miércoles, 29 de junio de 2011

“Sans Solei”, contemplaciones a la deriva de los desgarros en el tiempo.










































































Habíamos tocado hace algunas semanas la magnífica forma de interpretar el arte del pensador francés Chris Marker –composición + montaje- a través de un comentario explicativo de su documental La Jetée. Afirmábamos que este cortometraje de tan solo 28 minutos es considerado como un elemento clave del cine moderno porque orientaba su ofrecimiento al interior de imágenes fijas reflexivas y persuasivas que confluyen con la creación de una propuesta sostenida bajo el prisma de una visión futurista que penetra con profundidad en la época dorada de aquella denominada ciencia simulada. Pero quizá su generosa contribución se vinculaba más con la inclinación hacia nuevas posibilidades en torno a la imagen. Chris Marker se juega por una estrategia visual que nos transmuta, más que a lo primigenio de lo visual hacia su inapelable relación con el collage, comprendiendo el sentido que toman las imágenes a través de un aspecto que resulta ya familiar en su propia construcción. Marker aprovecha esta condicionante informativa ya que es poco probable plagiar su obra tanto por su duración como por su formato de fotografía-fija, no sólo porque sería demasiado evidente, sino porque algo en ella parece permanecer tanto inalterable como vigente transformándola en atractiva... Esta vez ampliaremos hacia una de sus películas autocalificadas como ensayos. Sans Solei o Sin sol, es una de sus obras decisivas que silencia a la cinematografía convencional y a una de sus ramas más preciadas como el documental. El cineasta y filósofo francés Guy Debord señalaba que el cine se convertiría en “análisis histórico, teoría, ensayo y memoria”, o tal como presagiaba hace cincuenta años el también francés Alexandre Astruc con su frase: todo director debe ejercitar su cámara como un escritor lo hace con la intimidad de su pluma, y que este concepto no debería ser obstaculizado por narrativas tradicionales. De esta manera, tendríamos que aceptar que es el cine individualizado -privado de condicionantes industriales y apoyado en tecnologías que abaratan costos- la única alternativa que resta. Imaginemos a Godard o quien sea, enclaustrado en su PC componiendo sus obras. ¿¿Cuando se aceptará que el cine también es un cuaderno de viajes, autorretrato, diario, ensayo?? Ahí es donde crece la referencia de Chris Marker como un innovador innato. No es un filmador exclusivo de imágenes sino un recopilador de las mismas que logra componer y montar con una maestría inigualable. Muchas escenas en Sans Solei son prestadas de otros cineastas. Marker las amalgama y les da un sentido propio, insuperable. Con Sans Solei, Marker intenta disolver la distancia existente entre palabras e imágenes. Si cuando filmaba películas estaba escribiendo literatura, y cuando escribía literatura estaba filmando películas, lo que ahora nos concede es una nueva oportunidad para reconstruir nuestra memoria, nuestra historia y nuestros sentimientos, en un cruce expresivo que diluye la ontología baziniana porque considera que las imágenes no son las huellas de un pasado filmado sino las de un presente contemplador que justo en ese instante desaparece. Ese momento “más allá de la espiral del tiempo”, en el que logramos ubicar “aquello que nos hace latir el corazón”, y que tal vez sea el único que cuente. De ahí que tengamos que comprender que Sans Soleil es una película de esencia musical y no política. Su experiencia refrenda un aspecto visual, que combinado al relato en off resulta imprescindible de observarlo.

Marker compone y monta aquella película-viaje por excelencia. San Soleil parte de imágenes registradas en Japón y las mezcla con otras procedentes de varios países más y tiempos diversos. Tras su postura ensayística, su obra reacciona contra la separación de las imágenes y el mundo a partir de algunas reflexiones suscitadas por los Haikus –es importante saberlo-. Se trata de encontrar una contemplación pura de las imágenes, ajena a la cultura del espectáculo y a la interpretación simbólica. Film de una extrema sensibilidad e inteligencia, anota una nueva concepción del cine, que no tiene en absoluto que ver con la representación institucional. ¿¿Cómo arrimarse a una película que pareciera englobarlo todo?? ¿¿Cómo describir al hombre que se esconde detrás de una cámara fotográfica y que, al hacer cine, es capaz de conseguir la más alusiva poesía?? Así nos tenemos que enfrentar en un espacio minúsculo ante una genial idea como la que ofrece Marker. Quizá sea la forma auténtica de resumir un film que se construye a partir de fracciones -trabajos anteriores del francés- o de retazos de momentos televisivos o de experimentos visuales resultantes del vídeo. Es una obligación el esbozar la grandeza de alguien que no ha cesado de establecer conexiones entre el presente y el pasado a través de lo que hoy más que nunca redunda como el único soporte para la memoria: las imágenes. Y es que, muy probablemente, Chris Marker ha sido el único cineasta que ha dedicado la mayor parte de su obra a la cavilación acerca de la memoria, el pensamiento y el razonar, al papel del olvido y del recuerdo a través de las imágenes. Sin duda, Sans Soleil marca un hito en la búsqueda de lo que sólo es huella en la iconografía contemporánea. Desde Islandia hasta la Sabana africana, Marker examina el mundo desde otra perspectiva. La del extranjero que se apodera del espacio a través de una cámara, la del visitante que, fascinado, se adentra en una cultura que le retumba ajena pero que anhela entender a través de sus imágenes; la del cineasta que escribe cartas y envía imágenes a una mujer que las lee sin titubeos brindando veracidad y luego son trasladadas al espectador mediante la pantalla grande. Sandor Krasna, heterónimo de Marker, nos introduce en su visión personal del mundo. En sus frustraciones, aprendizajes y anécdotas que la gente pobre le confiere. Sans Soleil se construye tras la apariencia de un diario filmado que no refleja la sensación instantánea de quien ha recogido dicho material sino que acumula un proceso de pensamiento. Las ideas sobre un hipotético film que se ha de construir sobre el material filmado. Krasna y Marker hilan una seductora reflexión que parte de una representación icónica de la felicidad, que recorre los pasos de Scottie en el San Francisco de Vértigo de Hitchcock, que recupera el horror de los Khmeres Rojos de Camboya, que evidencia la despolitización de la juventud que nació en pleno mes de Mayo de 1968 o que enfoca de manera simbólica a Los Haikus, forma poética japonesa compuesta de tres versos y que denotan una elevada influencia del Budismo Zen. ¿¿Y qué decir del texto?? ¿¿Qué decir sobre la encantadora voz en off de Florence Delay, la Jeanne de Robert Bresson, que martillea el pensamiento con cada línea de texto?? Sans Soleil -como todas las películas de Marker- trabaja la palabra con una fuerza y calidez como sólo un Alexander Kluge ha conseguido hacerlo. Ya no se trata de interpelar el pensamiento del espectador con crípticos aforismos que muchas veces sólo pueden ser respondidos por sus propios defensores. Aquí el texto le brinda un sentido nuevo a la imagen. Ya no se trata de acompañarla y apoyar su referente comunicativo. No. Aquí el texto se adosa a ella como un explosivo puesto debajo de un camión. El texto cuestiona el referente convencional que automáticamente le adjudicamos a la imagen que acompaña. En manos de Chris Marker un puño deviene en mano cortada, el primer plano de una mujer africana impone la revelación única e incomparable de la sensualidad femenina, y unas imágenes de televisión la catarsis de la posguerra de la totalidad de un pueblo oprimido. El dúo Marker- Krasna conforma al cineasta escondido, el pensador y el ensayista. Marker es el poeta que ama la cultura rusa tanto como para ser el mayor de los fans activos del cine de la genialidad de un artista de la poesía como Tarkovski. Sans Soleil es de las mejores muestras de lo que un sabio de la cinematografía documental puede plasmar en pantalla enfrentándose a la sensibilidad casi desconcertante -o admirable- de lo que perciben nuestras retinas. No estamos ante un tipo de oferta fácil ni frente a un sujeto de pensamientos tibios o quizá livianos. Chris Marker es un hombre que se mueve en los terrenos de la profundidad, es un inconforme por naturaleza y no impone sino expone su estilo de expresar sus sentimientos. Un genio que se adelantó a su época y que nos obliga a que desafiemos nuestras propias limitantes.

Por lo tanto, San Soleil es un film de resistencia, pues apela a la emotividad de la palabra “primavera”, es decir, a la imagen cristalina liberada de toda suerte de alegoría. Despojado de sentido, el plano de los niños islandeses y todo el resto de planos proyectados en el largometraje se transforman en contemplaciones a la deriva de los desgarros en el tiempo. ¿¿Y entonces cómo no percibir que -tras las bellas frases de Samura Koichi- se encuentra el sollozo por la separación de las imágenes y el mundo?? : “¿¿Quién ha dicho que el tiempo triunfa sobre todas las heridas?? Sería más correcto afirmar que el tiempo derrota todo excepto las heridas. Con el transcurrir del tiempo, la herida de la separación pierde sus contornos reales. En ese mismo acontecer, el cuerpo deseado ya no lo será jamás, y si el cuerpo deseado ha dejado de serlo para el otro, lo que queda es una herida sin cuerpo”. Chris Marker, el hombre invisible, acaba reivindicando la contemplación pura, que nada tiene que ver con los adjetivos y etiquetas que los críticos utilizan para clasificar y encasillar banalizándolo. Para todos aquellos que quieren sentir el impacto de una cinematografía diferente y sabia, Sans Solei es el camino a seguir y luego a analizar. Maravillosa e imperdible propuesta del francés.