sábado, 25 de octubre de 2008

“Paranoid Park”, el retorno de Gus Van Sant con una extraordinaria y bella experiencia cinematográfica acerca de la adolescencia.

























CRIMEN OCULTO - Gus Van Sant 2007

Una explanada despejada de un parque mítico e ilegal que convoca a adolescentes para practicar con estimable destreza el resbaladizo e indócil skateboarding. La minuciosa cámara de Gus Van Sant dispara punzante una toma infalible, contundente e irrechazable retratando un contrapicado riguroso, mientras apunta al vacío y en la parte inferior del encuadre se exhibe un graffiti deteriorado e incomprensible. En ese mismo instante la cámara invierte el plano insonorizado y enfoca una camada de diestros skaters que nos deleitan plasmando con astuto y ladino estilo, imponentes bocetos malabáricos y calculados cruces ordenados de uno en uno, retozando en una armoniosa sucesión de arriesgadas piruetas, registradas de forma prodigiosa por un imponente slow motion o ralentizado que dramatiza y va poetizando el movimiento y que se manifiestan inacabables. Van Sant obliga a su inquieta cámara que no los encuadre permanentemente, que los saque asolapadamente de escena, pero ésta se mantiene ahí, indemne e invulnerable contemplando el cotidiano desafío de forma apacible, con todo el tiempo que le ofrece la sapiencia de la angulación perfecta. Queda afuera lo impulsivo de un lugar proclive a la violencia, el desorden y el descontrol, lo iracundo de la pasión juvenil, el vaivén de la competencia por la nada o por el todo, la vehemencia impía y desbordada de los cuerpos desconocidos predispuestos a lo hostil, los pugilatos se estriñen y las escaramuzas se adormitan, abstraídas y embrolladas. Ha regresado el verdadero Van Sant, el que transpira adolescencia, el que registra el trasfondo parsimonioso de cualesquier plano que involucra la apatía o la simpatía del ser humano, noble o innoble, el que todo lo hace simple y lo transmite de igual manera, ese realizador que separa al adolescente que nos encandila con sus cautelosas emociones, tranquilizantes reflexiones de aquel que nos amenaza con su repugnante proceder. Van Sant nos enseña con erudición que cada quien tiene una historia oscura que se oculta entre la culpa y el miedo, que nos vuelve presa fácil de lo paranoico y de lo obsesivo. No nos engaña, no nos hace trampa ni nos confunde con la imagen, la muestra tal como es, limpia, impura y salvajemente brutal a la vez.

Gus Van Sant a través de “Paranoid Park” –una película de evidente talante psicológico- nos estremece testimonialmente con la historia de un adolescente disfuncional –inseguro y acomplejado- incrustado pasivamente en el mundo de los skaters más competentes cuya destreza lo seduce, lo encandila, percibe una hermética admiración ambicionando estar entre ellos porque lo entretiene, lo complace, lo siente como parte de su vida, esa vida que Van Sant simboliza con un retrato sencillo de un hecho fortuito, sin sentido, pero presente en la corta existencia de Alex, nuestro simpático protagonista, que hace gala de un sosiego casi angustioso e inquietante como el mismo drama que teje el llamado “indie” norteamericano en esta última propuesta tan prolijamente inclinada a lo maravilloso de esa adolescencia que todos disfrutamos alguna vez. Gus Van Sant hace que lo inesperado tome forma y contenido cuando Alex comete una acción divertida -propia de su inocencia- pero imprudente subiéndose a un tren de carga en movimiento. Un policía lo descubre, corre en su búsqueda y en un leve amago de escaramuza Alex golpea con el skate al guardia quien resbala a la vía contraria y es atropellado en una escena terrible, de esas sicalípticas que Van Sant acomoda con justeza meridiana. La suerte de Alex cambia por completo, y es ahí donde la película se desnuda, impresiona, conmueve y nos demuestra que se puede hacer un ejercicio de cine nuevo y diferente, con más silencios que diálogos provistos de incoherencias. Alex nos narra a través de una estética visualmente impactante y su voz en off -entrelazada con un diario depositario de sus reflexiones- como va sorteando lo que el destino le puso inclemente sobre sus espaldas. A tan corta edad y con la monumental tarea de poder controlar emociones tan agudas pasando por pruebas traumáticas, contusiones mentales sangrantes que hierven en rabia y miedo contenidos. Gus Van Sant no nos relata la historia de un dios o un semidiós con poderes sobrenaturales, ni héroes, antihéroes o villanos, es simplemente un adolescente que tiene que aplicar la tranquilidad, la apatía y la insensibilidad de un viejo negligente, cabalgador de inmoralidades e indolencias así como despiadadas tretas de supervivencia. El virtuosismo, ese detalle inamovible en la personalidad ingeniosa de Gus Van Sant –que se escabulle horrorizado de la narrativa y lenguaje cinematográfico llenos de tanto convencionalismo y rutina- se siente cuando en vez de aniquilar a su personaje, lo deja caminar emancipado, desarrollar su independencia e individualismo interior, que se supone vacío, explorando en la propia experiencia que tarda en llegar pero que él acelera y logra aquilatar para poder usarla como una herramienta de descargo, lo deja buscar aquellas fórmulas en que su redención puede emerger, lo baña con ese océano de humanidad que normalmente los jóvenes no coleccionan ni decantan, lo hace actuar fuera de todo contexto posible que lo influencie porque la calma de Alex no lo permite, es más, se aleja y se acerca de su propia realidad con una aparente incuria, su mundo es propio y no ajeno, va ordenando deliciosamente sus prioridades –cada cosa en su sitio-, nadie sabe que es lo que va a suceder ni cuales serán algunas reacciones que desencadenen el desenlace final de su historia.

Cabe mencionar la imponente fotografía de Christopher Doyle –ese mismo que hace magia con Wong Kar-Wai- que retrata de forma magistral esa suculenta y extraordinaria internalización del debutante Gabe Nevins o Alex. Mucho ojo con las memorables canciones, “Rugrada sui ranocchi”, “Il gianno Della fale”, “Il arcobaleno per Giulietta” y “La portiana segreta”, todas de Nina Rota y extraídas del film “Giulietta de los espíritus” o “Giulietta degli spiriti” de Federico Fellini y la bellísima “La Gradisca e il Principe” sacada de la película “Amarcord” también de Fellini. También habría que mencionar el impactante sonido y el estupendo montaje del mismo Gus Van Sant, quien vuelve a poner en la picota las escuelas norteamericanas –obviamente desde perspectivas disímiles- recordándonos parte de las locaciones de "Good Will Hunting", “Buscando a Forrester” y “Elefante”, retomando ese cine que envuelve las conciencias de los estudiantes adolescentes. Una bella película enfocada hacia el interior de un personaje muy especial que no deben perderse porque tiene escenas de gran calidad estética y de contenido. Hasta la próxima.

PEPE DERTEANO MUENTE

viernes, 17 de octubre de 2008

“Pasajeros”, ¿A quién deberíamos creerle, al crítico perspicaz, al debutante irregular pero con posibilidades futuras o a nuestros propios ojos?
















Eran varias las motivaciones que me llamaban a observar este film, pero predominaban dos, ambas complementarias, la primera porque involucraba a un buen crítico cinematográfico peruano -aunque poco convincente en los últimos meses según el bloggista Bruno Tomatis, que me envía religiosamente escaneado todos los sábados los comentarios de la baladí revista somos- que pasaba de un paraje confortable, apacible a uno complicado, molesto e incomprendido, y segundo, porque es la primera película peruana que tenía la intención de comentar en el blog, aunque a muchas bloggistas no les haya parecido buena la postura y haya ido contra el film “Mamma Mia”, muy entretenido por cierto. Como señala una frase acuñada por Orson Welles, muchas personas son demasiado educadas como para no hablar con la boca llena, pero no les preocupa hacerlo con la cabeza vacía. Eso es más o menos lo que me decía alguna gente acerca de este film aún sin haberlo visto. Un grave error y prejuicio absoluto. Hay que ver las películas para ponerse en la piel de quien tiene la valentía de llevarla a cabo y más aún si estamos frente a una posible disyuntiva emocional, seguir en el microclima tibio de la PC criticando con seguridad y estilo o aquél gélido, áspero y estresante macroclima del rodaje.

Pues bien, fiel a mis convicciones fui a ver la película “Pasajeros” y salí del cine confuso, quizás algo desconcertado –no porque éramos solo tres las personas en sala- a causa de que no llegué a observar en su conjunto algo discordante, diverso e inarmónico a lo antes visto, no logré captar esa nueva señal renovadora que pudiera darme una contraseña radiante acerca de una posibilidad remota de sublevación pendiente del cine nacional –acorde a un intelectual estudioso del cine, de un crítico respetado, aunque escriba para un medio copiosamente desacreditado- tanto a nivel de un lenguaje cinematográfico menos tradicionalista y conservador como de una propuesta que aspirara a un eventual perfeccionamiento de ese sub-género dramático social y delincuencial peruano, tan clásico y exasperante, muy apreciada en los conos marginales y golpeados de nuestra urbe. Este presunto sub-género autóctono, que ha sido profusamente manoseado, particularmente manido y hasta viciosamente atropellado tanto a nivel de la cinematografía peruana y también latinoamericana, no destila originalidad, peculiaridad, ni una extravagancia provocadora, ni un enfoque que arriesgue con contundencia en contenido y estética. Contiene ese carácter inmutable del estereotipo mal plagiado, extremadamente dependiente y endeblemente adicto del thriller norteamericano. Esa duda me quedó en caliente y a medida que he podido ir enfriando las pasiones no logro establecer aún si el film de Cotler y sus veintenas de anunciantes se haya quedado estancado en la vorágine del tornado o haya avanzado lo suficiente como para salirse de la turbulencia.

“Pasajeros” no es una película mediocre, vacía, ni siquiera podríamos conceptuarla como de monótona o tediosa porque tiene un buen ritmo narrativo, buenos actores –obviamente en el insuperable nivel mate de los actores peruanos- una estupenda fotografía, una argumentación bien cimentada que denota un trasfondo lógico, con perspectiva de ser interpretado –y sobretodo discutido- en sus acepciones más moralistas, culturales y hasta socio-psicológicas. Estoy completamente seguro que es un film muy decente porque Andrés Cotler lo es y lo sabe transmitir en la mayor parte de las escenas que compone con esmero. En la parte técnica –que me parece lo más prolijo de la propuesta- hay que pecar de incauto e indagar en las posibles intenciones –coyunturales- de Cotler para comprender su estilo de realización y en mayor grado el de la edición, que posee una serie de embelecos fílmicos que son parte del talante personal y para nada criticables. A mí en lo estrictamente cinematográfico no me gusta el uso y menos el abuso del “fade out” -toma que se desvanece con rapidez hasta llegar al oscuro total- en los cambio de secuencias. Si me parece interesante cuando se usa con criterio tanto las elipsis así como el carácter diegético de la película. Los encuadres en altura y ángulo están hechos correctamente, aunque se reiteran en los mismos lugares. Me parecieron oportunos y bien hechos los cortes y pegados de planos en el montaje lo que articula de forma casi intachable las escenas y le da sentido y direccionalidad a la película. Hay una escena que me pareció acertadísima. Jano, el protagonista, se queda dormido y Cotler recurre a un flashback bastante corto pero de gran potencia. Es la violación que experimenta Jano en su travesía por la cárcel y tiene un contraste de colores azules con negros muy llamativos y que deslumbran. El aporte de los apartados técnicos en “Pasajeros” no pasa desapercibido y se tiene que halagar.

En la parte narrativa, me pareció correcta la estructura de la trama, aunque una mejor descripción sería la de una arquitrama, básicamente por lo arrimado al estilo clásico. La película amagaba en el inicio presentarse en sociedad como una especie de antitrama pero en el desarrollo del guión se percibe con claridad la ligazón entre el planteamiento, el nudo y el desenlace. Irremediablemente la historia es poco infrecuente, demasiado cuidada, privada de audacia, previsible, asfixiada por un guión riguroso y vertical, relatado desde el individualismo de los personajes que en determinados momentos lucen acelerados, aunque se percibe claramente que hay mucho esfuerzo y ganas de hacer las cosas profesionalmente. Algunas escenas y personajes prescindibles que desgastan el visionado. Hay secuencias que tuvieron que estar más y mejor desarrolladas y contextualizadas porque daban para más –el secuestro del empresario, el romance entre Martín y Estela, el sufrimiento de Jano en la cárcel, la relación con su madre etc.- pero no logro determinar el porqué no se tomaron en cuenta. Ahí queda como un hueco donde se pierde fluidez. Quizás el mal endémico del cine peruano siempre asoma con la misma cara, el austero presupuesto que obliga postergar la filmación o rodaje. Siempre las ideas resultan buenas pero el financiamiento no responde, salvo los que hacen films porque les sobra el dinero y las ganas de figurar. Esta falta de recursos si es notoria en la película aunque se hace lo posible por disimularla. Cotler no nos cuenta nada inédito, nada que nos asombre ni emocione. Lo mismos lugares comunes de siempre, los mismos personajes marginales salidos se esa ambientación localista de la Lima vieja y fea con olor a nada, los mismos diálogos pletóricos en groserías e injurias, el mismo drama existencial de dos jóvenes que se equivocan al definir el valor de la amistad, la contraposición entre el joven inexperto con el viejo sabio y la consabida moraleja del desenlace fatal. Yo resumiría este meritorio intento como, la misma chica del callejón pero limpia, bien vestida y mejor maquillada.

Sobre las interpretaciones destaca notablemente la del viejo zorro Eduardo Cesti quien le da vida a un artista de la pintura que tuvo sus días de gloria en la Lima de antaño y que se va entumeciendo hasta encerrarse casi vencido con el candado de la bebida, la droga y la frustración. Queda claro que la atmósfera que crea Cesti a su alrededor es imprescindible para darle la dosis de melancolía al film, vale decir, esa mezcla de alegría y de tristeza propia de un creador de arte. Cesti sabe gesticular, no sobreactúa, tiene un timbre y registro de voz bien manejado –sobrio o alcoholizado- inclusive cuando dice alguna palabra soez, la que se escucha agradable y está puesta en su justa medida. Me encanta Mónica Sánchez –es bellísima- porque siempre hace lo indispensable. No se extralimita y con el correr de los años ha consolidado un estilo de actuación estimulante. En el film de Cotler es un personaje vinculante que estimula el triunvirato con Cesti y Marcello Rivera. Le falta algo de color a su papel como prostituta, más inclinada hacia la intelectualidad que en camino al jolgorio. Ahí le faltó mano a Cotler. Cómo va a desperdiciar un papel tan fecundo con una actuación tan sosegada. Mónica tenía que mostrar algo más que una escena floja con Rivera. Si hay dos actores que interpretan sus papeles convencidos de lo que están sintiendo son Rivera y el malogrado Gilberto Torres. Saben actuar y les apuntan bien al desarrollo de sus personajes. Pietro Sibille no es un actor de esos que me llame mucho la atención ni me sensibilice la retina, es populachero, marquetero, osado, efectista y tiene techo de mármol. Las fallas de interpretación que tiene son demasiado notorias. Tiene que aprender muchas cosas porque improvisa sin convicción. Se descompensa mucho hasta cuando camina. Sin embargo se desempeña con corrección y haciendo lo que parece sabe construir eficientemente y sin pifiarle, un tipo duro, que aguanta todo y busca hasta encontrar. Es el típico delincuente localista, finalmente lleva grabado en su personaje la frase “quien a hierro mata a hierro muere”. En todos los casos –exceptuando a Cesti- se podría haber logrado un trabajo más sensible a los ojos del espectador. Otra de las debilidades de Cotler. Tiene que poner más sustancia en el elenco y si no lo consigue –hecho habitual- trabajar algunos automatismos con sus actores.

Resumiendo, una película con cosas buenas y con yerros propios de un debut. Me gusta la destreza y el cuidado que tiene Cotler con la hechura de su film. Me aturde que no haya tenido la capacidad de romper el molde viejo y obsoleto de ese drama social peruano tan venido a menos. Lo mejor de la película, de lejos el trabajo de Cesti, la fotografía y los apartados técnicos. Lo que no entendí fue el título, pudo ser “Transeúntes”, “Caminantes”, “Peregrinos”, “Peatones” o “Mochileros”. Felicitaciones a Andrés Cotler por atreverse y aportar su conocimiento. Ojala no sea en vano. Esperemos su segunda película para poder empezar a comparar y ser más puntillosos, y sobretodo críticos. Hasta la próxima.

PEPE DERTEANO MUENTE

jueves, 9 de octubre de 2008

“Before the Devil knows you are dead”, del Maestro con cariño, una inusual película negra como el azabache.



























Siempre he pensado que en la vida uno tiene la obligación de ser agradecido, sea mucho más tarde que temprano pero correspondido al fin, con un gesto, unas palabras o sencillamente diciendo gracias. Quizás se tenga que serlo en grado extremo con los padres que se sacrificaron por brindarnos educación, amor, alimento, paz, tranquilidad y posibilidades de intentar ser alguien en este mundo perfectamente pletórico de imperfecciones. No creo en aquello en lo que la mayoría piensa que existe o imagina como algo supremo, pero si tengo la sospecha que hay algo superior al ser humano que suele de vez en cuando colocarse - sin aviso previo - al lado nuestro y susurrarnos sin que percibamos su presencia. Allá cada quien con su dilema. Cuando los años nos empiezan a morder el alma y nuestra esencia, uno tiene que volver a su pasado, a sus raíces, a esos padres ya consumidos por el paso imperdonable de los años, y empezar a devolver el pábulo que nos fue dado con inmenso afecto, porque una de las razones de la existencia es ser consecuente e imperativo con quienes lo fueron con uno. Hay muchas formas de realizarlo, no sé cuantas, ni siquiera sé de muchas, pero no me cabe duda alguna que hay que hacerlo. No es una queja, un lamento o una petición, es una obligación que trato de recordar ya que no se tiene porqué traicionar los principios y los valores elementales.

Pues bien en el cine sucede lo mismo. Así como la cinematografía francesa a través del gobierno y de su ministerio de cultura fomenta, protege y difunde a sus eternas celebridades vivientes, insignes ancianos del séptimo arte que aún siguen bregando, produciendo y transpirando cine, llamese Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Jacques Rivette, Alain Resnais o Jean-Marie Maurice Scherer –Eric Rohmer- habiéndoseles retribuido con homenajes por su invalorable aporte a través del que muchos consideran el mejor cine del mundo, y colocando sus nombres en el mismo nivel que el de la palabra Arte, simplemente han hecho lo que corresponde hacerse, ni más ni menos, simplemente lo estrictamente justo. Hace poco más de un año en los Estados Unidos, Sidney Lumet, un prominente ex-actor de teatro, hijo de artistas y legendario entre los legendarios directores de cine del siglo XX, sacaba a la palestra y exigiendo combate, una pieza magistral de la cinematografía moderna, una de aquellas películas que no presenta fallas ni omisiones en su particular estilo narrativo y recreación de personajes, adecuándose a la tecnología de punta filmando con video digital de altísima definición de forma notable, película a la que tituló, “Before the Devil knows you are dead”. Es una soberana tontera que a este prodigioso hombre que dirigió al mejor de todos, a Marlon Brando, al recientemente desaparecido Paul Newman y a 35 de los mejores actores y actrices norteamericanos, que hizo 44 largometrajes, entre ellos 21 que fueron admirados en todo el mundo, no lo hayan premiado a sus 84 años de edad -por esta fascinante película- aprovechando una oportunidad histórica de entregarle el Oscar al mejor director, llama mi atención y me sabe indigna. Hace tres años le dieron un Oscar honorífico por su trayectoria y servicios prestados –muy poca cosa para tanta contribución- porque los iluminados pontífices de la Academia apostaban que a Lumet se le extinguía la vida y que las neuronas morían irreversibles por envejecimiento o supuesta fecha de extinción. No se fijaron que el anciano tenía preparado un arsenal de ideas centellantes, un cofre de sorpresas, y les iba a ofrecer una obra cinematográfica de inmensas proporciones dibujado como un descomunal acontecimiento artístico y personal. Tampoco tuvieron en mente la posibilidad del regreso de un caballero que debutó a finales de los cincuenta, para rescatarlos con su fluidez y pericia relatora, su virtuoso añejamiento fílmico y su transparencia para ocultar sus inimaginables fuerzas de recrear personajes únicos y climas inigualables. Que pasó con la Academia, con esos réprobos votantes, porqué no hacer historia premiando en vida. Los tiempos del clasicismo puro o de la inteligencia senil han caducado para ellos, pareciera que no pueden olvidarse todavía del Lumet que combatió con su arte atrevido y decencia al sistema, e hizo memorables películas con su cine de protesta auténtico. No se pueden sacar a “Network” o “Serpico” de sus mentes acartonadas. No hubiera sido preferible dejar que los hermanos Coen sigan intentando –son jóvenes, les sobra talento y trabajan de a dos- hasta conseguir el galardón que los lleve a la posteridad en algunos años más. Pueden salir todos los que quieran justificar lo injustificable a decir que al maestro Lumet se le han dado todos los premios posibles y existentes, que ha sido tributado hasta la saciedad etc., pero la injusticia ya se cometió y no se le restituyó en vida -con el premio más importante- lo que él si le concedió al cine norteamericano y a este hoy decadente pueblo. No volvieron a su esencia, no regresaron a sus raíces, no le devolvieron lo que Lumet les entregó con sacrificio, con pasión e inteligencia, se quedaron pensando en la irregularidad del pasado o quizás en el acoso de la huelga de guionistas. Quizás ese ente superior se ausentó o simplemente no lo percibieron cuando les susurraba al oído. No es un lamento ni nada que se le parezca, es simplemente hacer memoria desde este humilde blog, que los cinéfilos norteamericanos traicionaron sus principios y sus valores, y que de ahora en adelante solo les queda el camino de la desolación, la ignominia y la incredulidad ajena. Ni la escuelita más humilde situada en el lugar más alejado y postergado del mundo comete tamaño despropósito con su maestro predilecto. Esta entrada la debí titular "al Maestro con cariño", pero no me quedó sino colocar "del Maestro con cariño". Gracias al maestro de la narración porque aprendí el verdadero significado del lenguaje cinematográfico. Quizás no sea suficiente, pero solo puedo homenajearlo con algunas palabras de agradecimiento.

“Before the Devil Knows you are Dead” es una película oscura, azabache, dotada de ese clima emocional y de ambiente estético que predomina y suele conseguir un director de las bondades de Lumet. Esa inconfundible atmósfera –casi patentada- nos indica en clave diáfana, la actitud psicológica, el comportamiento inusitado, complejo, casi exclusivista de los personajes que la ocurrente genialidad de Lumet construye, para que desde esa expectante impronta que es todo comienzo de un film, logremos comprender la temática de sus espinosas historias. Existen ciertos géneros –entre ellos el film noir o el western- que toleran habitualmente un clima reglamentarista aceptado por el imaginario del espectador, y es arriesgado salirse de el sino se tiene el conocimiento ni el coraje requerido. No sucede esta sutil estratagema en los trabajos de Lumet y menos en su última propuesta. Lo que hace magistralmente Lumet es perfeccionar esa atmósfera individual de sus actores para él lograr rescatar desde lo ambiguo, el virtuosismo da cada quien e incrustarlo de la manera más objetiva en la edición del film. Los encuadres que utiliza Lumet, el diseño de producción así como la banda sonora son estupendos pilares en la película, de manera tal que Lumet tenía claramente conceptuada la atmósfera que resultaría. La destreza invisible que Lumet despliega para hacer virar la narración hacia el terreno de la tragedia personal resulta excelentemente filtrada. Esta desprolija historia familiar no es más que un retrato de personajes miserables y cobardes que buscan comerse los unos a los otros, envuelto en un auténtico ejercicio magistral de narrativa.

La película se inicia con potencia y atrevimiento, una escena se sexo explícito entre la bella Marisa Tomei y el actor Philip Seymour Hoffman –no compararla con las escenas de "Traición y Lujuria"- en donde, luego de consumado el brote amatorio, ambos conversan sobre lo rutinario que había sido la última copulación. “Somos unos ancianos” expresa risueñamente Hoffman, como justificando su pericia como amante, mientras Tomei alude gestualmente –con el beneplácito de Hoffman- a la película “Blame it on Río”, cuyo único mensaje en los años ochenta era "un film que se recomienda a todos los que necesariamente están en la obligación de tener una segunda juventud y volver hacer locuras para sentirse vivos". Lumet empieza la faena excarvando en el inconformismo de la pareja, justamente en aquél lugar donde se suelen arreglar o ahondar más todo tipo de problemas. El reclamo vital de la Tomei asoma. el dinero no está presente, no hay vida ni Brasil ni nada, con la cartera vacía. Quisiera resaltar en esta pequeña síntesis de la escena lo que logra Lumet con Marisa Tomei. La construye como una mujer fatal atípica, casi sin voz ni voto, muy sensual, antipática, pero que en el fondo tiene un plan oculto con deseos que tienen un plazo límite. Es una minúscula demostración de la capacidad de Lumet para inventar un personaje clave del film, en momentos de decisión ajena y de dramatismo extremo. Una dirección de actores con mucho oficio e imaginación. En el transcurso del film se irán dando cuenta de su abordaje y que cada actor escogido por Lumet corresponde a un perfil predeterminado por alguna razón poderosa. Luego, Lumet nos posiciona en una secuencia puente, el asalto de la joyería. Hoffman tiene un hermano menor –Ethan Hawke- quien es una persona de nobles sentimientos, muy ansioso y perturbado, que tiene que mantener a su pequeña hija y pagarle un préstamo de manutención a su esposa. Tanto Hoffman como Hawke están eventualmente quebrados y ahí radican sus mayores depresiones. Hoffman, porque teniendo un puesto de confianza, desfalca la empresa para satisfacer su adicción al consumo de cocaína y heroína. Hawke solo por deudas y algún vicio menor. A ambos la avaricia los seduce de una forma brutal. A Hoffman se le ocurre planear un atraco poco convencional, imposible de imaginar... el asalto a la joyería de sus padres. Lo convence a Hawke y la idea prospera. Hawke, proclive a la noche y a los bares, comete un error estratégico. Siente miedo, no es el autor intelectual y se niega a ser el material -aún se le remuerde la conciencia- por lo tanto, convoca a un amigo de copas para que pueda él haga el trabajo. Hoffman había sido claro al respecto, nada de armas, ni de violencia ni de buchones. Solos tú y yo. Mientras tanto Lumet va acabando de pulir esa atmósfera personal de cada protagonista y muy al principio del film los personajes quedan pristinamente delineados. Hawke enrumba con el amigo, no se da cuenta que la empleada de la joyería no pudo asistir a trabajar justo esa mañana, y quien la va a reemplazar es nada menos que la madre de ambos cacos de pacotilla. Ahí es donde Lumet va develando en su filme la pantanosa lobreguez y tenebrosidad de la propuesta mediante el uso de oscilaciones temporales y de zarandeos habilidosos propios de su juiciosa narración. Se produce el hecho, vuelve a presentarse radiante la “ley de Murphy” y el ladrón improvisado mata a la madre de los hermanos 'caradura'. La leche hirviendo que cae sobre la desdicha de los protagonistas al verse impotentes ante tamaña desgracia. Mientras tanto, Lumet gracias a la precisión con la que están inscritos los sucesivos y audaces flashbacks que rubrica el vigoroso relato, logra que el espectador vaya asumiendo la magnitud condenatoria, funesta y desalmada que humillará el devenir de una familia totalmente disfuncional, fracturada y desequilibrada. Lumet nos retrata con su sabia puntería cinematográfica una estructura de jeroglíficos con soluciones improcedentes y falaces, de laberintos llenos de tormentos imposibles de conjurar, de espiral o rosca envenenada, ávida de equivocaciones empecinadas en atiborrar los límites de su propia fatalidad y conflicto. Por lo tanto, Lumet, un verdadero artesano de la cinematografía, anula la intriga del robo y se limita a darle continuidad a una apasionante historia de tragedias familiares, desencuentros amorosos y demás barbaries. Impávido, indomable y temerario, el maestro nos presenta a su as de espadas. El padre de Hoffman y Ethan Hawke, personificado por un actor de aquellos clásicos de siempre, Albert Finney. Éste, será el comodín del film, el que pese a su dolor y desgracia tendrá en su sabiduría y olfato desmembrar el pellejudo suceso y enfrentarse a la fatalidad y al sinsabor con la paciencia de un eximio jugador de póker, ahí donde se delimitan y extrapolan las relaciones de identidad paterno-filiales, conflictivamente calladas.

Una vez que Lumet ha tejido con un arte narrativo cautivante la escabrosidad de la trama, deja que las atmósferas individuales de sus personajes surjan para que cada uno y a su manera se las puedan arreglar, intentar escapar a tontas y a locas sin darse cuenta del enorme circulo que la temática creada por Lumet los encierra a perpetuidad. Se suceden escenas fuertes, expresivas, dolorosas, se logran diálogos llenos de un contenido sincero pero tardío como aquel que sostienen Finney y Hoffman -como padre e hijo- durante el velatorio de la madre. Se van intercalando nuevos conflictos existenciales y nos vamos enredando y desenredando con algunas pistas ejemplares –padre e hijo van al mismo prestamista- puestas por el maestro. Por su lado, Tomei y Hawke viven un romance de jueves por la tarde, que también termina mezclándose entre melodramas sin escape. Notables actuaciones, maravillosa puesta en escena de Lumet, inigualable dirección de actores, un guión pocas veces tan bien elaborado, una banda sonora extraordinariamente cautelosa, una edición de lujo donde el montajista es capaz de mantener el orden dentro del caos o la anarquía y un concepto de la narrativa por parte del maestro que licua esa prolija realización de los hermanos Coen. Está tan milimétricamente concebida y realizada, que uno llega a perderse dentro de su inmensidad en más de una ocasión. Antes de terminar, para que ustedes puedan sacar conclusiones de este inusual largometraje cuando acudan al cine, les pediría algo. Primero, traten de comparar las atmósferas y los personajes vinculados a la trama de esta película con los de “Sin lugar para los débiles” y “Petróleo Sangriento”. Segundo, también intenten hacerlo con los finales o desenlaces de las mismas tres películas y se darán cuenta que Lumet tiene el talento y la genialidad que todavía no logran desarrollar los Coen ni Anderson. El maestro acondiciona la narrativa a la historia, no la historia al relato. Por eso es que me atrevo a afirmar que “Before the Devil Knows you are Dead” quedará grabada en la memoria del cine como una propuesta cinematográfica trágica moderna, negra como el más azabache de los films noirs.

Finalmente, buscando encontré porqué el título de la película en inglés. Se trata de un brindis que hacen los irlandeses y que dice así:

¡Que el camino al infierno se llene de hierba por falta de uso! ¡Salud y larga vida para ti! ¡Que consigas la mujer (o el marido) de tu agrado! ¡Que tengas un hijo cada año! ¡Que no pagues alquiler por tu tierra! ¡Y que llegues al cielo media hora antes de que el diablo sepa que has muerto! ¡Slainte! (¡A tu salud!) ¡Que te sea permitido morir en el lecho a los 95 años, a manos de un cónyuge celoso! ¡A la salud de los enemigos de tus enemigos!

Otra fuente sentencia lo siguiente. Título enigmático, corolario de una sentencia tradicional irlandesa:
"Procura disfrutar del cielo media hora… antes de que el diablo sepa que has muerto".

Una sutil cohesión. "Relaciones Peligrosas" suena a muy poco, casi a nada, como a vacío.
Hasta la próxima y vayan al cine.

PEPE DERTEANO MUENTE