









































THE WRESTLER (El Luchador) Darren Aronofsky - 2008
Siempre quise hacerle un pequeño homenaje en vida a Marlon Brando, ya sea escribiendo lo que sentía por su excepcional carrera cinematográfica convertida en la más célebre de toda la historia de la interpretación, quizás por su desordenada vida plagada de mujeres e hijos a quienes cuidó con una devoción sin precedente, o también por su desinteresada ayuda al prójimo discriminado y maltratado realizando diversas actividades en defensa de las irracionales situaciones de los negros afroamericanos y también en la protección del indio aborigen norteamericano, y por una razón más humana e íntima, porque le tocó vivir el sufrimiento más doloroso que puede experimentar el hombre siendo padre, llorar el suicidio de una hija quien lo acusó de complicidad en el asesinato de su marido, que perpetrara uno de sus hijos mayores que luego fuera condenado a prisión por este hecho. Pero no se pudo, nunca lo hice y esa reverencia o dedicatoria al gran maestro creador de, el método, le quisiera robar un retazo para ofrendársela a uno de mis actores preferidos de mi juventud, Mickey Rourke, a mi aburrida manera pero agregándole a la lucha libre y les cuento porqué.
Philip Andre Rourke Jr., nació en el 52 –me lleva 11 años- es decir, va a cumplir 58. Recuerdo que el Papá de un buen amigo –ya fallecido, el papá, no mi amigo- tenía un conocido –un gordo enorme y más bueno que el yogurt- que siempre que lo veía tenía un polo con cuello color negro impresionante. Recuerdo que este señor –si está vivo se llama Manolo- un sábado por la tarde, nos llevó junto al papá de mi amigo a su casa, supongo que a hacer unos negocios. Les estoy hablando de lo que ahora es la zona de San Felipe en Jesús María, no en los depas residenciales diminutos que construyó el Arq. Belaúnde en su primer gobierno, sino en la parte digamos con mayores recursos disponibles, muy cerca a la avenida La Marina. Situémonos en el año 1979, 16 para 17 años de edad. Para resumir la historia, Manolo nos tenía un gran cariño no solo a mí y al potón –así lo enchaparon en el colegio a mi amigo- sino al grupo que estábamos en la onda esa de lo que hoy es la pre-universitaria, el drama existencial, la enamorada ausente o el amor platónico –en mi caso- la música, quien era aventajado y le metía más mano a las cholitas o blanquitas que pasaban, y mil situaciones absurdas más. Claro, en esa época no era como ahora, no habían Bembos, ni deliveries, las discotecas eran mísias y las fiestas eran intercambiando hermanas etc. Es decir, no teníamos sino el cine, el fútbol y estudiar. Pues bien, regresemos a Manolo. En realidad, nosotros no pasábamos de cinco, a veces cuatro pero ese era la mancha como se llamaba antes. Manolo –creo que se cae de maduro- era contrabandista, un pirata como se diría hoy y tenía cuartos llenos de perfumes, cigarros importados, licores de etiqueta, chocolates, ropa finísima, las zapatillas adidas, relojes famosos, los betamax a cartucho, pornos xxx, televisores a colores –mi tío le compró uno- y mil cosas que en ese momento eran productos que te daban cierta posición sobre los demás compañeros. Un día de normal hueveo Manolo nos llevó a tres de la mancha a almorzar a un restaurante de lujo, La tranquera –carne de res- que quedaba en Pardo y hasta ahora existe. Nos dijo que el viejo del potón le había negociado tres de sus embarques así que nos dedicó un sábado –era verano- casi completo. El hombre no tenía hijos así que se emocionó y nos tomamos nuestro primer pisco sour, pero con la parrilla, los chistes, sus hazañas, la conversa –Manolo sabía tanto de cine como de contrabando- y todo lo que rodeaba ese gran día, se nos fue pasando la hora. Nosotros teníamos una fiesta y la mamá del potón nos iba a recoger –no a llevar- a golpe de 12 o 01 de la madrugada. Manolo nos dijo que no seamos tontos, que nos llevaba a su casa, nos vestía de pies a cabeza y nos dejaba en el tono a las 10.00 PM y que de pasada nos llevaba a ver LOS FABULOSOS DEL CATCH. Todo era perfecto porque recién eran las cinco de la tarde y preferíamos pasarla con el gran Manolo que andar vagando por ahí. No recuerdo exactamente que les dio a mis amigos pero a mí me tocó: Un par de zapatilla Adidas –ojo las alemanas no las argentinas- un jean celeste marca Consenso y dos polos de los que me gustaban tanto, uno rojo sangre y uno negro. Me dijo fumas, le dije sí y me regaló un cartón de esos cigarros negros que parecían chocolates Phillips Morris, un gorro adidas celeste con negro, una pelota de fútbol desinflada que parecía una piedra cuando le puse aire y harto chocolate Nestlé. Hicimos los paquetes y los dejamos en la casa de cada uno. De ahí al coliseo del puente del ejército –para nosotros era irnos a la guerra- a ver Catchascán –WRESTLING le dicen en inglés-. Vimos pelear a Super Demon, La Momia, Huracán Sánchez, Atila, El Vikingo, el Loco Cardenal y muchos más que sería imposible nombrarlos a todos. Nosotros habíamos visto lucha libre por televisión pocos años antes, pero en el sitio el espectáculo era otro, magia pura, diversión desenfrenada. La habilidad de las llaves, la pericia del engaño, el sonido de las caídas, la emoción que despertaba en la gente de nuestro alrededor era realmente increíble. Y todos sabíamos que era un espectáculo casi teatral pero era lo menos importantes. Fue una de esas noches completas, que fuimos felices, que comiste, tomaste, te regalaron cosas impensadas, conociste las alegrías de un tipo como Manolo, que nos hizo sentir por algunas horas tres muchachos al borde de la locura. Nada de chicas, no hubo ¿te gustaría bailar?, ¿cómo te llamas?... no tan juntos, te estás pegando demasiado, no gracias estoy cansada. Esa es mi forma de homenajear la película, con una anécdota y cuando puedo veo la WWE y me divierto recordando a nuestros peleadores criollos, mal disfrazados quizás, con una técnica del engaño no tan consistente, algunos sin músculos ni cicatrices siquiera, esos hombres de lucha que tienen que dar la verdadera pelea fuera de los cuadriláteros porque así se los exigió el destino, pero había detrás de todo lo que se ofrecía un inolvidable detalle, nos hicieron delirar por más de dos o tres horas y eso no es poca cosa. Es un recuerdo imborrable. Hoy, la vida en Lima es diferente. No tenemos espectáculos de CATCHASCÁN masivos, Manolo decía que era un deporte tan duro como el boxeo, son primos hermanos porque están ambos dentro de un ring y se trata de enfrentarse al peligro y doblegar al dolor, pero son hermanos por emoción y sin distinguir clase social. Gracias Manolo, por ese caluroso sábado de verano. Marcaste mi vida y también la de mis amigos. Bueno, espero que hayan compartido en pocos minutos muchas horas de una jornada épica para tres chicos comunes y corrientes.
Imagínense entonces cuando observé THE WRESTLER,inmediatamente me remonté a esos momentos, entendí lo doloroso y lo digno de la vida de un hombre metido en una profesión insegura, ingrata, embustera, que no te deja nada benigno sino decepciones, golpes y el olvido. Nadie parecía tomar en cuenta lo que Randy “el carnero” Robinson había hecho por muchas generaciones de aficionados. Se esforzó por brindarles lo mejor de sus años como luchador. Se partió el alma en mil combates para enfrentarse a lo injusta que suele ser la existencia humana con la enorme mayoría. Se olvidaron que ese hombre les había iluminado el alma y robado la emoción muchas noches, incontables instantes en sus vidas quizás tan vacía como la del carnero Randy. Pero así es el transcurrir de un hombre que lucha ante su indecisión, su sombría avaricia y su circunstancia negativa, que envejece y va empezando a advertir los estragos del tiempo en su humanidad plagada de cicatrices, músculos estirados y huellas que duelen no en el cuerpo sino en el espíritu. El carnero Rourke se empecina en hacer de sus días un averno terrenal consumiendo drogas que no se metabolizan adecuadamente para mantenerse en forma y autoengañarse pretendiendo eludir lo inevitable, la majestuosa reproducción del fiasco y el descalabro de un corazón enmohecido. Solamente quiero transmitirles un sentimiento. La película EL LUCHADOR funciona -y muy bien- porque todo lo que cuenta ruge tan terriblemente genuino y despiadado como la vida misma. Acá no hay mucho tiempo para perder. O te embarcas en la ruta equivocada o en la acertada pero te embarcas si o si. Ningún buen sanmaritano va a hacer nada por el simple hecho de haber pernoctado en este mundo. Ojala logren comprender el mensaje en su completa dimensión.
THE WRESTLER nos explica con simpleza y sobre todo con suma honestidad como un hombre leyenda de la lucha libre –derrotado sí, pero jamás perdedor- se confunde en tomar decisiones atinadas y como éstas repercuten en las vidas del ser que ama –su hija Stephanie- y aquel que pretende conquistar, la sensual Cassidy, una stripper asqueada de lo que hace y que representa con una naturalidad, arrogancia y sujeción interpretativa la notable Marisa Tomei. El carnero se va quedando solo porque no termina lo que comienza, porque no asimila el golpe cardiaco recibido y no puede darse cuenta de la forma de ordenar prioridades ni combatir con éxito sus relaciones personales. Darren Aronofsky nos entrega una hermosa película acerca de la verdad retratada en un hombre envilecido por su propia indolencia, del esfuerzo implacable por ganarle a los años aunque sea tarde para ello, de la esperanza en buscar donde no hay para sobrevivir, de cómo un hombre debe aceptar e interpretar la realidad que lo posterga y aceptarse a sí mismo como tal hasta el último salto mortal de su fatigosa profesión. Aronofsky consigue desde el principio relatarnos una historia conmovedora a la vez que delirante, conectada con un visceral latir de un intenso ritmo narrativo, sin llegar a desgarrarnos por dentro, ni tampoco acariciarnos con estimulante consuelo. En ocasiones, nos golpea de manera certera y repugnante, como repugnante es la vida, pero también nos hace sentir esa cuota de sencillez, ingenuidad y apasionamiento, como lo que quiere entregarle Randy a Cassidy y no logra convencerla. Se trata de esa suciedad y de esa sinceridad que podemos encontrar en cualquier bar de cualesquier barrio, casi siempre al borde de la barra, tambaleándose con un vaso en la mano o bailando junto al caño mostrando una belleza que se va apagando lentamente. Son simplemente dos historias que pudieron unirse pero no las valoraron como viables, ni ligaron lo suficiente y que ocurren fuera de un ring de wrestling pero dentro del cuadrilátero de la vida. A veces estás tan cerca que no logras percibir la oportunidad que te sopla la nuca. Y aunque el ocaso se acerque, El carnero, decepcionado de su torpeza, saca fuerzas de donde ya no las hay y se convence que tiene que acabar su trajinar artístico y terrenal, rodeado quizás de ese único amor incondicional que lo comprende dentro de su caótico universo, esos fanáticos obsesivos que lo amaron, lo aman y lo amarán para siempre, porque se jugó la vida por sus gritos de aliento destemplados e incontenibles, ofreciéndoles un desenlace como tiene que ser, entregarse en cuerpo y alma a un sacrificio tan inmenso como ese corazón destrozado que se apaga irremediablemente. Esta vez ya no era el gran truco de Randy "el carnero" Robinson.
Resumiendo, lo mejor que va del año junto a la película de David Fincher. Mickey Rourke hace la interpretación del 2009 y de su vida artística. Que me disculpen con amabilidad y buen talante los allegados al magistral Sean Penn, último ganador del Oscar con su inolvidable Harvey Milk. Mickey Rourke lo supera porque disecciona un personaje ordinario, de una profunda prosapia insociable y universal a la vez. Es un exquisito don nadie soez que logra dominar su soledad, que a punta de esfuerzo, equivocaciones y torpezas –tal cual lo hace la gente común, esa que va de a pie- fracasa y conquista, y que es derrotado por el desinterés de la gente que lo rodea, pero logra vencer sus miedos y luchar por sus inalcanzables anhelos hasta el último latido. La escena en que Rourke hace de un despachador de embutidos y ensaladas fue la diminuta diferencia con la que venció a Penn. La academia no logró entender el mensaje. Penn representó a un grupo que luchaba por una causa justa pero estrictamente norteamericana y lo hizo maravillosamente, pero era tan solo eso, una expresión de la sociedad norteamericana en un momento determinado de la historia. Rourke representa no solamente al luchador de ring sino al día a día de un hombre cualquiera que en la parte más alejada del planeta no tiene nada y busca desconsoladamente hasta encontrar su propia insatisfacción. Y añadamos un hecho sustancial. Mickey Rourke es la película en sí, su presencia llena los espacios vacíos que nos brinda Aronofsky para la reflexión, es como una liturgia de lo inmisericorde que es la vida con él pero jamás en su lecho de amor y placer, el cuadrilátero. Por otro lado, Mickey Rourke logra una proeza adicional, convertir lo repugnante en algo bello, lo dramático y desgarrador en una perfecta síntesis de lo emotivo y lo particular. Un detalle final, no es verdad que Mickey Rourke haya resucitado de sus cenizas, ni tampoco es cierto que le debió resultar fácil interpretarse a sí mismo porque no lo hace. Mi homenaje es al actor y no a la persona. EL LUCHADOR es una manifestación de múltiples intenciones y de redención que nos enseña con crudeza que más vale vivir de pie que morir de rodillas. Para quienes quieran recordar la canción de la película interpretada por BRUCE SPRINGSTEEN el link es : http://www.youtube.com/watch?v=4OSvJvSwmd4. Hasta la próxima y las disculpas por la demora.
Philip Andre Rourke Jr., nació en el 52 –me lleva 11 años- es decir, va a cumplir 58. Recuerdo que el Papá de un buen amigo –ya fallecido, el papá, no mi amigo- tenía un conocido –un gordo enorme y más bueno que el yogurt- que siempre que lo veía tenía un polo con cuello color negro impresionante. Recuerdo que este señor –si está vivo se llama Manolo- un sábado por la tarde, nos llevó junto al papá de mi amigo a su casa, supongo que a hacer unos negocios. Les estoy hablando de lo que ahora es la zona de San Felipe en Jesús María, no en los depas residenciales diminutos que construyó el Arq. Belaúnde en su primer gobierno, sino en la parte digamos con mayores recursos disponibles, muy cerca a la avenida La Marina. Situémonos en el año 1979, 16 para 17 años de edad. Para resumir la historia, Manolo nos tenía un gran cariño no solo a mí y al potón –así lo enchaparon en el colegio a mi amigo- sino al grupo que estábamos en la onda esa de lo que hoy es la pre-universitaria, el drama existencial, la enamorada ausente o el amor platónico –en mi caso- la música, quien era aventajado y le metía más mano a las cholitas o blanquitas que pasaban, y mil situaciones absurdas más. Claro, en esa época no era como ahora, no habían Bembos, ni deliveries, las discotecas eran mísias y las fiestas eran intercambiando hermanas etc. Es decir, no teníamos sino el cine, el fútbol y estudiar. Pues bien, regresemos a Manolo. En realidad, nosotros no pasábamos de cinco, a veces cuatro pero ese era la mancha como se llamaba antes. Manolo –creo que se cae de maduro- era contrabandista, un pirata como se diría hoy y tenía cuartos llenos de perfumes, cigarros importados, licores de etiqueta, chocolates, ropa finísima, las zapatillas adidas, relojes famosos, los betamax a cartucho, pornos xxx, televisores a colores –mi tío le compró uno- y mil cosas que en ese momento eran productos que te daban cierta posición sobre los demás compañeros. Un día de normal hueveo Manolo nos llevó a tres de la mancha a almorzar a un restaurante de lujo, La tranquera –carne de res- que quedaba en Pardo y hasta ahora existe. Nos dijo que el viejo del potón le había negociado tres de sus embarques así que nos dedicó un sábado –era verano- casi completo. El hombre no tenía hijos así que se emocionó y nos tomamos nuestro primer pisco sour, pero con la parrilla, los chistes, sus hazañas, la conversa –Manolo sabía tanto de cine como de contrabando- y todo lo que rodeaba ese gran día, se nos fue pasando la hora. Nosotros teníamos una fiesta y la mamá del potón nos iba a recoger –no a llevar- a golpe de 12 o 01 de la madrugada. Manolo nos dijo que no seamos tontos, que nos llevaba a su casa, nos vestía de pies a cabeza y nos dejaba en el tono a las 10.00 PM y que de pasada nos llevaba a ver LOS FABULOSOS DEL CATCH. Todo era perfecto porque recién eran las cinco de la tarde y preferíamos pasarla con el gran Manolo que andar vagando por ahí. No recuerdo exactamente que les dio a mis amigos pero a mí me tocó: Un par de zapatilla Adidas –ojo las alemanas no las argentinas- un jean celeste marca Consenso y dos polos de los que me gustaban tanto, uno rojo sangre y uno negro. Me dijo fumas, le dije sí y me regaló un cartón de esos cigarros negros que parecían chocolates Phillips Morris, un gorro adidas celeste con negro, una pelota de fútbol desinflada que parecía una piedra cuando le puse aire y harto chocolate Nestlé. Hicimos los paquetes y los dejamos en la casa de cada uno. De ahí al coliseo del puente del ejército –para nosotros era irnos a la guerra- a ver Catchascán –WRESTLING le dicen en inglés-. Vimos pelear a Super Demon, La Momia, Huracán Sánchez, Atila, El Vikingo, el Loco Cardenal y muchos más que sería imposible nombrarlos a todos. Nosotros habíamos visto lucha libre por televisión pocos años antes, pero en el sitio el espectáculo era otro, magia pura, diversión desenfrenada. La habilidad de las llaves, la pericia del engaño, el sonido de las caídas, la emoción que despertaba en la gente de nuestro alrededor era realmente increíble. Y todos sabíamos que era un espectáculo casi teatral pero era lo menos importantes. Fue una de esas noches completas, que fuimos felices, que comiste, tomaste, te regalaron cosas impensadas, conociste las alegrías de un tipo como Manolo, que nos hizo sentir por algunas horas tres muchachos al borde de la locura. Nada de chicas, no hubo ¿te gustaría bailar?, ¿cómo te llamas?... no tan juntos, te estás pegando demasiado, no gracias estoy cansada. Esa es mi forma de homenajear la película, con una anécdota y cuando puedo veo la WWE y me divierto recordando a nuestros peleadores criollos, mal disfrazados quizás, con una técnica del engaño no tan consistente, algunos sin músculos ni cicatrices siquiera, esos hombres de lucha que tienen que dar la verdadera pelea fuera de los cuadriláteros porque así se los exigió el destino, pero había detrás de todo lo que se ofrecía un inolvidable detalle, nos hicieron delirar por más de dos o tres horas y eso no es poca cosa. Es un recuerdo imborrable. Hoy, la vida en Lima es diferente. No tenemos espectáculos de CATCHASCÁN masivos, Manolo decía que era un deporte tan duro como el boxeo, son primos hermanos porque están ambos dentro de un ring y se trata de enfrentarse al peligro y doblegar al dolor, pero son hermanos por emoción y sin distinguir clase social. Gracias Manolo, por ese caluroso sábado de verano. Marcaste mi vida y también la de mis amigos. Bueno, espero que hayan compartido en pocos minutos muchas horas de una jornada épica para tres chicos comunes y corrientes.
Imagínense entonces cuando observé THE WRESTLER,inmediatamente me remonté a esos momentos, entendí lo doloroso y lo digno de la vida de un hombre metido en una profesión insegura, ingrata, embustera, que no te deja nada benigno sino decepciones, golpes y el olvido. Nadie parecía tomar en cuenta lo que Randy “el carnero” Robinson había hecho por muchas generaciones de aficionados. Se esforzó por brindarles lo mejor de sus años como luchador. Se partió el alma en mil combates para enfrentarse a lo injusta que suele ser la existencia humana con la enorme mayoría. Se olvidaron que ese hombre les había iluminado el alma y robado la emoción muchas noches, incontables instantes en sus vidas quizás tan vacía como la del carnero Randy. Pero así es el transcurrir de un hombre que lucha ante su indecisión, su sombría avaricia y su circunstancia negativa, que envejece y va empezando a advertir los estragos del tiempo en su humanidad plagada de cicatrices, músculos estirados y huellas que duelen no en el cuerpo sino en el espíritu. El carnero Rourke se empecina en hacer de sus días un averno terrenal consumiendo drogas que no se metabolizan adecuadamente para mantenerse en forma y autoengañarse pretendiendo eludir lo inevitable, la majestuosa reproducción del fiasco y el descalabro de un corazón enmohecido. Solamente quiero transmitirles un sentimiento. La película EL LUCHADOR funciona -y muy bien- porque todo lo que cuenta ruge tan terriblemente genuino y despiadado como la vida misma. Acá no hay mucho tiempo para perder. O te embarcas en la ruta equivocada o en la acertada pero te embarcas si o si. Ningún buen sanmaritano va a hacer nada por el simple hecho de haber pernoctado en este mundo. Ojala logren comprender el mensaje en su completa dimensión.
THE WRESTLER nos explica con simpleza y sobre todo con suma honestidad como un hombre leyenda de la lucha libre –derrotado sí, pero jamás perdedor- se confunde en tomar decisiones atinadas y como éstas repercuten en las vidas del ser que ama –su hija Stephanie- y aquel que pretende conquistar, la sensual Cassidy, una stripper asqueada de lo que hace y que representa con una naturalidad, arrogancia y sujeción interpretativa la notable Marisa Tomei. El carnero se va quedando solo porque no termina lo que comienza, porque no asimila el golpe cardiaco recibido y no puede darse cuenta de la forma de ordenar prioridades ni combatir con éxito sus relaciones personales. Darren Aronofsky nos entrega una hermosa película acerca de la verdad retratada en un hombre envilecido por su propia indolencia, del esfuerzo implacable por ganarle a los años aunque sea tarde para ello, de la esperanza en buscar donde no hay para sobrevivir, de cómo un hombre debe aceptar e interpretar la realidad que lo posterga y aceptarse a sí mismo como tal hasta el último salto mortal de su fatigosa profesión. Aronofsky consigue desde el principio relatarnos una historia conmovedora a la vez que delirante, conectada con un visceral latir de un intenso ritmo narrativo, sin llegar a desgarrarnos por dentro, ni tampoco acariciarnos con estimulante consuelo. En ocasiones, nos golpea de manera certera y repugnante, como repugnante es la vida, pero también nos hace sentir esa cuota de sencillez, ingenuidad y apasionamiento, como lo que quiere entregarle Randy a Cassidy y no logra convencerla. Se trata de esa suciedad y de esa sinceridad que podemos encontrar en cualquier bar de cualesquier barrio, casi siempre al borde de la barra, tambaleándose con un vaso en la mano o bailando junto al caño mostrando una belleza que se va apagando lentamente. Son simplemente dos historias que pudieron unirse pero no las valoraron como viables, ni ligaron lo suficiente y que ocurren fuera de un ring de wrestling pero dentro del cuadrilátero de la vida. A veces estás tan cerca que no logras percibir la oportunidad que te sopla la nuca. Y aunque el ocaso se acerque, El carnero, decepcionado de su torpeza, saca fuerzas de donde ya no las hay y se convence que tiene que acabar su trajinar artístico y terrenal, rodeado quizás de ese único amor incondicional que lo comprende dentro de su caótico universo, esos fanáticos obsesivos que lo amaron, lo aman y lo amarán para siempre, porque se jugó la vida por sus gritos de aliento destemplados e incontenibles, ofreciéndoles un desenlace como tiene que ser, entregarse en cuerpo y alma a un sacrificio tan inmenso como ese corazón destrozado que se apaga irremediablemente. Esta vez ya no era el gran truco de Randy "el carnero" Robinson.
Resumiendo, lo mejor que va del año junto a la película de David Fincher. Mickey Rourke hace la interpretación del 2009 y de su vida artística. Que me disculpen con amabilidad y buen talante los allegados al magistral Sean Penn, último ganador del Oscar con su inolvidable Harvey Milk. Mickey Rourke lo supera porque disecciona un personaje ordinario, de una profunda prosapia insociable y universal a la vez. Es un exquisito don nadie soez que logra dominar su soledad, que a punta de esfuerzo, equivocaciones y torpezas –tal cual lo hace la gente común, esa que va de a pie- fracasa y conquista, y que es derrotado por el desinterés de la gente que lo rodea, pero logra vencer sus miedos y luchar por sus inalcanzables anhelos hasta el último latido. La escena en que Rourke hace de un despachador de embutidos y ensaladas fue la diminuta diferencia con la que venció a Penn. La academia no logró entender el mensaje. Penn representó a un grupo que luchaba por una causa justa pero estrictamente norteamericana y lo hizo maravillosamente, pero era tan solo eso, una expresión de la sociedad norteamericana en un momento determinado de la historia. Rourke representa no solamente al luchador de ring sino al día a día de un hombre cualquiera que en la parte más alejada del planeta no tiene nada y busca desconsoladamente hasta encontrar su propia insatisfacción. Y añadamos un hecho sustancial. Mickey Rourke es la película en sí, su presencia llena los espacios vacíos que nos brinda Aronofsky para la reflexión, es como una liturgia de lo inmisericorde que es la vida con él pero jamás en su lecho de amor y placer, el cuadrilátero. Por otro lado, Mickey Rourke logra una proeza adicional, convertir lo repugnante en algo bello, lo dramático y desgarrador en una perfecta síntesis de lo emotivo y lo particular. Un detalle final, no es verdad que Mickey Rourke haya resucitado de sus cenizas, ni tampoco es cierto que le debió resultar fácil interpretarse a sí mismo porque no lo hace. Mi homenaje es al actor y no a la persona. EL LUCHADOR es una manifestación de múltiples intenciones y de redención que nos enseña con crudeza que más vale vivir de pie que morir de rodillas. Para quienes quieran recordar la canción de la película interpretada por BRUCE SPRINGSTEEN el link es : http://www.youtube.com/watch?v=4OSvJvSwmd4. Hasta la próxima y las disculpas por la demora.





































