lunes 24 de octubre de 2011

“Sangre de mi sangre”, Padre mío que no estuviste en la tierra.





























Volvemos al cine independiente. Sangre de mi sangre es ganadora de Sundance de 2007 además de la ópera prima del norteamericano Christopher Zalla, quien también escribió la historia. Lástima que este avispado yankee no haya vuelto a dirigir cine porque demostró poseer una agudeza tentadora para apostar desafiante por una temática engorrosa, siempre reiterativa como la inmigración de mejicanos a los EEUU aunque el estilo que irradia para concebirla -y sobre todo para su tratamiento conceptual y fílmico- a través de una atmósfera sometida con calmada plenitud a una oscuridad sofocante, combinada con un crónico realismo minimalista la encumbran como una obra de estimable factura. Zalla se olvida del sufrimiento y/o la falta de oportunidades como causantes primigenios del infortunio que toleran los “buscadores de mejores destinos”, y acomoda sus personajes -que cumplen con la formalidad de ese estigma inevitable que significa el sacrificio del traslado y/o la instalación- en un lenguaje o línea narrativa que tiene la virtud que cuando sus vidas se interrelacionan, se aleja del tópico de la persecución policial para centrarse en la necesidad del ser humano de integrarse, de contar con alguien cercano dispuesto a canjear favores, y cuya finalidad es la de saltar dificultades e intentar cumplir con sus ambiciones. El cine ha sido un muy buen nexo comunicativo y vinculante del cáncer migratorio, y hay ejemplos notorios que lo retratan con impoluta crudeza: Someone Else's America de Goran Paskaljevic, True North de Steve Hudson, Go de Isao Yukisada, Le gone du Chaâba de Ruggia, The Emigrants y The New Land del sueco Jan Troell, The Visitor de Thomas McCarthy, Così Ridevano de Gianni Amelio, Contra la pared de Fatih Akin -comentada en este blog- la notable Moi un noir de Rouch o America, America una de las excepcionales obras de Elia Kazan. Ninguno de estos films enarbola la bandera del espejismo utópico de un problema extremadamente complejo -que jamás terminará en justicia para todos- pero que dentro de este conglomerado de tramas y dramas, Zalla se encarga de minimizar esas agobiantes consignas en su puesta en escena, y detalla su punto de vista sin que trascienda una confusa tragedia sino una refrescante forma de atraer expectativas. Y no lo hace porque sus ideas sean muy potentes o intensamente cerebrales sino sencillamente porque aprovecha su talento para abocarlo a un renovado concepto de la emoción -no contemplada la pena ni el lloriqueo- quizá aunada al pudor más que a la indolencia, constituyendo una especie de paredón a ojos vista descuidado en los quehaceres cinematográficos que la misma temática se encarga muchas veces de distorsionar o acentuar. Zalla se exige, busca y consigue -sin discursos altisonantes- pincharles el globo a los temibles antropólogos occidentales que aseveran -quizá con argumentos válidos normativos- que el crecimiento desmedido de las urbes hasta convertirlas en una nueva jungla o tierra de nadie es culpa del individuo que tiene lógicas aspiraciones y las aplica -no le queda otra salida- sin importarles que es esa misma persona quien pierde su elemental exención refugiándose en una multitud que pulula sin nombre, ni derechos, ni sueños, ni nada... Ser un indocumentado o usurpador puede ser una verdad a medias dependiendo del cristal con que se mire. Alguien me señalaba con rostro caliente, que si se expulsara a todos los latinos, asiáticos o africanos de aquellas potencias receptoras, estaríamos ante un caos social imposible de revertir para el país que los aloja legal o ilícitamente. A veces es cierta aquella frase que afirma: la culpa no es del chancho sino del que le da de comer. En todo caso, Zalla -indiferente a los mensajes encubiertos y a las recetas mágicas- hace su pequeña contribución a través de una historia intimista donde entierra los rascacielos de Nueva York para hacer emerger con recatado criterio la conciencia de cuatro personajes -dos ya instalados y dos que pretenden hacerlo- que hasta cierto momento sobrevivían -con inconexas perspectivas- bajo el manto del aislamiento, y de una soledad opresiva y vacía. Zalla cuenta lo que quiere contar, muestra lo que quiere mostrar y llega adonde quiere llegar. Eso sí, por momentos parece pagar un costo alto porque “se sale del molde” pero que logra disolver en el trayecto porque no suele esclarecer ni explicar nada sino simplificarlo todo, y son estas dos palabras las que aglutinan ciertos matices del film que resultan vitales: pierde complejidad, gana en continuidad -el misterio que encierra cada personaje es magnífico- y espesor, logrando algo difícil de implicar en cualesquier espectador: el poder expresivo de la quietud y del silencio.

La ciudad de Nueva York es el escenario donde Zalla monta su película. Es difícil filmar en los terrenos mimados y odiados del gran Woody Allen. El mismo Allen señaló en alguna oportunidad que la presión que se siente y que ejerce “The Big Apple” sobre un realizador puede a éste volverlo loco o impotente. Christopher Zalle no estuvo loco, y a pesar de ser norteamericano se atrevió a pisar suelo propio con firmeza, dándole la espalda a sus coterráneos en un asunto tan sensible, tejiendo una trama a favor de sus aparentes oponentes. Ahí radica la osadía de un hombre apasionado que prioriza sus sentimientos particulares a los intereses generales. Gracias a esto, gana Sundance sin ser el film favorito, pero lo que más llama la atención -repito- es que no haya vuelto a aparecer en el cine, salvo en su trabajo habitual que hace para la TV... La historia es simple. Pedro radica en la ciudad de Puebla-México con su madre, pero cuando esta muere le deja un encargo obligado: vete a los EEUU a buscar a tu padre, que vive en Nueva York, y que supuestamente los abandonó. Le entrega una carta y un colgante con su foto y la de su Padre. Pedro tiene una sola cosa bien en claro -Zalla se desprende del argumento tibio y común-. Su Padre es un tipo adinerado y dueño de un restaurante de prestigio. La mentira parece apropiarse de la trama. La madre no era ninguna santa. En el camión de traslado hace amistad con otro muchacho -Zalla con gran sentido del meta-mensaje abre y cierra su film con este personaje y con escenas gemelas- llamado Juan, quien mucho más zorro que Pedro, lo va midiendo durante el viaje para finalmente robarle sus pertenencias -incluida la carta de la Madre- y llegando a Nueva York -más precisamente a Brooklyn- se hace pasar por él. Zalla va tejiendo con habilidad los nudos de acción mientras ambos personajes intentan instalarse en alguna zona. Pedro está totalmente a la deriva mientras Juan tiene la posibilidad de ir a buscar al Padre de Pedro -Diego- para hacerle la vida más insoportable. Luego entran en escena dos artistas, por un lado, el supuesto Padre de Juan -extraordinaria interpretación del conocido actor mexicano Jesús Ochoa- y la actriz Paola Mendoza, quien también acierta como elemento invisible a la acentuación del drama del mismo Pedro. Hay un quinto en discordia -Eugenio Derbez- cuya faceta de apoyo al personaje de Diego es muy interesante porque suele ser aquel compañero de trabajo que lo tiene a mal traer pero que en el fondo es su único amigo. Zalla acierta en su tesis de las relaciones humanas con estas uniones amicales que recrean con soltura sus personajes. Una vez definida la trama y los actores, Zalla se dedica a entrelazar situaciones propias de la búsqueda existencial de cada quien. Todos van descubriendo sus facetas, tanto las míseras como aquellas donde exhiben sanas intenciones. Zalla prefiere no contaminar el despliegue narrativo amarrando sentimientos muy arraigados entre los personajes. Sabe que al mantenerlos distanciados -Diego nunca conoce a su verdadero hijo- hace que nosotros intentemos armar nuestro propio rompecabezas emotivo. El suspenso dramático de Zalla se instala con poderío visual y argumental a través de una concepción narrativa ligera de la tragedia urbana de sus personajes. Basta con observar como encierra la mayoría de acciones de estos en un pedazo de ciudad cercada por muros, callejones y sitios paupérrimos donde los desheredados pasan la mayor parte del tiempo hacinados. Pero no lo resalta de manera traumática ni soez para el que observa. Zalla sabe que tiene que desprenderse de un relato tradicional y vicioso. Él mismo determina que el espejismo destroza a esos seres humanos, por eso es que puede manejar con limpieza sus egos y separarlos de una lucha egoísta e individual para crear o perseguir un sueño que sabe inalcanzable, aunque sirva de motivo sustancial para seguir adelante o quedarse estancado. Un detalle interesante de Zalla hacia sus personajes es la utilización de los espacios físicos donde se desenvuelven enlazándolos con la personalidad de sus actores, es decir, relaciona su racionalidad con la iluminación de la luz natural y lo disparatado -casi llegando a una sensación claustrofóbica- con la lobreguez -léase esta como melancolía o tenebrosidad- de los notables claroscuros que impone sin molestar. Una muy buena película que lo tiene todo en su generosa dimensionalidad que le brinda al tema Christopher Zalla. No falta ni sobra, ni en lo técnico -sabe poner la cámara y reflejar los gestos con destreza- ni en lo propiamente argumental. El conjunto funciona a la perfección, y el trabajo que hace con sus actores es brillante. Es curioso que un tema tan manoseado se pueda seguir con mucho interés y mayor atención. Para dotar una película de tintes dramáticos de personajes que exhiben encanto y gracia en situaciones límite hay que tener no solo capacidad sino mucha inteligencia deductiva y desprendimiento hacia los demás, incluidos nosotros. Recomendable, y cerca del gran cine mexicano de antaño.