Crowe, aunque éste se nota que es un actor más completo. Y no me estoy amparando en la doctrina del bien contra el mal, ni en que Bale es un humilde ranchero y Crowe un simpático villano. Es pura apreciación cinematográfica, por supuesto que basado en lo indeterminado, neutro, vago, genérico, impreciso, inconcreto, indefinido, incierto, impersonal, es decir, en lo abstracto.

Para terminar, una excelente propuesta de James Mangold, que prioriza las interpretaciones a la historia, que relata con sencillez y consistencia, un guión a la medida de Rusell Crowe y Christian Bale aunque se trate de un remake. Dos lujos del film, la edición de sonidos y la banda sonora. Todo lo demás es preciso y sin excesos, demostrando realismo y naturalidad, como el maestro John Ford propiciaba en sus maravillosos westerns. Algo más para rescatar, la relación entre padre e hijo, simplemente fantástica. No se la pierdan. Hasta la próxima.


PEPE DERTEANO