Siempre he sostenido que el más
prolífico, y mejor director de los que ha brindado el séptimo arte -un auténtico
poeta de la imagen- ha sido el legendario John Ford. No por las cantidades de
films realizados ni por los cuatro Oscars ganados -ninguno con un Western- pero su habilidad y temperamento ayudaron a que el cine pudiera tomar
caminos impensados. Un hombre inteligentísimo que sabía a lo que apostaba y
cuya capacidad de riesgo era formidable a la vez que temeraria. Pero entre cientos de miles de
películas de todo género, aquellas que hemos tenido la suerte de observar acerca
del viejo oeste norteamericano, Stagecoach
o La diligencia es una de esas obras
maestras -no la única de Ford, y otros grandes cineastas- que la
gran mayoría de críticos, y principalmente amantes del género, la valoran como el
pináculo del Far West. Lo que la hace distintiva por sobre cintas del
género es que en ninguna otra están representados y tratados, y tan magistralmente
combinados los elementos que constituyen el cine como una expresión artística
iniciadora y evolutiva de un continuismo formativo de posteriores películas...
Sería interesante tomar la anécdota de otro de los genios que arrojó la
cinematografía : Orson Welles. Antes de comenzar a rodar Ciudadano Kane, Welles comentó en
círculos íntimos su debilidad por el film de John Ford. Según sus palabras, Welles necesitaba con
urgencia aprender a construir películas, y La
diligencia le resultaba lo más sublime y ejemplar. No nos olvidemos que
para Welles no era el film favorito de Ford, pero su resonancia visual se le
quedó impregnada en su cerebro como si se tratase de memorizar un libro de
texto. Cualquiera que quiera hacer cine del bueno, argumentaba, de ese que
golpea el alma de las emociones, debería estudiar y analizar La diligencia. Otro reconocido maestro
como el italiano Fellini, afirmaba de Ford que era un hombre y cineasta sin prejuicios, e
inmune a las bajas tentaciones del intelectualismo. Antes de La Diligencia, Ford había realizado más
de una treintena de cintas, pero fue ésta la que marcó el verdadero preludio del
Western moderno, donde vincularía estructuralmente su evolución hacia el
clasicismo norteamericano, y por ende en torno al esplendor que Ford
desarrollaría a través de este clásico del género. A La diligencia se le considera -aunque pueda ser discutible si esto
es incuestionable o no- como la pionera del legítimo largometraje del oeste, ya
sea por la impronta de John Ford a su disposición por vampirizar lo mejor de sus proposiciones
anteriores, remodelando tipologías, creciendo en su estilo y apropiándose de un sello
incomparable, encaminando sus temas hacia una dimensión épica sin prescindir de
un humor pétreo, y subvirtiendo gran parte de su ideología a la vena que Lincoln
le confirió a su filmografía. Constituye un reflejo de lo que sería su cine
posterior siempre operando en las intimidades del género, su descripción
territorial y humana del viaje de una diligencia por el desierto de Arizona,
área infestada de indios que acechaban la endeble embarcación, con el mismísimo
Jerónimo a la cabeza. Esta es la escena cumbre del rodaje, aceptada por el
mismo Ford. Dentro de ésta, un sheriff paternalista, un tahúr del sur, un
banquero estafador, un médico alcohólico, un viajante, una dama embarazada, una
muchacha de mala reputación, y el hilarante conductor de la nave, conforman los personajes que, junto al prófugo pistolero Ringo Kid -un joven
John Wayne- sirven como la metáfora perfecta de la sociedad de aquella época,
como patrones conductivos a un tipo de western posterior en el cine de Ford, y
de otros creadores. Por eso, aquí lo que importa -mucho más que la
amenaza de los indios- es la interrelación entre personajes dispares, cada
quien tratando de salvar su pellejo, con unos diálogos descriptivos de un
contenido concreto pero a la vez expansivo por el mismo antagonismo. Son esas
disímiles personalidades y rasgos lo que Ford logra aportarle al conjunto.
Nadie es bueno ni malo. Todos entienden que hay que salvarse, ayudándose entre
sí. Esta tipificación que Ford logra integrar responde a una gran variedad de
detalles, a la originalidad de la propuesta que persigue cauces de unión donde
se concilian el humor y la aventura, la disposición analítica de las clases
sociales, y los sentimientos nunca vistos en el género. Destaca así la
capacidad de Ford para narrar varias historias que relaciona en forma
armoniosa, sugestiva y hasta inconsecuente, que va llevando a un desenlace, con
un determinante clímax de acción, en cada una de ellas. Un ejemplo es como John
Wayne avanza hacia Plummer a través de unos amenazantes
sonidos originados por unos timbales que marcan el acercamiento del enemigo, o el
tiroteo final fuera de campo, o la interminable persecución de los indios
hostigando a como diera lugar. Es en definitiva, un Western que reúne en su vivencia
circunstancial un encantamiento cinematográfico que deriva en un incremento
argumentativo de tiempos mayestáticos en la evolución del estatismo en
movimiento -que fue uno de los aportes de Ford a lo largo de su carrera- por la
definición del itinerario anti-heroico como constante búsqueda de una identidad
de sus personajes, dentro de la expresión emotiva y la composición artística… John
Ford revolucionó las directrices de los grandes estudios debido a lo asequible
de sus producciones, haciendo que a la aventura instaurada en las raíces de la
serie B, le sumara a sus historias un tipo de idealismo familiar de valiosa calidez con
otros temas de gran profundidad dramática que fraguaron su origen en los maravillosos
parajes del Monument Valley, la iconografía pura del Western, donde el paisaje se
convierte en un personaje vital e infaltable. Para ir terminando, Ford logra algo considerado
como esencial: la compenetración de
manera genial de los grandes elementos del arte popular, desde los bardos
que recitaban sus poemas en las plazas
de los mercados, hasta los que guitarreaban mendigando por los poblados. Todo
esto se materializó por intermedio del arte del siglo XX, y utilizando a la
cinematografía como promotora de esos cambios de vida. Pocas veces en la
historia de lo artístico se ha podido incorporar una amalgama tal entre lo que
se dispone como material, y la manera de realizarlo. Quizá más que en ningún
otro proceso imbuido de arte y género, podemos observar y disfrutar masivamente
la innata creatividad de los artistas yankees, vale decir, la adecuación entre
lo que se tiene y lo que se hace. Ford logró con La diligencia esta síntesis de una forma única y señera. Es un
prodigio de sencillez y su emblema hacedor, por momentos contemplativo. Lo
aprendió de su maestro : Thomas Ince, a quien pudo superar con creces. Estamos
también ante un relato sobre la lucha del hombre contra la adversidad. El
clima, la geografía, la injusticia, hombres depredadores, y otros que siendo
sus pares prejuzgan su moralidad. Cada personaje dentro de esa nave atiborrada ha
sido sentenciado por los demás pasajeros. Hay quien es tenida de menos por su medio
de vida, quién lo es por su adicción al alcohol, o el mismo Wayne por su
condición de convicto, independientemente de la justicia condenatoria. Y hay
quienes son tenidos por su reputación. Y todos ellos contienen una
dimensión extra de crítica a estas valoraciones. Pero La diligencia es ante todo el florilegio del Far West, donde el
norteamericano se autoreconoce como en un remedo absolutorio. En esta aventura
transitan personas al margen de la sociedad, e incluso de la ley. Pero hombres
que vuelven a la ley y a la vida social, y que son salvadores de su circunstancia,
y del destino ajeno, el típico héroe yankee, porque es con y por ellos, y su valerosa
decisión, elementos vitales con que se construye el nuevo país, que es el
último y definitivo objetivo. Es el pragmatismo del triunfo que todo lo
justifica, y de la ley que ha de quedar proclamada siempre, como la
organización de un pueblo que se forjó de adentro hacia afuera. La libertad -el
otro gran ideal norteamericano- se transforma en eterna y universal, en los
avatares del “bandolero generoso” que representa el espíritu popular. Y sobre
estos puntos clave, valores esenciales del film, campea lo convencional, lo renovado.
Tipos representativos y fáciles, que cuentan con la simpatía del autor y del
público, menos el banquero ladrón al que ofende como trasunto del
financiero sin ideales ni escrúpulos. Una emoción discretamente manejada, pero
hasta un sentimentalismo que es el punto débil de los films de Ford. Una forma
directa, simple, al alcance de todos los ojos y todas las mentalidades, hasta llegar
a lo vulgar si es preciso, como compensación, la fascinación de un ritmo imparable
que sugiere más de lo que pregona, con el feliz contrapunto de una música que completa,
marca o sustituye las imágenes. En resumen, la gran aventura, la hazaña de los fuertes,
audaz, dramática y divertida, que quizá sea el ideal supremo del pueblo
norteamericano, y por extensión el de los hombres de una época en que aquel interior
pretendía dominar al mundo. Obra de arte a no dudarlo. Imperdible, no como un
film del género western, sino como todo un clásico de la cinematografía yankee. Ojala coincidamos.























































