domingo, 24 de abril de 2011

“The Burning Plain”, triangulando tragedias y resurrecciones.














































El cine ha sido y será un arte aglutinador de verdades pequeñas, y cuando se le ha pretendido abordar desde un paradigma cosmogónico o mercachifle de ideas evangelizadoras, su ingenio revelador pierde naturalidad. Como reza fríamente el dicho, los que mucho abarcan poco o nada es lo que aprietan, y en las variadas oscilaciones cinematográficas es preferible tener los pies bien puestos sobre la tierra para construir atmósferas narrativas que postulen a la congruencia y no apuntarle campantemente al disparate. Los directores que dominan el cómo contar historias que despierten pasiones -y también redactarlas- tienen que sostenerse en una cualidad que resulta inevitable: situarse en el lado de la observación pertinaz mucho más que en el del efectismo adefesiero... Hace más de una década tres cineastas mexicanos decidieron marchar rumbo a Hollywood y desplegar credenciales. Alfonso Cuarón y su comedia romántica "Solo con tu pareja" -luego vendrían Great Expectations, Children Of Men y Harry Potter 3- Alejandro González Iñárritu y su "Amores perros" -luego hizo Babel y la notable 21 Grams- y el superdotado Guillermo Del Toro con "Cronos", "El espinazo del Diablo" y luego la espectacular "El laberinto del Fauno" -en el ínterin deslumbró con Blade 2 y Hellboy 1, 2 y ya está filmando la 3- además de actores, fotógrafos, escritores, músicos, técnicos etc.; conformaron algo bastante cercano a una “armada invencible” que cautivó al mundo globalizado con un estilo de elaboración avispado, que sugería posturas renovadoras, además de una respuesta visual fresca y en algunas casos fascinante, un envidiable ensamblaje argumental, y géneros hábilmente entrelazados. Se consolidaron, ganaron reconocimiento, recaudaron como nunca, y hasta hoy, pese a celos que parecen estar permitidos, siguen vigentes. Atrás quedaron esos viejos tiempos donde los vínculos entre largometrajes de ambas fronteras promovían parangones, y especialmente confrontaciones a través de las películas del Oeste... Hoy nos encontramos -siempre tarde aunque esta vez oportunamente- con el estreno en Lima de la ópera prima de quien es uno de los mejores guionistas que ha dado Latinoamérica: me refiero a Guillermo Arriaga. Pone en cuestión -con sanguíneas intenciones- una secuela de sensibilidades femeninas titulada The Burning Plain. La poco imaginativa traducción que se ha hecho para nuestro mercado -Corazones ardientes- resulta patética. Este mexicano -autor de sólidas novelas como "Un dulce olor a muerte" y "El búfalo de la noche"- traslada a la pantalla su propio guión expandiendo la tendencia de insertarse en nuestras mentes con personajes fraguando al límite, escindidos a través de parentescos obsesivos, y fragmentando la línea cronológica de su relato tanto en tiempo como en espacio, acercándose a lo que escribió para Amores perros, 21 Grams, Babel y en su paisaje, a la áspera The Three Burials of Melquíades Estrada. Quizás Arriaga no posea la intensidad, pulso y nervio que demostró un audaz González Iñárritu en su momento, ni lo violento, tenso y sobrecogedor de su impronta narrativa -también de su arquitectura técnica- pero la usanza dramática que se nos plantea con complejidad sitúa claramente su anclaje rítmico triangulando entre tragedias y resurrecciones, y esas travesías que imparten dolor moral revestidos por un manto de esperanza, sumado a una perenne sensación de inestabilidad siempre nos resulta atractivo observarlas. No comparto la opinión de aquellos críticos que han encapsulado este buen film como una “copia certificada”. Es sabido que la diversidad temática en la cinematografía se ha nutrido siempre de lo mismo, y lo interesante no resulta la historia en sí sino la forma de bosquejarla y luego comunicarla. El mexicano tiene un locuaz estilo para dirigir, y no es mera casualidad que en el Festival de Venecia de 2008 haya sido ovacionado un largo rato por un público que conoce al monstruo más por dentro que por fuera. Arriaga hizo algo quizá común pero nada fácil: se atrevió de pasar de una especialidad a otra y lo ha hecho con fino proceder.

El mexicano hace funcionar la maquinaria existencial de cuatro mujeres -en realidad de tres pero en tiempos distintos- cuyos destinos son proclamas punzantes que se mueven rebotando entre la duda, la desesperación y lo involuntario. El punto en común que envuelven sus historias es el amor, entendiéndose este como expresiones particulares de cada quien. La bella Charlize Theron -siempre sobria- es el elemento puente que Arriaga utiliza para dibujar el esbozo inicial. La pinta resueltamente como una mujer que carece de autoestima, amoralmente ejercitada a sostener relaciones esporádicas con hombres que le apetecen en lo sexual, sea un compañero de trabajo, un empresario exitoso o un desconocido cualquiera. A esta necedad púdica, Arriaga le agrega un condicionante muy bien pensado con la finalidad de suponer y/o imaginarse el tormento que la dominó en el pasado: Charlize es una mujer solitaria a quien le place infligirse dolor por culpas pendientes. Pero ella no representa a una mujer del montón. Es una dedicada profesional encargada de un influyente restaurante en Oregon. Su afable comportamiento para con los distinguidos comensales dista de su conducta enfermiza... Al mismo tiempo, pero en un lugar lejano -más precisamente en un poblado de México- una niña huérfana de madre, de 12 años, vive feliz ayudando a su padre y su mejor amigo, hasta que un accidente aéreo lo trastoca todo. Habría que resaltar que este tramo del film es muy interesante aunque le aporta menos al conjunto de los otros tres. Arriaga no se equivoca y lo utiliza como un anzuelo justificatorio para postular un desenlace conveniente... Algunos años antes, en una ciudad fronteriza, dos jóvenes adolescentes luchan por sacar adelante una relación amorosa insospechada luego que sus padres tienen una muerte repentina dentro de un remolque, provocada por una explosión. Mientras tanto, y en paralelo, un ama de casa -una magnífica Kim Bassinger- vive con su marido e hijos pero también se endosa a las redes secretas de la tentación romántica y el adulterio. En medio de tenerlo todo y nada a la vez, se embarca en una aventura con un hombre mayor y de menor estrato social -la referencia del primer y tercer mundo están expuestos con solidez y sin menosprecio- que le proporciona afectivamente lo que no consigue en casa. Ella guarda un secreto, que consigue liberar a través de la cálida comprensión de su amante. Su hija -la joven actriz Jennifer Lawrence, a quien disfrutamos en "Lazos de sangre"- juega un papel clave en el desarrollo de la historia. Pero el personaje que llama más la atención por su trascendencia a lo largo de todo el enlace argumental es la notable fotografía de Robert Elswit. Los paisajes, el mar, los acantilados, el árido desierto, los campos de maíz y demás son espectaculares. Hay planos seductores en donde Arriaga incorpora una composición en los que interactúan con delicada plasticidad solo personas y el horizonte infinito. La belleza de su cinematografía también esta aliada con otro elemento destacado: la ecléctica BSO del alemán Hans Zimmer y del guitarrista puertorriqueño Rodríguez-López. Ambos instalan con precisión pequeños cortes que acompañan la mayor parte de escenas en donde se ausentan los diálogos. Estén muy atentos a la guitarra eléctrica de Rodríguez-López especialmente en aquellas tomas de los desiertos. También se tiene que destacar la parte de edición de sonidos y montaje, y una muy buena dirección artística -pese a sus limitaciones- que aúnan el conjunto. Si me permiten algo acerca de las interpretaciones, la Theron y la Bassinger hacen lo correcto y lucen sus diversos atributos. Pero la que de alguna manera las opaca es Jennifer Lawrence, quien está más involucrada en el personaje que pretende Arriaga. Tessa -la niña de 12 años- cumple acertadamente, y los secundarios varones están limitados por el argumento aunque no lo hacen mal. Lo demás luce bastante prolijo.

Para finalizar, el mexicano Guillermo Arriaga -pasa de unos amores perros a unos cautivos- excepcional escritor de guiones, y hoy un cineasta consecuente, intenta reafirmar su identidad y lo logra a través de una historia hilvanada a otras en donde activa los motores de una genuina sensibilidad femenina que emerge como una pléyade de energías vitales y que se atraviesan en dimensiones antagónicas. Lucen intactos aquellos dramas personales en los que consigue vincular el antes y el ahora como un arduo mecanismo de relojería. Su sello personal está presente en todo momento vadeando un relato extremo y durísimo, no solo cargado de dramatismo sino de humanidad; personajes que, quizá sin proponerselo, son acosados por la coincidencia, por la sucesión de hechos que ya sea por accidente o por los designios del azar, contrastarán sus vidas al borde de un precipicio moral. Mujeres que lucen atrapadas en lo vetusto del transcurrir, que les cuesta un mundo asumir sus roles actuales, pero que tienen el mérito de atreverse a enfrentar con estoicismo sus espantos buscando la manumisión de sus actos. Arriaga no cae en el disparate ni en la cosmogonía, y refrenda con la más que apreciable puesta en escena de The Burning Plain, su genial pluma.

lunes, 18 de abril de 2011

"Roman de Gare", acidulado retrato del retruécano y lo arcano.














































El sábado por la noche asistí a la sala azul del CCPUCP y me llevé una grata sorpresa. Sabía que estrenaban una película del hoy septuagenario realizador Claude Lelouch, titulada Roman de Gare. Me dijeron que iba a estar en cartelera toda esta semana así que aprovechen en verla que bien vale la pena. Es mejor film que Carancho que se ha estrenado en el circuito comercial... Lelouch complementa el camino recorrido por sus compatriotas Jean-Pierre Melville -Le cercle rouge y Le deuxiéme soufle- René Clemént y su Plein soleil o el legendario Claude Chabrol con La femme infidèle. Este hacendoso francés se enfrentó frontalmente al movimiento de la “ Nouvelle vague” y jamás la reconoció como “un antes y un después” del boom cinematográfico de su época. Es más, dijo que Godard hacía cine para sí mismo -como la mayoría de críticas que ejerció en su momento- y no para que el pueblo lo disfrutase. Lo llamó un cineasta anodino e ininteligible. Afirmó -con suficiente razón- que absolutamente todos los espectadores suelen ser potenciales cineastas ya que sus ojos son la mejor cámara, sus oídos la mejor acústica y sus cerebros la mejor máquina para editar. Quizá con el único cineasta de su generación que congeniaba era con Chabrol, a quien siempre lo calificó como un hombre decidido y auténtico... Lelouch tiene en su haber notables películas como la premiada -Oscar y Palma de Oro- Un homme et une femme, un verdadero clásico del cine de género que descansa con solidez en la esencia del romanticismo dramático en extremo. Su asombrosa puesta en escena, dos artistas que empataban a la perfección -Anouk Aimee y Jean-Louis Trintignant hicieron de sus miradas una explosión de sentimientos- y una inolvidable historia acerca de segundas oportunidades -o de una sumatoria de soledades- conformaron para su tiempo una obra inconfundible. Hizo una segunda versión veinte años después con la misma dupla actoral pero sin lograr su propósito aunque los recuerdos se permiten aflorar al visionarla. Lelouch incursionó con éxito en la comedia costumbrista francesa de aquellos ambiguos años setenta a través de la sardónica L'aventure, c'est l'aventure, película en la que una pandilla de cinco desfachatados aunque seductores compañeros de aventuras se empiezan a sentir fuera del sistema y resuelven que la manera más cómoda -y sobretodo lucrativa- de delinquir, radicaba en el secuestro de políticos y personajes famosos. Ya sabemos que el humor francés se distancia del yankee pero acá diera la impresión de acercarse levemente. Toute une vie, es otro apreciable film del francés. Tiene casi el mismo corte que Un homme et une femme pero está más inclinada a la compostura nostálgica de gélidos y mustios personajes, una imagen fidedigna de aquella sociedad cimentada en lo puramente material, en donde las preferencias de unos colisionan con las necesidades emotivas de los otros. Sin embargo, Lelouch se da maña para diseccionar con innegable maestría varias historias íntimamente amarradas a un trasfondo que no deja caer nunca en lo incorpóreo de lo que significa la esperanza humana. También realizó una estupenda película –para mí su obra mejor combinada- entrados los años ochenta, Les uns et les autres, es una extensa y madura propuesta donde se entromete con pulso firme en una gama difícil de ejecutar: la comedia dramática con fondo musical y bélico. El francés reúne a través de cuatro fábulas distintas en cuatro países también disímiles, un estilo de cinematografía no fácil de poder seguir y sopesar luego. La película contiene diversidad de matices en sus personajes y escenas hondamente infrecuentes que transitan a través de un recorrido de aprox. cincuenta años de efemérides -pasando por la segunda guerra mundial- en EEUU, Francia, Rusia y Alemania. Utilizando atinadamente la voz en off para algunas batallas o acontecimientos históricos conocidos, Claude Lelouch se da tiempo y espacios para conseguir un incitante equilibrio de sensaciones entre el guión que él mismo escribe y el refinadísimo aporte melódico de Francis Lai y Michel Legrand. Si observan esta película estén atentos tanto a la marcha militar de los soldados alemanes cuando invaden Paris como al desenlace inmejorablemente envuelto por la música del “Boleró” de Maurice Ravel. Finalmente, habría que rescatar el film Les miserables –con Jean-Paul Belmondo- una versión libre de la novela de Victor Hugo trasladada al siglo XX. Si bien es cierto el telón de fondo que coloca Lelouch es nuevamente el de la segunda guerra mundial, su impronta la va conduciendo por los caminos del cine histórico, tan valorado en este blog... La obra de Claude Lelouch es más vasta de lo que acá se pretende explicar, y con otras muchas aristas pero lo sustancial que puedo percibir es el aporte del cine de género y sus variadas emulsiones o mixturas que sitúa en los confines del entendimiento popular. Lo que quiere demostrar el francés es que el cine no necesita complicarle la existencia a aquel espectador que puede comprender una historia tanto como disfrutarla. El ejemplo más palpable es justamente Roman de Gare, un fresquísimo y aglutinante abordaje del cine negro y el de suspenso europeos, con inteligencia y sencillez.

Roman de Gare -novelas ligeras o best sellers apropiados para leerse durante un viaje largo en tren o en avión- constituye un apacible film en donde Claude Lelouch fabrica un cóctel con fino sabor de sus más influyentes vaivenes cinematográficos en dosis bien calculadas, perfectamente amalgamadas y que se van sustituyendo entre lo impensado e incluso hasta lo fácilmente previsible. Pero este calificativo no le resta interés a la historia ya que hilvana de tal manera los nudos de acción así como sus desacordes personajes que en realidad lo que uno aprecia es un refinado ejercicio de estilo acerca de la vampirización que ejercen ciertos novelistas para nutrir su obra literaria. Ya habiamos comentado hace algunas semanas El escritor oculto de Polanski, donde el gasto de la trama la asume un componedor de textos -llamado negro o fantasma- que tiene que hacer digerible para los lectores las memorias de un ex-primer ministro. El judío-polaco coloca con picardía un motivo político contrapesado por una mafia tapada pero descubierta al fin. En este caso, Lelouch tiene otra visión -quizá algo más auténtica que la de Polanski- del negocio literario y sus consecuencias. Para él quizá hasta Vargas Llosa o el mismo Dumas podían haber tenido detrás ya no un arreglador de textos sino a un talentoso creador que ha aceptado permanecer en el anonimato por cuestiones mercantilistas. Lelouch parece anclar por momentos en un falso policial, donde se obliga a delinear un personaje que represente la mentira o la simulación. El papel no podía estar en mejores manos que una actriz de la exquisitez que encarna siempre Fanny Ardant, a contramano con la impavidez de un mohíno Domenique Pinon -estupendo actor secundario- que pasa a ser el artífice no solo del arrepentimiento sino el autor premeditado de un suicidio de última hora. Estos dos mecanismos humanos sumados a un bello y desaforado personaje femenino llamado Huguette -una peluquera que trabaja en un afamado salón parisino- regiamente interpretado por Audrey Dana, cierran un triángulo de miserias, engaños y lealtades. De la forma en que Lelouch plantea la historia, todos parecen vincularse con un asesino violador y pedófilo que ha escapado de prisión. Un argumento que resulta trillado pero que Lelouch se encarga vistosamente de desvirtuarlo y que lo reinventa oscureciéndolo con certeza e intriga. Lo cierto es que los personajes van mutando de la mano con sus historias y la prédica se va inclinando al acontecer sostenido por el albur. Lelouch -como no podía ser de otro modo- no sólo centra su plot en las relaciones que enfrentan sus acomplejados personajes sino que los recrea en diversas facetas abiertas y específicas bien sean familiares, de pareja, madre e hija peleadas, desapariciones, romances inesperados etc., con la parsimonia requerida y jugando adecuadamente con claves efectistas como la magia. El francés no apura las cosas sino que las va habituando para que nosotros podamos concebir nuestro desenlace y respuestas. Roman de Gare es un solaz entre realidad y ficción pero que posee su propia estructura de afectaciones. La película escarba en lo inhumano que muchas veces se sustenta en los nefastos avatares de la creación literaria, que cuando se transforma en inexcusable, se enreda en el fraude para alcanzar resonancia y fama. Lelouch tantea y revuelve el thriller convencional yankee para estabilizarlo dentro de una composición más llevadera. Al francés no le interesa mucho hacer una obra maestra sino en divertirse con una historia plagada de apariencias con la consabida dificultad que supone desterrar mitos o leyendas urbanas. A una edad donde le importa poco o nada lo que verdaderamente importa, Lelouch nos sopla la nuca y nos dice que una vez que se alcanza la gloria o el fracaso, es imposible demostrar lo contrario. Este ilustre pensador y narrador francés, retrata con inusitada acidez el mundo de la ambigüedad y el enigma.