domingo, 19 de abril de 2009

“In Bruges”, una expresión genuina de una encantadora tragicomedia negra azabache

































IN BRUGES - Martin McDonagh - 2007

En el cine hay acontecimientos fílmicos que nos suelen sorprender gratamente sin haberlos detectado y otros que se nos recomiendan y terminan por agotarnos a causa que son más de la misma cantaleta sugerida. He aprendido –y se los digo con sello de calidad incluido- en estos últimos 15 años a respetar el cine que desarrollan los ingleses, sea el género que te ofrezcan, porque no se van por las ramas de los árboles argumentales sino que van de frente a buscar lo que suponen como correcto, sea trasgresor o no de sus propios intereses. IN BRUGES es una bocanada de aire fresco, una verdadera novedad creativa, una esperada propuesta bastante oscura que ya había paseado y comprobado su eficacia en teatros y cortometrajes, como intentaremos explicar luego. Creo que contrariamente al pasado iracundo que viste la obra de su director Martín McDonagh, en IN BRUGES puedo llegar a detectar una realización que asume sin culpa y desfachatez sus elementales disfrutes cinematográficos y que además introduce una corriente de virtuosismo que agrada y le hace muy bien al estado de ánimo del espectador. Hablo de un goce compartido entre el triunvirato perfecto, el creador, el público y la industria. IN BRUGES logra seducir cinematográficamente, porque el aún joven director consigue que nos interesemos en los énfasis y en los detalles, en los encuadres y en los cortes, en el sarcasmo y en las confabulaciones, nos lleva cinematográficamente narcotizados para que busquemos hasta encontrar en el cómo y no tanto en el qué. Sin embargo, en todo lo demás, vale decir, en su feed back o retroalimentación, en su disciplina escénica y en su contracción erótica, IN BRUGES es un largometraje de claustro y recogimiento signado por el mandato imperativo que nace, se desarrolla y muere en esa conspiradora hegemonía constreñida de la inspiración cinematográfica.

Por un momento, cuando observaba la película, pensaba en Godard, en Truffaut y en esa banda de idealistas improvisados y provocadores de CAHIERS DU CINEMA, que juntos produjeron A ABOUT DE SOUFFLE, esa película esperanzadora a principios de los sesenta donde se echaron por tierra habitualidades, formalismos y linealidades pero que lograron hacer de lo imprevisibilidad del desenlace un aliado absolutamente incondicional. Luego, con el transcurso de los años, sería tan solo un grato recuerdo. También me vino a la mente la maravillosa PULP FICTION de Tarantino y el consabido estribillo del placer de hacer cine solo por hacerlo. Estas dos películas las comparo con IN BRUGES, no solo por el vital atrevimiento cinematográfico de Godard, Tarantino y ahora de Martín McDonagh, tampoco lo hago por lo que significa un acercamiento a la mezcla de géneros negros tragicómicos, sino porque tienen en común lo que resulta adictivo en un cinéfilo, el entretenimiento, el asombro, la repugnancia, el entusiasmo, el sobresalto, la carcajada, el escándalo y hasta la sonrisa cómplice. Obviamente IN BRUGES no es del todo perfecta, como no lo fue PULP FICTION. Si además de todo lo expresado, las imágenes emocionaran con un dramatismo desgarrador e hicieran funcionar las neuronas siquiera un poco para deshacer laberintos y entresijos, probablemente la experiencia sería inconmensurablemente excepcional. Pero no es así, es improbable, imposible pedir todo a la vez. IN BRUGES es solo una película negrísima cuya intencionalidad impuesta con rigor por el intrépido McDonagh es indiscutible, porque el realizador no es presuntuoso y en ningún momento da la sensación de querer mucho más que demostrar su propia técnica depurada que elabora con diálogos brillosos. McDonagh es consecuente con lo que plantea y logra, Una minucia que siempre resulta atractiva en un cine donde se abusa con frecuencia de convenciones habituales y las dosis innovadoras no suelen constituirse en precisas y encomiables.

Considero importante mencionar algunas características de su realizador y guionista. Martín McDonagh es un dramaturgo anglo-irlandés de 39 años, reconocido y asentido por sus puestas teatrales de desatinado salvajismo. Su obsesión siempre abarcó la representación genuina de una vertiente inmoderada del teatro vandálico concentrado en una bestialidad imparable donde dota al aspecto violento de una adictiva sensación de naturalidad que logra enamorar al espectador y que tuvo como precursor el sangriento género teatral del “grand guignol”. Este género, comenzó en Francia a finales del siglo diecinueve y aún se mantiene en actividad aunque ya sin la calidad intelectual que le atribuyeron algunos literatos. Se ha definido como un teatro de sentimientos y de situaciones extremas que utiliza el terror intenso en reemplazo del relato situacional e ideas novedosas. Agota a sus actores, complace a su público. McDonagh escribió y llevo a escena su ópera prima teatral titulada LA REINA DE BELLEZA DE LEENANE, a quien el público le rindió inusitado tributo. Es un texto duro, negrísimo, brumoso, sarcástico, iracundo y ácido. Una obra de una particular mezcla de emotiva dureza y deslumbrante ferocidad ambientada en Irlanda. Luego estrena EL TENIENTE DE INISHMORE que refiere la historia de un terrorista expulsado del IRA por su iracunda brutalidad y que se traslada a su pueblo a vengarse contra quienes han asesinado a su pequeño gato. Sin embargo, su obra de mayor repercusión hasta la fecha se titula EL HOMBRE ALMOHADA –que se trajo al Perú en abril del 2006 y se puso en escena bajo la dirección de Juan Carlos Fisher en el teatro La Plaza ISIL con gran éxito- y lleva a nuevos e inesperados extremos su concepción del teatro de la crueldad y la aberración. La obra trata de un escritor detenido por la policía en una dictadura debido a que sus relatos se relacionaban con asesinatos de niños y adolescentes. Desprovistos de pruebas irrevocables, sus interrogadores pretenden ejecutarlo extrajudicialmente. La puesta en escena sorprende por los atroces maltratos y asesinatos que son inflingidos en plena representación a niños y adolescentes. Posteriormente, en el año 2005 probó suerte en el cine con el cortometraje SIX SHOOTER -una comedia irlandesa de 185,000 euros, negrísima, rotunda y sangrienta de 27 minutos, con las notables actuaciones de Brendan Gleeson y Rúaidhrí Conroy como interpretes principales. Ganó nada menos que el Oscar por Live Action Short Film –mejor cortometraje- en el 2006. El corto trata sobre cuatro personas que se unen en un tren camino a Dublín con algo en común, todos sufren la perdida de un ser querido pero todos lo expresan de la misma forma. Donelly -Brendan Gleeson- lidia con el dolor de haber perdido su mujer la noche anterior de una forma tranquila. Una pareja que se ve totalmente desilusionada y la tensión se apoderan de ellos. Un muchacho -Rúaidhrí Conroy- al frente de Donelly, es el acompañante de viaje. La frescura del corto, como la de todas aquellas propuestas fastuosas, está en el comedido guión y en la presentación de diálogos rápidos y geniales que se imponen gracias a la genialidad de Martín McDonagh. Conroy se roba totalmente la presencia en pantalla y solo el cómico, trágico y tétrico final supera el WITTY TALK o la conversación ingeniosa de este increíble personaje. McDonagh logra destacar el sentimiento de pérdida en cuatro personalidades totalmente disímiles y construye un ambiente de suspenso digno del mejor Hitchcock. Pues bien, muchos críticos británicos e irlandeses le llamaron la atención por su excesiva fascinación y hasta fanatismo por la exorbitante violencia de sus piezas teatrales, cuya tendencia principista se enmarca dentro de lo que significa golpear descarnadamente sentimientos primarios de un espectador desorientado por buscar una salida a sus propios problemas existenciales. Martín McDonagh prefiere hacer un cine consensuado entre su tendencia teatral natural agregándole una reflexión más elaborada y que su técnica cinematográfica apele a una combinación y complementariedad de posiciones y recursos para innovar un tipo de thriller más tirado al uso del humor negro pero con personajes cultos, moralistas, simpáticos y hasta arrepentidos pero profesionalmente despreciables.

Finalmente, decirles que IN BRUGES es una gran película, imperdible, de aquellas capaces de dejar a los críticos más refinados y ácidos con los ojos en blanco. Quizás no le alcance para estar considerada en los diccionarios de la trivia cinematográfica pero que nos abre la puerta de nuestros recuerdos más preciados, ése que me obliga a calificarlo como un pequeño gran homenaje al mundo diáfano de Stan Laurel y Oliver Hardy, nuestros queridos humoristas de la inmortal serie EL GORDO Y EL FLACO. Ya hemos hablado de su realizador, de su imponente y deslumbrante guión. Se logra una plena articulación de las escenas dotadas de un continuismo prodigioso. No hay por donde perderse porque la historia es limpia. No hay baches ni saltos narrativos, la estructura es complaciente y manejable. Excelente la fotografía –un homenaje clarísimo a la pintura flamenca- y su tipo de iluminación, la dirección artística destaca particularmente al mostrarnos la ciudad de Brujas esplendorosa, medieval y cultural. Las locaciones interiores tienen una magia envolvente. Siempre exponen un concepto de miniatura, de estrechez. Las interpretaciones de Gleeson, Fiennes y Colín Farrell son realmente meritorias. Farrell es un actor que lo considero del montón, pero cuando realmente encuentra el papel y se lo propone logra entregarnos actuaciones convincentes y para el aplauso. Para mí esta supera todas sus anteriores y ha recibido muchos premios importantes merecidamente. Pero si no hubiera tenido al gran Brendan Gleeson y a un actor de la calidad de Ralph Fiennes como soportes, los resultados hubieron sido los mismos. Es una película de género negro, una tragicomedia con ingredientes sarcásticos muy adecuados que combinan diálogos justos y profundos. No hay duda que los diálogos son lo mejor de IN BRUGES. A mí me basta y sobra con aquel que mantuvieron por teléfono Gleeson –en Brujas- y Fiennes –en Londres- porque se entreveran tonos de voz, gestos de sorpresa, preguntas inoportunas, respuestas mentirosas y hasta una conversación cultural entretenida. Me gustó la interacción de Farrell con el enanito –brillante actuación- y aquellas escenas donde tanto Gleeson y Farrell demuestran su apego por sus gustos disímiles y dialogan con verdadero sentimiento. Es una propuesta que vale la pena ir a observar, porque tiene muchas escenas interesantes entrelazadas, muchos diálogos graciosos, ridículos y también mensajes sobre la psicología de los sicarios asesinos, esos que nos caen bien pero que pagan su culpa porque tienen códigos y valores. Para terminar, que ganas de pegarse un viajecito por la ciudad de Brujas. ¿Será tan acogedora y cierta la versión que tienen 300 tipos de cerveza? Hasta la próxima.

PEPE DERTEANO

lunes, 13 de abril de 2009

“12:08 Al este de Bucarest”, el libre albedrío frente a una cámara de televisión.














12:08 AL ESTE DE BUCAREST - Corneliu Porumboiu - 2006

Una lástima que una joya cinematográfica que se asocia e intercala en grado mayor con las ideas firmes, transparentes y cotidianas que con extravagancias y proposiciones fantásticas, sea solamente exhibida en dos salas de todo Lima. Un despropósito torpe y mayúsculo que sigue con la línea de embrutecimiento de nuestra cultura del conocimiento que –al margen de la repugnante televisión nacional- debería empezar a educar en serio utilizando un producto de resultados intelectuales meritorios como el buen cine. 12:08 al Este de Bucarest es una posibilidad abierta para educar y entretener. En fin, ojala aquellos chiflados y neurasténicos que manejan el negocio de las películas, puedan tener la suficiente inteligencia para darse cuenta que todos, sin excepción, necesitamos de un buen cine y también del otro. En un país como el nuestro hay lugar y cinéfilo para todos los gustos. No tengan miedo.
No teníamos mayor referencia del director rumano Corneliu Porumboiu, salvo esta película que nos llega repentinamente, de aquellas que abusando gentil, respetuosa y prolijamente de su simplicidad, de su testarudez paradójica pero contagiante, son poseedoras de una sugestiva forma de expresarse y una profunda prosapia cinematográfica, además de entregarnos con sutil precisión –dentro de un fin de semana desgarrador en lo personal- un delatado naturalismo en la ausencia del artificio argumental, de la trampa visual, del diálogo incierto, vacío y de la estética perfeccionista. Porumboiu tiene el intelecto y el atrevimiento de proponer una fórmula inusual para construir de la estricta combinación de la nada y el absurdo, una película vital que provoca caer rendido ante las circunstancias que impulsa. Uno queda medio perplejo ante el planteamiento tan sencillo pero a la vez tan complicado de lo que significa un cuento de ribetes deliciosos de tres estereotipos que se encierran con incomodidad dentro de una compacta amalgama del hombre común, de ese ser improvisado que en vez de interpretar un personaje hacen una representación fidedigna de sí mismos, con sus defectos y sus innumerables contradicciones. Una propuesta que desnuda los defectos de otras propuestas y no la de las suyas propias. Una lección de cómo exprimir, a través de diálogos, imágenes y sonidos, la aventura de lo ilógico, lo inadmisible y desatinado de un esbozo televisivo sin pies ni cabeza dominado por el atolondramiento, la imprudencia y lo puramente reflexivo. Una parodia seria, una caricatura de lo honesto o un remedo de lo que parece ser que fue aunque nunca se sabe si llegó a serlo.

12:08 AL ESTE DE BUCAREST explora simplemente y a través de un programa de televisión en vivo, si hubo o no hubo revolución en una ciudad ubicada muy lejos de la capital rumana, cuando el dictador Nicoleau Ceaucescu huía en helicóptero –al mejor estilo del sinvergüenza ex-presidente argentino De la Rúa- a la medianoche con ocho minutos del 22 de diciembre de 1989. Una fábula minimalista que golpea demoledoramente en la conciencia de aquellos que nos gusta el cine bien narrado, sin una palabra, un gesto o una imagen demás. Un filme que se acerca a ese incomparable estilo de Jarmusch y su fascinación por el viaje errático en su magnánima propuesta “Down by law”. Corneliu Porumboiu hace una minuciosa exposición de cómo transformar la realidad que sus tres hilarantes personajes -en 24 horas como temporalidad real- quieren recordar luego de 16 años el suceso Ceaucescu. Los personajes televisivos del director rumano no mienten como parece suceder. Solamente necesitan recordar algo que aconteció hace mucho y van tergiversando la realidad. Cada uno denota tener sus propias perspectivas. ¿Dónde está la verdad? No se sabe. Ahí radica el enigma de Porumboiu. Solo se circunscribe a mostrarnos diferentes opciones o florilegios, y como todas las personas en cualquier parte alejada del mundo –los peruanos somos los mejores- que olvidan tan rápido y por lo tanto la memoria empaña los hechos y transforma la realidad.

En cuanto a la premisa argumental está muy clara como para explicarla. El guión es bueno y noble, y la historia es una sátira con contenido social. Me gustó el plano fijo de la primera parte en donde todos y cada uno de los elementos cinematográficos interactúan con una fluidez asombrosa. También esa cámara inquieta –que no podía sostenerse en el trípode y que asume un camarógrafo inexperto- que juega con una sensibilidad que no molesta en lo absoluto y va desenfocando gestos y movimientos jocosos de los tres protagonistas. Si de simpleza nos podemos regodear es de cómo empieza y como termina la película sumándole tan solo dos detalles, la nieve desenfrenada que cae con una belleza inusual y como se enciende la esperanza de un pequeño pueblo al este de Bucarest. Finalmente, no creo que sea una película mejor concebida que “4 meses, 3 semanas y 2 días” de Cristian Mungiu o quizás la de Cristi Puiu, “Moartea domnului Lazarescu” o la generosa “Nesfarsit” del malogrado Cristian Nemescu, pero tiene eso que los críticos buscan en cualesquier película de ese acogedor y novedoso cine rumano, sin considerar géneros ni torpes categorizaciones: es seductoramente convincente y pasional. Hasta la próxima.


PEPE DERTEANO