sábado, 26 de febrero de 2011

“El discurso del rey”, desafío entre dos egregios marginados. Pronósticos de Pepe Derteano para el Oscar.








































Tuvimos que esperar 75 años para conocer las particularidades de una historia avasalladora, la del rey Jorge VI, el monarca que jamás quiso serlo, el irresoluto rey que no afinaba con el cariño popular por su exiguo carisma y nervioso tartajeo. Aquellos que dominen el idioma inglés se darán cuenta que se encuentran frente a una de esas interpretaciones tan formidables como inolvidables del actor británico Colin Firth... Pues bien, en el momento que uno acaba de observar El discurso del rey o The King's Speech, queda una placentera sensación de un cine realizado con esa incomparable corrección formal con que construyen los ingleses desde siempre sus personajes, sus historias y sus bien conceptuados mensajes de lealtad y fervor. El objetivo connatural que salta a la vista sin mayor deliberación es aquel que luce distanciado de una desaforada perorata de dobles intenciones -en las que hoy cae continuamente el cine yankee- colocando en el tapete una magistral lección de humanismo al confrontar a dos geniales personajes a quienes los une la casualidad y la necesidad aunque separados por dos paredes de concreto: sus jerarquías sociales y sus temperamentos. El cineasta Tom Hooper aborda con mano ducha las vicisitudes del duque de York o príncipe Alberto de Inglaterra -luego convertido en el célebre rey Jorge VI- quien desarrolló en su infancia -producto de la espartana educación recibida- una tartamudez que no fue capaz de superar jamás, pero que sí pudo disimular hasta que llegara al trono, debido a la romántica abdicación de su hermano mayor Eduardo, causada esta por una díscola dama norteamericana dos veces divorciada y dedicada con prontitud a las celebraciones no lectivas. Pero el contratiempo de Bertie -era considerado un segundón por su propio padre- no era otra cosa que tener que enfrentarse a los discursos radiales que sustentaban su actividad pública en épocas difíciles para el imperio. No olvidemos que las más memorables disertaciones que se han dado a través de la historia fueron aquellas que abrazaban en su fraseología recatada un poderoso magnetismo sentimental y que debían ser expuestas de manera convincente al pueblo, y más aún en circunstancias políticamente claves. Bertie pronunció uno que representó un cambio radical en la efemérides de Inglaterra y en consecuencia, de casi toda Europa, por la cercanía a la segunda guerra mundial... Gracias a la ayuda de su esposa Isabel, quien cansada de tanto especialista teórico caricato recurre a un logopeda australiano -Lionel Logue- un sujeto bonachón pero de carácter excéntrico, cuyo sueño incumplido era lucir sus cualidades de actor teatral representando alguna obra de Shakespeare. Si bien no tenía título para ejercer la logopedia, era suficientemente cauteloso para lograr lo que se proponía con sus pacientes. Tenía la tenacidad del pragmatismo extremo como la rigurosidad de una disciplina sofocante pero eficaz... El insigne emblema que plantea Hooper no desiste de lo circunspecto, sino que nos lo recrea a través del apreciado sentido del humor inglés para restarle suntuosidad a la tragedia personal. De ahí que el informal instructor vaya encaminando a su perezosa majestad con abigarrados ejercicios como saltar mientras intenta hablar, cantar lo que va a pronunciar o rodar por el suelo con el mayor de los desenfados. Pero lo hace sin perder de vista su contrapunto histórico y político, trascendente para mantener intacto el glamour de la nobleza de los Windsor. Hooper acierta excepcionalmente con su realización, sin caer en el facilismo y agudizando moduladamente la intensidad entre sus protagonistas.
El discurso del rey tiene en su dimensionalidad muchos aciertos, entre ellos dos que son los que más llaman la atención. En primer lugar, el impecable clasicismo que detalla en su narrativa Hooper -ojo que bien le puede hacer ganar el Oscar- en consonancia con la Inglaterra que retrata -muy próxima a la declaración del conflicto- y que reproduce exhaustivamente en virtud de una fotografía afinada de Danny Cohen. En segunda instancia -de lejos lo más centelleante- sus colosales intérpretes y el excepcional “match” que ambos decretan. Un calamitoso Bertie -padre de la actual reina de Inglaterra- capeando sus problemas de comunicación en piel de un Colin Firth sobrio, pulcro, elegante y capaz de transmitir el desequilibrio emocional con extrema naturalidad frente a un contrincante de la talla histriónica del siempre estupendo Rush. El aristócrata cara a cara frente al plebeyo, ya sea rivalizando, corrigiéndose, intentando de imponer cada quien sus propias reglas aunque finalmente comprendiéndose, limar asperezas y llegar a saborear una dulce amistad. Un excepcional duelo interpretativo de dos imponentes actores ingleses en el que no existe vencedor ni vencido. Por el contrario, afirmar quién de los dos está mejor en sus respectivas improntas es una elección sin sentido. Mientras Geoffrey Rush da rienda suelta a su incesante interpretativa habitual redondeando la personalidad extrovertida e inflexible del educador, Firth se autoilumina inmejorablemente en la piel de un hombre acomplejado a la vez que responsable, luchando contra su propio defecto y consiguiendo paliarlo a costa de una exorbitante fuerza de voluntad. Sin duda que el trabajo de Firth, cae como anillo al dedo a los requerimientos de la Academia, y es sin dudarlo el próximo actor protagónico en llevarse la estatuilla. Rush también está nominado y no llamaría la atención si se lleva un segundo Oscar en su carrera, aunque creo que el fabuloso desempeño de Bale en El peleador pareciera ser insuperable. Quizá una tara minúscula que pueda llegar a tener el film es que Hooper hace que sus entrañables personajes estén siempre por encima de la traza argumental, y eso pueda restarle alguina chance para llevarse el premio al mejor film del año, aunque la Academia no suele tomar esto como un error de descarte salvo que se inclinen por Black Swan, lo que me me resultaría un exceso. Helena Bonham Carter tiene también un destacado rol como esposa del protagonista y la presencia de Guy Pearce, Michael Gambon y Derek Jacobi en los apoyos secundarios sostienen el conjunto actoral con prestancia. Resulta provocadora la metodología de Hooper a la hora de llevar a cabo la opresión personal de Bertie, utilizando a gran escala su mundo interior, respetando los espacios, pero estrechándolos al mismo tiempo. En los dramas de alto linaje se suele hacer lo opuesto, ya que se necesita afianzar que todo luzca rimbombante. Hooper comprime los espacios equilibrando ese universo intrínseco con aposentos limitados, sólo para hacerlos brillosos cuando Bertie vaya dejando atrás sus temores, haciendo que los simbolismos empujen a los personajes que lo rodean hacia un dominio exterior más expresivo. En el transcurso de esta transformación, Hooper, pese a lo académico de la temática que exhibe, toma decisiones arriesgadas -que no lo hacen Fincher o los Coen- a través de licencias de planos que escapan a la lógica del encuadre, como el aire que se superpone al plano y contraplano, con el uso de la lente de 18 mm., que hacen decrecer a Bertie para imprimirle una profundidad cerrada a las personalidades más influyentes. Para Hooper si el verbo y el lenguaje junto a la sonoridad de las palabras es muy valiosa, la estética y la imagen también lo son para comprender lo que se pretende contar. La asimetría entre las personalidades y las distintas fases por las que circula la historia se beneficia de un material dramático distinguido que no debilita el tonelaje emocional. Es una picardía que al final puede hacer la diferencia... En cuanto al resto de los apartados, el guión de David Seidler es estupendo, la banda sonora de Desplat no tiene fallos, el diseño de producción está bien trabajado y mejor ambientado, ni hablar del cuidado vestuario, la certera mezcla del sonido y un montaje que luce tan simple como espectacular. Más allá que la historia presenta algunos indicios de previsibilidad en su desarrollo y no ofrece sobresaltos en el candor de su transcurrir, la narrativa del realizador británico siempre mantiene un ritmo vertiginoso. Esta realización de Hooper confirma la filosofía británica del saber hacer y contar los pormenores de sus más valiosos personajes históricos. El discurso del rey es una gran película al margen de los premios que reciba o no de la Academia. Imperdible, y debería ganar el Oscar aunque sinceramente nunca se sabe.
En relación a los favoritos para la entrega de los premios de la Academia mi voto es por los siguientes:

Mejor película: El discurso del Rey

Mejor director: Tom Hooper
Mejor actor protagónico: Colin Firth
Mejor actriz protagónica: Natalie Portman
Mejor actor secundario: Christian Bale
Mejor actriz secundaria: Melissa Leo
Mejor guión original: El discurso del rey
Mejor guión adaptado: Red social
Mejor película de habla no inglesa: In A Better World
Mejor película animada: Toy Story 3
De los apartados técnicos mejor no emito opiniones concretas porque son todos muy parejos. Sin embargo, la que sí se merecería ganar el Oscar a mejor cinematografía o fotografía por su innovación es Inception -quizá sea un tiro al aire mío- pese a que Roger Deakins por Temple de acero vaya por su novena nominación. También siento cierta debilidad por la banda sonora del film Red social. Ojala así sea.
Finalmente, he tomado la decisión de suprimir la posibilidad que puedan enviar sus comments por motivos personales que ya expliqué en los correos electrónicos enviados.
Hasta la próxima...

domingo, 20 de febrero de 2011

“Lazos de sangre”, despellejando ardillas y estereotipos.













































Es cierto que estas semanas que anteceden a la premiación de la Academia -una predecible excepción anual- las multisalas atienden con prolijidad nuestra avidez hacia films que marcan la diferencia en la cinematografía yankee. Es el caso de la plausible Lazos de sangre o Winter’s Bone, que arrasó el 2010 con el más augusto banquete del cine independiente: Sundance. La película que realiza Debra Granik -también escribe un guión finamente estructurado- no es casualidad ni nada que se le parezca. Ya había demostrado su talento y buen manejo del género dramático con la aguda Down to the Bone -donde Vera Farmiga se desborda con una actuación formidable- especialmente diseñado a través de una narrativa aclimatada a deshilachar las entrañas de personajes extraños, sitiados desde un desdoblamiento sibilino. Y justamente, son dos artistas muy poco conocidos: Jennifer Lawrence y John Hawkes -ambas interpretaciones espectaculares- sus omnipotentes herramientas que van llevando a ritmo taxativo una trama que se funde en un mundo tan hostil como umbroso donde el escalofrío de lo desconocido sumado al de lo prohibido se potencian en tiempo y espacio -la atmósfera rural es deliciosa- aunque sin llegar a esa densidad que muchas veces causa rechazo. Si bien es cierto es una muy buena película -no al nivel de llevarse el Oscar- difícilmente puede aspirar a esa magnificencia que llega a irradiar la emotividad como eje argumental -El cisne negro, Toy Story 3, El discurso del Rey, El peleador etc.-. Más bien tiene una relación consonante a través de una construcción cinematográfica de películas más equilibradas en su conjunto, lease Red social o Temple de acero aunque la ponencia de la Granik es cine independiente y/o de autor en un 100%. Esto no la hace una ponencia menor de modo alguno pero sí limita sus posibilidades de pelear los premios de la Academia de igual a igual.

Lazos de sangre me sedujo -no más que Somewhere- porque está bien hecha, trabajada rigurosamente en sus más mínimos detalles, y su directora sabe cómo ir creando tensión a la vez que desdicha a medida que va relatando los hechos. Lo que le juega en contra sea quizá que no logra deslumbrarnos por carecer de mecanismos artísticos del cual se nutren aquellas propuestas plagadas de lucidez creativa, que transmiten apasionamiento y sorpresa desde cualquier arista donde se les pretenda juzgar, y en cada momento en que se plantea la acción. Lazos de sangre tiene a mi juicio demasiado de cerebral -diversidad de capas, sutilezas y trasfondos- y poco de sanguíneo, salvo la implacable secuencia del desenlace en donde las mujeres del pueblo acuden al lago para encontrarse con la inclemencia en su expresión más pura. Si bien el núcleo de la historia se fundamenta desde la mirada impávida de Jennifer Lawrence -muy merecida su nominación al Oscar- y un microcosmos donde campean los escenarios deprimentes, los personajes desarraigados y las pistas falsas, la lectura que hace la Granik de una sociedad rural moderna es correcta en tanto sus corruptelas y vicios son equiparados con aquella que se regodea en su urbanismo consumista y sus hipocresías. Pero al hacerlo tan ordenadamente, cae en el error -puede que subjetivo- de pasarle la mano inocentemente a la milicia estadounidense en una escena en donde un agente de reclutamiento parece una hermanita de la caridad dando consejos irrefutables. Ahí es donde la predica tambalea para quienes queremos una crítica áspera hacia el sistema y no una caricia melancólica a una política de guerra que ni los mismos yankees acaban de entender si se consumó, sigue en funciones o hubo un cambio de discurso. Pero, esto -más allá que le provoque una sonrisa irónica a la Academia- no es lo que marca el camino del film. Quien lo hace es la bella -observen las fotos- Jennifer Lawrence, quien se encuentra en la obligación de luchar contra lo que se le ponga en las narices. Nadie la apoya, y ella sola se las escudriña para indagar sobre el paradero de su padre -un supuesto narco bonachón que le dejó una hipoteca abierta- cargando sobre sus espaldas dos hermanos pequeños y una madre enferma. Ahí es donde la Granik muestra sus credenciales porque acomoda diestramente una relación familiar totalmente disfuncional como el meollo de una abnegada búsqueda. Y es John Hawkes -hermano del padre desaparecido- quien arrastra moralmente con la otra parte del vínculo consanguíneo fracturado. Debra Granik confronta a tío y sobrina -Lawrence me recuerda a una joven Streep y Hawkes a un maduro Jeremy Irons, ambos en su próvida simpleza gestual-. La joven actriz logra poner a la misma altura su sufrimiento como hija que como cabeza de familia. La interpretación es impecable y se hace mucho más elocuente con el trabajo que logra Hawkes al secundarla a través de un personaje álgido y misterioso. La sangre es la sangre pregona la Lawrence, y a partir de la profundidad que engloba esta frase las respuestas comienzan a surgir una detrás de la otra. La Granik no solo nos logra dar una lección de pulso dramático sino que por momentos va mezclando a partes iguales el melodrama con el thriller, que bien empaquetados en la sutileza del la impronta noir le brinda inmejorables resultados. La puesta en escena retrata con suma precisión una desgarradora historia de un pueblo miserable afincado en las montañas de Missouri. Su excusa es la misma que cualquier ciudad desarrollada del mundo: las drogas, y su precepto sagrado: el silencio. Abunda la pandilla familiar no declarada pero que usa a la mujer como el escudo a cualquier sospecha de seres proscritos a los que el destino ha castigado dándoles la espalda. Lazos de sangre tiene la virtud de capturar en amoratadas imágenes lo que significa el ampuloso estilo de vida yankee trasladado a un poblado de hillbillies. Debra Granik no es Mulligan, Eastwood, Ford, Kazan, Bogdanovich o Lynch, pero ahí está parte de sus espíritus claramente registrados. No se la pierdan porque vale la pena refrescarse de vez en cuando. Quizás no tenga grandeza pero sí consistencia. Hasta la próxima.