martes 8 de noviembre de 2011

“Quinceañera”, temática transcultural.

































Los quince años son una etapa importante en la vida de cualquier adolescente sin distinción de género. Son muchas las cosas que suceden con el chico o chica durante esos 12 meses, tanto en casa, en el colegio o en el barrio. Ya el conjunto de amigos se comienza a asentar, van surgiendo los primeros sentimientos de amor -ilusión sería la palabra más exacta- hacia alguien del sexo opuesto y se va potenciando el desarrollo físico. Las fiestas -asistir en grupo- y el primer enamorado/a podrían ser dos elementos distintitivos de esa edad, principalmente entre las mujeres. A finales de los setenta -hoy no lo sé porque no tengo hijas ni sobrinas- la celebración de la fiesta de quince años en la adolescente significaba en esencia que las chicas se presentaban ante la sociedad como mujeres con ciertas atribuciones de transición moral y sexual. El Quinceañero otorgaba la licencia para manejarse con algunas libertades dentro de un círculo social -menos amplio que el de los dieciocho- pero marcaba como una credencial de respeto, además de permiso para asumir una postura de libertad para la vida que se venía por delante. En primer lugar recuerdo que era importante la celebración de una misa -era muchas veces un evento opcional- que se tomaba como una especie de agradecimiento y preparación para los nuevos retos de la chica que se encontraba en plena conversión de mujer. Se afianzaba la juventud en flor, la pureza y la virginidad. Tanto el vestido -normalmente blanco- el ramo de flores, la tiara en el peinado, el maquillaje -que cubría cierto acné- el anillo, y demás accesorios tenían un significado especial, y junto a la afortunada eran bendecidas por la Iglesia. Lo que nos importaba a nosotros los varones se concentraba en la fiesta, la cena, las relaciones a establecer, nuestros primeros pasos como cazadores avispados o fracasados etc. Si bien es cierto, la diferencia entre las aspiraciones entre chicas y chicos eran distintas, estos hechos le aportaban un punto de vista machista al Quinceañero. Así se nos mal educó y ahí se festejaba la recepción con banquete incluido y el baile -el primer vals obligatorio con el padre- en honor a chica que cambiaba de status. Era costumbre la entrada de la adolescente a su gala 25 o 30 minutos después de la hora en que llegábamos los invitados -normalmente bajando las escaleras de la casa o la mansión alquilada- con la intención que la mayoría esté presente cuando la agasajada hiciera una especie de ingreso triunfal, de lucimiento personal por sobre el resto de sus amigas -oliendo a envidia sana- que anclaban aún en los catorce. Habían muchos sentimientos transparentes y otros encontrados de por medio, la verdadera amistad -con hombres y/o mujeres- quedaba muchas veces sellada y ese mismo grupete, de alguna manera, se consolidaba con miras hacia el futuro. Es obvio que las circunstancias en muchos casos cambiaban y que los años posteriores determinaban caminos diferentes, y también grandes amistades en otros… Pero estamos acá para comentar sucintamente la película Quinceañera de los realizadores yankees Richard Glatzer y Wash Westmoreland (su ópera prima). El film ganó Sundance en 2006 y también fue la favorita del público. Cosa rara. Habíamos comentado hace un par de posts la película Sangre de mi sangre en donde el trasfondo del plot argumentativo marcaba la ilusión de dos jóvenes por llegar a los EEUU en búsqueda de oportunidades de trabajo e instalación. Acá el concepto que manejan los directores -que también escriben con mucho tacto el guión- acaparan las vivencias en un barrio latino-mexicano con algún tiempo en suelo norteamericano -o mejor dicho, los hijos yankees de los mexicanos- que mantienen intactas sus costumbres celebratorias. Glatzer y Westmoreland tratan con sutileza el tema, y la atmósfera que predomina a lo largo de la obra está sumamente cuidada y no existe asomo de la persecución ni la del miedo sino la de la intimidad sumada a la del día a día familiar. Hay una similitud en las construcciones mentales de los personajes de ambas películas en cuanto y tanto estos van buscando desprenderse de sus acosos existenciales y centrar sus futuros. Quizá lo que hace a Quinceañera una muy buena película es el tratamiento de parte de ambos cineastas no de la celebración del evento en sí -el ritual es simple y le aporta como cualquier otra escena al conjunto- sino de todas las situaciones que rodean a la protagonista con sus amigas, su familia -su tío, hermano y principalmente su padre- y su impasible enamorado. Acá habría que sumar una advertencia importante: el más pavote o tonto es el que se la pone a tu hija y te pone en problemas. Es la cotidianeidad que se ve afectada por las vidas de personajes de linajes semejantes o contrarios pero que conviven a través de la hechura de vínculos cercanos que no parecen transgredir lo normativo sino acondicionarlo. Ver en escena a un pandillero gay ya no supone una sorpresa sino un complemento, si es que es tratado dentro de un contexto donde predominen la moralidad o la humanidad, y no lo contrario. Es por eso que en esta película se procede con determinante realismo a la vez que con crudeza pero rodeada de acaramelada finura, la misma que se encuentra circundada por momentos tensos, expresados con el tino suficiente para no distorsionar la inestabilidad del personaje protagónico. Los directores también se dan maña para enfocar aquellas cosas insignificantes -nunca tomadas en cuenta- para hacerlas crecer progresivamente, dotarlas de un humor inesperado, emociones sin tropelías, todas estas ligadas a tensiones raciales, de clase, religiosas y homosexuales. Magdalena es la protagonista principal. Ella pertenece a la segunda generación de mexicanos afianzados en Echo Park, Los Ángeles, pero la tradición es la que manda y vive junto a su padre, uno de esos encorsetados curas modernos de las comunidades latinas que vomitan prejuicio todos los días, y dirigiendo trepado en un altar. La chica se enamora, queda embarazada a los catorce, no hay penetración -los espermatozoides han hecho un trabajo de artesanía al que le llaman “milagro”- y el problema que más asoma ya no es la inmigración, ni la droga, ni las relaciones sarcásticas entre gringuitas y/o mexicanitas -o la mezcla entre ambas hablando spanglish- de 14 o 15, sino el alto costo de la vivienda o alquiler. El reggaetón sustituyó a los valses de Strauss –jamás a las rancheras- y la pista de baile se llenó de jóvenes moviendo el cuerpo sin proporciones ni líneas estéticas, y olvidándose del avance de un cierto aburguesamiento azteca-yankee. La segunda generación no puede aún con la primera, y el perdón llega a la vida de Magdalena, como la celebración de sus primeros 15 años al ritmo de la marcha triunfal de Aida. Es un film light para consensuar y no para debatirlo mucho. Lo que sí molesta un poco es que pongan a una canción -que supongo made in Perú- como la de nuestra “Carmín” cantada por Thalía, y dándole vida a las chicas y sus hermosos atuendos.

Gracias a Sony Pictures.