jueves, 17 de mayo de 2012

“Tyrannosaur”, cuando el tremendismo se apacigua y redime.














































Muchos de los cinéfilos que leen este blog se acordarán del actor británico Paddy Considine quien trabajó en muy buenos films tales como: Last Resort de Pawlikowski, 24 Hour Party People de Michael Winterbottom, Dead Man’s Shoes de Meadows, Cinderella Man de Ron Howard, The Bourne Ultimatum de Greengrass y la estupenda comedia dramática Submarine de Ayoade. Pues bien, al margen de los cineastas -con los cuales trabajó y aprendió el oficio-  Considine realizó su ópera prima llamada Tyrannosaur o Redención a fines del 2010, film que ganó el premio a mejor director, y a mejor película -otorgado por el público- en el último festival de Sundance. Es una experiencia saludable observar una cinta bajo la cual circula la crueldad y el exceso, y que esté dirigida por alguien que conserva su energía que demostró cuando le tocó actuar. Considine le saca provecho a la espontaneidad, al compromiso de narrarnos una historia flechada por la pasión, al deseo de mostrar gente desemejante, a la necesidad de rastrear el vejamen pero en tono de melancolía o de sosiego, al describir aquel arsenal de dilemas morales que toda sociedad termina copiando y haciéndolo moda a nivel universal etc.. Considine no se queda atrapado en su propio estilo de academicismo estético -que logra plasmar y transmitir en pantalla- sino le transfiere otra dimensionalidad a su frontera fílmica, se atreve a enfrentar un cine jugado y emotivo, místico y pertinente, hiriente y sangriento. Recupera ese carácter del realismo híper-oscuro del que está compuesta la vida misma, la relación entre seres humanos que se conocen por casualidad siendo adultos. Tyrannosaur es hija del sobresalto alarmante y descorazonado que uno logra percibir nítidamente, pero a la vez luce iluminado bajo la alentadora composición de tres actores notables -Peter Mullan, una excepcional Olivia Colman y Eddie Marsan- quienes a través de sus personajes pueden construir una fábula de autenticidad vital e inevitable. Los tres, pero en especial la Colman y Mullan, pueden ser portadores de la decepción y el fracaso en cuerpo y mente, pero dentro de un contexto casi exponencial. Han pasado muchos años desde que vi y aprecie My Name is Joe, quizá uno de los dramas socio-culturales más inquietantes del cine del británico Ken Loach, y fue instantáneamente lo primero que apareció en mi memoria cuando se desarrollaba la historia que planteaba Paddy. Una trama de héroes anónimos, luchadores esperanzados en que a pesar de vivir bajo circunstancias desalentadoras, aparentemente sin salida, buscan -bajo el concepto de la ayuda mutua- sacar las cosas adelante aunque por ratos el desánimo los venza. En My Name is Joe también trabaja -y de que manera- un mucho más bisoño Peter Mullan, quien despliega un personaje con aires histriónicos muy parecidos al de Tyrannosaur... En cuanto al contenido, ni bien empieza el film, Paddy Considine nos impone forzosamente un acontecimiento tan súbito como desgraciado. Joseph –Peter Mullan- un viejo jubilado, viudo, alcohólico y de temperamento desafiante, sin control, es echado con violencia de un bar nocturno. En la calle –trastornado y ebrio- encuentra a su perro que le ladra condescendiente. Al no poder controlar la ira, la descarga sobre la mascota, pateándola sin compasión en un acto por demás salvaje, aunque inesperado. Luego de la mona, se percata de la barbarie en que ha incurrido, y la traslada semimuerta a un habitáculo que construyó para el can, fuera de la casa donde vive, por orden de su ex-mujer -a quien él apodaba Tiranosaurio por una de las escenas de la película Jurassic Park de Spielberg-. Lo tapa con una frazada, los gestos adusto y malhumorado dibujan el rostro de Joseph -acá falta más definición en Mullan- hasta que finalmente la mascota muere y su dueño suma la soledad como otro elemento de lejanía y pesar. Es un inicio que derriba cualquier intento de aburrimiento o distracción. El instinto asesino se instala bruscamente pero con un trabajo de filmación muy bien dispuesto y una actuación casi perfecta. Al día siguiente, Joseph se encuentra bebiendo en un bar-billar de la ciudad, y se enfrenta a tres muchachos irlandeses que estaban burlándose el uno del otro con groserías propias de la edad. Joseph se compra el pleito, les pega a los jóvenes, quienes posteriormente se van a vengar de nuestro ogro protagonista dándole una soberana paliza. Es ahí cuando conoce a Hannah -luce dormido en la acera de la tienda de ésta- una mujer que aparenta serenidad, muy religiosa, bondadosa y recolectora de harapos -tiene un cuadro del corazón de Jesús que al final lo destruye por perderle la fe- a quien Joseph parece gustarle pero que la insulta y pone en tela de juicio sus creencias religiosas. En el fondo ambas miradas son coincidentes y uno se da cuenta que puede fluir cierto tipo de amistad o de amor entre ambos pese a los desatinos de Joseph y la pasividad de Hannah. Ésta esta casada con un hombre tiránico, asfixiante –muy buena actuación de Eddie Marsan-  pero a la vez es un sujeto que da claras muestras de debilidad cuando comete sus fechorías en contra de Hannah. Hay una escena en donde llega a casa, la encuentra a Hannah dormida, y al pedirle tener sexo y ella no responder, la orina completa. Ella –mientras sucede el aborrecible hecho- se da cuenta del despropósito pero no responde, almacenando una posible venganza futura. Luego la viola, y la agrede físicamente, pero le pide perdón y ella acepta aunque el rostro revela lo contrario. El cineasta británico tiene la habilidad de no ser explícito en las escenas de ensañamiento y de tirantez. La cualidad es esa, no es un tipo chabacano y busca lo fácil. No muestra lo que nosotros queremos. Nos obliga a suponer. Todo un acierto. Se van sucediendo imágenes de Joseph en constantes encuentros con Hannah –inclusive hasta una celebración por la muerte del mejor amigo de Joseph- donde Hannah es invitada, y parece recordar la alegría de su juventud. Los últimos 15 minutos son muy buenos, la narrativa está siempre arriba y algunas escenas de estupefacción y hasta de justicia ciega se confunden en un desenlace donde la vuelta de tuerca es inimaginable. El film cuestiona burlonamente a la fe en el supremo pero sin excederse, sin maltratar algo que parece normal en l sociedad inglesa: la desconfianza. Imperdible.