domingo, 30 de enero de 2011

“El escritor oculto”, Polanski y una conspiración paranoica.












































El niño judío-polaco Polanski fue brutalmente impregnado por el holocausto. Vivió trágicamente los años de la segunda guerra mundial porque su madre fue torturada y muerta en 1941 dentro de un campo de concentración. El horror destroza su primera juventud y marca una de las claves de su rivalizado universo cinematográfico. En sus primeros cortometrajes cultiva su gusto por las situaciones insólitas, la violencia y el vouyerismo. Transita lo absurdo que significaba para él la vida en sociedad, toca con levedad la impronta sadomasoquista a través de la sátira y expone con dureza su reflexión acerca del vínculo amo-esclavo. En 1962 logra ser nominado al Oscar por su ópera prima Knife in the Water. Polanski empieza a mostrar su pelaje estilístico diseccionando magistralmente el drama y el thriller al dotarlos con elementos insospechados que alteran el orden de la acción con consecuencias inverosímiles. Utiliza una narrativa absorbente y maliciosa, en la que todos sus personajes se transforman en víctimas. Los coloca dentro de una atmósfera totalmente cerrada y opresiva. Esta obsesión lo perseguirá de por vida. Entre sus obras más destacadas son imprescindibles dos: Repulsion (1965), notable drama psicológico -ganadora del Oso de Berlín- en donde dispone de una bella y excepcional Catherine Deneuve como un personaje que revive su pasado a través de alucinaciones, confusiones y desvaríos mentales hasta provocar en ella una angustia insoportable. El cineasta polaco logra homenajear a Fellini y convoca algunas referencias del cine de Chaplín, Wiene, Buñuel y Hitchcock. Al año siguiente, vuelve a ganar la Berlinale con una joya fabular del humor negro: Cul-de-Sac. Polanski vuelve sobre una temática que suma los dramas psicológicos de diversos personajes, siempre atrapados en historias trágicas y sin salida. La trama es un compendio de caos y desmesura a la vez que un reflejo crítico y amargo de las relaciones personales en la sociedad polaca de los sesenta. Esta vez demuestra abiertamente la influencia teatral de Beckett y de Ionesco... En 1969 –ya instalado en Hollywood- pone en escena lo que muchos consideran su obra maestra: Rosemary's Baby. Lo que sí es incuestionable es que Polanski inicia el satanismo en la industria del cine. Esta vez su musa inspiradora es Mía Farrow quien personifica a una mujer que cree que el hijo que espera es acosado por una secta demoníaca. Polanski logra trascender mediante una transposición deformada de sus propios fantasmas: la opresión del grupo sobre el individuo, el sentido del destino, la inmadurez y la frustración de su personaje central. Apunta sin piedad sus cañones a esa sociedad de consumo estadounidense y logra poner la pólvora en la indignación yankee. Ese mismo año asesinan a su esposa Sharon Tate sin motivo aparente. Los medios pulverizan a Polanski y la repercusión sensacionalista opaca la labor del cineasta. Luego regresa a la Gran Bretaña para adaptar sin mayor fortuna la obra más violenta de Shakespeare: Macbeth. Sin embargo, en este film, Polanski exhibe las huellas imborrables de su propia desgracia... Luego vienen notables films como Chinatown –Polanski utiliza su apreciada lentitud en su progresión dramática, y hace un relato de cómo un caso aparentemente frívolo de infidelidad se convierte en una puerta de acceso al infierno de la condición humana-. Le sigue The Tenant –donde dirige y protagoniza- un film sobre los padecimientos de un inmigrante polaco en Francia que se ve obligado a despojarse de su personalidad. Polanski logra desarrollar un tratamiento vertiginoso sobre la xenofobia sumada a una formulación expresiva donde repite la correlación entre la confusión, el humor negro y el horror dentro de un clima totalmente opresivo. Vuelve a los EEUU y se ve envuelto en un escándalo de abuso y violación de una menor de edad. Se recluye en Francia, toma su nacionalidad, se asienta en París, y filma Tess –la mejor actuación de Nastassja Kinski- un intenso melodrama centrado en los avatares de una muchacha campesina que llega a la mansión de una familia adinerada, quienes la aceptan para que realice trabajos domésticos. Allí será seducida por un miembro del clan. Polanski marca una experiencia inolvidable acerca de la asfixiante situación de las jóvenes deshonradas, la hipocresía y la doble moral de la sociedad, la soledad de los rechazados y la extrema dureza de la vida para con aquellas mujeres que tenían que abrirse paso por si solas. En 1986, Polanski fracasa con un film de aventuras. Pirates es su título. Particularmente, es una buena propuesta del cineasta ya que armoniza con limpieza una narrativa rebosante de humor y sarcasmo basado en la desmesura, el absurdo surrealista y en un ritmo intemperante. Al año siguiente vuelve a lo suyo. Filma Frantic y se introduce de lleno en la impronta hitchckoiana lanzando a un meticuloso Harrison Ford en un suspense de espionaje ambientado en París. Luego hace una magnífica comparación de lo repugnante y lo atractivo de los celos en un pulposo falso thriller erótico. En 1994 confirma su espléndido manejo del thriller psicológico con la escalofriante Death and the Maiden. Esta película me parece una de las mejores de Polanski. Disecciona el poder de una manera frontal y saca a relucir esos demonios que tanto lo atormentan. Obra imprescindible para comprender a un hombre agobiado pero a la vez lúcido e invencible. Le enseña cómo debe de actuar un verdadero intérprete a Johnny Depp en The Ninth Gate. Un film que puede atrapar como alejar las buenas intenciones de verlo. Polanski salva el guión con las justas aunque sin desentonar del todo. Gana el Oscar a mejor director y la Palma de Oro de Cannes con la estupenda The Pianist –un ferviente homenaje a su país de origen y en especial a su madre- donde reconstruye con fresca belleza la consternación y el espanto. Finalmente, adapta la novela de Dickens: Oliver Twist (2005). Esta vez Polanski cuenta con un gran presupuesto. Hace un retrato muy cuidado y perfectamente ambientado de las miserias de la Inglaterra victoriana. Vuelve con ese genuino sentido de su deliciosa narrativa y sus angustias frente a la barbarie. Hoy –luego de casi 50 años de carrera- le toca el turno a The Ghost Writer, un thriller político en donde es más complaciente que sus anteriores propuestas –incluso no pareciera ser un film de Polanski- aunque no deja de mostrar las heridas de una generación de hombres marcados por el holocausto. Roman Polanski es sin duda un gran cineasta, un artista capaz de expresar los sentimientos más extremos de la crudeza humana tanto como los más apacibles y bondadosos. Vivió –y sigue haciéndolo- experiencias traumáticas y persecutorias por todos conocidas, pero que estas, en vez de hacerlo claudicar, alimentaron su alma de valor para demostrar que la vida de un hombre está profundamente inundada de vivencias tóxicas, y que así como se ingresa con facilidad a la penumbra de estas, hay un sendero que recorrido con estoicismo nos permite avizorar la salida.

En El escritor oculto, Polanski adapta placenteramente la novela del escritor británico Robert Harris El poder en la sombra. La película aborda los secretos mejor camuflados del ex-primer ministro británico llamado Adam Lang -las similitudes con Tony Blair son más que evidentes así como las de su esposa Cherie- relacionado con la guerra postiza librada en contra del terrorismo. Polanski no da puntada sin hilo y los supuestos por los que transita son los crímenes de guerra cometidos por EEUU y Gran Bretaña en Irak en nombre de una arbitraria lucha antiterrorista. Sin embargo, un aparente suicidio, numerosas intrigas en el entorno más íntimo, comprometedoras conspiraciones políticas al más alto nivel, la necesaria “puesta de cuernos” y un meandro de mentiras encubiertas de alcances internacionales, hacen que Polanski logre -al margen del bien enhebrado suspense- una crítica específica y abierta a la política mundial y al orden establecido en aquel entonces. En todo caso, Polanski realiza un reencuentro con su cine más negro y corrosivo –The Tenant- pero de una forma más afable y hasta contemporánea –los manejos apropiados del Internet y el GPS de una camioneta BMW utilizados para desentrañar los nudos, así lo demuestran-. De hecho, la premisa la maneja desde un personaje “fantasma” no solo por lo que hace sino porque no tiene nombre ni historia. Todo el film gira alrededor de este sujeto que luce escondido debajo de sus propias penurias y el anonimato. El escocés Ewan McGregor logra tomarle el pulso al Roman Polanski intérprete, y compone una actuación apetecible, llena de matices. Desde la sombra, un McGregor aprisionado y controlado será el encargado de “darle sentido” a la autobiografía redactada por Lang –elegante y generosa performance de Pierce Brosnan como el perfecto político desfachatado- en reemplazo del “fantasma” anterior que es encontrado muerto en medio del misterio y el posterior revuelo periodístico. Pero no solo le dedicará un mes entero a ordenarle las ideas a Lang en propia cara y casa sino que formará parte del descubrimiento mayor, vale decir, un coordinado juego de mentiras y búsqueda de pistas, que se complotan para hallar una verdad que respira densa y oculta. Aquí Polanski logra encasillar al escritor fantasma como el motor de la acción y lo transforma en cómplice de lo furtivo. Hay una evidente asociación o confabulación entre las actuaciones de McGregor en The Ghost Writer y Polanski en The Tenant. El sobresalto a hermanarse con un extinto y sobrellevar el mismo vía crucis que éste, constituye una de las claves de la historia. También suma el hecho que Polanski sí sabe intercambiar eficazmente la copiosa información que necesita para reconstruir el hilo de la sospecha –cosa que no supo hacer David Fincher en su momento con la sobrevalorada Zodiac- en tanto y cuanto absolutamente todo tiene su porqué y el secreto llega a revelarse. Polanski también acierta con una buscada focalización interna, en la que nosotros como espectadores descansamos tras la seductora figura de McGregor ya que solo percibimos lo que este va descubriendo y cómo lo va utilizando. Dicho de otra manera, Polanski saca de borda al escritor “fantasma” en tan solo dos momentos, uno al principio y el otro al final. Todo avance o retroceso en la búsqueda gira en torno a él. La importancia de la trama no se adhiere a lo que se tenga que destapar sino a cómo se van sucediendo los hechos. Es ahí donde el cineasta saca ventaja y nos muestra su mano virtuosa, su indeleble vinculo con lo subrepticio o con lo trágico. Y a través de esa especie de libertad que le confiere el protagonista, el polaco descarga munición de todo calibre en contra de los yankees que se la tienen jurada. Polanski orquesta los vaivenes de su puesta en escena con decidida soltura, motivada por una banda sonora bastante cercana a sus primeros años como cineasta. Son vitales los fragmentos donde el recuerdo de Repulsion se mezcla con el de The Tenant e incluso con Cul-de-Sac y Knife in the Water. Polanski mueve todos sus recursos con agilidad y sin cometer errores en el transcurrir de la historia. Como siempre, muestra poco y sugiere mucho. A pesar del suspense a lo Hitchcock o Fritz Lang, posiciona un humor lacerado y sumamente fino, que prevalece en todo su relato ya que ambos juegan a esconderse, a perseguirse, aumentando los momentos de tensión el primero, y cesando el interés, el segundo. Cada parámetro de inflexión, cada giro, nimios y calculados, embisten contra el tedio, y nos cautivan sin desentonar. El guión hace lo suyo, los diálogos perfectos y la puesta en escena de una frialdad fantasmal, como copiada de Death and the Maiden. Los secundarios hacen un trabajo fino, tanto la eficiente secretaria de Lang, su sibilina esposa y el entrañable Eli Wallach en una fugaz aparición. La mención especial es para Tom Wilkinson, un actor que consigue hacer grande hasta el papel más pequeño que le toque en suerte. La fotografía es lo suficientemente correcta tanto en exteriores como en interiores. Tiene esa refrigerada tesitura de la atmósfera compuesta de colores prietos y pequeños lugares despoblados. La edición es esencial como en toda estructura narrativa de Polanski. Los sonidos parecen deambular monocordes entre la soledad de un hotel vacío, el reclamo de un padre herido, el avión personal de Lang, la bicicleta en medio de la llovizna, el disparo de la muerte o la playa que atesora un encuentro casual. El escritor oculto no parece ser una película de Polanski porque intenta esconder silenciosamente la opresión que lo ha caracterizado siempre. Pero lo es por la misma razón: porque aunque la busque guardar u ocultar en el pasado, sale integra como un grito de desesperación y dolor. Polanski es para la cinematografía un artesano de su propio destino. Hasta la próxima.

domingo, 23 de enero de 2011

“Buried”, Cortés transforma la ficción en realidad.





























Más allá de cualquier tipo de análisis comparativo que pretendamos hacer -basados en la rigurosidad del género- el film del director español Rodrigo Cortés –creador del tajante cortometraje “15 días” y del espléndido drama que se nutre del estilo de Martin Scorsese “Concursante”- es una de las propuestas más interesantes de entre todas las estrenadas hasta el momento en este 2011 junto a la de Polanski y la de Sofía Coppola. El joven realizador logra cargar en su impacientada narrativa un contingente de incesante consternación acerca de la supervivencia humana en condiciones poco creíbles, y hasta absurdas. Pero a pesar que todo intento de sugerencia pueda llevarnos a transitar por los áridos caminos de lo ridículo, Cortés tiene la imaginación suficiente para transformar lo imposible en posible, lo absurdo en viable, y vendernos un thriller psicológico cuyo golpe de efecto resulta tan seductor como desolador. Manipula con prolijidad y oficio el complejo recurso de la “tensión” como debe de hacerse: directamente, sin excusas ni insinuaciones. “Buried” rebasa aquellas fronteras del cine de horror para situarnos en una realidad desesperante donde el solo hecho de observar la odisea sobrenatural de su único personaje –una impecable interpretación de Ryan Reynolds durante 90 minutos de tiempo real- logramos percibir sin filtros una acepción muy particular de la ansiedad, la desesperación y hasta el pánico, todas en dosis justas. Cortés no solo tiene la habilidad para filmar sino la paciencia para armar una historia que a simple vista no parece tener un sustento sólido. El disparador de la misma es que resulta tan entretenida que nunca se cae, siempre mantiene sus objetivos claros y logra al final un desenlace inesperado. Pienso que con tan poco, no se puede hacer más y mejor. El guión es apropiado, tanto así que disfraza detalles evidentes con mucho tacto -la cantidad de oxígeno para sobrevivir, cómo se introduce la serpiente, las pintas de los números en la madera o la señal del celular a pesar del encierro- imposibles de pasarlos por alto. En tales circunstancias no me queda duda que Cortés logra igualar o hasta superar algunas referencias cinematográficas que maniobran de manera precisa el desasosiego: “Phone Booth” de Joel Schumacher, “Duel” de un Steven Spielberg setentero, e incluso al intocable Hitchcock con varias de sus obras indelebles.

El trastorno emocional al que se le somete a Reynolds es de una impiedad tan repugnante como asombrosa. Pero no hay alternativa. Tan es así que aquellos que nos mimetizamos con su vía crucis adquirimos admiración por las formas y recursos que utiliza para tratar de salir del embrollo. Reynolds está solo, pero a la vez comunicado. Cortés aprovecha para, a través de los macguffins, poner en evidencia fenómenos cotidianos del que somos usuarios incansables: You Tube, la burocracia, los seguros de vida, el autofilmarse, el contestador automático etc. “Buried” encarna sin medias tintas la violencia, la crueldad, el miedo, la lucha incesante, la controversia, la resignación y finalmente la aceptación. Todos los gestos de la tortura psicológica están sólidamente desarrollados dentro de una caja de madera dos metros bajo tierra. Cortés cambia los roles convencionales de la turbación. No inclina su propuesta hacia el facilismo de los asesinatos o las muertes sangrientas, sino que busca permanentemente el padecimiento, la calma y la angustia a través del sacrificio individual que combate sin éxito a una castigadora naturaleza. No existen motivos del porqué un sujeto desconocido está enterrado. No suelta ni el menor indicio de nada. Tampoco se cuelga de los neurasténicos que abusan del crimen para desolar nuestros sentidos. No hay nada que humille la dignidad y la condición humana de manera implícita, aunque todos nos percatamos que lo que engendra todo es una violencia arbitraria a la vez que camuflada. Este film no ve la luz natural. No ha salido a la superficie para buscar héroes que solucionen el conflicto. Todo ha quedado pasmosamente congelado en la penumbra de un poderoso plot argumental que nos esconde de la leyenda externa concretadas tan solo en voces, ruidos y silencios que emite el “enterrado” para que seamos nosotros aquellos que asumamos que poseemos las mismas oportunidades que él de descubrir lo incierto de lo que le está pasando. Cortés nos quiere llevar a un laberinto y lo consigue. No usa el flashback como trampa narrativa. Aunque parezca extraño, el humor también está presente, equilibrando intriga y desesperación, suavizando una terrible experiencia. No lo hace con chistes explícitos, sino con situaciones que parecen tontas pero tratadas con la delicadeza que amerite relajar la tensión mientras se vuelve a tragar saliva. El escenario es único y la pericia de su montaje es de gran factura. Su atmósfera es minimalista y la gran aliada es la oscuridad distorsionada por las luces de los elementos de que Reynolds dispone. Algo que encaja –sin apenas notarse- es la BSO, la misma que acompaña la acción sin sobrepasarla. También debemos estar atentos a los magníficos créditos iniciales. Cortés apostó por un proyecto ambicioso, que muy bien podría haberse quedado en un cine experimental y poco competente. Pero no, ha conseguido llamar nuestra atención y provocarnos “un concluyente ataque de ansiedad”. “Buried” es una "delicatessen" para paladares entrenados. Imperdible. Hasta la próxima.