Tres palabras que definen con
exactitud la intención fílmica de Christopher Nolan son la ambivalencia,
la venganza e el ilusionismo. La adaptación hecha por Nolan de la novela de
Priest es un recorrido brillante, compacto y ajustado a toda impronta artística
que se reinventa con un determinado valor agregado -un selecto tour de force- donde los tres
elementos que nombramos adquieren un calificativo sobresaliente. Cuando el
personaje de Caine interviene con sus primeras frases en off, y amaestra acerca de factores claves de cualquier acto de magia a una niña -que con
posterioridad será un personaje silencioso y vital dentro de la historia- señalandole que lo primero, se establece a través de “la promesa” como un proceso de normalización de la
alquimia o la demostración del encantamiento como algo cotidiano. Luego, interpreta
a “el giro” manejando la adulteración utópica de lo ordinario llevado a una
acción asombrosa. Por último, como desenlace de la función, Caine propone
la fase más importante del truco, la tercera, la que en el fondo trasciende. La define como “el
prestigio”, y en lo que la respalda es en una especie de ilusión seductora que
aporta el hipnotismo -jamás el hombre se duerme- mezclada con la emotividad del
público, a quien Nolan le fascina el engañarlo y/o manipularlo. Esa combinación es la que justifica por su rapidez e incredulidad, el
acto final que arranca el aplauso y deja perplejos a los que se prestan a juguetear con el mago de ocasión. Es lógico que este tipo de compilación
utilizada como definición de la magia pueda situarse como una analogía
universal del proceso de la escritura aristotélica, de aquella narrativa clásica,
fraccionada en un “know-how” hiper conocido: planteamiento, nudo y
desenlace. Así, como en la literatura y el cine, la metodología de la
magia no luce distanciada de los propósitos de esta fórmula artística. No
obstante, el dilema estructural del cineasta encadena sus mecanismos
como el clásico acto subconsciente del ilusionismo aplicado al cine. Al igual
que en la restante obra del cineasta, Nolan recurre a la experimentación de
tiempos, elipsis y puntos de giros al extremo, donde siempre esta presente esa
magnífica ilación armónica de contracción y progresión, de cambios de
disposiciones, de acción llena de rebelde inventiva donde la alteración se transforma en lo
elemental y lo importante. Por esta razón en especial, el film no desperdicia esa sensación oscilante de su estilo de fabricar cine, en donde el
desequilibrio, el juego de tiempos, de voces en off, de alteraciones de rumbos
narrativos prolijamente realizados, le aportan el beneficio de un contrapeso que hace
que los contenidos de sus propuestas -y en especial de este film- dieran la impresión que se trataran
como juegos de espejos, de la estrictez de las dobles identidades, aquí simbolizado con milimétrica
precisión en las dos caras de una misma moneda…. Lo interesante en la
elaboración del guión de los Nolan y la novela de Priest, es que los tres han
dado en el clavo siendo sinceros, hasta ingenuos, simplificando
los contenidos. Han borrado lo Nolístico, es decir, lo que resulta de la fábula de aquellas obsesiones y
envidias de dos hermanos gemelos cuyas venganzas no tienen ningún sentido
argumental, salvo por el mejoramiento de sus respectivos “prestigios”. Son dos magos
antagonistas que desencadenan una rivalidad que induce al deseo
insaciable por desenmascarar los secretos del otro, enfrentando
ciencia, clasicismo, amistad, codicia y vendetta, en un laberinto inexplicable de
oscuros alardes. Es en esta forma de observación, donde The Prestige resulta una obra trucada por un taumaturgo de amplia
sabiduría cinematográfica, porque conjuga sus elementos visuales como efectos
de una ciencia oculta en varios niveles
de certeza y sospecha, donde el relato de Nolan se somete a un conjunto de pasatiempos
incógnitos e ininteligibles -tal como lo son sus dos personajes principales,
tanto Angier como Borden, y que fuerzan a un desenlace de tanto “prestigio”
como lo son los trucos de ambos. Es por eso, que la intriga dramática de The Prestige se sostiene sobre el
virtuosismo metafórico de una poética fantástica y científica, sin enfatizar en
sus componentes futuristas, hechos modernos como la clonación de los sombreros,
y los riesgos que hubieran corrido en esa época. Es lo genuino del ilusionismo, ambientado Gran Bretaña de finales del siglo
XIX, una época en la que la ciencia empezaba a aniquilar la credulidad de la
gente que acudía masivamente a los espectáculos, construyendo tanto el ingrediente
ilusorio como la habilidad del que lo llevaba a cabo. Una época donde el cine estaba a punto de convertirse en el gran truco
final de la prestidigitación, y en la que sujetos como Tesla y Edison, también disputaban
una conocida rivalidad en un lugar destacado de la misma zona. Esta The Prestige, posee una fascinación especial, de intrincado y
elaborado engranaje, sostenido en la reiteración del análisis sobre los
misterios de la moral humana, que emplea una bien concebida disertación sobre
la ambivalencia del hombre, la dualidad de dos caracteres contrastados,
diferenciados por la clase social a la que pertenecen, y por aquello a lo que
aspiran, pero asemejados en metas profesionales. Pero, a medida que
avanza la acción, el alejamiento es el detalle que los marca. Mientras
uno ansía dominar la revelación de los trucos de su oponente para ser un mejor
mago -memorables los gadgets de Angier contra un aparatoso afán de superación
de Borden- su rival terminará luchando por un único objetivo, la pequeña Jess,
dejando bajo la manga el as escondido, el secreto que un mago jamás puede ni
debe revelar, y que dará como resultado un desenlace sorpresivo, producto de una
mente privilegiada como la de Nolan. Alfred Borden -Christian Bale-
tiene un truco que deslumbra a Robert Angier -Hugh Jackman- y este se obsesiona
tratando de descubrirlo. La ilusión es la teletransportación. Angier carece de
explicaciones, y se frustra llevando la ciencia al límite. En un dialogo con su
maestro, este lo intenta convencer diciéndole que Borden usa un doble -la
explicación más fácil es siempre la más realista- y lo insta a observar y
penetrar en la realidad dejando de lado el misticismo, pero ello no satisface a
un Angier cada vez más empecinado en su dilema. The Prestige -a pesar de temporizar todos sus elementos en función
al desenlace- trabaja como un espectáculo escapista donde trasciende
la omnisciencia de la mano ilusionista del realizador, quien descubre su verdad
final en innumerables ocasiones durante la función, con un método oculto. Todo
está a la vista. No hay de aquellos engaños intencionales sin anticipación,
porque la verdad es manifestada a lo largo del rodaje en varias ocasiones.
Nudos de acción resueltos con pericia y sin complicaciones, que Nolan va revelando
sin importarle el fondo de la cuestión, al contrario, lo surte de matices y
sinecuras narrativas. Nolan impone un homenaje cerrado a Joseph L. Mankiewicz.
Otro de los aciertos del cineasta, es el de dotar de hermosas mujeres
secundarias a la trama, que sin lucir mucha presencia sostienen sus personajes
con prestancia. Las actuaciones de Scarlett Johansson, Rebecca Hall y de Piper
Perabo pueden parecer carentes de suficiencia, pero Nolan logra darle una
importancia estética y visual, de gran valor en los nudos que plantea. El duelo
interpretativo entre dos magníficos actores como Hugh Jackman y Cristian Bale, es de lo mejor
en cuanto a la química de la no empatía. Los domina la rivalidad, donde los secretos mágicos, la
ciencia y, sobre todo, el artificio a los que recurren le permiten a Nolan,
edificar un film como si éste fuera un gran truco, ese tercer elemento llamado
“el prestigio”, que se sirve de todos los ardides que admite la narración
cinematográfica, poniendo en evidencia que ésta, es un arma poderosísima para
revelar cualquier historia que soporte el género que sea. Nolan atina en su
siempre narrativa pulcra, sin baches. Una de las mejores películas del
realizador.





































