





























Antes de entrar en el comentario de Le hérisson, fui a ver la segunda parte de Sherlock Holmes, y es más completa que la primera, salvo mejor opinión. Ritchie creció y supo no solo hacer funcionar al querido personaje de Conan Doyle -otra vez interpretado pero con más temple por Robert Downey Jr.- sino a la película en su conjunto. Holmes esta más integrado a la trama, más dependiente de esta, no es un agente libre sino celosamente amalgamado con varios de los elementos cinematográficos, todos expuestos con inteligencia y limpieza. Hay, por supuesto, cosas que se podrían criticar, pero no es mi intención hacerlo. La franquicia logra afirmarse, y el film entretiene, aumenta la complicidad, el sarcasmo y el feeling –resulta todo muy natural- entre Downey Jr. y Jude Law, pero esta vez sin desbordarse. Guy Ritchie comprende que las segundas partes no tienen porqué ser exclusivamente de los protagonistas, y puede él construir una realización estupenda. La recomiendo porque a aquellos que les gustan esto de las sagas sabrán distinguir el crecimiento comedido de Holmes junto a Watson sin tener que ser ellos los verdaderos encargados de darle vida a la historia. Es la cinta la que logra esa posibilidad de afianzarse y mostrarnos un producto de calidad.… Esta semana hay tres films en cartelera que valen la pena. Simplemente los nombro: Habemus Papam del italiano Nanni Moretti, All Good Things de Andrew Jarecki y The Whistleblower de Larysa Kondracki. Si tengo que escoger dos, voy por la de Moretti y la de Jarecki. Si recomiendo solamente una, Habemus Papam, sería la elegida. El morbo de Moretti destruye cualquier complejo ceremonioso…. Con relación a Le hérisson o El erizo me provoca comentar lo siguiente. Cuando era un niño de entre siete y diez años tenía la tendencia a reflexionar quizá demasiado sobre la incertidumbre que suponía depararme el destino. No comprendía muchas cosas de la vida porque no se me habían explicado –ni en casa ni en el colegio- pero mayormente quizá porque jamás tuve el valor y la confianza de preguntar lo suficiente, de sacarme las dudas que proponía mi edad, siempre a través de los adultos que conformaban mi familia, y que entre tíos y primos –saco a mis padres y abuela- no eran pocos. Tampoco lo hacía con los caracúlicos curas jesuitas que tenía a disposición en el colegio. Me resultaba complejo armar las piezas de mi rompecabezas existencial. En el fondo, pienso que me sentía un chico solitario, abrumado e inconexo –a los ocho años escribí una carta donde expresaba duramente mis malestares, y la tiré en el jardín de la oficina de mi Padre, sin tener nunca respuesta- pero siempre atento a lo que hacían los demás, a sus ejemplos de conducta y proceder, y si yo formaba parte de sus planes o necesidades, de cualquier tipo. Obviamente tuve más espejos positivos que perniciosos, pero que en el fondo me resultaron vacíos o incompletos. Cuando esto sucede, uno se inmola en el recurso de rebuscárselas para encontrar algún camino por donde transitar y poder descubrir como superar sus miserias y salir adelante. Quizá exista alguna relación con la película que comentaré. Por lo menos, me llamó la atención y recordé viejos tiempos... El erizo es la ópera prima de la directora francesa Mona Achache, y que abarca justamente los problemas de la soledad de tres personajes construidos a partir de la simpleza argumental, su plasticidad y elegancia. La cineasta plantea que la inteligencia es algo transversal a todos los estratos sociales, así lo demuestran sus dos protagonistas, quienes comparten las mismas inquietudes intelectuales. En el número dos de la calle Eugéne, un edificio de un París apacible, donde vive gente acomodada, un clima combinado entre la normalidad y lo aparentemente estrambótico parece gobernar el lugar. Dos de sus vecinos esconden un secreto. Renée, la portera del inmueble, una señora de 55 años, lleva mucho tiempo simulando ser una mujer común. Paloma, de once o doce años, hija de la familia más pudiente –y disfuncional- del edificio, oculta una inteligencia poco común, que impresiona para su corta edad. Pero, aunque parezca una broma, su karma infantil ya está manifestado en su interior, resultando que ya tiene planeada la fecha-calendario de su posible suicidio. Sus lentes -que apenas esconden una melancólica mirada- realzan su dulce belleza. Ambas, llevan una vida solitaria casi anacoreta, mientras luchan por sobrevivir e intentar vencer a un lacerante pesimismo. Renée está envuelta en una rutina asfixiante, y su único compañero es un hermoso gato. Paloma está obsesionada con el pez de su hermana -atrapado en una pecera- y que metaforiza su vida con la de la mascota. La llegada al palacete de un misterioso japonés llamado Kakuro Ozu -que aparenta ser culto y sobre todo refinado- propiciará el acercamiento y la confluencia de las necesidades espirituales tanto de Renée y Paloma. Juntas, descubrirán la sublimidad que contienen aquellas pequeñas cosas que están a sus alrededores, pero que nunca le tomaron importancia. Recurrirán a la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor, su propio espacio incorpóreo en donde ambas invocarán una declaración de amor a la vida, una especie de esperanza que luce desordenada, pero que es auténtica. Mona Achache nos involucra en una tierna película en donde busca revelarnos cómo alcanzar algunos momentos de felicidad gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras observamos una narrativa que se apoya en el detalle y la pausa rítmica, las imágenes de Renée y Paloma tejen, con diálogos sencillos pero plagados de sabiduría, un arrebatador himno a la vida. La fotografía y la BSO son casi perfectas. La francesa encapsula un estilo de relato moderno, refrescante, inteligente y lleno de fantasía. Convoca sin exagerar tanto a Eminem como a Henry Purcell, al maravilloso cine de Ozu como al film Blade Runner, y flirtea con desparpajo en ocasiones -sin abandonar jamás el contexto- con aquellas centenares de obras de auto-ayuda que tanto le gusta consumir a la gente de baja auto-estima. Pero ahí no queda la cosa, hay otros personajes originales y tentadores que le suman a la propuesta sus contradicciones para enriquecerla. La madre de Paloma es un ser de una constante conducta paradójica. Toma calmantes y se ocupa más de sus plantas que de sus hijas. Su esposo es un ex-ministro que fue rebajado a senador o diputado, ahora jubilado, y que luce con cara de pocos amigos todo el día, y bajo cualquier eventualidad. A pesar de su agudo razonamiento, Paloma es consecuencia de la poca atención, el trato amable pero sostenido por la oquedad. Su mejor amiga es una cámara filmadora con la cual busca pasar desapercibida –otro aspecto en común con Renée- y retratar el comportamiento de todos quienes la rodean. También dibuja y va calculando los días que le faltan para llevar a cabo su macabro plan en la pared de su dormitorio -excepcional detalle-. La cineasta francesa es una mujer sentimental, que no puede licuar sus emociones sino que las va repartiendo en cada pormenor de sus personajes. Cuando Renée –el erizo, porque se protege de todo, y sus púas parecen emular su carácter- se decide aceptar una comida de Kakuro, y luego ir a su departamento a ver una película del maestro Ozu -Las hermanas Munekata- parece liberarse de ese aislamiento que la persigue, que la vuelve hosca. Lo mismo sucede con Paloma que busca a Renée porque encuentra en ella una especie de alma gemela. Cuando ambas se reúnen y permanecen en el departamento de la portera largos minutos, cogidas de la mano, sin decirse nada, es donde disfrutan más cada una de cada quien. Paloma le filma el alma y descubre a su aliada. Renée se ha hecho sin pensarlo amiga de un espíritu noble, de pocos años, que le provoca un hondo sentimiento de confianza y gratitud, y la incongruencia de ese apego disimétrico en edades, condición y circunstancia no alcanza a empañar su emoción por una nueva oportunidad de vivir. Hay una escena en donde la madre va a buscar a Paloma al departamento de Renée. Ambas se miran con la complicidad de las amistades indestructibles, y se dicen adiós con la certeza de un reencuentro cercano. Nunca se volverán a ver porque sucede algo inesperado...... Finalmente, un film que puede llegar a fascinar por esa naturalidad espontanea con que la realizadora francesa traslada la historia mínima, registrada en el diario de una niña que mira su entorno con inteligencia crítica. Habrá muchos que no soportaran la cadencia narrativa y dirán que es una cinta lenta que se pierde en su cursilería o pedantería. Quizá, no haya nada de ingente en una puesta en escena que nos resulte poética o no, y que está más cerca de la emoción que de la realidad. Sin embargo, todo se compensa y ordena a través de genuinos personajes que aportan visiones sensibles de la vida y que sin abandonar sus pesadumbres, sus locuras o sus complacencias saben idealizar sus existencias, a pesar de la miseria moral que impone un vil liberalismo que parece no estar en el edificio pero que se respira en cada escena. Le hérisson es de aquellos films sin inocencia alguna, poseedor de expresos meta-mensajes y guiños para el espectador más procaz e informado, una cinta generadora de un clima de profundidad y belleza que nos invita sin ningún tipo de atadura al libre ejercicio del pensamiento. En definitiva, un mérito de la francesa Mona Achache, quien me hizo recordar parte de mi niñez, y tal vez de la de muchos de ustedes. Traten de conseguirla y se sacarán la duda.