sábado, 24 de diciembre de 2011

“The Banishment”, dramático juego de verdades y mentiras.



































Luego de apreciar -espero que acierte- la más entretenida versión de la franquicia Misión imposible, logré observar anoche la película The Banishment del ruso Andrei Zviagintsev quien ganara el León de Oro en Venecia el 2003 con la excepcional The Return -comentada hace unos meses en este blog- y, sinceramente, es de una densidad frugal, de esos films que lucen una atmósfera formidable, durísima y muy rusa. ¿¿Qué quiero decir con esto último?? Me refiero a una tonalidad que sin marchitarse se oscurece, dotada de un estilo frío, desolador y pausado, donde los diálogos habitan en los silencios y sus gestos, completamente alejados de aquel formato algo frustrante del drama rebuscado que se fabrica en Hollywood, salvo aquellos pocos films que son escogidos para definir el Oscar y el Golden Globe. Acá las situaciones están planteadas para que se sucedan poco a poco, sin que nada ni nadie pueda apurarlas, al ritmo de compases selectivos. Zviagintsev -como en The Return- es un artista de la evasión minimalista, de la línea prudente que esconde con precisión las respuestas fáciles a sus propias interrogantes que derivan en complejas, y existencialmente cáusticas. Nosotros debemos hilar fino para cazar uno a uno los nudos de acción que el ruso construye a placer. No es normal esto de intentar confundir explicando a través de la toma fija paralela -primera y última escena- que propone una fotografía tan magnífica como definitoria de rebeldes circunstancias por el que atraviesa la historia. Una gran parte del tiempo, uno se encuentra observando las cosas -y al tratarse de un ruso surrealista y moderno- que muchas veces parecen conformar un rompecabezas mixto -a veces impresiona la forma y otras la figura- a través de unas interpretaciones justas -sobre todo la de Konstantin Lavronenko como Alex- que van mutando y transfiriendo sus posturas a las vivencias de los demás para afectarlos o destruirlos. Al tratarse de un film ruso, no es difícil darse cuenta que su identidad cinematográfica está muy bien resguardada -sus deformidades, sus torpezas, sus desafectos- pero que mantiene vigente una dimensionalidad y pensamiento únicos. El rumbo es claro, y en su devenir es donde la artesanía de Zviagintsev trabaja con estoicismo. Eso es y no es todo. Sólo de pensar en los engranajes con que va construyendo cada escena el ruso, todo nos golpea para llevarnos hacia una composición muy agresiva pero también humana, lógica y emotiva. El padre trata con respeto a sus dos hijos y viceversa. Pero es un respeto apático y luego complaciente. La madre es distinta. Su belleza lacerante y provocadora, la delata en silencio. Otra actuación -la sueca Maria Bonnevie- que convence porque ataca y se repliega sin altisonancias y excesos. Su personaje toma dimensión a partir de una prueba insólita... Resumiendo la historia, esta supone que Alex lleva a su esposa Vera y sus dos hijos pequeños fuera de la ciudad para pasar unos días en la casa donde creció, ubicada en un lugar aislado de una enorme campiña. Durante su estancia, Vera trata de acercarse a su marido a través de un anuncio venenoso: Le señala que está embarazada y el niño que espera no es de él. Alex, indignado, se encuentra en una seria disyuntiva, pide ayuda a su hermano y se configura la posibilidad del aborto. Envía a los niños a vivir con unos amigos cercanos por unos días, y con la ayuda cómplice de Mark, hace los arreglos para que la extracción siga adelante. El episodio no deja de tener sus consecuencias, sin embargo, obliga a Alex -y a Vera- a reflexionar sobre la legitimidad de sus acciones. Él parece convencido de matarla o dejarla vivir. Su belleza lo asfixia. La traición lo ciega. Cuando interviene su hermano Mark -sobria intervención de Alexander Baluyev- cambia de tal manera que el sometimiento al pasado aflora. Todos en la película pasan por un estado depresivo que evidencia comportamientos. El alcohol también se inmiscuye en situaciones diferentes. Lo que define a las mujeres es que no comprenden a los hombres, y estos, entre sí, también parecen no entenderse del todo, jamás conocerse. Los espacios personales no existen, están como prohibidos. Aquí acierta Zviagintsev puesto que direcciona el guion por los caminos de la invisibilidad. Quienes observamos el film podamos pensar lo que nos parezca, y la confusión tiende a gobernar la trama. La rabia contenida está ahí, en todas partes, en cada rincón. Si uno es observador puede notarla en el diseño de los edificios, sus automóviles, incluso los relojes, y la ropa. Hay una escena de Vera sentada en la cama, vestida de color celeste fuerte que es de un contraste increíble con su alrededor. Llama la atención la cátedra fílmica que da el ruso. Esa gelidez es lo que Zviagintsev prioriza en cada uno de sus planos. Estos son quietos, sin casi movimiento. A veces cerrados, otros abiertos, pero absorbiendo la metáfora entre la campiña y los sucesos individuales. Otro de los aciertos -incluidos los zapatos- es el vestuario. Aquí no se ponen la ropa porque sí. Hay una psicología de formas, modas y colores que parecen ser opuestos pero que al final lucen complementarios, afines a la tristeza y a lo trágico de la historia. Otro tema que el ruso destapa es la atemporalidad de la acción. ¿¿En que año transcurre la historia?? No lo sabemos. Son pequeñas cosas pero que están trabajadas con un rigor envidiable. La mirada seca de Alex es impresionante. Tiene un solo gesto, una misma cara para todo el film, y esto, que parece un despropósito, es una virtud enigmática de Lavronenko. Fíjense en los primeros 15 minutos -los más intensos del film- si es que tiene con su esposa alguna mirada fija a los ojos. No existe, y ella la busca sin ceder sus principios. Uno piensa que es un matrimonio con serios problemas, que el rompimiento se aproxima, y no estamos lejos de la verdad. La felicidad parece haberse desgastado. Otro acierto es la banda sonora. Es por momentos la que llena los silencios, las penumbras existenciales y hasta la muerte misma. Finalmente, Zviagintsev hace un par de trucos fílmicos imperdibles, como sacados de una manga mágica. Pone en pantalla el aborto o el asesinato de Vera como punto de discusión. Luego le agrega una dosis de suspenso notable cuando mata al hermano repentinamente... Muy buena película. Nuevamente el ruso rompiendo esquemas, trasgrediendo la vida misma, buscando que sepamos lo que significa un dramático juego de verdades y mentiras… Felices fiestas y saludos para todos.