lunes, 9 de enero de 2012

“La Maman et la Putain”, Eustache y su narrativa fuera de toda norma.















































Una de las películas francesas más audaces, combativas e inteligentes de la década de 1970 fue sin duda La Maman et la Putain o La Mamá y la Puta de Jean Eustache, un cinéfilo desde siempre y a toda prueba. El francés realiza sus primeras experiencias en el cine de su país como un simple asistente de dirección para Godard. Sin embargo, logra destacar, relacionarse, y de esta manera frecuentar a los fundadores y críticos de la revista Cahiers du Cinéma -Cuadernos de Cine- mayormente con André Bazin, Joseph-Marie Lo Duca, Moullet, Rivette, Chabrol y Truffaut, quienes posteriormente decidieron hacer cine a través del movimiento llamado Nouvelle Vague -Nueva Ola- entre 1958 y 1965, con los requerimientos de cambio estructurales que todos conocemos. A Eustache se le atribuye el film emblemático del traslado de la Nouvelle Vague a ese cine francés de las incertidumbres morales y sociales posteriores a lo que se conoce como Mayo de 1968, una rebelión política anarquista que supuso una evolución y un cambio de la administración política de los partidos izquierdistas europeos, y la aparición de un nuevo tipo de comunismo distanciado del soviético, pues los países satélites de la URSS, repensaron sus asuntos. Fue un hecho clave para la derrota del comunismo años más tarde. También arrastró un grave problema económico, al quedarse la mayoría de sectores laborales totalmente parados durante casi un mes La notable película de Eustache -casi de 04 horas- es una obra de potenciales diferenciados donde el francés pone mucho de su propia vida y pensamiento. Provocó una considerable controversia que instauraba una novedosa forma de narrativa, y una dramaturgia que atacaba -con provocaciones de todo calibre- a toda una sociedad a través de un estatus complejo que representaban un trío de amores indolentes, turbados y absurdos. Una extraordinaria interpretación de Jean-Pierre Léaud -el actor francés favorito de Truffaut- marca el ritmo de la totalidad del film, secundada sin errores por dos bellezas antagónicas que sin embargo, se van acercando, como Francoise Lebrun y Bernadette Lafont -quien hace uno de los mejores desnudos de la historia del cine-. Eustache logró llamar la atención con lo bizarro de su propuesta aunque el efecto le duró poco. Quizá haya sido demasiado pronto que el film haya pasado al olvido de esa sociedad especulativa y confusa, más no de los cinéfilos que la aclamaron durante años, y la rescataron para las generaciones venideras. Existe hasta hoy una discusión si el film –respaldado en los sucesos de Mayo del 68- contribuyó a acentuar la capacidad y deseo de protesta del hombre común. En cuanto a la cinta, Eustache filma básicamente en interiores, y con una cámara fija además de largos planos secuencia. Quizá podríamos definirla como una película de aspecto estático en la que se habla y dialoga con suma espontaneidad para expresar ansiedades, sueños y proyectos pendientes. En el fondo -que es lo fabuloso del film- Eustache hace una apología perfecta acerca de la inmadurez. El francés ya se había referido en sus primeros mediometrajes realizados en la mejor época de la Nouvelle Vague, Les mauvaises fréquentations en 1963 y Le père Noél a les yeux bleus de 1966, cuyos personajes representan, en el primer caso, unos holgazanes dispuestos a cometer infames fechorías, y en el segundo, un adolescente muy poco experimentado en cuestiones del amor. Posteriormente, en Mes petites amoureuses de 1974, logra construir una obra de exagerada nostalgia y melancolía sobre el aprendizaje de la dureza que conlleva la vida. La limitada filmografía de Eustache –interrumpida por su lamentable suicidio en 1980- nos demuestra sin ambages que sus intenciones se enfocaban dentro de la búsqueda de una nueva forma de expresión en pantalla, por vías diferentes de sus dos connotados críticos: Jacques Rozier o Maurice Pialat. Aunque Eustache elige expresamente a marginados para edificar sus ficciones, éstas plantean una mirada jamás expuesta, seguramente ingenua o cándida, tomando como referencia el cine yankee que -como ya lo hemos mencionado en algunas oportunidades- consiste en grabar la realidad sin un punto de vista objetivo o natural que pueda convencer, y sin una mínima valoración del criterio de una realidad formativa de códigos de vida. Los documentales de Eustache, como La rosiére de Pessac de 1968 -hecha para la TV- ya demostraban este tipo de planteamiento. Une sale histoire de 1977, compuesta de una doble trama, resulta ilustrativa, ya que por una parte, ofrece un relato grabado durante una conversación entre amigos, además de la reconstitución de la anécdota utilizando el mismo diálogo. Por lo tanto, para este apasionado y rebelde cineasta francés, la narración puede construirse indistintamente por el camino de la ficción o del documental. He ahí su gran aporte a la cinematografía de su país, y del mundo. Eustache fue un narrador fuera de lo común.

La película empieza como comenzaban los films europeos en esos tiempos, fríamente. El blanco y negro no ayuda. El actor francés Jean-Pierre Léaud es quien asume con presencia parlanchina el liderazgo de la obra exponiendo sus creencias acerca de lo que pensaba de lo que había ocurrido, y de que manera acomodarse en ese momento posterior a la revolución del 68. Acude a un bar –elemento importantísimo del film- porque está enamorado de una estudiante a la que acosa sin pudor pero que finalmente se va con otro hombre. Eso golpea fuertemente al personaje, un tipo que no estudia ni trabaja, y que sí lee y tiene predilección por la música. Pero, además de la descripción, la cadencia del film es plenamente asumido por Alexandre -Eustache lo maneja a placer- a través de sus juicios acertados, torpes o discutibles, sumado a un comportamiento burgués que define la primer hora del film, inferior notoriamente a las dos horas finales. Vive con Marie, su compañera de siempre. Mayor que él, tiene una tienda de ropa, y mantiene a Alexandre a raya, a sabiendas de ser un vago ocupado. Le da cabida en su hogar porque lo ama –es ahí donde Eustache pone sobre el tapete el papel de la mujer por primera vez en la película- y le permite licencias que parecen contradictorias pero que a ella simplemente no le importa. Alexandre es uno de esos típicos narcisistas desempleado aunque culturoso, que logra conquistar los deseos de una enfermera polaca -muy buen soporte de la bella Francoise Lebrun- a quien conoció de casualidad en el bar, y con quien comienza una relación algo inconexa, trabada pero que logra fluir luego. Eustache se fija con rebeldía en las interrelaciones confusas, ininteligibles y ambivalentes de sus tres almas perdidas. Como tal, el film se va convirtiendo en un monólogo ígneo de cada quien de las consecuencias de las revoluciones principalmente sociales y sexuales del París de los años sesenta, pero que Eustache impide adentrarse en el mismo, tratándolo tangencialmente a través de sus personajes en determinadas escenas. No hay una sola imagen de violencia colectiva que pueda suponer lo que sucedió. Eustache derrota esa tentación morbosa usando con desmesura –a veces con sutileza- a sus queridos personajes, quienes saben que están liberados de todo posible levantamiento urbano. Acá, en esta decisión del cineasta, nos damos cuenta que utiliza un estilo prestado del Cinéma Vérité –Cine verdad- y el documental. Eustache se propone re-escribir las convenciones de una nueva ola francesa que había cambiado de la película revolucionaria en un estilo cuya fórmula parece algo más convencional. A pesar de utilizar un criterio que aparenta ser incoherente, la película entrelaza los dilemas psicológicos de sus personajes a partir de un retrato del momento cultural de la cinematografía con la revisión de una amplia franja de la historia del cine que bien podría partir del naturalismo del gran Renoir a ese consenso que siempre buscó y logró Truffaut y a la excepcional sutileza de Lubitsch. Este clásico experimental de Eustache no es para todo tipo de espectadores, pero en sí misma es una experiencia inolvidable, e históricamente indispensable, la experiencia de aquellos que podemos quedarnos con su sentido de lo que significó su vida. Si en algún momento la existencia del cineasta la calificaron de aburrida, la película sobre sus personajes no lo es. Eustache ve a través del mundo en el que está grabando, el cinismo que cae sobre sus personajes, y tiene una idea muy clara de los diálogos que coloca y que son increíbles. Estos, en su mayor parte, nacen en el ingenio intelectual o confesional de auto-compasión de Eustache. La escena en donde Alexandre desnuda a Sartre teniéndolo a pocos metros casi como acusándolo de ser un alcohólico especulativo cuyo misticismo se esconde justamente en la imposibilidad de superar su enfermedad, ya no solo es una anécdota del film sino una venganza con pleno sentido. Eustache nos regala tres personajes cuyas confesiones de vida a través de sus diálogos son lo más importante del film. Quizá existan problemas de filmación o de edición que bien pudieron recortarse, pero la terquedad de Eustache en seguir ahondando sus conflictos existenciales se notan demasiado. Marie es la “madre” del título, porque representa el apoyo financiero y maternal incondicional de Alexandre, y la figura de una autoridad cuestionada pero jamás abandonada. Veronika representa el sexo como un acto de amor puro aunque hecho por placer con quien sea. Ella es la “meretriz” de Eustache, quien la libera de toda culpa en el final de la película en un discurso sobrecogedor. Ella odia por su promiscuidad, todo el sexo que ha tenido no significa nada en contra de la posibilidad de enamorarse de un hombre y quedar embarazada. Alexandre es un perdedor, aunque busca reivindicarse ante la posibilidad de ser padre. No puede elegir entre la figura materna y la figura de una meretriz porque está atrapado en los cuernos del dilema freudiano. Eustache ve correctamente que el problema real de Alexandre es la inmadurez, crea un verdadero “menage à trois”, y su personaje no comprende el daño y la frustración de sus mujeres, inclusive que ambas no han crecido porque él no las ha dejado. Ellas amaban a sabiendas que su futuro estaba en compartir el mismo amor. Eustache, también. Si algo tiene este fascinante film es su guión. El cineasta francés escribe con brillantez una argumentación compleja rodeada de frases geniales e irónicas que hacen a Alexandre un personaje querible a pesar de ser como es. Las actuaciones –a pesar de los 220 minutos- resultan integradas y espectaculares. La dirección artística o el diseño de producción no son extraordinarios pero a través de esos intimistas cafés de París, el automóvil y los pequeños apartamentos, resulta más que suficiente. Ni que hablar de la música en donde Eustache usa y abusa de Mozart, una fabulosa canción de la Piaf que parece un diálogo del film. En fin, una película para cinéfilos que quieran involucrarse con la infidelidad, la deslealtad y el desatino de un hombre gobernado por sus ansias de un falso poder. Eustache logra rescatar lo bueno de este ser despreciable que finalmente resulta premiado por el destino. Si no es una obra maestra, está muy cerca de serlo.