jueves, 28 de mayo de 2009

“The Wrestler”, del abundante mar el mero y de la prodigiosa tierra el carnero.











































THE WRESTLER (El Luchador) Darren Aronofsky - 2008
Siempre quise hacerle un pequeño homenaje en vida a Marlon Brando, ya sea escribiendo lo que sentía por su excepcional carrera cinematográfica convertida en la más célebre de toda la historia de la interpretación, quizás por su desordenada vida plagada de mujeres e hijos a quienes cuidó con una devoción sin precedente, o también por su desinteresada ayuda al prójimo discriminado y maltratado realizando diversas actividades en defensa de las irracionales situaciones de los negros afroamericanos y también en la protección del indio aborigen norteamericano, y por una razón más humana e íntima, porque le tocó vivir el sufrimiento más doloroso que puede experimentar el hombre siendo padre, llorar el suicidio de una hija quien lo acusó de complicidad en el asesinato de su marido, que perpetrara uno de sus hijos mayores que luego fuera condenado a prisión por este hecho. Pero no se pudo, nunca lo hice y esa reverencia o dedicatoria al gran maestro creador de, el método, le quisiera robar un retazo para ofrendársela a uno de mis actores preferidos de mi juventud, Mickey Rourke, a mi aburrida manera pero agregándole a la lucha libre y les cuento porqué.

Philip Andre Rourke Jr., nació en el 52 –me lleva 11 años- es decir, va a cumplir 58. Recuerdo que el Papá de un buen amigo –ya fallecido, el papá, no mi amigo- tenía un conocido –un gordo enorme y más bueno que el yogurt- que siempre que lo veía tenía un polo con cuello color negro impresionante. Recuerdo que este señor –si está vivo se llama Manolo- un sábado por la tarde, nos llevó junto al papá de mi amigo a su casa, supongo que a hacer unos negocios. Les estoy hablando de lo que ahora es la zona de San Felipe en Jesús María, no en los depas residenciales diminutos que construyó el Arq. Belaúnde en su primer gobierno, sino en la parte digamos con mayores recursos disponibles, muy cerca a la avenida La Marina. Situémonos en el año 1979, 16 para 17 años de edad. Para resumir la historia, Manolo nos tenía un gran cariño no solo a mí y al potón –así lo enchaparon en el colegio a mi amigo- sino al grupo que estábamos en la onda esa de lo que hoy es la pre-universitaria, el drama existencial, la enamorada ausente o el amor platónico –en mi caso- la música, quien era aventajado y le metía más mano a las cholitas o blanquitas que pasaban, y mil situaciones absurdas más. Claro, en esa época no era como ahora, no habían Bembos, ni deliveries, las discotecas eran mísias y las fiestas eran intercambiando hermanas etc. Es decir, no teníamos sino el cine, el fútbol y estudiar. Pues bien, regresemos a Manolo. En realidad, nosotros no pasábamos de cinco, a veces cuatro pero ese era la mancha como se llamaba antes. Manolo –creo que se cae de maduro- era contrabandista, un pirata como se diría hoy y tenía cuartos llenos de perfumes, cigarros importados, licores de etiqueta, chocolates, ropa finísima, las zapatillas adidas, relojes famosos, los betamax a cartucho, pornos xxx, televisores a colores –mi tío le compró uno- y mil cosas que en ese momento eran productos que te daban cierta posición sobre los demás compañeros. Un día de normal hueveo Manolo nos llevó a tres de la mancha a almorzar a un restaurante de lujo, La tranquera –carne de res- que quedaba en Pardo y hasta ahora existe. Nos dijo que el viejo del potón le había negociado tres de sus embarques así que nos dedicó un sábado –era verano- casi completo. El hombre no tenía hijos así que se emocionó y nos tomamos nuestro primer pisco sour, pero con la parrilla, los chistes, sus hazañas, la conversa –Manolo sabía tanto de cine como de contrabando- y todo lo que rodeaba ese gran día, se nos fue pasando la hora. Nosotros teníamos una fiesta y la mamá del potón nos iba a recoger –no a llevar- a golpe de 12 o 01 de la madrugada. Manolo nos dijo que no seamos tontos, que nos llevaba a su casa, nos vestía de pies a cabeza y nos dejaba en el tono a las 10.00 PM y que de pasada nos llevaba a ver LOS FABULOSOS DEL CATCH. Todo era perfecto porque recién eran las cinco de la tarde y preferíamos pasarla con el gran Manolo que andar vagando por ahí. No recuerdo exactamente que les dio a mis amigos pero a mí me tocó: Un par de zapatilla Adidas –ojo las alemanas no las argentinas- un jean celeste marca Consenso y dos polos de los que me gustaban tanto, uno rojo sangre y uno negro. Me dijo fumas, le dije sí y me regaló un cartón de esos cigarros negros que parecían chocolates Phillips Morris, un gorro adidas celeste con negro, una pelota de fútbol desinflada que parecía una piedra cuando le puse aire y harto chocolate Nestlé. Hicimos los paquetes y los dejamos en la casa de cada uno. De ahí al coliseo del puente del ejército –para nosotros era irnos a la guerra- a ver Catchascán –WRESTLING le dicen en inglés-. Vimos pelear a Super Demon, La Momia, Huracán Sánchez, Atila, El Vikingo, el Loco Cardenal y muchos más que sería imposible nombrarlos a todos. Nosotros habíamos visto lucha libre por televisión pocos años antes, pero en el sitio el espectáculo era otro, magia pura, diversión desenfrenada. La habilidad de las llaves, la pericia del engaño, el sonido de las caídas, la emoción que despertaba en la gente de nuestro alrededor era realmente increíble. Y todos sabíamos que era un espectáculo casi teatral pero era lo menos importantes. Fue una de esas noches completas, que fuimos felices, que comiste, tomaste, te regalaron cosas impensadas, conociste las alegrías de un tipo como Manolo, que nos hizo sentir por algunas horas tres muchachos al borde de la locura. Nada de chicas, no hubo ¿te gustaría bailar?, ¿cómo te llamas?... no tan juntos, te estás pegando demasiado, no gracias estoy cansada. Esa es mi forma de homenajear la película, con una anécdota y cuando puedo veo la WWE y me divierto recordando a nuestros peleadores criollos, mal disfrazados quizás, con una técnica del engaño no tan consistente, algunos sin músculos ni cicatrices siquiera, esos hombres de lucha que tienen que dar la verdadera pelea fuera de los cuadriláteros porque así se los exigió el destino, pero había detrás de todo lo que se ofrecía un inolvidable detalle, nos hicieron delirar por más de dos o tres horas y eso no es poca cosa. Es un recuerdo imborrable. Hoy, la vida en Lima es diferente. No tenemos espectáculos de CATCHASCÁN masivos, Manolo decía que era un deporte tan duro como el boxeo, son primos hermanos porque están ambos dentro de un ring y se trata de enfrentarse al peligro y doblegar al dolor, pero son hermanos por emoción y sin distinguir clase social. Gracias Manolo, por ese caluroso sábado de verano. Marcaste mi vida y también la de mis amigos. Bueno, espero que hayan compartido en pocos minutos muchas horas de una jornada épica para tres chicos comunes y corrientes.

Imagínense entonces cuando observé THE WRESTLER,inmediatamente me remonté a esos momentos, entendí lo doloroso y lo digno de la vida de un hombre metido en una profesión insegura, ingrata, embustera, que no te deja nada benigno sino decepciones, golpes y el olvido. Nadie parecía tomar en cuenta lo que Randy “el carnero” Robinson había hecho por muchas generaciones de aficionados. Se esforzó por brindarles lo mejor de sus años como luchador. Se partió el alma en mil combates para enfrentarse a lo injusta que suele ser la existencia humana con la enorme mayoría. Se olvidaron que ese hombre les había iluminado el alma y robado la emoción muchas noches, incontables instantes en sus vidas quizás tan vacía como la del carnero Randy. Pero así es el transcurrir de un hombre que lucha ante su indecisión, su sombría avaricia y su circunstancia negativa, que envejece y va empezando a advertir los estragos del tiempo en su humanidad plagada de cicatrices, músculos estirados y huellas que duelen no en el cuerpo sino en el espíritu. El carnero Rourke se empecina en hacer de sus días un averno terrenal consumiendo drogas que no se metabolizan adecuadamente para mantenerse en forma y autoengañarse pretendiendo eludir lo inevitable, la majestuosa reproducción del fiasco y el descalabro de un corazón enmohecido. Solamente quiero transmitirles un sentimiento. La película EL LUCHADOR funciona -y muy bien- porque todo lo que cuenta ruge tan terriblemente genuino y despiadado como la vida misma. Acá no hay mucho tiempo para perder. O te embarcas en la ruta equivocada o en la acertada pero te embarcas si o si. Ningún buen sanmaritano va a hacer nada por el simple hecho de haber pernoctado en este mundo. Ojala logren comprender el mensaje en su completa dimensión.

THE WRESTLER nos explica con simpleza y sobre todo con suma honestidad como un hombre leyenda de la lucha libre –derrotado sí, pero jamás perdedor- se confunde en tomar decisiones atinadas y como éstas repercuten en las vidas del ser que ama –su hija Stephanie- y aquel que pretende conquistar, la sensual Cassidy, una stripper asqueada de lo que hace y que representa con una naturalidad, arrogancia y sujeción interpretativa la notable Marisa Tomei. El carnero se va quedando solo porque no termina lo que comienza, porque no asimila el golpe cardiaco recibido y no puede darse cuenta de la forma de ordenar prioridades ni combatir con éxito sus relaciones personales. Darren Aronofsky nos entrega una hermosa película acerca de la verdad retratada en un hombre envilecido por su propia indolencia, del esfuerzo implacable por ganarle a los años aunque sea tarde para ello, de la esperanza en buscar donde no hay para sobrevivir, de cómo un hombre debe aceptar e interpretar la realidad que lo posterga y aceptarse a sí mismo como tal hasta el último salto mortal de su fatigosa profesión. Aronofsky consigue desde el principio relatarnos una historia conmovedora a la vez que delirante, conectada con un visceral latir de un intenso ritmo narrativo, sin llegar a desgarrarnos por dentro, ni tampoco acariciarnos con estimulante consuelo. En ocasiones, nos golpea de manera certera y repugnante, como repugnante es la vida, pero también nos hace sentir esa cuota de sencillez, ingenuidad y apasionamiento, como lo que quiere entregarle Randy a Cassidy y no logra convencerla. Se trata de esa suciedad y de esa sinceridad que podemos encontrar en cualquier bar de cualesquier barrio, casi siempre al borde de la barra, tambaleándose con un vaso en la mano o bailando junto al caño mostrando una belleza que se va apagando lentamente. Son simplemente dos historias que pudieron unirse pero no las valoraron como viables, ni ligaron lo suficiente y que ocurren fuera de un ring de wrestling pero dentro del cuadrilátero de la vida. A veces estás tan cerca que no logras percibir la oportunidad que te sopla la nuca. Y aunque el ocaso se acerque, El carnero, decepcionado de su torpeza, saca fuerzas de donde ya no las hay y se convence que tiene que acabar su trajinar artístico y terrenal, rodeado quizás de ese único amor incondicional que lo comprende dentro de su caótico universo, esos fanáticos obsesivos que lo amaron, lo aman y lo amarán para siempre, porque se jugó la vida por sus gritos de aliento destemplados e incontenibles, ofreciéndoles un desenlace como tiene que ser, entregarse en cuerpo y alma a un sacrificio tan inmenso como ese corazón destrozado que se apaga irremediablemente. Esta vez ya no era el gran truco de Randy "el carnero" Robinson.

Resumiendo, lo mejor que va del año junto a la película de David Fincher. Mickey Rourke hace la interpretación del 2009 y de su vida artística. Que me disculpen con amabilidad y buen talante los allegados al magistral Sean Penn, último ganador del Oscar con su inolvidable Harvey Milk. Mickey Rourke lo supera porque disecciona un personaje ordinario, de una profunda prosapia insociable y universal a la vez. Es un exquisito don nadie soez que logra dominar su soledad, que a punta de esfuerzo, equivocaciones y torpezas –tal cual lo hace la gente común, esa que va de a pie- fracasa y conquista, y que es derrotado por el desinterés de la gente que lo rodea, pero logra vencer sus miedos y luchar por sus inalcanzables anhelos hasta el último latido. La escena en que Rourke hace de un despachador de embutidos y ensaladas fue la diminuta diferencia con la que venció a Penn. La academia no logró entender el mensaje. Penn representó a un grupo que luchaba por una causa justa pero estrictamente norteamericana y lo hizo maravillosamente, pero era tan solo eso, una expresión de la sociedad norteamericana en un momento determinado de la historia. Rourke representa no solamente al luchador de ring sino al día a día de un hombre cualquiera que en la parte más alejada del planeta no tiene nada y busca desconsoladamente hasta encontrar su propia insatisfacción. Y añadamos un hecho sustancial. Mickey Rourke es la película en sí, su presencia llena los espacios vacíos que nos brinda Aronofsky para la reflexión, es como una liturgia de lo inmisericorde que es la vida con él pero jamás en su lecho de amor y placer, el cuadrilátero. Por otro lado, Mickey Rourke logra una proeza adicional, convertir lo repugnante en algo bello, lo dramático y desgarrador en una perfecta síntesis de lo emotivo y lo particular. Un detalle final, no es verdad que Mickey Rourke haya resucitado de sus cenizas, ni tampoco es cierto que le debió resultar fácil interpretarse a sí mismo porque no lo hace. Mi homenaje es al actor y no a la persona. EL LUCHADOR es una manifestación de múltiples intenciones y de redención que nos enseña con crudeza que más vale vivir de pie que morir de rodillas. Para quienes quieran recordar la canción de la película interpretada por BRUCE SPRINGSTEEN el link es :
http://www.youtube.com/watch?v=4OSvJvSwmd4. Hasta la próxima y las disculpas por la demora.

martes, 19 de mayo de 2009

"Death Proof", el desafío permanente del cineasta de la magnificencia







































A PRUEBA DE MUERTE (DEATH PROOF) - Quentin Tarantino - 2007

Hay muchísima gente relacionada con el cine que siente fascinación por las propuestas de Tarantino, pero también hay de aquellas que las repugnan asociándolas a la bestia negra onanista que sostienen lleva el casi cincuentón norteamericano nacido en Knoxville, en su mente, sus entrañas y su infantil comportamiento. Tarantino suele lucir un aspecto amable, juvenil, bulímico, entusiasmado, a veces algo exaltado y propenso a reírse o burlarse de todo lo que lo rodea. Hoy mismo, es figura en CANNES 2009. Esta imagen que despliega el cineasta ha sido tomada por la gran mayoría de medios de comunicación en general para recrearse y hasta frotarse las manos para con ella. Ha sido el mismo Tarantino quien ha creado esta especie de perfil mediático incondicional para manejarlos a su antojo y poder posicionarse en un lugar privilegiado de la cinematografía con solamente seis películas en casi 30 años de realizador. Una prueba irrefutable de la inteligencia marquetera de un cineasta que no estando en actividad por largos periodos, es considerado casi al unísono como un icono de la cinematografía moderna. Esto no es un invento, es una realidad contante y sonante como es cierto que fuera de todo contexto publicitario Tarantino es un genio fabricante, un discípulo de su propia manía de restaurador inimitable de géneros y películas de antaño y un más que agradecido propulsor de homenajes con que honra sus raíces.

Tarantino es para mí un producto genuino de la cinefilia, aunque muchos digan que es el único admirable reciclador de la historia del cine. Si el “todo vale” es una de las leyes del universo, Tarantino le saca lustre al zapato viejo no porque tenga una mejor materia prima sino porque sabe hacerlo mejor que el resto. Es más, hoy en día, no observar y hasta analizar el cine que produce y realiza Tarantino sería un despropósito imperdonable en cualquier director cuidadoso y astuto. Su primer film RESERVOIR DOGS, 1992, instituye un estilo de dirección basado, resumido o copiado –como ustedes quieren llamarlo- de Joseph H. Lewis, Martin Scorcese y Stanley Kubrick, que provocó un estamento o fenómeno de culto al entonces joven cineasta. Luego, dos años más tarde, en 1994, logra quizás una de las películas más idolatradas a la vez que odiadas de la historia de la cinematografía moderna, PULP FICTION, que tras ganar CANNES, multiplica exponencialmente esa histeria colectiva que logró con su ópera prima. Yo le agregaría al comentario algo que quizás algunos de ustedes no saben. Muchos años antes que el venerado Tarantino popularizara el término PULP FICTION a través de su magnífica película, éste ya se utilizaba para denominar así a las revistas fantásticas, de terror, policiales o simplemente las novelas negras de muy bajo costo, que lograron una gran popularidad en los Estados Unidos en la década de los 50. El término proviene por el tipo de papel amarillento, pulpa gruesa, brillosa y perfectamente imprimible, con el que se hacían estas publicaciones masivas. Lo que destacaba básicamente en estas revistas –que Tarantino consumía como Maradona cocaína- era la temática explícita, sin estilo aparente, personajes desprovistos de realismo pero con una incontinencia verbal imparable y diálogos sustantivamente ocurrentes, sagaces y divertidos. Este material y los famosos COMICS, marcaron la imaginación del adolescente Quentin. Títulos como Creepy, Eerie y Vampirella –del Warren Publishing Usa- fueron las delicias de varias generaciones. PULP FICTION –ya es sabido por todos que postuló a un Oscar por mejor film- es una película negrísima que hace malabares inesperados con la cronología, el espacio, las referencias y la mezcla perfecta de personajes -estrellas de primer orden- que finalmente son engullidos por una seductora parodia casi en todo su desarrollo fílmico. Vean el afiche oficial de la película y se deleitarán con UMA THURMAN echada con su PULP FICTION en la mano. Luego, Tarantino hace en 1997, una película que desconcertó a sus fanáticos por su ritmo menos delirante y perturbado, quizás su propuesta más clásica. La llamó JACKIE BROWN. Era una saludable variación que experimentó desde el ritual del género negro que siempre abordaba. En este film Tarantino daba muestras de un cine ponderado, muy preciso, delineado con mayor rigor en el personaje que crea situaciones y no el que se adapta a estas. Un film con mucho criterio y brillo, aunque borró de un plumazo esa parodia argumental que tanto había calado en el espectador norteamericano principalmente. Pero esta grata experiencia con ese clasicismo no caería en saco roto y le fue sin duda útil para el doble proyecto que denominó KILL BILL, donde se fusionan estilos visuales algo dispares –un homenaje al spaghetti western, las artes marciales y los dibujos animados- construyendo un conjunto narrativo insólito que logra sobrepasar la estilización del COMICS para llegar a alcanzar en contadas ocasiones la intensidad trágica. Su dama fetiche UMA THURMAN le demostró a su mentor que la juventud, diez años después, la habían catapultado de lo secundario a lo protagónico con una brillantez única en su carrera. Justamente en DEATH PROOF, su última película, aparece como una de las protagonistas la bella neozelandesa Zoe Bell, una stuntman woman, o mujer especialista en escenas peligrosas, quien fue la encargada de sustituir a Uma Thurman en los momentos de más acción de Kill Bill. Pues bien, Tarantino demostró que tenía suficiente talento como para sobrevivir a la delirante explosión mediática que había suscitado.

Hoy nos encontramos frente a su última producción DEATH PROOF, 2007, otro film que llega nuevamente tarde a Lima -quizás el paraíso perfecto para observar el protocolo Tarantino- y con un título, A PRUEBA DE MUERTE, que no logra ser el más apropiado, aunque poco o nada interese. Lo que si queda claro es que TARANTINO no ha cambiado su deslumbrante locura, ni su irrestricto estilo esplendoroso de encarar esta propuesta abarrotado de una desfachatez e incoherencia absolutamente capitales. DEATH PROOF es un film de doble homenaje. Primero a las “películas alternativas clase B o Z de pequeño presupuesto” aunado al sistema del dos por uno –nacido en 1929 por la primera gran depresión económica- que trataron de actualizar hace dos años en Norteamérica, la Gran Bretaña y Australia –GRINDHOUSE se llamó el proyecto- pero que no resultó como lo habían planeado, al juntarse TARANTINO con su socio y amigo RODRIGUEZ, y su film Planet Terror. Un ingenuo pero macizo error de TARANTINO, al no darse cuenta que sus films no son endosables. Me olvidaba, Grindhouse es el nombre que se les daba en los años 60 y 70 a aquellas salas de barrio norteamericanas donde se exhibían los famosísimos largometrajes llamados “exploitation” o “películas basura”, cuyas características simultáneas eran sexo, sangre, violencia y terror, en cantidades industriales y sin argumento valedero, similares a las películas clase B o Z. Obviamente eran concurrencias masivas por el bajo coste de las entradas debido a los bajísimo presupuestos de realización y a una necesidad distractiva. El otro homenaje que hace TARANTINO es a aquellos cineastas y a aquellas películas que influyeron en su formación como cineasta. Una de ellas es THE KILLING de Stanley Kubrick, CAPE FEAR de J. Lee Thompson y con mayor dedicatoria VANISHING POINT de Richard Sarafian y GET CARTER de Mike Hodges. Tarantino convocó a Kurt Russell para que representara al psicópata asesino de rutas y así redimirlo del papel contrario que desarrolla el mismo Russell en BREAKDOWN de Jonathan Mostow & Sam Montgomery en 1997.

DEATH PROOF es propiedad de aquel cine que nos provoca paroxismo a todos. Es decir, ese desenfreno fílmico que nos atrae por su desparpajo y lucidez de mezclar todos aquellos géneros contenidos en la depravación, el fetichismo, el libertinaje, el ajusticiamiento, el escándalo, el peligro, la trivialidad, la sexualidad etc. Y que mejor oportunidad de retozarse con el vértigo de la persecución de automóviles setenteros de colección o la morbosidad de una escena de un choque frontal ralentizado –filmado con diversidad de angulaciones y detalles sangrientos- donde Kurt Russell, su risa cómplice y su macabra abstinencia de licor, hacen de un accidente terriblemente brutal, una payasada cinematográfica que causa frenesí entre el guiño de la sonrisa y el hedonismo. Dos hermosos pies entrecruzados sobre el tablero de un automóvil y en movimiento huevero, música, sonido e imagen de época, una muñequita –la miniatura de una de las actrices, JUNGLE JULIA- una meada urgente y una infaltable charla sobre nada interesante, dan comienzo a la aventura. Una parada obligatoria en un restaurante de tacos, obviamente plagado de afiches de películas mexicanas y luego directo a TEXAS CHILI PARLOR, ese llamativo bar, donde el mismo Tarantino sirve y propone los tragos para ir calentando la peripecia y el infortunio, ahí donde un armatoste de rockola es testigo de un baile finamente exótico que ordena al libido empezar a metabolizar testosterona observando a la hermosa Vanessa Ferlito, donde Russell nos regala una actuación acorde provisto de una campera adolorida pero calmada por un analgésico estampado y una cicatriz que mengua su condición de doble riesgo, ahí donde esa maniaca originalidad nutre diálogos tan centellantes como badulaques pero que brillan tan alejados de la premisa argumental, donde una morena de postura y tamaño descomunales –de memorable nombre, Sydney Poitier- vuelca su impaciencia homosexual en un teléfono celular mediante la trivialidad de los mensajes de texto, ahí donde la música todo el tiempo nos atrapa el recuerdo setentero, ese bar que estira hasta el más mínimo detalle de lo que es un delicioso pastiche de clase B, pero con un estilo y arrogancia insuperable hasta en el calco de las féminas de DEATH PROOF con los cacos de RESERVOIR DOGS. Tarantino pone su color favorito en pantalla y nos hace pasar 14 meses en un segundo. Vuelve a subirse un peldaño y nos regala una secuencia increíblemente magistral. La sexy doctora del hospital –curiosamente llamada Block- comunicándoles a cara de perro al alguacil y a su hijo que el increíble KURT sufrió algunas contusiones en el accidente. El simpático defensor de la justicia, haciéndole un gesto de fraternidad policial al Tommy Lee Jones de los Coen, realiza el mejor diálogo de todo el apocalíptico largometraje de Tarantino. Esta vez les tocará a cuatro mujeres que saben lo que quieren y tienen bien puesta la cabeza, aunque si de vacaciones calientes se tratase las ocurrencias también regresan a la adolescencia. De esta segunda parte del film rescatar una persecución impresionante de dos Dodge Challenger, uno blanco del 70 y el blindado verde de Kurt, del 72. Rutas de cemento y otras de tierra serán las co-protagonistas de una memorable lección de acción, diversión perversa y ajuste de cuentas. Luego, Russell paga sus facturas y algunas ajenas con un certero balazo en el hombro y una soberana paliza a lo Kill Bill. Destacan tanto la doble de verdad, Zoe Bell, la generosa Rosario Dawson, quien en un detalle musical perfectamente hilvanado tiene como sonido de su teléfono celular nada más ni nada menos que una de las canciones preferidas de la memorable Kill Bill # 1, “Twisted Nerve” de Bernard Herrmann. Si quieren pueden ponerse a silbar mientras la buscan en You Tube. Pueden encontrarla en
http://www.youtube.com/watch?v=EcKORO8S6m8. Me olvidaba de Tracie Nicole Thoms una bella mulata que le pone la nota divertida a los diálogos además de ser la conductora del reluciente Dodge Challenger blanco.

Resumiendo, una notable muestra de cómo se hace cine cautivante por parte de QUENTIN TARANTINO aunque el argumento pueda cojear o simplemente sea inexistente. Un verdadero hacedor de espectadores cómplices, encubridores y compinches de una morbosidad perversa pero fascinadora y apetitosa. Cero aburrimientos. Sin lugar a dudas va a estar entre los mejores estrenos de este año. Un film está construido atiborrado de detalles imperdibles, de una meticulosidad estricta desde que arranca hasta que se apaga, sobre todo en locaciones y atmósferas de personajes. Tarantino defiende sin escatimar esfuerzo sus homenajes a las cintas de clase B y Z, y reiterativos auto-homenajes, finamente realizados y perfectamente expuestos, que incluyen entre otros dominios bien situados –menos en los últimos 30 minutos- el retoque del negativo para simular un film algo maltrecho, la fotografía sucia y rayada, algunas imágenes con pequeños cortes o saltos, un trato algo brusco pero eficiente de las tomas, escenas donde los colores se pierden y regresan, los créditos fabulosos y el final congelado. En fin, espero que la hayan visto o vayan a verla y preparémonos para una de las mejores películas del año que se estrena este jueves, THE WRESTLER o EL LUCHADOR, con el aguerrido Mickey Rourke, un actor que merecía llevarse el Oscar pero que no se pudo. Hasta la próxima.