martes, 29 de noviembre de 2011

“Absurdistan”, intercambio de sexo por agua.
































La cartelera limeña se caracteriza por su arbitrariedad y no precisamente por su codicia. La publicidad y promoción de aquellas películas a exhibir es sumamente pobre e inconstante, y el segmento al cual va dirigido cae por rebote en un perfecto laberinto de sinrazones. Sólo queda para nosotros -los cinéfilos más exigentes- el circuito cultural como única opción aunque dotado éste de una infraestructura casi repelente pero que en determinadas ocasiones el film amerita la concurrencia obligada. Sin embargo, en el meollo de este desorden bien intencionado también pueden existir una que otra grata sorpresa sin ser ninguna maravilla. Eso es precisamente Absurdistan del productor, realizador y guionista alemán Veit Helmer, quien tiene en su haber dos muy buenos aprontes: Tuvalu, una espléndida e inverosímil citación del género fantástico que se posiciona en la mejor época del cine mudo europeo. Allí, Helmer centra su teoría argumental en expresiones y emociones innovadoras que giran alrededor de dos hermanos que buscan conseguir objetivos contrapuestos a través de un mismo elemento: la piscina que dejó su Padre ciego al morir en un accidente. La poesía que contienen sus imágenes es hermosa sumados a sus colores virados al azul y al verde, ambos tornasolados. Tuvalu tiene claras diferencias con Absurdistan pero dos bloques en común; el enamoramiento en la etapa de la juventud y la sugestiva expresividad de sus silencios sonoros. Su otra película se titula Gate to Heaven y también encuentra el tono onírico del género fantástico bien combinado con el romance dramático y la temática de la inmigración. Cinta de pocos diálogos -una característica puntual del director alemán- donde los sueños, las esperanzas, el amor y el tráfico de personas se entrelazan para darle vida y contexto a la historia. Gate to Heaven se cimenta en un homenaje cuidadoso al cine hindú no solo por cierta parte de su estructura dramática sino por el personaje femenino cuya curiosa imaginación condimenta el plot argumentativo. Veit Helmer demuestra su pericia al convertirse en un astuto malabarista de ilusiones. Con habilidad construye un canto al destino ingrato, agregándole el baile coral del cine que asombra en aquellas cintas que promueve Bollywood. De esta manera cierra una grata propuesta alejada de ese cine alemán convencional y rígido. Esto se puede comprobar a través de otro de los rasgos de Helmer en sus tres films, vale decir, trabajar en locaciones abiertas, con intérpretes provenientes de los países derivados de la antigua URSS. En el film Absurdistan, Helmer aprovecha todo ese caudal heterogéneo de expresividad artística para poder construir una especie de mescolanza cultural que lleva con criterio al género humorístico. El alemán trata en todo momento que Absurdistan se instale en la comedia y esté concebida desde el ingenio. Entonces todo, absolutamente todo, está pensado en términos ingeniosos: la composición de caracteres, el estilo de filmar, la BSO, la lógica sensatez de su narrativa, la fotografía etc. El alemán no puede salirse de su propio molde y enfoca dentro del tono chistoso u ocurrente un film de amor sin amor definiendo a sus personajes -salvo la belleza angelical de la actriz Kristyna Malerova- por los rasgos del desprecio: la fealdad, la ociosidad, el cretinismo, la extravagancia y hasta la estupidez. Pero lo importante es que la combinación funcione y Helmer la hace funcionar. Inclusive, encierra a sus actores y extras -14 familias, 02 jóvenes y una anciana- en una cárcel de disfuncionalidades en donde no les concede ni un milímetro de libertad para intentar escapar de una tirantez argumental que los sentencia -salvo el previsible desenlace- al infortunio de sus destinos. Pero este tipo de cine tiene personalidad controversial. Hay mucha gente que se divierte –es mi caso- y mucha otra que no. Es la misma disensión que en su momento causaron películas como Delicatessen que filmaron los franceses Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro en 1991 o siete años más tarde Gato negro, gato blanco del serbio Emir Kusturica. En fin, eso es lo adictivo de la cinematografía, su gran dependencia de la subjetividad. A unos les puede fascinar tal o cual argumento, y otros lo rechazan pareciéndole ridículo… Absurdistan es recomendable para afinar gustos y su extensa simpleza puede ser controversial dependiendo de qué es lo que se esté buscando en términos de entretenimiento. Inclusive, el film empieza con el viejo chiste de la repartición de cerebros -puesta esta vez en el pueblo- y una odisea histórica de los antiguos pobladores en donde apabullaron a los mongoles. Absurdistan es un pequeño pueblo alejado de la civilización, de todo tipo de comodidades y lujos donde vive un grupo de 17 personas entre mujeres y hombres -todos ellos adultos- salvo la anciana y los jóvenes -Tamelko y Aya- que nacieron el mismo día, y que creen que su destino es estar juntos de por vida. La premisa que construye Helmer deriva en un conflicto que puede ser tan absurdo o interesante dependiendo de cómo uno pueda cocinar la historia que está observando, ya que lo posiciona como un elemento seductor que enfrenta a las parejas del pueblo porque se quedan sin una sola gota de agua. Las mujeres -ante la pasividad de sus maridos que otrora gozaron de fama como seres de inocultable virilidad- deciden iniciar una huelga de sexo hasta que vuelva el agua, y si bien esta extrema resolución perjudica a casi todos por igual, Tamelko está especialmente afectado porque el cruce de las estrellas Virgo y Sagitario -que le aseguraba su primera noche de amor y un baño purificador con Aya- dura seis días, y es el período de tiempo para resolver el problema de la sequía. Ahí es donde Helmer teje sus mejores momentos porque hace lo que mejor sabe hacer y no inventa nada nuevo. Utiliza tres narradores en off, uno neutro, a Tamelko y Aya. No existen los diálogos que guíen la trama. Son interminables gags los que conducen el hilo narrativo. Helmer rueda escenas hilarantes y sin excederse. Hace que los hombres del pueblo en su afán por tener sexo lo intenten todo -menos arreglar la tubería de agua- desde llamar a prostitutas, a intentar trasladarse a la ciudad a algún prostíbulo, o incluso iniciarse en el mundo de la zoofilia, pero siempre están ahí sus mujeres para ponerles freno. Mala o buena, Absurdistan es una película que intenta hacer honor a su título y lo consigue.

jueves, 24 de noviembre de 2011

“Un cuento chino”, todos cargamos con nuestra propia vaca.







































Recién pude ir a ver ayer miércoles por la tarde Un cuento chino y pese a su inminente dosis de previsibilidad o una pomposidad bien controlada, hay que disfrutarla en su verdadera esencia, es decir, la presencia del azar como una constante que acerca a sus personajes aparentemente antagónicos pero en el fondo con muchos fundamentos en común. El principal, la soledad y la intención de no querer resignarse a esta. Siempre debemos tratar de juzgar las películas por lo que son y no por lo que aparentan ser, y Un cuento chino de Sebastián Borensztein es una de esas comedias negras dramáticas que acierta más de lo que yerra en su interesante meollo argumental. El director argentino conoce bastante bien la impronta de la comedia –esta vez le agrega recursos fílmicos muy simples y efectivos que delinean con exactitud los lazos afectivos, la camaradería y la necesidad de una demanda moral ante una propia perspectiva social y cultural- habiendo demostrado su buen manejo del género cuando escribió y rodó La suerte está echada en el 2005 aunque pareció trastabillar algunos años más tarde en un desparramado experimento mexicano sometido al thriller, y que daba la impresión de querer comportarse como la ingeniosa Memento de Nolan, sumada la desaprensión de un estilacho latino inexistente. En Un cuento chino el imaginario de Borensztein se cuelga y desarrolla a partir de una noticia cierta aunque insólita ocurrida en el Asia. Una vaca cayó del cielo y hundió un pesquero japonés en mar ruso. Así lo explicaron a las autoridades del lugar algunos marinos japoneses al ser rescatados. Ante la duda y el descreimiento las autoridades decidieron detenerlos… Borensztein hizo de una noticia lejana y pintoresca una estupenda excusa para hacer su película, sabe diseñarla e incorporarle los sentimientos que supone relevantes. Comienza la misma reproduciendo -dentro de su hiperestesia mental- lo aparentemente sucedido pero en un contexto diferente –un subterfugio ciego- donde exhibe un lago inmenso y solitario donde dos personas de origen chino intentan jurarse amor eterno. El argentino no es bobo y no subtitula lo que ellos conversan, pero con las simbologías que utiliza -y que derivan en universales- como los anillos, el champagne, las miradas y sonrisas cómplices etc., nos va introduciendo en su historia a través de una narrativa que fluye sin mayores problemas. Cae del cielo una vaca, muere la novia, se salva el novio, y ya estamos dentro de la fábula moral que plantea el cineasta argentino. Claro está que la comunidad china en la Argentina es tanta o mayor que en el Perú, y tienen casi los mismos problemas, por lo que no es difícil darse cuenta hacia qué objetivos desprendidos apunta Borensztein. Quizá el argentino tenga una ventaja considerable para explicarlos al contar como protagonista con el fabuloso actor Ricardo Darín. Prácticamente actúa sólo y las veces en que se junta con otros personajes estereotipados –salvo las interacciones con Huang Sheng Huang- su invisibilidad interpretativa es excepcional. Pero más allá de las idas y vueltas de ambos personajes, de sus cordialidades y desapegos, de los gestos secos y estados alterados en el caso del ferretero Darín o festivos y carismáticos de Huang, del idioma como barrera y emblema de la incomunicación, del choque y el sincretismo de culturas en este mundo globalizado y violento, de la infaltable discriminación policiaca, del cable a tierra que representa una buena mujer, del Chinatown bonaerense, de los efectos especiales, de sus locaciones que confunden etc., Un cuento chino es un film embriagado en un trasfondo de culpa, ese tipo de culpa que necesita de una liberación personal urgente pero que no llega rápido, que hay que buscarla o trabajarla pacientemente, que sí pasa dos veces y que hay que estar muy atento para darse cuenta de su presencia. El personaje de Darín acumula una culpa retenida de la guerra y de la relación con su padre en los avisos que recorta, sonríe, imagina y guarda. Hay algo que le pesa y que no puede sacarlo de su interior. Por lo tanto, esas libertades reprimidas son de peso afectivo, expresivo, psicológico etc. Son características complejas de plasmar en pantalla, y que solamente un actor de la capacidad de manejo de tiempos y atmósferas apretadas como un taciturno Darín, lo suele hacer con precisa naturalidad. Oscar Wilde afirmaba que el arte vivía de servidumbres y moría de libertad. Al saber Borensztein que es lo que realmente quiere en esa dimensionalidad genuina de sus personajes, su film alcanza por momentos una dinámica cautivante, pero que no es fácil mantener siempre en un nivel superlativo. El argentino tiene a veces que frenar el ritmo y para eso utiliza a la actriz Muriel Santa Ana como un acicate adecuado. Entonces –por una cuestión de lógica narrativa- hay escenas que parecen extraviarse. Uno siente que la película gira y se sobregira a su antojo. Pero, todo está bien calculado por el director argentino, quien logra finalmente convertir la transgresión en observancia. Expuesta de esta manera, Un cuento chino termina siendo una película vinculante de razones extrañas aunque de sensibilidades compartidas. Buen film, para entretenerse, no perdérselo y recordar que muchos nos hemos visto en ese escabroso espejo.