lunes, 28 de septiembre de 2009

“Muerte en un funeral”, lo extravagante de la solemnidad.








































MUERTE EN UN FUNERAL sea probablemente junto a la comedia española SIN TABÚ SALIÓ DEL CLOSET una de las películas europeas más divertidas que se hayan estrenado este año en nuestra cartelera. FRANK OZ, su director –un británico americanizado- no había puesto en pantalla una propuesta humorística tan provocativa, indefinible e intensa desde su sorpresiva LITTLE SHOP OF HORRORS en 1986 y DIRTY ROTTEN SCOUNDRELS en 1988. Ambas películas muy valoradas por aquellos cinéfilos conocedores a ultranza del género. Esos mismos entendidos en la materia señalan que la comedia inglesa es la mejor que existe, a pesar de los franceses e italianos. En mi caso, a FRANK OZ lo disfruto por su agenciada eficacia narrativa en la entretenida IN & OUT, su única comedia de partitura homosexual en 1997, y un cautivante thriller llamado THE SCORE en 2001. En esta película logra juntar a los tres mejores actores de su respectivas generaciones; MARLON BRANDO -el más grande de la historia del cine- a ROBERT DE NIRO y EDWARD NORTON. Hay una escena, en la cual BRANDO se devora por completo a DE NIRO en un cara a cara imposible de olvidar. La versatilidad y la capacidad para cambiar con destreza de género es lo que más me sorprende del veterano OZ. Una lucidez cinematográfica que se acerca a la del espléndido MIKE NEWELL, quien pudo pasar de una romanticona FOUR WEDDINGS AND A FUNERAL a un drama mafioso como DONNIE BRASCO y de ahí transitar hacia las aventuras fantásticas de HARRY POTTER AND THE GOBLET OF FIRE en su cuarta versión. En fin, desde un humor norteamericano a uno británico o viceversa, tanto OZ como NEWELL demuestran que las películas no son buenas o malas según su bandera ni su género, y que si bien todas nacen iguales, hay muchas que logran destacarse por su encanto como aquellas otras que sólo lo pueden hacer por su estulticia. MUERTE EN UN FUNERAL es una seductora comedia -con cierto sabor, aunque no a la altura de aquellas de la época dorada de la productora EALING- provista de una osamenta argumental de indiscutible inteligencia, lo suficientemente equilibrada para jugar en los límites de la tolerancia del buen gusto, y que consiste en ese jubiloso humor inglés que toma como punto de partida el absurdo calculado, que brota de una conducta estrafalaria y que se refugia en el indisciplinado sarcasmo negro, utilizando el recuerdo del cine mudo del SLAPSTICK -gags visuales más pantomimas- y del SCREWBALL –la excentricidad y lo maniático- pero que consigue con creces hacernos pasar momentos de una cinematografía de inmejorable calidad. Es una película hecha exclusivamente para disfrutarla aunque me corresponde ir unos cuantos metros más al fondo e indagar lo que dijo alguna vez el gran Oscar Wilde, “La familia es una manada de gente tediosa que no tiene la más remota idea de cómo vivir; ni siquiera el menor instinto acerca de cómo morir”.

MUERTE EN UN FUNERAL es de aquellos afinados ejercicios humorísticos que atacan sin compasión la vulnerabilidad de esas emociones casi litúrgicas que exhibimos los espectadores con disimulado decoro. Es en su misma dimensión, una fanfarronada a las recetas habituales que sostienen a la comedia liviana, complaciente y que comúnmente duda en enfrentarse al realismo que se envuelve en lo que significa "desaparecer" como un medio expresivo de lo deprimente. Lo que retrata OZ es concebir como secundaria a una supuesta protagonista principal como la muerte y esconderla sutilmente entre los inusuales enredos de la familia e invitados, todos de luto. El film también logra convertirse en una provocación sin atenuantes a la noción de los géneros del cine, desde que FRANK OZ los mezcla todos en proporciones diligentes. Aquí la comedia se colude majestuosamente con el drama, lo predecible con lo convulsivo, lo banal con lo abstracto y la emancipación con la inspiración. OZ construye una composición demencial e imponente, una propuesta que tiene la inocencia de una película animada, la profundidad de una tesis acerca de la familia y sobre todo de lo que significa la idiosincrasia; además de las andanzas contradictorias de un hombre bondadoso, tal como lo discursea con ternura uno de los hijos del difunto. Quizás la clave del largometraje gire alrededor de esa sensación de lo desubicado, de la ridiculez, de lo contradictorio, de las disputas y de lo maravilloso que es vivir, amar, recordar, llorar, reír, equivocarse y reconciliarse. El realizador siente una natural debilidad por los personajes que se apartan de la normatividad de lo consciente, y por aquellos quienes sienten haberse derrumbado en un mundo que no comprenden demasiado y frente al cual, por más empeño que le pongan, siempre van a mantenerse en las alturas alucinógenas del desarreglo. Su relato se airea con frescura por las brisas de lo absurdamente placentero, pero que no es fiduciario de la tradición de ese delirio casi posesivo de la culturosa sabiduría norteamericana, esa misma que se revuelca plácidamente en los sedimentos, alimentada hoy en día por series idiotizantes, códigos tribales y toda clase de exabruptos reñidos con un conocimiento que finalmente ilustre. Es una simple opinión sobre los tópicos hollywoodenses parecidos a los utilizados por los hermanos Farrelly en sus propuestas o de la película yanqui EULOGY de MICHAEL CLANCY. Lo que hace FRANK OZ es humor muy a la inglesa y copiosamente negro, aunque en un par de escenas -la del tío lisiado dentro del baño y la del hombre que juega con su saliva- me hizo recordar algo que precisamente es impropio de la hilarante comedia británica. Y pensar que en SLUMDOG MILLIONAIRE hubo de lo mismo pero a niveles exponenciales y se llevaron a la India, con una admirable picardía de DANNY BOYLE, el honor y la gloria en la última ceremonia de los Oscar. Cosas de la cinematografía y sus deslices.

De aquellos aspectos redondos de la película, me quedo con el inspirado guión de DEAN CRAIG y las diversas actuaciones. Es acertada la utilización de excelentes actores no portadores de ese ego hediondo, y que les permite lograr un sólido conjunto interpretativo de personajes variopintos que funciona con rítmica plasticidad. DEAN CRAIG tiene la delicadeza de dispersar lentamente los insumos más intragables de su guión al formato de un cuento para niños, y que prepara al espectador para digerir como normal lo que no parece serlo y para aportarle a la lógica de la fantasía, espacios más amplios de los que normalmente le brinda una credibilidad escéptica. Bajo ese paraguas, FRANK OZ organiza su fiesta con todos los elementos narrativos a disposición y se dedica a construir pausadamente -como realmente debe de ser- una comedia con una historia tan llamativa como fascinante, que la coloca en la antesala de un velorio. Los diálogos son lo suficientemente ilustrativos para aquellas dudas que pudieran escatimar algunas imágenes o viceversa. La combinación de algunos elementos ya conocidos pero articulados de forma inusual le da una exquisita continuidad al relato. El calmante confundido con un alcaloide psicoactivo inflexión humorística, la disputa intelectual de dos hermanos ante la familia, el hijo que vuelve pero que realmente nunca se fue, el cura apurado por la ceremonia, una esposa preocupada por lo material a pesar del momento, el cuerpo del difunto vulnerado, la homosexualidad que brota desde la perspectiva de un misterioso invitado de pequeña estatura, un ataúd como premisa de lo grotesco y lo delirante, el vil chantaje visto desde un reclamo casi coloquial, el amor deseado pero reprimido por un caudillismo paternal anticuado, y hasta un hermano cascarrabias en silla de ruedas que pareciera no tener vela en el futuro entierro. La interrogante sería ¿Es todo esto divertido? Sí lo es, porque es bastante desquiciado y lo suficientemente jocoso pero, más que nada por la forma en que está filmado; me gustó esa puesta en escena casi coreográfica sin haber baile de por medio. No obstante tener una comicidad muy visual, existe un paralelismo sinuoso en cada uno de sus disparates que dejan vislumbrar una corriente sustantiva de aflicciones. No es casualidad que la película sea acerca de una familia desequilibrada y que trate de culpas que se mantienen pendientes. Esto último tiene poco de divertido y explica algunos destellos de emociones encontradas que atraviesan cada uno de los personajes exultantes, que de alguna extraña manera, parecieran querer mejorar un mundo desencajado y triste. Que nadie de ustedes se pierda esa delirante sensación que deja el buen cine. Finalmente, al margen del guión, la realización y los personajes, los apartados técnicos cumplen con su cometido. Las locaciones son muy buenas aunque pocas. Esa pequeña casa típica de una campiña inglesa medio aburguesada, toda decorada en matas de diferentes verdes es arte puro. La fotografía está hecha a la medida de lo que requiere el film, las tomas bien posicionadas, con mucho fondo, alguna que otra angulación demasiado estricta y los cambios de planos muy oportunos que aseguran la continuidad visual. El sonido juega –como en toda película muy cuidada- un papel sumamente importante y la BSO bien ensamblada. Los ingleses hacen un cine que impone respeto, admiración y un orden muy integrado. Esta vez la presentación de los créditos es de una creatividad mayúscula y el retrato final extraordinario,
de una perversidad excepcionalmente agradable, un llamado compulsivo a la carcajada. Hasta la próxima. 

martes, 22 de septiembre de 2009

“Tarata”, demasiado lejos de un recuerdo necesario.












































Quizás uno de los acontecimientos paradigmáticos y simbólicos del conflicto armado interno vivido en el Perú entre 1983 y 1999 sea sin ninguna duda el atentado del PCSL (Partido Comunista Sendero Luminoso) en la calle Tarata, el 16 de junio de 1992, hace poco más de 17 años. La sinrazón de una postura retrógrada y de un intelectualismo verraco invadiendo un territorio urbano alejado del contexto extremista, imponía la voluntad de unos cuantos truhanes para golpear un país sumido en una desproporcionada crisis socio-económica y política. La pregunta que me viene de inmediato a la mente es: ¿Por qué me llega tan nítido el recuerdo de los dos coches bombas, los más de veinte muertos, los más de un centenar de heridos e ingentes perjuicios materiales justo ahora? Basta con cerrar los ojos dándole trámite a la memoria. Una de las explicaciones es la presencia en nuestra cartelera de la película –pícara e inteligentemente titulada- TARATA del actor, guionista y realizador FABRIZIO AGUILAR, creador de PALOMA DE PAPEL; una película liviana, sin piel ni sangre para abordar una temática tan compleja como el terrorismo; narrada desde la mirada atónita, desolada y dolorosa, pero genial de un niño de apellido Callirgos. AGUILAR logra que la película funcione por la descriptiva y la sucesión de detalles que introduce desde la perspectiva de un enfoque infantil novedoso. La otra explicación –vinculante de la primera- es el haber estado presente al día siguiente de la tragedia y haber sentido tan de cerca la fetidez del olor a muerte, a quemado, a una venganza corrosiva, a esa sensación acomplejante de la impotencia, al extraño aroma de amoniaco mezclado con pólvora, a la percepción de una tranquilidad mentirosa y a la imagen inenarrable de un pedazo de barrio bombardeado y perdido. Recordar, como bien dice la historiadora ANNE PÉROTIN-DUMON, implica asumir una serie de tareas y de retos muchas veces amargos y rabiosos. No debe ser gratuito el deber ineludible de comprometerse a encajar en una ingrata realidad sucedida algunos años atrás. Hay que hacerlo sin prejuicios, huyendo del efectismo que brota de la pantomima, sin rendirse en el intento ni acomodándose a circunstancias ajenas al conflicto, y que se antepone a la fidelidad de los hechos, por más despiadados que hayan sido estos. Por lo tanto, no tiene mayor sentido el hacer las cosas sin el rigor que demanda nuestra historia y las nuevas generaciones de peruanos, ávidos de información genuina; sin meterse a las pestilentes raíces del problema, para luego saber explicarlos, con la claridad que posibilitan las imágenes, vale decir, es imprescindible cumplir con esas múltiples tareas y retos para que el recuerdo sea firme, convincente y no goce de la temporalidad de lo efímero. Incluso, parecería prestarse a interpretaciones tan diversas y confusas como un oportunismo mercantilista, tan respetable y válido como la desfachatez de un sujeto tan indigno como ABIMAEL GUZMÁN, un hombre con menos intelecto que un chimpancé en estado de coma, pero que se da el lujo de publicar un libro sin ton ni son en épocas convulsionadas, poco claras y electorales para agitar el gallinero político. A Dios gracias, estamos en una joven democracia, y ésta nos permite discrepar exponiendo ideas y no difamando como si se tratara de un acartonado programa de chismes por TV. La inteligencia emocional y artística del peruano consciente se encargará de poner las cosas en su sitio. Si verdaderamente estamos ante una película sensata o extravagante, hecha por una persona proba y paciente como FABRIZIO AGUILAR, y de un folleto manchado por la sangre de miles de peruanos que murieron porque un miserable apátrida quiso pasar torpemente a la historia y se quedó encerrado en su atrofiada escatología mental.

TARATA no me convenció del todo. Me dejó dudas. Las dudas que gobiernan el dolor del recuerdo. No es una pésima película pero tiene errores que la hacen irregular, torpe por momentos. Posee el talante de aquellos films que no emocionan a través del relato, ni causan sensaciones profundas en las expectativas de quienes escudriñamos el porqué de algún proyecto cinematográfico. Nos introduce en un laberíntico compendio de lecturas y puntos de vista innecesarios. TARATA no arriesga, no se inmiscuye con la valentía suficiente para indagar lo que realmente sucedió en esos días de desolación. No nos habla de la lucha entre peruanos, de la sangre derramada, ni siquiera nos explica las razones que llevaron al país a una etapa de frustraciones y lamentos. Nos habla bajito, casi murmurando y a través de una detallística interesante pero insuficiente. TARATA será otro de los films que poblaran esa lista grisácea de propuestas incompletas, de un estilo personalista, moderado y frívolo. Me imagino una complacencia medio sonriente de su director, productora y leales colaboradores, cuando la taquilla sea próspera pero la temática que ofrece ese título -demasiado grande para tan poco evento relacionado- suene a mucho menos de lo que se promete en su propaganda y que se llega a observar límpidamente en una pantalla que no engaña ni encubre. Seguramente, la gente que pescó el mensaje subliminal de un debut inesperado, termine por olvidarse del contenido, y atesore en su recuerdo solamente una iniciación poco prolija, quizás inconsistente y neurótica de un personaje que representa una exitosa conductora de TV, a quien seguramente la sorpresa la hará reflexionar cuando en el recuento, su indiscutible presencia no haya significado lo que aparentemente parecía ser la columna vertebral de la puesta en escena y de la campaña de mercadeo hábilmente dispuesta por LUNA LLENA FILMS. La señora VALCÁRCEL –a quien respeto por su encomiable esfuerzo por ser alguien, pero que no admiro por su disipada vida pública- no necesitaba salir en un largometraje para ser más famosa de lo que ya lo es, a pesar de todo lo hizo por alguna razón vital para ella y desconocida para nosotros. Prestó su reputación para hacer un retrato grotesco de lo que significa el registro dramático de una actuación sostenida por los chillidos y una más que discutible improvisación, aún cuando a muchos les haya dado la impresión de una eficacia interpretativa o de una entonación adecuada para vapulearnos con su disparatado nihilismo. Les aseguro que existen muchos parajes donde uno puede ir a destrozar su prestigio. Creo que el cine no era ni el lugar ni el momento más oportuno para hacerlo. La ambición es una mala consejera. Pero quien sí supo darse cuenta de una inmejorable posibilidad fue FABRIZIO AGUILAR. El realizador se les adelantó sagazmente a todos, pegó dos veces con temida dureza logrando su anhelado propósito. Lo que venga de ahora en más ya no tiene importancia. El buen FABRIZIO ganó la pulseada sin siquiera competir con otro. En cuanto a la taquilla, sería una pena que TARATA no logre superar al pernicioso film  MOTOR y MOTIVO dentro de la masa popular que representa colocar un imán tan poderoso como el que supone la presencia de la señora VALCÁRCEL. Es una obligación meter como mínimo 350,000 personas. Si no es así, estaremos ante una doble desilusión. Espero que no suceda pero en nuestro gitano país nunca se sabe. Esperemos lo mejor porque dentro de mis discrepancias, soy muy respetuoso del esfuerzo ajeno y trato de apoyar con el blog a quienes pueden hacer cine en el Perú con todas las limitaciones existentes.

Con respecto a lo estrictamente cinematográfico, el enfoque de la historia que le dispensa AGUILAR a su película me parece correcto e ingenioso –aunque esperaba una propuesta más comprometida como lo sostengo en párrafos anteriores-. FABRIZIO se esfuma del conflicto armado pero recala en las fronteras del mismo. Se posiciona con acierto a través de una familia disfuncional, con problemas de todo tipo y calibre, y que sobrevive a una de las tantas fábulas que se pueden imaginar en la antesala de lo sucedido hace 17 años. Nos invita a compartir las vidas cruzadas de siete personajes cuyos mundos diferentes van interactuando dentro de una doble inferencia que el director va construyendo con soltura y parsimonia; me refiero a la desconfianza y al miedo. Todos los personajes van a ser presas de las mismas casualidades y de similares sufrimientos. El personaje protagónico recae en GISELA VALCÁRCEL como CLAUDIA, una mujer absorbida por su irritante situación familiar. Se dedica a vender productos de belleza y su aspiración es tener en sociedad con una amiga capitalista –una correcta interpretación de LORENA CARAVEDO- su propio negocio. CLAUDIA es una mujer de carácter fuerte y dominante, y tiene que manejar los hilos de un hogar donde la figura paterna resulta ausente. MIGUEL IZA –un actor que ha encontrado la madurez interpretativa- personifica a DANIEL, el marido impasible de CLAUDIA. Hombre de frases cortas, mirada consecuente, conoce a la perfección la rebeldía de su mujer y siempre está dispuesto al diálogo para poder tranquilizarla. DANIEL es un contador de una universidad capitalina y le llama poderosamente la atención las pintas que los bribones senderistas dibujan en las paredes así como las actitudes violentas y misteriosas de estos en los salones durante las clases. Se va mimetizando con el conflicto a tal punto de buscar una teoría imaginaria que redima las tensiones. La pareja dispareja tiene dos hijos, ELIAS, un niño de siete u ocho años preocupado en averiguar el porqué de la violencia terrorista, hasta corrigiendo la fallida teoría de la tregua que enarbola su padre –entretenida actuación de RICARDO OTA- y SOFI, una adolescente de 15 o 16 años que busca liberarse de las tensiones hogareñas yendo a pasar la mayor parte del día a la azotea del departamento. Está hastiada de la prepotencia materna y predispuesta a romper los códigos caseros huyendo hacia la selva. SILVANA CAÑOTE hace una actuación interesante porque su papel supone, al margen de sus deseos truncos, el eje vinculante de las relaciones familiares. Parece desalentada, atrapada y lo está, porque es la única que se da cuenta que el destino de su familia está jugado. Pero si de improntas interpretativas se trata, la sorpresa del film recae en la actriz LILIANA TRUJILLO quien hace de ROSA, la empleada doméstica donde viven los VALDIVIA. Ella tiene que hacer y soportar lo que su destemplada patrona le enrostra, y acomodarse bondadosamente a las situaciones en que la involucran los miembros de la casa. Hace un registro dramático convincente, ponderado, con algunos matices recurrentes pero sobrios y categóricos. Ella vive dos lamentos en paralelo, la de sirvienta humillada y la de una madre abatida por la desaparición de su hijo. Sin duda, lo mejor del film.

¿Qué es entonces lo que falla en la película de FABRIZIO AGUILAR? Varias cosas. Uno, la historia, cuya orientación innovadora se va licuando en la inacción de un nulo desarrollo de la trama. Si bien es cierto las ideas son una parte importante, pienso que en el cine lo son más las emociones y las furias. Muchas cosas quedan en el aire a pesar de lo minucioso que se muestra AGUILAR. El pulso narrativo no logra equilibrarlo, es lento y se va cayendo de a poco porque el guión no está lo suficientemente elaborado para sorprender o crear sensaciones que nos atrape. No hay una continuidad en el relato, a pesar que las secuencias están articuladas de forma correcta. Los últimos 35 minutos son contraproducentes porque el soporte argumental desaparece y las escenas son solo simples descripciones que se vuelven predecibles. Dos, el desarrollo o la evolución de los personajes se vislumbran insustanciales. Todos –salvo LORENA que es sacrificada en la explosión- dan vueltas sobre su propio conflicto existencial, y no salen de ese círculo vicioso; CLAUDIA y su desesperación por solucionar todo a gritos mientras su familia se desborda, DANIEL y su irritante displicencia que no logra controlar nada, ni siquiera su fascinación por las pintas, ELÍAS que da vueltas y vueltas sobre sus inocentes consejos acerca de proteger a su familia de un atentado, SOFI cuya única misión es huir porque piensa que así saldrá de la encrucijada y finalmente ROSA, quien se pierde en la búsqueda de su hijo. Nadie se desmarca de lo rutinario y la dimensionalidad de los personajes queda estancada. Tres, todo va pareciendo forzado, como apresurando las cosas para que la película se acabe porque se agotaron los argumentos. Si bien hay escenas que faltan hay otras que sobran y esto siempre es perjudicial. Hay películas que son más elocuentes por lo que dejan fuera que por lo que incluyen. Cuatro, en esto no me cansaré de ser repetitivo: Las buenas películas se hacen con buenas historias. Lo demás es espejismo, utopía, quimera o autoengaño. TARATA adolece de una buena historia. Tiene un buen planteamiento inicial pero no es suficiente porque no rescata la esencia de lo que sucedió en el pasado y justamente es ahí donde se pudo haber trabajado una mixtura más comprometida y no tan aislada. Los argumentos hubieran sobrado. En los apartados técnicos si hay un trabajo meticuloso y prolijo. La fotografía, la música, la mezcla de sonido, el make-up, el vestuario y las locaciones le aportan mucho a la película. Podriamos conversar más pero no lo creo tan necesario.

Finalmente, creo que FABRIZIO tiene las cosas claras pero no le llega el guión adecuado. Estoy seguro que pronto tendrá su gran momento. No hay que ser un pitoniso para darse cuenta. Es cuestión de seguir haciendo películas,  experimentando y equivocarse para corregir. Cuando un realizador sabe de lo que está hablando y conoce el mundo que está describiendo tiene asegurado el 75% del éxito de la película. FABRIZIO conoce de cine y sabe filmar, pero tiene que darse cuenta que una visión tan intimista o personalista a veces resulta contradictoria para el espectador. El 90% de los espectadores no han ido por la capacidad cinematográfica de FABRIZIO sino por el gancho adictivo de la VALCÁRCEL. Esto no admite discusión y no es un pecado sino una idea inteligente hecha realidad. Lo que no debe pasar es vender grasa de culebra porque al final la pantalla no perdona. Decir que sin la VALCÁRCEL no hubiera existido TARATA me parece un exceso provocado más por la emoción que por la razón. Este tipo de cosas hay que saberlas controlar. Para eso están los asesores de imagen o los de marketing que tienen que romperse la boca por el director y no éste por una artista sin experiencia. Quizás esté equivocado en mis apreciaciones, pero siempre estaré a disposición para apoyar con este humilde espacio al cine de mi país. Creo que es una obligación. Felicitaciones a LUNA LLENA FILMS SAC. porque han demostrado profesionalismo y sensibilidad, a FABRIZIO AGUILAR por el esfuerzo y a todos los que han participado de esta encomiable aventura. Sigan adelante que están por el camino correcto. Hasta la próxima
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