domingo, 26 de septiembre de 2010

“Ella”, Lombardi articula el deniego con la confabulación.


















Con la perdida de Don Armando Robles Godoy, Lombardi queda como el referente vivo más conspicuo de la cinematografía peruana. Hace pocos meses nos enteramos que fue premiado por su loable trayectoria en el Festival de Chicago. Les había adelantado en el post sobre “Un cuerpo desnudo” (a mediados de Noviembre de 2008) que el tacneño se merecía la gratitud del gobierno por el aporte hecho en aras de la difusión del cine peruano en el extranjero. También afirmé que de proveérsele esa cortesía no se realizaría en el Perú sino fuera del mismo... y no me equivoqué. Tampoco obraron en vida con el maestro Robles Godoy. Una vez conocida la noticia de su fallecimiento, la mayoría -obviando contadas excepciones- de esa compacta peste de críticos mediáticos se desnucaron en elogios tardíos engarzados con una excelsa certeza de la estupidez y la mácula. ¿¿Se hará lo mismo con Lombardi?? ¿¿Se tendrá que esperar a que siga el trágico final del maestro Robles?? Nuestro país tiene ya un Ministro de Cultura -se menciona en el blog político “menos canas” que el mentado ciudadano es uno de los piratas cinematográficos más ilustres que ha pisado polvos- y éste, más allá de la ética política que lo demuela o lo salve, debería tener agendado el condecorar a quien demostró decoro. En el arte de la cinematografía son dos los nombres que brotan desde el sentido amplio de la justicia: Don Armando Robles Godoy (honores póstumos) y el señor Francisco Lombardi. En la vida hay que ser agradecidos y los peruanos que sienten afinidad para con el arte, desde el distinguido o minúsculo lugar que ocupan, están en la obligación de ponerse los pantalones y hacer algo. De lo contrario, no merecen el respeto ni siquiera de ese chimpancé con neuronas de metacrilato cuyo seudónimo alude al diablo en cantidades ridículas.

“Ella” es de aquellas películas que hay que observarla con paciencia... Hugo Soldevilla me decía cuando nos dirigíamos a la reunión del viernes pasado, que hasta para ver cine hay que tener oficio, y no le falta razón. Lombardi (que hace cine en serio) extiende con aplicada introspección el estilo que ejercitó en “Un cuerpo desnudo”, un film donde supo enhebrar una trama en la cual sus sandungueros personajes masculinos fluían en los límites de un terreno aceitoso por donde se escurrían afligidos, sobresaltados y cómplices, luego de una solemne borrachera. En esa ponencia predominaban vínculos análogos, pretensiones gemelas, delirios colectivos, y el cuerpo poco sensual de una mujer occisa -o quizás dormida- como motivo central. En “Ella”, mantiene firme parte de ese arte expresivo aunque sin extremar la ecuación. Los objetivos centrales tanto como los periféricos son claramente desemejantes. El ritmo narrativo es acompasado, el audiovisual resulta prolijo, la historia luce más cerrada (una sutil demostración de minimalismo e intimismo) envuelta en un triángulo pasional pero que se respira y desdobla finalmente entre dos. El uso apropiado de los dispositivos virtuales de moda hace que Lombardi se introduzca en una textura narrativa más dinámica, fresca e innovadora... La mujer accidentada -su nombre es Luna- es tan solo la ingeniosa coartada que Lombardi instala para que el argumento pueda sostenerse de modo perspicaz hasta que empiecen a destrabarse los nudos del desenlace. Lombardi acierta porque captura el interés del espectador al no dejarle espacios para pensar o imaginarse un final acorde con el desarrollo de las peripecias. Maneja la imprevisibilidad con tacto, nervio y virtuosismo. Ahí demuestra que dentro de las serias limitaciones que tiene para filmar, tiene una envidiable capacidad para sumarle jugosas cotas de valor agregado a su impronta cinematográfica. La traza argumental sugiere desligarse de una estética portentosa, diálogos perversos o explicativos, partituras que conmuevan, dramas encandilados o acciones desbordantes. Prevalece la búsqueda en el interior de dos arruinados contrincantes expresada en un instinto obstinado que queda enclavado en posturas como la lasitud, el sufrimiento, los celos, el egoísmo, los recuerdos, la negligencia, la creatividad venida a menos, el fanatismo machista, la mujer como objeto, el miedo al abandono, la soledad, el encierro, el adulterio, el arte y la aceptación de lo circunstancial. Hay muy poco en cuestiones determinadas por la emoción, los mecanismos de la intensidad no encuentran espacio suficiente, el suspenso hace acto de presencia menor, el thriller amaga con tomar partido pero se esfuma con rapidez, se vislumbra algún detalle de un camuflado cine policiaco, el romance se auto elimina y un resolutivo Lombardi se retoza hábilmente estimulando un surtido juego de personajes combinando las obsesiones de uno -al que lo aísla con brillantez al meterlo en una burbuja que lo calza perfecto- con las ilusiones truncas del otro. Los enfrenta desarmados en una escena milimétricamente elaborada y con un giro estupendo articula el deniego con la confabulación. Retrata con minuciosidad al hombre exitoso pero macilento, presa de la desesperación y el caos creativo, asiduo asistente a la irreverencia de sus propios fantasmas sin percatarse de lo que acontece a su alrededor. Siempre provisto de vodka -Lombardi sube un par de peldaños sociales y fustiga al pisco- supone que llenar de comodidades a una joven la hace una propiedad inmueble, un ser sometido y sin necesidad de afectos o derecho a pataleo. La deidad de sus creaciones pictóricas trata de escapar de una rutina pestilente, tremebunda y asfixiante, de la mano de un segundón acobardado al que le tienden una trampa virtual donde cae redondo, y a partir de de ese detalle puntual, se va llenando poco a poco de valor para luego entregarse a los brazos de la fatalidad, previa catarsis violentista sin retorno y con olor a contubernio.

Pero no todo queda ahí. Lombardi es un hombre de códigos rigurosos, consecuente con sus principios cinematográficos, pero últimamente mucho más dúctil con los vaivenes de su apreciable dirección de actores, y hasta del mismo guión -incluida la tecnología de la información- por lo tanto, existen pasajes que resultan formalmente improvisados aunque pudiera parecer lo contrario. Esos me parecen indicios del evolucionar y no del conformismo. Las premisas argumentales están siempre acordes y se van sucediendo con soltura. Lombardi sabe lo que hace y sobre todo hace lo que quiere para diferenciarse del resto, y lo consigue... El papel protagónico no se lo puede enajenar a cualquier actor, tiene que ser uno especial, alguien que no se embriague en su insolvencia, que esté dispuesto a jugarse los testes, además de impresionar con su talento y compromiso para rozar la perfección en las continuas mutaciones de matices expresivos que se requieren, sean estos en rostro, cuerpo, parlamentos y estados de ánimo. Para ese pintor sin ideas pero de talante exitoso, de pincel extasiado con el retrato discordante de la mujer amada, hace falta un absorbente camaleón despreocupado e hipersensible, un intérprete corajudo que se enfrente a situaciones límites, que sea un intermediador de toda la historia, y que sienta el personaje como si se tratase de su propia y conflictiva existencia. Su misión radica en luchar contra sus intrigantes debilidades, amar u odiar, pensar y decidir, seguir o parar, indagar y desentrañar en cuestión de minutos o segundos algunos escapes taponados. También nos debe transmitir cabalmente sus titubeos y convicciones, su ofuscación y su sensatez, su perversidad y su lealtad, su manumisión o su condena, y varios desasosiegos más. Lombardi juega seguro sus fichas y da en la cabeza del clavo al convocar a Paul Vega -el más completo actor que hay en el Perú hoy en día- quien se carga el personaje con limpieza y lo convierte en el catalizador donde empiezan y acaban todos los elementos inmersos en el tejemaneje que Lombardi imagina... Pero no todo es color de rosa en la dirección de actores. La actriz mexicana luce con pericia sus atributos físicos aunque actuando -salvo cuando está congelada- es una compilación de desatinos. Cierto es que le falta letra y tiempos, pero sus desviaciones la alejan no solo de la credibilidad básica que corresponde a una artista sino del nivel de asistencia que requiere Paul Vega para hacer crecer al personaje del retratista... Rómulo Assereto está aún inmaduro, le falta meterse entero en la piel del personaje. No me sedujo su actuación aunque sus méritos cuando pone en aprietos al personaje de Vega en el taller de éste, y en su condición de amante consumado de Luna, existen. Si bien resbala en la sobre-actuación, no vocaliza con propiedad y su gestualidad lo traiciona, su presencia si se llega a vislumbrar con cierta potencia. No es que quiera bajarle línea pero tiene para pulir algunas cosas... En todo caso habría que preguntarle a Lombardi qué pasó... No confundamos al actor de cine con el de televisión o teatro. Es raro -no imposible- que actores y actrices dominen los tres medios con la misma eficiencia y rigor escénico... En cuanto a la trama no es compleja de seguir y cuando observen el film fijense que por momentos parece apagarse pero inmediatamente vuelve a prender. Noten también la limitante nitidez de los colores y sus contrastes en la proyección. La película parece haber sido filmada en digital lo que le resta una mejor resolución... A Joanna Lombardi no solo le pusieron alguien al lado sino que además le recortaron la chamba porque su padre trabaja más las imágenes, silencios y elipsis que sus acostumbrados diálogos. Me gustó la atmósfera opresiva que logra Lombardi, la fotografía -salvo su supuesto formato digital- no tiene desperdicio (la iluminación luce sombría, oscura y grisácea en su mayor parte), la locación interior bien implementada -es un personaje más tan importante como lo fue en “Un cuerpo desnudo”- y los exteriores sencillos sin demostrar exhuberancia. En resumen, Lombardi construye otra buena película, una historia bien pensada, plasmada con corrección, dotada de una narrativa que perfila, alarga y mejora el estilo de su último film, y que aporta la sabiduría y experiencia del realizador. Explica una historia singular y concreta, exenta de moralinas y atemporalidad. Le interesa sólo la creación de un drama humano desgarrador, intenso y apasionante. No habla de las consecuencias generales de la infidelidad sino que se limita a desarrollarla en un contexto específico. A pesar de que parezca una frase retórica: Lombardi se da maña para seguir creciendo en la consolidación de nuevos proyectos... Exhibirla junto a El secreto de sus ojos me parece impropio y me imagino que Lombardi no tiene mucho que ver en esta burda decisión. Me juego a que los distribuidores y exhibidores volvieron a comportarse como esos mozos de restaurantes de medio pelo: desatentos y poco prolijos. “Ella” merece ser vista porque Lombardi hace un destacado trabajo y porque el actor peruano Paul Vega nos asombra con su ya manifiesta madurez interpretativa... Si se hubiera mudado a conquistar otros mercados sería un actor de talla internacional. Un mensaje para los marqueteros de la película. Traten de ponerse las pilas con las fotografías en Internet. No descuiden una película que vale la pena publicitarse. ¿¿Lo sabrá Lombardi??

Quería aprovechar para agradecer a la familia de Uchi Gamboa por la cena de anoche a la que acudimos con Miguel, Bruno y Erika. Son una familia encantadora y en esa casa se respira amor y compañerismo. La colección de vinos de Don Patricio Gamboa (chileno de nacimiento) es impresionante. La comida una delicia y tanto las hermanas como las primas de nuestra heroína... "califican". Hasta la próxima.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

“Zona sur”, cambio de papeles en la burguesía boliviana.



No me considero devoto a la vehemente observación del cine sudamericano en general -grave distracción que acepto- salvo contados casos que bien valen la pena. Tampoco me entretiene la impronta de sus festivales de cine -algunos respetables, unos insensatos y otros serviles- aunque he tenido la oportunidad de viajar invitado a uno que otro en los últimos años. Sin embargo, buscando alternativas a nuestra confusa y mutilada cartelera nacional me encontré con una sorpresiva película boliviana a la que ingresé a ver por simple curiosidad en la vacía sala azul del centro cultural de la PUCP. No conozco la cinematografía del hermano país por lo tanto no me referiré a su trayectoria y me centraré en lo visto y percibido... El buen cine, como la caridad, tiene que empezar por casa, enfocarse en universos propios bajo los cuales el realizador está en la exigencia de tener surtidas porciones de potestad en términos de identidad, experiencia, convicciones, cariños u odios, prejuicios etc., y lo que me parece aún más admirable, de un espontáneo compromiso personal. En rigor estricto de cotas autorales, una cinematografía que a su director no le incumba ni lo lastime, se mete de lleno en el camino más directo para dedicarse a producir films que finalmente no le van a interesar a nadie, por mucho que aparenten resultar entretenidos, aburridos o indiferentes. De un tiempo a esta parte, el público no solo se interesa en las temáticas, los personajes y la estética sino también en los estilos de dirección.

"Zona sur" –inmersa en su abolida pretensión de entretener o conjugar metáforas- es una notable radiografía fílmica de una emergente permuta en las estructuras sociales de una burguesía capitalina que intenta subsistir en lo inviable de la clandestinidad. Los tiempos han cambiado -sea para bien o mal- pero queda intacta la función catalizadora y comunicativa del cine. Con pericia y bravura, su director explica a través de un guión perfectamente inferido, una fotografía cómplice de las cercanas distancias sociales –blanca por dentro, grisácea por fuera- y una cámara detallista en imágenes en permanente movimiento circular -jamás un plano fijo, sus giros se apoyan sobre su propio eje en el sentido del reloj- cómo se va dando ese proceso de transición de una postura burguesa rebelde pero entrada en crisis, a una intimista generación de mestizos olvidados -Evo y su inquieta tesis del argentinísimo "lamento boliviano"- que se imbuye de fuerza e impone sus condiciones aparentemente sin rencores ni violencia. La puntillosa crítica a un estilo de vida decadente, insostenible por donde se le ausculte definen el plot argumental de un valeroso Juan Carlos Valdivia, quien demuestra con dominio de la materia, que con pocos personajes pero definidos con matices correctos, ritmo, cadencia y silencios adecuados, y sin caer en los consabidos excesos -ese mayordomo/cocinero de nombre Wilson, hace una de las más exquisitas interpretaciones que he observado en los últimos años- la viabilidad y continuidad del pelaje narrativo no tiene límites, tropezones ni medias tintas. Como siempre menciono cuando necesito resaltar la tarea de un realizador, en la hegemonía del realismo más cautivador o despreciable, cualquier cineasta medianamente habilidoso puede desarrollar un personaje. Lo ciertamente trascendental es redondearlo, trabajarlo en los detalles más sutiles, inmiscuirlo bajo determinadas conductas, conferirle autonomía interna, relacionarlo con el paisaje y hacerlo entrañable. Wilson, Carola, Andrés y Marcelina se mueven -solos y en conjunto- bajo tales emblemas. Cada uno ocupa su lugar y nadie invade el ajeno. Este pequeño detalle ya es todo un logro en la dirección de actores. Y esa calidez interpretativa -incluyendo los diálogos en Aymara, cuyos significados son elocuentes- hacen que "Zona sur" pertenezca a ese minúsculo grupo de cintas que pueden durar 90, 120 o 150 minutos y el interés se mantiene tan alusivo como reticente.

No pretendo contarles la película, no tendría ninguna gracia, sería un despropósito y no los motivaría a que la vayan a ver. Sin embargo, me interesa sugerir algunas escenas tentadoras. En "Zona sur" -propuesta plagada de certezas, incoherencias y sarcasmos- el desenlace luce imprescindible y se transforma en la clave del relato de Valdivia. Wilson, poseedor de una fidelidad absoluta para con Carola -hay una relación brutalmente dependiente entre ambos- decide revelarse ante ésta por motivos más que justificados. Allí es donde la historia se inyecta de una pujanza inusitada, y las brechas sociales -asolapadas hasta esos instantes- quedan desplegadas dentro del vínculo patrón-servidumbre. Los nudos de acción se desatan, afloran personalidades cruzadas, los sentimientos escondidos asoman, las carencias buscan reagruparse y se descubren los pocos secretos que faltaban. Se reflejan exactamente aquellas generosidades y mezquindades que suceden en cualquier familia disfuncional donde la ausencia paterna es la tara no superada, y los conflictos de una vida próspera se difuminan. Cambian los atardeceres, las noches son interminables y el amanecer nunca será el mismo.

No soy de recomendar películas sudamericanas -salvo algunas argentinas- sí apoyar el cine que hacen esforzados peruanos. Sin embargo, considero que "Zona sur" es un muy buen film que lo van a disfrutar por varias razones. Primero, porque nuestras idiosincrasias -rasgos, costumbres, ideas, crianzas etc.- son bastante parecidas -quien no ha sido cuidado por esa maravillosa empleada doméstica que se desvivía por nosotros-. También porque hay un contexto político finamente expuesto, nacido de un auto-proclamado indígena que hoy es el presidente de la nación, uno social que aún en el Perú no lo hemos llegado a aceptar, y el económico -todo se compra y vende- que es consecuencia de la nociva globalización mundial que hoy nos invade a todos. Claro, también Valdivia se da el tiempo necesario para insinuar la corrupción, los desmanes y el abuso en el sentido que el espectador le quiera dar. Nótese el enfoque visual a través de vidrios cristalinos o ventanas, la constante aparición de plantas, espejos y las tomas contra-picadas... A buen espectador pocas imágenes. Por otro lado, técnicamente la película nos ofrece algunas variantes no convencionales que deberíamos apreciar e intentar comprenderlas en su justa dimensión. Valdivia ha empleado una forma de rodaje basada en tomas circulares para recrear esos “mundos solitarios” en los que sobreviven sus personajes. Las relaciones entre los integrantes de la familia se las dejo picando para que ustedes puedan diseccionarlas. En resumen, "Zona Sur" es el portarretrato de una familia burguesa en decadencia y que vive en un país donde los cambios drásticos asoman y sus costumbres son avasalladas por un proyecto de vida que los excluye. El reflejo del espectador en los personajes y en la historia es un logro superlativo de Valdivia, que hace posible la entronización del público dentro del film. Cada uno logrará penetrar a su manera en esa “Zona sur” que todos tenemos y disfrutamos. La vida esta hecha de subidas y bajadas, de momentos buenos y malos, de instantes desdichados y felices. Pero lo que sí es ineludible es que cada quien tiene su propio “mundo” o “burbuja” en donde esconderse o recluirse como bien nos lo enseña el niño Andrés. Vayan a verla al centro cultural de la PUCP que la dan todos los días hasta el próximo miércoles 29. Hasta muy pronto.

lunes, 20 de septiembre de 2010

“Ni uno menos”, el derecho a la educación.


Si existen directores chinos cuyas contribuciones dentro del arte fueron vitales para que en su país surgiera la auto-crítica y se ventilara la una mínima posibilidad de la inclusión gradual en la senda de los valores democráticos, dos nombres encabezan la lista: Chen Kaige –“La tierra amarilla”, “El rey de los niños” y luego la notable “Adiós a mi concubina”- y Zhang Yimou con dos películas emblemáticas: “Sorgo rojo” y “La linterna roja”. Lamentablemente el régimen totalitario ensimismado en una arbitraria torpeza desestabilizó los intentos por alinearse al movimiento cultural emergente. Ni Yimou ni Chen Kaige fueron tratados con indulgencia pese a excepcionales conquistas cinematográficas logradas en los festivales de Venecia, Cannes y Berlín... Años después Zhang Yimou incursionaría en la propuesta masiva con sus vistosos largometrajes acerca de las artes marciales... Pero lo que apasionaba al Yimou de los ochenta y noventa era la extravagante belleza de la mujer china aún no internacionalizada. Dos ejemplos son más que suficientes. El estilo refinado y sagaz de la actriz Gong Li fue su mayor descubrimiento, acompañándolo decididamente en sus primeras siete películas realizadas durante igual cantidad de años. Lamentablemente ambos confundieron los sagrados códigos del romance oriental con los del trabajo y terminaron separándose. Luego, hizo debutar en pantalla el juvenil encanto de la sutil Zhang Ziyi en “El camino a casa” -la obra descollante y de mayor profundidad que pude observarle al realizador chino-. La premisa argumental gira alrededor de una inquietante historia de esos amores proclamados como intensísimos, pero además dotada de una electrizante naturalidad y un abierto desprendimiento de las agraviantes posturas inclinadas a la chabacanería y el engreimiento... Como ya conocemos, Zhang Ziyi tomaría notoriedad con la ganadora del Oscar, “El tigre y el dragón” de Ang Lee y posteriormente con la espléndida “Memorias de una geisha” del norteamericano Rob Marshall.

El pulcro sentido de la estética que propugna Yimou en sus films, la composición sin desmanes de sus planos a través de una fotografía tan diligente como descriptiva son sus características más taxativas. Quizás “Ni uno menos” no sea precisamente la expresión palmaria de una propuesta estrictamente esteta pero es innegable que tanto el contenido que brota del guión así como la puesta en escena poseen un atractivo especial al plantear y sostener una tendencia desacostumbrada de las temáticas formativas de cualquier ser humano y su entorno micro-social... Hemos visto a lo largo de los años películas que tratan criteriosamente sobre lo que significa la educación desde ópticas contrapuestas. Desde las tramas más expresivas acerca de la reforma de menores con la genial “Zéro de conduite” de Vigo, “Les Quatre cents coups” de Truffaut o “Kaspar Hauser” de Herzog, como aquellas donde la estoica enseñanza a discapacitados resulta aleccionadora: “The Miracle Worker” de Penn, “Gaby, A True Story” de Mandoki o “Educating Rita” de Gilbert. También hay cintas que abordan la impronta social entre alumnos y maestros: “Goodbye Mr. Chips” de Woods, “To Sir, with Love” de Clavell, “Padre Padrone” de los Taviani o la magistral “Entre les murs” de Cantet, para finalmente tocar –como señaló en el titulo de la entrada- el derecho a la educación, y donde se sitúan además del film de Yimou desgarradores dramas relacionados con esa mágica combinación entre la indigencia y la esperanza: “The Color of Paradise” de Majid Majidi “Takhté Siah” de Samira Makhmalbaf, y la excepcional “Turtles Can Fly” de Bahman Ghobadi. Evidentemente no estamos ante los designios filosóficos de ilustres educadores como Comenius, María Montessori, Ferrer Guardia o Paulo Freire aunque Yimou nos hace un repaso –quizás sin proponérselo- de lo medular de sus pensamientos pedagógicos, más allá de una derivación nomológica del confusionismo.

Sin embargo, lo que pretende acertadamente Yimou en la trama es escapar de la concepción de ese magisterio acomodado en la verticalidad de los vínculos entre aprendices y preceptores. Su excusa resulta simplona pero novedosa, porque la ubica fuera de un contexto repetitivo y burdamente direccionado. Al principio se aleja por completo del mundo urbano contemporáneo para terminar usándolo como catalizador de un desenlace humanista previsible. Mira de reojo al maestro que está en la obligación de constituirse como un Junzi moral, un ser privilegiado, cuya inteligencia, honestidad y virtud lo diferencien del resto de los humanos. Yimou no cree en el gestor cultural omnipotente y se refugia en una achacosa escuelita cincuentenaria, sin recursos, oculta entre las montañas de una China olvidada, confinada en un cordón de miseria extrema, con un maestro que se ausenta, y desde ahí va tejiendo una historia que busca congeniarse con la bonachona parábola del sacrificio, la autodisciplina y el rescate de los valores nativos. El eje narrativo que desarrolla el asiático privilegia la cotidianeidad de una pequeña maestra sustituta de tan solo 13 años que tendrá que lidiar con 30 infantes a cambio de una cantidad ínfima de dinero. El nombre de esta maravillosa petisa es Wei, y sus funciones no son precisamente la de una prolija educadora –su sentido de la enseñanza es tan ineficaz como inexistente- sino una especie de niñera a tiempo completo. Pero lo que le falta en credenciales le sobra en determinación, honradez y ecuanimidad. Asume equivocadamente que sus honorarios le serán cancelados en algún momento, y todo se reduce a un bono adicional –también de dudoso término- que será entregado por el alcalde siempre y cuando los 30 mataperros no abandonen la escuela y sigan asistiendo e integrándose. Wei es una niña crédula, y sabe que el dinero no suele ser una motivación principista. Zhang Yimou hace un magistral planteo de los nudos de acción, que aparte de incrustarla en los roles de una líder procaz, la construye como una más de los supervivientes de la escuelita –los iguala rompiendo jerarquías- y la sume en una irritante precariedad de recursos. El único material disponible son algunas tizas blancas que deben de ser gastadas con prudencia. Las privaciones más elementales de la aldea no se limitan a la escuela, algunos de los niños duermen en la misma junto a Wei porque no tienen otro lugar donde habitar. Muchos estudiantes habían abandonado las clases para trabajar y ayudar económicamente a sus familias. Wei con su rostro angelical, casi inconmovible, paciencia limitada y moralmente genuina, se enfrenta a los desafíos del destino involucrando a cada uno de sus compinches, los mismos que logran mimetizarse con su misión, y la apoyan con descontado entusiasmo en su aventura cívica. Si bien es cierto, Wei casi siempre deja a los niños condenados a su suerte, se logra dar cuenta que más allá de los caprichos puede rescatar sus voluntades para ir en búsqueda de lo que siente y quiere cumplir. Es importante fijarse en la comunicación que va logrando con los chicos... Zhang Yimou mantiene la historia en movimiento, permite que Wei pueda crear diferentes estímulos en sus aliados para consolidar el sentimiento grupal. Organiza traslados de ladrillos de un lugar a otro para obtener dinero, y viajar en autobús a la ciudad para rescatar a uno de sus alumnos –el más travieso- llamado Zhang Huike, el mismo que de un momento a otro desaparece de contexto y fuga a la ciudad para establecerse sin lograrlo. Acá nos encontramos con una constante en el abuso de menores, concepto muy arraigado y de moda en nuestra sociedad latinoamericana de hoy... Ese nexo que potencia la montaña o el campo con la ciudad resulta útil para comprender la dimensionalidad del personaje de Wei que arriesga todo con tal de encontrar a un mendigante Huike. Y es precisamente en ese traslape fílmico, que Yimou da un giro de tuerca categórico y sitúa a Wei en la gran ciudad, un lugar ajeno donde a pesar de estar y sentirse en tierra de nadie logra desarrollar una cantidad respetable de códigos de salvataje que finalmente rinden sus frutos...

En resumen, un notable film que rompe esquemas tradicionales, personifica conceptos de supervivencia en niños y no en adultos, la fluidez narrativa es consecuente con el ritmo parsimonioso y sobre todo con imágenes llenas de meta mensajes. Una película de personajes, entornos y dramas existenciales que coquetea más con la aventura infantil que con la teoría educativa.
Bajo la apariencia de una delicada belleza audiovisual y de un vibrante lirismo de situaciones, en la obra de Zhang Yimou late una clara y decidida voluntad de reforma social y una vibrante reivindicación del respeto a los derechos humanos tan pisoteados: los de la educación, los de la mujer, los de la libertad personal. Los de la conciencia frente al aparato del estado o los de la libre expresión de pensamiento. Para quienes no la vieron traten de conseguirla y entenderán a partir de que criterios un país como la China puede darse el lujo de ser una potencia actual y quizás la mayor en el próximo siglo. Finalmente, el inspirado primer film de Truffaut -“Les Quatre cents coups” o "Los cuatrocientos golpes" dedicado a la memoria de André Bazin fue el detonante de la llamada "nueva ola francesa". No es inconsecuente señalarlo porque justamente el basamento de este importante hito en la historia de la cinematografía francesa y universal nace en una propuesta acerca de la educación. Casi nada. Hasta la próxima.