martes, 7 de agosto de 2012

“Godzilla”, una égloga al colosal monstruo marino.





































Quizá la figura y filmografía de Ishirô Honda, director japonés, no sea muy conocida, pero es nada menos que el hombre que llevó a pantalla nada menos que a Gojira (Godzilla) en 1954, además de contribuir al género con muchos films donde establece el nacimiento de otros gigantescos engendros del fantástico japonés, combinando sus historias con una extraña conjunción con los géneros del terror y la ciencia ficción, en donde la lucha entre los colosos se fijaba como el mayor atractivo. Con Godzilla, logró una película que será recordada a través de dos hechos que resultan simples pero concluyentes: el primero; por introducir la sensación de un monstruo poderoso como estremecedor icono de la derrota japonesa de la guerra, un elemento sui-generis para la recuperación de la dignidad nipona, y segundo; un paralelismo análogo a la Monster Movie Yankee, modelada esta por un símbolo tan prolongado como King Kong. Todo esto lo podemos percibir como evidente, desde su traza visual, hasta sus efectos aún con problemas, pasando por los pequeños retazos argumentales que provienen de la película de Schoedsack y Cooper -hay que sacrificar a una virgen en una isla y el monstruo marchará en paz- hasta la caracterización psicológica de su protagonista, que asegura que no podría soportar otro “Nagasaki”. Los protagonistas de la película son hombres heridos, traumatizados, desde el profesor que no soporta la destrucción de una legendaria criatura, y que su nacimiento se haya originado por un vaivén nuclear, hasta el héroe de la película, el Dr. Serizawa, condenado porque ha inventado un arma letal, capaz de destruir toda la vida marina, y que usará para acabar con el monstruo. La cinta se va edificando como una genuina y hasta desesperanzadora trama apocalíptica: Tokio destruido, los travellings de las columnas de víctimas, la imagen de una madre y su hija bajo la lluvia de fuego son notables representaciones de melancolía pero de derrota -mucho mejores que sencillas metáforas- de una sociedad post-nuclear y amedrentada. Algunas secuencias, como la de los pasos de caminata que da el monstruo, han sido ingeniosamente releídas por Spielberg en un film como Jurassic Park, otra película que habla de la improbable convivencia entre el hombre y el animal pre-histórico. Godzilla, sin embargo, asume el regreso de la criatura primitiva como un error humano desde el principio, o como un accidente imprevisible de una naturaleza viva aunque desconocida. Existen dos clímax en la cinta del maestro Honda, y ahí es donde radica su acierto. El más espectacular está en la mitad del rodaje, con Godzilla destruyendo Tokio, e inaugurando una tradición japonesa de imaginar los más brutales apocalipsis locales, prolijos en detalles -vemos al monstruo organizar su destrucción como un paseo por barrios y destrozar todos los medios de transporte habidos, desde el tren hasta los automóviles- a través de un cargamento radioactivo. Transfieren imágenes icónicas, con el monstruo como el rey de la ciudad en llamas. Un detalle visual irresistible es el momento en el que vemos la cola de la criatura agitándose en la maltrecha ventana de un edificio recién desmantelado. Una angulación trocada, pero sustentada en el seguimiento del escombro como premisa, no en el sentir “del golpe”, sino en lo más duro que vendrá después. Otro momento cautivador es la muerte “en vivo y en directo” de los periodistas que van relatando la hazaña, y que aseguran que “no se trata de una película”. Un excepcional momento que Honda crea con neuronas mágicas y saliéndose con oportunismo de la pesadez del guión. El segundo apogeo o clímax es puramente emocional, narrándose el sacrificio de Serizawa por el país. Antes de éste último orgasmo visual hay algunos diálogos, como tratando de justificar la complejidad moral de la situación que se revela fútil, máxime cuando el film alcanza su impronta esplendorosa; la introducción del fascinante e inesperado “Destructor de Oxígeno”, convertido con posterioridad en arma esencial de la franquicia, explica una ingeniosa elipsis narrativa que servirá para prolongar cierto tipo de misterio. Pero también para tener una bellísima escena entre Serizawa y el monstruo. Cara a cara, el ser humano y el dinosaurio se disolverán con el hervor del agua, y el director japonés saca auténtica poesía pop del momento. Juega con el primer plano de Serizawa y pasa al contraplano del monstruo agonizante. Finalmente llega al plano detalle. Los ojos contemplan la disolución de la vida existencial. Lo último que vemos del monstruo que era invencible, es su enorme cola moviéndose con progresiva lentitud, certificando su epílogo. Estos momentos no sirven ya como metáfora nuclear, ni como crítica al uso del armamento. Eso se encuadra dentro de un cauce elemental, ya que la película ha conseguido ha conseguido traspasar la pantalla en plena forma y mejor estilo. Sirven para hablar de la muerte y de la vida en su sentido más lírico, siendo el dinosaurio y el hombre los dos extremos de la evolución biológica que existe en la tierra. También certifica que hay una magnífica mística popular en esta primera aventura y/o incidente, luego convertido en bondad por el monstruo. Es muy cierto que hay un sacrificio amoroso y ético implicado, pero las imágenes de Serizawa bajo el mar son el camino acertado a recuperar de la película. Imperdible para aquellos que quieren recordar o disfrutar de ese cine experimental de los años cincuenta en tierras asiáticas luego de la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Con merecimientos, Godzilla ha sido uno de los monstruos más carismáticos de infancias superfluas de nuestra cultura audiovisual, el freakismo y la enajenación mental como la de la mayoría de admiradores, un lagarto-iguana reconvertido por una mutación radioactiva ha sido homenajeado en Hollywood, en el paseo de la fama, con la concesión de la estrella 2,271 con su nombre grabado en ella. Este icono del horror bizarro y oriental, el mito del monstruo marino, es una pesadilla surgida de la serie B y Z que ha acometido el cine de terror desde los memorables tiempos del cine catastrófico y fantástico de aquellos años 50. A lo largo de la historia del cine, de una categoría tan heterogénea como lo es la del cine fantástico han surgido los más extravagantes y terroríficos seres que el hombre haya podido imaginar, pero ninguno ha igualado al gran Godzilla.