

















Nikita Sergeyevich Mikhalkov, director de este excepcional filme, inicia su carrera de actor a través de la película YA SHAGAYU PO MOSKVE o UN PASEO POR MOSCÚ en 1963. Tenía tan solo 18 años y ya se mostraba como un joven desenvuelto y seductor. Sin embargo fue la película DVORYANSKOE GNEZDO u HOGAR DE LOS VALIENTES realizada por su hermano mayor Andréi Sergeyevich Mijalkov-Konchalovski, quien le daría el espaldarazo final para su efervescente relación con la cinematografía. Paralelamente a la actuación, el joven Mikhalkov estudia realización con su mentor Mikháil Romm y posteriormente con el maestro Andréi Tarkovski, quien detecta en el joven actor su profunda sensibilidad artística. Se recibe como director de cine en 1972 con UN DÍA TRANQUILO AL FINAL DE LA GUERRA, un mediometraje acerca de los pormenores de un grupo de soldados rusos en la segunda guerra mundial. Debuta como director tres años después, siendo su ópera prima la reconocida película SVOY SREDI CHUZHIKH, CHUZHOY SREDI SVOIKH o AT HOME AMONG STANGERS de 1975, una especie de western acerca de las vicisitudes de un soldado del ejército rojo quien es acusado de robo durante la guerra civil soviética. Luego, en 1976 logra realizar una de sus mejores películas RABA LJUBVI o LA ESCLAVA DEL AMOR, una evocación sentimental y a la vez irónica de la época del cine mudo a través de las aventuras de una estrella de cine atrapada en la tormenta revolucionaria. En el año 1977, Mikhalkov se inclina por un tono mucho más formal y serio produciendo una brillante adaptación de la obra Platonov –de Anton Chéjov, uno de los más grandes y excepcionales contadores de relatos breves de la literatura mundial- a la que titula NEOKONCHENNAYA PYESA DLYA MEKHANICHESKOGO PIANINO o PIEZA INCONCLUSA PARA PIANO MECÁNICO. Esta película, exitosa en la URSS, lo pone en boca de la crítica internacional y le da un estatus de director de culto en su país, que confirma al año siguiente con su film PJAT’VECEROV –basada en la obra de Alexandre Volodine- un estudio intimista sobre personalidades y ambientes que tiene en manos del actor Stanislas Lioubchine al verdadero catalizador de la propuesta interpretando a un hombre solitario que vuelve a encontrarse con la mujer que amó. Mikhalkov sigue explotando la vena literaria con el film NESKOLKO DNEY IZ ZHIZNI I.I. OBLOMOVA de 1979, una sustanciosa trascripción de la novela de Gontcharov en donde un funcionario del gobierno decide un día meterse en la cama y no volver a levantarse. Un amigo de la infancia le hará recordar su pasado y afrontar su presente. Tras esta película Mikhalkov realiza luego de cuatro años dos films muy similares en 1983 RODNIJA o LOS PARIENTES y sobre todo BEZ SVITEDELEJ o SIN TESTIGOS, ambas propuestas que retoman la visión intimista, melancólica y afectiva que demostró en PJAT’VECEROV. En el año 1985, le solicitan dirigir tanto ANA KARENINA de Tolstoi así como LADT MACBETH DE MITSESNT de Leskov, ambas en Inglaterra. Nikita Mikhalkov desiste de estos proyectos por considerarlos muy exóticos y a la vez refinados. Prefirió entonces una propuesta para filmar en Italia al lado de uno de sus actores preferidos, MARCELLO MASTROIANNI y concentrarse en una temática de vital importancia para él, la conjunción de la elegancia, la melancolía y el romanticismo. No faltaron audaces solicitudes que le ofrecían el oro y el moro por filmar otros tipos de películas. Ya ubicado en Italia, lo invitaron a dirigir una historia sentimental y conmovedora llamada IL CAPITANO, pero no aceptó porque les señalaría a sus ofertantes que no se encontraba lo suficientemente familiarizado con la cotidianidad de la vida del pueblo italiano, y mucho menos con sus raíces culturales. Por lo tanto filma en 1987, la que yo considero su obra maestra, OJOS NEGROS u OCI CIORNIE y que comentaremos más adelante. Quería agregar que Nikita Mikhalkov siempre fue un hombre muy drástico en sus decisiones artísticas. Un claro ejemplo es que –a diferencia de CRONENBERG- no acepta bajo ningún motivo que la nacionalidad de los actores deba estar vinculada a sus respectivos papeles. Es decir, no es de la idea que un norteamericano interprete a un ruso ni viceversa. Pues bien, luego de OJOS NEGROS –basada en relatos cortos del gran Chéjov- se traslada a China y Mongolia, y en el año 1991 realiza su film URGA –con el que se adjudica el León de Oro del Festival de Venecia en 1992- un precioso homenaje, divertido y a la vez dramático, al aparejo con el que los ganaderos mongoles cuidaban y controlaban a sus rebaños para luego enfrentarse contra el dominante urbanismo. En 1994, filma ANNA OT SHESTI DO VOSEMNADTSATI, un recomendable documental en alusión a su pequeña hija. En 1995 dirige quizás una de las películas más intensas y apreciadas en su filmografía UTOMLYONNYE SOLNTSEM o SOL ARDIENTE. Es sin duda –ganó un Oscar y un premio en Cannes- una notable propuesta cargada de realismo, intriga, dramatismo y humanidad. Pero además, narrada con la magia especial de un cuento absolutamente redondo y épico. Niñita Mikhalkov nos embiste con ese tono que moraliza una situación vital oscura, visceral y sin salida porque rememora de alguna manera al estalinismo. Luego en 1998 filma otro buen largometraje –a escala mayor de coproducción- que titula SIBIRSKIJ TSIRYULNIK o EL BARBERO DE SIBERIA, drama de época que desnaturaliza la difícil evolución de la Rusia zarista. Para muchos una exploración manipuladora y nostálgica de aquellos años controvertidos. Finalmente, en el 2007 filma su última película a la que titula “12”. No he tenido oportunidad de ver este film aunque sé que es un remake libre del excelente drama judicial TWELVE ANGRY MEN de Sidney Lumet. Por lo tanto, si tuviera que resumir la personalidad cinematográfica de Nikita Sergeyevich Mikhalkov, diría que es un brillante y genuino cineasta de la escuela rusa, a menudo actor de sus propias películas, un representante fidedigno del deshielo soviético y posteriormente el ruso. Encarna esa capacidad de seducción de un país –como muchos otros- en busca de reconocimiento internacional que a la postre, hoy en día, se logra con una cultura cinematográfica que mantiene su propia identidad ancestral.
OJOS NEGROS quizás sea una de las películas más hermosas jamás filmadas. Antes quisiera recordarles una anécdota. En el año 1987, el festival de Cannes cumplía 40 años y la Palma de oro se tenía que quedar en casa. Todo estaba preparado para que una película francesa se hiciera del máximo galardón –no solamente en la Academia se cuecen habas- y así ocurrió. El film BAJO EL SOL DE SATÁN o SOUS LE SOLEIL DE SATAN del realizador galo Maurice Pialat –director de la notable L'ENFANCE NUE, 1968- de la mano con su actor fetiche Gérard Depardieu obtuvo la Palma de oro ante la estruendosa protesta del público y algunos meses después de la crítica mundial. Con mucha mayor razón porque los premios del GRAN JURADO y del JURADO fueron concedidos a películas de Tengiz Abuladze y Suleyman Cisse, respectivamente. Cuando a pantalla abierta se enfrentaron las películas de Pialat y Mikhalkov no hubo mayor discusión al respecto. El circuito comercial y cultural prefirió OJOS NEGROS. Hoy, habiendo pasado casi 22 años, el obligado repaso le vuelve a dar la razón a esa queja mayoritaria en uno de los festivales más importantes del mundo cinematográfico. OJOS NEGROS supo envejecer, su rival de antaño quedo solo inscrito en un prestigioso listado. Sin embargo, un actor italiano, MARCELLO MASTROIANNI con una interpretación magistral, lograba llevarse el premio de Cannes al mejor intérprete en desmedro del siempre irregular Depardieu. Además, no hay que olvidar algo importante. El guión que construyen tanto Alexandr Adabachian, Suso Cecchi d'Amico y el mismo Mikhalkov, son literalmente escritos para Mastroianni y no para cualquier actor. No hay que olvidar que Nikita Mikhalkov hace cine sobre literatura, aquella que le pertenece a Chéjov, ese compatriota de quien conoce su obra y le apasiona profundamente. Ese entendimiento, ese afecto y obediencia por la obra de Chéjov estalla prominente en OJOS NEGROS, donde confluyen las complejas y múltiples aristas del genio de Chéjov haciéndose imagen con tal destreza, exactitud y maestría, que deslumbra cuando se plasma en pantalla. En OJOS NEGROS están finamente dibujados el Chéjov humorista así como el trágico, el Chéjov tierno y el desolado, el Chéjov dulce, tanto como el agudo y penetrante. Los innumerables rostros y gestos labrados en la orfebrería de uno de los mayores exponentes de las letras rusas –muerto a los 44 años y de tuberculosis- brincan y juguetean en las inmortales imágenes que desnuda la genialidad de Mikhalkov. Chéjov resucita en OJOS NEGROS para ir acumulando su innegable presencia que nos fascina y enternece hasta ponernos un nudo en la garganta o una carcajada en los labios. OJOS NEGROS es una lección insuperable de la difícil disciplina de extraer verdadero cine, de la más asombrosa literatura. También afirmaría que es una producción exclusivamente italiana, pero se trata de un film absolutamente ruso, pues sólo es comprensible observado a través de la finísima textura visual de Nikita Mikhalkov. La cinematografía rusa tiene en los últimos años realizadores trascendentes, de la capacidad de Kirill Serebrennicov, Aleksandr Sokúrov, Andréi Zvyagintsev, Boris Khlebnikov, Aleksei Popogrebsky y obviamente Mikhalkov, pero gracias a lo heredado de cineastas memorables de la talla de Sergéi Eisenstein, Lev Kuleshov, Vsévolod Pudovkin, Andréi Tarkovski, Mijail Kalatazov, Grigori Kozintsev y Vladimir Valentenovich Menshov. Y tener esos referentes significa muchos años de historia e identidad cinematográfica.
En OJOS NEGROS, lo ruso de Nikita Mikhalkov juega increíblemente enlazado con lo italiano de la historia, lo absorbe en la matriz cultural de origen, y lo hace sin emplear la fuerza ni los desmanes, pero sí con ese glamour que va siempre yuxtapuesto a la generosidad de la propuesta. Y tal vez en esa absorción esté el secreto de la riqueza de la inigualable actuación que Marcello Mastroianni propone y alcanza en este film. A su potencia expresiva habitual y su vertiginoso dominio de la improvisación, la inteligencia de Mikhalkov -que es actor y sabe de la secreta fragilidad que sostiene la fortaleza de los grandes intérpretes- le suma algo impensado, una voz inédita, escondida bajo la garganta ya enronquecida del maestro italiano y que va unida a un fino gesto inesperado, de esos que el actor le roba a su experiencia, esa que le permitió colocarse al lado de las mujeres más hermosas y ser solicitado por seis de los directores más importantes del cine italiano, Luchino Visconti, Federico Fellini, Vittorio de Sica, Ettore Scola, Michelangelo Antonioni y Pietro Germi, sin contar a la leyenda del brasilero Manoel de Oliveira, quien lo dirigiera meses antes de morir en París. Mastroianni es el eje del filme, pero su mérito crece exponencialmente al contemplar como todos aquellos que lo rodean, en la circunstancia escenográfica que fuera –y son muchos- lo replican de tu a tu, con gestos, miradas y palabras –a veces que ni siquiera las entiende- pero que él esta atento y dispuesto a aceptar. Un hermoso juego de bellas imágenes que hablan por él y que demuestra la proeza narrativa de un Mikhalkov, como corresponde a una obra plena, potente, en los bordes más cercanos a la perfección expresiva. Nuestro héroe, ROMANO PATRONI es un personaje extraordinario, inusual y un inmenso espejo donde se observan atentas y descubiertas, desde las mentiras más crueles hasta el amor más puro, allí donde la memoria y su consecuencia -el recuerdo- funden el pasado y su presente. ¿Hay algo de verdad en lo que ROMANO le cuenta emocionado a su amigo el tripulante? Claro que sí, esa verdad que únicamente le pertenece a un italiano bullicioso y pendenciero pero que es dueño de su propio sueño, de su recuerdo más preciado y surrealista, de un perfecto idealismo que traspasa las fronteras de su mente, de las distancias y hasta de nuestra complicidad, y que van tomando una forma muy especial de transmitirnos dramatismo, melancolía, romanticismo y comicidad, todo esto envuelto en una magistral estética de una época costumbrista, donde los matrimonios por conveniencia afloraban dentro de una moral auténtica. Algo que también es notable en OJOS NEGROS es detenerse en los diálogos tan precisos como preciosos y que equivale a ingresar a un salón festivo donde nuestro espíritu es tratado como un huésped de honor. Cada personaje es magistralmente modelado por los guionistas adaptándolo a un tipo social propuesto por los relatos del célebre Chéjov. El vestuario está muy bien concebido tanto en la elegancia de una clase pudiente italiana más orientado a las tonalidades de colores claros –el traje blanco de Mastroianni en el hotel del balneario es impresionante- como en los diferentes momentos en donde ROMANO se encuentra en Rusia buscando a su amada ANNA y donde los colores son tan umbríos como cálidos, inclusive cuando aparecen los gitanos en una escena realmente bella. Quizás la secuencia del comienzo así como la del final sean las mejor trabajadas en lo argumental por Mikhalkov unidos a los flasbacks que perfectamente articulados le dan un sentido de continuidad a la trama muy preciso. Si me tengo que quedar con alguna escena, creo que me impresionaron dos, aquella en donde ROMANO ingresa a la piscina de barro y flores para sacar el sombrero de su amada, y cuando ANNA dibuja con sus dedos bañados en lágrimas una línea en la pared del dormitorio del hotel. Simplemente notables. La simbología del amor verdadero. De las actuaciones todas están a la altura de la historia. Destacar al trío de mujeres y su notable condición de soportes para la actuación de Mastroianni, tanto Silvana Mangano –su última actuación en vida- bella y radiante, Marthe Keller haciendo de cómplice y mejor amiga de ROMANO, y finalmente la rusa Elena Sofonova, tan etérea como dubitativa, quien personifica a ANNA, una mujer conquistada y enamorada. De los actores sin duda la interpretación de la contraparte de Mastroianni, el gran actor ruso de teatro Vsevolod Larionov, quien está muy comedido en toda la película, para impactar en un final inesperado, en donde le cuenta a ROMANO que está enamorado y felizmente casado con una mujer que no lo quiere. Brillante narrativa.
Resumiendo, una magnífica realización por parte de Mikhalkov demostrando que la belleza de la cinematografía está en las imágenes enfocadas con sencillez pero con eficiencia, en los diálogos mesurados y enriquecedores y en las interpretaciones que se sostienen mutuamente. Una historia de amor y desencuentro desde lo sentimental y lo afectivo. Una imponente fotografía y una musicalización hecha por cánticos rusos y gitanos en su mayoría. El sello que le impone el realizador ruso a este film es definitivamente la nostalgia que resplandece ante nuestros ojos evocando las vivencias y recuerdos que todos los seres humanos tenemos y tendremos más adelante. No me atrevería a asegurar porqué la película se tituló OJOS NEGROS, pero supongo que son por los ojos de Silvia Mangano o por la canción OCI CIORNIE, un himno ruso a la tristeza y el desencanto. Hasta la próxima.
OJOS NEGROS quizás sea una de las películas más hermosas jamás filmadas. Antes quisiera recordarles una anécdota. En el año 1987, el festival de Cannes cumplía 40 años y la Palma de oro se tenía que quedar en casa. Todo estaba preparado para que una película francesa se hiciera del máximo galardón –no solamente en la Academia se cuecen habas- y así ocurrió. El film BAJO EL SOL DE SATÁN o SOUS LE SOLEIL DE SATAN del realizador galo Maurice Pialat –director de la notable L'ENFANCE NUE, 1968- de la mano con su actor fetiche Gérard Depardieu obtuvo la Palma de oro ante la estruendosa protesta del público y algunos meses después de la crítica mundial. Con mucha mayor razón porque los premios del GRAN JURADO y del JURADO fueron concedidos a películas de Tengiz Abuladze y Suleyman Cisse, respectivamente. Cuando a pantalla abierta se enfrentaron las películas de Pialat y Mikhalkov no hubo mayor discusión al respecto. El circuito comercial y cultural prefirió OJOS NEGROS. Hoy, habiendo pasado casi 22 años, el obligado repaso le vuelve a dar la razón a esa queja mayoritaria en uno de los festivales más importantes del mundo cinematográfico. OJOS NEGROS supo envejecer, su rival de antaño quedo solo inscrito en un prestigioso listado. Sin embargo, un actor italiano, MARCELLO MASTROIANNI con una interpretación magistral, lograba llevarse el premio de Cannes al mejor intérprete en desmedro del siempre irregular Depardieu. Además, no hay que olvidar algo importante. El guión que construyen tanto Alexandr Adabachian, Suso Cecchi d'Amico y el mismo Mikhalkov, son literalmente escritos para Mastroianni y no para cualquier actor. No hay que olvidar que Nikita Mikhalkov hace cine sobre literatura, aquella que le pertenece a Chéjov, ese compatriota de quien conoce su obra y le apasiona profundamente. Ese entendimiento, ese afecto y obediencia por la obra de Chéjov estalla prominente en OJOS NEGROS, donde confluyen las complejas y múltiples aristas del genio de Chéjov haciéndose imagen con tal destreza, exactitud y maestría, que deslumbra cuando se plasma en pantalla. En OJOS NEGROS están finamente dibujados el Chéjov humorista así como el trágico, el Chéjov tierno y el desolado, el Chéjov dulce, tanto como el agudo y penetrante. Los innumerables rostros y gestos labrados en la orfebrería de uno de los mayores exponentes de las letras rusas –muerto a los 44 años y de tuberculosis- brincan y juguetean en las inmortales imágenes que desnuda la genialidad de Mikhalkov. Chéjov resucita en OJOS NEGROS para ir acumulando su innegable presencia que nos fascina y enternece hasta ponernos un nudo en la garganta o una carcajada en los labios. OJOS NEGROS es una lección insuperable de la difícil disciplina de extraer verdadero cine, de la más asombrosa literatura. También afirmaría que es una producción exclusivamente italiana, pero se trata de un film absolutamente ruso, pues sólo es comprensible observado a través de la finísima textura visual de Nikita Mikhalkov. La cinematografía rusa tiene en los últimos años realizadores trascendentes, de la capacidad de Kirill Serebrennicov, Aleksandr Sokúrov, Andréi Zvyagintsev, Boris Khlebnikov, Aleksei Popogrebsky y obviamente Mikhalkov, pero gracias a lo heredado de cineastas memorables de la talla de Sergéi Eisenstein, Lev Kuleshov, Vsévolod Pudovkin, Andréi Tarkovski, Mijail Kalatazov, Grigori Kozintsev y Vladimir Valentenovich Menshov. Y tener esos referentes significa muchos años de historia e identidad cinematográfica.
En OJOS NEGROS, lo ruso de Nikita Mikhalkov juega increíblemente enlazado con lo italiano de la historia, lo absorbe en la matriz cultural de origen, y lo hace sin emplear la fuerza ni los desmanes, pero sí con ese glamour que va siempre yuxtapuesto a la generosidad de la propuesta. Y tal vez en esa absorción esté el secreto de la riqueza de la inigualable actuación que Marcello Mastroianni propone y alcanza en este film. A su potencia expresiva habitual y su vertiginoso dominio de la improvisación, la inteligencia de Mikhalkov -que es actor y sabe de la secreta fragilidad que sostiene la fortaleza de los grandes intérpretes- le suma algo impensado, una voz inédita, escondida bajo la garganta ya enronquecida del maestro italiano y que va unida a un fino gesto inesperado, de esos que el actor le roba a su experiencia, esa que le permitió colocarse al lado de las mujeres más hermosas y ser solicitado por seis de los directores más importantes del cine italiano, Luchino Visconti, Federico Fellini, Vittorio de Sica, Ettore Scola, Michelangelo Antonioni y Pietro Germi, sin contar a la leyenda del brasilero Manoel de Oliveira, quien lo dirigiera meses antes de morir en París. Mastroianni es el eje del filme, pero su mérito crece exponencialmente al contemplar como todos aquellos que lo rodean, en la circunstancia escenográfica que fuera –y son muchos- lo replican de tu a tu, con gestos, miradas y palabras –a veces que ni siquiera las entiende- pero que él esta atento y dispuesto a aceptar. Un hermoso juego de bellas imágenes que hablan por él y que demuestra la proeza narrativa de un Mikhalkov, como corresponde a una obra plena, potente, en los bordes más cercanos a la perfección expresiva. Nuestro héroe, ROMANO PATRONI es un personaje extraordinario, inusual y un inmenso espejo donde se observan atentas y descubiertas, desde las mentiras más crueles hasta el amor más puro, allí donde la memoria y su consecuencia -el recuerdo- funden el pasado y su presente. ¿Hay algo de verdad en lo que ROMANO le cuenta emocionado a su amigo el tripulante? Claro que sí, esa verdad que únicamente le pertenece a un italiano bullicioso y pendenciero pero que es dueño de su propio sueño, de su recuerdo más preciado y surrealista, de un perfecto idealismo que traspasa las fronteras de su mente, de las distancias y hasta de nuestra complicidad, y que van tomando una forma muy especial de transmitirnos dramatismo, melancolía, romanticismo y comicidad, todo esto envuelto en una magistral estética de una época costumbrista, donde los matrimonios por conveniencia afloraban dentro de una moral auténtica. Algo que también es notable en OJOS NEGROS es detenerse en los diálogos tan precisos como preciosos y que equivale a ingresar a un salón festivo donde nuestro espíritu es tratado como un huésped de honor. Cada personaje es magistralmente modelado por los guionistas adaptándolo a un tipo social propuesto por los relatos del célebre Chéjov. El vestuario está muy bien concebido tanto en la elegancia de una clase pudiente italiana más orientado a las tonalidades de colores claros –el traje blanco de Mastroianni en el hotel del balneario es impresionante- como en los diferentes momentos en donde ROMANO se encuentra en Rusia buscando a su amada ANNA y donde los colores son tan umbríos como cálidos, inclusive cuando aparecen los gitanos en una escena realmente bella. Quizás la secuencia del comienzo así como la del final sean las mejor trabajadas en lo argumental por Mikhalkov unidos a los flasbacks que perfectamente articulados le dan un sentido de continuidad a la trama muy preciso. Si me tengo que quedar con alguna escena, creo que me impresionaron dos, aquella en donde ROMANO ingresa a la piscina de barro y flores para sacar el sombrero de su amada, y cuando ANNA dibuja con sus dedos bañados en lágrimas una línea en la pared del dormitorio del hotel. Simplemente notables. La simbología del amor verdadero. De las actuaciones todas están a la altura de la historia. Destacar al trío de mujeres y su notable condición de soportes para la actuación de Mastroianni, tanto Silvana Mangano –su última actuación en vida- bella y radiante, Marthe Keller haciendo de cómplice y mejor amiga de ROMANO, y finalmente la rusa Elena Sofonova, tan etérea como dubitativa, quien personifica a ANNA, una mujer conquistada y enamorada. De los actores sin duda la interpretación de la contraparte de Mastroianni, el gran actor ruso de teatro Vsevolod Larionov, quien está muy comedido en toda la película, para impactar en un final inesperado, en donde le cuenta a ROMANO que está enamorado y felizmente casado con una mujer que no lo quiere. Brillante narrativa.
Resumiendo, una magnífica realización por parte de Mikhalkov demostrando que la belleza de la cinematografía está en las imágenes enfocadas con sencillez pero con eficiencia, en los diálogos mesurados y enriquecedores y en las interpretaciones que se sostienen mutuamente. Una historia de amor y desencuentro desde lo sentimental y lo afectivo. Una imponente fotografía y una musicalización hecha por cánticos rusos y gitanos en su mayoría. El sello que le impone el realizador ruso a este film es definitivamente la nostalgia que resplandece ante nuestros ojos evocando las vivencias y recuerdos que todos los seres humanos tenemos y tendremos más adelante. No me atrevería a asegurar porqué la película se tituló OJOS NEGROS, pero supongo que son por los ojos de Silvia Mangano o por la canción OCI CIORNIE, un himno ruso a la tristeza y el desencanto. Hasta la próxima.

























































