


























































No había visto este film hasta que me llegó la recomendación -envuelto en un soplo casi de exigencia- de mi dilecto amigo y cinéfilo Miguel Raffo, a quien agradezco. Me dijo entusiasmado: Míralo porque -entre otras cosas- le ganó la Palma de Oro a David Lynch y eso no sucede todos los años. Compré el DVD pirata -se llega a ver bien salvo el sonido- la observé y no tengo dudas en recomendárselas a todos ustedes... Pues bien, no tuve ni la delicadeza ni la objetividad de recalar en este barbado realizador italiano, quien tiene la doble tarea de dirigirla y actuarla, y ambas tareas hacerlas con corrección y sin impudicia. La habitación del hijo es de aquellas películas necesarias para soportarlas sin aspavientos, en destemplado silencio, apretando los dientes, sintiendo que el mundo es pura entelequia, y aceptando la idea tan cierta de que la existencia humana es esencialmente una colección de cambiantes sufrimientos. Perdí en el lapso de 15 meses a mis padres con quienes vivía y a quienes cuidaba. Cuando me ponía a pensar quietamente acerca de lo que sucedería en mí cuando le llegase la hora a uno de los dos, no encontraba derrotero. Sufrí con impotencia la enfermedad de mi madre, nunca baje la guardia -la tuve casi 10 años con Alzheimer- pero creo que cumplí con ella aunque a veces me golpeo el pecho. Pasé un año junto a mi querido viejo con quien no tenía un acercamiento como el que corresponde, y se me fue demasiado rápido. No quería vivir. La extrañaba demasiado. 51 años de matrimonio. Estaba destrozado por dentro. Nunca vi a una persona sufrir tanto en la cama de una clínica. El corazón lo tenía partido en mil pedazos porque la injusticia me parecía exagerada, absolutamente tremebunda. Lo soporté todo, la peleé duro y parejo –seguramente fallé en muchos mano a mano contra la indiferencia médica- y sin embargo se me fue como si todo hubiera sido una vulgar pesadilla. Hasta hoy no me acostumbro a su no presencia. Lo extraño, no con esa pena altisonante ni cojuda, sino como una compañía, como esos amigos a quienes uno empezaba a querer y acercárseles sin temor. La muerte es algo fácil de definir, lo complejo de conceptuar son la profundidad de las heridas que ocasiona y para las que no existe cura. Hay que experimentarla, sentirla en las entrañas, vivirla intensamente como se pelea el día a día, no apartarse de su sorpresiva presencia porque es parte de nuestra existencia, internalizarla y comprenderla en la dimensión en que uno está preparado para asimilarla. No hay psicólogo -y menos un sacerdote sabelotodo- que pueda postergar esa silenciosa tortura que nos vulnera el alma y nos invade los pensamientos. Por eso es que este film me pegó dos veces, primero porque lo sufrí en carne viva, y segundo porque el retrato que esboza este cineasta carcome sin dolor, molesta sin invadir, inquieta sin miedos y aniquila con anestesia. Nanni Moretti -su realizador y protagonista- tiene claro lo que quiere y sabe cómo lo hace. Tiene mano fina para filmar y no logra ni una obra maestra, ni un concierto de sensibilidades homogéneas, ni la apología de cómo comportarse ante lo desconcertante que es la muerte. Es una muy buena película que cumple con uno de los requisitos más interesantes y menos utilizados en el quehacer cinematográfico: Posee absoluto sentido de lo que significa la duración del plano y se da cuenta de lo estruendoso que pueden resultar unos colosales instantes de silencio. Otra de las cualidades del impasible Moretti es que sus coordenadas morales están perfectamente alineadas con la plenitud de su conciencia. Hay un respeto continuado por las circunstancias. Repito, hablar o representar la muerte no es un tema fácil porque es una experiencia intimista y personalísima. Sin embargo, Moretti la utiliza como un procedimiento alquimista en sí misma, porque lo hace explotar todo tan secamente más allá de su primer impacto desolador o de la hecatombe emotiva que desencadena en cada quien. Pero, acá no hay libertinajes televisivos ni un padre-coraje que mueve la invalidez de un país retrete para buscar y encontrar lo que ya todos sabíamos. Esto es otra cosa. Hay perspectiva y dimensionalidad de la pena. Acá la muerte anticipada de un hijo se analiza desde la expectativa amarga de una decisión mal tomada o en todo caso apresurada… Psicoanalista de profesión, un sujeto probo, equilibrado y melancólico por una de sus mitades; familiero, cariñoso y servil por la otra, nuestro personaje pierde a su hijo menor en un accidente mastuerzo. La experiencia -como toda- es aterradora, pero el italiano no se queda enquistado en la desgracia. Con tino y sobre todo tranquilidad logra trascender su propia catástrofe personal y convierte tanto su largometraje como su propio personaje en una reflexión auténtica, sentida, impoluta acerca de la perdida y su posterior fatalidad. La vida tiene que continuar con su mujer y su hija mayor y ahí está el detalle que Moretti maneja con perfecto criterio y sin desmanes construyendo un poema visual sobre la imposibilidad ontológica de cubrir el vacío que siempre deja la muerte. Moretti tiene -y comprende- el qué y sobre todo el para qué. El personaje que interpreta intenta sacar de sus hipocondrías, depresiones y hasta caprichos a sus pacientes pero con su film nunca se queda atrincherado en la patología común, esa que no tiene respuestas. En este siglo en que la humanidad está algo más inclinada o dispuesta a comprender el porqué de la muerte y sus inevitables procesos, no tiene sentido alguno el padecimiento, por lo tanto, pareciera disminuir esa imperiosa necesidad de escapar a como diera lugar de cualquier tipo de dolor o enfermedad. Sin embargo, tarde o temprano, el sufrimiento, o el dolor, o mejor dicho, la sensación de muerte se conecta íntimamente con nosotros, y llega para quedarse instalada. Es entonces cuando el hombre, indefenso y desconcertado, no tiene otra opción que hacerse cargo de eso que siempre prefiere postergar: la aceptación de la muerte como parte de la vida. Nanni Moretti trepa esas pendientes con naturalidad, sin sobresaltos, la va llevando -junto a su familia- con la frente en alto y sin reclamárselo a nadie. No se mete con la religión porque le tiene preparada una sorpresa. A pesar que tiene problemas con su trabajo, nuestro apacible psicoanalista sigue demostrando su cotidianeidad y simpleza en cada una de sus acciones como un hombre común y corriente, y también como un director con temple y poderío narrativo. Los momentos de calidez y emotividad -luego de la muerte del hijo- surgen de la espontaneidad y de esa fuerza interna que posee una familia que ha comprendido el valor del luto y puede convivir en paz con este. Moretti no cae en la tentación de desnudar conceptos o tirar mensajes encubiertos, por el contrario la dureza que implican las acciones de dolor logra vestirlas con sobriedad y sutileza, confirmando que luego de los momentos más aciagos uno puede encontrarse con elementos simples y poder disfrutarlos aunque sea por momentos. La escena final es de notable calidad cinematográfica. Otro de los aciertos es la composición que hace Moretti de sus personajes. Son muy unidos y exhalan integridad, valentía y mucho amor. Cada quien tiene sus actividades pero a la hora de la expresividad como familia ninguno falla, todo está en armonía, y si bien es cierto está la etapa del distanciamiento por el fallecimiento del hijo, la recomposición también está ahí, siempre disponible, solo es cuestión de tiempo y acomodarse. Si bien es cierto esos tres seres humanos logran verse cara a cara con sus límites de intolerancia y permisibilidad, nadie puede saber cómo llevan la aflicción por dentro. Notable película europea. De lo mejor del cine italiano en los últimos 20 o 30 años...