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El mexicano hace funcionar la maquinaria existencial de cuatro mujeres -en realidad de tres pero en tiempos distintos- cuyos destinos son proclamas punzantes que se mueven rebotando entre la duda, la desesperación y lo involuntario. El punto en común que envuelven sus historias es el amor, entendiéndose este como expresiones particulares de cada quien. La bella Charlize Theron -siempre sobria- es el elemento puente que Arriaga utiliza para dibujar el esbozo inicial. La pinta resueltamente como una mujer que carece de autoestima, amoralmente ejercitada a sostener relaciones esporádicas con hombres que le apetecen en lo sexual, sea un compañero de trabajo, un empresario exitoso o un desconocido cualquiera. A esta necedad púdica, Arriaga le agrega un condicionante muy bien pensado con la finalidad de suponer y/o imaginarse el tormento que la dominó en el pasado: Charlize es una mujer solitaria a quien le place infligirse dolor por culpas pendientes. Pero ella no representa a una mujer del montón. Es una dedicada profesional encargada de un influyente restaurante en Oregon. Su afable comportamiento para con los distinguidos comensales dista de su conducta enfermiza... Al mismo tiempo, pero en un lugar lejano -más precisamente en un poblado de México- una niña huérfana de madre, de 12 años, vive feliz ayudando a su padre y su mejor amigo, hasta que un accidente aéreo lo trastoca todo. Habría que resaltar que este tramo del film es muy interesante aunque le aporta menos al conjunto de los otros tres. Arriaga no se equivoca y lo utiliza como un anzuelo justificatorio para postular un desenlace conveniente... Algunos años antes, en una ciudad fronteriza, dos jóvenes adolescentes luchan por sacar adelante una relación amorosa insospechada luego que sus padres tienen una muerte repentina dentro de un remolque, provocada por una explosión. Mientras tanto, y en paralelo, un ama de casa -una magnífica Kim Bassinger- vive con su marido e hijos pero también se endosa a las redes secretas de la tentación romántica y el adulterio. En medio de tenerlo todo y nada a la vez, se embarca en una aventura con un hombre mayor y de menor estrato social -la referencia del primer y tercer mundo están expuestos con solidez y sin menosprecio- que le proporciona afectivamente lo que no consigue en casa. Ella guarda un secreto, que consigue liberar a través de la cálida comprensión de su amante. Su hija -la joven actriz Jennifer Lawrence, a quien disfrutamos en "Lazos de sangre"- juega un papel clave en el desarrollo de la historia. Pero el personaje que llama más la atención por su trascendencia a lo largo de todo el enlace argumental es la notable fotografía de Robert Elswit. Los paisajes, el mar, los acantilados, el árido desierto, los campos de maíz y demás son espectaculares. Hay planos seductores en donde Arriaga incorpora una composición en los que interactúan con delicada plasticidad solo personas y el horizonte infinito. La belleza de su cinematografía también esta aliada con otro elemento destacado: la ecléctica BSO del alemán Hans Zimmer y del guitarrista puertorriqueño Rodríguez-López. Ambos instalan con precisión pequeños cortes que acompañan la mayor parte de escenas en donde se ausentan los diálogos. Estén muy atentos a la guitarra eléctrica de Rodríguez-López especialmente en aquellas tomas de los desiertos. También se tiene que destacar la parte de edición de sonidos y montaje, y una muy buena dirección artística -pese a sus limitaciones- que aúnan el conjunto. Si me permiten algo acerca de las interpretaciones, la Theron y la Bassinger hacen lo correcto y lucen sus diversos atributos. Pero la que de alguna manera las opaca es Jennifer Lawrence, quien está más involucrada en el personaje que pretende Arriaga. Tessa -la niña de 12 años- cumple acertadamente, y los secundarios varones están limitados por el argumento aunque no lo hacen mal. Lo demás luce bastante prolijo.
Para finalizar, el mexicano Guillermo Arriaga -pasa de unos amores perros a unos cautivos- excepcional escritor de guiones, y hoy un cineasta consecuente, intenta reafirmar su identidad y lo logra a través de una historia hilvanada a otras en donde activa los motores de una genuina sensibilidad femenina que emerge como una pléyade de energías vitales y que se atraviesan en dimensiones antagónicas. Lucen intactos aquellos dramas personales en los que consigue vincular el antes y el ahora como un arduo mecanismo de relojería. Su sello personal está presente en todo momento vadeando un relato extremo y durísimo, no solo cargado de dramatismo sino de humanidad; personajes que, quizá sin proponerselo, son acosados por la coincidencia, por la sucesión de hechos que ya sea por accidente o por los designios del azar, contrastarán sus vidas al borde de un precipicio moral. Mujeres que lucen atrapadas en lo vetusto del transcurrir, que les cuesta un mundo asumir sus roles actuales, pero que tienen el mérito de atreverse a enfrentar con estoicismo sus espantos buscando la manumisión de sus actos. Arriaga no cae en el disparate ni en la cosmogonía, y refrenda con la más que apreciable puesta en escena de The Burning Plain, su genial pluma.












































