sábado, 31 de enero de 2009

“Revolutionary Road”, Wheeler vs Wheeler. Invitada: Blanca Vázquez.




































Crítica Invitada, Blanca Vázquez de "El Rincón del Cinematógrafo".

Veo a April Wheeler yendo cada mañana a su pequeño cubículo de una vulgar oficina gubernamental para hacer de traductora, o apuntadora; salir y acudir a sus clases de arte dramático, sin observar un talento especial. Veo a su marido Frank, merodeando por casa en bata, perdido entre los vapores del Campari, o el coñac, sin encontrar que hacer, ni talento que descubrir, mirando golosamente por la ventana de una calle gris, a su vecina, una Brigitte Bardot en ciernes, cambiando el visor hacia el fregadero hasta la bandera, el cenicero a rebosar, y con cara de desesperada melancolía, apurando el último trago antes de recoger a los niños en el American School of Paris. Pero no, esto es solo una fantasía ambientada en algún Boulevard cercano al Notre Dâme de Paris de 1958. Démosle la vuelta. Están en Connecticut, un par de años antes, en un barrio residencial limpio y aburrido, donde los matrimonios sobreviven a su propia soledad a base de aceptación. Estamos en el número 55 de Revolutionary Road, con dos seres que no saben que hacer con ellos mismos: su sexualidad es más bien pobre, su espíritu vital aún peor, pero Frank tiene sus largas horas de escape, ¿cómo April los tendría en París?.

Sam Mendes ha vuelto a los suburbios, a la American Beauty de los años cincuenta, y lo hace con valentía huyendo de manierismos modernistas, con una buena película: intimista, clara, sencilla, profunda, catártica, que habla de perdedores, y de soledades, habiendo llamado a la puertas de un escritor que bucea en situaciones tensas, Richard Yates, que al igual que Carver, Cheever, Roth, Ford, o Sloan Wilson mostraban la desilusión y decadencia espiritual y vital de la sociedad del ensueño, uniformidad en el aspecto y en el comportamiento, vendiendo al mejor postor las inquietudes personales. Socialización bañada de cigarrillos, cuyo humo se aspiraba antes, durante, y después de cualquier conversación junto a los martinis de rigor, algún que otro rock&roll e incomprensibles y nada sabrosos adulterios. Vaya panorama, aunque hoy tengamos la impresión de que lo único que ha cambiado es que ya no fumamos tanto. !Qué tan bien se le dan a Mendes mostrar esas miserias de puertas para adentro!, cuya única columna de soporte es la creación de una fantasía, desde la diferencia que uno se marca. Claro que mi mirada es femenina, y tal vez, algunos críticos con la lógica de una mirada que estructura la cultura visual occidental no alcanzan a la empatía (etiquetando quizá solo bajo un halo de neurosis o rarezas) de comprender toda la miseria personal en la que caen algunas amas de casa de impolutas casitas, de allí o de aquí, de entonces o de ahora.

"Revolutionary Road" recuerda en muchos aspectos a “American Beauty”, el exitoso debut cinematográfico de Mendes, pero sin las pretensiones líricas de pacotilla de aquella. Y hay un aspecto en el que el espectador demuestra buen oído, la música, en acordes similares a la cinta de 1999. Al fin y al cabo el autor de la banda sonora es el mismo, Thomas Newman. El problema es que aquí la musiquilla de marras parece un intruso moscardón entre las cosas importantes que se tratan, donde hubiera sido perfecto un silente drama en la línea de la obra de Mungiu (“4 meses, 3 semanas y 2 días”). Hablamos de la crisis irremediable de una joven pareja con dos hijos, o puntualizando, de la crisis irremediable de una ama de casa insatisfecha con el rumbo que ha tomado su vida. Kate Winslet ganó dos Globos de Oro 2009, uno por la cinta de Mendes, (que ha cosechado nominaciones también en los Bafta) y otro como actriz de reparto por “The Reader”. Nominada igualmente a los Oscar como actriz principal por la segunda. Casi nada en la carrera de esta estupenda actriz británica. La química con Leonardo DiCaprio sigue funcionando, aunque sean más maduritos que en la empalagosa "Titanic". Ambos ponen sus tripas, y sacan las miserias que encierra una relación estancada en la rutina de la supervivencia económica y sentimental. El resto de actores me temo adolecen de un trazado más grueso, lo que les da en ocasiones poca consistencia, especialmente los vecinos cuyas (propias) fantasías tienen como protagonistas a los (especiales) Wheeler. Lo mismo ocurre con los compañeros de trabajo, así como la panolis secretaria. Sin embargo destaca sobremanera el abrupto hijo de los Givings, los encargados de la venta de la casa, el loco-cuerdo que como si un personaje excéntrico a lo Jim Carrey no puede reprimirse en traducir lo que ve, verdades que duelen como clavos disparados. Excelente performance premiada con una nominación para Michael Shannon, como actor de reparto, junto a las otras dos conseguidas por la película, vestuario y dirección artística.

El escape más radical de una señora de lo protagonizó Joanna Kramer en la cinta de Benton en 1979, ganadora de sendos Oscar. Está claro que las dolorosas crisis de pareja traen premios debajo del brazo. Pero antes le precedió, allá por mediados de los cuarenta, la Laura Brown de “Las horas”, inspirada por la lectura de Virginia Woolf, cinta de Stephen Daldry que aborda los mismos desencuentros, la infructuosa búsqueda del sentido de la vida de tres mujeres. Curiosamente también Daldry está nominado este año por “The Reader”, y como dije antes, con la nominación de Kate Winslet como actriz principal. El escape de April es más dramático, porque no es capaz de acomodarse a la aceptación que ve alrededor. ¿Quien dijo que la vida era bella? Aquellos que, quizá, encuentran su lugar, como hace Frank finalmente, a consta del precio de la otra parte. En contra de lo que opinan algunos críticos sobre la confusión de que el dolor y el arte sean la misma cosa; bueno, yo creo que para mostrar dolor hay que tener mucho arte, Winslet lo tiene, (en lo bueno también, no se pierdan el delicioso baile rockabilly que se monta), al igual que Mendes a pesar de sus americanizadas concesiones cinéfilas. Estamos ante una sombría crónica de la madurez, como dice Alejandro G. Calvo sobre la cinta, el momento de asumir las perdidas y seguir adelante bajo los auspicios de desayunos y meriendas con esos pequeños detalles que dan la apariencia de felicidad. Al fin y al cabo en París se vive como en cualquier sitio, trabajando para sobrevivir.

BLANCA VÁZQUEZ desde España.

martes, 27 de enero de 2009

“The Curious Case of Benjamin Button”, un luminoso y radiante amanecer desvaneciendose con los primeros rayos del sol.











































































Nos encontramos frente a una magistral pieza del cine moderno. Observar con esmero, paciencia y minuciosidad hasta percatarse del más mínimo detalle que se expone así como de los irreprensibles enlaces entre el tiempo y los vínculos humanos que nos ofrece esta película, es una experiencia única cuya peripecia argumentativa, estética y técnica posee magnitudes quiméricas, lúcidas e imponentes –no teniendo precedentes ni admitiendo comparaciones cinematográficas innecesarias- no solo porque simbolice el devenir de una vida atiborrada de verdad, esfuerzo, enseñanzas, circunstancias y trances que se exponen a través del transcurrir de un ser humano especial e incomparable, si no porque estamos frente a una leyenda inusitada, extravagante, nunca antes vista en el cine. En realidad, suelen ser escasos los films que logran tener una estructura narrativa tan adictiva y caprichosa. David Fincher, su director, así como Eric Roth, su guionista, han internalizado mentalmente los objetivos de realización en base a una construcción decididamente integradora, seductora y fascinante de lo que es la vida completa de un personaje inverosímil. En definitiva, se hace algo trabajoso catalogar películas como la de David Fincher en la cinematografía moderna, porque la genialidad, la sutileza y el delirio por las imágenes que proyecta, así como los diálogos, personajes y acontecimientos no son el pan de cada día en el desarrollo de una trama melancólica que se incrusta decidida en la fantasía de lo intangible. Muchas son las contrariedades y desencantos que se filtran y transitan por la vida de Benjamin, cuya peculiaridad física no se convierte en un infranqueable obstáculo para afrontar grandiosas y profusas aventuras que se van sucediendo con una lógica impredecible y de inusual proposición asertiva. Tampoco tiene ese miedo a crecer -envejecer o rejuvenecer- como Peter Pan u Oskar Matzerath.

Desde que empieza, la película cubre un amplísimo escalafón argumental. El ritmo impaciente y a ratos sumiso tiende a desarrollarse bajo la amenaza del huracán Katrina. Ahí mismo, en un hospital agitado y en compañía de su única hija, yace una anciana agonizando inmersa en tristes, gratos e indelebles recuerdos que escucha a través de la lectura de un diario perteneciente a un hombre llegado a su vida y al mundo en extrañas circunstancias. Cuando Benjamin nació, tenía el semblante y los males crónicos de un longevo octogenario que con el transcurrir del tiempo comprende que su existencia biológica retrocedía e iba en el sentido inverso a las agujas del reloj -un instrumento de reclamo de la muerte anticipada- por lo tanto, rejuvenecía con un vigor algo extraño. Era un anciano con la inexperiencia e intelecto de un niño o quizás un niño con la experiencia y mentalidad de un anciano. Lo interesante de este curioso personaje es que cuando llega a los 50 años empieza a envejecer fisiológicamente aunque su apariencia o fisonomía seguía su inefable camino hacia la niñez. Más allá de la ficción y de la entelequia, un argumento alegórico cargado de epopeya y heroicidad de la raza humana.

En términos de lógica dramática el planteamiento que logra David Fincher es fastuoso, espléndido y reflexivo. No es otra cosa que la vida, pasión y muerte de Benjamin. Es en ese bello cielo azul, imaginario de lo ilusorio y de lo épico, donde Fincher logra deshacerse de sus pérfidos demonios anteriores que para muchos fueron ángeles celestiales. Primero “Fight Club”, una película bipolar cubierta de violencia que pasa de perfilarse potencialmente interesante a desbarrancarse tristemente en un desenlace perdido y hasta badulaque. También deja atrás la insípida “Zodiac” que fue una tremenda odisea caracterizada por sucesivas expectativas y frustraciones, que al final terminó disolviéndose en la nada y dejando sin respuesta decenas de conjeturas y sospechas. Hoy Fincher entiende la grandeza como debe de ser comprendida, no cae en los desequilibrios de cualesquier cineasta innovador, atrevido, sin desenlace, en donde da lo mismo el talento para construir relaciones de vida y de amores, que para aniquilarlas sin el menor desasosiego. Quizás el conflicto más de fondo que ha tenido que experimentar Fincher es aquel que involucra la ética de la violencia intrascendente con el del sentimiento imprescindible. Fincher logra darse cuenta que el destino lo ha puesto al frente de lo que podría -solo su sagacidad y temperamento- convertir en una película sublime, inmejorable, original y fabular. David Fincher logra ponerse el delantal de un timorato Eastwood y convertir su cine hasta ahora azaroso y efectista en uno clásico, natural y humilde, repleto de millones de puntos sensibles y nerviosos que suelen activarse para hacer de la emoción contenida y de la admiración incontrolable, aquellos activos no solo en este momento del film sino con el transcurrir de los años y a medida que su obra siga envejeciendo -ya no en contra del reloj- y a la vez rejuveneciendo como el personaje que nos invade. A diferencia de lo que pueda ocurrir con películas grandiosas de la cinematografía mundial, es muy posible que “The Curious Case of Benjamin Button” no agregue mucho más valor cualitativo en términos de recursos expresivos. Muchos le pondrán interrogantes a la película o centraran su conocimiento de la materia en dos o tres nimiedades. Pero la esencia de la propuesta quedará inmóvil e impoluta, lucirá rutilante y atractiva recorriendo conciencias que tendrán que rendirse ante una ejemplar puesta en escena. Alguien de los que están leyendo este comentario puede dudar que esta película no sea un delicioso sueño hecho realidad por un cúmulo de sentimientos de un nostálgico, reflexivo y visionario Fincher –que no conocíamos- y no por un frío y ambicioso hacedor de éxitos circunstanciales. Hoy hay que reconocer y aplaudir el trabajo de este comedido y a veces intrigante realizador que se logra superarcon creces, regalándonos su obra más completa y colocándose en la cresta de la ola al lado de muchos otros. Creo que Fincher entra en ese grupo de directores que no necesita llevarse un Oscar a casa para cuestionarse un fracaso. Quizás lo que nos cuenta Fincher a través de BB sea lo que alguna vez dijera Mark Twain, “La vida sería más alegre si pudiéramos nacer con 80 años y morir de infantes”.

En lo que concierne estrictamente a la propuesta, “El Curioso Caso de Benjamin Button” es un film formalmente soberbio, de una fuerza arrolladora y de una resplandeciente madurez, porque nos provee de todos aquellos fundamentos cinematográficos diseccionados escrupulosamente y expuestos en el metraje de forma atrapante y especialmente convincente. Lo más importante de la película es el enfoque intimista que logra Fincher sobre el sentimiento de identidad del personaje de Benjamín, de la enigmática vida que le ha tocado en suerte y de la inmensa voluntad para encontrar su camino. El guión es la clave del éxito de Fincher, No olvidemos que el autor de esta novela corta -publicada en el año 1921 en la revista “colliers”- fue nada menos que Francis Scott Fitzgerald, autor de la laureada “The Great Gatsby” y de la popular “The Love of the last Tycoon”. Es considerado uno de los más importantes novelistas norteamericanos del siglo XX. FSF destacaba porque tenía la cualidad de escribir con una honestidad y crudeza impactantes sus palmarias emociones en un grado superlativo, aunque su vida personal no fue ejemplo de lo que justamente pregonaba. A Fitzgerald lo recuerdan mucho por dos frases célebres, “Una generación que le teme a la pobreza y adora el éxito, crece sin sentimientos, tiene debilitadas todas sus creencias y abierta las puertas del infierno”. Otra memorable es, “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”. En todo caso, la adaptación que construye Eric Roth –Forrest Gump, Mr. Jones, The Insider, Ali, Munich, The Good Shepherd- es realmente magistral y uno de los puntos que más trascienden es la fluidez narrativa del film. Otro componente que destaca es la dirección artística. Engloba en forma relevante y admirable la variedad de épocas que pasan por la vida de BB, desde los años veinte hasta finales de los sesenta, así que hay un trabajo de ambientaciones muy prolijo que arrastra inevitablemente dos apartados a un nivel también de gran factura, tanto el vestuario como la fotografía, que a mí particularmente me pareció excepcional aunque ya es una cuestión de gustos tanto a nivel de la iluminación y sus diferentes contrastes. Acá la fotografía es nada menos que de un chileno así que la mejor de las suertes en el Oscar. El maquillaje es quizás lo que más llama la atención de la película junto a los efectos especiales. El trabajo que hacen con Brad Pitt es de una plasticidad artística notable. El CGI -Computer generated imagery- o Infografía es un tema extremadamente técnico y sobretodo delicado porque los puntos de trama que emiten los sensores que le colocan a Pitt en la cabeza pueden distorsionar la imagen requerida tan solo con un mal movimiento de la misma o gestual, cosa que se puede llegar a notar –hay que tener ojo de águila- en Taraji P. Henson y en Cate Blanchett, ambas en cuestiones mínimas cuando envejecen. También hay una escena en el ascensor con Tilda Swinton que se puede percibir con mayor propiedad a través del slow motion. En menor grado destacan la banda sonora, la mezcla de sonido y la edición, aunque las tres están nominadas por la Academia.

En el tema de los actores quisiera ser objetivo. No creo que Brad Pitt haga una interpretación descollante. Hay películas en que expone más sutilmente su muy buena técnica interpretativa –JJ y el cobarde R. Ford- aunque no fuera siquiera nominado. Está vez me parece que se ha ganado su nominación y es un muy justo premio pero no creo que le alcance. Ojala me equivoque. Recién anoche, luego de la premiación de los SAG pude ver “The Reader” y si bien es cierto es una buena película, es excesiva su nominación y también la de Kate Winslet en actriz protagonista. Eso hace crecer a Meryl Streep y Angelina Jolie. Lo que me extraña de sobremanera son las exclusiones de Cate Blanchett y de Tilda Swinton en las nominaciones de la Academia, aunque me parece muy acertada la de Taraji P. Henson. Si Cate Blanchett estuviera nominada en mejor protagónica se hubiera constituído un laberinto. Si ustedes logran captar los encuentros entre Pitt y la Swinton, estamos frente a una técnica interpretativa brillante de ambos y por ende la creación de una atmósfera de amistad, soledades y confesiones que no recuerdo se de en otra secuencia entre dos personajes. Los diálogos son muy cortos pero crudos y directos. Los tonos y la cadencia en los intercambios se imponen magistrales. Otro que me parece hace una interpretación de mucho valor artístico es el personaje del tatuado capitán Mike. Un verdadero comediante dramático. O sino destacar las escenas del anciano que tenía una fijación con los rayos que le caían, que por cierto junto a la escena del flashback de la guerra y del soldado que se despide del fabricante del reloj invertido son fascinantes y de un grado de cinematografía altísimo. La dirección de actores en el conjunto es bastante buena aunque tener a Tilda Swinton o Cate Blanchett es un lujo que pocos directores se pueden dar. Creo que el verdadero trabajo de David Fincher está con los secundarios –los viejitos del asilo son maravillosos- con Queenie y en escenas claves con Pitt y sus referentes. La parte final es trepidante y estremecedora. Destacar también las voces en off y la grata aparición de la Ormond que junto a la agonizante Blanchett le imprimen la pausa necesaria cuando entran en acción. Me gustaría que esta película gane el Oscar aunque Boyle viene pisando fuerte con una hermosa propuesta, aunque me parece que la estatuilla se va a quedar en casa ya que la Warner Bros. Pictures está moviendo cielo y tierra. Una bella fábula, excelente película, la mejor y más curioso que vi en los últimos años. Difícil de comentar. Hay que verla, disfrutarla, volver a observarla y recordarla siempre asociandola a nuestra niñez, juventud y adultez. Estoy seguro que en algunos años tendré similar opinión. Es la esencia entre la fantasía y la realidad, un mensaje de lo frágil que resulta el amor pasajero y lo indestructible del amor eterno. Me quedo con una frase de la elegante anciana que tocaba el piano y le cortaba el pelo al Benjamin, “Las personas que amamos deben abandonarnos para que sepamos cuanto nos importan”. Hasta la próxima.

PEPE DERTEANO