sábado, 11 de agosto de 2012

“The Cranes are Flying”, del arrebato romántico al espanto bélico.









































The Cranes are Flying -traducida al español: Cuando pasan las cigüeñas- es la adaptación de una de las obras del escritor ruso Víctor Rozov -él mismo se encarga del guión- magníficamente dirigida por el también ruso Mikhail Kalatozov, quien realizaría con posterioridad dos films de bellísimo calado emotivo como The Letter That Was Never Sent, cuya historia sigue a cuatro geólogos soviéticos en una expedición por la Siberia en busca de diamantes, describiendo su lucha por la supervivencia cuando de pronto un incendio arrasa el refugio donde habían acampado, incluidos los equipos de rescate etc.. Se trata de una película contemplativa, en la que destaca el uso de inmejorables localizaciones, sumado un estilo de filmación que privilegia la imagen vivaz en un hermoso blanco y negro, al mismo tiempo que los actores saben expresarse mediante largos soliloquios. El resultado impresiona, y sin duda, resulta menos convencional de lo que pudiera parecer este tipo de argumento sumado al contexto. Luego realiza la genial Soy Cuba, en donde Kalatozov intenta en cuatro episodios, otorgarle cierto crédito a la filosofía comunista por sobre la que pregonaba el capitalismo. Es un film hecho sin una postura política definida, su tono es más descriptivo y esteticista que militante, y a través del manejo de una colosal plasticidad visual impone imágenes de intercontextos donde implanta con firmeza la lenta evolución del régimen cubano, no solo a través de sus ideales colectivistas, sino dibujando con sutileza las contradicciones que lo envolvían. Como en su película anterior, el trato visual y la puesta en escena son factores que descollan. Es su obra maestra, una cinta que durante años colocó a la crítica en una posición hostil de lo que significaba para esta la esencia creativa del lenguaje y la técnica cinematográfica rusa, comparándolo con el célebre Eisenstein, ya fallecido para ese entonces. The Cranes are Flying gira en torno a una pareja de enamorados -Veronika y Boris- que viven en Moscú, y que muy poco tiempo antes del ingreso de la URSS a combatir en la Segunda Guerra Mundial, sufren de un hecho puntual que los priva de una despedida adecuada, obligándolos a dejar inconclusas sus intenciones de relacionarse afectivamente. Un corte abrupto de índole sentimental hecho con fineza por Kalatozov quien condiciona al muchacho, ya que tiene que viajar al frente de batalla como voluntario. Es ahí donde el cineasta ruso fija su premisa central a través de un formato que encierra un melodrama del clasicismo más puro: cómo la guerra incide devastadoramente en la vida afectiva de dos seres humanos que empiezan a vivir con intensidad la necesidad de estar juntos para amarse. Un mérito adicional de Kalatozov es que desarrolla una notable dirección de actores, y puede sacar de contexto cualquier relación convencional de la trama. El trabajo con la muy sensible actriz Tatiana Samojlova -la expresividad de su mirada es una joya impagable- en el papel principal es estupendo, y sobre todo, percibiéndose nítidamente como moldea esa melancolía del alejamiento con una inspiradísima puesta en escena, que coloca al film en un correlato de virtuosismos, que fusiona la narrativa y el ejercicio de estilo en partes iguales. Este film es de aquellos que uno lo descubre sin querer y nos produce sorpresa y admiración. El manejo de la narrativa visual se fundamenta en un equilibrio bien planeado y llevado a cabo por el ruso, haciendo que la historia fluya continua, y llegue a estabilizarse sin mayor empeño. La dirección de arte posee una presencia característica del cine que empezaba a descubrir Kalatozov, es decir, la planificación de cada secuencia, la orquestación actoral, el ritmo del relato en su justa dimensión, etc., todo amalgamado alrededor de una trama que no tiene nada del otro mundo, pero que concentra en su entraña una fuerza brutal sostenida por el estoicismo y la paciencia. Es hasta cierto punto lógico que el guión no sea especialmente original, ya que sólo toca al amor, a la vida y a la muerte, y de manera complementaria ramificaciones como el significado del valor, del deseo y de la culpa, pero a sabiendas, que son la generalidad de estos temas los que siempre conforman cualquier balance cinematográfico, sea el género al que se recurra. Es verdad que la película -como se demuestra posteriormente en Soy Cuba- puede atraer un juego de contenidos explicativos, pero esto puede deberse a la interpretación que cada quien le quiera dar a la provocadora oferta del ruso. En esos tiempos se imponía el criterio fascista italiano amarrado al concepto de la patria dura e indestructible, y los seguidores demostraban un entusiasmo insólito, casi un fanatismo irracional aunque Kalatozov lo resuelve con tino a la vez que con audacia : retrata una realidad social que el percibe como el entorno más próximo al romance pendiente de un ausente Boris y una sufrida Veronika. La distancia hace que el primo de Boris -Mark- tenga el camino libre para poder aprovechar y establecer una relación con Veronika. Ésta, antes de que Boris fuera a la guerra, estaba siempre alegre, una mujer vital y apasionada. Luego que tiene que contraer nupcias con Mark, pasa a ser una mujer triste, desolada, que sólo confía en la vuelta de Boris, o en la llegada de una carta suya, que nunca llega. Los diálogos bien elaborados, hay fragmentos hermosos, y la cadencia de los mismos es el más apropiado,  concisos y sutiles. Los planos secuencia que utiliza el ruso son formidables. Aparenta estar realizando una superproducción, pero no, es la habilidad y la justeza de colocar la cámara donde tiene mejores angulaciones y empezar a filmar pareciendo recrear la guerra en toda una ciudad o un país, pero que nos lo muestra como un pequeño lugar, ese que verdaderamente le interesa explorar. La fotografía es lirismo irresistible. Cada escena que filma posee una belleza portentosa. Kalatozov impone su maestría creando instantes de secuencias que parecen coreografías, plagadas de dinamismo, planos torcidos, rincones oscuros, etc. Rueda con asombrosa facilidad a las multitudes, su cámara se posa y pasa entre la gente de forma única, sin rebotes, como si fuéramos nosotros los que estuviéramos allí adentro junto a toda esa masa humana en pleno conflicto. Ni en 3D he apreciado hacer esto último. Sinceramente, una noción del espacio descomunal la que exhibe el ruso… En cuanto a las escenas que para mi gusto despuntan, va aquel recorrido que hace la cámara en mano correteando a Boris escaleras arriba en forma espiralada, otra sería el paseo entre las trincheras montadas en la calle, el descubrimiento del piso destrozado por las bombas, el contraplano de la protagonista en estado ilusorio, una sugerente escena romántica -que más parece un acoso- con Mark tocando el piano, y el bombardeo fuera de la casa, todo montado en una escala sensitiva que va en aumento, el travelling con los soldados por la zona enemiga, e indudablemente ese desenlace con toda la gente agolpada y haciendo de la búsqueda un insoportable estado de neurosis colectiva.  Excepcional película, excepcional director….. Imperdible.