









CRIMEN OCULTO - Gus Van Sant 2007
Una explanada despejada de un parque mítico e ilegal que convoca a adolescentes para practicar con estimable destreza el resbaladizo e indócil skateboarding. La minuciosa cámara de Gus Van Sant dispara punzante una toma infalible, contundente e irrechazable retratando un contrapicado riguroso, mientras apunta al vacío y en la parte inferior del encuadre se exhibe un graffiti deteriorado e incomprensible. En ese mismo instante la cámara invierte el plano insonorizado y enfoca una camada de diestros skaters que nos deleitan plasmando con astuto y ladino estilo, imponentes bocetos malabáricos y calculados cruces ordenados de uno en uno, retozando en una armoniosa sucesión de arriesgadas piruetas, registradas de forma prodigiosa por un imponente slow motion o ralentizado que dramatiza y va poetizando el movimiento y que se manifiestan inacabables. Van Sant obliga a su inquieta cámara que no los encuadre permanentemente, que los saque asolapadamente de escena, pero ésta se mantiene ahí, indemne e invulnerable contemplando el cotidiano desafío de forma apacible, con todo el tiempo que le ofrece la sapiencia de la angulación perfecta. Queda afuera lo impulsivo de un lugar proclive a la violencia, el desorden y el descontrol, lo iracundo de la pasión juvenil, el vaivén de la competencia por la nada o por el todo, la vehemencia impía y desbordada de los cuerpos desconocidos predispuestos a lo hostil, los pugilatos se estriñen y las escaramuzas se adormitan, abstraídas y embrolladas. Ha regresado el verdadero Van Sant, el que transpira adolescencia, el que registra el trasfondo parsimonioso de cualesquier plano que involucra la apatía o la simpatía del ser humano, noble o innoble, el que todo lo hace simple y lo transmite de igual manera, ese realizador que separa al adolescente que nos encandila con sus cautelosas emociones, tranquilizantes reflexiones de aquel que nos amenaza con su repugnante proceder. Van Sant nos enseña con erudición que cada quien tiene una historia oscura que se oculta entre la culpa y el miedo, que nos vuelve presa fácil de lo paranoico y de lo obsesivo. No nos engaña, no nos hace trampa ni nos confunde con la imagen, la muestra tal como es, limpia, impura y salvajemente brutal a la vez.
Gus Van Sant a través de “Paranoid Park” –una película de evidente talante psicológico- nos estremece testimonialmente con la historia de un adolescente disfuncional –inseguro y acomplejado- incrustado pasivamente en el mundo de los skaters más competentes cuya destreza lo seduce, lo encandila, percibe una hermética admiración ambicionando estar entre ellos porque lo entretiene, lo complace, lo siente como parte de su vida, esa vida que Van Sant simboliza con un retrato sencillo de un hecho fortuito, sin sentido, pero presente en la corta existencia de Alex, nuestro simpático protagonista, que hace gala de un sosiego casi angustioso e inquietante como el mismo drama que teje el llamado “indie” norteamericano en esta última propuesta tan prolijamente inclinada a lo maravilloso de esa adolescencia que todos disfrutamos alguna vez. Gus Van Sant hace que lo inesperado tome forma y contenido cuando Alex comete una acción divertida -propia de su inocencia- pero imprudente subiéndose a un tren de carga en movimiento. Un policía lo descubre, corre en su búsqueda y en un leve amago de escaramuza Alex golpea con el skate al guardia quien resbala a la vía contraria y es atropellado en una escena terrible, de esas sicalípticas que Van Sant acomoda con justeza meridiana. La suerte de Alex cambia por completo, y es ahí donde la película se desnuda, impresiona, conmueve y nos demuestra que se puede hacer un ejercicio de cine nuevo y diferente, con más silencios que diálogos provistos de incoherencias. Alex nos narra a través de una estética visualmente impactante y su voz en off -entrelazada con un diario depositario de sus reflexiones- como va sorteando lo que el destino le puso inclemente sobre sus espaldas. A tan corta edad y con la monumental tarea de poder controlar emociones tan agudas pasando por pruebas traumáticas, contusiones mentales sangrantes que hierven en rabia y miedo contenidos. Gus Van Sant no nos relata la historia de un dios o un semidiós con poderes sobrenaturales, ni héroes, antihéroes o villanos, es simplemente un adolescente que tiene que aplicar la tranquilidad, la apatía y la insensibilidad de un viejo negligente, cabalgador de inmoralidades e indolencias así como despiadadas tretas de supervivencia. El virtuosismo, ese detalle inamovible en la personalidad ingeniosa de Gus Van Sant –que se escabulle horrorizado de la narrativa y lenguaje cinematográfico llenos de tanto convencionalismo y rutina- se siente cuando en vez de aniquilar a su personaje, lo deja caminar emancipado, desarrollar su independencia e individualismo interior, que se supone vacío, explorando en la propia experiencia que tarda en llegar pero que él acelera y logra aquilatar para poder usarla como una herramienta de descargo, lo deja buscar aquellas fórmulas en que su redención puede emerger, lo baña con ese océano de humanidad que normalmente los jóvenes no coleccionan ni decantan, lo hace actuar fuera de todo contexto posible que lo influencie porque la calma de Alex no lo permite, es más, se aleja y se acerca de su propia realidad con una aparente incuria, su mundo es propio y no ajeno, va ordenando deliciosamente sus prioridades –cada cosa en su sitio-, nadie sabe que es lo que va a suceder ni cuales serán algunas reacciones que desencadenen el desenlace final de su historia.
Cabe mencionar la imponente fotografía de Christopher Doyle –ese mismo que hace magia con Wong Kar-Wai- que retrata de forma magistral esa suculenta y extraordinaria internalización del debutante Gabe Nevins o Alex. Mucho ojo con las memorables canciones, “Rugrada sui ranocchi”, “Il gianno Della fale”, “Il arcobaleno per Giulietta” y “La portiana segreta”, todas de Nina Rota y extraídas del film “Giulietta de los espíritus” o “Giulietta degli spiriti” de Federico Fellini y la bellísima “La Gradisca e il Principe” sacada de la película “Amarcord” también de Fellini. También habría que mencionar el impactante sonido y el estupendo montaje del mismo Gus Van Sant, quien vuelve a poner en la picota las escuelas norteamericanas –obviamente desde perspectivas disímiles- recordándonos parte de las locaciones de "Good Will Hunting", “Buscando a Forrester” y “Elefante”, retomando ese cine que envuelve las conciencias de los estudiantes adolescentes. Una bella película enfocada hacia el interior de un personaje muy especial que no deben perderse porque tiene escenas de gran calidad estética y de contenido. Hasta la próxima.
Gus Van Sant a través de “Paranoid Park” –una película de evidente talante psicológico- nos estremece testimonialmente con la historia de un adolescente disfuncional –inseguro y acomplejado- incrustado pasivamente en el mundo de los skaters más competentes cuya destreza lo seduce, lo encandila, percibe una hermética admiración ambicionando estar entre ellos porque lo entretiene, lo complace, lo siente como parte de su vida, esa vida que Van Sant simboliza con un retrato sencillo de un hecho fortuito, sin sentido, pero presente en la corta existencia de Alex, nuestro simpático protagonista, que hace gala de un sosiego casi angustioso e inquietante como el mismo drama que teje el llamado “indie” norteamericano en esta última propuesta tan prolijamente inclinada a lo maravilloso de esa adolescencia que todos disfrutamos alguna vez. Gus Van Sant hace que lo inesperado tome forma y contenido cuando Alex comete una acción divertida -propia de su inocencia- pero imprudente subiéndose a un tren de carga en movimiento. Un policía lo descubre, corre en su búsqueda y en un leve amago de escaramuza Alex golpea con el skate al guardia quien resbala a la vía contraria y es atropellado en una escena terrible, de esas sicalípticas que Van Sant acomoda con justeza meridiana. La suerte de Alex cambia por completo, y es ahí donde la película se desnuda, impresiona, conmueve y nos demuestra que se puede hacer un ejercicio de cine nuevo y diferente, con más silencios que diálogos provistos de incoherencias. Alex nos narra a través de una estética visualmente impactante y su voz en off -entrelazada con un diario depositario de sus reflexiones- como va sorteando lo que el destino le puso inclemente sobre sus espaldas. A tan corta edad y con la monumental tarea de poder controlar emociones tan agudas pasando por pruebas traumáticas, contusiones mentales sangrantes que hierven en rabia y miedo contenidos. Gus Van Sant no nos relata la historia de un dios o un semidiós con poderes sobrenaturales, ni héroes, antihéroes o villanos, es simplemente un adolescente que tiene que aplicar la tranquilidad, la apatía y la insensibilidad de un viejo negligente, cabalgador de inmoralidades e indolencias así como despiadadas tretas de supervivencia. El virtuosismo, ese detalle inamovible en la personalidad ingeniosa de Gus Van Sant –que se escabulle horrorizado de la narrativa y lenguaje cinematográfico llenos de tanto convencionalismo y rutina- se siente cuando en vez de aniquilar a su personaje, lo deja caminar emancipado, desarrollar su independencia e individualismo interior, que se supone vacío, explorando en la propia experiencia que tarda en llegar pero que él acelera y logra aquilatar para poder usarla como una herramienta de descargo, lo deja buscar aquellas fórmulas en que su redención puede emerger, lo baña con ese océano de humanidad que normalmente los jóvenes no coleccionan ni decantan, lo hace actuar fuera de todo contexto posible que lo influencie porque la calma de Alex no lo permite, es más, se aleja y se acerca de su propia realidad con una aparente incuria, su mundo es propio y no ajeno, va ordenando deliciosamente sus prioridades –cada cosa en su sitio-, nadie sabe que es lo que va a suceder ni cuales serán algunas reacciones que desencadenen el desenlace final de su historia.
Cabe mencionar la imponente fotografía de Christopher Doyle –ese mismo que hace magia con Wong Kar-Wai- que retrata de forma magistral esa suculenta y extraordinaria internalización del debutante Gabe Nevins o Alex. Mucho ojo con las memorables canciones, “Rugrada sui ranocchi”, “Il gianno Della fale”, “Il arcobaleno per Giulietta” y “La portiana segreta”, todas de Nina Rota y extraídas del film “Giulietta de los espíritus” o “Giulietta degli spiriti” de Federico Fellini y la bellísima “La Gradisca e il Principe” sacada de la película “Amarcord” también de Fellini. También habría que mencionar el impactante sonido y el estupendo montaje del mismo Gus Van Sant, quien vuelve a poner en la picota las escuelas norteamericanas –obviamente desde perspectivas disímiles- recordándonos parte de las locaciones de "Good Will Hunting", “Buscando a Forrester” y “Elefante”, retomando ese cine que envuelve las conciencias de los estudiantes adolescentes. Una bella película enfocada hacia el interior de un personaje muy especial que no deben perderse porque tiene escenas de gran calidad estética y de contenido. Hasta la próxima.
PEPE DERTEANO MUENTE

























