miércoles, 27 de octubre de 2010

“A Single Man”, los rabiosos golpes y trampas del destino.






























































Hay películas que con admirable decoro sacan la cara por ese tipo de cine de gustos minoritarios cuya cuota de intensidad y nostalgia las deja muchas veces dejando de lado todo discernimiento. Estos films sólo pueden ser explicados en función a motivos inspiradores particularmente díscolos o de maquinaciones de desavenencia y afirmación, y especialmente punzantes para un realizador como Tom Ford que debuta con el talento y dominio de artes algo ajenas a la cinematografía. Muy a menudo, este estilo perfeccionista de hacer cine parece desorbitado o abrumador, tal vez porque esté anidado en la médula de una sinceridad a prueba de fuego que desarma no solamente los tratados implícitos de la expresión cinematográfica, sino también los modelos usuales del arte contemporáneo. A Single Man o Un hombre solo tiene ese mérito para algunos -entre ellos me incluyo- o el menoscabo para muchos otros. Pareciera un título o propuesta más compenetrada con el gran cine europeo que con los films en serie que salen de la fábrica de Hollywood... Es un gran film, racional, comprometido, desafiante, conjugado, un arrebato de aquella traza púdica, honesta, no colmada de fanfarronadas, más allá de su caprichosa dramaturgia, su engreimiento filosófico o un cierto manierismo impotente. Exhala ese juego de minimalismos apacibles donde nuestro juicio de valor muta inconcientemente de postura entre la emoción, el desconcierto y la impavidez. Y justamente de eso se trata este “cine incomprensivo”, que nosotros, los cinéfilos por adopción y adicción, tengamos esa bravura de encontrarle el sentido a los constantes devenires, de inmiscuirnos en la historia sin prejuicios ni miedos, de ubicar la sensibilidad que brota de cada individualidad tan propia, voluble y distante, o de intentar desdramatizar esa soledad tan privativa y hasta disimulada que se respira atiborrada en cada diálogo o silencio donde la muerte siempre hace acto de presencia.

Habría que puntualizar que como una historia estrictamente de amor homosexual, la película del célebre diseñador Tom Ford -modisto creativo de los imperios Gucci e Yves Saint Laurent- tiene el encanto de sus propias asimetrías. Sería difícil concebir amantes más candorosos e incondicionales que sus próvidos protagonistas. Sus sentires, actitudes y pasiones son certeros, sólidos, excluyentes, francos y totales. Las maldades que pululan en sus sinuosos universos existenciales son inciertas, gaseosas, hipócritas, envolventes y engañosas. A Single Man cautiva por dos razones capitales: su hechura es irreprochable -tiene ángel, vuelo, poesía e inspiración- y por un excepcional enfoque del detalle mínimo tanto en la solemnidad de su estética como en la fluidez de su estructura narrativa. Tom Ford tiene una inconfundible fascinación por el vestuario, maquillaje y peinados de los años sesenta, la iluminación, la armonía de los sonidos, de los colores, una excitante BSO, los primeros planos y planos detalles, al margen de ambientaciones y escondrijos deslumbrantes. Ese regocijo de la belleza de su puesta en escena empequeñece todos aquellos desperfectos fílmicos que se producen, ya que el entramado deviene en un todo que se fundamenta tanto en cuerpo como espíritu con una rotunda indivisibilidad... El contexto en donde se desarrolla la trama es confuso y revoltoso, y afecta de alguna manera psicológica las relaciones interpersonales de los protagonistas. La historia se sitúa en Octubre de 1962 durante la llamada “crisis de los misiles cubanos” o "crisis de Octubre" en donde Fidel Castro -con la tibia aprobación del “Che” Guevara- se empecinó en que los EEUU habían tomado la decisión de invadir la isla. Su objetivo era usar su alianza estratégica militar con la URSS para que ésta le diera consistencia al rumor e iniciara una guerra nuclear lanzando un arsenal de misiles SCUD hacia los EEUU. Los soviéticos -nada tontos- a través del liderazgo de Nikita Kruschev no consideraban viable la idea de Castro ya que la única certeza era el advenimiento de la tercera guerra mundial con consecuencias desastrosas para la humanidad. Se produjo entonces una cumbre en Angola donde se negoció la anulación de toda posibilidad de invasiones y enfrentamientos. Kennedy y Kruschev, ya habían llegado por anticipado a un acuerdo, en donde los EEUU prometían no invadir Cuba. Una de las tantas razones del acuerdo de paz fue que Kruschev no consideraba a Castro como un político serio sino como un monigote militarista. Además los soviéticos sabían que ir a una confrontación directa con los EEUU era una especie de inmolación tal cual o mayor a la sucedida con los japoneses en 1941. Decepcionado, el pueblo cubano seguidor de Castro acuñó la famosa frase “Nikita mariquita, lo que se entrega no se quita”. Una de las consecuencias más recordadas fue la creación del "teléfono rojo" entre el Kremlim y la Casa Blanca...

A Single Man está basada en una adaptación bastante flexible de la novela del mismo nombre, escrita por Christopher Isherwood, una de las leyendas literarias fundacionales del movimiento homosexual yankee de los sesenta. La ópera prima de Tom Ford pertenece a ese género de películas donde el cómo es tan vital como el qué. El qué, resulta ser la controvertida historia de George –una fabulosa interpretación de Colin Firth- un profesor cincuentón, literato, pulcro, ordenado, inteligente, venido de la Gran Bretaña pero acostumbrado a los vicios de la ciudad de Los Angeles. George pierde en un accidente a su pareja gay de muchos años. Su mundo convulsiona profundamente, su soledad se vuelve crónica, el miedo a la vida se acentúa y todo se oscurece ante el desconsuelo que aparenta avasallarlo. Ford sabe perfectamente que el corazón del relato está ahí, pero no en lo que hay, sino en lo que falta. Está en el vacío de su angustia, en la fecundidad de la nada, en la complacencia del auto-abandono, en el desborde de su presente, en la desesperación que no logra ahogar el luto, en la posibilidad del suicidio planificado como un escape a la sensación de impotencia, en el escondite de su sexualidad etc. Sin embargo, al quedarse encerrado en su pasado, la pesadilla no se impone de inmediato, se va insinuando lentamente a través de las vivencias y esfuerzos de George -enmarcada dentro de un tiempo real que dura 24 horas- para internalizar sus sentimientos. Un ejemplo del análisis de sus límites contenidos, resbala por sí solo en la secuencia en que espía curiosamente a sus vecinos, sentado en el retrete y por la ventana de su delicado toilet. La envidia que despierta en él ese estilo de vida libre de los otros, Ford lo filma y plasma con una delicada imagen que intenta imitar la textura de un sueño -tal como lo hace al inicio de la película con el protagonista ahogándose en el agua y salvándose para luego encontrarse calmadamente con el cadáver de su pareja en medio de la nieve, y al que besa con pasmosa tranquilidad, para luego despertar abruptamente-. La interrogante sería: ¿¿Lo que observa George es un recuerdo de su infancia o está sucediendo en ese mismo instante?? Los silencios lo rodean, su mirada melancólica se convierte en la simbología mediadora de aquel dilema entre imaginación y verdad, y es con esa misma fijación a la vez que pensativa y despojada con la que escruta con delectación el sudor de los tenistas, la pintura facial de las mujeres, los dedos del sujeto del bar cuando acepta un cigarrillo, el cuerpo de su alumno en el dormitorio etc. La constante dureza sensorial de la narrativa de Ford se desliza con mansedumbre hacia una extrema sensualidad con una tonalidad espontánea, la rodea sin darle respiro al refinamiento erótico, sin perder un ápice de hondura. La espalda pecosa de una maravillosa y bellísima Julianne Moore, los resplandecientes ojos de Matthew Goode, los labios insinuantes del modelo español Jon Kortajarena, con quien juega al cortejo -incluido Hitchcock como fondo- implican todas sensaciones trascendentes en la visión de un mundo que lo hace dudar en seguir o no con esa vida sombría, o en todo caso disfrutarla estando a punto de haber tomado una decisión reveladora. Ford ha transmutado su talento artístico -del diseño de modas a la cinematografía- estacionándose en la delgada línea de aquellos lacónicos distinguidos, en la piel de los seres que callan en escenarios opulentos, que se divierten sin sentido, que se cuestionan romances pasados imposibles; y en la vena de los cineastas que nos relatan belleza y destrucción a un mismo compás y tiempo. Recuerda mucho a los personajes de Antonioni por la parálisis de sus cuerpos y los desiertos del alma tan comprometidos con su falta de comunicación además de la crisis de sus sentimientos... Parece haber en el film mucho de las propias experiencias de Ford y de sus íntimos delirios homos por las que pasó en ese mundo despiadado que es el de la moda de altísimo nivel, donde sobrevive con su brutal capacidad para crear diseños que marcan moda y deseos. Irónicamente, la residencia de George es un cubo de vidrio. Hay una escena que es llamativa y genial: George saca un revólver viejo y hace una especie de entrenamiento tan disforzado como ridículo del suicidio en su propia cama. El uso del sleeping-bag como catalizador de una muerte limpia y escondida es memorable como instancia humorística del film... la actuación de Julianne Moore es sobresaliente y más convincente aún cuando se encuentra con George en la cena y posterior discusión de sus desgracias compartidas con un cierto amago de violencia verbal, que se soluciona porque existe un amor y respeto que los condiciona. Son ambos, seres abandonados por las circunstancias crueles que les toca vivir y compartir. Acá lo fascinante de la Moore es que siendo una mujer en decadencia, abandonada por su esposo e hijo, su carácter fluye con un encanto delicioso. Baila con soltura, divertidísima junto a George un “rock and roll” de la época, fuma solo cigarros rosa y bebe gin, mientras no pierde las esperanzas de recuperar el amor de George, aunque solo sea una frustración platónica. Incluso el intercambio de diálogos son impecables porque desnudan sus recuerdos, miedos y hasta se conceden consejos mutuos entre risas destempladas y miradas cómplices... otra de las secuencias excepcionales y purgadas por una estética y belleza plástica en la que el minucioso Ford acierta nuevamente. No olvidemos ese fascinante acto de resistencia introspectiva de George ante el teléfono cuando la noticia del accidente lo aborda.

Finalmente, la resonancia trágica de la historia queda matizada a través de un irónico vitalismo por el que apuesta George cuando se encuentra con su alumno en un bar. El chico tiene las mismas apetencias y desconciertos de su maestro, y se atraen entre miradas, diálogos, desahogos y celebraciones hasta llegar a la residencia de ese George que parece haber dejado el suicidarse como una opción viable -guarda el revólver en un cajón con llave-. El joven Kenny le cambia los planes de vida, lo hace sentir renovado y con posibilidades de apartarse de la desolación, pero en el último instante, la muerte lo sorprende por esas cosas del destino. Dicen que Dios existe pero duerme muy a menudo, y sus pesadillas son nuestra existencia. Notable film, no es una historia sobre la homosexualidad, tampoco un panegírico donde la sexualidad afecte o interfiera. Es una historia sobre la humanidad, sus amenazas y oportunidades. Sobre el tormento que desprende dolor y lo que cuesta aceptarlo, sobrellevarlo y vencerlo. Y también sobre la crueldad de un destino que parece marcado con paroxismo sobre cada uno de nosotros y lo caricaturesco que resulta del mismo... Un bello recital del buen gusto aunque la muerte sea la mano que mece la cuna . Hasta la próxima.