lunes, 17 de enero de 2011

“2046”, Wong Kar-Wai: la complejidad poética del amor y la nostalgia.




























Como les señalé a algunos de ustedes en la reunión del último sábado, la semana pasada no me animé a postear ni Red ni The Tourist porque me parecieron films de poca intensidad y cimentados sobre el común denominador de la trivialidad. Quizás Red sugiera por momentos algunas escenas que entretienen -principalmente por el elenco- aunque sin llegar a convencer. En cuanto al film del alemán Florian Henckel-Donnersmarck –quien dirigiera una admirable película como La vida de los otros, no llego a comprender que trató de experimentar. Angelina Jolie totalmente desangelada y gélida, un Johnny Depp fuera de registro y tiempos, y una historia que no tiene rumbo, y es previsible hasta cuando empieza... En fin, les prometí algo del hongkones Wong Kar-Wai y aquí se los planteo.

No tengo duda que la obra maestra del director nacido en Shangai ha sido In the Mood for Love o Dut yeung nin wa, quizá una de las historias de amor más tristes y bellas que nos ha brindado la cinematografía. La misma está dotada de una perfección formal inimaginable en el cine romántico contemporáneo. A través de este film, Wong Kar-Wai se convierte en una figura emblemática del cine asiático, un pionero en la plasmación de un estilo fetichista donde la acción suntuosa entrelazada con su ornamentación logra manipular y desviar con ingenio aquellos sentimientos confusos de personajes obsesionados con el transcurrir del tiempo, del espacio y la evocación de amores perdidos, ya que el acto intrínseco de amar se embrolla crudamente con aquellos recuerdos imposibles de borrar. In the Mood for Love tiene entre muchos aciertos, la peculiaridad de asociar el estribillo de una melodía con la escena envuelta en la remembranza, e inclusive llegando a disponer como una herramienta exquisitamente descriptiva a la vestimenta como agente de seducción y expresión de la estética en expresión pura de la belleza. Wong Kar-Wai dibuja un homenaje impoluto al floreciente costumbrismo de aquel melodrama cantones de los años sesenta. El realizador es reconocido mundialmente por sus sempiternos rodajes sin guión previo que propician infinitas horas de filmación y que han llegado a conformar una millonaria red de admiradores que consumen formatos digitales en el mundo entero... Pero estamos acá para referirnos a 2046, un film esencial considerado como la quintaesencia de su arte, una sinfonía vinculante que descansa en el enamoramiento ligado a la alteración del tiempo, partiendo de un seductor irremediable –excepcional interpretación de Tony Leung- que busca a la mujer de su vida a través de todas las mujeres que va conociendo y cautivando, y que no mide el dolor que les causa, y en el que él mismo se ahoga.

Wong Kar-Wai no especula con una dramaturgia contenida y posiciona a 2046 como una película siempre al borde del enredo, de la hipnosis, de lo estrambótico, del núcleo mismo de la poesía, de los límites del sueño y la imaginación. El film está inspirado en lo obsesivo del amor, ya que su narrativa la realiza a partir de la memoria, pero no de la que sucedió, sino de lo que bien podría suceder, y que se define más por la especulación fantasiosa que por la experiencia racional. Es como darle cabida a un territorio inexplorado, un lugar común de recuerdos añorados, un presente insólito y un futuro infecundo cuyo único destino se vislumbra retrotrayendo las despiadadas reminiscencias de un amor imposible de coludirse con el “borrón y cuenta nueva”. Wong Kar-Wai trabaja con riesgo e hilvana con sabiduría la materia asignada, y se luce en aquellos pocos espacios liberales de la ficción, a las que le suma un conjunto apretujado de alianzas, éxodos y hasta metáforas. En el cine de hoy en día, son muy pocos los directores que saben colocarle a sus propuestas un simbolismo estético, poético y narrativo tan personal como diferenciado. Wong Kar-Wai reafirma sin complejos que Antonioni es el director europeo que lo inspira e impacta, y al igual que el italiano, le confiere a sus composiciones distintivos fijados desde su plasticidad conjugándola con un ritmo parsimonioso que a pesar de parecer insensible y hasta aletargado posee su propia identidad en la utilización de recursos expresivos como el amor improbable, la soledad, la nostalgia y la necesidad vital de amar.

El personaje Chow interpretado por Leung -uno de los mejores actores de la actualidad- es de la misma compostura testimonial que nos conmueve en In the Mood for Love, porque recuerda al amor de su vida -evidenciado en perfectos flashbacks a través de la actriz Maggie Cheung- un amor incrustado en su pasado pero del cual sigue enamorado en el presente. En 2046 confluyen muchísimas referencias anteriores que pueden llegar a dificultar el entendimiento de la premisa por el cruce de tiempos, espacios y romances que se van desarrollando en ella, pero que acaban sucumbiendo ante la belleza del rigor sentimental de un hombre al que lo va consumiendo la desdicha –tanto la emocional como la existencial- y que vive en un periodo de tiempo encarcelado dentro de lugares comunes, circuitos casi elípticos y direcciones discontinuas, por donde transitan los sinsabores y apariencias –aunque plagadas de sinceridad- de la mayoría de seres solitarios, esos carentes de motivaciones que lo puedan congraciar con instantes de felicidad. El tren del futuro que acomete hacia 2046 no es más que un sortilegio imaginativo –un retroceso en el tiempo- de todo lo que sucede en el pasado como acepción de la vida que avanza para lamentar amores extraviados. Wong Kar-Wai nos vuelve a hablar de un tema tan clásico como es el amor no correspondido. Las diferentes vivencias de Chow con las mujeres son simplemente historias en las que una de las dos partes posee un interés pasional que el otro no comparte. Y esto se ve con claridad cuando Chow se enamora de una mujer que no lo ama -Faye Gong- se deja querer por una que sí está enamorada pero a la que él no corresponde -maravillosa Zhang Ziyi- y evoca la memoria de una mujer –bellísima Gong Li- que a su vez le recuerda a otra con la que vivió una historia apasionada y de la que tuvo que separarse -Maggie Cheung-. En este inagotable laberinto de ficciones, realidades, sueños y espejos sentimentales que se reinventan a sí mismos, el director hongkones vuelve a mostrar su envidiable capacidad de estructuración concentrada en su música, la importancia de las miradas y el deseo interior conseguido mediante una adictiva calma, ataviada en una ambigua alegoría al infortunio sentimental que alcanza por momentos con su belleza un sublime éxtasis de emociones aprisionadas. Pero la película también está sumergida en un pesimismo omnipresente: la desesperanza y la melancolía que exhalan aquellas paredes del tenue cuarto 2047, lugar donde Chow habita por casualidad –su lugar era el 2046- aunque vive pendiente de la habitación contigua donde se alojó su amor frustrado y el año en el que transita el tren de su novela futurista, el mismo al que todos sus pasajeros se encaminan con el anhelo de recuperar la memoria perdida, ya que allí absolutamente nada cambiaría. Pero nadie sabía si eso era cierto, pues ningún pasajero había sido capaz de volver de allí excepto uno, el propio Chow. Él quería cambiar, sin saber que era incapaz de amar como si lo hicieron las mujeres a las que fue dejando en el pasado.

Wong Kar-Wai, al igual que lo hizo Resnais en L'annèe dernière à Marienbad, direcciona el argumento hacia su visión más subjetiva, es decir, atiborrado dentro de un contexto totalmente individualista. El egoísmo de su personaje así lo demanda y es justamente en esa atmósfera de penumbra donde se juega el pleno de su apuesta y logra ganarlo. 2046 es una de esas genuinas delicias contemplativas. Una eficiente coronación de un detallado y sobresaliente trabajo que despliega un continuo progreso argumental, plagado de un admirable estilismo que agregado a innovadoras variantes -tanto estéticas como narrativas- hacen ver que aquella comprensión por parte del espectador parece importar menos que la bifurcación de sensaciones rítmicas y visuales que el hongkones consigue ofrecernos en la difusa aceptación de un seductor itinerario del romanticismo más comprometido. Chow que quedó completamente pegado a una mujer que desapareció del cuarto 2046 de un hotelucho cualquiera nos hace recordar en algunos aspectos a la tragedia del notable film Vértigo de Hitchcock. Lo que sucede es que el maestro del suspenso rodeaba el infortunio por fuera; Wong Kar-Wai lo invade por dentro. Una excepcional película aunque compleja de asimilar si no se observa In the Mood for Love. Hasta la próxima.