Muchos de los cinéfilos que leen
este blog se acordarán del actor británico Paddy Considine quien trabajó en muy
buenos films tales como: Last Resort
de Pawlikowski, 24 Hour Party People
de Michael Winterbottom, Dead Man’s
Shoes de Meadows, Cinderella Man
de Ron Howard, The Bourne Ultimatum de
Greengrass y la estupenda comedia dramática Submarine de Ayoade. Pues bien, al margen de los cineastas -con los
cuales trabajó y aprendió el oficio- Considine realizó su ópera prima llamada Tyrannosaur o Redención a fines del 2010, film que ganó el premio a mejor
director, y a mejor película -otorgado por el público- en el último festival de
Sundance. Es una experiencia saludable observar una cinta bajo la cual circula
la crueldad y el exceso, y que esté dirigida por alguien que conserva su
energía que demostró cuando le tocó actuar. Considine le saca provecho a la
espontaneidad, al compromiso de narrarnos una historia flechada por la pasión, al
deseo de mostrar gente desemejante, a la necesidad de rastrear el vejamen pero
en tono de melancolía o de sosiego, al describir aquel arsenal de dilemas
morales que toda sociedad termina copiando y haciéndolo moda a nivel universal
etc.. Considine no se queda atrapado en su propio estilo de academicismo estético
-que logra plasmar y transmitir en pantalla- sino le transfiere otra
dimensionalidad a su frontera fílmica, se atreve a enfrentar un cine jugado y
emotivo, místico y pertinente, hiriente y sangriento. Recupera ese carácter del
realismo híper-oscuro del que está compuesta la vida misma, la relación entre
seres humanos que se conocen por casualidad siendo adultos. Tyrannosaur es hija del sobresalto alarmante
y descorazonado que uno logra percibir nítidamente, pero a la vez luce iluminado
bajo la alentadora composición de tres actores notables -Peter Mullan, una
excepcional Olivia Colman y Eddie Marsan- quienes a través de sus personajes pueden
construir una fábula de autenticidad vital e inevitable. Los tres, pero en
especial la Colman y Mullan, pueden ser portadores de la decepción y el fracaso
en cuerpo y mente, pero dentro de un contexto casi exponencial. Han pasado muchos
años desde que vi y aprecie My Name is
Joe, quizá uno de los dramas socio-culturales más inquietantes del cine del
británico Ken Loach, y fue instantáneamente lo primero que apareció en mi
memoria cuando se desarrollaba la historia que planteaba Paddy. Una trama de
héroes anónimos, luchadores esperanzados en que a pesar de vivir bajo
circunstancias desalentadoras, aparentemente sin salida, buscan -bajo el
concepto de la ayuda mutua- sacar las cosas adelante aunque por ratos el
desánimo los venza. En My Name is Joe
también trabaja -y de que manera- un mucho más bisoño Peter Mullan, quien despliega
un personaje con aires histriónicos muy parecidos al de Tyrannosaur... En cuanto al contenido, ni bien empieza el film, Paddy
Considine nos impone forzosamente un acontecimiento tan súbito como
desgraciado. Joseph –Peter Mullan- un viejo jubilado, viudo, alcohólico y de
temperamento desafiante, sin control, es echado con violencia de un bar
nocturno. En la calle –trastornado y ebrio- encuentra a su perro que le ladra condescendiente.
Al no poder controlar la ira, la descarga sobre la mascota, pateándola sin
compasión en un acto por demás salvaje, aunque inesperado. Luego de la mona, se
percata de la barbarie en que ha incurrido, y la traslada semimuerta a un
habitáculo que construyó para el can, fuera de la casa donde vive, por orden de
su ex-mujer -a quien él apodaba Tiranosaurio por una de las escenas de la
película Jurassic Park de Spielberg-.
Lo tapa con una frazada, los gestos adusto y malhumorado dibujan el rostro de
Joseph -acá falta más definición en Mullan- hasta que finalmente la mascota
muere y su dueño suma la soledad como otro elemento de lejanía y pesar. Es un
inicio que derriba cualquier intento de aburrimiento o distracción. El instinto
asesino se instala bruscamente pero con un trabajo de filmación muy bien dispuesto
y una actuación casi perfecta. Al día siguiente, Joseph se encuentra bebiendo
en un bar-billar de la ciudad, y se enfrenta a tres muchachos irlandeses que
estaban burlándose el uno del otro con groserías propias de la edad. Joseph se
compra el pleito, les pega a los jóvenes, quienes posteriormente se van a
vengar de nuestro ogro protagonista dándole una soberana paliza. Es ahí cuando
conoce a Hannah -luce dormido en la acera de la tienda de ésta- una mujer que
aparenta serenidad, muy religiosa, bondadosa y recolectora de harapos -tiene un
cuadro del corazón de Jesús que al final lo destruye por perderle la fe- a
quien Joseph parece gustarle pero que la insulta y pone en tela de juicio sus
creencias religiosas. En el fondo ambas miradas son coincidentes y uno se da
cuenta que puede fluir cierto tipo de amistad o de amor entre ambos pese a los
desatinos de Joseph y la pasividad de Hannah. Ésta esta casada con un hombre tiránico,
asfixiante –muy buena actuación de Eddie Marsan- pero a la vez es un sujeto que da claras
muestras de debilidad cuando comete sus fechorías en contra de Hannah. Hay una
escena en donde llega a casa, la encuentra a Hannah dormida, y al pedirle tener
sexo y ella no responder, la orina completa. Ella –mientras sucede el aborrecible
hecho- se da cuenta del despropósito pero no responde, almacenando una posible
venganza futura. Luego la viola, y la agrede físicamente, pero le pide perdón y
ella acepta aunque el rostro revela lo contrario. El cineasta británico tiene
la habilidad de no ser explícito en las escenas de ensañamiento y de tirantez.
La cualidad es esa, no es un tipo chabacano y busca lo fácil. No muestra lo que
nosotros queremos. Nos obliga a suponer. Todo un acierto. Se van sucediendo
imágenes de Joseph en constantes encuentros con Hannah –inclusive hasta una
celebración por la muerte del mejor amigo de Joseph- donde Hannah es invitada,
y parece recordar la alegría de su juventud. Los últimos 15 minutos son muy
buenos, la narrativa está siempre arriba y algunas escenas de estupefacción y
hasta de justicia ciega se confunden en un desenlace donde la vuelta de tuerca
es inimaginable. El film cuestiona burlonamente a la fe en el supremo pero sin
excederse, sin maltratar algo que parece normal en l sociedad inglesa: la
desconfianza. Imperdible.










































