Muchas versiones han sido rumoreadas
acerca de la turbulenta vida de la mujer más bella que construyó Hollywood en
toda su historia: Marilyn Monroe. Se
han propalado libros, reportajes y hasta sendos documentales de cine y TV para
intentar describir quién fue, qué hizo y porqué trascendió desde su refugio
artístico hacia la vida política de los EEUU. Sin duda que la mayoría de
publicaciones tratan de encuadrar a la diva bajo el polémico amparo del sensacionalismo
y de la explotación de su tragedia y fama. De hecho, la Monroe podría ser
considerada -sobre todo por la forma en que falleció- como un perfecto maniquí
para vestir la gloria y la decadencia del sueño americano, intentar explicar al
mismo tiempo su vida íntima, poética y espiritual, el macartismo y hasta las
repercusiones de la II Guerra Mundial. Muchos han recorrido sus películas para
explicar cómo inspiró sus papeles ficticios en su vida real, y principalmente cómo
los manipulaba para enfrentarse a la vida. Desde la Ángela de The Asphalt Jungle de Huston, a la hermosa
vecina del piso de arriba en The Seven
Year Itch de Billy Wilder, pasando por la Loreley en Gentlemen Prefer Blondes de Hawks o la pasional Rose en Niagara -la Monroe más esplendorosa que
pude apreciar- de Hathaway, o la Sugar Kane de Some Like it Hot -otra vez
con Wilder- o la Roslyn de The Misfits hasta
la fatídica Ellen en su última película Something's
Got to Give, inacabada por su repentina muerte, y que dirigiera George Cukor.
Irresistible para la pantalla grande aunque ansiosa porque la quieran,
insegura, solitaria, neurótica, sufragánea de tranquilizantes y estimulantes,
fue una mujer desesperada por lograr desarrollar a plenitud sus personajes, preocupada
porque la reconozcan como una verdadera actriz y no sólo como un icono sexual,
la Monroe luchó contra sí misma, y a pesar de su inteligencia -su coeficiente
intelectual era altísimo- no pudo resistir la presión a la que fue sometida de
varios frentes. Fue apodada “la zorra rubia” -obviamente que por la CIA- porque
conquistaba a quien ella quisiera, y a su antojo. Pasaron por su vida hombres
famosos y muy poderosos salvo su primer marido, James Dougherty, policía texano
que conoció a Marilyn cuando esta tenía 15 años. El segundo, Joe DiMaggio, un
excepcional beisbolista; y el tercero, Arthur Miller, reconocido dramaturgo; también
Lee Strasberg, un sesudo agente de la CIA y John F. Kennedy, el presidente
yankee, además de productores, directores, actores y cantantes de los años cincuenta.
My Week with Marilyn o Mi
Semana con Marilyn es una de las varias películas que coincide con una
serie de homenajes a la cinematografía que se estrenaron en la carrera por el
Oscar durante el año pasado. El inglés Simon Curtis, su realizador, sale de la
pantalla boba para debutar con relativo éxito en un film que abarca tan solo una
semana en la vida de Marilyn Monroe, repasando específicamente -y a través de
los ojos de un asistente de dirección- algunos
eventos anecdóticos que tuvieron lugar durante la filmación de The Prince and the Showgirl, comedia romántica
protagonizada por el icono norteamericano y el grandísimo shakesperiano Laurence
Olivier -luego de Marlon Brando, el mejor intérprete que observé- como actor y
además en su debut como realizador. Marilyn y Laurence se conjugan
perfectamente bien creando una muy buena simbiosis para protagonizar la historia
del gran Duque Carlos, quien en una de sus visitas a Londres acude al Coconut,
un cabaret en el que participa como corista la joven Marina. La interpretación
de la Monroe -sin ser la mejor actriz de Hollywood- es impecable, y a través de
su coquetería logra aprisionar a un desconcertado Olivier que no se imaginó jamás
que los encantos actorales de su compañera pudieran ser tan bien interpretados.
The Prince and the Showgirl fue
concebida como la representación de un duelo, el de dos maneras de comprender
el arte dramático. Una hacia fuera y
otra hacia dentro. La primera representada por Olivier, en la que el notable
actor se limita a mentir para parecer lo que su personaje debería ser, y la
segunda por la Monroe, en la que la actriz busca en su interior la verdad del
personaje que quiere ser. Quizá por eso Olivier tan sólo consigue componer un
personaje antipático, mientras que la Monroe simboliza la frescura, la
espontaneidad y lo exquisito, tres elementos que consiguen acaparar la atención
de la película en el año 1957… Por lo tanto, el problema para ambos no se
situaba en la filmación sino en los entretelones de la misma, lugar en donde Curtis
se entromete con meridiana habilidad, utilizando personajes y situaciones
acordes a lo que se necesita para desarrollar este tipo de biopic a medias o
dramas ligeros. Le agrega la dosis de tensión suficiente para definir las
incomodidades y arrebatos de ambos equipos, el de producción de Olivier y el de
la Monroe con su obstinada asistente, en las diferentes etapas en que el film
se va cimentando. Las inseguridades de la diva sumada a la insensatez de
Olivier y su desproporcionado ego, es lo que ataca con firmeza el cineasta británico.
Curtis sabe mucho de TV, y de esta manera puede sortear con credulidad la primera
llegaba a Inglaterra de Marilyn -en plena luna de miel con el escritor Arthur
Miller- y su incursión en el film de Olivier como en el día a día de su estadía.
Pero lo interesante de la puesta en escena –al margen de lo bien estructurado
del tema técnico- esta no la acapara la relación de la Monroe -una más que estupenda
interpretación gestual y corporal de Michelle Williams- con Olivier -Kenneth
Branagh y su arrogancia hace un soporte muy correcto- sino en el affaire entre
la resplandeciente rubia y el asistente de Olivier, un tal Colin Clark -muy correcta
la actuación del joven Eddie Redmayne- quien con humoradas, sinceridad y
servicialidad, logra conquistar a su amor platónico, en cada uno de los
instantes donde Marilyn entra en estado de pánico y oscuridad. Este retrato
entre la estrella y el humilde servidor es donde se ubica mejor Curtis y le
saca provecho a la química entre ambos personajes. Logra que Marilyn se sienta
a placer con la compañía del muchacho que -no es ningún tonto- logra sacarle
punta al lápiz. Curtis le impregna mucho calor humano a Marilyn, y le hace un
tratamiento afectivo que bien lo merecía la artista. Este es el mayor acierto
del británico, lograr en la tierna piel de la Williams lo que realmente era la
Monroe, un ser humano delicado, con temores y sin apego por su autoestima. No
veía en ella lo que todos podían notar a distancia. Finalmente, al margen de su
eficacia narrativa, Curtis logra también acertar con la dirección de actores y
los diálogos. No solo retrata con rigor, sobriedad y elegancia la reconstrucción
de decorados y la época sino que nos envuelve con sus atildados personajes quienes
sostienen un ritmo que entretiene y no cansa. La virtud de Kenneth Branagh en
lograr una representación de Olivier tan adusta como en su personaje de The Prince and the Showgirl es poco
frecuente. La maravillosa actriz Judi Dench -como es habitual en ella- luce
espectacular. Zoë Wanamaker está muy precisa como Paula Strasberg. Julia Ormond
resulta acogedora como Vivien Leigh. La bella Emma Watson se muestra
encantadora como Lucy, la ayudante de vestuario que recibe las atenciones del
joven Colin Clark. También suman los breves aunque sólidos aportes de Toby
Jones y Derek Jacobi. Imperdible film que se estrena hoy en Lima.






















































