martes 6 de diciembre de 2011

“A Time for Drunken Horses”, el verdadero amor entre hermanos.









































Volvemos a comentar un film del notable realizador Kurdo-iraní Bahman Ghobadi -Turtles Can Fly o Las tortugas también vuelan- esta vez su ópera prima A Time for Drunken Horses o Un tiempo para los caballos borrachos- una de esas miserables historias magníficamente narradas y que encierra una melancolía infantil de su propia existencia. Ghobadi creció durante la devastadora guerra Irán-Irak, que mató a varios de sus familiares. Luego de empezar en la música y posteriormente en la fotografía, comenzó a atraer la atención de sus cortos y documentales sobre la vida kurda. Después de trabajar como asistente de Abbas Kiarostami, en El viento nos llevará –film ganador de Venecia- se independizó para realizar su primer largometraje: A Time for Drunken Horses. Ghobadi relata las terribles circunstancias de una empobrecida y golpeada familia kurda cerca de la frontera entre Irán e Irak, donde subsiste la economía de contrabando que hacen los adultos sostenidos por los niños. El pueblo kurdo en su mayoría vive en el llamado Kurdistán, una región montañosa del Medio Oriente que abarca localidades de Irán, Irak, Siria y Turquía. Para ellos, las fronteras que separan sus pueblos son elementos disociadores de los procesos políticos del pasado que excluyeron su participación. Pero, paradójicamente, esos mismos límites que cerraban el intercambio comercial fueron los que determinaron la creación e incremento superlativo del contrabando como única salida a sus problemas de abastecimiento y supervivencia. Ghobadi retrata con precisión su historia a través de una familia de huérfanos que tratan de sobrevivir en esas condiciones de peligro constante. Lo que es sin duda un aporte a valorar es que el cineasta filma en las escarpadas montañas del Kurdistán con actores locales y no profesionales, que van interpretándose a sí mismos. Aunque parezca poco creíble, el hecho de rodar en estas circunstancias logra una producción de alto nivel, con una excelente fotografía y bien ejecutadas configuraciones de cámara que posteriormente recrea con una edición suave y dinámica. Como consecuencia de ello, la narrativa visual tiene un flujo natural, agarre que mantiene la continuidad de la trama y los acontecimientos dramáticos. De hecho, la fotografía y el flujo de la narrativa en esta primera experiencia de Ghobadi, son superiores a las de sus esfuerzos venideros, algo aislados como en Marooned in Iraq, Half Moon y No One Knows About Persian Cats. En el caso de Turtles Can Fly o Las tortugas también vuelan pienso que sí logra una realización redonda.

La dramática trama de Un tiempo para caballos borrachos o A Time for Drunken Horses sigue la suerte de una familia constituida por adolescentes y niños kurdos-iraníes que viven cerca de la frontera iraquí. Ayoub, es un niño de aprox. doce años de edad, y el principal protagonista de la historia. Él tiene tres hermanas, Rojin, que borda los dieciséis o diecisiete años, y Ameneh, que roza los ocho o nueve, y que proporciona la narración en off al comienzo como en algunas otras partes del film, y una niña pequeña que se queda en casa y apenas es filmada. También está Madi de quince años, que sufre de enanismo con discapacidades severas -piernas deformes y brazos atrofiados- pero que le da una tonalidad sensible excepcional a la película. A pesar de las circunstancias de peligro y escasez, los hermanos son extraordinariamente cercanos y derrochan un amor muy tierno entre ellos, siendo esto evidentemente un valor que los kurdos escondían, y que Ghobadi pudo poner en relieve. En particular, todos buscan y tratan de divertir a Madi, que requiere cuidados constantes y atención médica. Ghobadi divide la trama en cuatro partes, cada una de ellas contenedora de un viaje o un futuro viaje, a través de la frontera Irán-Irak. En la primera parte y al principio de la película, Ayoub, Madi, y Ameneh se encuentran trabajando de varias maneras en el mercado situado del lado iraquí de la frontera. Ellos envuelven diversos productos en papel periódico para protegerlos y puedan resistir el envío de las múltiples caravanas de mulas que cruzan las montañas en Irán. Para que las mulas no sientan frío y puedan subir sin problemas las montañas heladas, los pastores le dan de beber vodka -de ahí el término "caballos borrachos"-. Los bienes enviados son parte del comercio de contrabando. Madi no funciona, solo acompaña, pero Ayoub y Ameneh lo llevan con ellos para que pueda distraerse y observar el ajetreo y el bullicio de la ciudad. Nos enteramos que la madre había muerto en el parto de la más pequeña, y que el padre arriesga su vida trabajando como contrabandista ya que tiene que soportar no solo el clima y los avatares del lugar sino las minas personales, los guardias fronterizos, y los bandidos del lugar. Al regreso a la parte iraní, la camioneta de los niños trabajadores es detenida por los guardias fronterizos iraníes, que abusan de ellos quitándoles sus libros y cuadernos de ejercicios para la escuela. Ghobadi hace que nosotros descubramos un estado iraní que castiga la educación escolar privando a los niños de sus elementos básicos. Los hermanos tienen que andar el resto del camino de regreso a su pueblo natal. Cuando llegan allí, descubren que su padre ha sido asesinado por la explosión de una mina personal. Ayoub tiene que abandonar la escuela y ser el sostén de la familia. En este punto, Ayoub es informado por un médico local que la enfermedad de Madi es terminal: deben de practicarle una operación de emergencia en cuatro semanas, y en cualquier caso, no se puede esperar demasiado ya que el pequeño está condenado a vivir solo unos ocho meses más. Ghobadi nos muestra de manera notable la solidaridad de los hermanos. Los besos a Madi son de una ternura asfixiante y la carita de éste la imagen verdadera del dolor y la pena. Ayoub se las arregla para conseguir un trabajo acompañando al grupo de mulas que tendrán que transportar productos de contrabando. La labor es durísima, él tiene que aceptar ser estafado e inclusive correr los mismos riesgos de su padre. Mientras tanto, Ameneh está estudiando diligentemente en la escuela aprendiendo temas muy lejanos como los aviones. La bendición ambivalente con el pueblo kurdo de la fuerza aérea es un tema que Ghobadi no deja pasar en la historia. Después de dos meses de trabajo agotador, Ayoub todavía no ha hecho suficiente dinero para la operación de Madi, pero tiene un descanso cuando su tío se rompe el brazo y le presta su mula. Así podrá acceder a mejores trabajos y pagos más justos. Sin embargo, en su próximo viaje el grupo de contrabandistas es emboscado por los bandidos, teniendo que huir del lugar. Luego el tío se encarga de Rojin para cederla en matrimonio a una familia kurda-iraquí a cambio de que la familia del novio se comprometa a pagar la operación de Madi en Irak. Una vez más el paso por las montañas en Irak se produce. Pero cuando llegan, la familia incumple el acuerdo y sólo les ofrecen una mula. Ghobadi vuelve a retratar el engaño y la injusticia, ambas mezcladas por sobre el tema de la enfermedad del menor. En todas partes se cuecen habas parece explicar el cineasta, y el mecanismo dramático que logra es perfecto. Sin permiso, Ayoub toma a Madi y la mula del tío en otra caravana. La intención es vender el animal en Irak, donde hay un mercado que paga más, y utilizar el dinero para Madi. Una vez más vuelve a aparecer una emboscada –no es una simple casualidad- y la caravana tiene que dispersarse. Ghobadi logra una escena fantástica: Las mulas son emborrachadas con alcohol y la sobredosis hace que no puedan cargar la mercadería ni caminar. Luego teje el desenlace condicionando a Ayoub y Madi que se dirigen a la frontera encontrándose con una trampa hecha de alambre de púas. Su lucha interminable por salir adelante sigue presente en sus vidas. El final parece abrupto y despierta nuestra reflexión posterior. La determinación inexorable y fatalista de Ayoub reflejada en sus gestos por la impotencia de no poder conseguir nada para su hermano enfermo es una reminiscencia irremediable del film polaco Kanal de Andrzej Wajda. Es precisamente en el entorno de un destino oscuro donde sólo podemos admirar a los que intentan salir adelante a pesar de las adversidades, no importa lo que las probabilidades tengan guardado para uno. Un tema muy importante que está siempre en el trasfondo de la película es la amenaza constante para la vida humana desde la dispersión generalizada de minas personales -al igual que en Las tortugas también vuelan- en todas las áreas de la región. Contamina granjas, aldeas y áreas silvestres con insidiosa intención, diseñadas para mutilar y matar gente inocente. Como ya se mencionó anteriormente, este tipo de cine que logra Ghobadi es excepcional, distinto, atípico, no solo por la profundidad temática, su fotografía y la naturalidad que emana de todos sus tópicos, sino por lo difícil que deben de haber sido las condiciones de rodaje en el invierno kurdo. Se nota la dificultad y sobretodo el sufrimiento de Madi soplándose las manos. Me gustó el uso de Ghobadi de la fotografía de corto alcance -imágenes de tiro con una menor profundidad de campo- que destaca en varios pasajes del film. Esta era una técnica también empleada por Michelangelo Antonioni en sus películas. Además, la música kurda de la película es complaciente, rítmica y efectiva, no molesta, pero parece evocadora. La música es una pasión personal de Ghobadi, y su presencia se acentúa. La figura patética y deformada de Madi es un icono de la llave para ingresar al corazón en esta película. Su impotencia y la condición en que lo apreciamos y valoramos proporcionan una metáfora existencial del retraso en el crecimiento y la esperanza. Sin embargo, el interés de su familia y el afecto incondicional por él es extraordinario. Ayoub y Ameneh constantemente lo acarician, le compran regalos, y le administran medicamentos en todo momento. Cuando el Doctor le aplica inyecciones las escenas logran un realismo absorbente, nunca vistos, ni filmados con tamaña pericia. Esta imagen de amor y vinculación entre niños no tiene precio, y es lo mejor de este film, no cabiendo duda alguna que Ghobadi hace un merecido tributo a los valores de los kurdos. Ameneh y Madi son hermano y hermana en la vida real. La figura atractiva de Ameneh es también una de las imágenes claves en la película. Ella es vigilante, simpática, cariñosa, la representante de la inocencia universal que merece un futuro mejor y más seguro. Todos nos identificamos con la difícil situación de Ameneh y sus hermanos... Hace pocos días vi la Teletón de Chile por cable y me vino a la memoria este film. Por eso lo recomiendo, porque en el fondo de cualquier corazón la sensibilidad siempre está instalada. Nuestro trabajo consiste en sacarla y brindársela a quienes la necesitan. Excepcional película de Bahman Ghobadi. Imperdible.