sábado, 30 de julio de 2011

“Triste San Valentín”, el amor en los tiempos modernos.

































































Llega un aniversario más de la Patria y la cartelera parece estar a la misma altura de cócora y desatino que nuestros dirigentes y congresistas. Esperemos que el cambio de gobierno traiga consigo mejor suerte y no tanta añagaza. Fui a ver Capitán América en 3D –la tercera dimensión no le aporta casi nada- y a pesar que su director Joe Johnston, tiene en su haber dos películas solazadas como Rocketeer y Jumanji, otras dos con mayor elaboración como October Sky e Hidalgo, y hasta un remake de The Wolf Man o El hombre lobo; su último trabajo –encargado por Marvel- no se desboca pese a sus tropezones narrativos e invitarnos más de la misma argamasa. Existen tantos superhéroes en pantalla grande que ya se empieza a extrañar al Chapulín colorado en versión digital. Lo redimible del Capitán América es sin dudar su marcado sello clásico que proviene del cómic original creado por Joseph Simon y Jack Kirby en 1941, con la intención de contrarrestar aquella Europa opresora a través de un héroe que personificase los valores democráticos y libres de los yankees durante la Segunda Guerra Mundial. Un detalle jocoso es que en la portada del primer número de la revista, el Capitán América le propina un tremendo golpe de puño al mismísimo Hitler. Su protagonista, Chris Beans -Street Kings, Fantastic Four y London- no lo hace nada mal y reconocidos actores como Stanley Tucci y Tommy Lee Jones, sostienen la aventura... El film que sí me convenció por su sagaz abordaje a los problemas de pareja que hoy en día suelen ser cada vez más habituales y hasta estereotipados -aunque muchos pensemos que no tendrían porqué serlos- es Blue Valentine o Triste San Valentín, del yankee Derek Cianfrance, quien consagra a través de dos bravías interpretaciones perfectamente hilvanadas -y profundizadas- tanto de la actriz Michelle Williams como de Ryan Gosling -el blindaje de la Williams es conmovedor- desnudar crudamente la relación sentimental de una pareja que encuentra la felicidad temporal del enamoramiento y su manso desgaste hasta convertirlo en un hecho fracturado e insoportable. Quizá la propuesta de Cianfrance no tenga posibilidad de compararse en su dimensionalidad a los más destacados melodramas o dramas anclados en el romance multitemático de la historia del cine como podrían ser, Jules et Jim de Truffaut, The Heiress de Wyler, Letter from an Unknown Woman de Ophüls, Brief Encounter de David Lean, La notte de Antonioni, Casablanca de Curtiz, Sunrise de Murnau, In the Mood for Love de Wong Kar-Wai, A Place in the Sun de Stevens, Sommaren med Monika de Bergman, Floating Clouds de Naruse, Annie Hall de Allen, El camino a casa de Zhang Yimou y últimamente Revolutionary Road de Mendes; pero Blue Valentine lleva en sus entrañas el esplendor y la decadencia del amor de estos tiempos, ese que se arropa de plazos tan cortos y de promesas pisoteadas. Cianfrance no cae en la tentación del drama llano, de la escena que nos ablanda el corazón para incitarnos al sollozo, ni busca que tomemos partido por el uno o por el otro, todo lo contrario, acá lo que importa es el funcionamiento de la pareja como una sola entidad y todo lo que su formación, desarrollo y destrucción involucra. Es una película que reboza de un coraje tranquilo y sin estridencias. Cianfrance rebusca en un pajar y encuentra la aguja. Notable mérito.

Pero no todo queda en una historia de encuentros y desencuentros, amores u odios correctamente combinados y bien afianzados, sino que el exquisito guión duerme plácidamente acorralado entre dos épocas diferentes aunque editadas con suma precisión utilizando el recurso del flashback como constante. Dentro de ese doble espacio temporal se van incluyendo etapas que el yankee conecta con coherencia y sin demasías, porque es ahí donde maximiza las actuaciones para que puedan percibirse del todo convincentes y perdurables. Cianfrance se escapa completamente de la moldura idílica que se representa normalmente en este tipo de género, por eso vuelvo al distanciamiento del romance histórico como sustento. La historia es –a propósito y sin esperar anuencias- inclemente en su evolución, agarrotada por un nihilismo que respira absorbente, y por cierto, narrada con una verosimilitud que por momentos incomoda, y cuyo objetivo no es otro que lo deplorable que puede llegar a ser la experiencia amorosa para el ser humano. Lo que más me impresiona de la puesta en escena de Cianfrance es lo excepcionalmente realista del relato. A esto le agregaría que la identificación del estilo de convivencia de la pareja es inmediata, ya que el director juega con la memoria emotiva del espectador relacionando con inteligencia alguna que otra circunstancia parecida que cualquiera de ellos haya podido experimentar. De hecho, muchos de nosotros hermanamos tanto imágenes y sensaciones con vivencias propias. Nadie podría afirmar con certeza que los personajes de Cianfrance se detesten pero si bien se quieren con intensidad o blandura, existe un denominador común ineludible: ambos no hacen más que maltratarse sin ser los motivos lo suficientemente explicativos. Es el proceso de inferencia al que accedemos sin límites para situarnos en contexto. En Blue Valentine –y es este otro arquetipo que se viene abajo- no existe un guión que se engolosine con golpes de timón escarbados en la minuciosidad, ni misterios que sentenciar, tampoco asolapadas traiciones, ni amantes concretos, ni siquiera entornos malos o propicios, y menos gratas consumaciones o trágicos desencadenamientos. Con inesperada habilidad, Derek Cianfrance no hace ficción realizándola, ya que su meta-visión es la vida misma donde el desplome sentimental radica en lo insalvable, y nadie –aún la pequeña hija de ambos- lo evitará. Pero, lo que trasciende en Blue Valentine son Dean y Cindy, o mejor dicho, lo que logran evidenciar con sutileza a la vez que desparpajo Michelle Williams y Ryan Gosling cuando se trenzan en amarse y repelerse sin ambages. Uno se alimenta del amor-odio del otro y viceversa. La química es absoluta y la estética muy cuidada. La Williams logra de lejos el mejor papel de su carrera –algo pasaba con ella- y ahora sí se incorpora a las grandes ligas, más aún cuando se atreve a mostrar su delicado cuerpo y no le corre a las escenas fuertes. Gosling ya tiene algunos méritos en su corta carrera. Acabamos de comentar Half Nelson. Dean y Cindy, en un primer momento, vivían el uno para el otro, algo muy fuerte los empezó a unir; podemos esbozar dos posiciones claras que ocupaba cada uno. Él ve en ella a una mujer fría, distante, difícil de conquistar, con lo que pone en marcha una serie de artilugios de seducción que le dan lento resultado. Ella observa en él un tipo entregado, dispuesto a soportar cualquier cosa con tal de pertenecerle. Estas mismas poses se potencian en los momentos del ocaso amoroso, nada más que lo que aquella vez los acercaba ahora los aleja. A medida que avanza la trama uno presencia cómo similares escenarios se van repitiendo en ambas etapas temporales aunque las escenas tanto como las emociones difieren. Nótese en un abrazo, cuando hacen el amor, cuando comparten a la niña, en el momento que cruzan las miradas y hasta la canción que era de ambos. Cianfrance le pone más color, más vida y alegría en la etapa en que Cindy y Dean se van enamorando. Sus primeros planos tienen esa carga del gesto melancólico, alegre y muchas veces neutro, sólo descriptivo. En las situaciones donde predomina la crisis o el caos la iluminación se contrapone, luciendo lúgubre aún en lugares cálidos... Es interesante poder ir un poco más allá en aquellos detalles que suelen pasar desapercibidos. Por ejemplo, ¿¿Cómo se llegan a conocer?? o ¿¿Cuáles son las causas del enamoramiento?? Esto tiene directa relación con los llamados rasgos unarios que tiene toda persona y que se utilizan para elegir a sus parejas. Es lógico que nadie se enamora de cualquiera, tiene que existir una señal que produzca el magnetismo, bien sea un suceso determinado –el caso de Cindy y Dean se ajusta a un tema de compensación de carencias afectivas- una mirada oportuna, una palabra improvisada o inesperada, la forma de conducta hacia el otro -el trato es absolutamente vital- o la misma fisonomía. Existen muchos más mohines –aunque parezca una tontería mencionarlos- y cada quien los explota –o los reprime- según su convicción. Lo que sí es indudable es que –sin obviar el amor a primera vista- existe un rasgo o detalle que origina esa ilusión que fusiona la fantasía con lo real, y que produce lo que algunos psicoanalistas definen como átopos, es decir, una imagen única que involucra a la especificidad del deseo del sujeto amoroso, y por tenue que este resulte logra que una de las partes tenga la predisposición mental que encontró a su media naranja. En el caso de Cindy y Dean hay átopos disímiles. Dean siente como que la conociera de mucho tiempo, la idealiza como algo maravilloso, y hasta señala que Cindy se parece a una melodía que cuando suena hay que escucharla con devoción, y hasta bailarla. La realidad indica que Cindy representa para Dean la reivindicación de un pasado de abandono materno. Para Cindy, Dean se proyectaba como aquel hombre maleable que la iba a rescatar de un padre absolutamente misógino. No olvidemos que Freud sostenía que el desenvolvimiento infantil recogía una de las tantas vertientes del amor como repeticiones en el crecimiento de la persona. Por lo tanto, la disyuntiva amorosa la confiere o decide la casualidad del reencuentro con aquella persona que evoque de forma inconsciente los conceptos edípicos. En el caso de la pareja conformada por Cindy y Dean, el conflicto aparece y se agudiza cuando el otro deja de ser lo que uno esperaba, decepciona al ideal que uno espera de la pareja, emergen –con o sin razón- las incompatibilidades que los conllevan a pensar –inequívocamente o no- que por más que el otro sea un ser distinto, se le percibe como alguien ajeno. El deseo de Cindy y Dean permitió el encuentro y la consolidación del amor, la fusión romántica explosionó en sus mentes por mutua necesidad, pero luego el ideal de satisfacción fracasa, ambos ingresan en una rivalidad –para mí totalmente subjetiva- que desemboca en el rompimiento y su posterior intolerancia. Cindy exhibe su descontento, priva a Dean de satisfacerla, lo deja impotente. Por su parte Dean, al comprobar que su mujer se le escurre entre las manos, entra en pánico, y en vez de apostar a lo que ella demandaba de él, refuerza los comportamientos que la fastidian, lo que la insatisface aún más y tonifica el rechazo. Recurre a estratagemas fallidas como el hotelucho que ofrece una habitación del futuro, un futuro que los sumerge en ese pasado de la relación que alguna vez fue, y es imposible recuperar... Las mujeres no lograrán comprender como ese joven apasionado, que amaba a Cindy por sobre todas las cosas, y que se entregó en cuerpo y alma, termina siendo un fantasma, un sujeto sin ambiciones, sin sueños y que trata impropiamente a su mujer. Los hombres no lograremos comprender como esa bella e inocente muchacha convertida en mujer y madre, no tiene la fuerza interior suficiente para brindarle a su hombre una segunda oportunidad. Al final, todos nos preguntamos, donde diablos quedó el amor de Dean hacia Cindy y viceversa, y quien ocupó ese lugar. Muy buen film. Uno de los mejores de la temporada...