jueves, 25 de noviembre de 2010

“Buenos días”, Ozu y la bondad del transcurrir del tiempo.

























































No es tan difícil pasar de un genio a otro -de Kenji Mizoguchi a Yasujiro Ozu-sobre todo cuando la historia de la cinematografía japonesa –redactada por conocedores oriundos del lugar- se encargó de atraerlos y no de repelerlos aunque nunca faltan los criticones foráneos que creen que destruyendo se construye y malhablando se educa. Dos creadores que impusieron diferentes estilos creativos del quehacer cinematográfico, similares virtuosismos para conmover, hermanos gemelos del retrato fino y escrupuloso... Quizás el pecado mayor con respecto a Ozu es haberlo descubierto mucho tiempo después de su muerte, ya que las películas contemporáneas japonesas fueron catalogadas como de precario traslado exportable hacia las huestes de Europa, EEUU y Latinoamérica. La cristalina obra de Ozu, acuciosa, genuina, empecinada en absorber la inmejorable metamorfosis de las costumbres y el paso del tiempo, nos impacta, aprisiona y seduce de inmediato. Ozu marca su territorio fílmico con una profunda sensibilidad que coteja la cotidianeidad de la familia y sus suculentos rituales de perpetuación (los hijos) casi litúrgicos. Su visión del cine por fondo y por modalidad, es una misma catadura de temporalidad intensamente japonesa a la vez que universal... Ozu –al igual que Mizoguchi- perteneció a una humilde familia de artesanos y comerciantes. Su abnegada madre intentó educarlo en Tokio, mientras el padre se ganaba la vida alejado de él. No fue un alumno espectacular –dicen que poco atraído por el estudio- más bien atorrantón e indisciplinado, fue expulsado por revoltoso e insurrecto. Sin embargo, llegó a ejercer el magisterio pero con poca fortuna –muchos dirían que con cierta mediocridad- le gustaba el alcohol y ya adulto, tanto su padre como su tío lo sacaban de cuanto lío armaba en la cantina de moda, previa discusión y pago de lo consumido. Ya cineasta, Ozu nunca negó su adicción por el sake. Justamente gracias a su tío logra ingresar en 1923 a los estudios de la Shochiku Films Ltd., compañía de los hermanos Otani. Como dato anecdótico es significativo mencionar que estos productores fueron los primeros en llevar a Japón directores y técnicos norteamericanos que tenían experiencia en Hollywood. Ozu realizó toda su carrera en la compañía de los Otani. Allí conoce a Kogo Noda, con quien hará amistad y se convertirá en su guionista predilecto. Noda también era un prominente partidario del sake, así que entre sake y sake, sacaban casi siempre un buen guión para filmar... Yasujiro Ozu fue un gran espectador de películas norteamericanas de diferentes géneros –admirador de Harold Lloyd y Ernst Lubitsch- pero principalmente de comedias –por eso escogí Buenos días para postearla-. Su inicio como “gagman” la realiza en las llamadas “nonsense mono” o comedias japonesas subidas de tono. Miembro inexcusable del denominado grupo frívolo, se especializaría en las bromas picantes, de dudoso gusto, insistiendo siempre en colocar siempre una escena de los llamados WC (retretes) en sus primeros films. Sus comienzos son dirigiendo comedias ligeras –obviamente bajo la influencia de Lloyd y Lubitsch- hasta que sienta cabeza, y en su décima película muda “Daigaku wa deta keredo” (1929) renuncia al “nonsense mono” pero sin abandonar momentos de jocosidad para acomodarse en un cine más serio y formal, el de la crítica social. Toda su obra pertenece al género “shomin geki”, que involucraba la vida banal de la gente humilde y de clase media baja. Ozu fue un anarquista de corazón, activo antimilitarista, hondamente desilusionado por la evolución de su país, donde trabaja con regularidad hasta 1937, momento en el cual su producción cinematográfica empieza a ser menos recurrente. Filma la excelente “Había un padre” en 1942 y una notable “Historia de un vecindario” cinco años después. Ozu muere de cáncer el día en que cumplía 60 años. Este atropellado muchacho y generoso hombre de bien que convirtió a las familias en el corazón de sus películas no logró formar jamás la suya propia... Deslealtades del destino o quizás temores escondidos... Ozu no creía en el más allá ni en la reencarnación, estaba convencido que no existía nada luego de la muerte. Pidió que escribieran sobre su lápida el signo “mu” (vacío). Después que falleció, su gran amor platónico y actriz fetiche Setsuko Hara, renunció a seguir haciendo cine y se refugió en su casa para siempre, no lejos del cementerio donde yacían los restos del maestro. Muchas veces el más inteligente peca de timorato.

“Buenos días” es mi comedia popular preferida de Yasujiro Ozu. Su simpleza me parece alucinante. La historia tiene dos premisas argumentales muy gráciles a la vez que delicadas y encantadoras. El chisme y el silencio. El contraste no se junta, se dispersa como dos razones aparentes que buscan alejarse una de la otra, inhalando el aire costumbrista que envuelve la vivencia familiar. Luego que cada historia toma y consume identidad propia, Ozu las articula con una inteligencia que pareciera una candidez pero que encierra más que una crítica soliviantada, una disculpa a la trivialidad social. El chisme –como cualquier otro- se va agrandando de boca en boca, sin malicia, por simple equivocación o mención a destiempo. El silencio no, éste es más cómplice del chantaje aunque parecieran antagónicos y lo manejen dos criaturas... Es muy saludable encontrarse con una trama que no gire sobre personajes complejos. Al contrario, nuestra identificación es plena, como si aquel pelaje fuera el nuestro, y eso, tratado con gentileza, humor, pícaramente, mezclando los avatares de un vecindario muy junto –las casas todas de madera están casi pegadas entre si- y dependiente resulta delicioso. Los espacios se cierran para que las acciones se conviertan en habituales –no rutinarias- y especialmente susceptibles. Este vecindario –ubicado en el Japón de los años cincuenta- nos conduce a dos niños que huyen de sus clases de inglés para ver televisión en la casa de un vecino. Ozu suelta una frase “célebre” que hoy después de 60 años es una realidad imposible de rebatir –aunque se quedó diminuto en la cifra- “la televisión produce cien millones de tontos”. Los hermanitos, que visten igual –otro detalle que nos envuelve- son reacios al postulado y hacen la promesa de no formular palabra alguna, es decir, guardar silencio como reclamo a sus padres –trasladado luego al vecindario como ente familiar- por tener una televisión propia. El silencio de los niños –Ozu se deleita con ellos y los envuelve en un viejo gag de maciza consistencia pedorra- va a provocar diferentes situaciones humorísticas justamente allí donde los vecinos logren identificar el mutismo. Curioso sometimiento –chantaje infantil- que surte efecto pero que no arremete, no es agresivo ni invasivo... Pero la historia también se desdobla, y son las señoras o madres del vecindario quienes hacen su parte en la trama a través de una especie de junta mensual donde hay una encargada de recaudar y otra de administrar el dinero. Acá hay un personaje notable a destacar, la abuela, y no es gratuito porque Ozu amaba a la suya –era la compinche de sus descontroles infantiles-. Se corre el cotorreo que la administradora –no teniendo buena posición- se ha comprado una lavadora. El imaginario colectivo urde en el conflicto y la duda –respaldad por la envidia y el desconcierto- comienza a tejer su propio laberinto. ¿¿Quién se quedó con la plata del mes?? ¿¿La recaudadora –madre de los niños- o la administradora?? Instalado el chisme, las andanzas se van intercambiando hasta que se descubre la verdad, en una situación que Ozu le hace un deslinde fabuloso –y que a todos nos suele pasar-. Y así, sin mucho más enredos o nudos de acción, Ozu nos va introduciendo con una dulzura incomparable en el día a día de ese grupo familiar, nos habla de la juventud, de la madurez y de la vejez; nos murmura sobre la fraternidad, la amistad, la paternidad, la enseñanza; nos reta con olfato insinuante acerca de la televisión, del trabajo, del amor, de las tabernas; y siempre con un tono que regocija, una canto a la dicha. ¡¡Buenos días!! ¡¡Ohayo!!

Antes de terminar quería comentarles algunos temas importantes. Yasujiro Ozu produjo films en los que se observaba su propia evolución a través de sus personajes, es decir, fue creciendo como persona a través de lo que él aspiraba que representaran sus intérpretes. En sus arranques filmó a niños, adolescentes, colegiales, muchos jóvenes y después a personas maduras y ancianos. Era un constante aprendizaje. Así se lo reveló al notable actor Chishu Ryu -que actúa en la antes mencionada “Había un padre” y en todas sus películas posteriores- quien se transformó en el escucha de sus dudas e interrogantes con relación a la existencia. Como a todo ser humano a Ozu le atormentaban los “porqués”. Sus films de los años treinta tienen ese reflejo automático en la descripción de las familias sumamente pobres, casi en la indigencia. Pero, luego de la guerra, el nivel de vida de éstas logró despegar y desarrollarse. Pero Ozu, cual etnógrafo –aquel detallista de la raza o de los pueblos- de las costumbres de la sociedad japonesa (el tenis fue el deporte estirpe de los treinta como el golf de los cincuenta) duda, se nutre de un inconformismo que explora –mal o bien- hasta llegar a conclusiones que plasma en sus películas con cierta ironía y reticencia. El japonés convierte la perennidad de la tradición, aquella de los matrimonios concertados en el marco argumental de muchas de sus propuestas, y las identifica con la norteamericanización de su caprichosa sociedad... hasta tal punto que sus personajes de sus últimos films cometen una ofensa casi imperdonable: rechazan el sake para beber whisky... El descubrir exageradas distancias sociales y su rechazo a este fenómeno que ve terminar en sumisión e hipocresía son piedras angulares de ese cine que desprende una lucidez y una escrupulosidad atosigantes. Es un reclamo airoso pero en silencio, como esperando. Una de sus propuestas recomendables en donde dibuja ese abismo social es la notable “Banshun” de 1949, que representa sin duda un patrón para posteriores films. En ella, un padre de familia, viudo, vive con su hija que renuncia al matrimonio para no abandonarlo y dejarlo sólo. Él, se ve en la necesidad de mentir, hacerle creer a la hija que se va casar nuevamente, para que ella acceda a casarse, antes de volver a encontrarse sólo. En la obra de Ozu, el matrimonio se concibe como una paradoja, pero sumada cierta dosis de crueldad. Resulta necesario para la prolongación de la familia, pero a la vez supone un trance agudo de la separación entre padres e hijos. Esto se refleja en sus dos films siguientes: “Otoño tardío” y su última película en vida, “El sabor del sake”. Ambos suponen la antesala de la soledad, el preámbulo a la muerte... Sin incurrir en el incesto, Ozu es el único en el arte de filmar el amor entre los miembros de una misma familia. Con esto ya digo creo que bastante... Otra de sus maravillosas entregas –para mí su obra inmortal- es “Cuentos de Tokio”, en donde narra la historia dramática de una pareja de ancianos que viajan para visitar intempestivamente a sus hijos ya casados, y sufren de un rechazo que Ozu trata con brutal misericordia en el transcurrir de la película. Espero postear este film si no hay nada interesante en cartelera la semana entrante.

Las películas mudas del japonés estuvieron cercanamente influenciadas por el cine norteamericano, en tres aspectos: movimientos de cámara, iluminación e interpretaciones. Lo que sucede es que poco a poco va depurando su estilo hasta encontrar una forma constante, lo que nos produce la impresión de repeticiones como de variaciones casi similares en sus films. En “Buenos días” lo van a observar con suma claridad. La posición de la cámara siempre es baja - que altera los ángulos clásicos- como si el espectador estuviera sentado en el suelo sobre un “tatami”. El plano siempre fijo, frontal, sin profundidad de campo, y las entradas de los personajes a escena se producen siempre a partir de los elementos del forillo, jamás en el límite del encuadre. El decorado de sus escenas sigue invariablemente el desarrollo de una jornada para empezar la oficina, luego un bar o un restaurante, seguido del regreso a casa. Cada plano es cuidadosamente compuesto, intensificado por la meticulosa y extraordinaria utilización del color. Ozu utiliza los accesorios –bols, botellas de sake, de cerveza- para componer un friso delicado. La actividad de los personajes es sencilla: beber, comer y hablar. El ritmo del montaje suele ser movido y acompasando los diálogos. A cada una de las palabras le sigue la expresión de un rostro. Cada final de escena dialogado termina en una suave cantinela o balada que sirve de enlace que está acompañado de varios decorados tomados como planos de espacios vacíos o de naturalezas muertas -pillows shots- destinados a hacer descansar la retina del espectador. Equivale, por lo tanto, al presentimiento de la anulación de uno mismo, preludio de la muerte. Ozu exhala un cine arquitectónicamente puro, una puesta en escena milimétrica, edificada en la conspicua construcción de los planos y en la asociación equidistante e integradora de los mismos, en cómo están montados, en otras palabras, en su infalible organización cinematográfica. El cine de Ozu está repleto de relojes que marcan la hora, obsesionados por el tiempo que transcurre. Cuanto más estático es el plano, cuanto más inerte es el decorado, podemos experimentar, mediante un simple juego de sombras, un escueto reflejo de luz que alumbra y sostiene la fugacidad del tiempo.

Resumiendo, “Buenos días” es una película magnífica, inspiradora, edificante, querendona, muy cercana a la perfección visual, quizás asemejándose a los grandes maestros de la composición musical que utilizan contadas notas para hacer la más emotiva e inolvidable de las melodías. La naturalidad que posee Ozu en el retrato de sus personajes lo pinta de cuerpo entero. Fue un recolector minucioso de sensibilidades humanas que configuraba como un todo, en este caso la familia menos pudiente. Ozu es el reflejo del concepto familiar japonés, el artífice de un modo de vida que hasta hoy se admira y agradece... Me hago la pregunta ¿¿Es necesario el mundo del morbo, el de la trampa artera, el de la violencia física o verbal para entretenerse?? La respuesta es: no, para eso están las películas de Ozu... Creo en aquellos directores que me cuentan una historia para que me emocione, me cautive, aprenda y me ilustre... me inclino ciegamente por aquellos personajes que los pueda sentir parte de mi propia experiencia, tenerlos tan de cerca que pueda internalizarlos, para amarlos u odiarlos, eso es lo que realmente importa. Ozu tiene ese sentido incorporado y como buen oriental, tiene códigos, valores, amabilidades... y también desencuentros, infelicidades, desconciertos... Es cuestión de encontrar la combinación para abrir esa fantástica caja fuerte de uno de los mejores exponentes de la impronta humana que pasó por este mundo... ojala haya uno siquiera parecido. No existe nostalgia alguna para Ozu, tan solo el estimulante y perpetuo discurrir del tiempo, aceptado con serenidad e indiferencia. Hasta la próxima.