A no dudar que Johnny Guitar es una de las joyas
cinematográficas del oeste más trascendentes de los años cincuenta, período en
el cual, sin perder los parámetros tradicionales que delimitan el género,
algunos Westerns -especialmente tras la culminación de la Segunda Guerra
Mundial- lograron una proyección psicológica compacta por su profundidad y su
complejidad argumental, lo que ayudó a madurar las clásicas propuestas, a
inundar la tipología y mitología del oeste con simbologías y lirismos
acompañando la cavilación reflexiva acerca de personajes solitarios de difícil
integración, generalmente antihéroes, presos de la amargura, la melancolía y
contradicciones emocionales que los situaba en complicados conflictos
personales e interpersonales, casi siempre ubicados en un microcosmos con
caracteres de una definición universal. Esta fascinante "Masterpiece" del efusivo Nicholas
Ray, se desvincula de la mera exaltación hombruna tan característica que gobierna el género, para incorporar el enfrentamiento clave entre dos personajes femeninos muy fuertes, aguerridos y decididos, que incluso trastocan el color concedido en su
vestimenta de “buenos y malos”, alejándose de la violencia, la muerte y la venganza
entendidas como fin, para emplearla como medio de deliberación sobre la misma y
sus consecuencias. Es plausible el sentido climático de tensión, mantenido con
un pulso narrativo brioso y diálogos secos, cortantes, amenazadores, imbuidos
en varias ocasiones de cinismo e ironía, que buscan en las debilidades y
fortalezas de un completo muestrario de personajes variopintos posicionar ya
sea sus deseos, sus esperanzas, sus odios, sus encuentros, sus celos, y sus
pasiones. El protagonista, el pistolero Johnny Guitar, llega a caballo a un
salón de juego enclavado en un paraje casi desértico. La dueña es la mujer que
amaba, que nunca olvidó. Vienna lo hace regresar luego de cinco años para que
la ayude con el salón que administraba. De pronto, aparece un grupo de coterráneos
que exigen que Vienna se vaya, que cierre la taberna. Temen que por su culpa
venga el ferrocarril, y traiga nuevos granjeros que compitan y los superen. Acusan
a la banda del temible Dancing Kid de cometer tropelías en la zona, pero éste
lo niega con su acostumbrada rudeza. Encabeza la partida Vera, una ranchera que
odia a Vienna. La notable factura del film proviene de su rareza y de la
cantidad de lecturas que añade a las casi siempre tramas lineales que ofrece el Western. El fondo de la película es el enfrentamiento entre las dos mujeres,
tanto Vienna, la dueña como la usurpadora, Vera. Y aunque siguiendo la
tradición inequívoca del género, el duelo, ambas resuelven sus diferencias con
pistola en mano, pero no es un enfrentamiento entre vaqueros, sino uno entre
mujeres antagónicas, superadas por las circunstancias. A partir de este film se hablaba del nacimiento de un
western psicológico, también de uno lírico, y hay quien no duda en hablar de
tragedia griega por el carácter casi mítico del conflicto romántico, que es el
otro componente que le da vida al film. Muchos elogian el uso que Ray hace del
color -otros lo detestan- a través de ese rojo intenso de los decorados, y de los parajes
nocturnos, el blanco celestial del vestido llevado por Vienna, que representa su inocencia en
medio de abusos inexplicables. Juega con placer la maravillosa fotografía de
Harry Stradling, y las hermosas partituras de Víctor Young. En Johnny Guitar hay mucho de lo que dos
años más tarde aparecerá en la célebre Rebelde
sin causa. Una pareja atormentada por sus propios dilemas existenciales que
los vuelve a juntar, que es imposible separarlos, un final apoteósico lleno de
hilos conductores que se fusionan, y una víctima que resuelve la tensión
ofreciendo su vida en sacrificio, como en la fatalidad. Lo que logra exponer
Ray es un estudio psicoanalítico sin parangón en la historia del género, donde
se analizan con virulencia la malicia, la envidia, la venganza y sobre todo la
innata capacidad del ser humano para destrozar su vida y la de los demás. Hasta
ahí diríamos que muchos Westerns clásicos ya habían tratado la psicología de
seres atormentados con facilidad para apretar el gatillo, beber un whisky o
llevarse a la bailarina al segundo piso de la taberna. Lo que distancia a Johnny
Guitar del resto es el haber colocado en el centro de todo este universo
humano a una mujer genial como Joan Crawford. La actriz del rostro bello e impenetrable ofrece un
concierto interpretativo que la sitúa en las cumbres del cine del oeste. El
mano a mano entre la Crawford y la impredecible Mercedes MacCambridge -una mujer perseguida
por los celos y el deseo de venganza- es antológico. En esa puja tan particular
entre ambas, donde el nervio femenil prevalece, Vera es el contrapunto vital de
un hipótesis moral que sí establece diferencias entre el significado del bien y
el mal. Es Vienna y sus actos, que deciden entablar una frase que nos resulta
conocida… “El que la hace la paga”….. Pero, quizá lo más genial que puede
regalarnos Ray -pese a que era considerada una cinta de serie B- es la escena cuando
muere la hostigadora del pueblo, y los dos forajidos salen del escondite. No se
nos muestra que el sheriff y sus hombres, lejos de apresarlos o llevarlos a
juicio, los dejan escapar -final saliendo Stealing Hyaden y la Crawford por la
cascada de agua besuqueándose- esos instantes no son narrados por Ray. Se da por
hecho que la persecución era debido a la furia de Mercedes MacCambridge, y una
vez muerta ésta, se sentencia la ausencia de la justicia. Esa especie de mensaje
invisible que no necesita palabras, es de una inmensidad autoral y de
realización innegables. Quien sabe de mis gustos, conoce de mi pasión por el Western.
Lo disfruto, y lo considero el género cinematográfico por excelencia. Si
existió el lejano oeste, lo hizo para ser interpretado por el cine. Johnny Guitar es una de las cintas del lejano oeste más lúcidos, líricos y románticos de la historia del cine. No sólo es un Western al paso, también es una desgarradora historia de amor, y una
denuncia del linchamiento referido a la Caza de Brujas, y de la irracionalidad que intenta perpetuarse.
Su narrativa y su estructura quebraban de alguna manera las normas del género,
sin embargo, supo utilizar éstas para sacarles provecho. La cámara se mueve con
elegancia después de la escena más íntima entre los dos protagonistas que
comienza con el diálogo quizá más repetido e imitado de todos los tiempos. Joan
Crawford cautiva a la cámara, y sus inmensos ojos llenan la pantalla. Por
primera vez una mujer es la víctima de un linchamiento, y eso convierte a esta
película en una obra singular. Pocas veces se ha visto a un personaje femenino
que transmita con esa intensidad el dolor por un amor perdido, pero, a la vez,
el temor reprimido que, una vez que su hombre ha regresado, vuelva a romperle
el alma….. Grandioso regalo del séptimo arte.



































