sábado, 28 de marzo de 2009

"Milk", el inigualable rostro de la revolución homosexual.


















































MILK - Gus Van Sant - 2008

Muchos de nosotros nos hemos, de alguna u otra manera, o bajo determinada circunstancia, relacionado por algunos instantes, horas o días, con hombres y/o mujeres homosexuales. Sin duda, una gran experiencia de vida. Obviando a los homofóbicos –tanto aquellos del lado heterosexual o del homosexual- uno rescata de ellos, esa pasión de sentirse como cualquier ser humano como ente social preeminente. La marginación, la discriminación y los abusos cometidos contra la comunidad homosexual, ya no son moneda corriente en este nuevo siglo. Hoy en día, un gay está plenamente integrado en las sociedades inteligentes, aunque por una lógica visceral quedan algunos resquicios en aquellas aún subdesarrolladas. Ese famoso “orgullo gay” es un estilo de vida bastante común que muchos respetamos y hasta celebramos porque han logrado –luego de una genuina lucha reivindicativa- destapar la hipocresía, consolidar su autoestima y vivir su condición sexual con plenitud. También existen de los encubiertos, aquellos que por poseer cargos públicos o privados -de alto rango jerárquico- se encuentran presos de su incapacidad para asumirlo y poder salir del closet. En el Perú se conocen muchísimos casos de homosexualismo asolapado que no mencionaré para no incomodar a nadie ni develar misterios. Haciendo una pequeña escala por la historia universal, han existido en esta, personajes notables cuya inclinación homosexual ha sido comprobada. El romance secreto entre Alejandro Magno y Hepheastion –uno de sus generales- es uno de los más famosos. Julio César y su negado Vercingétorix, a quien asesinó por no caer en sus instintos. Felipe de Orleáns I, el hermano menor de Luís XIV, fue uno de los gays más célebres de todos los tiempos. T. Lawrence, el soldado inglés quien llegó a ser conocido como Lawrence de Arabia, también gozaba de gustos particulares. Seria poco serio dejar de mencionar a miles de Samurais que se dedicaban apasionadamente a cruzar espadas y no precisamente en momentos de combate. Mucho ojo que nos estamos centrando en el absolutismo del macho militar. Si tuviéramos que tocar el tema en otras especialidades la lista sería interminable. Sin embargo, cabe destacar que el aporte de los artistas y científicos gays al desarrollo de las letras y las ciencias, ha sido realmente excepcional e inconmensurable. Pues bien, empecemos a entrar en materia biográfica.

Todo movimiento social necesita de un líder con convicciones absolutas que quizás lo convertirán en leyenda. Eso es lo que Milk representa para la lucha a favor de los derechos de la comunidad homosexual, un auténtico mito, fuente de inspiración en el mundo. Harvey Milk construye una prodigiosa historia de heroicidad al convertirse en la primera persona abiertamente homosexual, en ganar un puesto de elección por el voto popular y democrático. En el año 1977 es electo dentro del Consejo de Supervisores de Distrito de la Ciudad de San Francisco. Los supervisores de distrito son algo así como los impresentables regidores de nuestras patéticas municipalidades. Milk ganó el cargo de Supervisor en el Distrito Cinco de la Ciudad de San Francisco. Harvey no solamente fue un tenaz y combativo gladiador por los derechos igualitarios de los ciudadanos gays, fue un brillante político, dotado de un carisma desacostumbrado, muy pocas veces visto y con la suficiente habilidad, oficio y tesitura del hombre dispuesto a todo por lograr sus objetivos. Formó coaliciones con los capos de los sindicatos, de los comerciantes, de los empresarios y con la misma sociedad civil, su rival más enconado. Su historia es inspiradora porque le demuestra al mundo cómo se pueden remontar los prejuicios y defender causas justas cuando la perseverancia es un arma vital, y que al final no se benefician solo un grupo marginado, sino a la sociedad en su conjunto. Les recomiendo dos enlaces para que puedan ampliar sus conocimientos acerca de la vida y obra de un gran hombre. Uno es:
http://www.tellingpictures.com/milk/?page_id=2. El otro: http://www.queer-arts.org/milk/index.html. Otra posibilidad es conseguir el documental THE TIMES OF HARVEY MILK de Rob Epstein y Richard Schmeichen, ganador de un Oscar a mediados de los años ochenta, que narra el ascenso político -la campaña, victoria y sacrificio de Milk por la reivindicación de los derechos de los homosexuales, hasta su asesinato en 1978 en manos de Dan White-. Incluso hay partes que Gus Van Sant inserta en la edición del film, como aquel cuando, una joven asistente del alcalde, Dianne Feinstein, hoy de 76 años y actual Senadora senior por el estado de California, es la portavoz del asesinato de Harvey Milk. Feinstein fue la primera mujer elegida Alcalde de San Francisco, desde 1978 hasta 1988, primera mujer en servir en el senado de California y al parecer futura gobernadora de California en el 2010. De esta manera queda clara -para aquellos que no sabían de Milk- quien fue el INIGUALABLE ROSTRO DE LA REVOLUCIÓN HOMOSEXUAL.

Una pequeña licencia antes de comentar el film. Quizás ustedes no sepan a ciencia cierta quien es Dustin Lance Black. Al día siguiente que se entregaron los premios de la academia, hice un pequeño comentario -adjunto en la entrada del film “Slumdog Millionaire”- donde afirmaba lo siguiente: ...el gesto de la academia de premiar a Sean Penn quien representó el papel del activista homosexual Harvey Milk en el film de Van Sant, y de hacerlo de manera especial con su guionista Lance Black, un gay convicto y confeso, fue un desprendimiento oportuno, un justo reconocimiento a la capacidad y no a su condición sexual. Por lo menos, queda la tranquilidad que Sad Ganis, quien anoche se despidió de la presidencia de la academia, fue quien borró definitivamente cualquier tipo de discriminación... Pues bien, sigo sosteniendo que el discurso de Lance Black fue el momento más emotivo de la entrega de los premios –incluso mayor al de los familiares de Heath Ledger- porque se dirigió conmocionado a los niños y adolescentes gays y lesbianas del mundo, diciéndoles que todos ellos eran para él sumamente importantes y únicos. Un mensaje esperanzador que repitió luego de casi 20 años de haberlo recibido de sus profesores y compañeros de teatro a finales de los ochenta, cuando le explicaron lo que significaba Harvey Milk. Pues bien, este joven, hoy de 32 años, homosexual al igual que el director del film, el maestro Gus Van Sant, fue el verdadero espíritu luchador que representó la obsesión de llevar la historia de Harvey Milk a la gran pantalla. El trabajo fue arduo, sumamente dificultoso pero la recompensa doble, un Oscar a mejor guión original y verse convertido en poco tiempo en un símbolo para la adolescencia y juventud gay emergente de los Estados Unidos de estos tiempos.

“Milk” es una muy buena película, un drama documental de textura política –también un biopic modificado, cine social o de denuncia- que encierra la historia de un hombre aburrido por el status quo, que luchó sin desmayo por sus principios y que revolucionó todo un contexto afrentoso de una mayoría inmisericorde basada en los prejuicios de la iglesia católica. Hoy existen más homosexuales que feligreses poblando el planeta y muchos de ellos ejerciendo plenamente su catolicismo bajo la imperiosa necesidad de la fe. Gus Van Sant nos relata un retrato humano e inspirador de alguien que tuvo convicciones morales innegociables y que sabía que a la larga pagaría con su propia vida, ese insólito atrevimiento de enfrentarse a un poder casi siempre oculto. Harvey Milk tenía muchas frases de ocasión. Una de ellas era esta: ...si la bala me llega al cerebro, dejen que la bala abra las puertas de todos los closets... como recordando lo sucedido con Kennedy, Lincoln, Luther o Malcolm X. Más allá de las simpatías o fobias que irradiaba Milk, Gus Van Sant -a través de un inspirado Sean Penn- nos entrega esas dos partes indivisibles del líder, su lado humano, llevado con un sentimiento del amor verdadero aunque tormentoso, y al animal político nato en acción, dotado de un ligero desliz hagiográfico, aquel que fue derrotado muchas veces y siempre tuvo la fortaleza de seguir peleando contra todo, cuyo afán de servicio lo hizo convivir con la burla y el agravio, y que se vio obligado al chantaje o al boicot -recuerden aquella marca de cerveza- para que su comunidad, esa de hippies y gays de una diminuta parte de la ciudad de San Francisco, pudiera ir tomando forma y convertirse en una sola y multitudinaria expresión clamando justicia. Los primeros 20 minutos que tiene la cámara de Gus Van Sant -desde el encuentro con James Franco hasta su instalación en la localidad de Castro- son técnicamente excepcionales. Los planos picados y contrapicados continuos en tan solo unos segundos de una escalera del metro de New York, los marmoleados confundidos en un ralentizado generoso y los primeros planos de Penn y Franco interactuando afectivamente, son quizás el mejor ejemplo de un estilo único, de marca registrada. Van Sant, es de aquellos realizadores indies que siempre guarda un discurso visual que confronta una especie de tirantez entre sus protagonistas angulando la toma para luego ampliarla y contextualizar otros tipos de sensaciones. En estos pocos minutos lo consigue de forma explícita. Nadie lo hace como él. Es un director de culto. La estructura narrativa es correcta aunque hay momentos de la historia en que existen saltos y vacíos en la continuidad del relato. Es decir, no hay una homogeneidad en la intensidad de lo que nos cuenta Van Sant y esto se aprecia sutilmente cuando aparece en escena Diego Luna –la segunda parte del film- justo cuando la trama se inclina hacia el desarrollo político de la historia. Tengo la leve impresión que aquello que no lo termina de ayudar a Van Sant en esta etapa son tanto la dirección fotográfica como la dirección artística. No las percibo malas sino irregulares o discontínuas. Es como un pequeño desequilibrio en la valoración del guión que impide lucirse a la cámara de Van Sant, cuando éste se encierra en lo convencional, en lo estrictamente académico y no continúa en lo que él hace con prolijidad y genialidad. La duda se hace presente y no logra decidirse del todo. Uno tiende a percibir a dos Van Sant que intentan complementarse y no a ese retratista del alma humana que produce exquisiteces. Algunas tomas están bien rodadas pero no en el lugar más apropiado aunque Van Sant las logra articular con un montaje casi perfecto, entre escenas filmadas y grabaciones de los setenta. Esa yuxtaposición del documental con la filmación es visualmente convincente pero frena la continuidad de la trama. Pierde altura como los aviones y luego la tiende a recuperar. Una de las virtudes es como se amalgama la música a la imagen. Eso si es un detalle delicioso y es uno de los mayores atributos técnicos de la película junto a la edición. Lo que sí no está a la altura es el sonido y sus diferentes tópicos. Pero al ser un Mockumentary, es imposible darle una perfecta sonoridad a rodajes diferentes. Se nota bastante cuando se incrusta la imagen de la participación de Sean Penn en la marcha del orgullo gay, en la multitudinaria convocatoria del discurso y en el desfile final de miles de adeptos con las velas encendidas, donde sí destaca el aspecto visual junto a la edición musical. En resumidas cuentas, la realización es consecuente y juega a favor de la historia, pero Gus Van Sant no logra imponer su virtuosismo en toda la propuesta, solo en determinados momentos que son brillantes.

De los actores, Sean Penn debe ser junto a Philip Seymour Hoffman, los dos únicos artistas que pueden darse el lujo de hacer cualquier tipo de interpretación y descollar a gran altura. Hemos sostenido que el Oscar de Penn es merecido y no hay mayor discusión al respecto, aunque sigo manteniendo la impresión que el personaje de Mickey Rourke en “The Wrestler” es más universal y más natural que el de Sean Penn. el viejo Rourke se representa a sí mismo, cosa complicada de raíz. La caracterización que logra Sean Penn de un homosexual adulto es impresionante y visualmente bella. Los amaneramientos en las frases, gestos y hasta cuando va relatando los sucesos sentado con micrófono en mano, son geniales y atrapantes, sin ninguna cursilería de por medio. Pero lo que más me impresionó esta vez de lo hecho por Penn, es que uno observa nítidamente a Harvey Milk y no a Sean Penn, cosa que para mí le hace ganar el Oscar. Viendo videos de Harvey Milk, sus manías, su excesiva pero contagiante sonrisa y lo profundo de su discurso, Sean Penn es exactamente el mismo Milk. Lo ayuda el maquillaje pero mucho más el limitado vestuario que es idéntico al que usaba Milk. Obviamente no voy a hablar de la película pero hay dos secuencias que son muy expresivas de Penn, la primera, cuando se conoce con James Franco en la estación del metro y celebran juntos los 40 años de Milk; la otra, cuando recibe la llamada del chico que le dice por teléfono que se quería suicidar por la incomprensión de los padres -una picardía guionística de Lance Black como colocando su vivencia-. Observen detenidamente la técnica interpretativa de Penn, primero acompañado y luego solo con un teléfono y me darán la razón. A esto habría que sumarle el actual activismo político demostrado por Sean Penn y que lo resalta sobriamente en los emotivos discursos que pronuncia. Por otro lado, si hay un actor joven que está creciendo en papeles contrapuestos y con la misma soltura interpretativa, ese es James Franco -Scott Smith– un retrato vivo de Heath Ledger. Es un actor dócil y tiene esa frescura que engancha. Le falta un personaje más ambicioso y quizás un protagónico para una prueba completa. Diego Luna –Jack Lira- está bien resuelto aunque por instantes cae en lo sobreactuado y lo cursi. Emile Hirsch –Cleve Jones- sorprende con una actuación esmerada y fina, incluso mejor lograda que en “Into the Wild” o “The Lords of Dogtown” –junto a Heath Ledger-. Pero el que parece el hombre de las mil caras es Josh Brolin como Dan White. Notable actuación, precavida –esconde a la perfección su tendencia homosexual-, un soporte propicio que cobra importancia por ese antagonismo con Penn. Obviamente que Penn es de otro nivel actoral pero Brolin no desentona en ninguna ocasión, logrando sostener con mucha categoría al actor protagónico. Finalmente me cautivó la actuación de la bella y joven Alison Pill como Anne Kronenberg. Interpretativamente comedida, sin excesos y parece que con un futuro promisorio. Los demás secundarios bien repartidos y los cientos o miles de extras, un pequeño valor adicional que nos regala Van Sant.
Finalmente, una simple opinión. Pienso que el espíritu de aquel sujeto que amó la libertad, logró con su herencia de ejemplo muchos efectos que acumularon las comunidades gays de todo el planeta, a través del devenir de sus culturas. Harvey Milk fue ese impecable punto de partida que toda gran obra contiene en su devoción por el bien de la humanidad. Sé que en países como Canadá o Dinamarca tuvo una influencia definitiva en temas muy complejos como la legalización de los matrimonios homosexuales, la concesión de leyes impensadas que favorecen a los sistemas de salud por la pandemia del sida y demás beneficios. Incluso hoy en el gobierno de Obama se ha desestimado la enmienda federativa del matrimonio que hubiera modificado la constitución norteamericana para que dos seres del mismo sexo no contrajesen nupcias. Es decir, Milk fue un ilustre adelantado que propuso y cumplió. Pero como todo en la vida, nunca nada es suficiente. Hay un largo camino por recorrer, y la comunidad gay está en la obligación de seguir avanzando alrededor del mundo con sus proclamas de igualdad de derechos. Los gays tienen un icono mundial en quien seguir depositando su esperanza, Harvey Milk. Cuidado que el mundo está cambiando y se están volviendo a escuchar voces retrógradas y destempladas. Milk puso la primera gran piedra hace tan solo 30 años, que no son gran cosa en el repaso de la historia. Luchen por su legado y no dejen que el péndulo siga moviéndose bruscamente. Hasta la próxima.

“Last night as I carried you to my bed I saw the day over and over… I needed no camera yesterday to capture glorious pictures- they are forever burnt into my heart”.
Harvey Milk, from a love note to Jack Lira, January 24, 1977.

PEPE DERTEANO

domingo, 22 de marzo de 2009

“Gran Torino”, levar anclas.









































Hoy recibimos a un invitado especial, premiado en nuestro primer aniversario hace ya más de dos meses. Su nombre, JUAN CARRASCO DE LAS HERAS, participante activo de nuestro espacio, colaborador habitual del blog español PERIODISTA DIGITAL, sección cinematografía SESION GOLFA. JUAN es un acucioso crítico y apasionado cinéfilo como todos nosotros. De pluma afinada y criterio intuitivo, nos brinda generosamente su interpretación de la última salida a escena de un grande de la historia de la industria, CLINT EASTWOOD. Hagan sus preguntas, comentarios y tratemos a nuestro invitado como corresponde.

Ya hemos comentado copiosamente lo que pensamos acerca del maestro Eastwood cuando publicamos CHANGELING o EL SUSTITUTO. Como actor, solamente recordar que al no ser tomado en cuenta por la UNIVERSAL para papeles protagónicos, se formó interpretativamente con SERGIO LEONE y su famoso SPAGUETTI WESTERN, realizando tres películas que revolucionaron el Western europeo de los sesenta como PER UN PUGNO DI DOLLARI, PER QUALCHE DOLLARO IN PIÙ y IL BUONO, IL BRUTTO, IL CATTIVO. Regresó a filmar con DON SIEGEL el film COOGAN'S BLUFF con relativo suceso. Luego vendría una notable y abundante filmografía como intérprete, desde un EASTWOOD –siempre con rostro imperturbable y mirada ceñuda - como el mercenario impasible y lacónico, luego como una especie de ángel exterminador, un viejo guardaespaldas del presidente, un enamorado impávido junto a MERYL STREEP en el melodrama lírico THE BRIDGES OF MADISON COUNTY, un ladrón esteta coleccionista de pinturas, un periodista impetuoso para impedir in extremis la pena capital, un hombre abandonado en el espacio, un existencialista entrenador de boxeo y hoy finalmente como un amargado veterano de guerra que sacrifica su vida por los demás. No volveremos a ver a EASTWOOD en la pantalla grande. Uno de los mitos norteamericanos vivientes quizás junto a WOODY ALLEN. Ojala los pareceres cambien y exista alguien cuya especialidad sea el convencimiento y nos devuelva por algunos momentos la imponente estampa de uno de los personajes más queridos y admirados de la cinematografía mundial. Es cuestión de desempolvar un fornido caballo, una vieja nave espacial o el viejo Gran Torino.
PEPE DERTEANO MUENTE


CRITICA GRAN TORINO – Juan Carrasco De Las Heras - España, Marzo 2008

Alguien que personifica el debate de ser o no el mejor cineasta vivo merece que cada uno de sus trabajos, aunque con la debida frialdad de juicio, sea observado con el respeto y la expectación que corresponde a los galones ganados a pulso durante la dilatadísima trayectoria de alguien capaz de convertirse en mito tanto delante de la cámara como detrás de ella.

Su labor interpretativa en Gran Torino (acertadísimo título, por cierto) supone la jubilación del Eastwood actor, argumentando él mismo que ya no tiene mucho más que aportar a la profesión que ha sido su vida. Afortunadamente, casi octogenario, se encuentra en una sorprendente madurez creativa, y no nos abandonará como director, en mi opinión su mejor cara en este complicado mundo de hacer (buenas, lo otro es más sencillo) películas.

El film que nos atañe, al igual que Cartas desde Iwo-jima el año pasado, ha sido la vía de escape, el capricho personal de bajo presupuesto de Clint, paralelo a la producción de mayores pretensiones (Changeling), y con mejores resultados a nivel de entretenimiento. Si bien no estamos ante su mejor obra (el no siempre sólido guión se nutre directamente de la soberbia Million Dollar Baby y se hace previsible, lo cual desluce algo el final) y ninguno de sus ingredientes destaca como para hacerse llamar el mejor del año, el conjunto final es más que satisfactorio por su sencillez, emotividad o los toques humor de buen gusto que se erigen como tónica general.

La historia gira en torno al mejor personaje que podía crear Eastwood para su despedida, un viejo racista veterano de la guerra de Corea, con cara de palo y más profundo de lo que su aspecto sugiere; un tipo duro en su ocaso que toma contacto con sus vecinos asiáticos (a los que no soporta, devorado por los prejuicios) y demuestra que bajo esa fachada de roca erosionada por el sol hay un hombre sensible. Nada más cerca de la realidad del venerable artista. Aposentado en un pasado que ya no existe, Walt (así se llama el protagonista de la historia) deberá levar anclas y caminar hacia lo incierto de la evolución de los nuevos tiempos, y para ello se verá empujado por sus propios sentimientos y los que despertará en los que le rodean, no sin dificultades y algún que otro “momento western clásico”.

La sobriedad y el magistral uso de las sombras, ya seña de identidad, junto a las intensas relaciones basadas en miradas y diálogos de los protagonistas (otra seña de identidad, la dirección de actores) conforman los pilares de sustento de esta interesante cinta. Porque si hay que mencionar una característica de Clint Eastwood es su corrección académica, su efectividad para transmitir emociones desde la sencillez, sin estridencias (muy de moda ahora) y sabiendo esquivar lucimientos personales (como actor y como director) cuando el beneficio del resultado final lo requiera. Y éste vuelve a ser el caso. Ojala nos dure muchos años más su conciso cine de ideas claras. ¡ Dale, Clint !

Dirección: Clint Eastwood. Duración: 116 min. Intérpretes: Clint Eastwood (Walt Kowalski), Christopher Carley (padre Janovich), Bee Vang (Thao), Ahney Her (Sue), Brian Haley (Mitch), Geraldine Hughes (Karen), Dreama Walker (Ashley), Brian Howe (Steve), John Carroll Lynch (Martin), William Hill (Tim Kennedy), Brooke Chia Thao (Vu). Guión: Nick Schenk; basado en un argumento de David Johannson y Nick Schenk. Producción: Clint Eastwood, Robert Lorenz y Bill Gerber. Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens. Fotografía: Tom Stern.