domingo 13 de noviembre de 2011

“Algo parecido a la felicidad”, otra forma de querer.

































Cuando los cineastas peruanos se quejan que los recursos le son escasos para llevar adelante sus discutidas producciones o que los multicines no colocan sus films en cartelera el tiempo necesario para que la concurrencia se afiance y reditúe, surgen inmediatamente ejemplos de países que no solamente poseen los mismos problemas -a veces mayores- pero que su cine ha encontrado identidad propia, un público que lo apoya y protege, y productores que saben adónde colocar sus productos. También concurren y ganan festivales en diversas partes del mundo, pero priorizan la venta antes que la promoción. Un ejemplo -digamos menor pero válido- es la República Checa. A los checos no solo les gusta el hockey sobre hielo, el fútbol o poseer un súper atleta como Roman Sebrle. Hacen muy buen cine -desde que era Checoslovaquia- y son muy ingeniosos al convocar a diversos países para que filmen en sus locaciones. Son conocidas las películas que los yankees han realizado en diversos arriendos de la República Checa: Van Helsing, The Chronicles of Narnia: The Lion, the Witch and the Wardrobe, Hannibal, Hostel, Casino Royale, Wanted, Spy Game, A Knight's Tale, Mission: Impossible etc. No olvidemos que Kolja de Jan Sverák ganó el Oscar en 1996… Pues bien, Bohdan Sláma es el director checo que cautiva con su película Algo parecido a la felicidad o Stesti, tal como lo podría hacer un juego de espejos que reflejan y devuelven las imágenes de un drama romántico perfectamente sostenido por una temática que pega justo en el bull de lo emotivo, que jamás se extralimita en sus intenciones de buscar y encontrar la escena impecable, ni desborda las aspiraciones de sus tres notables personajes -excelentemente relacionados- y que logra avecindarse desde la convicción más pulcra y simplona a la ficción o quizá al mito más puro de lo que puede significar el amor verdadero para ciertas sociedades. El tráfico de verdades, falsedades y quimeras corre en ambos sentidos y Sláma instala en ese vértigo quieto y aplomado de su cámara una multiplicidad de dinámicas de entregas y devoluciones de exquisitas y sufridas vivencias que finalmente terminan en un problema de identidad. Todo está finamente colocado en este film. Desde un diseño de producción que se mueve entre un conjunto de fábricas, sus postes y cables eléctricos, sus puentes de cemento y su infinidad de chatarra hasta intimar en departamentos de un edificio destartalado por las minas de carbón y una lluvia acidulada. Ahí viven con las justas Tonik, Monika y Dasha, tres amigos de la infancia, tres cuerpos que han crecido bajo una misma norma, la de la marginalidad material pero conjugada con la fuerza del cariño y la amistad entre ellos. Las actuaciones de los tres son formidables. Algo para la felicidad tiene una premisa que para un drama romántico podría ser algo discutible -la amistad interrelacionada con el amor de pareja- pero esta fuera de toda duda que Bohdan Sláma asume el planteamiento con coherencia, esfuerzo y una gran pasión. Es más, en las zonas más accesibles de su relato -o las más herméticas- el cineasta checo logra una sensación magnífica y muy puntual: intimar las relaciones entre los tres amigos con una fragilidad excepcional. El checo maneja los planos con virtuosismo y filma de cerca con una destreza envidiable. Al alejar su cámara en los momentos que destraba las distintas atmósferas que crea hace que la combinación construida resulte precisa. La relación que existe entre Tonik y Monika es para ella la amistad en su acepción más inocente e inofensiva. No existe tiempo y espacio para el amor lascivo. Sláma da a entender que ha existido una etapa en el crecimiento de ambos donde Tonik era el que jugueteaba con Monika cuando eran adolescentes -escena con el padre de Monika- y ella si estaba dispuesta a aceptar. Tonik era el que menospreciaba esa posibilidad. En todo caso la relación posterior o actual en el film resulta arquetípica, él la ama, ella ama a otro. La historia de Dasha está claramente utilizada como un catalizador de la de sus amigos aunque su propia presencia argumental es imponente. Gracias a sus problemas mentales y el desapego por sus hijos, Tonik y Monika acaban conociéndose más profundamente. Todas las circunstancias en donde Dasha se aleja de la realidad, Tonik deja todo para ayudar a Monika, quien asume el descontrol de Dasha. Allí es donde Sláma sabe anudar la acción y salirse de la misma con inteligencia: Monika logra ver con ojos de mujer, y no de simple amiga a Tonik. Éste se da cuenta pero le cuesta decírselo a sabiendas que Monika ha experimentado un cambio. Sláma maneja la escena con limpieza. No hace lo habitual que es poner un artilugio y predecir el desenlace. Tonik sabe que Monika pasa más tiempo con ella en la granja de su tía, con los hijos de Dasha y que tiene la oportunidad de hacerlo pero se traba hasta que el momento llega por habilidad de Sláma -no de los personajes- y el acercamiento se produce. Ahí es donde Sláma da una lección de cómo manejar situaciones límites. Luego llega un desenlace habitual pero que el checo lo plasma de forma distinta. Tonik ya no está. Ha abandonado la granja y decidido a ir en busca del nuevo mundo. Monika también pero existe un cambio vital en ella. Hay escenas muy buenas, casi todas las que hace Dasha, algunas dándole amor y otras corrigiendo a su manera a sus hijos, realmente son de un cine de gran categoría. Otra, la escena del Papá de Monika con Tonik cuando beben en medio de la lluvia está hecha a la perfección, tanto en imágenes como en diálogos. Son escenas de mucho temple, mucha fuerza y sobre todo autenticidad. Excepcional film del checo Bohdan Sláma. Una lección de rodaje, narración, actuaciones y montaje. Hay que conseguir esta película y observarla. Algo parecido a la felicidad es una inmejorable traducción a su título original. Sin embargo, la sentí como otra forma de querer.