viernes, 14 de diciembre de 2012

“360”, placentero juego de identidades transversales.



























































Ayer por la tarde-noche acudí al estreno en Lima del último film del reconocido cineasta brasileño Fernando Meirelles. 360 es su título, y es una versión libre de la famosa novela La Ronde del austriaco Arthur Schnitzler, novelista a quien admiraba Freud no solo por su escritura sino por el arrojado estilo de relacionar y entrecruzar personajes opuestos adecuándolos a situaciones inesperadas, además de los constantes giros imaginativos que ponían en aprietos al más sagaz de los lectores. 360  fue llevada magníficamente por primera vez al cine por el admirable realizador francés Max Ophuls en La Ronde. Si pudieran conseguir la exégesis fílmica del  maestro sería una grata e interesante forma de comparación no solo de dos estilos y personalidades con respecto a una temática, sino de épocas antagónicas en la concepción de una obra cinematográfica.  Si bien es muy cierto que en el film de Meirelles y Morgan -su guionista de turno- ambos se toman otros atributos para la recreación, la obra de Schnitzler, Ophüls la desarrolla más acorde con las peripecias de la novela aunque en el fondo la premisa sea similar, es decir, concentrarse en la conducta accidental de distintas idiosincrasias, mediante un relato coral que va enlazando las infelicidades y los temores de unos personajes con las de otros, hasta llegarse a envolver dentro de una perspectiva circular o global que es finalmente la explicación que le otorga sentido al título de la cinta.  En lo personal, la primera versión de Ophuls es muy poco probable que pueda ser superada, no solo por las calidades visuales y creadoras de excepcionales atmósferas del francés, sino por su sólida capacidad narrativa, y por el  hecho de contar con un notable elenco que incluía nombres tan rutilantes como los de Simone Signoret, Danielle Darrieux, Jean-Louis Barrault, Serge Reggiani, Simone Simon, Daniel Gelin y Gérard Philippe. También hubo un intento de Roger Vadim en 1964 -con las actuaciones de Jane Fonda, Anna Karina, Maurice Ronet y Catherine Spaak- aunque la perspectiva de Vadim no poseía ni  la prestancia, la profundidad y el brillo de lo hecho por Ophuls. Antes de empezar con 360, quisiera agregar lo siguiente: Para aquellos espectadores a quienes este tipo de narración episódica –muy semejante a lo hecho por Paul Higgis en Crash- les atraiga, sin meterse de lleno en las relaciones interpersonales, terminarán satisfechos con el film de Meirelles, por la forma en que éste lo bosqueja. Lo que no se puede negar es que en 360, existen estupendas interpretaciones como la de Rachel Weisz o la del vetusto Anthony Hopkins, o la del mismo Ben Foster quien bien logra como inspirar un temor absorbente desde su nada habitual personaje. Suman apropiadamente las actuaciones del ruso Vladimir Vdovichenkov, junto a la de la checa Lucia Siposova  quienes, sin interactuar con los actores más famosos, nos sorprenden y generan la empatía necesaria para sostener sus propias tramas. Los demás secundarios también le proporcionan al argumento actuaciones muy dignas. Esta historia de una serie de sucesivas relaciones sexuales que empezaban con una prostituta y finalizaban con la misma mujer del comienzo, había sido concebida por el novelista Schnitzler como una exhortación acerca del traspaso de las afecciones venéreas, es decir, uno de los miembros de cada una de las efímeras parejas que se establecían a lo largo del relato intimaba con un personaje siguiente, y así se cerraba el círculo -Ophuls lo graficaba a través de un carrusel o una calesita- o los 360 grados sugeridos por la nueva versión de Meirelles. Como humorada, el film de Max Ophuls provocó en su momento protestas a la entrada de los cinemas, pedidos de prohibición, y hasta algún debate formal de los puritanos. Todos aparentaban estar escandalizados por una supuesta inmoralidad, aunque hoy parezca poco más que una película para adolescentes. Sea como fuere, las cosas están casi obligadas a sufrir modificaciones en cada versión nueva. La tesis de Schnitzler se convertía en manos de Ophuls en una melancólica reflexión sobre la caducidad de las lealtades y los afectos. Con la ayuda de una Jane Fonda muy sexy, Roger Vadim se aprovechaba del tecnicolor para construir una comedia erótica que tenía alguna ocasional sensación de fineza. Pero, Meirelles –no solo un cineasta sino un intelectual- cuyo mayor antecedente incluye la perturbadora Ciudad de Dios -comentada no hace mucho en este blog- requisa únicamente la idea central del novelista austriaco como ya hemos puntualizado : un integrante de cada una de las fugaces parejas pasa a formar parte de la ulterior trabándose y destrabándose a la vez. Más que ligada al sexo, Meirelles se decanta por las debilidades, fortalezas y aspiraciones de sus artistas por encontrar alguna definición de lo que conceptúa la conquista o el enamoramiento. Por cualquier motivo que se pueda imaginar, se trata de historias, ambientaciones y personajes dispares de los imaginados por Schnitzler, filmados por Max Ophüls o por Roger Vadim. Si la pieza de Schnitzler era sobre todo una radiografía de la sociedad vienesa de fines del siglo XIX, en la que el sexo vinculaba a personajes de diversas clases sociales, Meirelles le aporta un recorrido alrededor del mundo, donde las historias suceden en varios países, y está hablada en seis o siete idiomas. Meirelles también acierta al reunir un elenco internacional que incluye a intérpretes de la talla de Anthony Hopkins, Rachel Weisz y Jude Law, al lado de gente menos famosa pero igualmente eficiente como Dinara Drukarova, el actor de moda en Rusia, Vladimir Vdovichenkov, Ben Foster, Gabriela Marcinkova y Lucia Siposova. No voy a juzgar el film de Meirelles, simplemente quiero intentar encontrarle ciertos parámetros para que se animen a verlo, porque me parece entretenido y técnicamente hasta novedoso, por el montaje y los cortes verticales, y hasta horizontales de pantalla. El brasileño –como hacen los directores arriesgados-cambia el estilo de sus films anteriores donde si hay un tema potente detrás de los mismos. Acá no. Busca simplificar todo lo que se pueda al máximo pero con la delicadeza que las relaciones humanas merecen, y sobre todo hacia que posible destino nos conducen nuestras propias elecciones. Es por eso que muestra varios países y actores para dejarnos a nosotros el trabajo de la analogía o la compulsa. En sentido figurado, 360  se va imponiendo como un torrente donde cada uno de sus personajes esté indefectiblemente atado a las elecciones o preferencias hechas por los demás, incluso sin saberlo. La pregunta clave sería : ¿¿Cuánto de nuestra existencia es una decisión que nos pertenece, y cuánto del resultado de un confuso rompecabezas donde cada pieza transmuta el conjunto??  La película transita estos tipos de travesías. Es un film adulto, que no va a trastocar la vida de nadie, pero que si podrá provocar más de  alguna cavilación en alguno. De eso creo que se trata.

Para terminar, la acción de 360 se inicia y termina en Viena, el sitio donde transcurren los momentos más interesantes del film. Dos hermanas eslovacas irán con frecuencia desde Bratislava a la capital austríaca, donde la mayor ejercerá el oficio más antiguo del mundo, y la menor hará de  acompañante. Los parroquianos de la primera estarán integrados por altos ejecutivos como el inglés Michael Daly, a quien no le saldrá la cosa como lo ha planificado. Su esposa, representada por una bellísima Rachel Weisz en Londres, no desaprovechará los frecuentes viajes de su cónyuge, mostrando ambos similar debilidad por la gente joven. Pero a la hora de su retorno -ella finge con autoridad y descaro- le dará las gracias por las amables palabras que su marido le dejará en el teléfono móvil, y que ella obviamente no pudo atender en el momento del llamado. Luego la acción se muda a Paris con nuevos personajes que incluyen a un dentista argelino que interpreta Jamel Debbouze -el que no mueve su brazo derecho- quien sostiene un affaire con Dinara Drukarova, su ayudante rusa que está casada con un guardaespaldas algo melancólico. Las charlas con el imán de la mezquita que suele frecuentar, y con la psicoterapeuta que lo trata son un reflejo de sus dos mayores conflictos, uno religioso y el otro más ligado a lo carnal. Desea a Dinara, la persigue a escondidas, pero finalmente se queda estancado en el molde. Otro europeo, un ciudadano inglés interpretado con corrección por Anthony Hopkins, cuya hija abandonó el hogar ante el descubrimiento de las infidelidades de su progenitor, hará de nexo con dos de los personajes más interesantes del film. En el avión que la traslada hacia los EEUU para verificar si el cadáver encontrado en Phoenix es el de su hija, se topará con la brasileña Laura –una hermosa Maria Flor- que regresa a su Rio natal, ante las constantes infidelidades de su ex-novio, de igual origen. Pero las conexiones aéreas en Denver se demorarán ante la persistente nieve que obligará a los pasajeros a refugiarse en el hotel del aeropuerto. Y como en 360  la misión de Meirelles es concatenarlo todo, surgirá una nueva figura, la de un pervertido recién liberado de la prisión, muy bien actuado por Ben Foster. De las debilidades del guión, podríamos señalar dos situaciones poco convincentes. La primera, que el emplazamiento que se deriva del encuentro de una ebria Laura, y el nada confiable ex-convicto, en la habitación del hotel de la primera -en donde debe esperar hasta continuar vuelo- no esté a la altura de lo esperado. Lo segundo, hay una escena en donde Hopkins no le aporta ese talento que tanto le sobra, durante la secuencia de la reunión en Alcohólicos Anónimos. Meirelles dirige con mucho oficio aunque sin alcanzar  el nivel de su obra maestra Ciudad de Dios  por las razones señaladas anteriormente.  El ritmo que le otorga el brasileño es el adecuado, la narrativa no se cae aunque sí pueden observarse ligeros saltos, pero en general respeta los alcances que se dan en este tipo de film transversales donde la continuidad es lo que interesa más, y en eso el pase de escenas que hace Meirelles en el montaje final es muy bueno. El film mejora paulatinamente aunque tiene su pico llegando al desenlace cuando la acción vuelve a situarse en Viena. Quizás para muchos sean los mejores momentos de la película, cuando la prostituta eslovaca entabla una relación pagada con un mafioso y déspota ruso, y su hermana (quien hace la voz en off) con el guardaespaldas del matón.  Buena incursión de Meirelles en un juego en donde nunca había intervenido, y la recomendación de estar muy atentos a los personajes, y a sus formas de interrelacionarse. El modelo de composición de la historia así lo amerita.