
SLUMDOG MILLIONAIRE - Gran Bretaña e India - Danny Boyle, 2008.
Cuando uno observa una película como “Slumdog Millionaire” tiene obligadamente que pensar en ese terreno que estaba preparado para cobijar una semilla fructífera y abundante. Hace bastante tiempo que ya no sorprende que la imagen, la realidad y hasta la ingenuidad de Bollywood -que hoy nos ofrece con convicción y desbordante optimismo el británico Danny Boyle- haya mutado y por lo tanto convertido en la antípoda de aquella percepción que el común de los especialistas y seguidores al cine siempre habían tenido de ella, es decir, una expresión lúgubre, plañidera, lacrimosa, sin misterio ni perspectiva, pero que considerando las nada extrañas circunstancias actuales, necesitan imperiosamente tomarla en cuenta y empezar a repasarla. ¿Cómo así Hollywood y su galardón más preciado se hayan tenido que rendir ante semejante evolución? Hollywood está resentido, vulnerado por su propia escala de valores y no es ningún secreto que el otrora corazón de la industria del cine, no sea precisamente una tierra fértil, sensible al talento –salvo muy honrosas excepciones- ni receptiva a la omnipotencia de las antiguas deidades del séptimo arte. Hoy la debacle se alza amenazante, porque a pesar que estamos a menos de 36 horas de la ceremonia más antigua, importante y glamorosa de la cinematografía mundial, se respira un aire de inseguridad y falta de expectativas que resultan insensatas pero a la vez legítimas. Marilyn Monroe –la actriz más sexy que ha dado Norteamérica- decía que la meca del cine era un lugar donde pagaban miles de dólares por un beso y pocos centavos por un alma lúcida. Hoy ese dicho toma cuerpo y se transforma en un estigma hirviendo que recae sobre la mentalidad gélida de la casta Hollywoodense. Algo tendría que hacerse, de alguna manera se debería reaccionar, el cine norteamericano no puede claudicar ante la crisis, aunque parece que el martillazo se hace irreversible. "Slumdog Millionaire" es el ejemplo perfecto para justificar que Hollywood ha quedado indefensa.
Quería aprovechar brevemente para mostrar mi extrañeza con algunas iniquidades de los votantes de la Academia, al no convocar películas como “Doubt”, “Gran Torino” y "Revolutionary Road", a actores como Leonardo Di Caprio y Clint Eastwood, y a actrices como Kristin Scott Thomas, Cate Blanchett y Tilda Swinton, quienes hubieran resultado intimidatorias en sus respectivas categorías de haber sido nominadas. Kate Winslet debió estar por "Revolutionary Road" en mejor protagónica y Philip Seymour Hoffman por "Doubt" en mejor protagónico, no en secundario. Así están las cosas de contradictorias. Si querían convocar más millones de personas a la televisación de la gala era una obligación nominar a "El Caballero de la Noche" o a "Wall-E" como mejor película. Un craso error. No van a encontrar emociones por ningún otro lado. Ojala me equivoque. Disculpen por este pequeño incidente.
Si el cine de muchos realizadores norteamericanos ha perdido el sentido del juego y de la aventura, el que retrata Boyle lo ha recuperado y vaya la manera tan impetuosa de hacerlo. “Slumdog Millionaire” no es ni por casualidad pariente de su obra cumbre –la brutal y heroinómana- “Trainspotting”, pero responde a esa misma imaginación conflictiva y virulenta. Aquella película nos mostraba alguna de las imágenes más perversas que se hayan visto en pantalla en los noventa, pero no necesariamente afirmando que la magia inspiradora de Danny Boyle se alimente del martirio del averno o lo fétido de la alcantarilla. En “Slumdog Millionaire” –criticada torpemente por su crudeza y su extremado realismo- hay momentos donde toda esa amalgama de aparentes imprudencias responde a un simple ejercicio de ficción espeluznante y a una demostración por convencernos, que la más sabrosa de las carnes siempre viene provista de hueso, nervio, grasa y hasta pellejo. La impresión que deja flotando Boyle no es engañosa, porque dentro de su actual pensamiento cinematográfico, su propuesta está impregnada de un esplendoroso humor y es en esa proporción que toma comedida distancia de las bravuconadas, excesos y maltratos. En un estricto sentido cinematográfico, la violencia que surge de “Slumdog Millionaire” destroza por completo alguno de los paradigmas norteamericanos, que son vulgarmente inventados y no un fiel reflejo de una sociedad golpeada que lucha por salir de la infección y del cáncer social, y que se relativiza apabullante a través de sus sarcásticos desbordes. Tal vez las retinas de muchos de nosotros no hayan observado nada tan repelente como lo hecho por aquellos incisivos y marginales ”niños” de Boyle, pero no creo que sea necesario argumentar, que se han visto cosas extremadamente aborrecibles, mucho peores, pero nunca tan bien contextualizadas dentro de una ciudad cáustica y de tanta dualidad como la portuaria y hoy derechista Bombay, llamada localmente Mumbai.
Como una historia de amor –y no la de un concurso por 20 millones de rupias- “Slumdog Millionaire” tiene el encanto de sus propias asimetrías e irregularidades. Sería muy difícil de encontrar amantes más cándidos y absolutos que Jamal y Latika. La pasión de la pareja –desde su niñez hasta la adolescencia- es cierta, sólida, excluyente, franca y absoluta. Sin embargo, la maldad del entorno donde habitan es precaria, hipócrita, envolvente y hedionda. Boyle logra destilar el amor de la niñez que se va cimentando con el recuerdo nervioso –un gran manejo de flashbacks- de un pasado miserable pero sacrificado, como aquel día de lluvia cuando se conocieron y sus corazones se encendieron relampagueantes. Luego, en el reencuentro, Jamal enamorado hasta la coronilla y con su mirada embobada, le pide a su amada escapar, vacío, sin siquiera itinerario, como en aquellas películas de los años cincuenta donde el fugarse era un símbolo ineludible del más enardecido apasionamiento. Encuentra la salida a un rechazo temeroso ingresando al concurso ¿Quién quiere ser millonario? Una maravillosa síntesis del amor verdadero, que no caduca, que lucha hasta el desmayo por poseerse. Boyle maneja con una claridad maestra esas escenas presas del sentimentalismo más puro, entre preguntas y respuestas, golpes y torturas, una taza de té y un call center. No voy a comentar en profundidad el famoso concurso porque no es tan trascendente en la premisa argumental y solo sirve como un impecable y apetecible pretexto para el desarrollo de la trama amorosa entre los protagonistas. Lo que sí es importante mencionar es la labor del presentador, un millonario insalubre, odioso y desconfiado, pero digno de una prodigiosa interpretación.
En cuanto a la estructura del relato, está impecablemente diseñada con flashbacks que engloban cronológicamente los tres periodos de las vidas de Jamal, Latika y Salim –supongo que de 06, 13 y 18 años- comprendidos en un formato combinado de géneros donde predomina el drama y el romance. Boyle acierta al hacer prevalecer una lógica seductora y conmovedora entre la aventura desenfrenada y la certeza del romanticismo clásico. La complementa inteligentemente con una pesadilla vívida desde el interior de los personajes, arrastrada por un entorno perpetrado por sus incoherencias, exageraciones, arbitrariedades y sublimando correlaciones causales entre un realismo pétreo y un hermoso cuento de hadas. La historia es muy sencilla de seguir. El guión está perfectamente construído y tratado. La mano vertiginosa de Boyle en la composición del apartado técnico es una de las mayores fortalezas del film. La combinación entre una banda sonora generosa, un juego de planos y angulaciones estimulantes, una constelación de sonidos estilizados y un montaje de una precisión exquisita, indican sin atenuantes el virtuosismo y la calidad de la puesta en escena. Un verdadero concierto de paroxismos anímicos, morales, visuales y sonoros que han llevado a "Slumdog Millionaire" a una posición cinematográfica casi invencible. Es exactamente el tipo de película hecha para emocionar y sorprender al escepticismo más recóndito que habita en las mentes de los críticos y cinéfilos más exigentes. Una propuesta que va dejando en el camino cualesquier resquemor o antipatía que se le intente enfrentar. Una hermosa película de Danny Boyle que nos recuerda el estilo de ese maravilloso y universal literato que fue su compatriota Charles Dickens, y que también refresca el cine moderno como lo hizo su también coterráneo David Lean a finales de los cuarenta con su “Oliver Twist” y a principios de los sesenta con la inolvidable “Lawrence of Arabia”. Finalmente, una mención honrosa para Boyle por la ocurrencia del espléndido número musical de los créditos finales, un imaginativo homenaje a la juventud hindú que expresa su mensaje de paz y bienestar para el mundo a través de una coreografía limpia y encantadora.
Para terminar esta entrada quisiera hacer un apunte personal. A mí nunca me gustó del todo el cine hindú. Cuando era un adolescente lo juzgaba como demasiado melancólico y me causaba cierta animosidad y hasta un poco de tirria. Hoy tengo la misma impresión. No soy quien para descalificarlo ni hacer un comentario desatinado. Es simplemente lo que siento. Pero lo hermoso del cine es que tiene ese atributo inimaginable de cambiar su fisonomía, su contenido, de modificar hábitos o estilos de ejecutar las cosas. Danny Boyle y su visión de lo que quiere el espectador ha conseguido una proeza que muy pocos se pueden dar el lujo de imponerla de manera irrefutable. Sin embargo, no es una película que me haya llevado a una complacencia superlativa. Para mí, Danny Boyle comete algunos errores de concepto que a mi entender son elementales para que la propuesta sea completa y el espectador se sienta incómodo. Es una cuestión subjetiva que en nada cambia la grandeza de su ponencia. Allá quienes busquen errores de estructura donde no los hay, se sientan dueños de la verdad y quieran menospreciar un excepcional trabajo. En mi caso, trato de ser consecuente y resaltar lo positivo de la cinematografía que observo y si algo me molesta no es precisamente el film del británico, sino que la mentira y la mediocridad queden impunes. Me refiero a aquellos grises, mediocres y mates editores periodísticos que critican sin sentido porque no entienden el porqué de las propuestas, dependen de un sueldo ganado con desatinos y se esconden asustadizos en un cómodo hueco donde la cobardía y la poquedad se anidan. No tengan miedo que en este blog nadie ha mordido a nadie.
Con relación a los premios de la Academia, este año no voy a pronosticar los ganadores como en la edición anterior. Hay nominaciones que no las comprendo por más que hago el esfuerzo. He visto todas las películas y actuaciones nominadas, y aún así no encuentro esa claridad que me haga definir con certeza. Sin embargo, voy a colocar seis categorías y aquellos nominados que me gustarían se lleven las estatuillas.
Mejor película
EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON
Mejor director
DANNY BOYLE
Mejor actor
MICKEY ROURKE
Mejor actriz
MERYL STREEP o KATE WINSLET
Mejor secundario
HEATH LEDGER
Mejor secundaria
VIOLA DAVIS
Si quieren compartir esta lista sería bueno comprobar quiénes de ustedes aciertan en las categorías expuestas. Quizás me anime a sortear un bonito premio entre todos aquellos que logren dar con los 06 ganadores. Tarea difícil. Se los digo más tarde o mañana domingo a primera hora. Hoy, vayan al cine y observen “Slumdog Millionaire”, disfruten de la película que antes era la sorpresa, hoy la inmensa favorita para llevarse el honor y la posteridad. Hasta dentro de pocas horas y espero sus comentarios. Si pueden, sean muy concretos. Saludos.
PEPE DERTEANO MUENTE