martes, 29 de marzo de 2011

"Contra la pared", Akin : reacomodando estructuras afectivas.

































Al estar bastante floja la cartelera de la semana pasada, opté por observar cuatro películas del director turco-alemán Fatih Akın, y quedé muy complacido por las cualidades visuales y temáticas de las mismas. Empecé la travesía con un drama levemente sostenido por sobrios y recatados pasajes de comedia llamado Solino, en donde Fatih Akin construye a pulso firme una de esas historias conmovedoras que involucra a una familia inmigrante italiana que se instala en una ciudad de Alemania, y se dedica al primer negocio de la elaboración de pizzas en dicho lugar. La virtud de la propuesta se envuelve dentro de su simpleza narrativa agregada a una característica que queda palpitando como en todas las buenas películas que se entrometen en el complejo mundo del éxodo migrante: La agridulce sensación de no pertenecer ni a un sitio ni a otro... Luego pasé a disfrutar de la genial Contra la pared o Head-On -ganadora de la Berlinale en 2004- que trataré de resumir más adelante. La seguí con Al otro lado o The Edge of Heaven -ganó Cannes en 2007 a mejor guión- un film sólido en donde su embrollada composición termina resultando sugestiva por donde se pretenda diseccionarla. Akin confirma su pericia en como armar un mundo visual provisto de objetivos claros, sosegados y precisos, sin alardear ni intentar enfrentarse a la desmesura para impresionarnos. Es de esta manera como puede desarrollar con énfasis varias historias hilvanadas por un cordón umbilical casi invisible: la de un padre e hijo -un profesor universitario- turcos radicados en Alemania; una meretriz turca que decide convivir con el padre. También se suma la hija de la prostituta que crece solitaria en Turquía, y la de una madre con su hija, ambas alemanas, esta última entabla una relación homosexual con la hija de la prostituta turca. Les aseguro que es una de esas pequeñas joyas que contiene la tristeza arrinconada en los confines de la emotividad comprensiva, y al amor verdadero como eje direccionador del conjunto... Finalmente caí en su último largometraje en donde da rienda suelta a su innata capacidad para la comedia. Soul Kitchen es su título, y como si fuera poco, se adjudicó un importante premio en el festival de Venecia en 2009. Akin se pone el traje de Chef y nos cocina un auténtico plato de personajes entrañables, que bien combinados -y mejor aderezados- con un humor más fino que negro, y unos gags poderosos nos hacen pasar un momento inolvidable... Hay que tratar de conseguirlas porque constituyen un combo impostergable si queremos ampliar nuestro horizonte cinematográfico.
Contra la pared toma el camino de una tragedia que se nutre de texturas melodramáticas y un humor negro tan desafiante como contenido pero muy bien desarrollado en su continuidad narrativa, tanto visual como argumental. Akin se dedica a explotar las furias descontroladas de sus inmaduros protagonistas, juega a fondo con la sensualidad de sus cuerpos, con la cotidianidad destructiva de un hibridismo cultural que cruza el relato oblicuamente: un par de hijos de inmigrantes tan alemanes como turcos que se prodigan al límite entre el suicidio mutuo y la ridiculez. Pero, aunque parezca descabellado, el experimento funciona y nos mete en un lío que logra asentarse y explicarse a través de la racionalidad, y no precisamente de la disfuncionalidad. Todo el trabajo de realización que lleva a cabo Akin es impecable desde que lo plantea -subido a una postura morbo muy calculada- hasta que lo termina con un desenlace habitual, políticamente correcto aunque algo paradójicamente injusto. El film nos va introduciendo bruscamente en una relación nada convencional entre Cahit -un carismático Birol Unel- y Sibel -una encantadora Sibel Kekilli-. Ambos -los une la droga, el fracaso y la autodestrucción- se conocen en una clínica psiquiátrica en plena consulta ya que intentaron eliminarse. La escena es repelente, inesperada pero visualmente potente. Cahit es viudo, veinte años mayor que ella, trabaja recolectando botellas vacías dentro de un bar de mala muerte y tiene como única actividad vital el alcoholismo y el desfogue sexual a través de una peluquera amiga. Por su lado, Sibel ha deshonrado a su familia con un intento de suicidio. Ella lo ve a él como un medio para escapar formalmente de sus progenitores, y le pide -de una forma tan subrepticia como alucinante- contraer nupcias, no para formar un hogar sino para poder acceder a la libertad -libertinaje sería el termino apropiado- que ansía pero desconoce. Su deseo es salir a divertirse por las noches con muchos hombres, bailar, beber, hacerse un tatuaje o ir a un parque de diversiones a escuchar música, y desentenderse de un asfixiante futuro costumbrista. Sibel representa la típica chica presa en sus propias obsesiones instaladas como consecuencia de una rigurosa e implacable educación musulmana. El sentirse presionada por ser la muchacha turca que vive dependiente de sus padres y luego continuar con una empalagosa vida familiar, le resulta repugnante. Akin es muy expresivo en presentar el estilo de vida turco sobretodo por el papel desempañado que tiene la mujer. Le da al matrimonio la suficiente vía de escape para una vida emancipadora aunque esta se debata entre lo promiscuo y lo perentorio. Akin no sobrepasa los límites y hace un retrato contemporáneo de esa tendencia que se presenta como una sutil manera de poder hacer lo que se desea para aquellas jóvenes mujeres que desean romper con el status quo. En una sociedad conservadora, de cuestiones arraigadas, la palabra omnipotente del padre es una ley absurda, fuente que enarbola la frustración. Akin le pasa un plumero a la temática, la airea y le imprime un vistoso manto de modernidad siendo consecuente con las libertades que cada quien desea construir. Al fin y al cabo de lo que se trata es de ir reacomodando las estructuras.
Lo significativo de Contra la pared es principalmente cómo se van sucediendo los hechos. Separada por capítulos para cada etapa de la relación y con una banda de música turca como fondo -la toma es buenísima- desde casi un inicio, la empatía por Cahit y Sebil es increíblemente complementaria. La acción va fluyendo con suma naturalidad y sin tropiezos, la fotografía está magistralmente exhibida desde un concepto lumínico penetrante como simplista. El soundtrack redunda en un inmenso acompañamiento que se entremezcla dentro de una bella disertación de cantos costumbristas turcos gobernados a través de música punk, y sin poder o querer adivinar los hechos que se vendrán, por lo que la sorpresa será más relajante aún. El montaje es espectacular y de los aspectos más llamativos. Entre amor, desamor, violencia, luchas callejeras, asesinatos involuntarios, penas, recuerdos y cárcel, Akin va fumigando los viejos conceptos y los renueva con un aire esperanzador. En este caso, observamos atentos varias escenas delineadas con un particular enfoque, en donde Sebil engaña a Cahit cuando se le place, y como él va mutando su actitud de indiferencia hacia la de un mayor aprecio por lo que Sebil es y no por sus extrañas actitudes hacia él. Cuando el enamoramiento entre ambos es inminente, la percepción de uno como espectador es placentera y nunca de rechazo, ya que Akin tiene un gran sentido de la ubicuidad sensitiva, que muchos podrían tomarlo como efectismos superficiales. Parece magia pero no lo es. Akin usa el séptimo sentido, el del amor que queda impregnado para siempre en el alma. Dentro de este contexto, hay una escena notable donde Sibel y Cahit están a punto de hacer el amor y ella lo detiene, porque sino él -al penetrarla- será su marido, y ella su mujer. En cualquier situación pasional de otro realizador occidental, esa frase que redondea la acción del supuesto rechazo hubiera sido tomada como una actitud que bien se apoyaría en el rito sagrado y enclenque del matrimonio, o verse como una simple actitud cursi de los protagonistas. Acá no. Lo que hace Akin es darse y darnos un baño refrescante de respeto hacia el amor verdadero, ese que no se siente de la cintura para abajo sino que está concentrado en el sentimiento auténtico, ese que queda al descubierto. Una bella muestra de amor entre un hombre y una mujer. Algo hermoso y que Akin sabe transmitir con maestría.
Finalmente, pienso que este film es una de esas sorpresas que pocas veces se encuentran en el reciente cine de autor europeo. Así como la ruleta del destino te sonríe al darte algo que no estaba en tus planes y hacerte feliz, el mismo te lo puede sustraer y volver a demostrarte que no valemos mucho en este mundo plagado de desconciertos. Sea de una forma u otra, ya sea por la inmadurez de los personajes y/o por las consecuencias que estos tienen que pagar por las acciones que cometieron -en lugar de darse cuenta de que lo que realmente buscaban estaba situada en frente de sus narices- su separación es tan obligatoria como tajante... Todo pareciera vislumbrase como un perfecto mecanismo de defensa de aquellos hombres arriesgados que toman un trozo de su propia vida, y lo plasman en pantalla con una naturalidad que deviene en una especie de sinceridad aplastante. Están definidas concisamente todas aquellas vivencias donde existe el amor, pero también la desgracia, y ambas equilibradas en un ritmo y tono adecuados. A Fatih Akin lo salvaguarda muchísimo el hecho de valerse del fino humor negro para que los personajes se relacionen y así hacerlos mucho más accesibles a la historia y para aquellos que la disfrutamos. El amor te alcanza muchas veces de manera insospechada y hasta tonta. Hay que saber arriesgarse en tomarlo o dejarlo pasar. Si lo tomas, aprende a tenerlo y saborearlo, porque es muy probable que se aleje de la misma forma en que se te acercó... He logrado confirmar en estas cuatro magistrales películas de Akin, a un realizador que sabe darle forma y grandeza –y no sólo a poner en acción- las mayores potencialidades expresivas que posee el cine, es decir, la posibilidad de capturar gestos, de recolectar matices, de envasar tonos de voces discordantes, de englobar silencios, de registrar una mirada hipersensible que poco a poco va empañándose en lágrimas o sonrisas. Es una infamia que el cine de hoy en día pueda nutrirse de todas estas ventajas y no lo tomen en cuenta. Solino, Contra la pared, Al otro lado y Soul Kitchen son cuatro ejemplos de exploración de nuestra inentendible realidad. Hasta la próxima.

miércoles, 23 de marzo de 2011

“Carmen in 3D”, una experiencia inolvidable consigo mismo.





















Hace algunos pocos días conversando con una persona allegada, me preguntó lo que pensaba con relación a la película Carmen in 3D. En esos momentos no le pude responder porque ignoraba su exhibición –un descuido imperdonable- en las salas de Lima. Pues bien, anoche 22 tuve la oportunidad de observar la versión de esta fantástica ópera francesa en 3D, y es algo que nadie que se precie de poseer una mínima dosis de sensibilidad artística debería perderse. Quizá no tanto por lo que sugiere como un refugio ideal para la observación cinematográfica –que es válida y está aceptablemente dirigida- sino más bien a través de una experiencia que resulta avasalladora por parte de la tecnología digital aplicada al arte. La descripción de los objetos poligonales, sus tonalidades, texturas, sombras, reflejos, transparencias, refracciones, translucidez, profundidad de campo, desenfoques por movimiento etc. sumados y mezclados con la estructura armónica del sonido musical -tanto de las voces como de la orquesta- son impactantes. No solo estamos ante un clásico dramático de la historia de la música, ni frente a la obra cumbre de Bizet en cuatro actos, tampoco palpitando bajo voces tan extraordinarias y envolventes que emergen de gargantas privilegiadas como las de Bryan Hymel, Christine Rice y Maija Kovalevska, o embrujados por lo inmensamente seductor y prohibido de un personaje como el de la cigarrera gitana Carmen. El 3D full HD nos introduce en el medio de esta puesta en escena de forma tal que resulta deslumbrante y admirable, la belleza rodeando nuestros sentidos. El hecho de ser filmada con varias cámaras 3D hace posible el antojo, y nos va llevando poco a poco a que interactuemos –cada quien en su espacio y tiempo- con los protagonistas, trama, escenarios, circunstancias, atmósferas etc. A lo que se juega el realizador inglés Julian Napier es insertarnos ya no en dos planos superficiales –el sonoro y el visual- sino en una tercera dimensionalidad que es nuestra presencia física y mental en tanto y cuanto estemos predispuestos a sentirla como parte del espectáculo. No podría explicar con exactitud a qué se puede deber esa sensación que lo hace a uno participar del evento pero si me quedé con la idea de haber formado parte de una historia donde uno puede involucrar en sus propias contradicciones emociones tan contrastantes como la tragedia y la comedia al más puro estilo griego. Ayuda mucho la música –el preludio del primer acto es de una intensidad mágica- en cuanto a su orquestación ya que resulta sumamente expresiva, elegante y hasta conocida –me refiero a los que no sabemos mucho de ópera-. Quizá lo cuestionable es no haber hecho un preámbulo con los artistas preparándose para salir a escena, interactuar con los músicos o instrumentos en funciones y un “detrás de cámara” posterior. Eso le hubiera dado más familiaridad al conjunto y tal vez la convocatoria –incluída la promoción- hubiera podido ser masiva. En la sala éramos ocho personas, y es una obra para llenarla sin ningún tipo de problemas. Ojala la puedan repetir alguno de estos días. Más que una gran película es una experiencia inolvidable consigo mismo.