
























Revisando algunas películas que se hayan posicionado dentro de la amplitud que podrían suponer los dispares sistemas educativos que existen, sean estos arcaicos, conservadores o modernos -ya lo habíamos hecho en este blog de forma muy puntual con el film argentino La mirada invisible- me encontré con una propuesta singular y seductora porque busca ejemplificar en la adustez de su fluidez narrativa el muy usado concepto de las comunicaciones entre personas: la asertiva, la inhibida y la agresiva. Teóricamente, las tres significan enfoques disímiles pero siempre hay en la práctica un punto en que van a coincidir. Por un lado, el manifestar con inequívoca claridad aquello referente a los procesos culturales, a sus contextos, lo que se siente, se piensa o se necesita debería ser la que gobierne las relaciones entre alumnos o compañeros de escuela -en este caso-. Aquella persona que se comunica con otra y expresa con lucidez sus pensamientos, sus sentimientos y sus necesidades está haciéndolo de la mejor de las formas, es decir, la asertiva. Lo que debería existir como lógico requisito es que la contraparte tenga como mínimo determinados valores y derechos para que la comunicación se produzca. Es la palabra la que gobierna las actitudes y no necesariamente el ejemplo, el gesto o el actuar de determinada manera. No sucede lo mismo con inhibirse de este comportamiento y mucho menos con la aplicación de la violencia como conducta recurrente. Estos tipos de comunicación se fundamentan en el derecho inalienable de todo ser humano a afirmar su ser y establecer límites en las relaciones con las demás personas. En todo caso, así se aumentan o disminuyen las posibilidades de que las relaciones interpersonales se lesionen de más o de menos, y sea más sencillo o dificultoso abordar los conflictos que suelen ser permanentes. La película Ondskan, ópera prima del director sueco Mikael Hafstrom -que no tuvo mucha suerte desde que se animó a filmar en Hollywood- es una muy buena oportunidad para observar las distintas trazas del comportamiento adolescente. La lucha eterna del protagonista por encontrar la forma adecuada de conducirse sin abdicar a sus derechos está sobriamente retratada por el cineasta sueco que también logra que su personaje principal -Eric Ponti- forme parte de un colegio internado donde se convive bajo el manto de una violencia sádica que ejercen los más veteranos -muy parecida a la verticalidad de la educación militar- con el contubernio del rector y la mayoría de los profesores. Finalmente, un letrado acabará con esa tradición casi monárquica y corrupta amenazando con recurrir a los medios de prensa, al parecer los únicos interesados en destapar las atrocidades y la repulsión del lugar. Sin embargo, el objetivo de Hafstrom, que Eric no sólo se encuentre con un buen amigo sino consigo mismo, transitando por un laberinto emocional del que logra salir, da resultados. Hafstrom logra empatía entre su personaje y el espectador, lo que contribuye al interés en el desarrollo del film.
Las escenas iniciales de Ondskan -postulante a un Oscar el 2003 y que perdió con la relevante Las invasiones bárbaras- muestran el comportamiento desequilibrado del joven Ponti, quien golpea salvajemente a un compañero de escuela. Hafstrom muestra la inquina en su grado máximo y la acompaña con la expulsión del muchacho del colegio público. El director de la escuela hace una calificación algo excesiva de Eric -la personificación del mal en estado puro- sin imaginar lo que sucede a diario dentro de un hogar fracturado. Eric recibe continuas palizas de su padrastro por su conducta deficiente y violenta con sus compañeros. Hay un detalle que grafica no solo la incomunicación en la familia sino el boomerang de golpes que recibe Eric. Su madre -una mujer sometida- toca el piano cada vez que su marido azota a su hijo. Luego de esta breve exposición de motivos disfuncionales, la madre consigue una opción para que Eric pueda salir adelante -aunque es poco expresiva- vendiendo sus joyas y parte de su mobiliario. Erik ingresa a un internado donde la violencia resulta ser mucho más organizada y peor que todo lo antes vivido. Hafstrom va describiendo con desenvoltura el nuevo lugar, su organización jerárquica, la vocación pro-nazi de algún profesor, y la amistad de Eric con Pierre Tanguy, adolescente intelectual de origen francés, un evidente modelo de conducta civilizada. A partir de aquí, las escenas se multiplican en situaciones irracionales, y de forma particular, la diligente transmutación del personaje principal, de quien hasta ese momento no se sospecha de sus sentimientos humanistas. Este cambio es quizá sorpresivo hasta cierto punto aunque no para Hafstrom quien parece apoyarse en la notable Rebel without a Cause de Nicholas Ray. Relaciona a Eric con el personaje de James Dean -afloran cáusticos los conflictos juveniles- compartiendo unas extrañas vulnerabilidad y ternura, sobre todo cuando conoce a una de las cocineras del internado. Eric se atornilla al deseo, y si bien consigue lo que se propone no logra medir con justeza sus actos propiciando dos episodios que le dolerán y serán motivo de pérdida; tanto Pierre como la chica se alejan del lugar. También hay algo del film de Ray cuando el sueco intercambia desafíos automovilísticos por cultos de humillación y violencia cruel ejecutados por los alumnos mayores, todo esto envuelto en la eterna complicidad de los educadores. Es en esta tierra de nadie donde se afirma con rigurosidad una élite que ejerce a través de sus propios códigos. Estos, cuestionables para Eric e irrebatibles para la lacra de muchachos que actúan como una pandilla de clase alta hace que Eric adopte una postura moral personalísima, aislada de ese determinismo social que lo condenaría a convertirse en un malhechor cualquiera. Se impone a través de la natación ganándose el respeto y la admiración de todos. Hay una frase memorable del profesor de educación física: El deporte es lo único democrático que existe. Este tipo de transformación es sumamente interesante e inquietante aunque le falta un poco de fuerza dramática cuando Hafstrom la plantea condicionando a todo el internado en manos de Eric. También podría ser contradictorio el hecho de conocer el pasado familiar de Eric, dotados de una madre que no lo parece, un padrastro que no luce contundente, y un abogado -quien le compra las cosas a la madre- que se encarga de ponerle la cereza a la torta. Sin embargo, es rescatable que Hafstrom si logre transmitir veracidad en muchas de las escenas -las escatológicas son fortísimas- y plantee el hecho de que sí es posible la rehabilitación de un joven adolescente cuando la violencia asoma, y por sus propios medios. Buena película que requiere un análisis más exigente en gente vinculada al sector educativo.