

























Recién anoche tuve la ocasión de ver Contracorriente y la definiría -en caliente- como una fraterna exploración de la condición humana dentro de la homosexualidad. Atina el –aparentemente- perfeccionista Fuentes-León con un melodrama hecho a base de pericia e inspiración, además de una delicadeza que desborda hasta en sus deslindes más infrecuentes. No me resulta inverosímil observar películas nutridas por una temática que atempera esa seductora manipulación que brota de la impronta homós, enfocada esta desde su diversidad de matices, eximida de todo ese engreído costumbrismo de la pacatería de algunos realizadores locales, y que renuncia a ser lo mismo de siempre o mostrarse como la apología de la imagen subyugada por una moraleja aleccionadora. Nada de eso. Fuentes-León intenta convencer de sus dominios y de sus atributos a los que pagan una entrada para canalizar sus inseguridades; además de no hundirse en el nauseabundo manoseo del auto-bombo. Su control sobre la continuidad de la trama es holística. Partiendo de esta premisa, su ópera prima es un ejercicio libre que se conecta y navega con los sentimientos –propios y ajenos- acomodados en ese lugar común que resulta muchas veces tan difícil de hallar: la expresión decorosa del verdadero amor. Contracorriente es un relato amistoso edificante, un compendio de tensiones bien calculadas y sensibilidades morales. No hay resbalones estrepitosos –al menos se disimulan los ingenuos con mucha habilidad- ni ínfulas desmedidas. Hasta los créditos iniciales, la pegajosa canción principal, la BSO, la mezcla de sonidos y el montaje destacan por su prolijidad. Debutar con el pie derecho –a pesar del largo tiempo invertido- es un bien escaso por estos refugios de poca agudeza emotiva... Cineastas que interactuaron géneros desacordes como Murnau, Wyler, Fassbinder, Visconti, Demme, Lee, Condon, Nichols, Wong Kar-Wai, Frears, Van Sant, Ivory, Oz o Peter Jackson, entre los reputados, o menos trascendentes aunque eficaces como Pierce, Sagan, Kerbosch, Vallée, Téchiné, Moodysson, Shore, Mathias, Gustafson, Markowitz, Alice Wu, Jay Cox, Hettie MacDonald, Berlanti, Tom Ford o Cameron Mitchell –a través de su tentador musical Hedwig and the Angry Inch o su transgresora Shortbus- lograron diseccionar con una arreglada traza los excesos, carestías y misericordias de un sub-género a priori y a posteriori interdicto. De aquellos de habla castellana, recuerdo los intentos del argentino Piñeyro y su Plata quemada, el mexicano Hernández y sus obras provistas de una pecaminosa vulgaridad, nuestro compatriota Pancho Lombardi y su macilenta No se lo digas a nadie, o los cubanos Tomás Gutierrez Alea y Juan Carlos Tabío con su magistral Fresa y chocolate. Para que no existan malos entendidos, cuando afirmo a priori y a posteriori me refiero al conocimiento independiente y/o dependiente de la experiencia de vida del realizador. Ejemplo: Friedrich W. Murnau o Gus Van Sant cultivaron –o cultivan- abiertamente su condición homosexual mientras que no sucede lo mismo con Stephen Frears, Ang Lee o Wong Kar-Wai. No conozco a Javier Fuentes-León pero intuyo una persona de emociones fuertes y conceptos claros, que acepta su condición tal cual es y lo hace con naturalidad a través del afable tratamiento con el que dota a su película. Me entretuve y conmoví más con Paraíso de Héctor Gálvez pero siendo honesto con el empleo de la cinematografía como un conjunto de mecanismos en constante equilibrio, Contracorriente es una película que posee más variantes, apartados técnicos mejor calibrados, una dimensionalidad universal, actores cuajados, conflictos existenciales delineados con mayor atrevimiento aunque menos intensos, y quizá lo más valioso, apunta y golpea sin escatimar reparos a ese extremo afectivo que esconde en su interior todo ser humano: la aceptación o negación de su sexualidad llegado el momento del auto-cuestionamiento.
La historia se desarrolla completamente en Cabo Blanco, una caleta de pescadores situada en la costa norte de nuestro país, más precisamente en la provincia de Talara, en Piura. Este pequeño poblado –alejado de la urbe- inspiró al norteamericano Ernest Hemingway para escribir su novela The Old Man and the Sea -El viejo y el mar- obra ganadora del Pulitzer y el Nobel de Literatura, llevada posteriormente al cine por John Sturges. El lugar tiene sus propias conquistas, recuerdos y visitantes ilustres. Javier Fuentes-León acondiciona milimétricamente este paraje marino para crear una atmósfera arreglada –se advierte con vigor lo cautivo de la zona- para su pelaje narrativo. Es interesante resaltar la importancia que tienen las playas surferas de Cabo Blanco porque una de las partes mejor desdobladas del film es justamente la permanente convocatoria a la estética que implanta el director, ya que el framing de los paisajes se imbuye infinidad de veces en el equipaje argumental. Puede discutirse una exageración de planos ampulosos –en cierto modo esa demasía disimula algunos pocos desaciertos- aunque no aspira encimar a los demás elementos narrativos. Fuentes-León introduce a sus protagonistas principales –Miguel y Santiago, dos pisqueros a tiempo completo- en un entorno donde los hábitos sociales se muestran cautelosos, y por ende se conjuga una identidad amparada en el comadreo y que a su vez arrastra a la solera religiosa. Existe un ritual del cuerpo muerto entregado al mar que calza con justeza aunque dudo de su veracidad porque deniega del espíritu cristiano presente en el lugar a través de un siempre apuntalado sacerdote. Una contradicción menor que no afecta la linealidad de la puesta en escena. La premisa argumental es la relación de amor oculta entre Miguel –un pescador de la zona- y Santiago –un pintor fotógrafo acaudalado- la misma que se alimenta de un discernimiento más teleológico que causalista. La médula del conflicto está acorralada por el proceso de aceptación inconsciente del personaje principal y no como equívocamente se podría deducir de lo revelado, vale decir, un triángulo pasional. También hay un manejo comedido del respeto por la masculinidad del protagonista a pesar que se le expone de cierta manera a los rumores externos del grupo social al que pertenece. Fuentes-León le pone un manto de excesiva tolerancia a todo ese devenir de dudas y conflictos en los que descansa el personaje de Miguel. Así mismo, se teje con mucho tino la historia de Santiago y la presión que ejerce sobre la incertidumbre de Miguel. En ese momento, Fuentes-León hace uso de un recurso elíptico y surrealista casi perfecto: Santiago sufre un accidente y se convierte en un espectro al estilo de los personajes de Bruno Barreto y Jorge Amado, o de Bruce Joel Rubin en Ghost. Si bien el recurso es contundente y legítimo, el progreso del personaje de Santiago se estanca, deja su protagonismo demasiado pronto y se va convirtiendo en una columna de apoyo para que la historia de Miguel evolucione lentamente y en solitario. Mariela –próvida interpretación de Tatiana Astengo- pasa de ser un componente secundario, a crecer como la antagonista primero y luego la aliada de Miguel en su terco proceso de liberación. Mariela logra establecer con sus actos una reflexión que encuentro principista: ¿Es acaso absolutamente necesario el hecho de juzgar la conducta del semejante? Quizás como esposa y dado el estado de embarazo -sumado a todo lo que esto conlleva- tenga una reacción hasta cierto punto comprensible. Pero si le damos un poco más de alcance a la interrogante, o la situamos en otras relaciones de individuos o parejas homosexuales, la respuesta sería “no”. Por lo menos así lo deja entrever Fuentes-León.
Contracorriente subraya el simbolismo que representa el valor de la verdad en detrimento de lo que conlleva el del disimulo y el engaño. También afronta con valentía lo que debe ser el arrepentimiento en términos de sincerarse ante el ser querido –la rebeldía de la esposa que está decidida en abandonar a su marido- lo que nos transporta a otro nivel más complejo del significado del amor. Miguel admite su culpabilidad a corazón abierto y eso –dado su rol como padre primerizo- lo redime de su simonía anterior. Por otro lado, las imágenes no son explícitas en si la aceptación de su condición de homosexual es aceptada por el sacerdote del lugar, cuya doctrina predica que cualquier aceptación de esta naturaleza es un signo evidente de decadencia moral. Ahí el mensaje queda vacío e incompleto. Si Fuentes-León introduce en el relato un sacerdote como el soporte integrador de los principios religiosos de los moradores del lugar, hubiera sido muy interesante apreciar una postura realista –como sí parece haberlo con algunos pobladores en el ritual final- entre lo vivido por Miguel y su aprobación o recusación por parte del mandato eclesiástico. En resumen, Contracorriente pertenece a esas películas que están hechas con inteligencia, pudor y arrojo. No encubre ninguna postura radical sino exhibe una historia de un amor que involucra un altísimo grado de atracción entre sus protagonistas. Fuentes-León consigue que todas las piezas encajen con exactitud, usa las herramientas cinematográfica con eficacia, no amaga con tonos que resulten erráticos, ni acomete con matices improvisados y tampoco deja las vivencias en puntos suspensivos –salvo mi manía antirreligiosa-. Contracorriente no está plantada en tierra de nadie, tiene una visión clara de su construcción, pretende involucrarnos sin estridencias en sus virtudes y también en sus defectos, apelando a la intermediación de nuestra sensibilidad y sensatez. Queda claro que en todas partes hay gente que sufre por amor pero que lucha incansablemente por mantenerlo a flote aunque sepan que siempre vayan a contracorriente. Quizás esta sea una de las varias razones por las cuales Javier Fuentes-León se haya dado una vuelta al mundo cosechando distinciones del cinéfilo común. Uno de los mejores films hecho por un peruano en los últimos años. Hasta la próxima.
Caratula: David C. del Blog: Observando Cine Peruano


























