The Cranes are Flying -traducida al español: Cuando pasan las cigüeñas- es la adaptación de una de las obras del
escritor ruso Víctor Rozov -él mismo se encarga del guión- magníficamente dirigida por
el también ruso Mikhail Kalatozov, quien realizaría con posterioridad dos films
de bellísimo calado emotivo como The
Letter That Was Never Sent, cuya historia sigue a cuatro geólogos soviéticos
en una expedición por la Siberia en busca de diamantes, describiendo su lucha
por la supervivencia cuando de pronto un incendio arrasa el refugio donde habían acampado, incluidos los equipos de rescate etc.. Se trata de una película contemplativa, en la
que destaca el uso de inmejorables localizaciones, sumado un
estilo de filmación que privilegia la imagen vivaz en un hermoso blanco
y negro, al mismo tiempo que los actores saben expresarse mediante largos soliloquios.
El resultado impresiona, y sin duda, resulta menos convencional de lo que
pudiera parecer este tipo de argumento sumado al contexto. Luego realiza la genial Soy Cuba, en donde Kalatozov intenta en
cuatro episodios, otorgarle cierto crédito a la filosofía comunista por sobre la
que pregonaba el capitalismo. Es un film hecho sin una postura política definida,
su tono es más descriptivo y esteticista que militante, y a través del
manejo de una colosal plasticidad visual impone imágenes de intercontextos
donde implanta con firmeza la lenta evolución del régimen cubano, no solo a
través de sus ideales colectivistas, sino dibujando con sutileza las
contradicciones que lo envolvían. Como en su película anterior, el trato visual
y la puesta en escena son factores que descollan. Es su
obra maestra, una cinta que durante años
colocó a la crítica en una posición hostil de lo que significaba para
esta la esencia creativa del lenguaje y la técnica cinematográfica rusa, comparándolo
con el célebre Eisenstein, ya fallecido para ese entonces. The Cranes are Flying gira en torno a
una pareja de enamorados -Veronika y Boris- que viven en Moscú, y que muy poco
tiempo antes del ingreso de la URSS a combatir en la Segunda Guerra
Mundial, sufren de un hecho puntual que los priva de una despedida adecuada, obligándolos
a dejar inconclusas sus intenciones de relacionarse
afectivamente. Un corte abrupto de índole sentimental hecho con fineza por
Kalatozov quien condiciona al muchacho, ya que tiene que viajar al frente de batalla
como voluntario. Es ahí donde el cineasta ruso fija su premisa central a
través de un formato que encierra un melodrama del clasicismo más puro: cómo la guerra incide
devastadoramente en la vida afectiva de dos seres humanos que empiezan a vivir con
intensidad la necesidad de estar juntos para amarse. Un mérito adicional de
Kalatozov es que desarrolla una notable dirección de actores, y puede
sacar de contexto cualquier relación convencional de la trama. El trabajo con
la muy sensible actriz Tatiana Samojlova -la expresividad de su mirada es una joya
impagable- en el papel principal es estupendo, y sobre todo, percibiéndose nítidamente
como moldea esa melancolía del alejamiento con una inspiradísima puesta en
escena, que coloca al film en un correlato de virtuosismos, que fusiona la narrativa
y el ejercicio de estilo en partes iguales. Este film es de aquellos que uno lo
descubre sin querer y nos produce sorpresa y admiración. El manejo de la
narrativa visual se fundamenta en un equilibrio bien planeado y llevado a
cabo por el ruso, haciendo que la historia fluya continua, y llegue a
estabilizarse sin mayor empeño. La dirección de arte posee una presencia
característica del cine que empezaba a descubrir Kalatozov, es decir, la
planificación de cada secuencia, la orquestación actoral, el ritmo del relato
en su justa dimensión, etc., todo amalgamado alrededor de una trama que no
tiene nada del otro mundo, pero que concentra en su entraña una fuerza brutal
sostenida por el estoicismo y la paciencia. Es hasta cierto punto lógico que
el guión no sea especialmente original, ya que sólo toca al amor, a la vida y a
la muerte, y de manera complementaria ramificaciones como el
significado del valor, del deseo y de la culpa, pero a sabiendas, que son la
generalidad de estos temas los que siempre conforman cualquier balance
cinematográfico, sea el género al que se recurra. Es verdad que la película
-como se demuestra posteriormente en Soy
Cuba- puede atraer un juego de contenidos explicativos, pero esto puede
deberse a la interpretación que cada quien le quiera dar a la provocadora oferta
del ruso. En esos tiempos se
imponía el criterio fascista italiano amarrado al concepto de la patria dura e indestructible,
y los seguidores demostraban un entusiasmo insólito, casi un fanatismo
irracional aunque Kalatozov lo resuelve con tino a la vez que con audacia : retrata
una realidad social que el percibe como el entorno más próximo al romance
pendiente de un ausente Boris y una sufrida Veronika. La distancia hace que el
primo de Boris -Mark- tenga el camino libre para poder aprovechar y establecer
una relación con Veronika. Ésta, antes de que Boris fuera a la guerra, estaba
siempre alegre, una mujer vital y apasionada. Luego que tiene que contraer
nupcias con Mark, pasa a ser una mujer triste, desolada, que sólo confía en la
vuelta de Boris, o en la llegada de una carta suya, que nunca llega. Los
diálogos bien elaborados, hay fragmentos hermosos, y la cadencia de los mismos
es el más apropiado, concisos y sutiles. Los planos
secuencia que utiliza el ruso son formidables. Aparenta estar
realizando una superproducción, pero no, es la habilidad y la justeza de
colocar la cámara donde tiene mejores angulaciones y empezar a filmar pareciendo recrear la guerra en toda una
ciudad o un país, pero que nos lo muestra como un pequeño lugar, ese que verdaderamente
le interesa explorar. La fotografía es lirismo irresistible. Cada escena que
filma posee una belleza portentosa. Kalatozov impone su maestría creando instantes
de secuencias que parecen coreografías, plagadas de dinamismo, planos torcidos,
rincones oscuros, etc. Rueda con asombrosa facilidad a las multitudes, su cámara
se posa y pasa entre la gente de forma única, sin rebotes, como si fuéramos
nosotros los que estuviéramos allí adentro junto a toda esa masa humana en pleno conflicto. Ni en 3D he apreciado hacer esto último. Sinceramente, una noción del espacio descomunal la que exhibe el ruso… En cuanto a las escenas que para mi gusto despuntan, va aquel recorrido que hace la cámara en mano correteando a Boris escaleras arriba
en forma espiralada, otra sería el paseo entre las trincheras montadas en la calle, el descubrimiento del piso destrozado por las bombas, el contraplano de
la protagonista en estado ilusorio, una sugerente escena romántica -que más
parece un acoso- con Mark tocando el piano, y el bombardeo fuera de la casa, todo
montado en una escala sensitiva que va en aumento, el travelling con los
soldados por la zona enemiga, e indudablemente ese desenlace con toda la gente agolpada
y haciendo de la búsqueda un insoportable estado de neurosis colectiva. Excepcional película, excepcional director…..
Imperdible.





































