Con el Oscar recibido por la película argentina El secreto de sus
ojos de Campanella en el nuevo siglo -también estaba nominada ese mismo año
nuestra La teta asustada de Claudia
Llosa- la Academia tuvo un gesto de recato al hacer justicia a ese
magnífico momento por el que estaba atravesando el cine latinoamericano, pero que por
extrañas circunstancias siempre seguía acorralado en las garras de la
indiferencia. Pero, la mayoría de veces los premios o galardones no son el indicador para que otras películas de altísimo rango narrativo, queden arrinconadas
en el olvido y la ingratitud. Los films -como todo en la vida- son solo instantes que suelen pasar con rapidez por las mentes de quienes nos creemos y/o llamamos
cinéfilos u opinólogos, porque el cine es un arte que se mueve con un dinamismo
infernal que nos lleva a todos puestos boca arriba en la misma nave del encanto.
Pero, a veces es impagable el detenerse para recordar, la absurda ligereza del transcurrir
del tiempo debería darse un descanso, y así podamos repasar films que nos marcaron
para siempre, que nos enseñaron que la desgracia nace con el hombre, pero que
no muere con él, y que todo lo que uno guarda en la memoria suele ser accidental,
episódico, casual y anecdótico. Pero, esta vez quiero respirar del aire
purificador del excepcional trabajo edificado por Fernando Meirelles y Kátia
Lund, cuando se atrevieron a cimentar una de esas aventuras empapadas por el
coraje y el riesgo fílmico más espeluznante. Por que ese fue el reto de Ciudad de Dios, una invitación al peligro inminente, al infierno
hecho materia, a matar o morir, a la oscuridad perpetua de una posibilidad de
salida mentirosa, la de una realidad que golpea el alma de decenas de miles de
seres humanos que sobreviven porque es su única alternativa de formar parte de
este mundo plagado de miserias. El cine ha demostrado ser un vehículo único para que ese proceso de ficción pueda llegar a mostramos que la afrenta del destino hacia los seres humanas sea de un dolor ingente que se nutre de un naturalismo sin límites. Es durísimo sobrevivir en esos lugares donde solo existe agonía, tortura y calvario, donde no llega sensación alguna de justicia ni el estado sea capaz de imponer sus normas, solo nos queda ser testigos directos de como la violencia misérrima logra expandirse como si se tratase de un cáncer terminal. A veces son las ciudades que lleva el nombre de Dios las más olvidadas por el supremo. ¿¿ Padre porqué los has abandonado ??
Buscapé tiene 11 años, y sobrevive
en una paupérrima favela brasileña, donde el delito es el único camino posible.
Su hobby es la fotografía, pero lo único que puede conseguir es un empleo como repartidor
de diarios. Buscapé -es acertado el colocarlo como narrador de la historia y el
motor de su macabro crecimiento- es el único de los personajes del film que rechaza
la violencia aunque forma parte sustantiva de la sangrienta vida que acontece
en ese averno barrial. El narrador, recuerda la historia de la
favela desde que él era un niño. El relato se detiene, y da marcha atrás para albergar
lúgubres vivencias de personajes secundarios, o saltos hacia adelante con una
libertad y un pulso narrativo digno de un abnegado y sensible virtuosismo. Todos los
personajes tienen algo doloroso que contarnos. Todas las historias unidas crean
una sensación de simbología social, de retrato colectivo en descomposición que es
inimaginable. Todo es condecorado por el caos. El hermano de Buscapé, Zé
Pequeno -un caco como cualquier otro- toma la decisión de asaltar un motel. Es un desalmado que con el tiempo dominará toda operación del crimen organizado
de la favela. Su crueldad, su falta de principios le sirven como peldaños para
triunfar, pero su arremetida sólo se ve frenada por su socio, Bené, un hombre con
valores de bondad. Mientras tanto, Buscapé, vive atormentado con la idea de conseguir
ejecutar su primera experiencia sexual, la misma que le resultará tan
atribulada como todo lo que ocurre en Ciudad de Dios. Una banda de niños altera
con hurtos la paz de la favela que Zé Pequeno necesita para hacer prosperar su
negocio. Sin dudarlo, su escasa mentalidad le ordena que recurra a lo más vil y lógico,
al asesinato. Los traficantes del lugar velan por la seguridad con más celo que
la misma policía pero nos damos cuenta de que esa sensación pasajera de paz no
es un escenario recomendable. Zé Pequeno comete un mayúsculo disparate cuando
maltrata a un hombre pacífico por la envidia que piensa siente este por él.
Desde ese momento, Mané Galinha se convertirá en su peor enemigo. No se trata
de una venganza justa. Es una consecuencia sensata, inevitable de lo que le
sucede al tipo que carga con los designios del poder. La favela nos sirve para navegar
en lugares recónditos del alma humana, y que están muy bien camuflados en las
sociedades desarrolladas. El film crea un universo ajeno a la ley, la policía
no entra en la favela si no es para cobrar sobornos y cupos de protección. Los
delincuentes tienen que ingeniárselas para lidiar con la ley del más poderoso,
por eso triunfa el más sanguinario, el que las conoce todas, el hijo de mil
putas. Quizás el mérito mayor de Meirelles consiste en su postura ante los
hechos. Lejos de moralizar sobre los personajes, posee el valor de
desarrollarlos fríamente, dejarlos existir hasta que ellos mismos decidan sus
destinos. La casualidad rige cada esperanza caduca, pero de forma tan trenzada
que uno se siente partícipe de una historia más real que la vida misma. Otro
acierto se posiciona en que el carácter episódico de la propuesta no altera en
ningún momento su fluidez narrativa. La trama se parte en tres segmentos: los años
sesenta, con bandoleros tibios y sin la maldad suficiente. Todo gira alrededor
de dos niños, el inocente Buscapé y el aspirante a rey de
Ciudad de Dios, Dadinho. A su vez, la violencia en espiral está a cargo de tres
malhechores de poca monta a los que se conoce con el contradictorio nombre del “Trío
Ternura”. Meirelles le infiere un trato compasivo, lírico, a través
de la acentuación de las tonalidades ocres que emanan de una notoria
fotografía, la ambientación casi siempre de día, junto al detalle folclórico de
la música samba, araña el romanticismo. En los años setenta, Buscapé ya no es
el niño inocente, y Dadinho cumple su objetivo, empapándose del tema de
las drogas, y transformándose en el capo del narcotráfico. Meirelles le
agrega valor a la época con sonoros compases de música funky y alusiones
hippies. Uno de sus méritos es modificar la edición, realizando concesiones a las tendencias
cinematográficas modernas, como aceleraciones, ralentizaciones y angulaciones de tomas cercanas a los personajes, secuencias compartiendo pantalla en simultaneo, etc. Es este el
momento donde la miseria moral de los personajes se incrementa con notoriedad. Luego,
en los años ochenta es cuando todo lo andado llega a su punto más crítico. Dadinho, ya convertido en el líder de la banda más sangrienta de
Ciudad de Dios, hace de su enfrentamiento con otra pandilla, liderada esta por
Mané Galinha, un ejemplo radical de la resignación moral que derrota a Ciudad
de Dios, y su reclutamiento en las tinieblas de la barbarie. Meirelles mueve la
cámara, filma a sacudidas, predomina lo tenebroso, ya no existe lugar
para la esperanza de la salvación del lugar. Las muertes se suceden
una tras otra, el fárrago anárquico es el protagónico absoluto, y los demás ya
no son más que criminales sin rostro. La visión final es aterradora, hemos
presenciado el final de una batalla, pero no el de la guerra. Cada uno de los
tres segmentos va moviéndose en forma individual, aunque unidos, lejos de aplanar
la cadencia del ritmo, forman un ensamblaje sólido y apreciable. Sin duda, este
es uno de los logros más seductores de Meirelles, evitando gratuitamente la
contingencia de convertirse en una mera repetición de situaciones y emociones convencionales.
Ciudad de Dios es de las más impactantes películas que se produjeron en la liviandad fílmica
de nuestro continente en muchos años. Lo posee todo, personajes perfectamente
caracterizados, verosímiles y temibles, además de un desarrollo narrativo sorprendente,
capaz de contar la vida de cada quien sin ralentizar el ritmo que Meirelles
mantiene durante la totalidad del viaje, junto a su peculiar forma de
hacer evolucionar la trama, de forma que va dando saltos en la línea temporal del
largometraje pero que en ningún momento se complica. Una obra maestra
que debió llevarse el honor y la gloria en su momento. Toda una hazaña del cine
brasilero.











































