




















Quizá resulte algo pasado de rosca lo que vaya a decir pero pienso que es una excusa perfecta para aquellos que estamos alejados de Dios como aquel ente hacedor y fuerza conductora desconocida aunque afines a la contingencia -siempre en constante polémica- de lo que el destino a construido en nuestras vidas, refugiarnos en algunos de los conceptos en debate sin que por ello tengamos que ser socarrones y mal educados con los que no piensan como nosotros. En este aspecto la cinematografía es una de las experiencias que suele sumarle más titubeos a la controversia. No se es más objetivo o subjetivo, sólo se usa la inteligencia de manera diferente, y es esa desemejanza o disentimiento lo que hace atractivo el problema. El hecho de que en cualquier momento de nuestras existencias -la edad no es un pretexto- puedan converger en determinado tiempo y espacio factores como el azar, la casualidad, el imprevisto, la duda, el libre albedrío etc., es maravilloso, además de extrañamente divertido. Roma no se construyó en un solo día, y la posibilidad artística del ser humano tampoco… Christoffer Boe es un cineasta danés que parece combatir los clásicos ideales occidentales del drama romántico como paso previo, y no es poco lo que hace para intentarlo. En su llamativo film Reconstruction de 2003 -absolutamente recomendable- toda su narrativa posee una “seductora procacidad” de la irrealidad, pero con el agregado de causarle un cruel y profundo mal de amores a su protagonista principal. Estas son las primeras líneas de la historia del joven Alex -presa de un Boe camuflado como uno de los personajes- cuya vida va mutando por un encuentro fortuito y manipulado con Aimee, la bella Maria Bonnevie, quien trabajó en el film ruso The Banishment, que comentamos hace poco. De repente, nada es como solía ser. Alex -una buena aunque a veces apática interpretación de Nikolaj Lie Kaas- llega apurado a su casa, y todo empieza a cambiar, tanto en el exterior como en el interior. Hasta hay lugar para un chiste cruel por parte de Boe. Su departamento se empequeñece, su novia y vecinos no lo reconocen, llega tarde a la cita de su vida y se convierte por arte de magia en un hombre sin pasado. Para obtener de nuevo su futuro, debe apostar doble o nada a la perniciosa ruleta del amor. Pero al hombre le faltan fichas y tratará de conseguirlas para seguir en juego. Si hay algo que ya nos asombra en esos instantes de este fascinante experimento fílmico son las distintas capas de atmósferas que logra crear Boe a través de una fotografía tan oscura como magistralmente enfocada en la aceptación y el rechazo de un rebote paradójico de la trama. La preciosidad de una cuidadosa estética de sus imágenes -a la vez que confundiendo con su tonalidad- los efectos especiales colocados sin desentonar, y los cuerpos así como la ciudad de Copenhague señalada, son utilizados como una parte impensada del rompecabezas. Si bien los nudos de acción están escondidos bajo una caja de siete llaves, Boe deja claro cual es su compromiso con el espectador: la reconstrucción de varios idilios o fracasos simultaneos de él mismo usando a un tercero como conejillo de indias. Si queremos analizar de manera lógica la cinta, encontramos a dos personas que no se conocen pero están destinados a enamorarse. Pero no queda ahí el plot que puede intentar Boe priorizando su certeza dentro del azar. Para los efectos de una pauta marginal impuesta por Hollywood, el danés amaga por lados insospechados del romance, y se escabulle por lugares que no comprendemos, pero que sí nos sorprende placenteramente. La interpretación auténtica -la de Boe- no interesa mucho en determinadas secuencias del film, porque el mismo cineasta se encargará de dar pistas que si nos pueden conducir a introducirnos en su laberinto sentimental. Sin embargo, tanto Alex como Aimee tienen pareja. Aimee está casada con un escritor maduro, August, que está por lanzar su próxima obra literaria, incapaz tanto en la novela como en la vida real de mostrarle su raído amor a su bella mujer, y Alex quien ama a Simone, pero cuya relación con ella tiene casi los mismos vicios que August y Aimee. Alex -al igual que August- son los que construyen los conflictos internos aunque manipulados por el literato. Una noche, se encuentran en un bar de Copenhague y surge la magia envuelta en soledad. El flechazo se ha producido y ambos inician la relación, por lo que deciden citarse de nuevo y no dejar pasar esta nueva oportunidad que el destino les depara. Pero antes de concretar en tiempo y espacio, Alex deberá hacer frente a sus prejuicios... el de enamorarse estando enamorado. Si este simple ejercicio verbal lo pasásemos a nuestras vidas –también a la de Alex- resulta que este hecho lo transmuta todo. Nuestras prioridades cambian, sólo tenemos ojos para el amor, perdemos la noción de las cosas, babeamos como nenes todo el día y todo gira en nuestra vida en torno a la mujer. No es así para Aimee ni para Simone. Si August luce su torpeza de mostrar sus sentimientos a los demás, es lógico que Alex sufra un pánico atroz al enamoramiento y al compromiso en si mismo, es por eso que para él, el hecho de enamorarse de Aimee, resulte traumático –contrastando a ella, más resuelta ante la posibilidad de cambio-. En su nuevo mundo, la única persona que recuerda a Alex es Aimee. Pero aun así, Alex es incapaz de entregarse al amor, tiene espanto al fracaso, duda, y como resultado de todo esto, Aimee desaparece. Alex quedará perdido para siempre, y quedará desterrado a un mundo en el que nadie lo parece recordar… Sea como fuera, el film cuenta con una atrayente estructura dramática que además de realzar una variedad exquisita de argumentos, esconde una nueva lectura que trataremos de analizar. Por un lado tenemos a dos parejas que son un espejo la una de la otra -el artista amante con problemas afectivos entregada a ella- que parecen buscar volver a empezar de nuevo su relación pero, ante la incapacidad de hacerlo con su pareja, lo hacen con alguien similar -el hecho de que ambos personajes femeninos estén interpretados por la misma actriz lo parece decir todo- de tal manera que acabará igualmente mal. Pero lo que realmente cambia la visión de la película es el hecho de que toda ella esté narrada por August. Absolutamente todo el film está explicado desde su punto de vista. Es más, forma parte de la trama de la novela que está escribiendo -al inicio del film ya nos deja en claro que aunque duela estamos visionando una ficción- quizás producido por su sentimiento de culpa de haberse convertido en un marido dubitativo ante las sospechas de infidelidad que tiene de Aimee. Es por ello que ambas relaciones se asemejan, una es la pareja real y la otra, la literaria. Por eso August no le permite al final a Alex ser feliz con Aimee, porque la ama y no tolera que, en su ficción, ella se escape con su amante, al que castiga con la soledad eterna. En definitiva, una de las propuestas más interesantes y atractivas que ha dado el cine danés en mucho tiempo y que hace despegar el nombre de Christoffer Boe como alguien interesante de seguir. Ya no solamente existen Lars Von Trier, Thomas Vinterberg o Susanne Bier etc., como algunos exponentes del cine hecho en Dinamarca. A estas alturas, el movimiento Dogma parece ser una de esas anécdotas bonachonas que surgen en nuestros recuerdos. Boe parece encontrarle el talón de Aquiles a una modalidad que suponía reveladora, en propio territorio. En todo caso, la propuesta que en realidad asume Boe resulta mítica, que existe como una simple idea en la mente trastocada de un protagonista de una película distinta. No existe un rumbo lógico aunque la metáfora del cigarrillo, del hombre y su soledad así lo explique a cada momento. Boe cambia el orden de las prioridades. Una misma mujer usa al protagonista para hacer de su vida amorosa un caos o quizá Alex no sabe distinguir entre un amor presente y otro pasado a los que parece querer con igual intensidad. No puede diferenciar a una misma mujer ya que el manipulador -el novelista August o Boe- le impone que son dos. Las complicaciones literarias del narrador van marcando los éxitos y reveses de su protagonista. Sabe complicarle la vida con facilidad pero lo invade el miedo –su propio miedo- cuando tiene que saltear el laberinto creado. Entonces utiliza con destreza la figura de sus dos entes idealizados –Simone y Aimee- para que estos tomen la rienda de la relación. Estas complicaciones abundan en el desarrollo de la trama, lo que obliga al espectador a observar las ideas habituales sobre el romance a través de una lente que se ha roto y luego reconstruido. Lo que vemos realmente son fragmentos distorsionados que nos obligan a intentar comprender el significado del amor y el romance no sólo de Alex, sino los de nuestra época que, curiosamente, promueven, sin medida, tanto el cinismo como la fantasía. Refrescante y autosuficiente, de alguna manera Boe excita en nosotros lo inconexo de nuestra relación mental del amor a través de lo que sufre o goza Alex. El resultado lógico es una película que no se llega a entregar mansamente a su incomprensibilidad, sino que investiga las fuentes primarias de su temática principal a través de una simbología que interfiere. En última instancia, Boe sintetiza influencias tan dispares como Franz Kafka, Stan Brakhage y Gaspar Noé para componer un inquietante lamento de un mundo pasado en el que la gente pensaba que podía redefinir algo tan complejo como el amor. Boe se da tiempo para explorar al amor a su manera aunque siempre dejando un ligero aire patriarcal. O bien estamos ante un film que solamente es una colección de fantasías o una lección de las diferencias de actitud modernas que asumen los hombres y las mujeres. Aimee activa, siempre en sus cabales y decidiendo sin dudas ni lamentos. Alex, un océano de auto cuestionamientos que le imposibilitan observar qué es lo que se mueve delante de sus emociones y sentimientos. Excelente film que aunque tenga cierta tendencia a la dificultad en el desarrollo, logra atrapar un planteamiento cinematográfico inusual, renovador y que trata ficticiamente su historia para apuntar a la nuestra. Tomémosla en cuenta.