sábado, 28 de mayo de 2011

"The Adjustment Bureau", entre puertas y sombreros.





































Muchas de aquellas percepciones y/o vacilaciones de lo que el ser humano se ha encargado de mitificar con respecto a su destino –como un evento basado en el libre albedrío y/o el determinismo- han encontrado un buen filón para los actuales productores de films norteamericanos. The Adjustement Bureau intenta –sin profundizar ni fijarse objetivos claros en el vaivén de su premisa- transitar por los infiernos de lo inextricable como buscó no hace mucho Christopher Nolan a través de su arbitraria Inception. El innovador director de las últimas versiones de Batman lo hizo utilizando en forma invasiva a un manipulador de decisiones ajenas -a través de los sueños- mientras que acá la cosa es directa y sin tanto truco. Y es justamente en el trucado donde se almacenan las mejores posibilidades de armar una historia que salga de lo común. Hay un puñado de seres casi uniformados, bien al sombrero -Los agentes del destino- venidos de algún sitio impreciso que manipulan a vista y paciencia de su presa sus acciones futuras para un supuesto beneficio de un mandamás y su emblemática organización o del propio sacrificado. El plan maestro es la base de todo su proceder y no hay posibilidad de desviación cuando ha sido trazado, y puesto en funcionamiento. La idea no parece ser descabellada recrearla más aún a sabiendas que los terrícolas nos dedicamos diariamente a hacer lo mismo cuando incursionamos en nuestras tareas laborales. Obviamente hay alguna que otra diferencia –todos quieren mandar y no ser mandados- pero en esencia siempre nos movemos alrededor de esa compleja perspectiva de los hechos cotidianos donde la balanza se inclina hacia la duda existencialista de ¿¿Porqué estamos donde estamos?? o ¿¿Hacia donde nos estamos dirigiendo?? No vamos a integrar al post lo religioso porque pisaríamos terrenos metafísicos que muchos no necesitamos comprender. Los yankees son pillos y aunque no lo explicitan es innegable que ponen el dedo en esa llaga hirviente que significa la fe como un estímulo individual o la creencia en Dios como el ser –para quien no existe pasado, presente ni futuro- que gobierna nuestros destinos. Y aunque parezca una buena broma el estilo con que nos quieren dar a entender una postura algo tibia para los tiempos que corren, es a través de las convenciones que engloba el cine fantástico, y especialmente de una intensa historia de amor que es lo que finalmente se embucha al entramado de la ciencia-ficción. El pretexto de que si poseemos o no el tan mentado libre albedrío resulta totalmente opacado junto a una aventura estruendosamente romántica que a su vez tiene en el flechazo inicial o amor a primera vista su baza indestructible. No es por cierto la primera ocasión en que vamos al cine con la finalidad de espectar algo que vimos en un trailer seductor y nos encontramos con otra verdura. Los gringos saben disfrazar con pericia sus blockbusters y crear la necesidad del consumo. Somos nosotros los que “pisamos el palito” y en todo caso merecido lo tenemos. Hoy en día, con lo contrariado que se encuentra el cine comercial yankee -de acuerdo a las estructuras de la cultura de la “comunicación virtual”- no le queda más remedio que apostar por un espacioso y multifacético acopio de “géneros combinados” sobre cuyo ordenamiento no es dificultoso reconocer utopías, pesadillas y hasta temores que gravitan inconcientemente sobre nosotros. La cuestión es que no nos den siempre la misma medicina para una enfermedad distinta. No soy mucho de cuestionar los films que comento pero esta vez creo que el tema daba para más. En fin, trataré de dar una opinión razonable.

The Adjustement Bureau trata acerca del poder que poseemos los individuos de elegir y tomar decisiones racionalmente pensadas, y también de aquel otro poder que tienen muchos otros –o uno en particular- de acceder a manejar las mismas. George Nolfi –guionista y director- postula ambas premisas de forma clara pero no contundente. Ahí está el problema. Nuestros deseos tienen que llegar a cumplirse así se intrometan personas o situaciones interesadas. “Mira pero no toques”, “toca pero no pruebes”, “prueba pero no tragues” etc., son dichos populares impositivos que no deberían –lo pongo en condicional- formar parte de nuestra libertad para llevar a cabo lo que creemos oportuno hacer. El controlismo puede ser importante, jamás esencial. Pero no todo es color de rosa. La trama va recorriendo la relación casual –ojo con este término cuando observen la película- entre dos personajes –Matt Damon y Emily Blunt- que siendo seres totalmente opuestos –Damon es un político fracasado y Blunt una talentosa bailarina de ballet- se encuentran en el baño de varones de un lujoso hotel en una fecha especial. Ahí es donde se empiezan a tejer las contradicciones de un enamoramiento que surge de una manera no solo intempestiva sino forzada y hasta tonta. Cierto es que la vida es una sucesión de problemas y que el éxito relativo consiste en buscar resolverlos para que aparezcan otros, y así sucesivamente, pero en este caso el punto de arranque no resulta el apropiado. Acá hago un paréntesis... La libertad de elección y también la de acción siempre van sujetas a determinadas reglas o leyes. Por ejemplo, en nuestro país, es el Estado, a través de los congresistas -que nosotros mismos elegimos con verguenza y dolor- los que montan un tipo de constitución cuyo objeto principista es regular el comportamiento de personas y entidades -que no lejos de utilizar su libre albedrío- buscan vivir ordenadamente y en paz. Pero, todo resulta relativo en las cuestiones de elegir o tomar decisiones. Desde antes de nacer, nuestros padres eligen por uno; lo hacen con nuestro nombre, a qué hora o qué es lo que debemos desayunar, almorzar y comer, vale decir, nos acostumbran a una rutina de desarrollo –o quizá estancamiento- aplicándonos el aprendizaje por repetición. Somos totalmente dependientes de un plan maestro. Luego, vamos creciendo, y nos conducen a través del aprendizaje por impacto; tenemos que asistir al colegio porque debemos de ser alguien en la vida. Cuando uno alcanza la mayoría de edad, nos suelen aplicar el concepto del aprendizaje por convicción, y ahí recién uno se encuentra con la posibilidad de decidir por cuenta propia qué aprender o qué hacer con su vida. Por lo tanto, ya venimos al mundo bajo ciertos patrones de conducta externos, y nada de eso supone estar escrito de antemano. La idea de que todos tenemos un destino planificado, pero que tenemos el poder de modificarlo si somos persistentes o si luchamos por aquello que queremos, es algo que resulta motivador en la ficción. ¿¿Pero, es cierto en la realidad?? Se puede debatir en miles de foros y nunca vamos a estar de acuerdo. Unos dirán que sí –que ya venimos con una misión predeterminada- y otros ceñirán sus vivencias a las decisiones según criterios de oportunidad. Pues bien, lo más interesante de una película expuesta como Los agentes del deseo sería el haber intentado plantear una historia bajo una premisa explicativa que indague de manera más profunda en aquella sensación de que no existe el libre albedrío porque la humanidad representa una especie destructiva, y que cada quien busca proteger sus intereses a como diera lugar. Pongo este ejemplo porque ese es exactamente el contexto en donde debería haber descansado la historia de Nolfi, a través de sus personajes interconectados en su libertad de elección y no simplificarlo todo en un tema entretenido pero muy liviano como un juego de enamorados –o de un amor imposible- perseguidos graciosamente por una especie de justicia divina, manipuladora pero fallida. Ese criterio me resultó facilón y efectista. No digo que no me entretuvo pero no me hizo pensar, y eso es lo principal cuando se aprecia la temática de un film que plantea una casuística polémica. Nolfi prefirió recrear el libre albedrío envuelto en una melancólica relación de pareja, que buscar desarrollarlo con alguna postura que nos haga presa de la reflexión. Porque incluso las palabras en off del final -luego de simbolizar correctamente la unión matrimonial- me parecieron moralina de mercado y completamente fuera de lugar. Lo que sí resulta elaborado con un mejor criterio es el baño conspirativo-paranoico –muy propio del escritor Philip K. Dick- que Nolfi imprime a través del grupo de agentes de ajuste que le tratan de dar vuelta a la vida del personaje de Damon. Esa argumentación –tanto en lo narrativo como en lo estético- si tiene de donde cogerse porque resultan ser personas de buenas intenciones pero que fungen de radicales anti-héroes. Es decir, se posicionan como un contra-argumento diseñado para contrarrestar al héroe del film trabándole sus aspiraciones a ser feliz colocando un poderoso cebo que incluso prueba su lealtad hacia el ser que ama: llegar a ser Presidente de los EEUU. En relación a los actores, me pareció que Damon no impresiona por su estilo interpretativo ni por sus diversos matices sino por su excepcional comportamiento corporal. Fíjense en como utiliza las manos, sus posturas de político joven desorbitado y hasta una gestualidad que siempre está en consonancia con las diferentes facetas en que se ve envuelto. Es un actor de películas de acción claramente consolidado. Emily Blunt es una buena actriz pero no tiene ese carisma que le permita ser creíble al 100%. Su sonrisa es sobre-actuada y en este nivel no puede suceder. Siempre estaba por debajo de Damon y no acompañándolo al mismo nivel. Es muy bella pero no le llega aún esa película donde sorprenda y nos quede en la mente. Otro tema sobre los protagonistas es que no logran empatizar del todo. Hay química, sí, pero solo en contados pasajes. No son una pareja que se complemente a un nivel que seduzca. Los secundarios están bien, salvo Terence Stamp que me parece un policía de transito peruano. La fotografía sí me gustó, la disfruté y me sedujo. Los efectos son simples pero aportan lo suyo. Lo que sí hay que reconocerle a Nolfi es que sabe filmar. No sé si combina tan bien los géneros –aunque la mezcla resulta entretenida y no cursi- pero le observé muchas debilidades que no tenían porqué estar ahí. Finalmente, si quieren ir a ver una historia de amor o un thriller vale la pena. Si –como yo- esperaban algo más que eso, no pisen el palito... Quería recomendarles el film Submarino del danés Thomas Vinterberg -el mismo de La celebración-. De aquellos dramas que te dejan una marca imposible de borrar.

lunes, 23 de mayo de 2011

"La Jeteé", imágenes de la vida en un mundo muerto.


































Esta vez intentaremos hacer algo diferente. Saltearemos la cinematografía entendida como una sucesión de fotos en movimiento para refugiarnos en su antítesis. No es fácil el análisis que hago aunque espero que les resulte llamativo, y se interesen en conseguir el film... Las primeras incursiones del argüido y extravagante escritor-fotógrafo francés Chris Maker en la pantalla grande revelaban variopintos estilos de historias de viajes y aventuras culturales más que simples documentales turísticos o ensayos cinematográficos. Lo bautizaron con el alias de “un entusiasta cautivador”. Ya era en ese entonces un virtuoso del proceso de edición tanto de imágenes, textos, y más adelante de la música, pero sobre todo del montaje de las ideas impuestas a través de trazas elegantes incluidos atajos y referencias que resultaban asombrosas. Sus intenciones no eran comunes y revelaban cierto exceso de arbitrariedad para la época. Se le miraba con cautela porque se salía de lo rutinario y convencional. Sin embargo, notables documentales como Dimanché a Pekín, Leerte de Sibérie, Description d’un combat justificaban una narrativa que supo experimentar a través del cinéma-vérité aunque sobrepasando sus fronteras. Su primer obra influyente en sus comienzos se remite a el cortometraje Les status meurent aussi, co-dirigido junto a Alain Resnais, quien, al lado de Marker y Agnès Varda formaba el núcleo de la llamada Rive Gauche –en contraposición con la Nouvelle Vague-. Les status meurent aussi fue una obra pionera del anticolonialismo y como tal influencia vital en el desarrollo del cine francés. También abordaba su interés por films de intervención social y política realizándolo en la incomprendida Le fond de l’air est rouge, una revisión desencantada de los mitos populares menos difundidos de aquellos tiempos. Quiso representar un canto afligido y frustrante de una generación que se propuso llevar a cabo una verdadera revolución pero fue vapuleada sin pausa por sus adversarios, la misma sociedad, y dividida por disputas internas. Chris Maker ha centrado sus propuestas exclusivamente enfocadas por la acritud de la toma inmóvil. Así lo demuestra en Si j'avais quatre dromadaires, un documental a partir de fotografías que había tomado en 26 países distintos. También deberíamos sumar el homenaje a su colega francesa Denise Bellon en Le souvenir d'un avenir. Maker le da movimiento temporal a lo inamovible dentro de nuestras mentes. Aplica este mismo principio a su primer film de ficción, el mediometraje La Jetée –que comentaremos- un relato breve donde evoca a la ciencia-ficción, y en el que todas sus imágenes, a excepción de una, se componen por tomas fijas. Luego, en el film Sans Soleil, revela su interés por las novedosas técnicas de producción aplicadas a la imagen. Una clara reflexión sobre el olvido y la memoria a partir de documentos recopilados sobre Guinea-Bissau y Japón. No estamos ante un cineasta que pueda ser comprendido con facilidad pero vale la pena observar su obra porque esta es auténticamente referencial.

En cuanto a La Jetée, este cortometraje de tan solo 28 minutos –considerado como avanzado para su época- es un elemento clave del cine moderno sumada su reflexión al interior de la imagen que confluye en la creación de una ingeniosa propuesta bajo el prisma de una visión futurista que penetra con hondura en la época de la ciencia simulada. Pero quizá su mayor contribución se relaciona con la invención de nuevas alternativas para la imagen. Chris Marker se inclina por una estrategia visual que nos transmuta, más que a lo primigenio de la imagen, hacia su inapelable relación con el collage, comprendiendo el sentido que toma la imagen a través de un aspecto que resulta ya familiar en su propia construcción. Marker aprovecha esta condición casi informativa -de allí que sea el tipo de cineasta al que se pretende imitar para entenderlo- ya que es imposible plagiar su obra tanto por su duración como por su formato de fotografía-fija, no sólo porque sería demasiado evidente sino porque algo en ella parece permanecer inalterable y vigente, y esto es lo que la convierte en un bocado sumamente atractivo. La Jetée ha sido alojada en el género de la ciencia-ficción quizá por su tratamiento sobre el viaje a través del tiempo; sin embargo, es ciertamente difícil comprender hasta qué punto su narrativa resulte futurista pese a su procedencia literaria en la que quizá es mas claro el género al que aspira, ya que no es una película de ciencia ficción habitual, incluso parecería ir en contra del significado generalmente aceptado del género y refugiarse en un conjunto de los mismos –más precisamente en el drama romántico-. Esto se podría interpretar en relación a que la ficción como argumentación del futurismo no recurre a una abstracción elaborada o a la proyección de los límites del tiempo presente hacia un mundo posible. En este caso, se prefiere tomar el pasado, de allí la importancia de la memoria que a través de la imagen -en las cuales se suministran los recuerdos- toman el rol de ese mundo posible. Pero el pasado no suele estar cargado de hojarascas futuristas; si existe alguna alteración en él es justamente la que se genera tras recobrar una experiencia pasada -el delicado misterio del déja vu- y es este que en la narrativa del film se llega a convertir en ficción. Marker parece saber lo que quiere, no hace falta una estrategia espectacular para que el misterio que separa la realidad del recuerdo sea revelado por el montaje; aún más, el director prefiere, desnaturalizar la ficción, allí que la experiencia de recobrar el pasado no toma la forma de una reminiscencia porque el sujeto no puede aspirar a esa conexión inesperada entre los objetos y el estado de la memoria que le permitirá dar con una experiencia que creía perdida. Marker descarta esta idea tomando la imagen como pura duración, así, no hay otra manera de memoria que la imagen. Como afirmaba el panteísta prusiano Leopold Schefer: el tiempo verdadero del sujeto y su experiencia no está necesariamente constituido por imágenes invisibles -síntesis de olores, sonidos, formas o afectos inciertos- que hacen su escritura viva y toda su prescripción simbólica, sino de imágenes ajenas que lo encuadran. Se podría deducir entonces el porqué la foto fija es trascendental en el montaje de La Jetée. Como medio y forma, la fotografía es en el film de Marker un asunto privilegiado, a ella se le debe no sólo que nos cuente la historia con la ayuda de la voz en off sino que es ella lo único que podemos obtener de la realidad, llámese presente, pasado y futuro, como si se tratase del personaje que recobra sus vivencias a través de imágenes. Marker nos coloca bajo la misma delimitación que sufre un héroe frente a sus recuerdos. Ambas posturas asumen el comportamiento como presurosos cazadores de huellas. Quizá sea este el recurso más perverso de su lenguaje, todo lo visible no es más que una huella, por lo tanto, es ahí la fascinación que despierta la propuesta a teóricos de la fotografía como, por ejemplo, a los artistas plásticos, allí no hay nada mas que palimpsestos. Pero de otro lado, se incorpora la idea de una belleza cautiva. Ya sometidos a la imagen-recuerdo, Marker nos da muestras de un mundo fluido, el movimiento de los parpados de la mujer al despertar, única secuencia en movimiento en todo el mediometraje, es una maniobra impecable. El francés elabora el más calculado mundo futurista donde la memoria a través de la imagen hace de principio de todos los viajes, una verdad que aunque tenemos frente a nuestros ojos ya no podemos observar. Pero esta verdad sólo tiene sentido si el viaje se toma como una experiencia de renovación. Esto nos recuerda al turista que pretende hacer una nueva vida alejado de su trabajo y de su familia, en un lugar exótico con la ayuda de una cámara fotográfica. Marker recurre a otro lugar extravagante, a la guerra; y aunque es una estrategia bastante común en la ciencia-ficción, es otro semblante en donde La Jetée rebosa los límites del género; el viaje es desencadenado por una catástrofe, de esta manera, la renovación cobra un sentido mayor, allí se liberan los constreñimientos del tiempo. Finalmente, como oposición radical al Apocalipsis causado por el ser humano, Marker encara la imagen del amor, la única capaz de generar esperanza a través de aquellas imágenes fijas de la chica, fotografiada en varios momentos de un mismo encuadre en una mañana luminosa, que gracias a los fundidos encadenados que enlazan los diversos saltos en su gesto, crean la ilusión de ir adquiriendo progresivamente un movimiento real, hasta finalmente restituir la imagen cinematográfica, es decir, 24 imágenes por segundo. Marker sostiene sin que se le pueda rebatir que la memoria sólo puede ser un lugar paradójico donde un hombre vea su propio fin, siendo lo único que le pertenece. Aquella abominable naturaleza humana en la que se hace inherente la posibilidad del recuerdo, y producir algo nuevo toma un sentido exclusivista: la del espectador y el cine. Esperemos pronto abordar otra notable obra de Marker: Sans Soleil.