
































MUERTE EN UN FUNERAL sea probablemente junto a la comedia española SIN TABÚ SALIÓ DEL CLOSET una de las películas europeas más divertidas que se hayan estrenado este año en nuestra cartelera. FRANK OZ, su director –un británico americanizado- no había puesto en pantalla una propuesta humorística tan provocativa, indefinible e intensa desde su sorpresiva LITTLE SHOP OF HORRORS en 1986 y DIRTY ROTTEN SCOUNDRELS en 1988. Ambas películas muy valoradas por aquellos cinéfilos conocedores a ultranza del género. Esos mismos entendidos en la materia señalan que la comedia inglesa es la mejor que existe, a pesar de los franceses e italianos. En mi caso, a FRANK OZ lo disfruto por su agenciada eficacia narrativa en la entretenida IN & OUT, su única comedia de partitura homosexual en 1997, y un cautivante thriller llamado THE SCORE en 2001. En esta película logra juntar a los tres mejores actores de su respectivas generaciones; MARLON BRANDO -el más grande de la historia del cine- a ROBERT DE NIRO y EDWARD NORTON. Hay una escena, en la cual BRANDO se devora por completo a DE NIRO en un cara a cara imposible de olvidar. La versatilidad y la capacidad para cambiar con destreza de género es lo que más me sorprende del veterano OZ. Una lucidez cinematográfica que se acerca a la del espléndido MIKE NEWELL, quien pudo pasar de una romanticona FOUR WEDDINGS AND A FUNERAL a un drama mafioso como DONNIE BRASCO y de ahí transitar hacia las aventuras fantásticas de HARRY POTTER AND THE GOBLET OF FIRE en su cuarta versión. En fin, desde un humor norteamericano a uno británico o viceversa, tanto OZ como NEWELL demuestran que las películas no son buenas o malas según su bandera ni su género, y que si bien todas nacen iguales, hay muchas que logran destacarse por su encanto como aquellas otras que sólo lo pueden hacer por su estulticia. MUERTE EN UN FUNERAL es una seductora comedia -con cierto sabor, aunque no a la altura de aquellas de la época dorada de la productora EALING- provista de una osamenta argumental de indiscutible inteligencia, lo suficientemente equilibrada para jugar en los límites de la tolerancia del buen gusto, y que consiste en ese jubiloso humor inglés que toma como punto de partida el absurdo calculado, que brota de una conducta estrafalaria y que se refugia en el indisciplinado sarcasmo negro, utilizando el recuerdo del cine mudo del SLAPSTICK -gags visuales más pantomimas- y del SCREWBALL –la excentricidad y lo maniático- pero que consigue con creces hacernos pasar momentos de una cinematografía de inmejorable calidad. Es una película hecha exclusivamente para disfrutarla aunque me corresponde ir unos cuantos metros más al fondo e indagar lo que dijo alguna vez el gran Oscar Wilde, “La familia es una manada de gente tediosa que no tiene la más remota idea de cómo vivir; ni siquiera el menor instinto acerca de cómo morir”.
MUERTE EN UN FUNERAL es de aquellos afinados ejercicios humorísticos que atacan sin compasión la vulnerabilidad de esas emociones casi litúrgicas que exhibimos los espectadores con disimulado decoro. Es en su misma dimensión, una fanfarronada a las recetas habituales que sostienen a la comedia liviana, complaciente y que comúnmente duda en enfrentarse al realismo que se envuelve en lo que significa "desaparecer" como un medio expresivo de lo deprimente. Lo que retrata OZ es concebir como secundaria a una supuesta protagonista principal como la muerte y esconderla sutilmente entre los inusuales enredos de la familia e invitados, todos de luto. El film también logra convertirse en una provocación sin atenuantes a la noción de los géneros del cine, desde que FRANK OZ los mezcla todos en proporciones diligentes. Aquí la comedia se colude majestuosamente con el drama, lo predecible con lo convulsivo, lo banal con lo abstracto y la emancipación con la inspiración. OZ construye una composición demencial e imponente, una propuesta que tiene la inocencia de una película animada, la profundidad de una tesis acerca de la familia y sobre todo de lo que significa la idiosincrasia; además de las andanzas contradictorias de un hombre bondadoso, tal como lo discursea con ternura uno de los hijos del difunto. Quizás la clave del largometraje gire alrededor de esa sensación de lo desubicado, de la ridiculez, de lo contradictorio, de las disputas y de lo maravilloso que es vivir, amar, recordar, llorar, reír, equivocarse y reconciliarse. El realizador siente una natural debilidad por los personajes que se apartan de la normatividad de lo consciente, y por aquellos quienes sienten haberse derrumbado en un mundo que no comprenden demasiado y frente al cual, por más empeño que le pongan, siempre van a mantenerse en las alturas alucinógenas del desarreglo. Su relato se airea con frescura por las brisas de lo absurdamente placentero, pero que no es fiduciario de la tradición de ese delirio casi posesivo de la culturosa sabiduría norteamericana, esa misma que se revuelca plácidamente en los sedimentos, alimentada hoy en día por series idiotizantes, códigos tribales y toda clase de exabruptos reñidos con un conocimiento que finalmente ilustre. Es una simple opinión sobre los tópicos hollywoodenses parecidos a los utilizados por los hermanos Farrelly en sus propuestas o de la película yanqui EULOGY de MICHAEL CLANCY. Lo que hace FRANK OZ es humor muy a la inglesa y copiosamente negro, aunque en un par de escenas -la del tío lisiado dentro del baño y la del hombre que juega con su saliva- me hizo recordar algo que precisamente es impropio de la hilarante comedia británica. Y pensar que en SLUMDOG MILLIONAIRE hubo de lo mismo pero a niveles exponenciales y se llevaron a la India, con una admirable picardía de DANNY BOYLE, el honor y la gloria en la última ceremonia de los Oscar. Cosas de la cinematografía y sus deslices.
De aquellos aspectos redondos de la película, me quedo con el inspirado guión de DEAN CRAIG y las diversas actuaciones. Es acertada la utilización de excelentes actores no portadores de ese ego hediondo, y que les permite lograr un sólido conjunto interpretativo de personajes variopintos que funciona con rítmica plasticidad. DEAN CRAIG tiene la delicadeza de dispersar lentamente los insumos más intragables de su guión al formato de un cuento para niños, y que prepara al espectador para digerir como normal lo que no parece serlo y para aportarle a la lógica de la fantasía, espacios más amplios de los que normalmente le brinda una credibilidad escéptica. Bajo ese paraguas, FRANK OZ organiza su fiesta con todos los elementos narrativos a disposición y se dedica a construir pausadamente -como realmente debe de ser- una comedia con una historia tan llamativa como fascinante, que la coloca en la antesala de un velorio. Los diálogos son lo suficientemente ilustrativos para aquellas dudas que pudieran escatimar algunas imágenes o viceversa. La combinación de algunos elementos ya conocidos pero articulados de forma inusual le da una exquisita continuidad al relato. El calmante confundido con un alcaloide psicoactivo inflexión humorística, la disputa intelectual de dos hermanos ante la familia, el hijo que vuelve pero que realmente nunca se fue, el cura apurado por la ceremonia, una esposa preocupada por lo material a pesar del momento, el cuerpo del difunto vulnerado, la homosexualidad que brota desde la perspectiva de un misterioso invitado de pequeña estatura, un ataúd como premisa de lo grotesco y lo delirante, el vil chantaje visto desde un reclamo casi coloquial, el amor deseado pero reprimido por un caudillismo paternal anticuado, y hasta un hermano cascarrabias en silla de ruedas que pareciera no tener vela en el futuro entierro. La interrogante sería ¿Es todo esto divertido? Sí lo es, porque es bastante desquiciado y lo suficientemente jocoso pero, más que nada por la forma en que está filmado; me gustó esa puesta en escena casi coreográfica sin haber baile de por medio. No obstante tener una comicidad muy visual, existe un paralelismo sinuoso en cada uno de sus disparates que dejan vislumbrar una corriente sustantiva de aflicciones. No es casualidad que la película sea acerca de una familia desequilibrada y que trate de culpas que se mantienen pendientes. Esto último tiene poco de divertido y explica algunos destellos de emociones encontradas que atraviesan cada uno de los personajes exultantes, que de alguna extraña manera, parecieran querer mejorar un mundo desencajado y triste. Que nadie de ustedes se pierda esa delirante sensación que deja el buen cine. Finalmente, al margen del guión, la realización y los personajes, los apartados técnicos cumplen con su cometido. Las locaciones son muy buenas aunque pocas. Esa pequeña casa típica de una campiña inglesa medio aburguesada, toda decorada en matas de diferentes verdes es arte puro. La fotografía está hecha a la medida de lo que requiere el film, las tomas bien posicionadas, con mucho fondo, alguna que otra angulación demasiado estricta y los cambios de planos muy oportunos que aseguran la continuidad visual. El sonido juega –como en toda película muy cuidada- un papel sumamente importante y la BSO bien ensamblada. Los ingleses hacen un cine que impone respeto, admiración y un orden muy integrado. Esta vez la presentación de los créditos es de una creatividad mayúscula y el retrato final extraordinario, de una perversidad excepcionalmente agradable, un llamado compulsivo a la carcajada. Hasta la próxima.
MUERTE EN UN FUNERAL es de aquellos afinados ejercicios humorísticos que atacan sin compasión la vulnerabilidad de esas emociones casi litúrgicas que exhibimos los espectadores con disimulado decoro. Es en su misma dimensión, una fanfarronada a las recetas habituales que sostienen a la comedia liviana, complaciente y que comúnmente duda en enfrentarse al realismo que se envuelve en lo que significa "desaparecer" como un medio expresivo de lo deprimente. Lo que retrata OZ es concebir como secundaria a una supuesta protagonista principal como la muerte y esconderla sutilmente entre los inusuales enredos de la familia e invitados, todos de luto. El film también logra convertirse en una provocación sin atenuantes a la noción de los géneros del cine, desde que FRANK OZ los mezcla todos en proporciones diligentes. Aquí la comedia se colude majestuosamente con el drama, lo predecible con lo convulsivo, lo banal con lo abstracto y la emancipación con la inspiración. OZ construye una composición demencial e imponente, una propuesta que tiene la inocencia de una película animada, la profundidad de una tesis acerca de la familia y sobre todo de lo que significa la idiosincrasia; además de las andanzas contradictorias de un hombre bondadoso, tal como lo discursea con ternura uno de los hijos del difunto. Quizás la clave del largometraje gire alrededor de esa sensación de lo desubicado, de la ridiculez, de lo contradictorio, de las disputas y de lo maravilloso que es vivir, amar, recordar, llorar, reír, equivocarse y reconciliarse. El realizador siente una natural debilidad por los personajes que se apartan de la normatividad de lo consciente, y por aquellos quienes sienten haberse derrumbado en un mundo que no comprenden demasiado y frente al cual, por más empeño que le pongan, siempre van a mantenerse en las alturas alucinógenas del desarreglo. Su relato se airea con frescura por las brisas de lo absurdamente placentero, pero que no es fiduciario de la tradición de ese delirio casi posesivo de la culturosa sabiduría norteamericana, esa misma que se revuelca plácidamente en los sedimentos, alimentada hoy en día por series idiotizantes, códigos tribales y toda clase de exabruptos reñidos con un conocimiento que finalmente ilustre. Es una simple opinión sobre los tópicos hollywoodenses parecidos a los utilizados por los hermanos Farrelly en sus propuestas o de la película yanqui EULOGY de MICHAEL CLANCY. Lo que hace FRANK OZ es humor muy a la inglesa y copiosamente negro, aunque en un par de escenas -la del tío lisiado dentro del baño y la del hombre que juega con su saliva- me hizo recordar algo que precisamente es impropio de la hilarante comedia británica. Y pensar que en SLUMDOG MILLIONAIRE hubo de lo mismo pero a niveles exponenciales y se llevaron a la India, con una admirable picardía de DANNY BOYLE, el honor y la gloria en la última ceremonia de los Oscar. Cosas de la cinematografía y sus deslices.
De aquellos aspectos redondos de la película, me quedo con el inspirado guión de DEAN CRAIG y las diversas actuaciones. Es acertada la utilización de excelentes actores no portadores de ese ego hediondo, y que les permite lograr un sólido conjunto interpretativo de personajes variopintos que funciona con rítmica plasticidad. DEAN CRAIG tiene la delicadeza de dispersar lentamente los insumos más intragables de su guión al formato de un cuento para niños, y que prepara al espectador para digerir como normal lo que no parece serlo y para aportarle a la lógica de la fantasía, espacios más amplios de los que normalmente le brinda una credibilidad escéptica. Bajo ese paraguas, FRANK OZ organiza su fiesta con todos los elementos narrativos a disposición y se dedica a construir pausadamente -como realmente debe de ser- una comedia con una historia tan llamativa como fascinante, que la coloca en la antesala de un velorio. Los diálogos son lo suficientemente ilustrativos para aquellas dudas que pudieran escatimar algunas imágenes o viceversa. La combinación de algunos elementos ya conocidos pero articulados de forma inusual le da una exquisita continuidad al relato. El calmante confundido con un alcaloide psicoactivo inflexión humorística, la disputa intelectual de dos hermanos ante la familia, el hijo que vuelve pero que realmente nunca se fue, el cura apurado por la ceremonia, una esposa preocupada por lo material a pesar del momento, el cuerpo del difunto vulnerado, la homosexualidad que brota desde la perspectiva de un misterioso invitado de pequeña estatura, un ataúd como premisa de lo grotesco y lo delirante, el vil chantaje visto desde un reclamo casi coloquial, el amor deseado pero reprimido por un caudillismo paternal anticuado, y hasta un hermano cascarrabias en silla de ruedas que pareciera no tener vela en el futuro entierro. La interrogante sería ¿Es todo esto divertido? Sí lo es, porque es bastante desquiciado y lo suficientemente jocoso pero, más que nada por la forma en que está filmado; me gustó esa puesta en escena casi coreográfica sin haber baile de por medio. No obstante tener una comicidad muy visual, existe un paralelismo sinuoso en cada uno de sus disparates que dejan vislumbrar una corriente sustantiva de aflicciones. No es casualidad que la película sea acerca de una familia desequilibrada y que trate de culpas que se mantienen pendientes. Esto último tiene poco de divertido y explica algunos destellos de emociones encontradas que atraviesan cada uno de los personajes exultantes, que de alguna extraña manera, parecieran querer mejorar un mundo desencajado y triste. Que nadie de ustedes se pierda esa delirante sensación que deja el buen cine. Finalmente, al margen del guión, la realización y los personajes, los apartados técnicos cumplen con su cometido. Las locaciones son muy buenas aunque pocas. Esa pequeña casa típica de una campiña inglesa medio aburguesada, toda decorada en matas de diferentes verdes es arte puro. La fotografía está hecha a la medida de lo que requiere el film, las tomas bien posicionadas, con mucho fondo, alguna que otra angulación demasiado estricta y los cambios de planos muy oportunos que aseguran la continuidad visual. El sonido juega –como en toda película muy cuidada- un papel sumamente importante y la BSO bien ensamblada. Los ingleses hacen un cine que impone respeto, admiración y un orden muy integrado. Esta vez la presentación de los créditos es de una creatividad mayúscula y el retrato final extraordinario, de una perversidad excepcionalmente agradable, un llamado compulsivo a la carcajada. Hasta la próxima.









































