lunes, 8 de octubre de 2012

“Tropa de élite”, la sofisticación de lo temible y sus desatinos.













































Hace algunas semanas hicimos un comentario acerca de una relevante película brasilera, Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles, y en esta oportunidad revisaremos otro buen ejercicio de cine social a través del film Tropa de élite, de José Padilha, del 2007, y que ganara un año antes que nuestra La teta asustada, el Oso de Oro en la Berlinale. Pues bien, ya sabemos lo que son las famosas favelas en Brasil, aunque las que se muestran en la cinta de Padilha no son las mismas que las que exhibe Meirelles, ya que se manejan bajo códigos diferentes, sin embargo, las relaciona un estatus en común: la violencia, el narcotráfico y la pobreza. Tropa de élite busca el otro lado de la versión de Meirelles, es decir, el universo que ocupan aquellas fuerzas policiales que están en la obligación de persuadir a los narcos y delincuentes que se organizan dentro de las favelas. La historia de Padilha  se ubica en Río de Janeiro en 1997. Al capitán Nascimento -la interpretación que realiza el actor brasilero Wagner Moura es formidable- se le asigna la jefatura de un grupo cuyo objetivo es intentar pacificar las favelas, debido a la visita del Papa Juan Pablo II, quien va a instalarse junto a su comitiva en un sector próxima a estas zonas. Nascimento se encuentra bajo un ahogo incesante, y empieza a sufrir los estragos desgastantes del estrés. A pesar de estar presionado, tiene que llevar a cabo el mandato recibido mientras en paralelo busca un remplazante, ya que su esposa está en la etapa final de su embarazo, y le pide que la acompañe en esos momentos. Al capitán se le juntan dos problemas que lo estrujan y apremian. En estas condiciones -sin encontrar un sustituto de nivel- lo escogen para que comande el rescate de dos aspirantes a oficiales involucrados en un tiroteo en una fiesta funk. Hacen el trabajo. Nascimento y los suyos son sujetos especializados, hombres rudos, vestidos de negro, que ingresan en las favelas dispuestos a matar, nunca a morir. Son los miembros del BOPE -Batallón de Operaciones Policiales Especiales de Río de Janeiro- y cuyo dantesco logotipo retrata un cuchillo clavado en una cabeza de calavera y dos pistolas cruzadas. La simbología de la muerte en su dimensión más extrema. Estos animales combativos de la violencia como justificativo de eliminarla -misión dada, misión cumplida- son los enemigos de los traficantes que habitan en las favelas. Por otro lado, la policía estatal  corrupta hasta la médula, le cede el paso -por su incompetencia y desmotivación remunerativa- a este cuerpo paramilitar entrenado de manera temible, y capacitado para poner en práctica tácticas brutales para restablecer la seguridad y el orden donde se requiera. A partir de un polémico plot argumentativo -la seguridad se consigue sólo con una buena remuneración y que la falta o ausencia de ella provoca la corrupción- Padilha nos introduce en un entramado de conflictos morales en el que poco a poco la historia va señalando culpables del por qué aquella realidad social y cultural en la periferia de la bella Río de Janeiro, se ha convertido salvajismo puro, resuelta con tanta saña. La película apunta a que la clave de la historia se va a desarrollar en la favela llamada Babilonia, una de las zonas más conflictivas, y con mayor nivel de criminalidad de todo el país. Como dijimos anteriormente, tiene un eco puntual en común con el film de Meirelles, pero los vaivenes de los encontronazos, disparos y las invasiones no van por el mismo camino. Esta vez el retrato parte desde el lado del conflicto policial. El BOPE considera a la policía como un ente irracional, incompetente y corrupto, jamás reclutarían a uno de ellos entre sus miembros especializados, que apenas suman a 100 efectivos. Por su parte, la policía estatal se refiere a los del BOPE  como “faca na caveira, nada na cabeca” -cuchillo en el cráneo, nada en la cabeza- haciendo honor al logotipo que portan, pero la realidad es que les tienen un miedo atroz. Queda fijada la visión del cine de autor, comprometido y absorbente, de alguien que observa con inseguridad el caleidoscopio de la violencia. La guerra declarada contra las favelas narcos continúan y los miembros del BOPE tienen que hacer su mejor esfuerzo aunque los maleantes se defienden con pericia. Padilha filma con firmeza los excesos de ambos lados y una lucha permanente entre los bandos.

El cine sobre la violencia es inteligente por definición. La violencia es un concepto complejo, simplemente existe, se produce. Es difícil hablar sobre violencia si no es desde el verdadero acto racional de su generación o desde su razón de ser. Padilha lo sabe, y nos entrega una lección de realidad intrincada. ¿¿Cómo lo consigue?? Por un lado, con un tratamiento de personajes elaborados con una precisión envidiable, y de sus puntos de inflexión, que le dan tiempo y espacio a brillosas evoluciones a nivel de guión. Hay un detalle digno de nombrar, la alusión anecdótica pero no casual al libro “Vigilar y castigar” de Michel Foucault, un discurso sobre el castigo, ya que el film acaba con una situación de enfrentamiento muy hábil que propone Padilha para dejar la polémica servida sobre los actos injustificados de la violencia, la imposición de la tortura en respuesta a los actos de una desproporción inimaginable. Es una conversación entre Nascimento y uno de sus hombres, al mostrarle éste su desacuerdo ante los vejámenes que están llevando a cabo. Nascimento piensa estático, y le da permiso para que se retire, sin ninguna represalia, como una opción pacífica. Este hecho nos lleva a recordar una de sus reflexiones -puesto que es él quien relata la historia- cuando se refiere a que uno de los sentimientos más peligrosos que puede tener un hombre del BOPE es el remordimiento. Sencillamente genial. El hombre tiene un límite, en la concepción moral de lo que hace, muchos no tienen el carácter para absorber tremendos desafíos. Nascimento es una bestia de la mano dura, del ejercicio rodeado por el agridulce sabor del peligro. Es difícil encontrar sujetos como él. Sin embargo, llega un momento en que el ser humano prioriza elementos de su vida con los de su trabajo, y tiene que tomar una decisión. En fin, es siempre placentero observar una muy buena película sudamericana aunque sea tardíamente, y en el sistema Blu Ray, en circunstancias que la cartelera limeña está bastante chiflada. Además, es un valor añadido ver el buen cine brasilero, entender el portugués, en tanto su sonoridad, sus acentos y sus silencios, que se imponen. Una misma característica que resaltábamos del film portugués de Raúl Ruiz, Misterios de Lisboa. Pero, Brasil, uno de los países que más llama la atención, ya que por diversas informaciones y personas, lo considero como el más prolijo, divertido y rico en América del Sur, sea por su semblante o su sutileza -suficiente con ver su famoso carnaval y su inigualable estilo para jugar al fútbol- pero es sin embargo, en su día a día, uno de los más pobres y más perversos, sometido a una cotidianidad de cruda traza y contenido. Y como esta historia de Padilha es un reflejo en su totalidad de lo que ocurre, una especie de instantánea fotográfica de Brasil, un disparo de una pérfida realidad, entonces el interés resulta aún más apasionante. Una de las cosas que más valoro, es que las personas que viven en una sociedad corrupta, la denuncien. Y afortunadamente, en ese sentido, el cine puede y tiene mucho que hacer, aunque sea de una manera simbólica. Porque el buen cineasta consigue que uno se vea desde fuera, acomodado en su butaca, y sienta con otros ojos la realidad que impera, y pueda tomar conciencia de lo que está observando. El mundo tiene diferentes caras y lo que modula los niveles de esa cruel escala, es en definitiva, la seguridad. En ese necesario buen funcionamiento, sin abuso de poder, está la clave del bienestar de los ciudadanos pero, sobre todo, algo mucho más importante: la dignidad. Somos afortunados los que vivimos en zonas -no me refiero a Lima- donde las instituciones que la representan no están subvertidas ni corruptas aunque estén llenos de gente inepta y equivocada. En algunos lugares la vida no vale nada, tal cual se puede observar en muchas de las escenas filmadas por Padilha. La delgada línea que separa la realidad de la ficción, simplemente, se diluye. Una película con un deseo natural de denuncia, es decir, de delatar lo concreto, y que tiene que tener un plan de acción que pueda ejercer la seguridad del ser humano, y eliminar todo acto de violencia, pero también darse cuenta del significado social de  la injusticia de aquellos hombres, mujeres y niños cuyas oportunidades de emerger son totalmente nulas. En nuestro país también hay cuerpos especializados, policiales combativos, lo que sucede es que nuestras “favelas” son antagónicas a las del film Tropa de élite, por lo tanto estamos ante dos mundos diferentes, estados situacionales de violencia, pero no del tipo de salvajismo que vemos en la película brasilera. Para terminar, Tropa de élite es una combinación admirable de estética y narrativa -el relato en off es notable- una dirección de actores muy lograda y una puesta en escena que se involucra fielmente con todo lo que implica el duro trabajo del BOPE y la realidad de las favelas. Y si hay un cine con carácter para el sonido y su mezcla, el montaje pulcro y continuo, y muy en especial el tratamiento del rodaje, con todos esos movimientos de cámara que resultan alucinantes, es el cine brasilero contemporáneo, que los abarca de manera estupenda. Habría que agregar los llamativos títulos de los créditos. Pero si hay algo en lo que todavía podría destacar más el cine del país de la samba es en su maravillosa música. La BSO es una mezcla exquisita de funk y rap que viste a la historia con gran acierto y le da otro estilo de dependencia sonora. Padilha realiza un film tan duro, descarnado y creíble que destila desesperanza y quebranto, pero que lo justifica repulsivamente y con fascinación. Logra un desenlace fuera de toda lógica: en Tropa de élite nadie gana, todos pierden. Habrá que observar que es lo que sucede en la segunda parte.