Ya hemos tocado con amplitud al actual cine turco a través de Fatih Akın y cuatro de sus films más emblemáticos y aguzados, siendo su mayor virtud el de potenciar su pericia en armar un mundo visual dotado de objetivos claros, sosegados y precisos, sin alardear ni intentar enfrentarse a la desmesura para impresionarnos... Esta vez hablaremos de Semih Kaplanoglu, otro minucioso cineasta turco de la nueva generación, contador de historias apacibles que rozan la mansedumbre, creador de personajes imbuidos en la discreción de sus limitantes existenciales e impulsador de costumbres y lugares que retrata con extraña belleza. Bal o Miel –final de su trilogía Yumurta- Avgo o Huevo y Süt o Leche-es una película de linaje rural y social -no muy distante de las formas novedosas de narrar de Zhang Yimou o los españoles Luis García Berlanga y Víctor Erice- cuya energía nace y muere en la perfección de sus texturas y especialmente por sus estimulantes atmósferas. Posee un prolijo mecanismo de relojería argumental que no está diseñado para engancharnos de inmediato sino de a poco, anclado en la búsqueda de una sensibilidad quizá extremadamente parsimoniosa, pero irradiando solidez, vitalidad y una capacidad descriptiva no muy común. Kaplanoglu filma sin errores todas sus escenas. Entre las diversas tomas que realiza llama poderosamente la atención su insistencia en un plano subjetivo en el que el perfil de un personaje ocupa un lateral del mismo pero con el fondo desenfocado, o a la inversa. Un burro -que forma parte de la familia del film- ocupa esta privilegiada posición. De esta manera, el turco puede describir con simpleza lo que va ocurriendo. Es sin duda uno de los pilares de la puesta en escena. De lejos o de cerca, de frente o de lado, picado o contrapicado, su cámara tiene la misma suavidad de ese niño que embelesa con su inocente y dubitativa mirada. Un pequeño que se llama Yusuf y que transforma en miel sentimental toda acción en la que interviene. Su narrativa contiene la misma intensidad de una frase que el padre le señala con dulzura al menor cuando lo aconseja: los sueños para que se cumplan tienes que contarlos susurrándolos al oído. En su registro cuidadoso de la cotidianeidad, en su manejo iluminante de los tiempos muertos, en su confianza absoluta en el poder expresivo del silencio antes que las palabras sin sentido ni profundidad y en su contemplación aliviada de la realidad que envuelve a sus austeros personajes, Kaplanoglu impone su disciplina y paciencia. Bal da la impresión que recurre a una poca o nula doctrina y sí a mucha verdad testimonial. Su huella es característica y genuina. El turco tiene algo que algunos valoramos y otros desprecian porque no logran desenredar la madeja de los estilos: en sus imágenes fluye una corriente de emociones que estremecen pero contenidas y que en su dimensionalidad aglutinan siempre un sentido figurativo, una manía innovadora, casi poética que jamás se calienta ni hierve en los designios de la provocación, la violencia, el griterío y la confusión. El cineasta turco domina sin atenuantes su vocación por tratar el paso de las horas y las estaciones, y dentro de esta perspectiva temporal logra que un niño con serios problemas de aprendizaje –además de un odio desmedido por la leche- se forje una escala de conocimientos y vivencias básicas.
Kaplanoglu intenta con éxito el relato introspectivo de un drama social costumbrista enquistado en un poblado rural de la Anatolia, oculto en el boscaje plagado de enormes árboles donde sus habitantes viven básicamente de la apicultura. Tiene la habilidad de contarnos la historia del pequeño Yusuf pero desarrollado en tres frentes a los que llamaría tres gestos de amor: primero, el extraordinario vínculo con su Padre, luego el que establece moderadamente con su Madre, y finalmente a cuenta gotas con su Abuela. Las relaciones que va enfrentando Yusuf con sus familiares son distintas fórmulas de aprendizaje que no logra asistiendo a la escuela. Yusuf tiene problemas de adaptación con sus demás compañeros. Tiene iniciativa pero no continuidad. Se distancia en los recreos y no tiene una sola charla con alguno de sus semejantes. Su gran arma es la observación. Es hijo único y eso parece perturbarlo aunque no lo demuestra. Cuando llega a casa cambia totalmente. Es muy pegado a su Padre y lo ayuda en sus labores de recolectar la miel de la conocida abeja negra -la mejor del mundo- y colocar las colmenas en los árboles de la zona. Allí parece ser feliz. La admiración que siente Yusuf por su Padre se debe en parte a su sorprendente profesión y su esfuerzo por vencer en un negocio que cada día va a la deriva. Su vida transcurre entre sus animales, sus múltiples experiencias y sus útiles escolares. Yusuf explora sin darse mucha cuenta el entorno que lo envuelve y nos hace participes del mismo. Ese entorno aún está atiborrado de enigmas por descubrir en la mente de un niño que se debate entre su falta de atención y la torpeza. Su anhelo -como todo niño de la escuela- es conseguir una especie de premio-insignia que otorga el maestro a la hora de la lectura, y que se gana entre aplausos. Todos sus compañeros van obteniendo esta condecoración. Yusuf la logra al final del film pero no por mérito sino por lástima. El director turco pone el peso del film en el pequeño, su capacidad de gestuar y la maravillosa ternura de su mirada. Ahí es donde encuentra la suficiente tranquilidad para darle trámite a un guión sin excedencias ni dispendios. A Kaplanoglu no le sobran tantas cosas para contar pero las que cuenta son descritas con pulcritud y con envidiable esteticismo. No hay un sólo plano gratuito, hueco o carente de significado. Es claro que el turco no tiene el temple para poner en pantalla aquella sublimidad dramática y visual que cineastas como Ozu, Naruse, Mizoguchi o el mismo Kiarostami alcanzaron a través de la banalidad de la acción, plagada esta de simbolismos y alusiones pero tiene claro lo que quiere y lo consigue. No da puntada sin hilo e hilvana el devenir de Yusuf diestramente, sin inmutarse. No olvidemos que Kaplanoglu logró ganar la Berlinale del 2010 con esta película. Finalmente, Bal es una propuesta simple, sin grandes ambiciones, con claras intencionalidades poéticas, visualmente notable -la fotografía es imperdible y de lo mejor del film- con temáticas bien explicadas y escenas muy bien planeadas, filmadas y editadas. La interpretación del niño es excepcional y el mensaje hacia el sistema educativo salta por sí solo. La familia tiene que integrarse más a los preceptos que marca la escuela y asumir un compromiso recíproco. Yusuf ingresa a la escuela para aprender a leer y a escribir. Cuando está solo con su padre, suele ser capaz de leer lentamente pero sin equivocarse. En clase, cambia por completo, se pone nervioso y empieza a tartamudear. Es algo que debemos tomar en cuenta y no dejarlo en manos de la nada. Lástima que como la luna que reflejada en un cubo de agua desaparece apenas con un sencillo movimiento, la realidad se atreva a romper ese equilibrio emocional que cada niño está en la obligación de recibir... Quería despedir este post con algo que no debería pero que mi corazón me pide. Hace 12 meses perdí a mi Madre y hace cuatro días a mi Padre. Nunca vi sufrir tanto a dos personas. No creo en la divinidad pero espero que por fin estén juntos en algún punto del universo. Gracias a ambos por lo que me dieron, y solamente quería pedirles perdón por tanto olvido. Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance. Ojala pueda tener la fuerza suficiente para seguir adelante junto a mis dos queridas hermanas... Jamás los olvidaremos.
































