



























La ciudad de Nueva York es el escenario donde Zalla monta su película. Es difícil filmar en los terrenos mimados y odiados del gran Woody Allen. El mismo Allen señaló en alguna oportunidad que la presión que se siente y que ejerce “The Big Apple” sobre un realizador puede a éste volverlo loco o impotente. Christopher Zalle no estuvo loco, y a pesar de ser norteamericano se atrevió a pisar suelo propio con firmeza, dándole la espalda a sus coterráneos en un asunto tan sensible, tejiendo una trama a favor de sus aparentes oponentes. Ahí radica la osadía de un hombre apasionado que prioriza sus sentimientos particulares a los intereses generales. Gracias a esto, gana Sundance sin ser el film favorito, pero lo que más llama la atención -repito- es que no haya vuelto a aparecer en el cine, salvo en su trabajo habitual que hace para la TV... La historia es simple. Pedro radica en la ciudad de Puebla-México con su madre, pero cuando esta muere le deja un encargo obligado: vete a los EEUU a buscar a tu padre, que vive en Nueva York, y que supuestamente los abandonó. Le entrega una carta y un colgante con su foto y la de su Padre. Pedro tiene una sola cosa bien en claro -Zalla se desprende del argumento tibio y común-. Su Padre es un tipo adinerado y dueño de un restaurante de prestigio. La mentira parece apropiarse de la trama. La madre no era ninguna santa. En el camión de traslado hace amistad con otro muchacho -Zalla con gran sentido del meta-mensaje abre y cierra su film con este personaje y con escenas gemelas- llamado Juan, quien mucho más zorro que Pedro, lo va midiendo durante el viaje para finalmente robarle sus pertenencias -incluida la carta de la Madre- y llegando a Nueva York -más precisamente a Brooklyn- se hace pasar por él. Zalla va tejiendo con habilidad los nudos de acción mientras ambos personajes intentan instalarse en alguna zona. Pedro está totalmente a la deriva mientras Juan tiene la posibilidad de ir a buscar al Padre de Pedro -Diego- para hacerle la vida más insoportable. Luego entran en escena dos artistas, por un lado, el supuesto Padre de Juan -extraordinaria interpretación del conocido actor mexicano Jesús Ochoa- y la actriz Paola Mendoza, quien también acierta como elemento invisible a la acentuación del drama del mismo Pedro. Hay un quinto en discordia -Eugenio Derbez- cuya faceta de apoyo al personaje de Diego es muy interesante porque suele ser aquel compañero de trabajo que lo tiene a mal traer pero que en el fondo es su único amigo. Zalla acierta en su tesis de las relaciones humanas con estas uniones amicales que recrean con soltura sus personajes. Una vez definida la trama y los actores, Zalla se dedica a entrelazar situaciones propias de la búsqueda existencial de cada quien. Todos van descubriendo sus facetas, tanto las míseras como aquellas donde exhiben sanas intenciones. Zalla prefiere no contaminar el despliegue narrativo amarrando sentimientos muy arraigados entre los personajes. Sabe que al mantenerlos distanciados -Diego nunca conoce a su verdadero hijo- hace que nosotros intentemos armar nuestro propio rompecabezas emotivo. El suspenso dramático de Zalla se instala con poderío visual y argumental a través de una concepción narrativa ligera de la tragedia urbana de sus personajes. Basta con observar como encierra la mayoría de acciones de estos en un pedazo de ciudad cercada por muros, callejones y sitios paupérrimos donde los desheredados pasan la mayor parte del tiempo hacinados. Pero no lo resalta de manera traumática ni soez para el que observa. Zalla sabe que tiene que desprenderse de un relato tradicional y vicioso. Él mismo determina que el espejismo destroza a esos seres humanos, por eso es que puede manejar con limpieza sus egos y separarlos de una lucha egoísta e individual para crear o perseguir un sueño que sabe inalcanzable, aunque sirva de motivo sustancial para seguir adelante o quedarse estancado. Un detalle interesante de Zalla hacia sus personajes es la utilización de los espacios físicos donde se desenvuelven enlazándolos con la personalidad de sus actores, es decir, relaciona su racionalidad con la iluminación de la luz natural y lo disparatado -casi llegando a una sensación claustrofóbica- con la lobreguez -léase esta como melancolía o tenebrosidad- de los notables claroscuros que impone sin molestar. Una muy buena película que lo tiene todo en su generosa dimensionalidad que le brinda al tema Christopher Zalla. No falta ni sobra, ni en lo técnico -sabe poner la cámara y reflejar los gestos con destreza- ni en lo propiamente argumental. El conjunto funciona a la perfección, y el trabajo que hace con sus actores es brillante. Es curioso que un tema tan manoseado se pueda seguir con mucho interés y mayor atención. Para dotar una película de tintes dramáticos de personajes que exhiben encanto y gracia en situaciones límite hay que tener no solo capacidad sino mucha inteligencia deductiva y desprendimiento hacia los demás, incluidos nosotros. Recomendable, y cerca del gran cine mexicano de antaño.