A varios meses de haber comentado
a dos de los mayores exponentes de la cinematografía japonesa: los maestros Ozu y Mizoguchi, esta vez hago un lugar especial para el cineasta que
considero el tercero -al mismo nivel- quedando pendiente la entrada del último
de este cuarteto, Akira Kurosawa; me
refiero a Mikio Naruse. En ese
entonces afirmábamos que la obra de Yasujiro
Ozu, acuciosa y genuina, se empecinaba en nutrirse de la metamorfosis de
las costumbres, y el paso del tiempo. Describió su terreno fílmico con una
profunda sensibilidad que cotejaba la cotidianeidad de la familia así como sus
rituales de perpetuación. Su visión del cine, en fondo y por modalidad, fue de
una catadura temporal vivamente asiática pero a la vez universal. De Mizoguchi señalábamos que fue un hombre
obsesionado por la excelsitud de la puesta en escena, el esteticismo de su
arte, la estampa ferviente del coraje, y la adversidad de la mujer en las
entrañas de los dramas de época, imantados estos, a la despiadada denuncia de
ensañamiento con ese mundo ajeno que asomaba como insubordinado. Mikio Naruse -provisto de una traza más
dócil- también respaldó su rico y delicado sello artístico, dentro del amargo
intimismo de la existencia, la vida familiar y sobre todo de la disputa
conyugal. Como contraparte argumental, a Kurosawa
le fascinaban las grandes historias épicas resueltas con modos más cercanos a
las formas occidentales del cine. Quizá donde la genialidad de Kurosawa cimentaba la ambición
desmedida así como el discurso altisonante, la sabiduría amainada de Naruse prefería modular la voz,
frecuentar la narrativa casi imperceptible en las que imperaba la elipsis y no
el ejercicio descomunal en la moldura de la imagen. Naruse fue un arquitecto de ese detallismo angustiante del shomin geki o cintas que descansaban sobre
la vida intrascendente de aquellos personajes intrahistóricos, como la
gente de un modus vivendi austero máxime trabajadores u oficinistas... Tal como
sucedió con Mizoguchi y Ozu, Naruse tuvo una infancia intrincada -la pobreza y la orfandad
asomaban- tanto así que la necesidad laboral lo reclutó desde los quince años,
y justamente como asistente en el mundo del cine. Es por esta razón que el
japonés se muestra realista cuando privilegia el enfoque de sus personajes
desde la perspectiva de sus condiciones de vida -remarcando sus carencias
financieras como estigmas- sumándoles el brete marital, ambas causadas por el
desgaste paulatino de lo cotidiano. Lo que resulta insólito de Naruse es que esos factores los retrata
a través de un proceso de observación pudoroso y nunca irascible. Las parejas
se deshacen y se recomponen sin siquiera rozar el mecanismo de lo violento y lo
grotesco. Con el mismo sincronismo de sensibilidad de Ozu, Naruse evidencia su
predilección por las amas de casa, su aislamiento, su infelicidad absorbente y
su aburrida rutina diaria. Su película El
almuerzo o Meshi representa este
escenario a cabalidad. En otro estupendo film -muchos la consideran una obra
maestra- La voz de la montaña o Yama no oto, llama la atención lo
inquietante, conmovedor y atípico, el recurso cinematográfico mediante sus
planos templados para incitarnos a captar la evolución del sentir amoroso. Un
acaudalado aunque afligido padre -que tiene un hijo mujeriego- desarrolla un
cariño extremo por su nuera sin poder salvaguardar la relación. La escena donde
este hombre y la mujer del hijo se citan en el parque es maravillosamente sutil.
Naruse empieza con un fundido
general -asoma a la multitud- luego se extravía a propósito, y regresa
edificando un encuentro casi silente, tan corporal como gestual que extiende
mediante variados travellings, contraplanos y planos fijos que permuta con
meticulosidad. No hay motivos ni explicaciones, solo una caminata en donde se
percibe esa atmósfera de respeto e integridad de ambos personajes. Son pocos
los minutos pero de una brillantez creativa memorables. En el cine de Naruse hay un espíritu gemelo al que
cita el gran poeta y literato Cesare Pavese. El italiano profundiza instalando
dilemas en la temática artificiosa, socializante y especialmente la de clase.
La soledad -componente inseparable en la obra de Naruse- se convierte en un estado de ánimo, una condición
existencial y colectiva. Naruse
adiestra con resignación y dulzura la sempiterna tristeza donde impera la
desgracia como fiel acompañante. El japonés tiene muchos augustos films pero
son dos los más preciados: Floating
Clouds o Ukigum, y When a Woman Ascends the Stairs u Onna ga kaidan o agaru toki, aunque la
más difundida sea Madre u Okasan. Trabaja con cuatro de los
mejores artistas de la cinematografía nipona: Ken Uehara, Masayuki Mori y las
divas, Setsuko Hara -actriz fetiche de Yasujiro Ozu- y la inolvidable Hideko
Takamine -fotos adjuntas-. Los momentos más hermosos del cine dejado por Naruse son aquellos en que dos
personajes caminan juntos, y en los que al ritmo calmo de sus pasos, y sobre
todo de su correspondencia y sincronismo, aquilatan su preferencia sobre su
amor. Una contingencia muy interesante de analizar sería la conexión entre el
cine de Naruse y el de Max Ophüls a través de sus films Floating Clouds y Letter from an Unknown Woman, obra esencial del realizador francés.
Son de los melodramas más impetuosos que ha dado el séptimo arte. Son dos
historias que corresponden a esos amores olvidados, de mujeres empeñadas en
perseverar sobre hombres que no las aman, antes de que descubran tardíamente
sus sentimientos hacia ellas... Otra materia que sería bueno investigar radica
en que la sinecura de la figura femenina como eje narrativo posee una
indiscreta usanza discontinua dentro del cine de autor. Hemos tocado a sabios
como Ozu, Mizoguchi, Naruse y
levemente a Ophüls, pero dentro de
este inagotable mosaico no cabe duda que uno de los pioneros fue el danés Carl Theodor Dreyer, y no por sus
personajes arquetípicos como Juana de Arco y Gertrud sino por la continua
evolución que experimentó la mujer dentro de su obra. El sueco Ingmar Bergman y sus miradas
poliédricas hacia el rostro femenino, y lo que se ocultaba bajo sus ojos,
labios, pómulos, pelo y barbilla, es otro de los que fijaba su impronta en el
drama mujeril. Actrices como Liv Ullmann, Bibi Andersson o Ingrid Thulin, han
sido símbolos imprescindibles de sus mejores películas. Hitchcock también suma a su colección de intrigas a notables
heroínas como Grace Kelly, Joan Fontaine o Tippi Hedren. Buñuel es otro de los que conformaba sus preferencias femíneas
inclusive con títulos derivados como Viridiana,
Belle de jour o Tristana. Sería muy largo escribir acerca de este tema pero es
incuestionable que lo femenil como vehículo para explorar la idiosincrasia del
mundo ha sido una de las piedras angulares de films y cineastas paradigmáticos.
Calificada por el francés Jean
Douchet como la versión de Vértigo
de Naruse, y comparada por el mismo ensayista con el Bolero de Ravel -por su
estructura infinitamente repetitiva- Floating
Clouds relata la interminable y obcecada persecución a la que Yukiko, una
mujer que lo ha perdido todo menos la dignidad -formidable actriz la Takamine-
somete a Tomioka -un flemático Masayuki Mori- que la quiere y necesita pero no
la ama, jugando con sus afectos y esperanzas hasta que finalmente logra darse
cuenta que es su verdadero amor, pero su muerte derrota una renovada ilusión...
Tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, Yukiko regresa a Tokio
para buscar a Tomioka quien fue su amante pasivo cuando ambos trabajaban en la
Indochina Francesa. Tomioka era casado pero prometió a Yukiko que se
divorciaría y la localizaría. Sucede lo contrario, y es Yukiko quien asume el
papel protagónico de la búsqueda, encuentro y posterior desilusión. Como titulo
la entrada, Naruse construye una
narrativa trágica que muestra minuciosamente la devastación y el pesimismo del
Japón de la posguerra. El cineasta utiliza los planos cortos y fijos con cortes
que apenas resultan visibles derivando un relato continuado, y de una armonía
visual intimista. Naruse hace una
demostración intacta del dominio del lenguaje corporal, simbolizado por un ida
y vuelta de aquella hondura de la mirada incluso por encima de diálogos, debido
a su formación como cineasta en la etapa de cine mudo. Es placentero poder
observar la maestría de Naruse por
crear el interés en una historia que no aparenta trascender, y que sospechamos
se encaminará sin mayores pretensiones. Tomioka es un sujeto que parece -ahí
radica lo notable de la actuación de Mori- insensible, mujeriego y belicoso. En
el transcurso del film sus estados de ánimo son de una feroz expresividad por
estar sustentados en lo cambiante que resultan, y lo creíble en que se van
convirtiendo. Yukiko perfila lo antagónico. Ella carga sobre sus espaldas el protagonismo
absoluto a través de un ramillete de penurias, adversidades y frustraciones
como consecuencia del rechazo, pero que es percibido como cierto y abundante.
Yukiko aguanta todo desprecio como esos viejos robles y contrataca hasta
desbaratar su presa. No todas las
personas tienen la misma forma de expresar el amor hacia la otra persona. Naruse lo sabe, y logra poner esta
premisa por sobre encima de lo demás. Por momentos, el japonés hace que Ozu y Mizoguchi parezcan insensibles. La eterna devoción de Yukiko hacia
su amado terminará por desarmar la resistencia de este. El desenlace es agónico
y bello, y está filmado con suma dulzura. Una de las escenas del film explica
contundentemente la visión reflexiva de Naruse
con su cámara y está referida a una violación que sufre Yukiko por parte de su
cuñado que luego resulta ser su benefactor. El cineasta coloca en pantalla un
brevísimo flashback en el que Yukiko rememora la agresión sexual. La escena se
intercala en el medio de una aplacada conversación en un restaurante, y está
compuesta únicamente por tres planos: primer plano de Yukiko, un encuadre medio
del cuñado aproximándose a la cámara, y por último, un plano adicional de
Yukiko con angulación similar a la del primero, y en el que la silueta del
cuñado termina por ofuscar completamente la figura de Yukiko, concluyendo así
la secuencia. La misma no precisa más metraje, ya que nos entrega la
información suficiente para trasladarnos al pasado que comparten ambos
personajes. La inteligencia y la mano sensible de Naruse encumbran una dinámica que en tonos normales resultaría
agresiva. Floating Clouds es un
durísimo drama romántico aunque contado con una afabilidad excepcional. 100%
recomendable.
Por otro lado, When a Woman Ascends the Stairs posee
una historia diferente pero siempre centralizada en un universo femenino de
conflictos permanentes. Otra vez es Hideko Takamine la musa de Naruse que nos lleva a identificarnos
con una postura ética ante la vida del director japonés, pero esta vez a través
de un personaje que podríamos adjetivar como controvertible: la dama de compañía. Keiko es esta vez
la heroína del film y trabaja en un bar donde acuden empresarios para
entretenerse con juramentos cariñosos y/o carnales de las anfitrionas del lugar.
Keiko no es una servidora sexual como las otras. Ella posee una disciplina que
no pretende el contacto íntimo sino el comercial con el cliente, y para eso su
tarea es la de brindarle un trato preferencial a cada parroquiano mediante un
servicio personalizado donde la comodidad, la conversación insinuante y sobre
todo el trato cortés -siempre acompañado de licor- son las constantes. Keiko,
al no ser una prostituta, basa sus aspiraciones en el crecimiento económico
para luego formar y atender su propio negocio. Mikio Naruse trata el tema con refinamiento aunque sin esquivar el
desdoblar de una personalidad que luce enmarañada. Naruse prescinde del maniqueísmo o del moralismo de manera que
Keiko destelle como elemento aglutinador de una modernidad donde se acondiciona
la barbarie mercantilista de los años en donde Japón muta hacia lo occidental.
El whisky va remplazando al sake y el traje al kimono, aunque Keiko se resiste
o se refugia en la concepción tradicional que sus valores le obligan. Es
importante detenerse en lo que en apariencia resulta una historia mínima acerca
de una mujer sensible que es abordada por la duda y dejadez para poder tomar
decisiones drásticas -otra estupenda interpretación de la Takamine- pero que Naruse sostiene con acierto introduciéndola
en un clima de una sociedad japonesa que poco a poco va cayendo en la pérdida
del estatus social, las relaciones amorosas por conveniencia, una hipocresía
que pulula en el centro de trabajo, y los ideales foráneos que van tomando
forma. Y todo esto porque si bien ella lucha soterradamente en contra de un
sistema asfixiante sabe que al final este la absorberá como lo hizo con su
ex-compañera de faena Yuri, quien le dio forma a lo que Keiko suponía como la
solución, pero que termina quebrada financieramente y suicidándose. Pero la
protagonista también tiene una vida familiar golpeada. Una madre metiche, un
hermano sin trabajo y un sobrino enfermo de polio. Ella es la que los sostiene,
y sus proyectos son aplazados constantemente. Parece no progresar ni consolidar
un objetivo en cada escena que transcurre. Naruse
sigue haciendo cine porque detiene parcialmente el fondo y prioriza la forma.
Las escenas repetidas de la escalera y los pies de Keiko son notables. La bella
Keiko también ha sufrido la muerte temprana de su marido a quien amaba. Es
decir, Keiko contrasta su futuro con una serie de inconvenientes que hacen poco
viable materializar sus anhelos. Además, esconde el juramento que le había
hecho al extinto de jamás volver a enamorarse. ¿¿Qué le queda entonces?? ¿¿Cuál
podría ser la salida?? Naruse necesita
expresar los aprietos que todavía tienen las mujeres de ese entorno social para
ascender en un escalafón en donde todo parece circunscribirse a probar suerte
con los acaudalados clientes para forzar un concubinato, y que estos puedan
proporcionarle los recursos para vivir con una dignidad hipotecada por encima
de esposas sumisas y/o promesas momentáneas. Keiko no quiere eso para ella, y a
pesar que lo intenta va sufriendo múltiples decepciones. Aunque la trama y la
narrativa visual que le da Naruse
puedan suponer cierta dosis de conservadurismo, en realidad lo que el japonés
incrusta con pulso firme son aquellas formas melodramáticas sostenidas en un
terreno movedizo de modo que los personajes multipliquen sus sinsabores, y los
caminos posibles de escapatoria queden clausurados reflejando una forma de vida
inconclusa, sin posibilidades para las mujeres que ejercían el meretricio. El
desenlace es seco e inevitable. Estupenda película.
Floating Clouds y When a
Woman Ascends the Stairs constituyen ejemplares cinematográficos de lujo
donde Mikio Naruse demuestra ser un
maestro de la armonía visual. No supieron valorarlo en su debido momento, pero
luego toma vuelo –tal como pasó con Ozu
y Mizoguchi- instruyendo los
paladares de los cinéfilos exigentes, a través del lenguaje de gestos
abrumadores, sin la imperante necesidad del uso de la palabra -algo que siempre
caracterizó a la sociedad oriental- y una narrativa que ilumina los momentos
más difíciles de la mujer japonesa pero siempre a través de un trato cortés,
respetuoso y una inigualable forma de expresarle su amor y dedicación. Su
sabiduría refleja contundente el andar quejumbroso de un Japón golpeado y
melancólico luego de una guerra espeluznante. Por lo tanto, Naruse queda como un cineasta digno de
ser redescubierto por aquellos espectadores ávidos de una impronta parecida
pero a la vez distante a la de otros grandes maestros del drama histórico. Como
les había señalado líneas arriba, Naruse
adiestró con resignación y dulzura la sempiterna tristeza donde impera la
desgracia como un fiel acompañante, y lo elaboró con calmada pericia, pudor y
una aflicción implacable. Todo un ejemplo para la historia de la
cinematografía. Maravillosas películas. Muchos saludos a los amigos del Centro Cultural de Cinematografía de San José de Mayo en el Uruguay. Gracias por las atenciones.























































