sábado, 29 de octubre de 2011

“La faute á Fidel”, una infancia desafiada por quimeras revolucionarias.





































Debe de haber sido una experiencia tan extraña como fascinante -debido principalmente a la edad de la encantadora niña protagonista de La faute á Fidel- el haber sido educada por padres que postulaban al comunismo como la gran esperanza del desarrollo sublevante de la humanidad en el siglo XX. Esta premisa -respetable aunque ciertamente inaceptable en estos tiempos- es muy diferente a la de uno haber crecido dentro del rigor de un gobierno militarista que se caracterizaba por un inelástico talante estatista, allá cuando frisaba los nueve o diez años. No me imagino a Papá o Mamá siendo o militando en los vericuetos de la izquierda o de la derecha aunque si recuerdo a mi adorada abuela -nacida en la Argentina, y con quien compartí 15 maravillosos años de dormitorio- hablándome con fanatismo y buenas maneras durante incontables horas de su amado general Perón, y de todas sus hazañas. También supe de Evita y de muchos artistas de renombre en diversas artes. La nona era peronista, no militarista, ni estatista, mucho menos comunista. Tenía colgado en la pared de la habitación un afiche enorme de Perón subido a su imponente percherón... Quizá para mí y mis dos hermanas esto de los matices políticos o revolucionarios era un tema lejano, desinteresado o sin darnos cuenta prohibido. Realmente no lo sé, imposible situarlo en mi memoria selectiva. Ni hablar de las monjas o sacerdotes jesuitas que me educaron fuera de casa. Eso sí lo tengo muy presente, y jamás -salvo en alguna clase de historia universal pasada por agua tibia- palabras como comunismo, marxismo, leninismo, maoísmo, estalinismo, fascismo etc., formaban parte de nuestro léxico habitual. Obviamente eran otros tiempos -hoy los chicos son más vivos- aunque ciertamente se sentía en aquel ambiente una tendencia que se pronunciaba mayoritariamente con muchas más dudas que certezas, La famosa frase: chino, contigo hasta la muerte, fue muy popular en esos tiempos, y no solo en boca de sobones y lame botas. Me refiero al general Velasco -nuestro impresentable milico golpista- que según decir de mi abuela era la diarrea de un asno comparada con el aplomo, la inteligencia y hasta la pinta de Perón -luego, años más tardes, me enteraba como los argentinos vociferaban por TV: ladrón o no ladrón, queremos a Perón. Pobre abuela. En fin, de mi parte, si podría atreverme a contar algunas anécdotas que quedaron marcadas en mi infancia de los setenta, y que se relacionan de alguna mínima manera con el tema, no dudaría en traer al presente dos: la primera, mi Padre trabajaba en la importación de cuero vacuno desde Sudáfrica hacia el Perú -o algo por el estilo- y contó en una rueda de tíos en casa, que los sudafricanos le habían comentado que unos socios holandeses le habían obsequiado a un tal general Artola -para fomentar relaciones con nuestra patria- una pareja del ganado reproductor más fino de la época: un toro y una vaca de raza Holstein. Los milicos en vez de recurrir a la reproducción decidieron hacerse una parrilla o comérselas, que viene a ser lo mismo, dada la gran reputación del sabor y textura de la carne argentina. Ojo, no estoy hablando de comunismo sino del nulo intelecto de los que gobernaban nuestro país. La segunda, en mi colegio había un destacado profesor de matemáticas -su nombre era Gumersindo- pero que dedicaba los primeros minutos de sus clases a conversar con nosotros de la realidad peruana. Jamás le escuché un discurso maniqueísta acerca de los gobernantes de turno. Su queja era más bien fundamentada por el lado de las injusticias sociales que se producían, y con las que parecía disentir con vehemencia. Bueno, los curas se pusieron de acuerdo con algunos padres de familia y decidieron que el buen Gumersindo era comunista, y lo sacaron por dañar la honra del colegio. Una cojudez digna del gobierno de ese entonces. Perdimos no sólo un excelente profesor sino un amigo, un joven que siempre te daba una mano, que se interesaba en ti como alumno y persona. No sé si Gumersindo era comunista, solo me acuerdo del escándalo que se armó y de su despedida sin insultos ni sinsabores en un aula muda donde demostró su hombría de bien… Por qué hago toda esta introducción, en donde viajo hacia atrás en tiempo y espacio hasta llegar a mi niñez, y mi vinculación con mi nona, padres y maestros. El motivo es la película La faute à Fidel o La culpa es de Fidel, ópera prima de Julie Gavras, hija del gran cineasta Constantin Costa-Gavras, quien tiene en su filmografía obras vinculadas al quehacer político y a la violencia destructora que azotó países como Chile y Uruguay en la misma época del film. Además se llevó un Oscar por su fabuloso film Zeta o simplemente Z. Pero Julie no es como el padre aunque el que hereda no la hurta. Ella tiene un estilo más motivacional para que todo un contexto político a medio construir pueda ser canalizado a través de una niña en su afectación personal y familiar. No hay violencia ni amago de mensajes idealistas que se quieran o necesiten exponer. Su tarea es la de involucrarla sin dañarla en la decisión de sus padres de colaborar con un activismo que tampoco llega a lo radical. Y dentro de esa cárcel de incomprensiones teje una historia que a veces pasa del drama al humor o viceversa intentando un repaso histórico y político muy bien amalgamado para que se pueda comprender como un complemento a la historia familiar, y no como el centro de la acción. Este tratamiento minucioso y pulcro que logra Julie Gavras a través del bellísimo rostro de la pequeña Anna -como eje de la trama- su hermano menor Francois, y sus padres Marie y Fernando durante la Francia de inicios de los setenta -la muerte de De Gaulle es un hecho que dimensiona el relato- no ofende en absoluto, y más bien nos conduce a otra historia: la de los padres de Anna que -lejos de los problemas en Chile y España- toman interés en la causa de manera casual, cuando ambos tienen una disputa matrimonial, y se enrostran inacciones mutuas, pero deciden unirse en apoyar los cambios que en ese momento empezaban a afectar a países satélites de Europa -por el franquismo- y en Sudamérica -por la posibilidad que la izquierda presidida por Allende asuma el poder-. La hermana de Fernando -que es español de nacimiento, e hijo de franquistas- le suma al plot argumental pero de manera alguna es el hecho que importe. Es más, mayor es la contribución de Marie mediante la escritura de un libro acerca del aborto, y la de Fernando como una especie de canalizador de intereses no formales franceses en Chile, por unas cuantas semanas aunque aborrece el catolicismo que tanto ama su hija. Lo que interesa realmente es la visión que va teniendo Anna de los acontecimientos y su posterior reacción ante estos porque le modifican su corta vida. Son muchas y nuevas las cosas que tiene que absorber para definir un norte. Es influenciada por una nana de origen cubano que le refriega el hecho que Fidel Castro tiene la culpa de todo, de que sus padres se hayan convertido en comunistas por haberla echado como la revolución la sacó de Cuba -hecho falso pero bien esbozado y reforzado por la Gavras en su afán de reflejar los cambios- o por su abuelo que posee una muy buena posición económica -que contrasta con la de su familia directa- y que le brinda refuerzo a las lecciones de historia que Anna recibe en el colegio en donde estudia. También contribuye a la dispersión un factor interesante personificado en dos cuidadoras, una de nacionalidad griega, y la otra de origen vietnamita que embelesa a Anna con cuentos de tesitura mitológica. La cuestión es que Anna debe de lidiar con una realidad que no puede captar del todo, y saber sopesar otra ficcional que le ha sido inculcada por seres cercanos. ¿¿Cómo salir entonces del laberinto?? No tiene otra opción que la de una auto-comprensión meditada y paulatina. Su inteligencia deductiva va empezando a funcionar atildadamente como si fuera una adulta meticulosa. Si bien es cierto detesta los cambios con los que ha tenido que luchar, los logra dominar y les saca provecho. Logra ser más paciente con su insoportable aunque fiel hermano. Va logrando encontrarle las razones a aquellas decisiones adoptadas por sus padres, y cuál es el papel que ella juega en las mismas. Es más, hay momentos en que Gavras sabe llevar las riendas de la impronta de Anna a través de no solamente entender sino admirar la lucha de Marie y Fernando. Se da cuenta que es por ella y Francois, por el futuro de ambos. También resulta elogiable en Gavras la forma en que configura un cambio sustantivo en la personalidad de Anna. Ya no parece ser la nena dependiente -en todo sentido- sino una persona que ha aprendido a tomar sus propias decisiones y confrontarlas. La escena -muy sutilmente llevada por la Gavras- en que Anna acude a la marcha en contra de la pena de muerte con la intención de experimentar aquel espíritu de cuerpo que tanto se hablaba en casa, resulta todo lo contrario cuando la policía reprime el hecho a través de los gases lacrimógenos. Anna entra en pánico y se queda inmovilizada. Luego reacciona cuando la sacan del lugar. Ese tipo de experiencia en una niña de no más de nueve o diez años es traumática, sin embargo ella, logra aquilatarla y darle un valor agregado. Y ese avance se percibe con nitidez cuando ya no en un momento apremiante sino de alegría -cuando le comunican a Fernando por teléfono la victoria de Allende- Anna toma el hecho con calma y hasta cierta felicidad por el amor a sus padres. Son antológicas las escenas cuando Anna arrastra de la mano a Francois hasta la biblioteca, molesta por la discusión de sus padres, para no regresar hasta muy tarde en su primera experiencia de rechazo o reclamo hacia ellos. No es poca cosa el amor que siente Anna por las monjas o por las clases de catecismo, y su desagrado -que hace ostensible la Gavras- cuando se ve en la obligación de canjearlas por algunas posiciones con su padre, o aquel excepcional mano a mano ideológico con los visitantes “barbudos” acerca de la plusvalía y la propiedad privada. Anna ya no es la nena conservadora acostumbrada a una rutina sin mayores tropiezos y cuya vida se desarrolla en un apacible transcurrir entre su religiosidad escolar y la casa paterna. Ha aprendido a adaptarse a las circunstancias cambiantes de un mundo enfrentado a dos posturas extremas. Comunismo, fascismo, capitalismo, idealismos, prejuicios, religión y mitologías rondan la mente de Anna, y Julie Gavras se da el lujo de que no profundice en ellas aunque de alguna manera hace que ironice sobre las mismas. Si Anna logra algo es una crítica comprometida, dinámica y hasta divertida pero sin darse cuenta de lo profundo que en verdad esto significa, salvo en la superación de los sinsabores familiares. Finalmente, la película posee una factura técnica sin problemas, los diálogos y las actuaciones son meritorias y el ritmo del relato adecuado. La fotografía cumple pero sin deslumbrar y la Gavras sabe filmar pero de modo alguno a la altura de su padre. Ella fija su poderío en la manipulación de su narrativa, de sus contextos y de sus contenidos. Anna está sumamente enfadada. Lo que está sucediendo no le gusta. Gavras impone su criterio a través de un juicio sobre la inmadurez de la generación de sus padres, que en el fondo fueron niños mimados y rebeldes. Además retrata con mano diestra el choque emocional de una experiencia negativa de los bruscos cambios en la generación de los años 70. Muchas cosas cambiaron entonces, pero no para mejor. Yo viví esa época y al igual que Anna trate de comprender un mundo al que no teníamos acceso niños y jóvenes. No sé si hice lo posible por tener una historia como la de Anna pero si recuerdo los tremebundos climas que se respiraban en mi barrio, mi colegio y mi país. Fueron doce años en que no gobernaron no los derechistas ni los comunistas sino algo mucho peor: los militares. Un golpe -palabra santa para los de uniforme- que nos costó muchos años poder superar. Mi identificación es plena y emotiva con un film que me hizo transportarme a mi niñez sin el menor atisbo de violencia. Una magistral clase de política para principiantes. Para terminar la entrada, La faute á Fidel se constituye dentro de aquellos films que cuanto menos se intente de describir, más se disfrutará del contenido que quedará por descubrir. Anna tiene la palabra, la imagen y la capacidad de la acción. Existe algo en la vida del ser humano que es digno de vivir con plenitud, y eso se llama infancia. Yo prefiero una infancia que desconozca de idealismos, que repita sin llegar a distinguir siquiera las más rebuscadas u obvias citas "capitalistas", y que mire con poca o mucha indiferencia a las "barbas" del comunismo tal como lo plantea Julie Gavras. Su cine es parte de una indefensa maquinaria de ideas que no intenta lavarnos el cerebro, ni utilizar sublimación de ningún tipo para convencernos de nada sino que intenta apelar a nuestra capacidad -sea esta consciente o no- para comprender que siempre puede existir un mundo quizá no mejor pero sí más justo. La Gavras no se encarcela en la misma burbuja en las que están divagando miles de “psico-idealistas-extremistas-disfuncionales-postmodernistas” cuyo único objetivo es manipularnos utilizando el arte. Nada de eso. Anna es un digno personaje en constante evolución. Y si Mickey Mouse o el pato Donald eran nocivos derechistas a ultranza, que adjetivo le tendríamos que etiquetar a Batman o al Guasón.

lunes, 24 de octubre de 2011

“Sangre de mi sangre”, Padre mío que no estuviste en la tierra.





























Volvemos al cine independiente. Sangre de mi sangre es ganadora de Sundance de 2007 además de la ópera prima del norteamericano Christopher Zalla, quien también escribió la historia. Lástima que este avispado yankee no haya vuelto a dirigir cine porque demostró poseer una agudeza tentadora para apostar desafiante por una temática engorrosa, siempre reiterativa como la inmigración de mejicanos a los EEUU aunque el estilo que irradia para concebirla -y sobre todo para su tratamiento conceptual y fílmico- a través de una atmósfera sometida con calmada plenitud a una oscuridad sofocante, combinada con un crónico realismo minimalista la encumbran como una obra de estimable factura. Zalla se olvida del sufrimiento y/o la falta de oportunidades como causantes primigenios del infortunio que toleran los “buscadores de mejores destinos”, y acomoda sus personajes -que cumplen con la formalidad de ese estigma inevitable que significa el sacrificio del traslado y/o la instalación- en un lenguaje o línea narrativa que tiene la virtud que cuando sus vidas se interrelacionan, se aleja del tópico de la persecución policial para centrarse en la necesidad del ser humano de integrarse, de contar con alguien cercano dispuesto a canjear favores, y cuya finalidad es la de saltar dificultades e intentar cumplir con sus ambiciones. El cine ha sido un muy buen nexo comunicativo y vinculante del cáncer migratorio, y hay ejemplos notorios que lo retratan con impoluta crudeza: Someone Else's America de Goran Paskaljevic, True North de Steve Hudson, Go de Isao Yukisada, Le gone du Chaâba de Ruggia, The Emigrants y The New Land del sueco Jan Troell, The Visitor de Thomas McCarthy, Così Ridevano de Gianni Amelio, Contra la pared de Fatih Akin -comentada en este blog- la notable Moi un noir de Rouch o America, America una de las excepcionales obras de Elia Kazan. Ninguno de estos films enarbola la bandera del espejismo utópico de un problema extremadamente complejo -que jamás terminará en justicia para todos- pero que dentro de este conglomerado de tramas y dramas, Zalla se encarga de minimizar esas agobiantes consignas en su puesta en escena, y detalla su punto de vista sin que trascienda una confusa tragedia sino una refrescante forma de atraer expectativas. Y no lo hace porque sus ideas sean muy potentes o intensamente cerebrales sino sencillamente porque aprovecha su talento para abocarlo a un renovado concepto de la emoción -no contemplada la pena ni el lloriqueo- quizá aunada al pudor más que a la indolencia, constituyendo una especie de paredón a ojos vista descuidado en los quehaceres cinematográficos que la misma temática se encarga muchas veces de distorsionar o acentuar. Zalla se exige, busca y consigue -sin discursos altisonantes- pincharles el globo a los temibles antropólogos occidentales que aseveran -quizá con argumentos válidos normativos- que el crecimiento desmedido de las urbes hasta convertirlas en una nueva jungla o tierra de nadie es culpa del individuo que tiene lógicas aspiraciones y las aplica -no le queda otra salida- sin importarles que es esa misma persona quien pierde su elemental exención refugiándose en una multitud que pulula sin nombre, ni derechos, ni sueños, ni nada... Ser un indocumentado o usurpador puede ser una verdad a medias dependiendo del cristal con que se mire. Alguien me señalaba con rostro caliente, que si se expulsara a todos los latinos, asiáticos o africanos de aquellas potencias receptoras, estaríamos ante un caos social imposible de revertir para el país que los aloja legal o ilícitamente. A veces es cierta aquella frase que afirma: la culpa no es del chancho sino del que le da de comer. En todo caso, Zalla -indiferente a los mensajes encubiertos y a las recetas mágicas- hace su pequeña contribución a través de una historia intimista donde entierra los rascacielos de Nueva York para hacer emerger con recatado criterio la conciencia de cuatro personajes -dos ya instalados y dos que pretenden hacerlo- que hasta cierto momento sobrevivían -con inconexas perspectivas- bajo el manto del aislamiento, y de una soledad opresiva y vacía. Zalla cuenta lo que quiere contar, muestra lo que quiere mostrar y llega adonde quiere llegar. Eso sí, por momentos parece pagar un costo alto porque “se sale del molde” pero que logra disolver en el trayecto porque no suele esclarecer ni explicar nada sino simplificarlo todo, y son estas dos palabras las que aglutinan ciertos matices del film que resultan vitales: pierde complejidad, gana en continuidad -el misterio que encierra cada personaje es magnífico- y espesor, logrando algo difícil de implicar en cualesquier espectador: el poder expresivo de la quietud y del silencio.

La ciudad de Nueva York es el escenario donde Zalla monta su película. Es difícil filmar en los terrenos mimados y odiados del gran Woody Allen. El mismo Allen señaló en alguna oportunidad que la presión que se siente y que ejerce “The Big Apple” sobre un realizador puede a éste volverlo loco o impotente. Christopher Zalle no estuvo loco, y a pesar de ser norteamericano se atrevió a pisar suelo propio con firmeza, dándole la espalda a sus coterráneos en un asunto tan sensible, tejiendo una trama a favor de sus aparentes oponentes. Ahí radica la osadía de un hombre apasionado que prioriza sus sentimientos particulares a los intereses generales. Gracias a esto, gana Sundance sin ser el film favorito, pero lo que más llama la atención -repito- es que no haya vuelto a aparecer en el cine, salvo en su trabajo habitual que hace para la TV... La historia es simple. Pedro radica en la ciudad de Puebla-México con su madre, pero cuando esta muere le deja un encargo obligado: vete a los EEUU a buscar a tu padre, que vive en Nueva York, y que supuestamente los abandonó. Le entrega una carta y un colgante con su foto y la de su Padre. Pedro tiene una sola cosa bien en claro -Zalla se desprende del argumento tibio y común-. Su Padre es un tipo adinerado y dueño de un restaurante de prestigio. La mentira parece apropiarse de la trama. La madre no era ninguna santa. En el camión de traslado hace amistad con otro muchacho -Zalla con gran sentido del meta-mensaje abre y cierra su film con este personaje y con escenas gemelas- llamado Juan, quien mucho más zorro que Pedro, lo va midiendo durante el viaje para finalmente robarle sus pertenencias -incluida la carta de la Madre- y llegando a Nueva York -más precisamente a Brooklyn- se hace pasar por él. Zalla va tejiendo con habilidad los nudos de acción mientras ambos personajes intentan instalarse en alguna zona. Pedro está totalmente a la deriva mientras Juan tiene la posibilidad de ir a buscar al Padre de Pedro -Diego- para hacerle la vida más insoportable. Luego entran en escena dos artistas, por un lado, el supuesto Padre de Juan -extraordinaria interpretación del conocido actor mexicano Jesús Ochoa- y la actriz Paola Mendoza, quien también acierta como elemento invisible a la acentuación del drama del mismo Pedro. Hay un quinto en discordia -Eugenio Derbez- cuya faceta de apoyo al personaje de Diego es muy interesante porque suele ser aquel compañero de trabajo que lo tiene a mal traer pero que en el fondo es su único amigo. Zalla acierta en su tesis de las relaciones humanas con estas uniones amicales que recrean con soltura sus personajes. Una vez definida la trama y los actores, Zalla se dedica a entrelazar situaciones propias de la búsqueda existencial de cada quien. Todos van descubriendo sus facetas, tanto las míseras como aquellas donde exhiben sanas intenciones. Zalla prefiere no contaminar el despliegue narrativo amarrando sentimientos muy arraigados entre los personajes. Sabe que al mantenerlos distanciados -Diego nunca conoce a su verdadero hijo- hace que nosotros intentemos armar nuestro propio rompecabezas emotivo. El suspenso dramático de Zalla se instala con poderío visual y argumental a través de una concepción narrativa ligera de la tragedia urbana de sus personajes. Basta con observar como encierra la mayoría de acciones de estos en un pedazo de ciudad cercada por muros, callejones y sitios paupérrimos donde los desheredados pasan la mayor parte del tiempo hacinados. Pero no lo resalta de manera traumática ni soez para el que observa. Zalla sabe que tiene que desprenderse de un relato tradicional y vicioso. Él mismo determina que el espejismo destroza a esos seres humanos, por eso es que puede manejar con limpieza sus egos y separarlos de una lucha egoísta e individual para crear o perseguir un sueño que sabe inalcanzable, aunque sirva de motivo sustancial para seguir adelante o quedarse estancado. Un detalle interesante de Zalla hacia sus personajes es la utilización de los espacios físicos donde se desenvuelven enlazándolos con la personalidad de sus actores, es decir, relaciona su racionalidad con la iluminación de la luz natural y lo disparatado -casi llegando a una sensación claustrofóbica- con la lobreguez -léase esta como melancolía o tenebrosidad- de los notables claroscuros que impone sin molestar. Una muy buena película que lo tiene todo en su generosa dimensionalidad que le brinda al tema Christopher Zalla. No falta ni sobra, ni en lo técnico -sabe poner la cámara y reflejar los gestos con destreza- ni en lo propiamente argumental. El conjunto funciona a la perfección, y el trabajo que hace con sus actores es brillante. Es curioso que un tema tan manoseado se pueda seguir con mucho interés y mayor atención. Para dotar una película de tintes dramáticos de personajes que exhiben encanto y gracia en situaciones límite hay que tener no solo capacidad sino mucha inteligencia deductiva y desprendimiento hacia los demás, incluidos nosotros. Recomendable, y cerca del gran cine mexicano de antaño.