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También supe de Evita y de muchos artistas de renombre en diversas artes. La nona era peronista, no militarista, ni estatista, mucho menos comunista. Tenía colgado en la pared de la habitación un afiche enorme de Perón subido a su imponente percherón... Quizá para mí y mis dos hermanas esto de los matices políticos o revolucionarios era un tema lejano, desinteresado o sin darnos cuenta prohibido. Realmente no lo sé, imposible situarlo en mi memoria selectiva. Ni hablar de las monjas o sacerdotes jesuitas que me educaron fuera de casa. Eso sí lo tengo muy presente, y jamás -salvo en alguna clase de historia universal pasada por agua tibia- palabras como comunismo, marxismo, leninismo, maoísmo, estalinismo, fascismo etc., formaban parte de nuestro léxico habitual. Obviamente eran otros tiempos -hoy los chicos son más vivos- aunque ciertamente se sentía en aquel ambiente una tendencia que se pronunciaba mayoritariamente con muchas más dudas que certezas, La famosa frase: chino, contigo hasta la muerte, fue muy popular en esos tiempos, y no solo en boca de sobones y lame botas. Me refiero al general Velasco -nuestro impresentable milico golpista- que según decir de mi abuela era la diarrea de un asno comparada con el aplomo, la inteligencia y hasta la pinta de Perón -luego, años más tardes, me enteraba como los argentinos vociferaban por TV: ladrón o no ladrón, queremos a Perón. Pobre abuela. En fin, de mi parte, si podría atreverme a contar algunas anécdotas que quedaron marcadas en mi infancia de los setenta, y que se relacionan de alguna mínima manera con el tema, no dudaría en traer al presente dos: la primera, mi Padre trabajaba en la importación de cuero vacuno desde Sudáfrica hacia el Perú -o algo por el estilo- y contó en una rueda de tíos en casa, que los sudafricanos le habían comentado que unos socios holandeses le habían obsequiado a un tal general Artola -para fomentar relaciones con nuestra patria- una pareja del ganado reproductor más fino de la época: un toro y una vaca de raza Holstein. Los milicos en vez de recurrir a la reproducción decidieron hacerse una parrilla o comérselas, que viene a ser lo mismo, dada la gran reputación del sabor y textura de la carne argentina. Ojo, no estoy hablando de comunismo sino del nulo intelecto de los que gobernaban nuestro país. La segunda, en mi colegio había un destacado profesor de matemáticas -su nombre era Gumersindo- pero que dedicaba los primeros minutos de sus clases a conversar con nosotros de la realidad peruana. Jamás le escuché un discurso maniqueísta acerca de los gobernantes de turno. Su queja era más bien fundamentada por el lado de las injusticias sociales que se producían, y con las que parecía disentir con vehemencia. Bueno, los curas se pusieron de acuerdo con algunos padres de familia y decidieron que el buen Gumersindo era comunista, y lo sacaron por dañar la honra del colegio. Una cojudez digna del gobierno de ese entonces. Perdimos no sólo un excelente profesor sino un amigo, un joven que siempre te daba una mano, que se interesaba en ti como alumno y persona. No sé si Gumersindo era comunista, solo me acuerdo del escándalo que se armó y de su despedida sin insultos ni sinsabores en un aula muda donde demostró su hombría de bien… Por qué hago toda esta introducción, en donde viajo hacia atrás en tiempo y espacio hasta llegar a mi niñez, y mi vinculación con mi nona, padres y maestros. El motivo es la película La faute à Fidel o La culpa es de Fidel, ópera prima de Julie Gavras, hija del gran cineasta Constantin Costa-Gavras, quien tiene en su filmografía obras vinculadas al quehacer político y a la violencia destructora que azotó países como Chile y Uruguay en la misma época del film. Además se llevó un Oscar por su fabuloso film Zeta o simplemente Z. Pero Julie no es como el padre aunque el que hereda no la hurta. Ella tiene un estilo más motivacional para que todo un contexto político a medio construir pueda ser canalizado a través de una niña en su afectación personal y familiar. No hay violencia ni amago de mensajes idealistas que se quieran o necesiten exponer. Su tarea es la de involucrarla sin dañarla en la decisión de sus padres de colaborar con un activismo que tampoco llega a lo radical. Y dentro de esa cárcel de incomprensiones teje una historia que a veces pasa del drama al humor o viceversa intentando un repaso histórico y político muy bien amalgamado para que se pueda comprender como un complemento a la historia familiar, y no como el centro de la acción. Este tratamiento minucioso y pulcro que logra Julie Gavras a través del bellísimo rostro de la pequeña Anna -como eje de la trama- su hermano menor Francois, y sus padres Marie y Fernando durante la Francia de inicios de los setenta -la muerte de De Gaulle es un hecho que dimensiona el relato- no ofende en absoluto, y más bien nos conduce a otra historia: la de los padres de Anna que -lejos de los problemas en Chile y España- toman interés en la causa de manera casual, cuando ambos tienen una disputa matrimonial, y se enrostran inacciones mutuas, pero deciden unirse en apoyar los cambios que en ese momento empezaban a afectar a países satélites de Europa -por el franquismo- y en Sudamérica -por la posibilidad que la izquierda presidida por Allende asuma el poder-. La hermana de Fernando -que es español de nacimiento, e hijo de franquistas- le suma al plot argumental pero de manera alguna es el hecho que importe. Es más, mayor es la contribución de Marie mediante la escritura de un libro acerca del aborto, y la de Fernando como una especie de canalizador de intereses no formales franceses en Chile, por unas cuantas semanas aunque aborrece el catolicismo que tanto ama su hija. Lo que interesa realmente es la visión que va teniendo Anna de los acontecimientos y su posterior reacción ante estos porque le modifican su corta vida. Son muchas y nuevas las cosas que tiene que absorber para definir un norte. Es influenciada por una nana de origen cubano que le refriega el hecho que Fidel Castro tiene la culpa de todo, de que sus padres se hayan convertido en comunistas por haberla echado como la revolución la sacó de Cuba -hecho falso pero bien esbozado y reforzado por la Gavras en su afán de reflejar los cambios- o por su abuelo que posee una muy buena posición económica -que contrasta con la de su familia directa- y que le brinda refuerzo a las lecciones de historia que Anna recibe en el colegio en donde estudia. También contribuye a la dispersión un factor interesante personificado en dos cuidadoras, una de nacionalidad griega, y la otra de origen vietnamita que embelesa a Anna con cuentos de tesitura mitológica. La cuestión es que Anna debe de lidiar con una realidad que no puede captar del todo, y saber sopesar otra ficcional que le ha sido inculcada por seres cercanos. ¿¿Cómo salir entonces del laberinto?? No tiene otra opción que la de una auto-comprensión meditada y paulatina. Su inteligencia deductiva va empezando a funcionar atildadamente como si fuera una adulta meticulosa. Si bien es cierto detesta los cambios con los que ha tenido que luchar, los logra dominar y les saca provecho. Logra ser más paciente con su insoportable aunque fiel hermano. Va logrando encontrarle las razones a aquellas decisiones adoptadas por sus padres, y cuál es el papel que ella juega en las mismas. Es más, hay momentos en que Gavras sabe llevar las riendas de la impronta de Anna a través de no solamente entender sino admirar la lucha de Marie y Fernando. Se da cuenta que es por ella y Francois, por el futuro de ambos. También resulta elogiable en Gavras la forma en que configura un cambio sustantivo en la personalidad de Anna. Ya no parece ser la nena dependiente -en todo sentido- sino una persona que ha aprendido a tomar sus propias decisiones y confrontarlas. La escena -muy sutilmente llevada por la Gavras- en que Anna acude a la marcha en contra de la pena de muerte con la intención de experimentar aquel espíritu de cuerpo que tanto se hablaba en casa, resulta todo lo contrario cuando la policía reprime el hecho a través de los gases lacrimógenos. Anna entra en pánico y se queda inmovilizada. Luego reacciona cuando la sacan del lugar. Ese tipo de experiencia en una niña de no más de nueve o diez años es traumática, sin embargo ella, logra aquilatarla y darle un valor agregado. Y ese avance se percibe con nitidez cuando ya no en un momento apremiante sino de alegría -cuando le comunican a Fernando por teléfono la victoria de Allende- Anna toma el hecho con calma y hasta cierta felicidad por el amor a sus padres. Son antológicas las escenas cuando Anna arrastra de la mano a Francois hasta la biblioteca, molesta por la discusión de sus padres, para no regresar hasta muy tarde en su primera experiencia de rechazo o reclamo hacia ellos. No es poca cosa el amor que siente Anna por las monjas o por las clases de catecismo, y su desagrado -que hace ostensible la Gavras- cuando se ve en la obligación de canjearlas por algunas posiciones con su padre, o aquel excepcional mano a mano ideológico con los visitantes “barbudos” acerca de la plusvalía y la propiedad privada. Anna ya no es la nena conservadora acostumbrada a una rutina sin mayores tropiezos y cuya vida se desarrolla en un apacible transcurrir entre su religiosidad escolar y la casa paterna. Ha aprendido a adaptarse a las circunstancias cambiantes de un mundo enfrentado a dos posturas extremas. Comunismo, fascismo, capitalismo, idealismos, prejuicios, religión y mitologías rondan la mente de Anna, y Julie Gavras se da el lujo de que no profundice en ellas aunque de alguna manera hace que ironice sobre las mismas. Si Anna logra algo es una crítica comprometida, dinámica y hasta divertida pero sin darse cuenta de lo profundo que en verdad esto significa, salvo en la superación de los sinsabores familiares. Finalmente, la película posee una factura técnica sin problemas, los diálogos y las actuaciones son meritorias y el ritmo del relato adecuado. La fotografía cumple pero sin deslumbrar y la Gavras sabe filmar pero de modo alguno a la altura de su padre. Ella fija su poderío en la manipulación de su narrativa, de sus contextos y de sus contenidos. Anna está sumamente enfadada. Lo que está sucediendo no le gusta. Gavras impone su criterio a través de un juicio sobre la inmadurez de la generación de sus padres, que en el fondo fueron niños mimados y rebeldes. Además retrata con mano diestra el choque emocional de una experiencia negativa de los bruscos cambios en la generación de los años 70. Muchas cosas cambiaron entonces, pero no para mejor. Yo viví esa época y al igual que Anna trate de comprender un mundo al que no teníamos acceso niños y jóvenes. No sé si hice lo posible por tener una historia como la de Anna pero si recuerdo los tremebundos climas que se respiraban en mi barrio, mi colegio y mi país. Fueron doce años en que no gobernaron no los derechistas ni los comunistas sino algo mucho peor: los militares. Un golpe -palabra santa para los de uniforme- que nos costó muchos años poder superar. Mi identificación es plena y emotiva con un film que me hizo transportarme a mi niñez sin el menor atisbo de violencia. Una magistral clase de política para principiantes. Para terminar la entrada, La faute á Fidel se constituye dentro de aquellos films que cuanto menos se intente de describir, más se disfrutará del contenido que quedará por descubrir. Anna tiene la palabra, la imagen y la capacidad de la acción. Existe algo en la vida del ser humano que es digno de vivir con plenitud, y eso se llama infancia. Yo prefiero una infancia que desconozca de idealismos, que repita sin llegar a distinguir siquiera las más rebuscadas u obvias citas "capitalistas", y que mire con poca o mucha indiferencia a las "barbas" del comunismo tal como lo plantea Julie Gavras. Su cine es parte de una indefensa maquinaria de ideas que no intenta lavarnos el cerebro, ni utilizar sublimación de ningún tipo para convencernos de nada sino que intenta apelar a nuestra capacidad -sea esta consciente o no- para comprender que siempre puede existir un mundo quizá no mejor pero sí más justo. La Gavras no se encarcela en la misma burbuja en las que están divagando miles de “psico-idealistas-extremistas-disfuncionales-postmodernistas” cuyo único objetivo es manipularnos utilizando el arte. Nada de eso. Anna es un digno personaje en constante evolución. Y si Mickey Mouse o el pato Donald eran nocivos derechistas a ultranza, que adjetivo le tendríamos que etiquetar a Batman o al Guasón.



























