lunes, 29 de agosto de 2011

“Bal”, las disímiles estructuras de la espontaneidad expresiva.


























Ya hemos tocado con amplitud al actual cine turco a través de Fatih Akın y cuatro de sus films más emblemáticos y aguzados, siendo su mayor virtud el de potenciar su pericia en armar un mundo visual dotado de objetivos claros, sosegados y precisos, sin alardear ni intentar enfrentarse a la desmesura para impresionarnos... Esta vez hablaremos de Semih Kaplanoglu, otro minucioso cineasta turco de la nueva generación, contador de historias apacibles que rozan la mansedumbre, creador de personajes imbuidos en la discreción de sus limitantes existenciales e impulsador de costumbres y lugares que retrata con extraña belleza. Bal o Miel –final de su trilogía Yumurta- Avgo o Huevo y Süt o Leche-es una película de linaje rural y social -no muy distante de las formas novedosas de narrar de Zhang Yimou o los españoles Luis García Berlanga y Víctor Erice- cuya energía nace y muere en la perfección de sus texturas y especialmente por sus estimulantes atmósferas. Posee un prolijo mecanismo de relojería argumental que no está diseñado para engancharnos de inmediato sino de a poco, anclado en la búsqueda de una sensibilidad quizá extremadamente parsimoniosa, pero irradiando solidez, vitalidad y una capacidad descriptiva no muy común. Kaplanoglu filma sin errores todas sus escenas. Entre las diversas tomas que realiza llama poderosamente la atención su insistencia en un plano subjetivo en el que el perfil de un personaje ocupa un lateral del mismo pero con el fondo desenfocado, o a la inversa. Un burro -que forma parte de la familia del film- ocupa esta privilegiada posición. De esta manera, el turco puede describir con simpleza lo que va ocurriendo. Es sin duda uno de los pilares de la puesta en escena. De lejos o de cerca, de frente o de lado, picado o contrapicado, su cámara tiene la misma suavidad de ese niño que embelesa con su inocente y dubitativa mirada. Un pequeño que se llama Yusuf y que transforma en miel sentimental toda acción en la que interviene. Su narrativa contiene la misma intensidad de una frase que el padre le señala con dulzura al menor cuando lo aconseja: los sueños para que se cumplan tienes que contarlos susurrándolos al oído. En su registro cuidadoso de la cotidianeidad, en su manejo iluminante de los tiempos muertos, en su confianza absoluta en el poder expresivo del silencio antes que las palabras sin sentido ni profundidad y en su contemplación aliviada de la realidad que envuelve a sus austeros personajes, Kaplanoglu impone su disciplina y paciencia. Bal da la impresión que recurre a una poca o nula doctrina y sí a mucha verdad testimonial. Su huella es característica y genuina. El turco tiene algo que algunos valoramos y otros desprecian porque no logran desenredar la madeja de los estilos: en sus imágenes fluye una corriente de emociones que estremecen pero contenidas y que en su dimensionalidad aglutinan siempre un sentido figurativo, una manía innovadora, casi poética que jamás se calienta ni hierve en los designios de la provocación, la violencia, el griterío y la confusión. El cineasta turco domina sin atenuantes su vocación por tratar el paso de las horas y las estaciones, y dentro de esta perspectiva temporal logra que un niño con serios problemas de aprendizaje –además de un odio desmedido por la leche- se forje una escala de conocimientos y vivencias básicas.

Kaplanoglu intenta con éxito el relato introspectivo de un drama social costumbrista enquistado en un poblado rural de la Anatolia, oculto en el boscaje plagado de enormes árboles donde sus habitantes viven básicamente de la apicultura. Tiene la habilidad de contarnos la historia del pequeño Yusuf pero desarrollado en tres frentes a los que llamaría tres gestos de amor: primero, el extraordinario vínculo con su Padre, luego el que establece moderadamente con su Madre, y finalmente a cuenta gotas con su Abuela. Las relaciones que va enfrentando Yusuf con sus familiares son distintas fórmulas de aprendizaje que no logra asistiendo a la escuela. Yusuf tiene problemas de adaptación con sus demás compañeros. Tiene iniciativa pero no continuidad. Se distancia en los recreos y no tiene una sola charla con alguno de sus semejantes. Su gran arma es la observación. Es hijo único y eso parece perturbarlo aunque no lo demuestra. Cuando llega a casa cambia totalmente. Es muy pegado a su Padre y lo ayuda en sus labores de recolectar la miel de la conocida abeja negra -la mejor del mundo- y colocar las colmenas en los árboles de la zona. Allí parece ser feliz. La admiración que siente Yusuf por su Padre se debe en parte a su sorprendente profesión y su esfuerzo por vencer en un negocio que cada día va a la deriva. Su vida transcurre entre sus animales, sus múltiples experiencias y sus útiles escolares. Yusuf explora sin darse mucha cuenta el entorno que lo envuelve y nos hace participes del mismo. Ese entorno aún está atiborrado de enigmas por descubrir en la mente de un niño que se debate entre su falta de atención y la torpeza. Su anhelo -como todo niño de la escuela- es conseguir una especie de premio-insignia que otorga el maestro a la hora de la lectura, y que se gana entre aplausos. Todos sus compañeros van obteniendo esta condecoración. Yusuf la logra al final del film pero no por mérito sino por lástima. El director turco pone el peso del film en el pequeño, su capacidad de gestuar y la maravillosa ternura de su mirada. Ahí es donde encuentra la suficiente tranquilidad para darle trámite a un guión sin excedencias ni dispendios. A Kaplanoglu no le sobran tantas cosas para contar pero las que cuenta son descritas con pulcritud y con envidiable esteticismo. No hay un sólo plano gratuito, hueco o carente de significado. Es claro que el turco no tiene el temple para poner en pantalla aquella sublimidad dramática y visual que cineastas como Ozu, Naruse, Mizoguchi o el mismo Kiarostami alcanzaron a través de la banalidad de la acción, plagada esta de simbolismos y alusiones pero tiene claro lo que quiere y lo consigue. No da puntada sin hilo e hilvana el devenir de Yusuf diestramente, sin inmutarse. No olvidemos que Kaplanoglu logró ganar la Berlinale del 2010 con esta película. Finalmente, Bal es una propuesta simple, sin grandes ambiciones, con claras intencionalidades poéticas, visualmente notable -la fotografía es imperdible y de lo mejor del film- con temáticas bien explicadas y escenas muy bien planeadas, filmadas y editadas. La interpretación del niño es excepcional y el mensaje hacia el sistema educativo salta por sí solo. La familia tiene que integrarse más a los preceptos que marca la escuela y asumir un compromiso recíproco. Yusuf ingresa a la escuela para aprender a leer y a escribir. Cuando está solo con su padre, suele ser capaz de leer lentamente pero sin equivocarse. En clase, cambia por completo, se pone nervioso y empieza a tartamudear. Es algo que debemos tomar en cuenta y no dejarlo en manos de la nada. Lástima que como la luna que reflejada en un cubo de agua desaparece apenas con un sencillo movimiento, la realidad se atreva a romper ese equilibrio emocional que cada niño está en la obligación de recibir... Quería despedir este post con algo que no debería pero que mi corazón me pide. Hace 12 meses perdí a mi Madre y hace cuatro días a mi Padre. Nunca vi sufrir tanto a dos personas. No creo en la divinidad pero espero que por fin estén juntos en algún punto del universo. Gracias a ambos por lo que me dieron, y solamente quería pedirles perdón por tanto olvido. Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance. Ojala pueda tener la fuerza suficiente para seguir adelante junto a mis dos queridas hermanas... Jamás los olvidaremos.

domingo, 21 de agosto de 2011

“Me and You and Everyone We Know”, vinculaciones imperfectas.


































Volvemos a insistir con la impronta indie yankee. Y no es capricho sino embeleso lo que me lleva a recomendar esta película. Siempre he pensado que cuando una persona abarca varios frentes artísticos -la literatura, la música, el cine, la escultura etc.- y se atreve a escribir un guión, luego se aventura a filmarlo, y a ser protagonista de su propio film, cabe la eventualidad que los acontecimientos no posean un objetivo cinematográfico coherente como suele suceder con directores de experiencia y refinada maña. Prevalece la improvisación, el desencanto, y estos no suele dar réditos. Pasa lo contrario con este caprichoso film de Miranda July ya que es justamente ese componente misterioso e incógnito lo que la hace distinta, original y seductora. Su condimento principal es el desconcierto sumado al surrealismo. Me and You and Everyone We Know –algo así como Yo, tú y todo los demás- maneja con prolijidad la subversión de conceptos y contextos simplistas condensados en pequeños relatos de personajes dispares, cada quien en la búsqueda de experimentar situaciones límite y/o de aprendizaje. Y lo que más puede sorprendernos -muy al margen que consiguió el Festival de Sundance y la Cámara de Oro en el Festival de Cannes en el 2005- es que no se excede en los planteamientos que esboza: diálogos mínimos pero dotados de consistencia temática, una variedad mutante de escenas que rozan lo paradójico, una BSO que acompaña y nos motiva electrónicamente, una fotografía que nos entrega un lenguaje visual no formateado, seres que aparentan ser ascéticos aunque la pluralidad de cada universo personal potencian una historia que se entromete en las demandas, sensaciones y deseos de cada individualidad que conforman acertadamente fábulas reflexivas, delicadas, sosegadas, atrevidas, plásticas, amenas y hasta de una dimensionalidad poética que giran con rigurosidad en torno a sus argüidos protagonistas, los mismos que logran afianzar ese todo que es tan difícil de encontrar en una obra de cine cualquiera que sea este su calibre o textura. Si algo no quiere Miranda July es ser pretenciosa -aunque pueda parecer lo contrario- intentando más bien convencernos que en la a veces detestable y dispareja rutina de vida de cada persona suelen aparecer hechos fortuitos que posibilitan otra forma de observar las cosas a la vez que lidiar con estas contingencias. El efecto “sorpresa” termina siendo la clave decodificada de los devenires argumentales que se sustentan en una variopinta pluralidad de ideas sueltas que cada uno de nosotros podrá amarrar o desatar según el criterio que más lo atrape. Su certera comparación con la realidad a través de la lucha diaria del ser humano para poder relacionarse con sus semejantes en medio de un aislamiento generalizado hace que la ópera prima de la July sea un exquisito ejemplo de vinculaciones imperfectas. Quien sabe, pero todo parece reducirse a una experiencia propia de la joven directora que lleva a pantalla sin importarle mucho su reputación.

Si bien es cierto podemos sentir un ligero efecto de deja vú a la filmografía de realizadores como Gondry, Tom DiCillo, Anderson -Wes y Paul Thomas- y en especial a Solondz, Miranda July consigue evitar ese voluntarismo intolerante de una crítica social redundante de sus paisanos. La July se propone situar su mirada higiénica sobre la cotidianeidad y su incidencia en el poder de la voluntad individual. Cada personaje es libre de manejar su existencia de la manera que mejor le parezca. La estructura coral también le juega a favor porque los temas no necesariamente tienen que articularse de una manera única. July tiene la habilidad de poder alternar personajes e historias de manera que estos rompan cualquier molde o clisé que pueda encorsetarlos, y lo consigue con la naturalidad que sus personajes son capaces de sostener. La narrativa que hace la norteamericana es de tal liviandad que cada parentesco establecido –aquellos de amor, ilusión o rechazo- pueden extraviarse momentáneamente para luego volver a aparecer y encontrarse. No se logra profundizar en ninguno de los casos y eso es novedoso en la medida que no compromete el guión porque siempre camina por la cornisa de la superficialidad y no se alinea con una causa definida. Inclusive, podemos observar el film como una constante de distantes o cercanos cortometrajes perfectamente hilvanados y editados. Los personajes de Miranda July tienen la particularidad de englobar o quizá abrazar todos los estratos generacionales -desde los ancianos enamorados por primera vez a los 70 años, hasta el pequeño de siete años que mantiene contactos sexuales a través de un chat- y todos ellos esperan algo que está todavía por llegarles como premio a su arrojo y esfuerzo. El ejemplo más inquietante es el compañero de Richard -la interpretación de John Hawkes es tan buena como en Lazos de sangre- que siempre pende de la esperanza que algo emocionante le llene una vida casi inerte. Las chicas adolescentes que intentan a toda costa poner en práctica sus conocimientos teóricos sexuales y estar preparadas cuando asome el momento de la verdad, la amargada directora de museo que se ha ido aislando del mundo, el silencioso hijo de Richard que no comprende a su padre o la niña vecina que tiene la manía de ir acumulando artefactos electrodomésticos para su futuro. Pero el vínculo -si se le puede llamar así- que lidera el plot argumental es el conformado por Richard y Christine -interpretada magníficamente por la misma Miranda July- quienes con su particular estilo de quererse u odiarse establecen los nudos de acción mejor planteados y resueltos de la propuesta. Richard es un padre separado que no parece padre, y Christine una prestadora de servicios de traslado para gente longeva. Sus trabajos parecen encontrar el desfogue al estrés diario. Richard labora en una tienda de liquidaciones –sección zapatería- y vive pensando en que se encuentra preparado para que la magia llegue después de su separación. Lo que aparece en su vida no es otra cosa que Christine quien también ejerce como una artista audiovisual que dedica gran parte de su tiempo a elaborar un video sobre el tiempo que se escapa y la necesidad de vivir cada día como si fuese el último. Difícil premisa para cumplir que la película trata con moderación y valor. Cuando Christine llega a la vida de Richard, este entra en pánico y sus reacciones son contradictorias. Es aquí donde la July establece con finura que los seres humanos somos lo suficientemente cobardes para huir de las posibilidades ciertas que el destino suele brindarnos. Hay que atreverse a ser feliz y eso cuesta mucho parece decirnos la July, y no creo que esté lejos de la verdad. Entre otras muchas preguntas que se plantea la directora la que más logra trascender es aquella que gira alrededor al cómo relacionarnos y cómo vivir en comunidad, concepto sobre el que todos los personajes se desviven agregando otra conjetura que es también definida con prontitud: hablarnos acerca del miedo que produce el enfrentarse a la vida a cara pelada. Quizá July pueda caer en contadas ocasiones en la manía de mostrar un gusto demasiado expresivo por los simbolismos –un ejemplo es la escena del pez en la bolsa en plena carretera- pero no lo hace cansino ni despreciable. La escena del film es aquella en donde July juega con los zapatos pintados, y la más lograda la de Richard tratando de mostrarles a sus hijos que es un superhéroe quemándose la mano. Lo que queda claro de Me and You and Everyone We Know, es que Miranda July con todas las limitaciones que tiene logra una película muy honesta, y de planteamientos humanos que no comprometen sus acciones. Ella cree en ellos y no pretende nunca reflejar la sordidez y lo extraño de sus comportamientos, no los mira despectivamente, por el contrario, busca y encuentra en cada uno de los mismos comprensión y la respectiva cuota de humanidad. A pesar que Miranda July arranca desde un cierto pesimismo, el desarrollo de su ópera prima es un canto melodioso al amor y sobre todo a la esperanza. Película para cinéfilos devoradores de argumentos algo inusuales.